sábado, 18 de abril de 2026

WALDEN 2 (1948), DE BURRHUS FREDERIC SKINNER.HACIA UNA SOCIEDAD CIENTÍFICAMENTE CONSTRUÍDA.

Todavía recuerdo las promesas de hace treinta años en libros y artículos de periódico acerca del futuro fin del trabajo, de la progresiva disminución de horas en los empleos hasta llegar a su extinción, para culminar con una especie de mundo feliz en el que todo el mundo tendría tiempo para dedicarlo al ocio. La realidad ha demostrado que, lejos de acercarse a estos vaticinios, la realidad es que la gente trabaja incluso mayor número de horas. Además, las nuevas tecnologías que permiten estar conectados todo el tiempo permiten que la oficina se instale también en casa, por lo que mucha gente no tiene más remedio que adelantar trabajo desde sus propios domicilios si quiere cumplir con las tareas encomendadas. Todo esto, en el contexto de una sociedad cada día más competitiva y más exigente hace que la ansiedad sea la gran plaga de nuestro tiempo. Si contamos los necesarios desplazamientos de ida y de vuelta, el tiempo total dedicado al trabajo se dispara y cuando llega a casa, la gente se encuentra demasiado agotada como para dedicarse a algo productivo. En este contexto, una lectura como Walden 2 es extremadamente estimulante, pues promete una sociedad mucho más racional y relajada, aunque con un fondo realmente inquietante.

Habrá quien califique la sociedad descrita en Walden 2 como una utopía y otros como distopía. El autor plantea su libro como una novela que en realidad tiene mucho de ensayo, pues trata de la visita que realiza el protagonista con algunos amigos a esta comunidad y los diálogos que mantienen con su creador. Lo que contemplan, al menos en una primera impresión, es una sociedad armoniosa, caracterizada ante todo por la vida relajada de la que disfrutan sus miembros. Los trabajos, que se escogen voluntariamente, dan los créditos que otorgan el derecho de seguir viviendo en Walden 2 y no es necesario dedicar más de cuatro horas del día a los mismos. El resto es tiempo libre que se puede dedicar a actividades comunitarias o individuales. Desde luego se nos muestra que existe una intensa vida intelectual y artística en el seno de la comunidad. El gobierno está encarnado por un comité de sabios que va cambiando cada cierto tiempo, pero no de manera democrática, pues, aquí, a diferencia de lo que pensaban los anarquistas, es necesaria una autoridad, aunque no se trata de una autoridad represiva, sino conductista, en el sentido de que tiene las herramientas para arreglar cualquier comportamiento que perturbe la armonía del funcionamiento de la comuna:

"No estoy defendiendo la desaparición de todo gobierno, sino solamente de los que actualmente existen. Queremos un gobierno basado en la ciencia de la conducta, pues consideramos que es el único sistema que puede producir una estructura social permanente. Por primera vez en la historia estamos preparados para este tipo de gobierno , porque ahora podemos trabajar con el comportamiento humano de acuerdo con simples principios científicos. El defecto de los anarquistas es que confiaban demasiado en la naturaleza humana. Su doctrina fue una derivación de la filosofía del perfeccionismo."

Aunque practica una falsa humildad muy evidente, Frazier, el creador de la comunidad, se ve a sí mismo como un genio benévolo que al fin ha dado con la tecla para conseguir una sociedad basada en la felicidad humana. Y la herramienta para lograrlo es el conductismo, una doctrina científica que condiciona el comportamiento humano para orientarlo hacia el bien común. Esto hace que la libertad en la comunidad realmente brille por su ausencia, aunque sus miembros no lo sientan así. Que este sea el precio a pagar por la felicidad deriva necesariamente en un debate ético apasionante, ya que, según razona Frazier, el hombre plenamente libre no se parecerá al que describió Rosseau, por lo que es necesario condicionarlo para que elija sabiamente. Es verdad que muchos podrán argumentar que en la sociedad capitalista que habitamos en la actualidad tampoco somos libres y los condicionamientos que recibimos son mucho más siniestros, pero ser marionetas de una especie de dios benévolo, tal y como se insinúa en los últimos capítulos de Walden 2 tampoco tiene por qué ser el destino soñado para muchos. La novela de Skinner constituye un texto fundamental que prolonga ese anhelo de utopía que se encontraba presente ya en los textos de Platón.

domingo, 12 de abril de 2026

EL AÑO QUE VIVIMOS PELIGROSAMENTE (1982), DE PETER WEIR.

