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sábado, 22 de junio de 2024

ROJO Y NEGRO (1942), DE CARLOS ARÉVALO.

Toda una curiosidad del cine español, Rojo y negro fue estrenada por todo lo alto en 1942, publicitada como una exaltación de Falange, para ser casi inmediatamente olvidada. La película no gustó a los altos mandos del Ejército, ni tampoco a Franco, porque humanizaba a uno de los protagonistas, un comunista que era capaz de dejar de lado toda disquisición ideológica para culminar la historia con un acto de amor puro. Además, la heroína era una mujer, mucho más valiente que los hombres que la rodeaban, algo que seguramente también debía incomodar al Régimen. Entre las virtudes de Rojo y negro destacan el conseguido ambiente del Madrid de 1936, un lugar en el que cualquiera podía ser denunciado en cualquier momento y algunas escenas de gran mérito técnico, como esa en la que la cámara nos presenta la fachada seccionada de la checa de Fomento, para que podamos ver los distintos terribles episodios que están sucediendo en su interior. Conocida solo por un puñado de historiadores cinematográficos, la película de Carlos Arévalo fue recuperada gracias a un afortunado hallazgo en fechas recientes. Una vez restaurada, Rojo y negro nos ofrece una visión alternativa de lo que podría haber sido el cine español si sus creadores hubieran gozado de mayor libertad. Las dosis de realismo y de humanismo que transmite el filme no debieron gustar nada a los responsables del Régimen, que querían en exclusiva películas de exaltación absoluta en las que el enemigo fuera deshumanizado.

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domingo, 2 de junio de 2024

EL MAESTRO QUE PROMETIÓ EL MAR (2023), DE PATRICIA FONT.

Enlazando el presente con el pasado, se cuenta en El maestro que prometió el mar la historia de Antoni Benaiges, un humilde profesor rural que aplicó un método pedagógico muy innovador con sus alumnos, en el que ellos mismos trabajaban en sus propios cuadernos temáticos, el más famoso de los cuales, que todavía se conserva, está dedicado a una excursión al mar que Benaiges había planificado con sus pupilos. La película de Patricia Font remite a otra muy conocida, La lengua de las mariposas, para ilustrar la terrible represión que se abatió contra los maestros en España - colectivo que se asociaba a la militancia republicana - nada más comenzar el golpe de Estado de julio de 1936. El gran pecado del maestro había sido estimular la libertad de pensamiento de sus alumnos y retirar el viejo crucifijo de la habitación que se utilizaba como escuela. El mayor acierto de la película es saber reflejar el poderoso contraste entre las esperanzas de redención de los pobres que ofrecía la República a través de sus humildes recursos educativos y el puro miedo represivo que representan los falangistas que toman el pueblo. Uno de esos episodios terribles que siguen vivos - por desgracia - en el debate político de nuestros días, cuando ya debíamos haber aprendido de nuestra complicada historia.

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domingo, 19 de marzo de 2023

LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (2005), DE ANTONY BEEVOR. ESPAÑA COMO TRAGEDIA.

Dice Antony Beevor en el último capítulo de esta magnífica historia de nuestra Guerra Civil que ésta no fue más que una continuación de la política a través de medios militares. Y es que la primera mitad del año 1936 fue una etapa de tensiones políticas - después de la victoria electoral del Frente Popular - que harían estallar ese verano los odios acumulados durante tanto tiempo entre los dos bandos irreconciliables en nuestro país. La enfermedad española, que había estado incubando durante décadas, con estallidos de fiebre ocasionales como la Revolución de Asturias, arrancó con toda su virulencia en aquel verano aciago. El golpe de Estado de los generales rebeldes fue un fracaso, pero la República no tuvo la habilidad ni la fuerza suficiente para atajarlo por completo, entre otras cosas porque no confiaba en la entrega de armas al pueblo para contraatacar en aquellas primeras horas decisivas.

A pesar de las discrepancias con falangistas y monárquicos, el bando sublevado logró pronto una mayor coherencia interna otorgando todos los poderes en la figura de Francisco Franco, un general mediocre en la aplicación de las doctrinas militares modernas, pero muy astuto a la hora de ir acumulando poder, actuando con una mezcla de prudencia y amenazas veladas a todo el que se le opusiera - además de contar con la suerte de la desaparición de sus rivales directos en la candidatura al mando absoluto -. Los Republicanos jamás consiguieron esa estabilidad y llegaron a sufrir una Guerra Civil dentro de la Guerra Civil en Cataluña, además de las tensiones permanentes entre comunistas, socialistas, republicanos, nacionalistas y anarquistas entre otras facciones que formaban el llamado bando Republicano. Además, la estrategia militar de la República jamás fue realista y se basó, a pesar de los fracasos acumulados al respecto, en lanzar ofensivas directas contra las fuerzas nacionales que en la mayoría de los casos terminaron en desastres que fulminaban a las mejores fuerzas sobre el terreno. La República no supo ver que su esperanza de victoria pasaba únicamente por el mantenimiento de una defensa regular, constante y firme, como sucedió en la batalla de Madrid, junto con la organización de guerrillas bien abastecidas detrás de las líneas de las tropas franquistas que hostigaran constantemente al enemigo. La República fue quizá víctima de su moral de victoria en los primeros meses que llevaba a sus generales a la creencia de que luchar por unos ideales bastaba para obtenerla, frente a la profesionalidad de las tropas que tenían enfrente, en muchos casos veteranos de las guerras africanas.

Casi tan importante como el frente interno era el frente internacional. La República intentaba que la comunidad internacional de países democráticos se implicase en su defensa y les suministrara armas (algo muy parecido a lo que sucede hoy con Ucrania), mientras que los rebeldes llegaban a un rápido acuerdo con Alemania e Italia que resultó decisivo para su victoria militar. El cinismo con el que se justificaba el embargo de armas al gobierno legítimo mientras se miraba a otro lado respecto al descaro con el que las potencias fascistas colaboraban con Franco, obligó a la Unión Soviética a intervenir en favor de la República, aunque su ayuda militar, con ser importante, no llegó al nivel de eficacia de la alemana. A pesar de todo, gracias ella se pudo armar a las famosas Brigadas Internacionales. Mientras tanto, los gobernantes republicanos no cejaron hasta el último momento en su empeño de presentar la tragedia española como una advertencia, que acabaría materializándose pocos meses después, de lo que iba a suceder en Europa de manera inminente:

"Los argumentos de la República eran simples, quizá demasiado simples: su gobierno, que había sido elegido democráticamente en febrero de 1936, había sufrido un golpe de estado a cargo de generales reaccionarios apoyados por las dictaduras del Eje. La República luchaba por la causa de la democracia, la libertad y la ilustración contra el fascismo. Aunque entonces y más tarde todos estos argumentos se defendieron con vehemencia, las propias credenciales democráticas de la izquierda dejaban mucho que desear, como había demostrado palmariamente su rebelión contra un gobierno legal en octubre de 1934. Los partidarios de la República no constataron tampoco lo que era obvio, es decir que la derecha, amenazada por la extinción por la izquierda y por una situación prerrevolucionaria en la primera mitad de 1936, tenía que reaccionar. Los indecibles horrores de la guerra civil rusa y el sistema soviético de opresión que surgió de ella - la dictadura del proletariado que había pedido Largo Caballero - constituían una lección difícil de olvidar."

Pero los verdaderos perdedores de la contienda fueron los civiles. Ambos bandos fueron responsables de matanzas injustificables, pero la República al menos podía alegar que en su caso las habían protagonizado elementos fuera de su control, porque en este aspecto la actuación de los franquistas fue infinitamente más cruel y sistemática, prolongándose muchos años después de finalizados los combates. Esta realidad alejó todavía más la posibilidad de llegar a un acuerdo entre dos bandos absolutamente irreconciliables que solo podían sobrevivir si aniquilaban al contrario, por lo que los combates fueron absolutamente crueles y con pocas muestras de piedad por ambas partes. Como si de una maldición se tratara un conflicto ya tan distante en el tiempo sigue presidiendo muchos de nuestros debates políticos, como si fuera una historia que jamás va a estar definitvamente escrita, puesto que fue alimentada por infinitas cantidades de odio que todavía hoy no se han disipado del todo.

miércoles, 24 de febrero de 2021

ENSAYOS (1928-1949), DE GEORGE ORWELL. EL INTELECTUAL VISIONARIO.

Resulta indudable que George Orwell es uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX, un hombre visionario que sigue presente incluso en nuestro lenguaje cotidiano a través del término orwelliano, una palabra muy apropiada para designar ciertos aspectos de las sociedades de nuestra época. Orwell nació cuando todavía el Imperio Británico se encontraba en su momento álgido y murió en plena Guerra Fría, cuando las potencias mundiales indiscutibles habían pasado a ser Estados Unidos y la Unión Soviética, mientras que Inglaterra intentaba sanar las heridas de una victoria altamente costosa. Si algo caracterizaba a la escritura del autor de 1984 es su honestidad, su afán por decir la verdad, rectificando lo que fuera necesario respecto a sus creencias más arraigadas en el pasado.

