martes, 24 de noviembre de 2020

FANÁTICOS INSULSOS (2020), DE PANKAJ MISHRA. LIBERALES, RAZA E IMPERIO.

De todos es sabido que uno de los grandes combates del siglo XX, dentro de las democracias occidentales, es el disputado entre socialdemócratas y liberales. Se trata de una batalla que en las últimas décadas parecía haber sido ganada por estos últimos, pero la crisis del 2008 y ésta última provocada por la pandemia del coronavirus están volviendo a otorgar argumentos a los defensores de la regulación y el intervencionismo estatales. Pankaj Mishra es un apasionado defensor intelectual de estos últimos. Admirador del gran Tony Judt, desprecia profundamente la influencia ejercida en los últimos años por intelectuales del prestigio de Niall Ferguson, Mark Lilla o Steven Pinker. Un combate de ideas absolutamente apasionante en el que ambos bandos gozan de buenos argumentos para defender sus posiciones.

Bien es cierto que si algo está demostrando la presente pandemia es que se necesitan sistemas estatales fuertes capaces de coordinar todos los esfuerzos del país - y ese papel también está intentando ejercitarlo la Unión Europea dentro de sus limitaciones - con la finalidad de ayudar a los más necesitados, sin volver a repetir los errores de la crisis del 2008, pero también es cierto que los países que mejor han encarado la pandemia a veces lo han hecho a través de una gestión acertada de su sistema sanitario semiprivatizado, con lo que se concluye que una gestión brillante es mejor que una gran cantidad de recursos mal administrados. En el caso de nuestro país, por ejemplo, la mala coordinación entre Estado y Comunidades Autónomas está haciendo un flaco favor al objetivo de bajar el índice de contagios y muertes. 

Pero Fanáticos insulsos no se dedica solo a analizar la rabiosa actualidad de una crisis que empezó en marzo y parece que llevara años entre nosotros. Se trata de una selección de artículos de un pensador angloindio que lleva años predicando la deriva de un occidente que todavía no ha purgado del todo los pecados del imperialismo y sigue intentando explotar en su beneficio a las naciones del Tercer Mundo por otros medios, a la vez que no es capaz de proporcionar trabajo seguro y bienestar a sus clases más desfavorecidas. Mishra está de acuerdo con George Santayana cuando criticaba al liberalismo asegurando que "tan solo se ha limitado a despejar un campo en el cada persona y cada interés empresarial tiene que luchar contra todos los demás para imponerse". Una especie de darwinismo económico para el que la opción comunista no es la solución. Solo un arbitraje y regulación estatal proporcionales a cada sector económico pueden lograr el equilibrio tan deseado entre libertad, seguridad e igualdad de oportunidades. 

En este panorama tan incierto nos hemos librado de Trump, pero otros populistas siguen gobernando o amenazan con hacerlo, mientras la izquierda (y esto no es capaz de verlo el autor), gasta muchas de las energías que debería utilizar en favorecer a los más necesitados a promover una agenda más simbólica que real orientada a simpatizar con las causas de minorías presuntamente oprimidas, una labor muy loable, pero que en demasiadas ocasiones deja de lado los intereses de las masas de parados o trabajadores pobres. En los próximos meses nos adentramos en terra incognita, con una ciudadanía cansada y asustada y una administración estatal superada por los acontecimientos, mientras se espera que el maná que ha de llegar de Europa sea el bálsamo que todo lo solucione. Veremos que ideología sale ganadora de este nuevo combate librado en un territorio cada vez más devastado. Fanáticos insulsos tiene interés como uno de los puntales de este agresivo debate tan prolongado. 

domingo, 15 de noviembre de 2020

1280 ALMAS (1964), DE JIM THOMPSON Y DE BERTRAND TAVERNIER (1981). EL ASESINO DENTRO DE MÍ.

1280 almas está escrita en primera persona. Aunque al principio Nick Corey se nos aparece como un tipo poco inteligente y bastante bobalicón, poco a poco vamos descubriendo que en realidad el comisario de Potts Country, un pequeño pueblo sureño de Estados Unidos, es una persona de naturaleza muy astuta. Para sus vecinos es un representante de la ley vago y bonachón, que evita la acción tanto como puede, pero en realidad esa actitud le permite llevar la vida reflexiva que le gusta, donde el sueño y la alimentación abundantes son factores fundamentales. Como no podía ser de otra manera, el protagonista se lleva muy mal con su mujer (las circunstancias de su boda fueron bastante curiosas) y tiene facilidad para buscarse amantes entre las aburridas damas del pueblo. 

