Vidal comienza definiendo a los integrantes del grupo social de los lentos como unos marginados que han quedado al margen de la historia, unos excluídos que han sido tachados de inútiles, por no saber interiorizar los ritmos cada vez más frenéticos que ha ido imponiendo la sociedad capitalista:
"Se puede objetar que la figura social de los lentos nunca se formaliza de manera explícita: precisamente porque constituye, en palabras de Jean Duvignaud, el "subtexto de la existencia cotidiana", un subtexto construído con una gran cantidad de adjetivos descalificadores que tejen la trama de un imaginario de la exclusión. Los lentos constituyen así algo impensado en los trabajos sobre la fragilidad social durante este vasto periodo llamado modernidad. Este algo impensado es lo que debemos cuestionar al considerar que el ritmo también tiene la capacidad de crear divisiones sociales.
(...) es necesario ir más allá y considerar la lentitud como una posible subversión de la vertiginosa candencia impuesta por el ritmo de las actividades económicas y el trabajo. Se trata de un proyecto, en definitiva, de resistencia o reexistencia, donde los lentos buscarían, a tientas, mediante las rupturas del ritmo, el camino hacia otra existencia posible."
La palabra lento en sus orígenes no tenía las connotaciones negativas que despierta hoy, pero a partir de la Edad Media iría definiendo a las personas faltas de carácter, flojedad y finalmente, pereza, que se convirtió en uno de los pecados capitales. Las personas debían estar al servicios de sus reyes y de sus amos y no desantender jamás sus obligaciones, que debían ser realizadas con efectividad y diligencia. Esta moral fue adaptada por el capitalismo de forma brutal: el hombre debía adaptarse a la máquina y no al contrario. Incluso se estudiaban científicamente cuáles eran los movimientos y los ritmos idóneos para que la productividad se multiplicara: el invento del cronómetro se convirtió en el gran enemigo de los trabajadores. Llegaba el tiempo de la lucha obrera, de la organización contra los abusos de un sistema explotador que condenaba a morir de hambre a aquellos que se atrevían a eludirlo.
Aunque se ha avanzado mucho y existe un sistema de bienestar para quienes pueden justificar su lentitud, para quienes no son rentables, aunque dicho sistema lleva tiempo poniéndose en cuestión, ya que los lentos son en su mayoría gente invisible, fuera del sistema. Quienes están dentro deben vender su tiempo, no solo el del trabajo, sino también el del desplazamiento al mismo, dado que cada vez es más difícil habitar las ciudades y los trabajadores deben irse a periferias cada vez más lejanas. Incluso los tiempos de ocio deben aprovecharse. Está mal visto el no hacer nada, el perderse cosas que se publicitan como imprescindibles y también empiezan a existir reacciones frente al síndrome fomo que propugnan formas de vida más desconectadas y sosegadas. Muchos anhelan los tiempos de la pandemia, cuando estar en casa y no hacer nada era lo que propugnaban esos mismos poderes que alientan a la actividad constante.