Porque, entre otras cosas, encontramos en estos Ensayos una evidente evolución en el pensamiento de su autor, siendo un punto de inflexión muy importante su participación en nuestra Guerra Civil. El hecho de ser testigo en primera línea de la brutal represión contra el POUM, partido en el que militaba le hizo contemplar la triste realidad de los ideales por los que estaba jugándose la vida. Para él, el hecho de que el Partido Comunista se aliara con el gobierno para destruir los presuntos avances revolucionarios conseguidos en 1936 resultó la mayor de las traiciones, una guerra civil dentro de la principal que apenas fue reportada en los periódicos de la época. Aquí se cimentó una de las grandes obsesiones de Orwell: la posibilidad, por parte de los gobiernos totalitarios, de escribir la Historia a su antojo, según sus intereses. Y no solo eso, además se guardaban la posibilidad de reescribirla cuando fuera conveniente. El inmenso experimento social que construyó el totalitarismo era capaz de convencer a una población de millones de habitantes de que el enemigo hasta ayer pasaba a ser un fiel enemigo, para volver a convertirse en el peor de los adversarios unos años más tarde.

Por eso Orwell fue un firme defensor durante toda su trayectoria de la libertad de prensa, de esa capacidad de los medios de comunicación de los intelectuales de decirle a la gente lo que no quiere oír, aunque dicho mensaje estuviera en contra del pensamiento predominante, una libertad frágil, siempre en peligro, que debe ser continuamente salvaguardada de sus enemigos: los totalitarismos, los populismos y los impulsores de lo políticamente correcto. A falta de libertad de prensa, las mentiras pueden volverse fácilmente verdades, amparadas por el discurso oficial y la gente puede dejar de sacar conclusiones obvias respecto a lo que tiene delante de los ojos. Como se ha probado en tantas ocasiones, manipular a la opinión pública no requiere de demasiada sofisticación. En su ensayo Recuerdos de la guerra de España, escrito en pleno conflicto mundial, el autor va hilvanando el armazón del que será su novela más famosa:

"El objetivo tácito de este modo de pensar es un mundo de pesadilla en el que el líder máximo, o bien la camarilla dirigente, controle no sólo el futuro, sino incluso el pasado. Si sobre tal o cual acontecimiento el líder dictamina que «jamás tuvo lugar»… pues bien: no tuvo lugar jamás. Si dice que dos más dos son cinco, así tendrá que ser. Esta posibilidad me atemoriza mucho más que las bombas. Y conste que, tras nuestras experiencias de los últimos años, una declaración así no puede hacerse frívolamente."

Evidentemente, también hay que contar entre los enemigos de la libertad a los nacionalismos, cuyos militantes tienen la capacidad, no solo de engañar a los demás, sino también de engañarse a sí mismos, tropezando con la misma piedra cuantas veces sea preciso:

"El nacionalista no sigue el elemental principio de aliarse con el más fuerte. Por el contrario, una vez elegido el bando, se autoconvence de que este es el más fuerte, y es capaz de aferrarse a esa creencia incluso cuando los hechos lo contradicen abrumadoramente. El nacionalismo es sed de poder mitigada con autoengaño. Todo nacionalista es capaz de incurrir en la falsedad más flagrante, pero, al ser consciente de que está al servicio de algo más grande que él mismo, también tiene la certeza inquebrantable de estar en lo cierto."

Por eso las palabras son importantes y es fundamental el análisis constante y crítico de los discursos de nuestros dirigentes políticos, aunque hoy, al menos en nuestro país, hayan cambiado en gran parte el combate dialéctico y de ideas por unas alocuciones en tono populista y sin apenas sustancia, incluyendo la práctica de no responder a las preguntas de los periodistas y de convertir al Parlamento en una especie de patio de colegio. Orwell nos enseña que también los discursos vacíos son peligrosos, puesto que pueden enmascarar intenciones ocultas que no se exponen directamente ante el público. Un público, por otra parte, al que se le va anulando progresivamente su sentido crítico a base de crear polémicas artificiales que sirven como cortina de humo para evitar el debate de los auténticos problemas que afectan al ciudadano en su vida cotidiana. 

En estos Ensayos de Orwell podemos contemplar la evolución de su pensamiento hasta una civilizada reivindicación de la socialdemocracia como alternativa al comunismo y al capitalismo salvaje y sin reglas. Pero el intelectual británico no habla solo de política. Orwell es también un fino analista social, sobre todo de la vida cotidiana de sus compatriotas y además es un excelente crítico literario, que me ha hecho conocer a autores a los que pienso leer en breve, como George Gissing. En cualquier caso, llama la atención el hecho de que es crítico y desmitificador respecto a su propio trabajo: los intelectuales también son seres humanos y están sujetos a los mismos errores y tentaciones que el resto de la humanidad:

"Todos los escritores son vanidosos, egoístas y perezosos. En el fondo de su ser, sus motivaciones siguen siendo un misterio. Escribir un libro es un combate horroroso y agotador, como si fuese un brote prolongado de una dolorosa enfermedad. Nadie emprendería jamás semejante empeño si no le impulsara una suerte de demonio al cual no puede resistirse ni tampoco tratar de entender. Por todo cuanto uno sabe, ese demonio es sencillamente el mismo instinto que hace a un niño llorar para llamar la atención. Y, sin embargo, también es cierto que no se puede escribir nada legible a menos que uno aspire a una anulación constante de la propia personalidad. La buena prosa es como el cristal de una ventana. No sé decir con certeza cuáles de mis motivaciones son las más poderosas, pero sí sé cuáles merecen seguirse sin rechistar. Al repasar mi obra, veo que de manera invariable, cuando he carecido de un objetivo político, he escrito libros exánimes, y me han traicionado en general los pasajes grandilocuentes, las frases sin sentido, los epítetos y los disparates."

sábado, 13 de febrero de 2021

UNA MAÑANA DE VERANO DE 1934 (1969) Y UN INSTANTE EN LA GUERRA (1991), DE LAURIE LEE. DÍPTICO ESPAÑOL.

En la estela de otros escritores británicos que le precedieron, como Gerald Brenan un par de décadas antes, el futuro poeta Laurie Lee llegó a nuestro país en 1934 más por escapar de la realidad de pobreza y falta de expectativas en su humilde aldea natal que por auténtico anhelo de conocer la Península Ibérica. Lo único que necesitaba Lee es territorio para caminar y conocer mundo, pues, como él mismo reconoce en varias ocasiones, en aquella época no era más que un muchacho ignorante de lo que sucedía más allá de los límites de su lugar de nacimiento:

"Tuve la impresión de que había sido por aquello por lo que había ido allí; para despertar al amanecer en una ladera y contemplar un mundo para el que no tenía palabras, para empezar desde el principio, sin palabras y sin ningún plan previsto, en un sitio que aún no contenía para mí ningún recuerdo."

En su vagabundeo de norte a sur Lee tuvo la oportunidad de conocer un país que, pese a hallarse en pleno régimen republicano, acusaba todavía un primitivismo propio de tiempos muy remotos, sobre todo en los lugares más apartados. Pronto comprobó el éxito que tenía en esos lugares como violista aficionado. La llegada de un poco de música a través de un instrumento tan sofisticado podía resultar una especie de ensalmo que los llevaba por unos instantes a un mundo desconocido pleno de belleza. Algunos intentaban acompañar la música a través de sus propios bailes:

"La chica enderezó el cuerpo, los muchachos cogieron unas cucharas y empezaron a golpearse con ellas las rodillas, y la mujer se levantó e inició un zapateado que levantó grandes nubes de polvo a mi alrededor. El anciano, que no quería ser menos, abandonó las sombras, se puso en posición y miró a la mujer. Doña María toda carne, él delgado como una paja, iniciaron juntos un baile de lucha implacable, mientras los muchachos aporreaban con las cucharas, la mujer gritaba "¡Ja!" y las gallinas se escondían cacareando debajo de la mesa."

Poco a poco el autor se va enamorando de nuestro país, de sus contrastes, de la vida tan diferente que se da en pueblos y en ciudades y de la geografía tan abrupta y tan difícil para la supervivencia que se da en amplias zonas del mismo, una nación en la que, para salir adelante tienes que "luchar como un león" en el día a día, tal y como le comenta un labrador que encuentra en su camino. Después de unos meses, Lee llega a la Costa del Sol, un lugar que describe como "olvidado del mundo" y habitada por "gente flaca, que odiaba el mar y que maldecía el lugar que ocupaba al sol". El contraste con lo que sucedería allí tres décadas después es absolutamente brutal. También tiene tiempo de pasear unos días por mi ciudad natal:

"Yo esperaba, por su nombre, que Málaga fuese una especie de bastión torreado, mitad sarraceno, mitad pirata-corsario. En vez de eso me encontré con una ciudad desordenada sobre las riberas de un río seco, con un puerto comercial moderno, las calles llenas de cafés y bares míseros y cuyo mejor edificio era la oficina de correos."

