sábado, 11 de septiembre de 2021

EL HIJO DEL CHÓFER (2020), DE JORDI AMAT. CIUDADANO QUINTÀ.

Si se hubiera producido un Me Too en la España de los noventa, sin duda Alfons Quintà hubiera sido uno de los señalados. Una de las características principales de este personaje que tan bien retrata Jordi Amat era su relación con el poder - fundamentalmente en el microcosmos catalán en el que se movía - y la sensación de impunidad respecto a todo lo que hacía. Quintà fue un hombre apasionado por ese periodismo al que entregó sus mejores años, pero también alguien muy temido por sus semejantes, ya por su carácter iracundo y grosero en las distancias cortas, ya por su conocimiento profundo de los entresijos y corruptelas de la política catalana. Aprovechándose de las conexiones de su padre, que gozó de una relación privilegiada con el pope de las letras catalanas Josep Pla, Quintà construyó una red de la relaciones que, junto a su falta de moralidad, le permitió gozar de un atalaya desde la que contemplar cómodamente todo lo que sucedía a su alrededor.

En su ejercicio periodístico nuestro protagonista demostró un olfato singular para escribir crónicas que incomodasen al poder, sobre todo respecto a esa muestra paradigmática de corrupción que fue el caso Banco Catalana. Es posible que, hasta su caída definitiva hace ya algunos años, el clan Pujol jamás se sintiese tan nervioso como con las informaciones que iba publicando Quintá, hasta el punto de que se llegó a llamar la atención a los responsables y al propietario del diario El País, como solo los políticos saben hacerlo. En este sentido, ese acto multitudinario de desagravio a Jordi Pujol se convirtió en todo un símbolo de la impunidad y de la superioridad del tribunal popular frente al Poder Judicial. Por desgracia, en nuestro país hemos podido contemplar más de un acontecimiento semejante. A partir de ese momento Pujol se proclamó el adalid de la moral frente a los poderes de Madrid, con lo que en cierto modo se dio vía libre al sistema corrupto en el que se convirtió la política catalana a partir de entonces.

Pero en uno de esos giros irónicos que tiene a veces la historia, el astuto Pujol consiguió convencer a su gran enemigo Quintà para que se uniera a sus filas: la dirección del nuevo canal autonómico TV3 era un caramelo demasiado dulce como para ser rechazado por un hombre tan ambicioso como Quintá. Gracias a su intuición y a su trabajo obsesivo consiguió crear una televisión moderna y muy valorada por quienes veían en ella un factor fundamental para crear sentimiento de pertenencia a la nación catalana. Pero su labor tuvo también sombras: su carácter dictatorial frente a sus subordinados, los gastos desmesurados en los que incurría y su fama de acosador sexual que no hizo sino acrecentarse en esta nueva etapa. Poco a poco Quintá fue cerrándose sobre sí mismo y quedándose sin amigos. Solo su última pareja aceptó quedarse junto a él cuando se sintió demasiado enfermo como para valerse por sí solo. El dramático final es bien conocido: asesinato de su mujer y suicidio, noticia que fue ampliamente difundida en su momento por diferentes medios de comunicación.

Jordi Amat ha sabido construir una narración en la línea de El adversario de Emmanuel Carrère, una crónica de no ficción que se lee como si fuera una novela, un relato que quizá tendría algo de inverosímil si hubiera sido inventado. El mismo autor, en las últimas páginas, reconoce sus influencias y comenta las dificultades a las que se tuvo que enfrentar a la hora de abordar la escritura de la biografía de un personaje tan singular: 

"El desafío era intentar ir más allá del suceso o del relato histórico para construir una narración, pero asumir al mismo tiempo que el ejercicio literario de ir hacia dentro del caso y el personaje era una forma de embrutecimiento. Implicaba no solo descubrir realidades turbias, sino también embrutecer de sordidez mi conciencia y la del lector."

domingo, 5 de septiembre de 2021

CONTRA LA CINEFILIA (2020), DE VICENTE MONROY. HISTORIA DE UN ROMANCE EXAGERADO.