La tranquilidad de Potts Country es solo aparente: de vez en cuando pequeñas explosiones de violencia alteran la vida cotidiana de sus habitantes, sobre todo porque hay algunos de éstos que son racistas puros y se jactan de ello, maltratando a sus vecinos de color ante la indiferencia del resto los residentes, incluido el comisario. En realidad, Nick está harto de su vida y de que haya vecinos que le traten con poco respeto, como si él también fuera representante de una raza inferior. Esto va a derivar en una explosión de violencia muy muy controlada por su parte. Su plan, que nos va desgranando poco a poco y de una manera natural, como si asesinar fuera un acto cotidiana sin apenas importancia, nos muestra al auténtico Nick Corey, un hombre que es capaz de cualquier cosa con tal de recuperar la autoestima perdida y que no está dispuesto a dejarse arrebatar su cómodo puesto de comisario en las próximas elecciones, ya que sabe que no podría trabajar de otra cosa.

Así pues, 1280 almas, como toda la buena literatura negra, aprovecha para exponer al lector crudas dosis de crítica social, sin filtros de ninguna clase, ya que el lenguaje del protagonista es llano y a veces brutal, propio de una visión del mundo en la que solo mantienen su posición los que son capaces de defenderla con todos los medios a su disposición y dejando de lado cualquier conflicto moral. A veces Nick, en sus reflexiones, tiene momentos de gran lucidez:

"A veces pienso que quizá sea ésa la causa de que no progresemos tanto como en otras partes de la nación. La gente pierde tantas horas de trabajo linchando a los demás y gasta tanto dinero en sogas, gasolina, emborracharse por anticipado y otros menesteres necesarios, que queda muy poco para fines prácticos."

La versión cinematográfica de Bertrand Tavernier traslada la historia de 1917 a 1938 y la sitúa en el África Colonial francesa, pero por lo demás, se trata de una adaptación muy literal del texto de Thompson, aunque su protagonista se nos muestre con un tipo tan sosegado y aparentemente bonachón que suscite muchas más simpatías que su versión literaria. Aunque de metraje un poco excesivo, la película se sostiene en las magníficas interpretaciones de Philippe Noiret e Isabelle Huppert y es capaz de reflejar el espíritu de la novela, ya que traslada el racismo y la violencia soterrada sureños a una sociedad cultural y geográficamente muy distante. 

sábado, 7 de noviembre de 2020

LA ERA DEL CAPITALISMO DE LA VIGILANCIA (2019), DE SHOSHANA ZUBOFF. LA LUCHA POR UN FUTURO HUMANO FRENTE A LAS NUEVAS FRONTERAS DEL PODER.

Escribo desde un blog que pertenece a Google, utilizo gmail de Google, hago búsquedas con Google, utilizo mapas de Google para orientarme, me bajo alguna aplicación de Play Store y mi móvil posee el sistema Android de Google, y seguro que me dejo muchas más acciones cotidianas que no se me ocurren en este primer pensamiento. Todo esto me sale gratis, pero para la compañía estadounidense cada uno de estos actos que yo ejecuto más o menos voluntariamente constituye un pequeño paso más hacia el conocimiento de mi persona, mis rutinas, mis movimientos, mis aficiones e incluso mis deseos más íntimos. Todo esta información, junto con la de millones de personas de todo el mundo es estudiado minuciosamente a través de diversos algoritmos cuya misión principal es predecir la conducta de los individuos para poder ofrecerle el producto adecuado en el momento preciso, el sueño de cualquier empresario. Y esto lo hacemos de manera voluntaria porque pensamos que nos compensa el hecho de advertir que nuestra vida se vuelve más fácil en muchos aspectos, aunque en realidad estemos cediendo fragmentos cada vez más grandes de libertad e intimidad a poderes opacos cuyos fines últimos desconocemos casi por completo.

Es un tópico decir que si el servicio el gratis, uno mismo es el producto, pero esto no funciona exactamente así. En realidad las compañías del llamado capitalismo de la vigilancia extraen de nuestras acciones la materia prima necesaria para alimentar los análisis predictivos desarrollados por inteligencias artificiales diseñados para conocernos cada vez mejor y ser una compañía permanente en nuestras vidas, puesto que poco a poco van intuyendo que es lo mejor para nosotros y nosotros vamos cediéndole nuestro poder de decisión:

"La conexión digital es hoy un medio para satisfacer los fines comerciales de otros. En su fundamento mismo, el capitalismo de la vigilancia es parasítico y autorreferencial. Resucita aquella vieja metáfora de Karl Marx, que retrató el capitalismo como un vampiro que se alimenta del trabajador, pero le da un giro inesperado: en lugar de los trabajadores, la fuente de alimento del capitalismo de la vigilancia es cualquier aspecto de la experiencia de cualquier ser humano."

