P: 7
sábado, 22 de junio de 2024
ROJO Y NEGRO (1942), DE CARLOS ARÉVALO.
domingo, 2 de junio de 2024
EL MAESTRO QUE PROMETIÓ EL MAR (2023), DE PATRICIA FONT.
P: 6
domingo, 19 de marzo de 2023
LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (2005), DE ANTONY BEEVOR. ESPAÑA COMO TRAGEDIA.
A pesar de las discrepancias con falangistas y monárquicos, el bando sublevado logró pronto una mayor coherencia interna otorgando todos los poderes en la figura de Francisco Franco, un general mediocre en la aplicación de las doctrinas militares modernas, pero muy astuto a la hora de ir acumulando poder, actuando con una mezcla de prudencia y amenazas veladas a todo el que se le opusiera - además de contar con la suerte de la desaparición de sus rivales directos en la candidatura al mando absoluto -. Los Republicanos jamás consiguieron esa estabilidad y llegaron a sufrir una Guerra Civil dentro de la Guerra Civil en Cataluña, además de las tensiones permanentes entre comunistas, socialistas, republicanos, nacionalistas y anarquistas entre otras facciones que formaban el llamado bando Republicano. Además, la estrategia militar de la República jamás fue realista y se basó, a pesar de los fracasos acumulados al respecto, en lanzar ofensivas directas contra las fuerzas nacionales que en la mayoría de los casos terminaron en desastres que fulminaban a las mejores fuerzas sobre el terreno. La República no supo ver que su esperanza de victoria pasaba únicamente por el mantenimiento de una defensa regular, constante y firme, como sucedió en la batalla de Madrid, junto con la organización de guerrillas bien abastecidas detrás de las líneas de las tropas franquistas que hostigaran constantemente al enemigo. La República fue quizá víctima de su moral de victoria en los primeros meses que llevaba a sus generales a la creencia de que luchar por unos ideales bastaba para obtenerla, frente a la profesionalidad de las tropas que tenían enfrente, en muchos casos veteranos de las guerras africanas.
Casi tan importante como el frente interno era el frente internacional. La República intentaba que la comunidad internacional de países democráticos se implicase en su defensa y les suministrara armas (algo muy parecido a lo que sucede hoy con Ucrania), mientras que los rebeldes llegaban a un rápido acuerdo con Alemania e Italia que resultó decisivo para su victoria militar. El cinismo con el que se justificaba el embargo de armas al gobierno legítimo mientras se miraba a otro lado respecto al descaro con el que las potencias fascistas colaboraban con Franco, obligó a la Unión Soviética a intervenir en favor de la República, aunque su ayuda militar, con ser importante, no llegó al nivel de eficacia de la alemana. A pesar de todo, gracias ella se pudo armar a las famosas Brigadas Internacionales. Mientras tanto, los gobernantes republicanos no cejaron hasta el último momento en su empeño de presentar la tragedia española como una advertencia, que acabaría materializándose pocos meses después, de lo que iba a suceder en Europa de manera inminente:
"Los argumentos de la República eran simples, quizá demasiado simples: su gobierno, que había sido elegido democráticamente en febrero de 1936, había sufrido un golpe de estado a cargo de generales reaccionarios apoyados por las dictaduras del Eje. La República luchaba por la causa de la democracia, la libertad y la ilustración contra el fascismo. Aunque entonces y más tarde todos estos argumentos se defendieron con vehemencia, las propias credenciales democráticas de la izquierda dejaban mucho que desear, como había demostrado palmariamente su rebelión contra un gobierno legal en octubre de 1934. Los partidarios de la República no constataron tampoco lo que era obvio, es decir que la derecha, amenazada por la extinción por la izquierda y por una situación prerrevolucionaria en la primera mitad de 1936, tenía que reaccionar. Los indecibles horrores de la guerra civil rusa y el sistema soviético de opresión que surgió de ella - la dictadura del proletariado que había pedido Largo Caballero - constituían una lección difícil de olvidar."
Pero los verdaderos perdedores de la contienda fueron los civiles. Ambos bandos fueron responsables de matanzas injustificables, pero la República al menos podía alegar que en su caso las habían protagonizado elementos fuera de su control, porque en este aspecto la actuación de los franquistas fue infinitamente más cruel y sistemática, prolongándose muchos años después de finalizados los combates. Esta realidad alejó todavía más la posibilidad de llegar a un acuerdo entre dos bandos absolutamente irreconciliables que solo podían sobrevivir si aniquilaban al contrario, por lo que los combates fueron absolutamente crueles y con pocas muestras de piedad por ambas partes. Como si de una maldición se tratara un conflicto ya tan distante en el tiempo sigue presidiendo muchos de nuestros debates políticos, como si fuera una historia que jamás va a estar definitvamente escrita, puesto que fue alimentada por infinitas cantidades de odio que todavía hoy no se han disipado del todo.
miércoles, 24 de febrero de 2021
ENSAYOS (1928-1949), DE GEORGE ORWELL. EL INTELECTUAL VISIONARIO.
