Vivimos en el presente, pero lo que más nos inquieta es el futuro. Su desconocimiento nos provoca ansiedad, por lo que desde tiempos inmemoriales la gente ha acudido a adivinos y augures en busca de orientación. Esto proporcionó enorme poder a los prestigiosos de entre ellos, pues podían decidir, a través de sus consejos a reyes y gobernantes, el destino de sociedades enteras. Nuestra capacidad de imaginar también incluye la de intentar prever lo que va a pasar mañana, lo cual nos permite anticiparnos a posibles peligros y planificar un futuro mejor, pero también nos obsesiona y desata nuestros temores. Consultar al Oráculo de Delfos, por mucho que sus dictámenes fueran oscuros en muchas ocasiones podía ser un consuelo ya que al menos ofrecía una respuesta a nuestras ansiedades. Evidentemente, sus sacerdotisas podían ser corrompidas para que sus respuestas se ajustaran a lo más conveniente para el peticionario. Obtener estas certezas es algo tan demandado que todavía a día de hoy, en una sociedad en la que ha triunfado la ciencia, mucha gente sigue consultando a adivinos y leyendo el horóscopo. Pero es la Inteligencia Artificial la que viene a cambiarlo todo.
Los modelos de IA están diseñados para predecir el futuro basándose en el conocimiento del pasado. Manejan una cantidad abrumadora de datos, que no podría asimilar ser humano alguno en solitario y ofrecen las conclusiones que finalmente pueden convertirse en profecías autocumplidas, algo que complacerá a quienes tienen intereses en que la sociedad siga determinados derroteros. Una compañía de seguros, por ejemplo, podría denegar una póliza a una persona perfectamente solvente porque según los algoritmos pertenece a un grupo social o a una franja de edad incoveniente. La IA podría convertirse en la nueva religión a la que muchos siguen porque se basa en criterios científicos, en datos masivos e interpretables que presuntamente nos van orientar hacia un futuro mejor. La teoría es que cuantos más datos acumulen estos sistemas, más fácil será resolver cualquier problema. La práctica nos dice que el mundo es mucho más complejo y las variables son infinitas por lo que, en malas manos, la IA puede convertirse más en un instrumento de manipulación que de redención.
Además, el trabajo humano intelectual se vuelve más perezoso cuando contamos con un instrumento tan poderoso que sustituye la creatividad por una presunta eficacia cuya veracidad no siempre es comprobada de manera crítica:
En los negocios, en la elaboración de políticas públicas y en otros campos, las predicciones se emplean más para aliviar la ansiedad y ganar dinero que para tomar buenas decisiones. Lo que las predicciones prometen a los profetas es poder, pero el principal producto que venden es el alivio de la ansiedad."
Los profetas han sido sustituídos por modelos predictivos que prometen, según sus promotores más entusiastas, un futuro gobernado por inteligencias artificiales casi omnipotentes, entes sabios que nos dirán en todo momento lo que tenemos que hacer para prosperar y ser más felices. Que esto suponga entregar nuestras libertades a un ente informático y que va a acabar sabiendo de nosotros más que nosotros mismos no parece inquietar lo suficiente. La comodidad que van ofreciendo a sus usuarios los modelos de IA cada vez más potentes compensan cualquier inquietud acerca del futuro inmediato y quizá sea tarde si alguna vez vemos necesario rectificar.