En el convulso año 1965 - año en el que Estados Unidos iba a comenzar su desastrosa participación en el conflicto de Vietnam - había otro punto caliente en el sudeste asiático, en el que también se movían piezas en plena Guerra Fría. Un joven periodista llega a Yakarta en plena dictadura de Sukarno, con la misión de descubrir si son ciertos los rumores de insurrección comunista. Allí va a encontrar un mundo tan exótico como peligroso. La pequeña comunidad occidental vive de espaldas a la miseria imperante en la capital, los periodistas que conoce llevan allí el suficiente tiempo como para haberse convertido en unos cínicos y se aprovechan de sus privilegios frente a la necesidad de los indonesios, acudiendo con frecuencia a los baratos servicios de prostitución, cuyo centro neurálgico se encuentra en el cementerio. En toda esta oscuridad aparece una luz, representada por Jill Bryant, agregada de la embajada británica, con quien Guy Hamilton va a vivir un breve e intenso romance, en el que va a tener que probar si es más fuerte su instinto periodístico o el amor que siente por ella. Pero frente a todo destaca el personaje de Billy Kwan (por cuya interpretación ganó el Oscar Linda Hunt), un indonesio tan pequeño como inteligente, que será un verdadero guia para Hamilton en el complejo mundo en el que se ha sumergido. Kwan se presenta como un verdadero amigo del periodista, pero hay algo en él muy inquietante, puesto que es un tipo que pasa muchas horas solo, reflexionando y escribiendo dosieres acerca de la gente que lo rodea. Además, su orientación sexual también es ambigua, así como la política. Podría ser un espía comunista o de cualquier otro bando, pero el protagonista no tiene más opción que confiar en él. El año que vivimos peligrosamente es una película ejemplar en cuanto a ambientación y a la hora de mostrar todos los prismas que conforman un conflicto muy complejo, enmarcado en una época tan peculiar como la Guerra Fría. No se abstiene de mostrar ampliamente la miseria de los perdedores de la historia y de retratar a los occidentales como gente que no ha perdido todavía el espíritu colonial, a pesar de habitar ya en una nación independiente.

P: 9

sábado, 11 de abril de 2026

PRISCILLA (2023), DE SOFIA COPPOLA.

Hace cuatro años se estrenó un biopic sobre Elvis Presley que retrataba sobre todo las relaciones que mantuvo con su manager, una película muy disfrutable. Un año después llegó esta obra de Sofia Coppola que ofrece una visión más íntima de la estrella, pues aborda el romance con Priscilla Beaulieu, a la que conoció de adolescente mientras hacía el servicio militar en Alemania. Desde el principio se muestra el enorme desequilibrio en esta relación: mientras Elvis es una superestrella venerada por mujeres del mundo entero, ella es todavía casi una niña que debe pedir permiso a sus padres cada vez que tiene una cita con su incipiente novio. Aunque se diga que esta es una historia basada en hechos reales, en realidad se alimenta sobre todo de las declaraciones de Priscilla Presley, con lo que el retrato que ofrece de Elvis es el de un hombre un tanto desequilibrado y que podía ser muy violento e intimidante en ocasiones. Nadie dice que no fuera así, pero aquí estamos contemplando la versión de una de las partes. Estrictamente como película, Priscilla es una obra muy convencional que no retrata con suficiente profundidad las causas de la defitiva ruptura de la pareja. A destacar la intepretación de Jacob Elordi, que compone a un Elvis muy carismático, pero muy dependiente de su mujer (a la que, por otra parte, abandonaba frecuentemente para irse de gira) y de su círculo de amigos, que llenaban un autobús cada vez que tocaba desplazarse. Como retrato de la vida íntima de una estrella que debe aislarse de vez en cuando del mundo, Priscilla funciona razonablemente bien, pero no como un testimonio irrefutable de la misma.

P: 5

domingo, 5 de abril de 2026

SOLO EL CIELO LO SABE (1955), DE DOUGLAS SIRK.