Para muchos, incluido yo mismo, el cine constituye algo mucho más grande que una mera forma de entretenimiento. Cuando la película nos parece buena - y en contados casos, una obra maestra - es imposible abstraerse de lo que sucede en la pantalla y no vivir en cierto modo las mismas sensaciones que el protagonista. Por supuesto, esto es un fenómeno enteramente subjetivo. Lo que a algunos puede resultar fascinante puede convertirse en un aburrimiento insufrible para otros. Esta es la grandeza del cine, aunque no hay que olvidar que los críticos están ahí para recordarnos qué obras atesoran la suficiente calidad como para justificar una entrada de cine o un repaso de la misma en alguna plataforma de streaming:

"Más bien en contra de la excesiva manipulación de la realidad, el cinéfilo se inclina por explorar los vínculos secretos que conectan un lado y otro de la pantalla. No se conforma con contemplar desde el patio de butacas la imagen de un mundo embellecido y estético. Desea "desaparecer" en él. Cuando una película le gusta especialmente, siente que las imágenes anulan su juicio, le arrebatan, se sume en un estado de olvido parcial de sus penurias y dificultades. Se siente desplazado al interior de una película. Este sometimiento del ego a las imágenes goza de un gran prestigio y a veces llega a servir como vara de medir la calidad de una historia."

Como bien nos recuerda Vicente Monroy en este estimulante ensayo, el cine no solo puede provocar amor en el espectador. También puede dar lugar a sentimientos muy distintos que pueden llegar a lindar con la indignación o el odio. Todos hemos conocido a gente (seguramente cualquiera de nosotros ha adoptado ese papel en alguna ocasión), que defiende o ataca a una determinada película o director con una pasión desmesurada, lo que suele provocar que el resto de contertulios callen o le den la razón con tal de no discutir frente a un discurso tan vehemente. 

El propio autor confiesa haber sido así en su juventud, alguien obsesionado en visionar toda la historia del cine y cuyos juicios al respecto eran inapelables. Entrar a una sala de cine podía ser un aislamiento completo de la realidad que podía prolongarse durante horas después de terminada la película. A partir de esta idea casi religiosa de la relación del espectador con la pantalla, Monroy hace un repaso de los numerosos profetas que han dado al cine por muerto en un momento u otro del siglo XX, algo que se sigue repitiendo puntualmente en nuestros días. 

En cualquier caso, el lector de Contra la cinefilia tiene la impresión de que existe una especie de resentimiento por parte del autor contra una pasión que acabó convirtiéndose en tedio para él, quizá porque la abordó en su momento con excesiva desmesura. La solución quizá sea compatibilizar cine y vida y, al igual que sucede con la literatura, saber sacar provecho de las lecciones que podemos extraer de las mejores ficciones. Hay que resignarse a que una vida humana es insuficiente para ver o leer todo lo que nos gustaría, porque existen otras responsabilidades, quizá no tan estimulantes, pero necesarias para llevar una existencia equilibrada. Personalmente me quedo con las ventajas que ofrecen actualmente plataformas como Filmin, en las que uno puede acceder a títulos cuyo acceso hasta hace poco era muy complicado. El cine es pasión, pero también hay que reivindicarlo como diversión.

lunes, 16 de agosto de 2021

ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA (1885), DE FRIEDRICH NIETZSCHE. LA MUERTE DE DIOS.

Hay libros de los que uno oye hablar desde muy temprana edad, libros que poseen un halo mítico que rozan lo prohibido, como si su lectura nos fuera a revelar una serie de verdades escandalosas que deben permanecer ocultas. El hecho de que Nietzsche formara parte integrante del programa de la asignatura de filosofía en la educación preuniversitaria le restaba bastante de todo lo anterior. Además, muchos de los que decían haberlo leído no eran luego capaces de explicar de manera coherente las principales ideas del filósofo. En cualquier caso, no es fácil acercarse a un libro como Así habló Zaratustra, tenga uno la edad que tenga. Se trata de un texto exigente, con un alto valor literario, casi tanto como filosófico, si se lee en lengua alemana. El ensayo más famoso de Nietzsche constituye una especie de desafío a la herencia cristiana de occidente, basándose en las ideas de muerte de Dios, la voluntad de poder y la idea del superhombre.

Casi antes de matar a Dios, Zaratustra debe acabar con la moral establecida, algo que intenta hacer desde la exposición de una visión descarnada de la realidad del hombre. Y aunque Zaratustra comienza siendo un ser radicalmente solitario, que comulga plenamente con el paraje en el que habita, al final necesita bajar a la urbe para encontrarse con los hombres. Su doctrina, como sucedió con Jesucristo, necesita un receptor:

"Yo quiero enseñar a los hombres el sentido de su ser: ese sentido es el superhombre, el rayo que brota de la oscura nube que es el hombre."