Porque, entre otras cosas, encontramos en estos Ensayos una evidente evolución en el pensamiento de su autor, siendo un punto de inflexión muy importante su participación en nuestra Guerra Civil. El hecho de ser testigo en primera línea de la brutal represión contra el POUM, partido en el que militaba le hizo contemplar la triste realidad de los ideales por los que estaba jugándose la vida. Para él, el hecho de que el Partido Comunista se aliara con el gobierno para destruir los presuntos avances revolucionarios conseguidos en 1936 resultó la mayor de las traiciones, una guerra civil dentro de la principal que apenas fue reportada en los periódicos de la época. Aquí se cimentó una de las grandes obsesiones de Orwell: la posibilidad, por parte de los gobiernos totalitarios, de escribir la Historia a su antojo, según sus intereses. Y no solo eso, además se guardaban la posibilidad de reescribirla cuando fuera conveniente. El inmenso experimento social que construyó el totalitarismo era capaz de convencer a una población de millones de habitantes de que el enemigo hasta ayer pasaba a ser un fiel enemigo, para volver a convertirse en el peor de los adversarios unos años más tarde.
Por eso Orwell fue un firme defensor durante toda su trayectoria de la libertad de prensa, de esa capacidad de los medios de comunicación de los intelectuales de decirle a la gente lo que no quiere oír, aunque dicho mensaje estuviera en contra del pensamiento predominante, una libertad frágil, siempre en peligro, que debe ser continuamente salvaguardada de sus enemigos: los totalitarismos, los populismos y los impulsores de lo políticamente correcto. A falta de libertad de prensa, las mentiras pueden volverse fácilmente verdades, amparadas por el discurso oficial y la gente puede dejar de sacar conclusiones obvias respecto a lo que tiene delante de los ojos. Como se ha probado en tantas ocasiones, manipular a la opinión pública no requiere de demasiada sofisticación. En su ensayo Recuerdos de la guerra de España, escrito en pleno conflicto mundial, el autor va hilvanando el armazón del que será su novela más famosa:
"El objetivo tácito de este modo de pensar es un mundo de pesadilla en el que el líder máximo, o bien la camarilla dirigente, controle no sólo el futuro, sino incluso el pasado. Si sobre tal o cual acontecimiento el líder dictamina que «jamás tuvo lugar»… pues bien: no tuvo lugar jamás. Si dice que dos más dos son cinco, así tendrá que ser. Esta posibilidad me atemoriza mucho más que las bombas. Y conste que, tras nuestras experiencias de los últimos años, una declaración así no puede hacerse frívolamente."
Evidentemente, también hay que contar entre los enemigos de la libertad a los nacionalismos, cuyos militantes tienen la capacidad, no solo de engañar a los demás, sino también de engañarse a sí mismos, tropezando con la misma piedra cuantas veces sea preciso:
"El nacionalista no sigue el elemental principio de aliarse con el más fuerte. Por el contrario, una vez elegido el bando, se autoconvence de que este es el más fuerte, y es capaz de aferrarse a esa creencia incluso cuando los hechos lo contradicen abrumadoramente. El nacionalismo es sed de poder mitigada con autoengaño. Todo nacionalista es capaz de incurrir en la falsedad más flagrante, pero, al ser consciente de que está al servicio de algo más grande que él mismo, también tiene la certeza inquebrantable de estar en lo cierto."
Por eso las palabras son importantes y es fundamental el análisis constante y crítico de los discursos de nuestros dirigentes políticos, aunque hoy, al menos en nuestro país, hayan cambiado en gran parte el combate dialéctico y de ideas por unas alocuciones en tono populista y sin apenas sustancia, incluyendo la práctica de no responder a las preguntas de los periodistas y de convertir al Parlamento en una especie de patio de colegio. Orwell nos enseña que también los discursos vacíos son peligrosos, puesto que pueden enmascarar intenciones ocultas que no se exponen directamente ante el público. Un público, por otra parte, al que se le va anulando progresivamente su sentido crítico a base de crear polémicas artificiales que sirven como cortina de humo para evitar el debate de los auténticos problemas que afectan al ciudadano en su vida cotidiana.