Lo que parecía un mundo mejor y más conectado se está transformando en un estado de vigilancia permanente al que es extremadamente difícil sustraerse. La Unión Europea, mucho más garantista en estos aspectos que Estados Unidos, intenta proteger el derecho fundamental a la intimidad de sus ciudadanos a través del reciente Reglamento 2016/679, de protección de datos personales, en el que se incluyen hitos como el reconocimiento del derecho al olvido, impulsado por la Agencia Española de Protección de datos. Sobre el papel se trata de legislación muy garantista, pero en realidad es muy difícil luchar contra unos gigantes tecnológicos que van muchos pasos por delante de unos Estados que intentan controlar a ciegas la actividad de estas empresas, a las que quieren regular (sin saber muy bien sus métodos y propósitos) a la vez que necesitan cada vez más de sus servicios, sobre todo en materias como lucha contra el terrorismo. Si bien los dirigentes de Google o Facebook a veces realizan actos públicos de contrición, cuando se descubren prácticas demasiado escandalosas, su discurso siempre es el mismo: no era nuestra intención violar la intimidad de nuestros usuarios, realizaremos una auditoría interna para saber qué ha fallado. Pero la realidad es que siguen trabajando con gran secretismo es sus algoritmos predictivos, haciéndose de oro al vender los resultados de la fórmula de la piedra filosofal a muchas otras empresas.

Todo esto puede sonar un poco a ciencia ficción, pero es la realidad que estamos viviendo es una nueva y revolucionaria forma de capitalismo que intenta conocernos para seducirnos cada vez con mayor eficacia con ofertas tan personalizadas como irresistibles. Pero esto no se acaba en el mundo mercantil. La política también hace uso de estos mecanismos de análisis predictivos para afinar cada vez más los mensajes que quiere escuchar un determinado tipo de electorado, algo que se vio por primera vez en la campaña de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos y que está influyendo siniestramente en resultados electorales tan sorprendentes como el del Brexit o la elección de Donald Trump como mandatario estadounidense. En 2008 los analistas políticos empezaban a comprender el poder de estos análisis para asegurar el éxito en las campañas:

"El equipo de campaña conocía «por su nombre, su dirección, su raza, su sexo y su nivel de ingresos a todos y cada uno de los votantes indecisos del país a quienes necesitaba convencer de que votaran a Obama», y había averiguado cómo hacer anuncios televisivos dirigidos a esos individuos como público diana. Una gran innovación en ese sentido fue la llamada puntuación en persuasión, que medía lo fácil o difícil que podía resultar convencer a cada votante indeciso para que se decantara por el candidato demócrata."

La advertencia de Zuboff al escribir este libro monumental es clara: nos encontramos ante un fenómeno totalmente nuevo, con un funcionamiento que desconocemos casi tan por completo que es difícil establecer definiciones para muchos de sus elementos, es casi como el sueño conductista del psicólogo Skinner hecho realidad: una herramienta que puede llegar a ser capaz de pastorear la conducta de los ciudadanos y castigar a quien se salga del sendero deseado. Una tiranía que no requiere del terror impuesto por un déspota, sino de la colaboración entusiasta de unos ciudadanos que obedecen, convencidos de que lo hacen en uso de su libertad, a una voz aterciopelada que le dice al oído qué es lo que más le conviene en cada momento. Al igual que los totalitarismos de la primera mitad del siglo XX surgieron como un fenómeno tan novedoso que hubo que esperar a su derrota para entenderlos y estudiarlos con rigor, este nuevo capitalismo de la vigilancia se va adueñando poco a poco de nuestras existencias sin que sepamos muy cómo lo hace ni cuál será el fin último de sus acciones y así lo expresa la autora en numerosas ocasiones:

"Mi propósito con este libro es ralentizar el ritmo de esa acción para ampliar el espacio para el debate y destapar las tendencias de estas nuevas creaciones a amplificar la desigualdad, intensificar la jerarquización social, exacerbar la exclusión, usurpar derechos y despojar la vida personal de todo aquello que la hace justamente personal para ustedes o para mí. Si queremos que el futuro digital sea nuestro hogar, vamos a ser nosotros quienes tengamos que conseguirlo. Necesitaremos saber. Necesitaremos decidir. Necesitaremos decidir quién decide. He ahí nuestra lucha por un futuro humano."

viernes, 30 de octubre de 2020

AL SUR DE GRANADA (1957), DE GERALD BRENAN Y DE FERNANDO COLOMO (2003). UN INGLÉS EN LA ALPUJARRA.