Y esta nueva doctrina pretende, entre otras cosas, acabar con la idea tradicional de compasión. La muerte de Dios y la muerte de la moral significan el advenimiento de un hombre nuevo, cuya principal misión debe ser transformarse en superhombre. La pérdida de la religión hace tambalearse la estructura social imperante. Los hombres ya no necesitan otra guía más que el propio Zaratustra, alguien que se supone les va a guiar a la libertad radical de manera individual, una meta que está vetada a la masa plebeya. Para eso la persona debe transformarse una especie de tabula rasa que deje de lado su bagaje de aprendizaje social y comience a ser de nuevo:

"¡Pero sólo el hombre es para sí mismo una carga pesada! ¡Y muchas de las cosas que residen en el interior del hombre son semejantes a la ostra, es decir, nauseabundas y viscosas y difíciles de agarrar!"

Desde luego, la idea radical en contra del cristianismo que supone la muerte de Dios es lo que debió causar más escándalo en la época en la que fue publicado el libro y esta postura en contra de la moral biempensante ha contribuido desde siempre a rodear a este libro de un halo de rebeldía que quizá ya se encuentra un poco superado en los tiempos presentes. Es curioso que Nietzsche, pese a matarlo, se ensañe con la moral judeocristiana, presentándola como algo maligno, como una rémora al avance del hombre:

"Él era un Dios escondido, lleno de secretos. En verdad, no supo procurarse un hijo más que por caminos tortuosos. En la puerta de su fe se encuentra el adulterio. 

Quien le ensalza como a Dios del amor no tiene una idea suficientemente alta del amor mismo. ¿No quería este Dios ser también juez? Pero el amante ama más allá de la recompensa o de la retribución. 

Cuando era joven, este Dios de Oriente era duro y vengativo y construyó un infierno para diversión de sus favoritos"

Desde luego un Dios contradictorio que puede ser el ser más despiadado y el más amoroso a la vez. Prometer llanto y rechinar de dientes a quien no le siga es una actitud más cercana a la imposición que al amor incondicional a toda la humanidad. En cualquier caso, tampoco Zaratustra parece amar mucho más al género humano. Él se limita a transmitir sus verdades, pero ni siquiera es capaz de estar demasiado tiempo en compañía de quienes se declaran sus discípulos y aspirantes a superhombres. Zaratustra, que tiene mucho de cascarrabias, los desprecia en el fondo de su corazón, porque no los encuentra dignos de sus enseñanzas, aunque a veces pueda mostrar un poco de ternura hacia ellos. En realidad, en una especie de eterno retorno, Zaratustra acaba atraído por la soledad que le proporciona la vida como ermitaño en plena naturaleza.

No es difícil, una vez terminado el libro, comprender cómo los nazis se adueñaron de parte de esta doctrina y se declararon a sí mismos como seres superiores capaces de superar la moral tradicional, de situarse más allá del bien y del mal, simplemente porque creían contar con la fuerza bruta para hacerlo. Pero esta es una historia para otra ocasión.

martes, 27 de julio de 2021

TRABAJO (2020), DE JAMES SUZMAN. UNA HISTORIA DE CÓMO EMPLEAMOS EL TIEMPO.

Si hay una actividad que nos define como personas y ciudadanos, esta es la del trabajo. El trabajo sigue siendo un bien escaso, algo que busca mucha gente de manera obsesiva, aunque en muchas ocasiones defraude nuestras expectativas. Para los que trabajan, la mayor parte de las energías que se consumen durante la semana están consagradas a su empleo. A las ocho horas diarias que se pasan de media en el puesto de trabajo (si no se realizan horas extra) hay que sumar los desplazamientos, que en muchas ocasiones son un pequeño infierno para unos asalariados que no pueden permitirse vivir cerca de donde se encuentran sus empresas. Y todo esto para lograr no solo medios de subsistencia, sino disfrutar del ocio de formas cada vez más sofisticadas y conseguir lograr estatus social, prestigiarse a través del propio empleo. 

El ser humano no siempre vivió así. Durante muchos miles de años, los cazadores-recolectores no conocieron lo que era el estrés laboral. Se calcula que nuestros antepasados solo necesitaban trabajar unas doce horas al día para tener cubiertas sus necesidades básicas. El resto de tiempo era dedicado al ocio y a las relaciones sociales. Fue la llegada de la agricultura la que lo cambió todo. La ventaja evolutiva de disponer de un terreno firme donde asentarse, fundar las primeras comunidades humanas verdaderamente numerosas y asegurarse un sustento labrando la tierra costaba sangre, sudor y lágrima a sus promotores, pues bastaba una mala cosecha para sumir a la comunidad en una desastrosa hambruna. No obstante, todo este esfuerzo acababa dando frutos en el futuro y las comunidades acababan derivando en ciudades y algunas de estas ciudades fueron la semilla de los primeros imperios. 

