La nueva película de Richard Linklater ha vuelto a poner de actualidad a la que es considerada como la impulsora de la nouvelle vague francesa, un movimiento que quería ir más allá del cine clásico rompiendo sus reglas. Lo mejor de Al final de la escapada es que se trata de un experimento que sale bien, tan bien que se ha convertido en una obra mítica y la imagen de Jean Seberg vendiendo periódicos junto a Jean Paul Belmondo en una de las más icónicas de la historia del cine. El espectador debe entrar en el juego para disfrutar plenamente de la obra, debe comprender que se trata de una película con rodaje realizado al natural, improvisando, en el que hay numerosas personas que miran directamente a la cámara y no hay planificación de planos y secuencias. El guión sigue las andanzas de Michel, un criminal de poca monta que regresa a París buscando refugio después de haber cometido un asesinato. Michel cuenta con un buen puñado de mujeres dispuestas a prestarle dinero, pero su interés principal se centra en Patricia, una joven americana de no muchas luces, pero con la que existe una química indudable. Al final de la escapada se debate entre lo cómico y lo trágico. No hay duda de que es puro cine, aunque sea por el retrato naturalista y auténtico que ofrece de las calles de un París muy diferente al de hoy día, el de finales de los cincuenta, un París repleto de vida que es el escenario ideal para rodar esta historia de amor loco protagonizada por unos personajes sin propósito, que solo quieren vivir un poco más sin saber lo que va a pasar mañana. Un rodaje caótico, que podría haber dado como resultado un auténtico desastre, dio lugar a una obra que puede gustar más o menos, pero que ha influido en el cine posterior como pocas lo han conseguido.
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