Cary Scott es una viuda todavía joven, una mujer adinerada que, con una envidable posición social (sin ser inmensamente rica) está plenamente integrada en la alta sociedad de la pequeña localidad de Stoningham. El romance que comienza con el jardinero, un poco más joven que ella, es un asunto delicado que puede dar lugar a maliciosas habladurías en sus círculos sociales. Desde el primer momento Ron Kirby, un seguidor de las ideas de Thoreau, demuestra que tiene una filosofía de vida opuesta a la que Cary ha conocido toda su vida. Se trata de un tipo sencillo que no necesita nada superfluo, le basta con reformar un viejo molino que le pertenece para construir un hermoso hogar en el que vivir su historia de amor. Cary intenta adoptar esta forma de pensar, pero la oposición de los que se llaman sus amigos y, sobre todo, de sus hijos, resulta demasiado para ella, una mujer que no está preparada para una ruptura tan radical con su forma de vida. Nadie como Douglas Sirk hubiera sido capaz de mostrar de forma tan magistral la hipocresía de toda una clase social, que no admite entre ellos al que considera un sirviente, alguien de categoría inferior que sin duda tiene intenciones de aprovechar el romance para enriquecerse. La película muestra el contraste entre una vida tranquila y sin pretensiones materiales en plena naturaleza y el vacío de una existencia dedicada a reforzar el propio estatus social. Sus dos protagonistas están magníficos y transmiten una química perfecta en una historia que se cuenta de manera precisa en solo hora y media, muy lejos de los extendidos metrajes actuales. Toda una joya que, aunque muestra los prejucios de una época, sigue transmitiendo valores a los espectadores actuales.

P: 9

sábado, 4 de abril de 2026

VALOR SENTIMENTAL (2025), DE JOACHIM TRIER.

Como suele ser habitual en muchos triunfadores, en la última etapa de sus vidas advierten que su gran asignatura pendiente fue siempre su propia familia. Gustav Borg, un prestigioso director de cine, siente esta carencia e intenta compensarla con una última película, ofreciendo a una de sus dos hijas el papel principal. Nora es una actriz de teatro a la que conocemos sufriendo una tremenda crisis de ansiedad antes de salir al escenario. Su hermana Agnes lleva una vida más convencional y parece haberse reconciliado mejor con un pasado complicado. Ante la negativa de Nora a protagonizar su película, Borg debe recurrir a una estrella de Hollywood, una actriz muy profesional que hace todo lo que pueda por asumir el papel que se le está ofreciendo, pero el director siente que solo su hija podría comprenderlo con la necesaria profundidad, puesto que mucho del guión se basa en sus propias experiencias. Con este planteamiento, Valor sentimental intenta ofrecer un drama familiar de gran profundidad, pero pecando de tremendismo frente a unos problemas que son comunes en muchas familias y que la película retrata como excepcionales y traumáticos. Otro de los grandes problemas de la película de Trier es su extensa duración. Lo que podría haberse contado perfectamente en hora y media - obviando tramas que no llevan a ninguna parte, como la de la actriz de Hollywood - se estira hasta las dos horas y cuarto, un mal del que adolece mucho del cine de hoy. Al final Valor sentimental deja la sensación de algo mil veces visto, pero muy bien filmado e interpretado, pero sin una historia bien armada que deje enteramente satisfecho al espectador.

P: 6

COSAS PEQUEÑAS COMO ESTAS (2024), DE TIM MIELANTS.