Desde entonces, el trabajador de a pie ha dependido de su diario sacrificio de tiempo y energías para sobrevivir. Durante siglos los trabajos más duros han sido los peor pagados o han sido realizados por esclavos. En la actualidad, en cierto modo sigue siendo así, puesto que hay muchos oficinistas en despachos con aire acondicionado que ganan mucho más que los que se suben todos los días a un andamio. El problema, como nos recuerda Suzman, es que muchos economistas llevan décadas advirtiéndonos de que al ritmo actual de explotación de los recursos y consumo, nuestro sistema colapsará en un futuro no muy lejano. El actual capitalismo, que se basa en la avaricia infinita de unos pocos y en el deseo insaciable de nuevos productos de la mayoría, debe ser paulatinamente cambiado por un sistema mucho más conformista respecto al consumo, pero también bastante menos estresante para la vida cotidiana. En cualquier caso, muchos empleos están siendo ya sustituidos por ordenadores y máquinas y muchos más van a verse afectados en el futuro, incluso los que hoy consideramos intocables. Así pues, queramos o no, el sistema deberá ser cambiado. De nosotros depende que dicha metamorfosis sea lo menos traumática posible para la gran masa social de trabajadores:

"Es mucho más probable que el catalizador sea un cambio rápido del clima, como el que provocó la invención de la agricultura; la ira causada por las desigualdades sistemáticas, como las que suscitaron la Revolución rusa; o quizá una pandemia viral que exponga la obsolescencia de nuestras instituciones económicas y nuestra cultura laboral y nos lleve a preguntarnos qué trabajos son de verdad valiosos y cuestionarnos por qué nos conformamos con dejar que nuestros mercados recompensen mucho más a quienes desempeñan cargos con frecuencia inútiles o parasitarios que a aquellos que reconocemos como esenciales."

martes, 20 de julio de 2021

DIARIOS (1976), DE STEFAN ZWEIG. LA INTIMIDAD DE UN EUROPEO.

Dejo aquí enlace al último artículo que he escrito para El placer de la lectura. Un libro muy recomendable para los abundantes aficionados a la obra del escritor austriaco y que funciona muy bien como complemento a El mundo de ayer:

https://elplacerdelalectura.com/2021/07/diarios-de-stefan-zweig.html

lunes, 14 de junio de 2021

LA SOCIEDAD DECADENTE (2020), DE ROSS DOUTHAT. CÓMO NOS HEMOS CONVERTIDO EN VÍCTIMAS DE NUESTRO PROPIO ÉXITO.

¿Era la sociedad de los años sesenta más optimista o al menos más visionaria que la nuestra? La tesis principal de este interesante libro de Ross Douthat viene a decir esto. En los años sesenta, sobre todo cuando el hombre llegó a la Luna, una hazaña que marcó un antes y un después en la historia universal, se suponía que éste era solo un primer paso de un progreso ininterrumpido de la raza humana hacia la conquista de la estrellas. Muchos imaginaban un futuro al estilo del que Stanley Kubrick mostró en 2001, una odisea del espacio, con estaciones espaciales en la Luna y viajes interplanetarios que nos harían ir conociendo los misterios más ocultos del Universo. Daba igual que el mundo se llenara de guerras, rebeliones y protestas: si se miraba hacia las estrellas había esperanza en algo distinto, en un futuro brillante que solucionara para siempre los problemas que siempre nos han acosado y uniera a todo el planeta en un objetivo común.

El hombre occidental del siglo XXI pisa un terreno líquido y pantanoso donde debería hollar suelo firme. La actualidad nos ha devuelto el eterno debate sobre políticas de identidad, nacionalismos y toda clase de asuntos estériles, como la importancia desmesurada que ha adquirido el concepto de lo políticamente correcto, dejando de lado los verdaderos fundamentos del progreso, que se basan en la investigación y en la economía productiva. La sociedad es rica, hay menos guerras y violencia que nunca en la historia de la humanidad, pero a la vez hay un desencanto hacia grandes proyectos y una alarmante falta de líderes carismáticos (democráticos, se entiende), capaces de motivar a sus pueblos de llevarlos a cabo. Además, aunque las libertades siguen siendo garantizadas por el Estado, el individuo se autoimpone limitaciones por miedo a ofender a cada vez más colectivos propensos a acusar a quienes se salen de los límites de lo que se supone decente. Las Universidades estadounidenses hace tiempo que sobreprotegen a sus alumnos para que no se vean sometidos al intercambio de ideas con individuos con formas de pensar distintas a la propia.