Al final el escritor encontró un sitio ideal donde establecerse, Almuñécar, que en aquellos días ofrecía un aspecto irreconocible como mísera aldea de pescadores. Allí Lee pudo constatar, en su auténtica dimensión, las tensiones políticas que llegaban hasta el último rincón del país y que acabarían derivando en un violento conflicto. A pesar de ser evacuado en el último momento por un buque británico, el poeta quiso volver: la guerra que acababa de estallar en un territorio que ya consideraba suyo le tocaba la fibra más íntima. Y lo hizo en diciembre del año siguiente, cuando cometió la locura de cruzar a pie los Pirineos para unirse al ejército republicano.

Sus peripecias bélicas no empezaron con buen pie, puesto que fue considerado un espía del bando contrario y a punto estuvo de ser fusilado en dos ocasiones. Luego se encontró con que la guerra es ante todo una larga espera, primero en Figueras, luego en Albacete y finalmente en Tarazona. Junto a otros voluntarios extranjeros que ansiaban entrar en combate, descubrió la falta de organización de los republicanos, sus conflictos internos y la poca profesionalidad que abundaba en los mandos, guiados más por consignas políticas que por doctrinas militares modernas. Lee pudo estar bajo el fuego durante algunos días en las últimas fases de la batalla de Teruel, después de una experiencia un tanto surrealista en Madrid. Aunque algunos de los episodios que cuenta resultan un tanto novelescos, Un instante en la guerra sigue siendo un valioso testimonio por la visión que ofrece de la vida cotidiana de los miembros del ejército republicano. En cualquier caso, la obra de Laurie Lee, un auténtico enamorado de España, sirve ante todo como retrato de un país de historia desgraciada y de acusados contrastes:

"España era un país desaprovechado de tierra abandonada, gran parte de ella propiedad de un puñado de hombres, algunas de cuyas enormes fincas apenas se habían reducido desde los tiempos del Imperio Romano. Los campesinos podían trabajar aquella tierra por un chelín al día, tal vez durante un tercio del año, luego pasaban hambre. Era esa simple incongruencia lo que ellos tenían la esperanza de corregir; eso y despejar un poco el aire, tal vez recuperar la dignidad, derribar las barreras de la ignorancia que aún se alzaban tan altas como los Pirineos.

(...) Los hombres tenían la esperanza de que sus esposas pudiesen verse libres de las tres rutinas de la Iglesia: credulidad, sentimiento de culpa y confesión; que sus hijos pudiesen ser artesanos en vez de siervos, sus hijas ciudadanas en vez de putas domésticas y que pudiesen oír a sus hijos regresar a casa al final del día de escuelas de nueva construcción para asombrarles con nuevas pruebas de conocimiento.

Todo ello se podía llevar a cabo entonces por la acción del gobierno y por el proceso pacífico de la ley. No había nada que lo impidiera. Salvo aquella minoría poderosa que prefería que antes de eso el país muriera desangrado."

viernes, 31 de enero de 2020

UN PUEBLO TRAICIONADO (2019), DE PAUL PRESTON. CORRUPCIÓN E INCOMPETENCIA.

“Empezando por la Monarquía y siguiendo por la Iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo”. La cita de Ortega y Gasset de 1921 ha seguido desgraciadamente vigente durante décadas en la política española. El nuevo libro del hispanista Paul Preston pretende ser un estudio de uno de lo males más endémicos de nuestra historia reciente, una práctica que ha tenido épocas más o menos salvajes, pero que siempre ha estado presente, no solo empobreciendo las arcas públicas, sino también atizando conflictos, obstaculizando el progreso social, derribando regímenes y haciendo caer a gobiernos, algo que ha vuelto a suceder con el de Mariano Rajoy en mayo de 2018.

Si bien en muchos aspectos nuestra historia es equiparable a la de los países europeos de nuestro entorno, la gran anomalía española consiste en que ninguna de nuestra revoluciones consiguió romper del todo las cadenas impuestas por la tradición del Antiguo Régimen. La Iglesia y las grandes familias de terratenientes se las arreglaron siempre para conservar el poder o al menos su influencia en el mismo y cuando lo vieron peligrar, no han tenido nunca problemas morales para apelar a la violencia. Después del experimento no falto de buena voluntad y nobleza por parte de muchos dirigentes, pero fallido, que supuso la Segunda República, la democracia solo se ha establecido en nuestro país después de un doloroso pacto basado en el olvido institucional con el anterior régimen, lo cual consolidó un Estado de derecho moderno, pero dejó muchas costuras, sobre todo económicas y territoriales, mal hilvanadas, lo cual no ha traído sucesivos quebraderos de cabeza a los distintos gobiernos de la democracia y no ha podido reconciliar del todo a la ciudadanía con el siniestro pasado, quizá ya remoto en el tiempo, pero presente todavía en la realidad política del día a día.

Nuestro relato histórico está demasiado poblado por personajes como Primo de Rivera, Juan March (un financiero corrupto cuyo poder económico le permitió financiar una parte considerable del esfuerzo bélico de las tropas de Franco) o Alejandro Lerroux, que siempre anhelaron acercarse al poder con el fin prioritario de aumentar su riqueza personal. El mismo Franco, que se las daba de austero, había acumulado a su muerte una tremenda fortuna personal de la que siguen disfrutando sus herederos. Tampoco ha ayudado a nuestro progreso la actitud de muchos dirigentes de la izquierda, como Largo Caballero, de discurso intrasigente, incapaces de llegar a consensos básicos que evitaran la radicalización de la sociedad en bandos irreconciliables, como acabó sucediendo en los meses previos a la Guerra Civil.  

Un pueblo traicionado pretende ser también, como su propio nombre indica, un homenaje a la dignidad de un pueblo que ha tenido que padecer a un gran número de dirigentes a los que les ha importado muy poco el bienestar de sus ciudadanos y mucho el propio y el de sus allegados. Como siempre, la escritura de Preston está acompañada por un gran rigor histórico, aunque en esta ocasión no nos encontramos ante el mejor libro del autor de El holocausto español, dado que no ofrece, en rigor, todo lo que promete: muchos de sus capítulos, en vez de dedicarlos a excavar en las causas últimas de nuestra corrupción endémica, están dedicados a la narración de acontecimientos históricos ya muy conocidos. Resulta curioso que la mayor profundidad se encuentre en los últimos capítulos, los dedicados a los gobiernos del PSOE de Felipe González y del PP de Aznar. Los viejos demonios de nuestra historia nunca acaban de partir del todo.

viernes, 18 de mayo de 2018

SOLDADOS DE SALAMINA (2001), DE JAVIER CERCAS Y DE DAVID TRUEBA (2002). LOS AMIGOS DEL BOSQUE.

Las guerras están repletas de historias individuales de gente que mata, que muere o es mutilada de maneras horribles. También están - estos son los menos - los que sobreviven de manera inverosímil a situaciones límite. Paradójicamente - y esto es lo que quiere contar Cercas en su relato - uno de estos últimos fue uno de los fundadores del fascismo español. Rafael Sánchez Mazas, aunque acabó triunfando y formando parte del siniestro Régimen que siguió a nuestra Guerra Civil, fue también una víctima más del conflicto, un hombre perseguido y fusilado, que solo pudo sobrevivir con una combinación de suerte y sentido de la oportunidad. Mazas, un hombre de letras, amante de la conversación y la tertulia, sufrió en sus propias carnes el toque de la bestia que tanto había ayudado a hacer surgir.

La narración de Javier Cercas, en este libro que lo consolidó como uno de los autores más populares de nuestro pais, oscila entre la narración periodística, autobiográfica, histórica y literaria. Quizá lo mejor de Soldados de Salamina sea la excelente combinación entre todos estos estilos y la frescura de su estilo literario. No solo es capaz de describirnos los hechos que le interesan - la biografía de Sánchez Mazas y la de su probable salvador - sino que el proceso de investigación y las anécdotas que se desarrollan durante el mismo están al mismo nivel que la verdad histórica, que en este caso tiene mucho que ver con la intimidad de sus personajes, que se quiere fijar. Pero es el mismo autor el que mejor puede hablarnos de las intenciones con las que fue escrita la obra:

"La novela, básicamente, habla de los héroes, de la posibilidad del heroísmo; habla de los muertos, y del hecho de que los muertos no están muertos del todo mientras haya alguien que los recuerde; habla de la búsqueda del padre, de Telémaco buscando a Ulises; habla de la inutilidad de la virtud y de la literatura como única forma de salvación personal..."

Un año después de su publicación, el cineasta David Trueba rodaba una versión cinematográfica que realmente no hace justicia a la obra, no solo porque está afectada por un ritmo un tanto cansino, sino también por la elección de la protagonista, una inexpresiva Ariadna Gil que no consigue otorgar credibilidad a su papel. Aun así, la película cuenta con una escena inolvidable: el breve baile del soldado republicano bajo la lluvia que se despide, quizá para siempre, de su país mientras canta la canción más melancólica del mundo en esas circunstancias.

sábado, 17 de septiembre de 2016

HOMENAJE A CATALUÑA (1938), DE GEORGE ORWELL. LAS GUERRAS DE LA GUERRA CIVIL.