Hace algunos años tuve ocasión de ver una película muy interesante, Las hermanas de la Magdalena, la estremecedora historia de unos conventos que funcionaron en Irlanda hasta 1996 que básicamente se dedicaban a explotar laboralmente a jóvenes que debían así expiar sus presuntos pecados, muchos de ellos relacionados con relaciones prematrimoniales. Cosas pequeñas como estas nos cuenta la historia de Bill Furlong, un hombre hecho a sí mismo que ha conseguido levantar un negocio moderadamente próspero de reparto de carbón. Estamos en 1985 y Furlong lleva una vida tan ordenada como consagrada a su familia, mientras intenta calmar la permanente ansiedad que le causan los recuerdos de una infancia de pobreza y privaciones. Ahora que ha conseguido una estabilidad, el protagonista teme perderlo todo, sobre todo cuando advierte como el convento local de la Magdalena, uno de sus principales clientes, trata a sus jóvenes internas. Algunas de las imágenes recuerdan a las de los campos de concentración del Tercer Reich. Lo malo es que Furlong no es un héroe, es un hombre temeroso con una posición social modesta, sin poder alguno para cambiar las cosas. ¿Debe arriesgarlo todo poniendo en peligro a su propia familia para denunciar una situación conocida y aceptada por la comunidad? Este es el gran dilema al que nos enfrenta la película de Mielants, un planteamiento muy interesante que podría haberse desarrollado mejor si el personaje principal no fuera tan plano y contenido, por lo que al final el resultado acaba siendo demasiado frio en una historia que reclamaba mayor profundidad.

P: 6

viernes, 3 de abril de 2026

LOS REQUISITOS DEL AMOR (2003), DE JOHN ARMSTRONG. UNA FILOSOFÍA DE LA INTIMIDAD.

Alcanzar un amor perfecto con la pareja es el ideal al que aspiran casi todas las personas que conviven en sociedad. Desde antiguo, mitos como el que describió Platon animan a encontrar en otra persona del sexo opuesto (o del mismo) aquello que nos falta en nosotros mismos. Aunque para muchos el relato del amor perfecto se encuentra en obras como Romeo y Julieta, en realidad el auténtico amor es el que perdura con los años y sabe superar todas las dificultades. Además, se trata indudablemente de una emoción que está en nuestros genes, pero que también ha sido moldeada social e históricamente: no es lo mismo el concepto de amor en la Edad Media que el de la sociedad occidental del siglo XXI.

Entre otras cosas, el amor correspondido refuerza algo tan importante como la autoestima, siempre que la otra persona sea capaz de ofrecernos "una mirada apreciativa que nos muestre nuestros aspectos más agradables", una mirada que sea precisa y amable y que no exagere nuestras virtudes ni se ensañe con nuestros defectos. Entonces vemos recompensados nuestros esfuerzos al estar con la persona indicada, puesto que el ritual de acercamiento al otro - depende de las capacidades de cada cual - puede ser agotador psicológicamente, pues en el interior de quien toma la iniciativa de acercarse a otra persona luchan el anhelo por ser correspondido con la posibilidad del fracaso y la humillación. Lo verdaderamente fascinante de todo esto es que conquistar a alguien anhelado no garantiza la felicidad:

"Esta es la tragedia intrinseca del amor. Si triunfa, si nuestro amor se ve correspondido, y desemboca en una relación, la persona con la que estamos debe acabar siendo distinta de la que imaginábamos. El amor anhela la cercanía, pero la cercanía siempre nos enfrenta a algo distinto de lo esperado, y con el tiempo esa persona que al principio parecía tan segura y llena de vida resulta ser un saco de ansiedades y miedos ocultos. Además, la seguridad de la rutina puede pillarnos desprevenidos: cuando intentábamos ganarnos su afectos nos mostrábamos ingeniosos y atentos, pero ahora que lo hemos conseguido volvemos a comportarnos de otro modo. Cuando triunfa, el amor nos lleva a asumir retos: tener hijos, comprar una casa, compartir las responsabilidades domésticas..., y para afrontar incluso moderadamente bien estas situaciones necesitaremos un montón de cualidades distintas a las que su día avivaron ese mismo amor."

Es lo que se llama madurez en el amor, algo que no suele aparecer en las grandes novelas o relatos clásicos que muestran una relación ardiente entre dos amantes. El protagonista de El gatopardo decía cínicamente que el matrimonio era un año de fuego y treinta de cenizas. El reto de una pareja es que esta famosa máxima no se haga realidad, aunque es muy difícil pensar en la rutina cuando una pareja empieza a conocerse. En este sentido, Los requisitos del amor trata de ser desmitificador, aunque reconociendo la magia que supone el enamoramiento. Por eso, porque todos hemos vivido experiencias similares, Armstrong interpela constantemente al lector, sin que esto se convierta en un libro de autoayuda, sino en un manual de aprendizaje, ya que siempre resulta algo insólito analizar el amor desde un enfoque más filosófico que emocional.