Lo mejor de estas historias es que no son dogmáticas, sino flexibles, por lo que los mitos admiten variantes. Se trata de unas creencias religiosas muy imaginativas a las que se les pueden ir añadiendo nuevos personajes y que pueden ser adoptadas por otros pueblos. Esto sucedió con los romanos que, fascinados por la fuerza de la mitología griega, adoptaron a sus dioses como propios, añadiendo ligeras variantes. Luego recogieron la historia de Troya y se proclamaron los sucesores de la heroica ciudad a través del personaje de Eneas. Roma iba a ser la destinataria de un legado milenario, por lo que su destino era conquistar el mundo conocido. En este sentido, el mito da prestigio a los pueblos que lo adoptan, puesto que los dioses que forman parte del mismo lo favorecen, los héroes son un ejemplo para los ciudadanos y los monstruos a los que se enfrentan representan los retos que hay que superar en pos de la grandeza.
Después de establecer en el primer capítulo una definición de mito, David Hernández ofrece en este libro una estupenda recopilación de los mismos, mitos ya conocidos, universalmente nombrados, pero que conviene recordar en toda su complejidad y simbolismo, ya que se trata de narraciones tan especiales que son capaces de moverse entre la fábula y el intento de explicación de la configuración del mundo. Es sorprendente que en algunas cosas, la intuición del hombre antiguo acierte, como en el caos primigenio que precedió al orden natural de las cosas que hace posible que exista la vida. Pero sobre todo es bueno volver a acercarse a estas historias porque representan las raíces vivas de nuestra cultura, creencias que se mantuvieron vivas durantes siglos que llegan a nosotros con una actualidad realmente sorprendente, pues siempre podemos seguir aprendiendo de las mismas.