En una Europa amenazada por un triunfo total del fascismo, el golpe de Estado sucedido en nuestro país el 18 de julio de 1936 suscitó todo tipo de pasiones, adhesiones y rechazos. Militantes de los más diversos partidos políticos o jóvenes idealistas viajaban a España para pelear en lo que se intuía iba a ser el primer capítulo de una guerra mucho más generalizada. George Orwell llegó a Barcelona pocos meses después de iniciadas las hostilidades y se incorporó a la milicia del POUM  que defendía el frente de Aragón. La experiencia vivida en España quedaría marcada en su ser el resto de su vida e inspiraría sus dos obras más conocidas, escritas en los años posteriores: Rebelión en la granja y 1984.

Los primeros capítulos de Homenaje a Cataluña se dedican a describir la situación del frente en el invierno de 1936-37. Lejos de constituir una fuerza militar imponente, las milicias del POUM eran un ejército irregular en el que era más importante la práctica ideológica que la militar. Se trataba de unos miles de hombres penosamente armados, con fusiles viejos y bombas de mano que resultaban casi tan peligrosas para su portador como para el enemigo. Apenas había ametralladoras y la artillería brillaba por su ausencia. Además, las comidas eran inadecuadas y los hombres pasaban un frío atroz por falta de equipo adecuado. Pronto los uniformes se convertían en raídos trozos de tela que no eran sustituidos y los soldados pasaban a tener un aspecto zarrapastroso. Sin embargo entre la milicia del POUM imperaba una camaredería y espíritu igualitario que mantenía muy alta la moral de la tropa. Por suerte, el ejército que tenían enfrente no se encontraba en mucha mejor condición. En la época que estuvo Orwell el frente de Aragón no era un teatro de operaciones prioritario para ninguno de los dos bandos, por lo que el escritor solo pudo participar en escaramuzas, lo cual no quiere decir que no se expusiera constantemente al peligro, como prueba el balazo que acabó recibiendo en la garganta.

De la situación tragicómica del frente dan idea estas líneas, en las que se describe la miseria de los hombres de nuestra tierra como sólo un cronista inglés de la época podía hacerlo:

"En esta época se sumó a nosotros una sección de andaluces. No sé cómo llegaron hasta este frente. La explicación aceptada es que habían huido de Málaga a tal velocidad que se habían olvidado de detenerse en Valencia; pero esta explicación se debía a los catalanes, que despreciaban a los andaluces como a una raza de semisalvajes. Sin duda, los andaluces eran muy ignorantes, casi todos analfabetos, y ni siquiera parecían saber lo único que nadie ignora en España: a qué partido pertenecían. Creían ser anarquistas, pero no estaban del todo seguros, quizás fueran comunistas. Eran pastores o aceituneros, tal vez, de aspecto rústico, nudosos, con los rostros profundamente curtidos por el feroz sol meridional."

Pero, con ser auténticamente magistral la descripción de lo vivido en el frente, lo que en verdad le interesa a Orwell relatar - y denunciar - son las luchas intestinas que se produjeron dentro del bando Republicano, cuyo epicentro fue la ciudad de Barcelona y de las que fue testigo directo. Pero antes de que esto ocurriera, se sucedieron los viajes de hospital en hospital y una milagrosa recuperación de una herida muy peligrosa, circunstancia de la que los amantes de la literatura estamos muy agradecidos. El regreso a la capital catalana no fue fácil y el autor vuelve a tomarse con humor - para un inglés la puntualidad de los trenes es algo sagrado - la forma de hacer las cosas imperante en nuestro país:

"Una mañana se anunció que los hombres de mi sala partirían ese mismo día hacia Barcelona. Logré enviar un telegrama a mi esposa, anunciándole mi llegada. Poco después, nos metieron en varios autobuses y nos llevaron a la estación. Cuando el tren ya había arrancado, el enfermero del hospital que viajaba con nosotros por casualidad nos informó que no íbamos a Barcelona, sino a Tarragona. Supongo que el maquinista había cambiado de idea. "¡Típicamente español!", pensé. También fue muy español que aceptaran detener el tren para que yo pudiera enviar otro telegrama, y aún más español, que éste nunca llegara."

Lo cierto es que Orwell tuvo oportunidad de experimentar uno de esos momentos tenebrosos de la historia que después denunciaría con tanto acierto en sus escritos, una de esas circunstancias en la que la mentira es capaz de ganar incontestablemente una batalla a través de la difusión de un punto de vista absurdo de la realidad que se convierte en una verdad incontestable. Que el POUM fuera acusado de ser un agente oculto del fascismo dentro del frente Republicano era algo racionalmente insostenible, dadas las circunstancias y el sacrificio diario de sus milicianos, pero dicha acusación fue interiorizada - como debían hacerlo los habitantes de Oceanía en 1984 - como la más lógica de las verdades por miles de militantes comunistas. En consecuencia, se organizó una terrible represión contra los miembros del POUM, que a punto estuvo de alcanzar al propio Orwell, que si logró escapar indemne de nuestro país fue más gracias a la fortuna que a cualquier otro factor. 

El escritor británico tiene la decencia de explicar al lector que si él escribe sobre los hechos es porque fue testigo de los mismos, aunque reconoce que un testigo es un ser siempre parcial, sobre todo porque es imposible que sea capaz de interpretar todos los matices de unos hechos muy complejos. Pero eso no obsta para que denuncie el totalitarismo de Stalin y cómo el dirigente soviético fue capaz de importar a España el método de las purgas que tan buenos resultados le había dado para establecer un reinado de terror y consolidar su poder personal. Buena parte de los días pasados en Barcelona en plena guerra civil dentro de la guerra civil son de una gran confusión. Los bandos están tan divididos que si no fuera por las banderas que se exhiben en las fachadas, nadie sabría a quien pertenece cada edificio. En realidad no se trató de una lucha terrible - sí que lo fue la represión posterior - pero sí que es verdad, tal y como denuncia Orwell, que estos hechos constituyeron una valiosíma ventaja propagandística y militar para el verdadero enemigo, el bando franquista. 

De Homenaje a Cataluña, crónica personal e histórica verdaderamente magistral, podemos quedarnos con esta tenebrosa moraleja, que sigue teniendo una siniestra vigencia en nuestros días, como casi todo lo que escribió el autor de 1984:

"Uno de los rasgos más repugnantes de la guerra es que toda la propaganda bélica, todos los gritos y las mentiras y el odio provienen siempre de quienes no luchan."

lunes, 2 de mayo de 2016

VIDA Y TIEMPO DE MANUEL AZAÑA 1880-1940 (2008), DE SANTOS JULIÁ. EL HOMBRE TRANQUILO.

Me gusta mucho la foto de Manuel Azaña que ilustra este artículo. Quizá estaba viviendo uno de sus últimos días verdaderamente felices, en la Feria del Libro de Madrid, pocos meses antes de que estallase la rebelión militar que dio comienzo a la devastadora Guerra Civil. Porque Azaña jamás fue un político convencional. No llegó a las más altas responsabilidades del Estado por sed de poder o por ambición personal, sino arrastrado por sus convicciones más íntimas, por la oportunidad que llegó a ver en el régimen Republicano de regenerar el país, de acercarlo al modelo francés que tanto admiraba y dejar atrás tantas décadas de inestabilidad, democracia chapucera y pronunciamientos militares, para que España alcanzara por fin la modernidad política.  Quizá fue un político tan brillante porque en las décadas anteriores, dedicadas en buena parte al estudio, se había preparado para serlo.

Azaña, que se definía a sí mismo como "un intelectual, un demócrata y un burgués" se debatió toda su vida entre sus dos grandes pasiones: la literatura y la política. Que no alcanzara el más alto protagonismo en la vida pública hasta cumplidos los cincuenta habla mucho de su discreción y, por qué no decirlo, de sus eternas dudas, de sus inseguridades. Durante años, el político de Alcalá de Henarés comenzó muchos proyectos y los dejó a medio camino. Su gran ambición era consagrarse con una gran obra literaria, pero su mayor labor en este campo la realizaba como Secretario del Ateneo de Madrid, donde se codeaba con figuras como Ortega y Gasset, Unamuno, Baroja , Marañón o Valle Inclán. Su trabajo dio nuevos ímpetus a la institución, que vivió años muy brillantes en las primeras décadas del siglo XX, siendo toda una referencia intelectual y liberal en el Madrid de la época.

A su vez, después de haberse asegurado una plaza de funcionario, Azaña comenzó su actividad política con su acercamiento al Partido Reformista, en la década de los diez y llegó a presentarse a las elecciones como diputado, sin llegar a ser elegido. Tampoco abandonó su pasión por la literatura, dirigiendo la revista España, en la que colaboraron las mejores plumas de la época, como Antonio Machado, Gerardo Diego o Federico García Lorca y donde se publicó por primera vez Luces de bohemia, de Valle Inclán.