En estos Ensayos de Orwell podemos contemplar la evolución de su pensamiento hasta una civilizada reivindicación de la socialdemocracia como alternativa al comunismo y al capitalismo salvaje y sin reglas. Pero el intelectual británico no habla solo de política. Orwell es también un fino analista social, sobre todo de la vida cotidiana de sus compatriotas y además es un excelente crítico literario, que me ha hecho conocer a autores a los que pienso leer en breve, como George Gissing. En cualquier caso, llama la atención el hecho de que es crítico y desmitificador respecto a su propio trabajo: los intelectuales también son seres humanos y están sujetos a los mismos errores y tentaciones que el resto de la humanidad:
"Todos los escritores son vanidosos, egoístas y perezosos. En el fondo de su ser, sus motivaciones siguen siendo un misterio. Escribir un libro es un combate horroroso y agotador, como si fuese un brote prolongado de una dolorosa enfermedad. Nadie emprendería jamás semejante empeño si no le impulsara una suerte de demonio al cual no puede resistirse ni tampoco tratar de entender. Por todo cuanto uno sabe, ese demonio es sencillamente el mismo instinto que hace a un niño llorar para llamar la atención. Y, sin embargo, también es cierto que no se puede escribir nada legible a menos que uno aspire a una anulación constante de la propia personalidad. La buena prosa es como el cristal de una ventana. No sé decir con certeza cuáles de mis motivaciones son las más poderosas, pero sí sé cuáles merecen seguirse sin rechistar. Al repasar mi obra, veo que de manera invariable, cuando he carecido de un objetivo político, he escrito libros exánimes, y me han traicionado en general los pasajes grandilocuentes, las frases sin sentido, los epítetos y los disparates."
sábado, 13 de febrero de 2021
UNA MAÑANA DE VERANO DE 1934 (1969) Y UN INSTANTE EN LA GUERRA (1991), DE LAURIE LEE. DÍPTICO ESPAÑOL.
"Tuve la impresión de que había sido por aquello por lo que había ido allí; para despertar al amanecer en una ladera y contemplar un mundo para el que no tenía palabras, para empezar desde el principio, sin palabras y sin ningún plan previsto, en un sitio que aún no contenía para mí ningún recuerdo."
En su vagabundeo de norte a sur Lee tuvo la oportunidad de conocer un país que, pese a hallarse en pleno régimen republicano, acusaba todavía un primitivismo propio de tiempos muy remotos, sobre todo en los lugares más apartados. Pronto comprobó el éxito que tenía en esos lugares como violista aficionado. La llegada de un poco de música a través de un instrumento tan sofisticado podía resultar una especie de ensalmo que los llevaba por unos instantes a un mundo desconocido pleno de belleza. Algunos intentaban acompañar la música a través de sus propios bailes:
"La chica enderezó el cuerpo, los muchachos cogieron unas cucharas y empezaron a golpearse con ellas las rodillas, y la mujer se levantó e inició un zapateado que levantó grandes nubes de polvo a mi alrededor. El anciano, que no quería ser menos, abandonó las sombras, se puso en posición y miró a la mujer. Doña María toda carne, él delgado como una paja, iniciaron juntos un baile de lucha implacable, mientras los muchachos aporreaban con las cucharas, la mujer gritaba "¡Ja!" y las gallinas se escondían cacareando debajo de la mesa."
Poco a poco el autor se va enamorando de nuestro país, de sus contrastes, de la vida tan diferente que se da en pueblos y en ciudades y de la geografía tan abrupta y tan difícil para la supervivencia que se da en amplias zonas del mismo, una nación en la que, para salir adelante tienes que "luchar como un león" en el día a día, tal y como le comenta un labrador que encuentra en su camino. Después de unos meses, Lee llega a la Costa del Sol, un lugar que describe como "olvidado del mundo" y habitada por "gente flaca, que odiaba el mar y que maldecía el lugar que ocupaba al sol". El contraste con lo que sucedería allí tres décadas después es absolutamente brutal. También tiene tiempo de pasear unos días por mi ciudad natal:
"Yo esperaba, por su nombre, que Málaga fuese una especie de bastión torreado, mitad sarraceno, mitad pirata-corsario. En vez de eso me encontré con una ciudad desordenada sobre las riberas de un río seco, con un puerto comercial moderno, las calles llenas de cafés y bares míseros y cuyo mejor edificio era la oficina de correos."
Al final el escritor encontró un sitio ideal donde establecerse, Almuñécar, que en aquellos días ofrecía un aspecto irreconocible como mísera aldea de pescadores. Allí Lee pudo constatar, en su auténtica dimensión, las tensiones políticas que llegaban hasta el último rincón del país y que acabarían derivando en un violento conflicto. A pesar de ser evacuado en el último momento por un buque británico, el poeta quiso volver: la guerra que acababa de estallar en un territorio que ya consideraba suyo le tocaba la fibra más íntima. Y lo hizo en diciembre del año siguiente, cuando cometió la locura de cruzar a pie los Pirineos para unirse al ejército republicano.