Existe algo especial en los libros de los ingleses que se enamoraron de nuestro país. Han escrito algunas de las mejores crónicas de nuestro pasado (entre ellas se encuentra El laberinto español, del mismo Gerald Brenan), quizá porque han podido establecer una mirada objetiva sobre la historia de España, aunque no exenta de pasión. Brenan llegó a España después de haber participado en la Primera Guerra Mundial. Su deseo adolescente de aventuras - se había escapado de la tutela familiar para recorrer Europa ya antes de la guerra - seguía intacto y nuestro país le pareció un destino lo suficientemente exótico y barato como para poder establecerse durante un periodo que acabarían siendo años. Al sur de Granada es el relato de esas experiencias, pero a la vez constituye un valioso manual de antropología e historia de un territorio que en aquella época era de los más primitivos de España, la Alpujarra. Sus intenciones al escribir el libro se resumen aquí:

"Me limito a escribir lo que recuerdo haber visto, y doy por supuesto que nadie va a encontrar en España un país modelo, como Suecia o Suiza, condicionado por el ritmo de sus máquinas, sino, por el contrario, un país que hasta la fecha ha insistido en conservar una cierta dosis de anarquía y rebeldía. Me es imposible decir hasta cuándo durará esta situación, pero es cierto que al sur de los Pirineos vive todavía una sociedad que antepone las más profundas necesidades del alma humana a la organización técnica necesaria para alcanzar un nivel de vida más alto. Es esta una tierra en la que crecen conjuntamente el sentido de la poesía y el sentido de la realidad. Ni uno ni otro engranan con la perspectiva utilitarista."

No me resisto a transcribir sus impresiones sobre Málaga, una de las primeras ciudades andaluzas que pudo visitar, donde puede apreciar una estricta división de clases sociales:

"Me pareció una ciudad de contrastes. En la cima de un desmoronado altozano devorado por la luz amarilla, en el castillo moro, pululaban mendigos y gitanos; habían excavado sus cuevas en los muros, y se dedicaban a despiojarse los unos a los otros, sentados al sol, envueltos en las tufaradas que desprendían los naranjos y los excrementos secos. Los chiquillos menores de doce años corrían desnudos. Luego, si uno bajaba hacia el Parque, a un tiro de piedra, la escena cambiaba por completo. Las victorias de la aristocracia madrileña paseaban arriba y abajo —por aquella época Málaga estaba de moda como estación de invierno— y los lustrosos y tintineantes caballos y las centelleantes ruedas correteaban bajo el entramado de los plátanos. Podía uno sentarse en cualquiera de los bancos de piedra y observar a los que pasaban. Las jóvenes de la clase media, tocadas con peinetas y mantillas de blonda negra, paseaban con andar de maniquí y recogían las admirativas miradas de los hombres con los que se cruzaban. El peinado podía resultar rústico o elegante, pero en todos los ojos había un brillo excitante y muchos de los rostros eran adorables."

Aunque a priori parecía difícil que un inglés educado y culto se integrara en una comunidad tradicional, con escasos contactos con el exterior, desde el primer momento Brenan apreció una especie de pureza vital en los habitantes de Yegen, el pueblo donde alquiló una casa durante muchos años. Allí podía dedicarse a sus principales aficiones: la lectura y las caminatas por el campo, que a veces le llevaron a puntos tan distantes como Murcia. Según observó Brenan, la educación no era imprescindible para que una comunidad funcionara razonablemente bien si las tradiciones eran respetadas. Bien es cierto que existían los caciques y las consiguientes desigualdades sociales, lo que repercutía en una pobreza muy acusada en la mayor parte de la población, aunque bien es cierto que nadie llegaba a pasar hambre. Entre otras cosas, la religión se vivía allí de un modo muy particular. Había cura e iglesia, pero las creencias populares se movían entre la doctrina católica y el paganismo, dando más importancia - como sigue sucediendo en buena parte de Andalucía - a las festividades marianas y sus procesiones que a la misma ceremonia de la misa. En cualquier caso, la peculiar forma de vida de Yegen podía dar lugar a episodios insólitos, como el que Brenan relata en este pasaje:

"Un día, en Yegen, fui a la tienda de la aldea a comprar algunos cigarrillos y al recoger la vuelta me encontré con algunas monedas desconocidas. Al examinarlas en casa vi que se trataba de monedas púnicas e íberas. Es decir, eran monedas de las ciudades púnicas e íberas, acuñadas bajo la república romana, y, por tanto, las primeras en acuñarse en España, si exceptuamos las de las ciudades griegas de Cataluña. Cuando regresé a la tienda y pregunté si tenían más, sacaron unas veinte o treinta. Una oferta de comprarlas a peseta la pieza dio lugar a que otras personas me ofrecieran veinte monedas más. Lo interesante de la cuestión era: ¿de dónde habían salido? ¿Habían circulado tranquilamente en las inmediaciones desde el momento en que fueron acuñadas o provenían de algún tesoro? Tras unas cuantas investigaciones topé con un hombre que recordaba que uno de sus antepasados, al morir, había dejado una colección de viejas monedas, y que su familia, al no saber qué hacer con ellas, decidió gastarlas."