Aunque hasta ese momento a Azaña le daba igual que la forma de Estado fuera  monárquica o republicana, mientras fuera garante de una democracia real en el país, la traición de Alfonso XIII, que permitió la dictadura de Primo de Rivera, le transformó en un republicano convencido, hasta el punto de que su figura llegaría a personalizar la idea de República en España. Su buena estrella pareció activarse a partir del 14 de abril de 1931. A partir de ese momento, y partiendo del cargo de Ministro de Guerra, Azaña puso sus mejores cualidades al servicio de su idea de Estado. Una vez que organizó una brillante reforma militar, a base de decretos (y que empezó a sumarle enemigos entre quienes se creyeron perjudicados por la misma), avaló el fin del confesionalismo católico en España, apostando por un laicismo que se interpretó en los sectores religiosos más conservadores como una especie de declaración de guerra, punto de vista que se vio reforzado por los desgraciados sucesos de mayo del 31, con la masiva quema de conventos e iglesias que alcanzó especial virulencia en ciudades como Málaga. Azaña siempre condenó esos hechos, que poco tenían que ver con su visión respetuosa de la religión, respecto a la cual, el Estado debía ser un ente exquisitamente neutral:

"Manuel Azaña nunca fue enemigo de la religión; siempre mostró, más que una condescendiente comprensión, un respeto profundo por los creyentes, que no estaba únicamente relacionado con la estética de la liturgia (...), sino con una especie de suspensión de juicio ante las manifestaciones de la fe, siempre que de la creencia religiosa no se derivaran implicaciones derivadas al Estado o a la moral pública".

Uno de los puntales de su popularidad como político, además de su competencia técnica y jurídica, era su maestría como orador. Aunque hubiera que pagar para escucharlo, las masas acudían cada vez que se anunciaba un discurso suyo. Azaña era una de esas personas - infrecuentes en la política de nuestro país - que son capaces de convencer a través de la palabra. Sus alocuciones públicas gozaban de una magistral mezcla entre rigor y emoción, con la que se dirigía al pueblo con una erudición exenta de pedantería:

"(...) uno de sus primeros estudiosos, Frank Sedwick, llamó la atención sobre su lógica irrefutable, su rico y exacto vocabulario, la originalidad y profundidad de su pensamiento, la hondura de su perspectiva histórica, la perfección sintáctica de sus largas y perfectamente equilibradas frases. (...) en su palabra gentes con expectativas divergentes y posiciones enfrentadas encontraban un esclarecimiento de la razón que, en un clima de alta emotividad, indicaba una salida política a una cuestión vital, embrollada en previos debates, que quedaba iluminada por una inmersión en la tradición de la que emergía una propuesta de futuro."

Además, también era capaz de ironizar acerca de la búsqueda eterna de nuestro ser nacional, algo a lo que él otorgaba importancia relativa. Lo verdaderamente urgente eran las reformas: la del ejército, la educativa, la laboral y la agraria:

"(...) todos los españoles tendremos que formar un corro inmenso alrededor de los Toros de Guisando, y esperar con ansiedad a que este venerable vestigio ibérico nos revele nuestra identidad nacional".

A pesar de las inmesas dificultades, a pesar de la división política imperante en España, de la fragmentación parlamentaria (un asunto de actualidad hoy día) y de la deslealtad de las derechas hacia el Régimen republicano, el esfuerzo de Azaña, que fue olvidado durante décadas oscuras en nuestro país, merece ser rescatado y divulgado, limpio de mentiras y de interpretaciones interesadas. Su mayor error fue no prestar la merecida atención a las conspiraciones que iban sucediéndose y que culminaron en el golpe de Estado del 18 de julio de 1936. Azaña siempre creyó que el Régimen Republicano, implantado con tanta facilidad, era mucho más sólido de lo que se demostró una vez que fue puesto a prueba. Quizá su confianza ciega en la ley y el instinto del funcionario que cree que dictando la resolución adecuada se acaban los problemas, jugaron en su contra en este sentido.

Una vez que estalló la Guerra Civil, Azaña fue otro. Presidente de la República, abocado a jugar un papel meramente representativo, su pesimismo fue en aumento a medida que las tropas de Franco ganaban terreno, apoyadas por italianos y alemanes, mientras la República no recibía ayuda de los que consideraba sus aliados naturales, Francia e Inglaterra. Muy pronto su obsesión fue la de llegar a un compromiso con el enemigo a través de la mediación internacional y que los españoles votaran qué régimen debía ser el del Estado. Jamás existió dicha posibilidad, puesto que ambos bandos buscaban la victoria total. Mientras veía desmoronarse la obra que había construído con tanto celo (sensación que ya había experimentado durante el bienio negro), sus esperanzas en el futuro se deshacen. Azaña es una sombra de sí mismo. A pesar de que sus escasos discursos durante el conflicto tuvieron repercusión, su figura se fue achicando, ahogada por la guerra civil dentro de la Guerra Civil que llegó a desatarse en el frente republicano. Su horror por lo que sucedió en aquellos años fue tan profundo que llegó a minar su salud. Un momento de tristeza particularmente intenso lo vivió cuando visitó el Alcalá de Henarés de su infancia y juventud destrozado por las bombas. Sus intentos de abandonar la presidencia no dieron fruto, puesto que, a pesar de todo, su prestigio no tenía recambio posible:
 
"Y esto es lo que necesita explicación, que haya permanecido en la presidencia; no el abatimiento, la repugnancia, la indignación, el horror o el miedo que le produce ser testigo de la destrucción y la muerte y del derrumbe del Estado republicano, que él había identificado con la libertad y el imperio de la ley, sino que sintiendo todo esto como una quiebra de lo que él era y representaba, permaneciera en la presidencia."

Su muerte, en el exilio, acosado por sus enemigos, mientras sus amigos y familiares eran capturados o partían hacia México, fue la más luctuosa posible. A pesar de todo, en plena Guerra Civil dejó escrito en su diario:

"Los españoles tendrán que convencerse de la necesidad de vivir juntos y de soportarse a pesar del odio político. Si lo hubieran comprendido así a tiempo, nos habríamos ahorrado todos estos horrores."

El de Santos Juliá es un libro memorable, que recoge todos los aspectos de una figura fundamental de nuestra historia, tan citada como poco conocida, absolutamente reivindicable en estos tiempos de desconcierto político. Un hombre que nunca llegó a acostumbrarse del todo a la contienda política, que en realidad se sentía realmente a gusto cuando podía dedicarse algunas horas a leer tranquilamente un libro o a pasear con su mujer. Quizá si se echa algo a faltar es  una valoración global del personaje, al principio o al final de volumen, pero eso no es sino un defecto menor en una obra que debería ser leída por cualquiera que quiera conocer a uno de esos hombres que simbolizan una etapa - funestamente fallida - del devenir de nuestro país.

miércoles, 8 de julio de 2015

TODAS LAS NOCHES SE OYERON DISPAROS (2015), DE MIGUEL RAMOS MORENTE. EL TIEMPO DE LOS ASESINOS.

Érase una vez un pueblecito llamado Alameda, enclavado en el centro de Andalucía, entre las provincias de Málaga, Sevilla y Córdoba. Con una economía basada fundamentalmente en la explotación del olivar, la vida era dura. Como en tantos otros lugares, el trabajo dependía de la voluntad y el capricho de los propietarios de la tierra. El jornal era escaso y el hambre siempre estaba acechando en los hogares más humildes: había muchas bocas que alimentar y pocos recursos. Poco a poco al pueblo fueron llegando aires de cambio y la gente empezó a organizarse: aparecieron sindicatos y partidos políticos. Muchos empezaban a creer en escenarios utópicos en los que la tierra se repartía equitativamente entre todas las familias. La Segunda República fue una bocanada de aire fresco en estas calurosas tierras. A pesar del conflicto político permanente, la esperanza de mejoras para el obrero era algo siempre presente en todos los debates. El dieciocho de julio de 1936 estas esperanzas se vinieron abajo: la sublevación de muchos militares contra la República obtuvo un éxito parcial en Andalucía, pero pronto amenazó a todos los pueblos del entorno de Alameda.

Antes de esto, en el pueblo han sido posibles biografías tan sorprendentes como la de Manuel Romero Luque, gran aficionado a la lectura desde joven, estudiante de Magisterio por las noches e interesado en todas las formas de conocimiento. Queriendo mejorar la vida de sus vecinos, montó una escuela elemental en su propio domicilio. Además era aficionado al teatro y escribió algunas obras de este género literario, representándose las mismas por un grupo de actores aficionados dirigidos por él mismo. Siempre decía que "la única batalla que vale la pena es la del conocimiento" y su mayor sueño era acabar con el analfabetismo secular de aquellas tierras. También era vegetariano y, a la manera de Thoreau, un atento observador de la naturaleza. Su militancia en las Juventudes Socialistas le costó la vida a este hombre incapaz de matar a una hormiga.

Porque si echamos una mirada al pequeño periodo (un mes escaso) en el que una comisión de líderes políticos y sindicales gobernó Alameda desde el 18 de julio hasta la llegada de las fuerzas del general Varela, el pueblo puede sentirse orgulloso de no haber ocasionado ni una sola muerte entre los que se consideraban enemigos de los trabajadores. Hubo saqueos, quema de imágenes religiosas, humillaciones, maltratos e insultos, pero jamás se permitió cruzar la línea del asesinato, algo que jamás fue tomado en cuenta por la justicia franquista, decidida a llevar a cabo una política de depuración y venganza implacable. Alameda tuvo la mala suerte de ser un pueblo ocupado desde prácticamente los primeros momentos de la Guerra Civil, cuando más condenas a muerte se dictaban. Cualquier testimonio de las personas de bien era suficiente para condenar a un hombre. El que hubiera militado en partidos republicanos o de izquierda era automáticamente considerado enemigo y su destino más probable en aquellos días trágicos era el fusilamiento: 

"Era una Alameda áspera, dura, trágica, azotada por el hambre, donde ser pobre era motivo de sospecha y persecución. Una Alameda paralizada por el miedo a lo sufrido, donde estallan las acusaciones y en la que los vencedores no conocen límites en su intento de aniquilar a los derrotados. Eran momentos en los que la vida dependía de un hilo, de una envidia, de una delación. Tiempos propicios para las flaquezas y los resquemores, capaces de agrietar los sentimientos, en los que un dolor se une a otro dolor. Es la hora de vengarse de viejas ofensas recibidas. Tiempos para el terror y la estulticia."