Sus peripecias bélicas no empezaron con buen pie, puesto que fue considerado un espía del bando contrario y a punto estuvo de ser fusilado en dos ocasiones. Luego se encontró con que la guerra es ante todo una larga espera, primero en Figueras, luego en Albacete y finalmente en Tarazona. Junto a otros voluntarios extranjeros que ansiaban entrar en combate, descubrió la falta de organización de los republicanos, sus conflictos internos y la poca profesionalidad que abundaba en los mandos, guiados más por consignas políticas que por doctrinas militares modernas. Lee pudo estar bajo el fuego durante algunos días en las últimas fases de la batalla de Teruel, después de una experiencia un tanto surrealista en Madrid. Aunque algunos de los episodios que cuenta resultan un tanto novelescos, Un instante en la guerra sigue siendo un valioso testimonio por la visión que ofrece de la vida cotidiana de los miembros del ejército republicano. En cualquier caso, la obra de Laurie Lee, un auténtico enamorado de España, sirve ante todo como retrato de un país de historia desgraciada y de acusados contrastes:
"España era un país desaprovechado de tierra abandonada, gran parte de ella propiedad de un puñado de hombres, algunas de cuyas enormes fincas apenas se habían reducido desde los tiempos del Imperio Romano. Los campesinos podían trabajar aquella tierra por un chelín al día, tal vez durante un tercio del año, luego pasaban hambre. Era esa simple incongruencia lo que ellos tenían la esperanza de corregir; eso y despejar un poco el aire, tal vez recuperar la dignidad, derribar las barreras de la ignorancia que aún se alzaban tan altas como los Pirineos.
(...) Los hombres tenían la esperanza de que sus esposas pudiesen verse libres de las tres rutinas de la Iglesia: credulidad, sentimiento de culpa y confesión; que sus hijos pudiesen ser artesanos en vez de siervos, sus hijas ciudadanas en vez de putas domésticas y que pudiesen oír a sus hijos regresar a casa al final del día de escuelas de nueva construcción para asombrarles con nuevas pruebas de conocimiento.
Todo ello se podía llevar a cabo entonces por la acción del gobierno y por el proceso pacífico de la ley. No había nada que lo impidiera. Salvo aquella minoría poderosa que prefería que antes de eso el país muriera desangrado."
viernes, 31 de enero de 2020
UN PUEBLO TRAICIONADO (2019), DE PAUL PRESTON. CORRUPCIÓN E INCOMPETENCIA.
viernes, 18 de mayo de 2018
SOLDADOS DE SALAMINA (2001), DE JAVIER CERCAS Y DE DAVID TRUEBA (2002). LOS AMIGOS DEL BOSQUE.
sábado, 17 de septiembre de 2016
HOMENAJE A CATALUÑA (1938), DE GEORGE ORWELL. LAS GUERRAS DE LA GUERRA CIVIL.
lunes, 2 de mayo de 2016
VIDA Y TIEMPO DE MANUEL AZAÑA 1880-1940 (2008), DE SANTOS JULIÁ. EL HOMBRE TRANQUILO.
miércoles, 8 de julio de 2015
TODAS LAS NOCHES SE OYERON DISPAROS (2015), DE MIGUEL RAMOS MORENTE. EL TIEMPO DE LOS ASESINOS.
Antes de esto, en el pueblo han sido posibles biografías tan sorprendentes como la de Manuel Romero Luque, gran aficionado a la lectura desde joven, estudiante de Magisterio por las noches e interesado en todas las formas de conocimiento. Queriendo mejorar la vida de sus vecinos, montó una escuela elemental en su propio domicilio. Además era aficionado al teatro y escribió algunas obras de este género literario, representándose las mismas por un grupo de actores aficionados dirigidos por él mismo. Siempre decía que "la única batalla que vale la pena es la del conocimiento" y su mayor sueño era acabar con el analfabetismo secular de aquellas tierras. También era vegetariano y, a la manera de Thoreau, un atento observador de la naturaleza. Su militancia en las Juventudes Socialistas le costó la vida a este hombre incapaz de matar a una hormiga.
Porque si echamos una mirada al pequeño periodo (un mes escaso) en el que una comisión de líderes políticos y sindicales gobernó Alameda desde el 18 de julio hasta la llegada de las fuerzas del general Varela, el pueblo puede sentirse orgulloso de no haber ocasionado ni una sola muerte entre los que se consideraban enemigos de los trabajadores. Hubo saqueos, quema de imágenes religiosas, humillaciones, maltratos e insultos, pero jamás se permitió cruzar la línea del asesinato, algo que jamás fue tomado en cuenta por la justicia franquista, decidida a llevar a cabo una política de depuración y venganza implacable. Alameda tuvo la mala suerte de ser un pueblo ocupado desde prácticamente los primeros momentos de la Guerra Civil, cuando más condenas a muerte se dictaban. Cualquier testimonio de las personas de bien era suficiente para condenar a un hombre. El que hubiera militado en partidos republicanos o de izquierda era automáticamente considerado enemigo y su destino más probable en aquellos días trágicos era el fusilamiento:
"Era una Alameda áspera, dura, trágica, azotada por el hambre, donde ser pobre era motivo de sospecha y persecución. Una Alameda paralizada por el miedo a lo sufrido, donde estallan las acusaciones y en la que los vencedores no conocen límites en su intento de aniquilar a los derrotados. Eran momentos en los que la vida dependía de un hilo, de una envidia, de una delación. Tiempos propicios para las flaquezas y los resquemores, capaces de agrietar los sentimientos, en los que un dolor se une a otro dolor. Es la hora de vengarse de viejas ofensas recibidas. Tiempos para el terror y la estulticia."