Hay otros capítulos, como el dedicado a la vida en Almería a principios del siglo XX, tan evocadoramente escritos, que solo con leerlos nos hacemos una idea de la dura vida cotidiana en las urbes de la época sin tener que acudir a libros de historia más sesudos. Entre otras muchas cosas, Al sur de Granada nos recuerda que la felicidad vital no depende de los lujos de los que nos rodeemos, sino de necesitar poco para llevar una existencia razonablemente buena. La versión cinematográfica de Fernando Colomo adopta un acertado tono de comedia para acercarnos a la historia del encuentro entre integrantes de dos civilizaciones muy diferentes y la aceptación por parte de los habitantes de Yegen de las excéntricas costumbres del nuevo señorito inglés y de los amigos que van a visitarle. Además, tomándose muchas libertades, narra la historia de la criada de la que concibió una hija, un episodio por el que se pasa de puntillas en el libro. 

Pero lo verdaderamente importante de libro y película es el espíritu que las impregna, ese que dicta que cada cual ha de ser capaz de buscar la forma de habitar el mundo que más le conviene y que para muchos la serenidad es un valor mucho más valioso que el poder o el dinero:

"Porque la palabra era serenidad. Ni siquiera habían pasado veinticuatro horas cuando volvió a mí la vieja impresión de altura y de quietud, de campos de aire que se extendían ante mí y de torrentes de agua que caían a mi espalda, y me di cuenta que Yegen tenía algo que le diferenciaba de todo lo demás. El momento en que lo captaba mejor, y cuando se presentaba con mayor intensidad, eran las noches de luna llena. De pie sobre el terrado veía cómo la tierra se revelaba en fiesta por todas partes, y me parecía que navegaba en la proa de un barco en travesía por un océano petrificado. O que el barco se transformaba en un avión que se deslizaba sobre un caos negro y gris, hasta que al rozar quizá un diminuto jirón de nube, ponía rumbo a la estratosfera. Y, además, qué silencio; un silencio tan profundo, tan amplio que se medía por el sonido del agua que caía, o por un ocasional e incitante rasgueo de guitarra. Aparte de esto ninguna señal de vida humana, tan sólo las luces de los pueblos distantes —Jorairátar, Alcolea, Paterna, Mairena—, que yacían como constelaciones en la vaga inmensidad."

martes, 27 de octubre de 2020

EL PROFESOR UNRAT (1905), DE HEINRICH MANN Y EL ÁNGEL AZUL (1930), DE JOSEF VON STERNBERG. SUPREMA HUMILLACIÓN.

El profesor Unrat es uno de esos profesores ya maduros - lleva décadas enseñando en el mismo instituto a varias generaciones de alumnos - cuya presencia en la ciudad portuaria en la que enseña constituye ya toda una institución. Eso no quiere decir que Unrat (cuyo apodo, Basura, va pasando también de generación en generación), se sienta integrado en la sociedad en la que vive, ni siquiera en el microcosmos del centro de enseñanza. Para los demás es considerado una persona excéntrica y solitaria y él se ocupa de alimentar esa imagen, no relacionándose con sus compañeros profesores más de lo estrictamente necesario. La verdadera pasión de Unrat es la enseñanza, pero en un sentido muy retorcido: disfruta sabiéndose superior intelectualmente a sus alumnos y convierte sus clases en festines autoritarios en los que siembra un terror despótico en clase. Pero Unrat no se conforma con el dominio que ejerce en clase sobre sus alumnos: cuando se entera de las inmorales actividades nocturnas de algunos, su moral lo impulsa a actuar. Sus investigaciones lo llevan al cabaret El ángel azul.

Al entrar allí se va a encontrar de bruces con un mundo que no controla. Su presunta autoridad queda disipada en un ambiente festivo en el corre el alcohol y en el que todas las miradas están puestas en la actuación de Rosa Fröhlich, la principal artista del espectáculo. Incluso nuestro protagonista queda hechizado por su encanto, pero él le otorga un sentido distinto al de la plebe, para él Rosa es una artista sublime cuyo arte está muy por encima de su público. Venciendo su extrema timidez, entabla contacto con ella y empieza a visitarla todas las noches, ante el desconcierto de sus alumnos. Si bien al principio Rosa se toma dichas visitas como una anécdota divertida, poco a poco irá sintiendo algo de cariño por el profesor, hasta terminar casándose con él, quizá también hechizada por el prestigio de la profesión de su nuevo e inofensivo amante. Así Unrat entra en un mundo que no es el suyo y renuncia a su vida anterior, renunciando también, sin ser muy consciente de ello, a su otro gran amor: su autoridad despótica, porque controlar a Rosa no va a ser tan fácil como a sus alumnos. Uno de ellos, ya en su madurez, va a definir a su manera la psicología del profesor y lo acertado de un apodo tan popular que llega a sustituir a su nombre:

"Es el tirano que prefiere sucumbir a tolerar la más mínima restricción de su poder. Un apodo, sólo un apodo, llena de cardenales su piel, deslizándose nocturnamente por entre las cortinas purpúreas de su lecho, hasta sus sueños, y para curarse aquellas contusiones necesita bañarse en sangre. Es el inventor del delito de lesa majestad. Lo inventaría si aún fuese posible. Todo individuo es para él un rebelde. Su misantropía le devora entre tormentos indecibles. El hecho de que a su alrededor aspiren y expiren los pulmones un aliento que él no rige y regula le infunde un loco anhelo de venganza y tensa sus nervios hasta desgarrarlos. Basta ya un ligerísimo choque, una coincidencia casual de circunstancias adversas, y el tirano, presa de terror, abre al populacho las puertas del palacio, le estimula al saqueo y proclama la anarquía."

En la novela de Mann, el matrimonio se traslada a otra ciudad y empieza una vida disoluta organizando fiestas y apuestas en su casa, a la vez que se van endeudando cada vez más. Lo que ofrece la versión cinematográfica, El ángel azul, es bastante más interesante, puesto que pone el acento en el proceso de degradación del profesor que, una vez que se acaba su dinero, tiene que empezar a actuar en el espectáculo como un artista más. Cuando tiene que volver a su ciudad, es publicitado como la gran atracción del espectáculo, arrastrando a Unrat a la más cruel de las humillaciones. Mann no se opuso nunca a que se cambiara de esa manera el argumento de su novela, sino que prestó su apoyo, ya que era totalmente coherente con el carácter de su protagonista. El ángel azul es algo más que una adaptación de la novela: le aporta un ambiente único y asfixiante a la historia de Unrat, encarnado de manera magistral por un Emil Jannings al que le venían como anillo al dedo este tipo de papeles. La película constituyó una inigualable plataforma para el lanzamiento internacional de la futura estrella Marlene Dietrich y vista hoy sigue siendo una obra maestra fascinante dotada de un lenguaje cinematográfico único.

jueves, 22 de octubre de 2020

LA COALICIÓN FRENTE A LA PANDEMIA (2020), DE MARÍA LLAPART Y JOSÉ ENRIQUE MONSORI. CRÓNICA POLÍTICA DEL AÑO QUE CAMBIÓ LA HISTORIA.

2020 va a quedar como un año histórico para nuestro país y no precisamente en un sentido positivo. Ha sido - están siendo - unos meses tan intensos que las negociaciones para formar gobierno de finales del año pasado se recuerdan como algo un poco remoto, ya que la crisis del coronavirus lo ha impregnado todo de tal manera que los acontecimientos inmediatamente anteriores a la misma parecen haber sucedido en un mundo distinto al actual. En cualquier caso, es bueno hacer balance del pasado inmediato para poder analizar cómo hemos llegado a esta situación tan complicada, que se vuelve más dramática cada día que pasa.

La segunda mitad de 2019 fueron meses perdidos para España. Tras las elecciones de junio, en las que el PSOE sacó una mayoría clara, pero no suficiente para gobernar en solitario, se produjo un insólito bloqueo que llevaría a la repetición electoral en noviembre. Fueron los tiempos en los que Pedro Sánchez repetía que jamás pactaría con Podemos y descartaba tal posibilidad como una irresponsabilidad que impediría que pudiera dormir por las noches. Tales certezas, reiteradas durante toda la campaña electoral de noviembre, fueron fulminantemente descartadas a la vista del resultado de las nuevas elecciones, que, lejos del refuerzo esperado, debilitaba la mayoría parlamentaria del PSOE. El pacto que era totalmente imposible hasta solo unos días, se fraguó en unas pocas horas. Se produjo un apresurado reparto de Ministerios y una declaración en la que se exponían las intenciones del nuevo gobierno de manera muy general. Pero no bastaba con los votos de PSOE y Podemos para asegurar el voto del Congreso. Las negociaciones con nacionalistas y otros grupos minoritarios fueron complicadas y hasta prácticamente el último minuto no estuvo asegurado el apoyo de los suficientes diputados, aunque al final se consiguió prácticamente por la mínima. Así comenzó su andadura el primer gobierno de coalición de nuestra democracia, un proyecto muy ilusionante para muchos, pero que nacía lastrado por la historia previa de desconfianza entre ambos miembros y por la heterogeneidad de los grupos de los que dependía para poder sostenerse.