Todas las noches se oyeron disparos rinde homenaje a todos y cada uno de los represaliados en Alameda, muchos de los cuales - historias que se repiten a lo largo de toda la geografía nacional, para nuestra vergüenza - aún se encuentran enterrados en fosas comunes. A pesar de las leyes de Memoria Histórica y similares, este país todavía no ha superado del todo un episodio tan lejano en el tiempo como suscitador de profundas emociones. Gentes como Manuel Romero, José Lozano, el laterillo o Dolores la Riega y tantos otros merecen ser recordadas como protagonistas y víctimas de un tiempo de depravación e injusticia extrema que se cebó con los más desfavorecidos, que habían tenido la insolencia de soñar con tiempos mejores. La represión llevó a un largo tiempo de silencio en el que los propietarios de las flechas imponían los yugos a las clases más humildes, para que trabajaran y pasaran hambre sin rechistar. Además debían ser testigos mudos de algunos episodios dignos de pasar a la historia universal de la infamia: 

"Con los ojos cerrados veo la pira de libros que arde en la puerta del centro obrero, saqueado por una horda incendiaria que terminará por arrojar todos los volúmenes de su biblioteca al fuego. Un fuego que alcanza ya la altura de los tejados de la calle Álamos y oscurece el cielo de Alameda. Junto a los libros de Tolstoi, Dickens, Gorki, Cervantes, Baroja, Blasco Ibáñez, Galdós, Víctor Hugo, Bakunin, Marx, Engels o Kropotkin, arden los retratos del líder socialista, Pablo Iglesias, del presidente Azaña, de los capitanes de Jaca, Fermín Galán y Ángel García Hernández, estampas con la alegoría de la República, la efigie de la Marianne y las banderas sindicales de los gremios obreros. (...) La quema pública de libros emprendida por los cachorros del fascismo prendió otras hogueras, éstas encendidas en el interior de muchas casas donde la gente fue arrojando en el fondo de los pozos los libros que creían sospechosos, quemaban postales, cartas, fotografías, dedicatorias, gorros frigios, todo ello en medio del vértigo enloquecido desatado por los vencedores. El fuego quema las palabras escritas y enciende la infamia. Va cayendo la noche y Alameda se hace oscura. Ya no quedan libros raros que quemar. Con los ojos cerrados oigo las palabras del poeta alemán Heinrich Heine: "Allí donde queman libros, acaban quemando hombres".

Por supuesto que se quemaron hombres. Y junto con sus restos, se intentó hacer desaparecer su memoria. Libros como el de Miguel Ramos Morente, una lectura realmente estremecedora, del que tuve la suerte de asistir a su presentación, son necesarios para recordar. Para recordar que hasta en los más humildes puntos de la geografía nacional hay historias dignas de ser contadas, que no deben perderse en el olvido. Recuperar la memoria histórica no debe servir para vilipendiar a nadie, sino para conocer la verdar estricta de los hechos, que siempre debería ser la tarea del historiador. Lo que sucedió en Alameda en aquellos días no es más que un reflejo de lo que estaba sucediendo en demasiados lugares en ese mismo momento y que poco después acabaría ocurriendo en toda Europa. Reflejo aquí el hermoso y terrible poema El enemigo, de Mahmud Darwix con el que se abre el volumen:

Los asesinados no se parecen.
Cada uno tiene sus rasgos propios,
su propia talla, sus ojos, un nombre y una edad
diferente.
Son los asesinos los que se parecen.
Son el mismo, repartido en artefactos metálicos.
Apretando botones electrónicos.
Mata y desaparece.
Nos ve y no lo vemos, no porque sea un fantasma,
sino porque es una máscara de acero imperturbable...
Sin rasgos, sin ojos, sin edad, sin nombre.
Él, él es el que ha elegido tener un solo nombre:
el enemigo.

viernes, 22 de mayo de 2015

LA CAPTACIÓN DE LAS MASAS (2005). DE CARME MOLINERO. POLÍTICA SOCIAL Y PROPAGANDA EN EL RÉGIMEN FRANQUISTA.

Una vez acabada la Guerra Civil, los vencedores tuvieron que vérselas con la realidad de un país desolado, repleto de viviendas destruídas y gente hambrienta. La sublevación se había producido en nombre de la madre patria, para salvar a los españoles, pero ahora la mayoría de ellos se veían cercados por el fantasma de la pobreza. Desarrollar una cierta política social no era ya una cuestión de prestigio para los nuevos gestores, sino un asunto de supervivencia, ya que ni siquiera podían esperar ayuda de sus aliados naturales - Italia y Alemania - ya que estos se preparaban para combatir en la inminente Segunda Guerra Mundial.

Aunque de manera brutal, algunos de los dirigentes franquistas ya daban alguna pista en 1940 de los fines, más prácticos que humanitarios, de la integración de todas las clases sociales en un proyecto colectivo de nación. Tal y como decía Serrano Suñer:

"No queremos un Estado sin pueblo; nosotros dirigimos al pueblo, pero queremos llevarle organizado jerárquicamente a su estado nacional; hacerlo partícipe en su destino y en su responsabilidad para que se sienta autor de esta gran tarea pública que tenemos encomendada, y así identificados, él será la defensa más segura contra la codicia de sus enemigos (…). Y el Partido Nacional, que tiene esta misión, no puede ser un partido de clase, es un partido de todas las clases; es al menos una selección de los mejores en la fe común de la Patria, que tiene incluso la tarea ambiciosa, pero necesaria de absorber, de ganar a la gran masa de la zona roja que no se pueda destruir."

Así pues el Estado no olvidaba su tarea de acabar con los enemigos de la España eterna, pero a la vez se daba cuenta de que estos eran tan numerosos que habría que integrar a muchos de ellos en el nuevo orden de cosas. El nuevo régimen se presentaba como una especie de tercera vía (recordemos que todavía está vigente el auge de los fascismos en Europa) entre el capitalismo y el comunismo. Es más: su discurso asegura que pretenden superar al marxismo en lo social, aunque en realidad su legislación y su actuación administrativa se decantase casi siempre por salvaguardar los intereses de los patronos poderosos que, no en vano, eran una de las columnas del régimen.

Sería injusto no decir que, aún dentro del régimen, existían figuras, sobre todo dentro del Falangismo, que querían desarrollar una política social integral, pero la falta de recursos, la corrupción imperante y los intereses económicos de unos pocos eran una oposición formidable, por lo que los avances en este campo siempre eran muy deficientes. La política de vivienda, por ejemplo, no despegó por completo hasta entrados los años cincuenta, por lo que mucha gente debía practicar el chabolismo o vivir en cuevas, sobre todo cuando se desplazaban al extrarradio de las ciudades huyendo del hambre rural.

José Antonio Girón, Ministro de Trabajo en aquellos años de hambre, fue uno de los que intentó acercarse a los trabajadores para venderles el mito de la madre patria que protege a todos sus miembros, aunque la realidad fuera tozuda: los salarios bajaban mientras los precios subían dramáticamente. Se hacía necesario, para comer, acudir a ese mercado del estraperlo que controlaban precisamente algunos de los dirigentes cuya misión se suponía que era proteger al pueblo.  Aunque no pudieran ejercitarse de manera directa, el malestar y las protestas eran continuados y motivo de preocupación constante en el gobierno, no por el sufrimiento generado, sino por la posibilidad de revueltas patrocinadas por organizaciones obreras clandestinas, sobre todo después de la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial.

Es curioso constatar que algunos de los escasos avances de la época se consiguieron a pesar de la oposición de sectores poderosos, como los médicos, que se opusieron frontalmente a la creación de un Seguro Obligatorio por Enfermedad porque "creían que pretendía socializar la medicina y,  por tanto, la profesión (...) iba a sufrir un considerable desprestigio". La marea blanca, al revés.

En realidad todas estas actuaciones se hacían con un único objetivo: la propaganda. Se intentaba así transmitir una imagen aceptable al exterior, a la vez que se aprovechaba para adoctrinar a sus presuntos beneficiarios, haciendo pasar por justicia social lo que no eran más - en la mayoría de las ocasiones - que migajas de caridad presentadas como la política social más avanzada del momento en Europa. Instituciones como Auxilio Social eran más humillantes para sus presuntos beneficiarios que otra cosa. Además la Iglesia Católica veía en ellas una intromisión en sus atribuciones tradicionales de caridad con los pobres.