Todas las noches se oyeron disparos rinde homenaje a todos y cada uno de los represaliados en Alameda, muchos de los cuales - historias que se repiten a lo largo de toda la geografía nacional, para nuestra vergüenza - aún se encuentran enterrados en fosas comunes. A pesar de las leyes de Memoria Histórica y similares, este país todavía no ha superado del todo un episodio tan lejano en el tiempo como suscitador de profundas emociones. Gentes como Manuel Romero, José Lozano, el laterillo o Dolores la Riega y tantos otros merecen ser recordadas como protagonistas y víctimas de un tiempo de depravación e injusticia extrema que se cebó con los más desfavorecidos, que habían tenido la insolencia de soñar con tiempos mejores. La represión llevó a un largo tiempo de silencio en el que los propietarios de las flechas imponían los yugos a las clases más humildes, para que trabajaran y pasaran hambre sin rechistar. Además debían ser testigos mudos de algunos episodios dignos de pasar a la historia universal de la infamia:
"Con los ojos cerrados veo la pira de libros que arde en la puerta del centro obrero, saqueado por una horda incendiaria que terminará por arrojar todos los volúmenes de su biblioteca al fuego. Un fuego que alcanza ya la altura de los tejados de la calle Álamos y oscurece el cielo de Alameda. Junto a los libros de Tolstoi, Dickens, Gorki, Cervantes, Baroja, Blasco Ibáñez, Galdós, Víctor Hugo, Bakunin, Marx, Engels o Kropotkin, arden los retratos del líder socialista, Pablo Iglesias, del presidente Azaña, de los capitanes de Jaca, Fermín Galán y Ángel García Hernández, estampas con la alegoría de la República, la efigie de la Marianne y las banderas sindicales de los gremios obreros. (...) La quema pública de libros emprendida por los cachorros del fascismo prendió otras hogueras, éstas encendidas en el interior de muchas casas donde la gente fue arrojando en el fondo de los pozos los libros que creían sospechosos, quemaban postales, cartas, fotografías, dedicatorias, gorros frigios, todo ello en medio del vértigo enloquecido desatado por los vencedores. El fuego quema las palabras escritas y enciende la infamia. Va cayendo la noche y Alameda se hace oscura. Ya no quedan libros raros que quemar. Con los ojos cerrados oigo las palabras del poeta alemán Heinrich Heine: "Allí donde queman libros, acaban quemando hombres".
Por supuesto que se quemaron hombres. Y junto con sus restos, se intentó hacer desaparecer su memoria. Libros como el de Miguel Ramos Morente, una lectura realmente estremecedora, del que tuve la suerte de asistir a su presentación, son necesarios para recordar. Para recordar que hasta en los más humildes puntos de la geografía nacional hay historias dignas de ser contadas, que no deben perderse en el olvido. Recuperar la memoria histórica no debe servir para vilipendiar a nadie, sino para conocer la verdar estricta de los hechos, que siempre debería ser la tarea del historiador. Lo que sucedió en Alameda en aquellos días no es más que un reflejo de lo que estaba sucediendo en demasiados lugares en ese mismo momento y que poco después acabaría ocurriendo en toda Europa. Reflejo aquí el hermoso y terrible poema El enemigo, de Mahmud Darwix con el que se abre el volumen:
Los asesinados no se parecen.
Cada uno tiene sus rasgos propios,
su propia talla, sus ojos, un nombre y una edad
diferente.
Son los asesinos los que se parecen.
Son el mismo, repartido en artefactos metálicos.
Apretando botones electrónicos.
Mata y desaparece.
Nos ve y no lo vemos, no porque sea un fantasma,
sino porque es una máscara de acero imperturbable...
Sin rasgos, sin ojos, sin edad, sin nombre.
Él, él es el que ha elegido tener un solo nombre:
el enemigo.
viernes, 22 de mayo de 2015
LA CAPTACIÓN DE LAS MASAS (2005). DE CARME MOLINERO. POLÍTICA SOCIAL Y PROPAGANDA EN EL RÉGIMEN FRANQUISTA.