Entre otras curiosidades, La coalición contra la pandemia desvela que el nombramiento del ministro Salvador Illa como responsable de Sanidad fue meramente una operación política. Su llegada al cargo no fue debida a sus conocimientos o su experiencia en el sector, sino por su conocimiento de los complicados entresijos de la política catalana, algo que iba a ser muy útil en la singladura del nuevo ejecutivo, hasta el punto de que se le encomendó que dedicara un par de días de la semana a los asuntos de su Ministerio y el resto estuviera en Barcelona asegurándose de mantener los apoyos a la Coalición. Un encargo que cambiaría radicalmente pocas semanas después, cuando España entró de lleno en la crisis más importante de las últimas décadas sin apenas preparación para afrontar la misma.

Y es que las noticias que llegaban acerca del coronavirus eran cada vez más preocupantes, allá por el mes de febrero. La propagación del virus se extendía rápidamente por otros países desde su origen en China y llegaba a Italia, causando verdaderos estragos en el norte del país. Frente a la inquietud de mucha gente, el gobierno lanzaba mensajes de tranquilidad y no imponía ninguna medida. Por aquellos días sus esfuerzos estaban concentrados en la primera gran polémica que dividió a la Coalición: el proyecto de ley de libertad sexual preparado por el Ministerio de Igualdad de Irene Montero se encontró frente a vergonzantes correcciones efectuadas por el Ministerio de Justicia. Los ciudadanos empezaban a advertir fuertes tensiones en el seno del gobierno, sobre todo derivadas de la rivalidad entre Irene Montero y Carmen Calvo y entre Yolanda Díaz y Nadia Calviño, que llegarían a su máxima expresión en los dramáticos Consejos de Ministros que declararon el estado de alarma y sus consecuencias jurídicas.

Aunque el libro no profundiza en el asunto, resulta realmente insólito el cambio de discurso que se produjo en el gobierno entre el 8 y el 9 de marzo. Si el 8 de marzo el mensaje era que la epidemia estaba controlada y se animaba a hacer vida normal y a participar en las manifestaciones organizadas ese mismo día, por la noche, según la versión oficial, llegaron datos al Ministerio de Sanidad que contradecían todo ese optimismo (es difícil explicarse cómo es posible que los datos previos no invitaran al menos a la prudencia y a tomar las primeras medidas ese fin de semana). Los días siguientes fueron dramáticos, de una tensión extrema en el gobierno y de un miedo creciente entre la gente. Aunque Pedro Sánchez se tomó su tiempo para decidir la declaración de estado de alarma y el insólito confinamiento de los ciudadanos, el ambiente en las calles era de máxima ansiedad, viéndose en aquellos días imágenes inéditas en nuestro país: supermercados rebosantes de gente realizando compras masivas de productos de primera necesidad como si el mundo fuera a venirse abajo en las próximas jornadas.

La historia que sigue es tristemente bien conocida por todos: la pandemia golpeó nuestro país con fuerza inusitada, sobre todo en Madrid, llegándose a contagiar incluso varios miembros del gobierno. La alarma social llegó a niveles insospechados los días en que las cifras de muertos llegó casi al millar. Mientras tanto el gobierno legislaba de urgencia e intentaba establecer una política de comunicación con los ciudadanos sin negar, al fin, la gravedad del momento. La economía se congelaba y las administraciones públicas colapsaban, sobre todo las encargadas de tramitar los millones de ertes que se solicitaron. A principios del verano el estado de alarma decae y se hace ver que lo peor de la pandemia ha pasado y se anima al ciudadano a hacer vida normal con ciertas precauciones: craso error, tal y como estamos viendo estos días de notables rebrotes en casi todos los puntos de la geografía nacional. El virus sigue con nosotros y parece que nos va a deparar un invierno extremadamente complicado, mientras la economía no es capaz de superar la brutal caída del segundo trimestre del año. El libro de Llapart y Monsori, que intenta ser objetivo y no entrar en polémicas ni manifestar opiniones acerca de los hechos que narra, es un relato de urgencia, pero tristemente todavía incompleto: sus páginas habrán de completarse en los próximos meses de estos tiempos extremadamente interesantes y dramáticos.

miércoles, 21 de octubre de 2020

LA NEOINQUISICIÓN (2020), DE AXEL KAISER. PERSECUCIÓN, CENSURA Y DECADENCIA CULTURAL EN EL SIGLO XXI.