Si un hombre de hace cincuenta años nos visitara encontraría nuestra sociedad bastante parecida a la nuestra en cuanto a la vida cotidiana: vería que seguimos viajando en aviones, trenes y vehículos de cuatro ruedas, utilizando televisores, ascensores, cocinando de manera muy parecida... Quizá lo más revolucionario lo encontraría en la informática y en internet, la gran innovación de nuestro tiempo, pero no serían conceptos que le costara aprender y manejar. Los diseños de los objetos cotidianos le parecerían más elegantes, pero en el fondo comprobaría desilusionado que, en cualquier caso, como diría Julio Iglesias, la vida sigue igual. Los grandes éxitos de emprendimiento de nuestro tiempo tienen que ver, no con innovaciones en sí mismas, sino en la utilización más inteligente y rentable de servicios que ya son conocidos (Amazon, Uber...):

"Pero la trayectoria de Uber hasta el momento, la extraña irrealidad de su meteórico éxito, la convierte en un buen punto de partida para el debate sobre la decadencia económica, como un estudio de caso que defina qué es lo que se ve cuando una sociedad extraordinariamente rica no encuentra suficientes ideas nuevas que justifiquen la inversión de toda la riqueza acumulada y acaba escogiendo entre ir almacenando el dinero dentro de un colchón o bien jugar a una especie de juego de simulación. En una economía decadente, aquello que se presupone como lo más puntero del capitalismo se está definiendo cada vez más como una simulación: de tecnologías que ya casi están aquí, de modelos de negocio que están en la senda de la rentabilidad, de pistas de despegue que se extienden más y más sin que se logre jamás levantar el vuelo."

Es posible que ante este panorama muchos estén esperando la tecnología que les permita vivir en mundos virtuales para separarse lo más posible de la mediocre realidad. Internet, que se apreciaba en sus primeros años como un poderoso instrumento de comunicación, de difusión cultural y casi de redención de la raza humana, ha quedado reducido casi a un patio de vecinos en el que la convivencia no es del todo amable. La decadencia llega cuando una sociedad lo ha dado todo de sí y no puede seguir progresando. Es posible que sea África la que acabe rejuveneciendo a Europa. Podría ser que esta presunta decadencia sea lo mejor que le pueda pasar al medio ambiente y terminemos instalándonos en la sociedad del ocio que muchos desearían, con los robots realizando los trabajos más duros y la gente instalada en sus domicilios altamente tecnificados. Las respuestas a estas preguntas las iremos viendo en los próximos años. Desde luego, el futuro no está escrito y un resurgimiento de la ciencia, los grandes proyectos racionales y los grandes líderes inspiradores podrían sustituir a nuestra actual política cortoplacista, altamente emocional, conflictiva e inmersa en irresolubles (y a veces estimulados) conflictos de identidad, nacionalismos y fomento de lo políticamente correcto como nueva moral estatal. 

sábado, 22 de mayo de 2021

LA NARANJA MECÁNICA (1962), DE ANTHONY BURGESS Y DE STANLEY KUBRICK (1971). ULTRAVIOLENCIA Y LIBRE ALBEDRÍO.

Nada más comenzar a leer La naranja mecánica, nos encontramos ante una sociedad distópica en la que existe una enorme brecha generacional entre jóvenes y mayores. Posiblemente todos los jóvenes no sean así, no lo sabemos, pero lo cierto es que la pandilla de Alex es aficionada a pasar las noches practicando la llamada ultraviolencia: agresiones brutales a personas escogidas al azar - incluso en sus domicilios -  sin más objeto que alimentar una espiral de perversa diversión sin sentido alguno. El mal por el mal, estimulado por las drogas que toman en el bar lácteo Korova. Alex no siente ningún escrúpulo moral por sus acciones y su joven tiranía se traslada a la relación con sus padres, que viven asustados por el monstruo que un día engendraron. Es curioso que, entre tanta depravación, en la vida del protagonista tenga un hueco el amor a la música clásica, sobre todo a Beethoven, pero es este un amor retorcido que le sirve para evocar en la intimidad de su cuarto la violencia recién vivida en la noche. 