Aunque de manera brutal, algunos de los dirigentes franquistas ya daban alguna pista en 1940 de los fines, más prácticos que humanitarios, de la integración de todas las clases sociales en un proyecto colectivo de nación. Tal y como decía Serrano Suñer:
"No queremos un Estado sin pueblo; nosotros dirigimos al pueblo, pero queremos llevarle organizado jerárquicamente a su estado nacional; hacerlo partícipe en su destino y en su responsabilidad para que se sienta autor de esta gran tarea pública que tenemos encomendada, y así identificados, él será la defensa más segura contra la codicia de sus enemigos (…). Y el Partido Nacional, que tiene esta misión, no puede ser un partido de clase, es un partido de todas las clases; es al menos una selección de los mejores en la fe común de la Patria, que tiene incluso la tarea ambiciosa, pero necesaria de absorber, de ganar a la gran masa de la zona roja que no se pueda destruir."
Así pues el Estado no olvidaba su tarea de acabar con los enemigos de la España eterna, pero a la vez se daba cuenta de que estos eran tan numerosos que habría que integrar a muchos de ellos en el nuevo orden de cosas. El nuevo régimen se presentaba como una especie de tercera vía (recordemos que todavía está vigente el auge de los fascismos en Europa) entre el capitalismo y el comunismo. Es más: su discurso asegura que pretenden superar al marxismo en lo social, aunque en realidad su legislación y su actuación administrativa se decantase casi siempre por salvaguardar los intereses de los patronos poderosos que, no en vano, eran una de las columnas del régimen.
Sería injusto no decir que, aún dentro del régimen, existían figuras, sobre todo dentro del Falangismo, que querían desarrollar una política social integral, pero la falta de recursos, la corrupción imperante y los intereses económicos de unos pocos eran una oposición formidable, por lo que los avances en este campo siempre eran muy deficientes. La política de vivienda, por ejemplo, no despegó por completo hasta entrados los años cincuenta, por lo que mucha gente debía practicar el chabolismo o vivir en cuevas, sobre todo cuando se desplazaban al extrarradio de las ciudades huyendo del hambre rural.
José Antonio Girón, Ministro de Trabajo en aquellos años de hambre, fue uno de los que intentó acercarse a los trabajadores para venderles el mito de la madre patria que protege a todos sus miembros, aunque la realidad fuera tozuda: los salarios bajaban mientras los precios subían dramáticamente. Se hacía necesario, para comer, acudir a ese mercado del estraperlo que controlaban precisamente algunos de los dirigentes cuya misión se suponía que era proteger al pueblo. Aunque no pudieran ejercitarse de manera directa, el malestar y las protestas eran continuados y motivo de preocupación constante en el gobierno, no por el sufrimiento generado, sino por la posibilidad de revueltas patrocinadas por organizaciones obreras clandestinas, sobre todo después de la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial.
Es curioso constatar que algunos de los escasos avances de la época se consiguieron a pesar de la oposición de sectores poderosos, como los médicos, que se opusieron frontalmente a la creación de un Seguro Obligatorio por Enfermedad porque "creían que pretendía socializar la medicina y, por tanto, la profesión (...) iba a sufrir un considerable desprestigio". La marea blanca, al revés.
En realidad todas estas actuaciones se hacían con un único objetivo: la propaganda. Se intentaba así transmitir una imagen aceptable al exterior, a la vez que se aprovechaba para adoctrinar a sus presuntos beneficiarios, haciendo pasar por justicia social lo que no eran más - en la mayoría de las ocasiones - que migajas de caridad presentadas como la política social más avanzada del momento en Europa. Instituciones como Auxilio Social eran más humillantes para sus presuntos beneficiarios que otra cosa. Además la Iglesia Católica veía en ellas una intromisión en sus atribuciones tradicionales de caridad con los pobres.
En resumen, la política social del primer franquismo estuvo marcada más por el voluntarismo que por una verdadera efectividad. La falta de fondos, la voluntad política de no molestar a los sectores económicos más poderosos, la escasez de militantes y voluntarios para llevarlas a cabo y, por qué no decirlo, la percepción de las clases trabajadoras como el enemigo reciente, llevaron a que sus resultados fueran muy pobres, más orientados a la exaltación propagandística del régimen y su cabeza visible que de remediar la desastrosa situación de las clases más desfavorecidas. Habría que esperar a los años sesenta para que las nuevas políticas tecnócratas, la emigración masiva a países europeos y el fin del aislamiento español produjeran algo de alivio.
sábado, 9 de mayo de 2015
LUNA DE CARBÓN (2014), DE CARLOS TORRES MONTAÑÉS. MÁLAGA EN LLAMAS.