Recuerdo cuando empecé a escuchar hablar de lo políticamente correcto allá por los felices noventa. Personalmente me parecía una buena noticia que en el ámbito académico y político empezara a respetarse a las minorías, a compensar, aunque fuera a través del lenguaje, la discriminación padecida en el pasado. Poco a poco esta semilla ha ido creciendo y se ha convertido en un monstruoso lastre para las sociedades occidentales, hasta el punto de que limita gravemente la libertad de expresión de los ciudadanos, a riesgo de que si cualquiera de sus opiniones no se ajusta al discurso dominante en la izquierda, puede ser tildado de facha, racista o machista. 

George Orwell no se equivocaba cuando postulaba que los neolenguajes eran un instrumento imprescindible para consolidar regímenes totalitarios. Evidentemente, nosotros todavía ni nos acercamos a eso, pero la exageración que se pretende de conceptos como el de lenguaje inclusivo, empieza a parecerse una imposición incómoda, ya que el que habla en un foro público o privado debe tener un extremo cuidado respecto a las palabras que elige para ilustrar su discurso. Hasta la más inocente de las expresiones puede convertirse en un insospechado ataque a grupos sociales presuntamente oprimidos (eternamente oprimidos) y siempre habrá un aspirante a inquisidor que saque a relucir cualquier agresión o microagresión que al orador le había pasado desapercibida. Incluso se escarba en el pasado de políticos, sean éstos progresistas o conservadores, para afearles conductas del pasado que hace unos años no habrían escandalizado a nadie, como, por ejemplo, haber acudido disfrazado de hombre negro a una fiesta en su juventud. Dichos políticos, por lo general, en vez de tratar de restar importancia a asuntos tan triviales, entonan un sentido mea culpa, contribuyendo así a engordar la bola de nieve de presuntos agravios que los supuestos miembros privilegiados de las sociedades occidentales tienen que expiar eternamente, como si de un pecado original se tratara.

Al final se trata de imponer una visión de la historia y de la sociedad descrita con trazo grueso en la que occidente siempre ha sido agresor y el resto del mundo víctima. Nadie discute los abusos que han cometido Europa y Estados Unidos a lo largo de su historia, pero cuando un profesor pretende matizar cualquier episodio, ya sea éste respecto al colonialismo, esclavitud o condición de la mujer a través de la historia, buena parte del mundo académico le da la espalda. Así sucede también con quienes pretenden profundizar en problemas sociales analizando estadísticas cuyos resultados no coinciden con el mensaje que se quiere hacer llegar a la sociedad. La quema de libros de antaño se ha sustituido por la destrucción de estatuas y por los intentos de acallar a las voces disidentes, por más estructurados que estén sus discursos. Afortunadamente, la libertad de expresión sigue vigente entre nosotros, pero de una manera sesgada, puesto que se ha llegado a un punto en el que cada cual autocensura sus opiniones en ciertos temas, aunque estén perfectamente razonadas, para no ser calificado de facha o términos similares. La motivación individualista de igualdad de los miembros de ciertos grupos históricamente discriminados se ha convertido hoy día en muchos casos en la exigencia de privilegios especiales por pertenecer a determinada raza, género u orientación sexual, algo que acaba atacando frontalmente a la meritocracia y a la cultura del esfuerzo.

Axel Kaiser, profesor y abogado de origen chileno, ha sabido poner el dedo en la llaga de uno de los males que afligen actualmente a las sociedades occidentales, con un discurso que no apela a la derecha o la izquierda, sino al sentido común y a un regreso a la auténtica libertad de expresión, hoy en peligro de ser gravemente limitada:

"Por ahora hay pocas dudas de que se debe alzar la voz, defender el intercambio libre y respetuoso de todo tipo de opiniones, oponerse a legislaciones que restrinjan la libertad de expresión bajo el argumento de proteger víctimas, exigir y velar por una mayor integridad psicológica a los jóvenes, demostrar menor temor ante la reacción de quienes digan sentirse ofendidos, desafiar los dogmas de esta nueva ideología sin complejos y exponer coraje institucional ante denuncias y ataques no demostrados que pueden arruinar la vida de personas potencialmente inocentes. En esto, los genuinos liberales de derecha e izquierda deben unirse, más allá de sus diferencias, junto con los conservadores dialogantes y todo aquel preocupado por lo que podría terminar produciendo el clima de hipersensibilidad, persecución e irracionalismo tribal que se ha instalado. Si hay algo que se puede aprender del pasado es que, cuando se ponen en marcha procesos revolucionarios y cacerías de brujas, nadie, ni siquiera aquellos que los promovieron desde el inicio y que celebraron mientras veían arder a sus adversarios, se encuentra libre de ser el próximo en ser arrojado a la hoguera."