En resumen, la política social del primer franquismo estuvo marcada más por el voluntarismo que por una verdadera efectividad. La falta de fondos, la voluntad política de no molestar a los sectores económicos más poderosos, la escasez de militantes y voluntarios para llevarlas a cabo y, por qué no decirlo, la percepción de las clases trabajadoras como el enemigo reciente, llevaron a que sus resultados fueran muy pobres, más orientados a la exaltación propagandística del régimen y su cabeza visible que de remediar la desastrosa situación de las clases más desfavorecidas. Habría que esperar a los años sesenta para que las nuevas políticas tecnócratas, la emigración masiva a países europeos y el fin del aislamiento español produjeran algo de alivio.

sábado, 9 de mayo de 2015

LUNA DE CARBÓN (2014), DE CARLOS TORRES MONTAÑÉS. MÁLAGA EN LLAMAS.

Casi todas las urbes guardan episodios históricos espantosos. Pasear por las aceras de la memoria de Málaga implica evocar los meses de Guerra Civil: la ciudad abandonada a su suerte por el Gobierno Republicano, mientras se cerraba lentamente el cerco por tierra mar y aire. La gente huyendo de los pueblos para caer en la trampa del hambre en un lugar aislado que carecía de casi todo, los bombaredeos aéreos, una amarga novedad de las guerras modernas y como gran final, la masacre de la carretera de Almería, capítulo tan infame de nuestra historia que se intentó silenciar por ambas partes.

Ser un malagueño en la primera mitad del siglo XX no debía ser nada fácil. La ciudad, que había experimentado un auge industrial décadas atrás, intentaba recuperarse del esplendor perdido (aunque nunca existieron tiempos esplendorosos para los trabajadores) y se convirtió en un puerto estratégico en la estéril guerra de Marruecos. El protagonista de Luna de carbón, Pepe Fuentes, es uno de tantos soldados reclutados prácticamente a la fuerza y enviados a pelear en un conflicto cuyas causas pocos de ellos conocían. Así pues, su único interés durante esos meses va a ser la supervivencia, mientras se suceden las masacres de españoles, mal entrenados y peor motivados. Su amor por Pilar, una muchacha malagueña, y su amistad con varios compañeros, van ser su principal sostén en tan complicada situación.

La de Pepe Fuentes, es la historia  de una generación de españoles que fue engullida por una serie de acontencimientos históricos incontrolables, que pusieron sus vidas patas arriba, la de la gente sencilla que prefería no entrar en debates políticos y que fue masacrada por un conflicto que no podían entender. Una biografía con muchos puntos en común con la del Arturo Barea de La forja de un rebelde, aunque Pepe no es un intelectual, sino solo alguien que hubiera querido una vida discreta junto a su familia.

La Guerra Civil sorprendió a mucha gente practicando algo que pronto se convertiría en un anhelo impensable: la normalidad de la existencia cotidiana:

"Recuerdo aquellos días como un tiempo extraño, el mundo había enloquecido y el que estaba antes en un sitio, ahora estaba en el contrario. A cada paso te sorprendías con la muerte de alguien o con el poder exagerado que otro había alcanzado desde la nada. El día a día lo cambiaba todo.

Cada nuevo bombardeo traía nuevos muertos, nuevas represalias y nuevos hombres fuertes y poderosos, pero también miles de desarrapados, hambrientos y pordioseros que unos meses atrás habían sido personas normales que sólo querían dar de comer a su familia. Cualquiera podía volver a tu vida en aquellos días, y podía hacerlo convertido en tu peor enemigo, o en tu mejor amigo."

Carlos Torres ha sabido insuflar vida a un personaje inolvidable, sometido a las leyes del destino en una época marcada por el triunfo de los más canallas, que acabaron aplastando el proyecto ilusionante de una República integradora de las clases más humildes en un proyecto progresista. Las heridas cicatrizaron (o eso espero), hace mucho tiempo, pero las lecciones permanecen ahí, para quien quiera aprender de ellas.

lunes, 15 de diciembre de 2014

ANTONIO B. EL RUSO, CIUDADANO DE TERCERA (2007), DE RAMIRO PINILLA. TIEMPOS DE HAMBRE Y VERGAJO.

Que un inmundo instrumento de tortura como el vergajo, sea uno de los grandes protagonistas de Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera, dice mucho de lo que significaba nacer pobre en la España profunda de la posguerra. La Baña es uno de esos territorios olvidados que tan bien retrató Luis Buñuel en Las Hurdes, tierra sin pan. Sus habitantes son seres primitivos. Los que pueden comer a diario al menos tienen la posibilidad de sofocar sus instintos. Antonio no es de esos. Si a esto se une su carácter rebelde y libre, su vida va a convertirse en un auténtico infierno de represión. Aquí el artículo:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2014/12/antonio-b-el-ruso-ciudadano-de-tercera.html

lunes, 24 de febrero de 2014

LOS SURCOS DEL AZAR (2013), DE PACO ROCA. UN REPUBLICANO EN PARÍS.

Uno de los momentos más impresionantes de Los surcos del azar, es éste que reproduzco: la huida de los últimos republicanos por la frontera de Francia mientras un agonizante Machado (del que celebramos ahora su aniversario) contempla a la multitud con la mirada indiferente de quien sabe que le quedan pocos días en este mundo. Machado será tratado como un desecho histórico. Igual que Azaña y como tantos españoles anónimos a los que se tragó nuestro conflicto. Pero hubo unos pocos que sobrevivieron y tuvieron la dignidad de seguir luchando, ya fuera por convicción o por desesperación: por no tener un lugar donde ir. Es el caso de Miguel, el personaje del cómic de Paco Roca, que saliendo desde Alicante cuando la República estaba dando sus últimas bocanadas, viaja en un barco atestado hasta el puerto de Orán, donde fueron recibidos por los franceses como apestados.

Entre todos los caminos del exilio que el azar pudo haberle ofrecido, el que tomó Miguel le llevó, después de mucho sufrimiento, a formar parte de la división de Leclerc, uno de esos hombres excepcionales que salvaguardaron el honor de Francia ante la humillante derrota infligida por los alemanes. Nuestro protagonista pasará a formar parte de la mítica Novena Compañía, una unidad de la que pocos españoles tienen noticia, pero que fue la primera que entró en París en la liberación de agosto de 1944, después de haber luchado brillantemente en Túnez.

Ahora que se habla tanto de memoria histórica en nuestro país - lo cual no es más que otra excusa para que los partidos políticos se tiren los trastos a la cabeza en esta España tan triste en la que apenas existe sociedad civil que pueda replicarles - es bueno asomarse al cómic de Paco Roca y contemplar la asombrosa historia de un puñado de hombres que lucharon contra el fascismo durante casi una década sin apenas interrupción. Hombres que se sobrepusieron a la más dura de las derrotas y alimentaron la esperanza de que la caída de Hitler supusiera también la de Franco. Al final el Caudillo se libró del hundimiento general del fascismo y se convirtió en una anomalía en occidente que resultó muy útil a los intereses de la OTAN, pero eso es otra historia. Lo importante es que hubo una España que jamás se dio por vencida, cuyos miembros ayudaron a restaurar la democracia en Europa occidental, viendo como se pasaba de largo respecto a su propio país. Ya no es tiempo de homenajes ni nada parecido: la mayoría de estas personas está muerta. Pero sí es bueno que se las recuerde de vez en cuando, que se sepa de su existencia.

Partiendo de los versos de Machado, para qué llamar caminos a los surcos del azar, Paco Roca ha construido un relato creíble y muy bien documentado, que se mueve entre el presente y el pasado. Lo mejor de esta historia es que el protagonista no se siente en ningún momento un héroe, sino una víctima de la historia que tiene que ser consecuente con sus ideas. Por eso, cuando el dibujante comete la indiscrección de hablar de asesinatos a sangre fría respecto a alguna acción bélica de Miguel, este responde airadamente hablando de la lucha contra el fascismo, algo que no puede entender la gente de hoy. Y es que quien está inmerso en una guerra, por muy justa que sea su causa, acaba cometiendo tropelías. Es el precio de la libertad de la que hoy gozan la mayoría de los países europeos. Alguien se tuvo que ensuciar las manos para defenderla. Y Los surcos del azar cuenta la historia de uno de estos seres - dibujada en una magnífica línea clara - que no necesita justificar sus acciones, porque nadie que no lo haya vivido puede entender lo que significó estar inmerso en la Guerra Civil y después pasar a pelear en la Segunda Guerra Mundial.  

jueves, 12 de septiembre de 2013

LOS GIRASOLES CIEGOS (2004), DE ALBERTO MÉNDEZ Y DE JOSÉ LUIS CUERDA (2008). EL LIBRO DE LAS DERROTAS.