El tema principal de la novela es el libre albedrío, la elección fundamental entre el bien y el mal de la que tanto se han ocupado las religiones y la filosofía. Alex ha encontrado un ambiente propicio para llevar a cabo sus nihilistas acciones en la decadente Inglaterra que retrata Burgess, pero también podía haber elegido lo contrario, o al menos un comportamiento más ambiguo. Esto es lo que expone el autor en el prólogo:

"(...) el ser humano está dotado de libre albedrío, y puede elegir entre el bien y el mal. Si sólo puede actuar bien o sólo puede actuar mal, no será más que una naranja mecánica, lo que quiere decir que en apariencia será un hermoso organismo con color y zumo, pero de hecho no será más que un juguete mecánico al que Dios o el Diablo (o el Todopoderoso Estado, ya que está sustituyéndolos a los dos) le darán cuerda. Es tan inhumano ser totalmente bueno como totalmente malvado. Lo importante es la elección moral. La maldad tiene que existir junto a la bondad para que pueda darse esa elección moral. La vida se sostiene gracias a la enconada oposición de entidades morales."

La opinión pública pide soluciones contra la inseguridad ciudadana y el gobierno autoriza experimentar con la técnica de Ludovico, un agresivo proyecto de condicionamiento que le es aplicado a Alex: un arma que usa el Estado en nombre de la sociedad para destruir el libre albedrío de sus peores elementos. Desde ese momento el protagonista no puede siquiera pensar en violencia sin verse afectado por un profundo malestar. Como efecto colateral del tratamiento, la música clásica va a tener el mismo efecto sobre él, puesto que las imágenes de violencia a las que ha sido sometido durante quince días incluían banda sonora de Beethoven. De pronto Alex ya no es un ser libre, es un ser manso porque no puede ser otra cosa, lo que vuelve a convertirlo en un desecho social sin iniciativa y del que tienen oportunidad de vengarse sus antiguas víctimas. Las palabras que le ha dedicado el capellán de la prisión poco antes de someterse al experimento son casi proféticas:

"Algunas veces no es grato ser bueno, pequeño 6655321. Ser bueno puede llegar a ser algo horrible. Y te lo digo sabiendo que quizá te parezca una afirmación muy contradictoria. Sé que esto me costará muchas noches de insomnio. ¿Qué quiere Dios? ¿El bien o que uno elija el camino del bien? Quizás el hombre que elige el mal es en cierto modo mejor que aquel a quien se le impone el bien. Son problemas profundos y difíciles, pequeño 6655321."

¿Es moral la actuación del Estado ejercitando esa brutal privación de libertad en uno de sus súbditos más agresivos? Por mucho que al lector le caiga mal Alex y se alegre íntimamente del karma que recibe, la manipulación mental de la que sido objeto resulta completamente inhumana. Siempre queda espacio para la redención libre, que puede estar estimulada por una determinada filosofía o religión, pero con esta elección no determinista Alex - al que ya se había deshumanizado en prisión al cambiar su nombre por un número - seguiría siendo un ser humano completo. En este sentido la interpretación de Kubrick (que parece ser que leyó la versión de la novela a la que le falta el capítulo final) es mucho más pesimista, porque al final de la película el protagonista sigue siendo el mismo, algo que no sucede en la obra de Burgess, un detalle que amargó al novelista.

En cualquier caso, la película vuelve ser una obra magistral del director de Senderos de gloria. Con un ambiente futurista, pero muy inspirado en el ambiente de unos años setenta que empezaban a ser casi tan violentos como los de La naranja mecánica, el poder de la cámara de Kubrick capta la violencia extrema de una manera poderosa y a la vez un tanto teatral. En realidad los temibles pandilleros que hablan en esa extraña jerga que los separa aún más de sus mayores, actúan de una manera infantil, liberando sus impulsos más básicos sin atender a las consecuencias de sus actos. Uno de los hallazgos más geniales del film es esa música clásica interpretada con sintetizadores que nos acerca de un modo sorprendente al mundo de Alex. No solo es infantil y teatral el comportamiento de Alex y sus drugos, sino que los adultos también parecen condicionados por una especie de limitación en al habla y en sus actos. Nadie parece actuar con entera libertad en La naranja mecánica, a excepción del severo guardián que sabe que aplicar de manera estricta la legislación penitenciaria es su función en la vida. Todo esto nos produce una sensación de extrañeza y fascinación que consigue que siempre sea grato revisar este clásico del cine tan diferente y tan rompedor.