Ser un malagueño en la primera mitad del siglo XX no debía ser nada fácil. La ciudad, que había experimentado un auge industrial décadas atrás, intentaba recuperarse del esplendor perdido (aunque nunca existieron tiempos esplendorosos para los trabajadores) y se convirtió en un puerto estratégico en la estéril guerra de Marruecos. El protagonista de Luna de carbón, Pepe Fuentes, es uno de tantos soldados reclutados prácticamente a la fuerza y enviados a pelear en un conflicto cuyas causas pocos de ellos conocían. Así pues, su único interés durante esos meses va a ser la supervivencia, mientras se suceden las masacres de españoles, mal entrenados y peor motivados. Su amor por Pilar, una muchacha malagueña, y su amistad con varios compañeros, van ser su principal sostén en tan complicada situación.
La de Pepe Fuentes, es la historia de una generación de españoles que fue engullida por una serie de acontencimientos históricos incontrolables, que pusieron sus vidas patas arriba, la de la gente sencilla que prefería no entrar en debates políticos y que fue masacrada por un conflicto que no podían entender. Una biografía con muchos puntos en común con la del Arturo Barea de La forja de un rebelde, aunque Pepe no es un intelectual, sino solo alguien que hubiera querido una vida discreta junto a su familia.
La Guerra Civil sorprendió a mucha gente practicando algo que pronto se convertiría en un anhelo impensable: la normalidad de la existencia cotidiana:
"Recuerdo aquellos días como un tiempo extraño, el mundo había enloquecido y el que estaba antes en un sitio, ahora estaba en el contrario. A cada paso te sorprendías con la muerte de alguien o con el poder exagerado que otro había alcanzado desde la nada. El día a día lo cambiaba todo.
Cada nuevo bombardeo traía nuevos muertos, nuevas represalias y nuevos hombres fuertes y poderosos, pero también miles de desarrapados, hambrientos y pordioseros que unos meses atrás habían sido personas normales que sólo querían dar de comer a su familia. Cualquiera podía volver a tu vida en aquellos días, y podía hacerlo convertido en tu peor enemigo, o en tu mejor amigo."
Carlos Torres ha sabido insuflar vida a un personaje inolvidable, sometido a las leyes del destino en una época marcada por el triunfo de los más canallas, que acabaron aplastando el proyecto ilusionante de una República integradora de las clases más humildes en un proyecto progresista. Las heridas cicatrizaron (o eso espero), hace mucho tiempo, pero las lecciones permanecen ahí, para quien quiera aprender de ellas.
lunes, 15 de diciembre de 2014
ANTONIO B. EL RUSO, CIUDADANO DE TERCERA (2007), DE RAMIRO PINILLA. TIEMPOS DE HAMBRE Y VERGAJO.
http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2014/12/antonio-b-el-ruso-ciudadano-de-tercera.html
lunes, 24 de febrero de 2014
LOS SURCOS DEL AZAR (2013), DE PACO ROCA. UN REPUBLICANO EN PARÍS.
Entre todos los caminos del exilio que el azar pudo haberle ofrecido, el que tomó Miguel le llevó, después de mucho sufrimiento, a formar parte de la división de Leclerc, uno de esos hombres excepcionales que salvaguardaron el honor de Francia ante la humillante derrota infligida por los alemanes. Nuestro protagonista pasará a formar parte de la mítica Novena Compañía, una unidad de la que pocos españoles tienen noticia, pero que fue la primera que entró en París en la liberación de agosto de 1944, después de haber luchado brillantemente en Túnez.
Ahora que se habla tanto de memoria histórica en nuestro país - lo cual no es más que otra excusa para que los partidos políticos se tiren los trastos a la cabeza en esta España tan triste en la que apenas existe sociedad civil que pueda replicarles - es bueno asomarse al cómic de Paco Roca y contemplar la asombrosa historia de un puñado de hombres que lucharon contra el fascismo durante casi una década sin apenas interrupción. Hombres que se sobrepusieron a la más dura de las derrotas y alimentaron la esperanza de que la caída de Hitler supusiera también la de Franco. Al final el Caudillo se libró del hundimiento general del fascismo y se convirtió en una anomalía en occidente que resultó muy útil a los intereses de la OTAN, pero eso es otra historia. Lo importante es que hubo una España que jamás se dio por vencida, cuyos miembros ayudaron a restaurar la democracia en Europa occidental, viendo como se pasaba de largo respecto a su propio país. Ya no es tiempo de homenajes ni nada parecido: la mayoría de estas personas está muerta. Pero sí es bueno que se las recuerde de vez en cuando, que se sepa de su existencia.