Desde hace tiempo hay voces en España que aseguran que uno de los grandes males de nuestro país es no haber olvidado la Guerra Civil. No estoy de acuerdo, aunque tampoco lo estoy con la utilización que se hace de la misma como si hubiera sucedido hace dos días, cuando pronto estaremos conmemorando los ochenta años de su comienzo. En cualquier país civilizado la situación al respecto estaría normalizada desde hace mucho tiempo, pero aquí sus fantasmas aparecen frecuentemente en la contienda política. La Guerra Civil es un acontecimiento histórico doloroso. Pero un acontecimiento lo suficientemente remoto como para hablar de ella sin abrir heridas. Y esto es, a mi juicio, lo que hace Alberto Méndez en Los girasoles ciegos: un retrato que da voz a la desesperación de los vencidos, gente que lleva a cuestas una derrota sin ni siquiera poder apelar a la dignidad, puesto que han quedado atrapados en el territorio de un enemigo cuya política es la del exterminio de los restos del bando opuesto.

La del Alberto Méndez es una historia singular en el universo de la literatura. Militante izquierdista, después de una vida vinculada a diversas editoriales, en su madurez escribió este pequeño libro de relatos, que sorprendió a los críticos por su enorme calidad. Es realmente insólito que un hombre que no había publicado anteriormente nos haya dejado este maravilloso legado literario, precisamente publicado el año de su muerte. Así Méndez pasó a engrosar esa lista de escritores que apenas pudieron gozar del éxito en vida.

Los girasoles ciegos es un libro de relatos unidos por la idea de que la derrota no tiene nada de digno o de romántico, sino que es algo sórdido. El hombre encarcelado mientras espera la hora de su fusilamiento o el que se esconde como un animal acorralado esperando cada día que vengan a atraparlo han suspendido su humanidad sustituyéndola por una supervivencia atroz y torturada. El protagonista del primer relato, el capitán Alegría, no puede soportar pertenecer al bando de los vencedores y se entrega como prisionero a los Republicanos el último día de la guerra, como si con este acto irracional quisiera dar una lección de dignidad a los vencedores. El segundo relato transcribe el diario de un joven que ha caído en un limbo de desesperación, aislado en las montañas después de perder a su mujer y a su hijo en un viaje de huida hacia ninguna parte. En el tercer relato encontramos a un sentenciado a muerte que intenta prolongar su existencia, como lo hizo Scheherazade en Las mil y una noches, a través de una narración que embelesa a su futuro verdugo: la narración ficticia de los últimos días del hijo del presidente del tribunal que firma las condenas a muerte en una prisión.

El último relato, titulado Los girasoles ciegos, es, sin desmerecer al resto, el más logrado de los cuatro. En él se cuenta la historia de una familia en la que el marido vive escondido en la misma casa que habitan. Escrito a través de varias voces, quizá la que más ternura produce es la del niño, que es sobre quien al final recae el peso de todas las desgracias, por lo que debe aprender prematuramente a mentir como los adultos, aún sin comprender muy bien por qué debe hacerlo. Como su madre, debe llevar una doble vida, una en el país del fascismo triunfante y la otra en el pequeño santuario que constituye su hogar, un lugar cada vez más asfixiado por el miedo:

"Hablar siempre en voz baja es algo que, poco a poco, disuelve las palabras y reduce las conversaciones a un intercambio de gestos y miradas. El miedo, como la voz queda, desdibuja los sonidos porque el lado oscuros de las cosas sólo puede expresarse con silencio."

El otro gran personaje, el diácono, representa al vencedor inseguro de los valores por los que ha luchado, que se va convenciendo poco a poco a sí mismo de que tiene derecho a quedarse con los despojos del enemigo. La adaptación cinematográfica de José Luis Cuerda, muy correcta, pone énfasis en la evolución de este personaje atormentado, un joven eduado en valores religiosos al que se le ha obligado a cometer atrocidades en la guerra, al que las autoridades han estimulado su instinto de matar, pero que debe reprimir sus impulsos sexuales. Toda una metáfora de la religión franquista que empezaba su andadura sumiendo a nuestro país en una larga noche. 

domingo, 21 de abril de 2013

LA DESBANDÁ (2005), DE LUIS MELERO. MÁLAGA CIUDAD MÁRTIR.

Aún hoy estremecen esas fotos de nuestros antepasados inmediatos, huyendo desesperados de una ciudad que se había convertido en una trampa mortal, mientras eran bombardeados despiadamente por mar y aire. La novela de Luis Melero relata, a través de los ojos cada vez menos inocentes de su protagonista, los antecedentes y los hechos más crudos de nuestra Guerra Civil, en la que Málaga fue abandonada a su suerte casi desde el primer momento por el gobierno republicano debido a su difícil posición geográfica.

Tuve la oportunidad de asistir a una conferencia de Luis Melero la semana pasada en la que nos habló de sus técnicas para mantener el interés del lector durante todo el relato y de lo difícil que es vivir de la escritura hoy en día. Según contó, escribió seis versiones de La desbandá, de las cuales la quinta contaba con dos mil páginas. El trabajo de poda, uno de los más importantes de la escritura, debió ser tremendo. Terminado el acto, tuvimos la oportunidad de charlar con él de forma mucho más cercana y le pude plantear algunas preguntas sobre la situación de algunos barrios malagueños en la época en que transcurre la novela. Melero se mostró como una persona afable y extraordinariamente cercana. Quizá podamos celebrar en un futuro cercano un club de lectura en torno a La desbandá contando con su presencia. Aquí les dejo el artículo:



Nuestra Guerra Civil fue una tragedia tan inmensa que es imposible estar al tanto de todos sus detalles, de las tragedias cotidianas que se sucedieron en pueblos y ciudades y afectaron a nuestros antepasados inmediatos. Málaga fue una de esas ciudades mártires en la que se fue preparando durante años una catástrofe inimaginable, como una olla que se coloca a fuego lento y termina entrando en ebullición. Ya en el año 1931, recién comenzada la República, la ciudad mediterránea se hizo tristemente famosa cuando, en una sola noche del mes de mayo, una especie de locura colectiva acabó arrasando una buena parte de su patrimonio histórico en forma de iglesias y conventos quemados. Málaga fue durante aquellos años un microcosmos de las pasiones políticas, que se daban en toda España, desatadas entre comunistas, anarquistas, republicanos, socialistas, monárquicos y fascistas, entre otras tendencias, algo que se refleja muy bien en La desbandá.


El protagonista de la novela de Luis Melero es Mani, un joven que se encuentra en el paso de la niñez a la adolescencia en los meses previos a la Guerra Civil y que va a ser testigo (y protagonista) de hechos ante los que tendrá que comportarse como el hombre que no es todavía. Sus hermanos son representantes de algunas de las tendencias de pensamiento que dominaban la España de aquellos días: Paco, un comunista comprometido, Antonio, un anarquista inconsciente y que ha participado en hechos violentos, Ricardo, atraído por la vida eclesiástica y Miguel, mucho más preocupado por sus conquistas amorosas que por la política. La familia vivía en las callejuelas que desembocan en el antiguo convento de La Goleta, un barrio que a día de hoy conserva (en un estado lamentable) uno de los pocos corralones malagueños supervivientes de una época en la que eran vivienda habitual de muchas familias.  Los problemas de Mani y los suyos van a venir principalmente del barbero del barrio, un conocido falangista cuyo hijo es un activo militante del partido de José Antonio Primo de Rivera.


Lo que más destaca de la novela de Melero es el retrato tan efectivo y documentado que realiza de la ciudad en una época que muchos malagueños vivieron como una pesadilla. El escritor retrata ambientes, tipos humanos,  formas de pensamiento e incluso el habla local de una época en la que, a pesar de todo, nadie podía prever un final tan sangriento. Aunque la sublevación militar no triunfó en Málaga, su posición geográfica pronto la hizo muy vulnerable a la ofensiva del ejército nacional, cuya aviación la bombardeaba casi a diario. El avance de las tropas de Franco, apoyadas por los voluntarios de Mussolini y por la Luftwaffe alemana provocará que lleguen a Málaga oleadas de refugiados de los pueblos de alrededor, aterrados por la violencia de los legionarios y las tropas moras. Eso hace que la ciudad, falta de alimentos y bienes básicos, tenga que hacinar a esta gente que lo ha perdido todo en cualquier rincón, incluso en el interior de la catedral de Málaga, que ofrecía en aquellos días un espectáculo dantesco:


“Al cruzar la puerta de dimensiones colosales, el hedor que les golpeó en la cara tenía la consistencia de algo sólido. En el aire enrarecido se entremezclaban el humo de las hogueras, el aroma de guisos indescriptibles y el tufo rancio de la mugre, el sudor y los excrementos.”


Pero esta situación no va a ser más que la antesala del auténtico infierno, aquel que se desatará con la inminente llegada de los invasores y la huida de gran parte de la población malagueña por la carretera costera de Almería, única vía de escape que quedaba libre. Este suceso histórico, conocido popularmente como la desbandá, fue un bombardeo indiscriminado a la población civil, por mar y aire, aún más terrible que los acaecidos posteriormente en Durango y Guernika. Este éxodo de gente desesperada es narrado por Luis Melero de forma magistral, sin obviar los detalles más espantosos. Se trataba de personas absolutamente abandonadas por el gobierno republicano, que dejó caer Málaga en manos de un enemigo atroz y sediento de sangre. La desbandá es una novela imprescindible para conocer de primera mano los antecedentes y los hechos de uno de esos acontecimientos que tienen su hueco en la tristemente amplia historia universal de la infamia del siglo XX.