Partiendo de los versos de Machado, para qué llamar caminos a los surcos del azar, Paco Roca ha construido un relato creíble y muy bien documentado, que se mueve entre el presente y el pasado. Lo mejor de esta historia es que el protagonista no se siente en ningún momento un héroe, sino una víctima de la historia que tiene que ser consecuente con sus ideas. Por eso, cuando el dibujante comete la indiscrección de hablar de asesinatos a sangre fría respecto a alguna acción bélica de Miguel, este responde airadamente hablando de la lucha contra el fascismo, algo que no puede entender la gente de hoy. Y es que quien está inmerso en una guerra, por muy justa que sea su causa, acaba cometiendo tropelías. Es el precio de la libertad de la que hoy gozan la mayoría de los países europeos. Alguien se tuvo que ensuciar las manos para defenderla. Y Los surcos del azar cuenta la historia de uno de estos seres - dibujada en una magnífica línea clara - que no necesita justificar sus acciones, porque nadie que no lo haya vivido puede entender lo que significó estar inmerso en la Guerra Civil y después pasar a pelear en la Segunda Guerra Mundial.
jueves, 12 de septiembre de 2013
LOS GIRASOLES CIEGOS (2004), DE ALBERTO MÉNDEZ Y DE JOSÉ LUIS CUERDA (2008). EL LIBRO DE LAS DERROTAS.
La del Alberto Méndez es una historia singular en el universo de la literatura. Militante izquierdista, después de una vida vinculada a diversas editoriales, en su madurez escribió este pequeño libro de relatos, que sorprendió a los críticos por su enorme calidad. Es realmente insólito que un hombre que no había publicado anteriormente nos haya dejado este maravilloso legado literario, precisamente publicado el año de su muerte. Así Méndez pasó a engrosar esa lista de escritores que apenas pudieron gozar del éxito en vida.
Los girasoles ciegos es un libro de relatos unidos por la idea de que la derrota no tiene nada de digno o de romántico, sino que es algo sórdido. El hombre encarcelado mientras espera la hora de su fusilamiento o el que se esconde como un animal acorralado esperando cada día que vengan a atraparlo han suspendido su humanidad sustituyéndola por una supervivencia atroz y torturada. El protagonista del primer relato, el capitán Alegría, no puede soportar pertenecer al bando de los vencedores y se entrega como prisionero a los Republicanos el último día de la guerra, como si con este acto irracional quisiera dar una lección de dignidad a los vencedores. El segundo relato transcribe el diario de un joven que ha caído en un limbo de desesperación, aislado en las montañas después de perder a su mujer y a su hijo en un viaje de huida hacia ninguna parte. En el tercer relato encontramos a un sentenciado a muerte que intenta prolongar su existencia, como lo hizo Scheherazade en Las mil y una noches, a través de una narración que embelesa a su futuro verdugo: la narración ficticia de los últimos días del hijo del presidente del tribunal que firma las condenas a muerte en una prisión.
El último relato, titulado Los girasoles ciegos, es, sin desmerecer al resto, el más logrado de los cuatro. En él se cuenta la historia de una familia en la que el marido vive escondido en la misma casa que habitan. Escrito a través de varias voces, quizá la que más ternura produce es la del niño, que es sobre quien al final recae el peso de todas las desgracias, por lo que debe aprender prematuramente a mentir como los adultos, aún sin comprender muy bien por qué debe hacerlo. Como su madre, debe llevar una doble vida, una en el país del fascismo triunfante y la otra en el pequeño santuario que constituye su hogar, un lugar cada vez más asfixiado por el miedo:
"Hablar siempre en voz baja es algo que, poco a poco, disuelve las palabras y reduce las conversaciones a un intercambio de gestos y miradas. El miedo, como la voz queda, desdibuja los sonidos porque el lado oscuros de las cosas sólo puede expresarse con silencio."
El otro gran personaje, el diácono, representa al vencedor inseguro de los valores por los que ha luchado, que se va convenciendo poco a poco a sí mismo de que tiene derecho a quedarse con los despojos del enemigo. La adaptación cinematográfica de José Luis Cuerda, muy correcta, pone énfasis en la evolución de este personaje atormentado, un joven eduado en valores religiosos al que se le ha obligado a cometer atrocidades en la guerra, al que las autoridades han estimulado su instinto de matar, pero que debe reprimir sus impulsos sexuales. Toda una metáfora de la religión franquista que empezaba su andadura sumiendo a nuestro país en una larga noche.
domingo, 21 de abril de 2013
LA DESBANDÁ (2005), DE LUIS MELERO. MÁLAGA CIUDAD MÁRTIR.
Tuve la oportunidad de asistir a una conferencia de Luis Melero la semana pasada en la que nos habló de sus técnicas para mantener el interés del lector durante todo el relato y de lo difícil que es vivir de la escritura hoy en día. Según contó, escribió seis versiones de La desbandá, de las cuales la quinta contaba con dos mil páginas. El trabajo de poda, uno de los más importantes de la escritura, debió ser tremendo. Terminado el acto, tuvimos la oportunidad de charlar con él de forma mucho más cercana y le pude plantear algunas preguntas sobre la situación de algunos barrios malagueños en la época en que transcurre la novela. Melero se mostró como una persona afable y extraordinariamente cercana. Quizá podamos celebrar en un futuro cercano un club de lectura en torno a La desbandá contando con su presencia. Aquí les dejo el artículo: