lunes, 12 de octubre de 2026
LA PIEDRA OSCURA (2014), DE ALBERTO CONEJERO Y LA BOLA NEGRA (2026), DE JAVIER CALVO Y JAVIER AMBROSSI. LOS FANTASMAS DE LORCA.
sábado, 26 de septiembre de 2026
¿QUIEN TEME A VIRGINIA WOOLF? (1962), DE EDWARD ALBEE Y DE MIKE NICHOLS (1966). LA INTIMIDAD DE NUESTRO INFIERNO.
A partir de ahí la pareja protagonista van a actuar como unos anfitriones un tanto peculiares, porque van a dedicarse a exhibir sus radicales desavenencias ante sus invitados, intentando a su vez éstos exhiban el lado más sombrío de su relación. Es como una invitación a vivir por una noche en el pequeño infierno que han creado, cuyo calor a la vez les quema y les da la vida. Martha es una mujer cuyo lenguaje va más allá de la definición de no tener pelos en la lengua. Cada frase que pronuncia es como un punzón afilado dirigido al corazón de su marido, un hombre desgraciado que ha aprendido a defenderse con todo tipo de respuestas sarcásticas y malintencionadas. Contemplar este espectáculo es tan fascinante como desalentador, ya que se trata de una pareja que se ha dedicado a aprender a convivir en una realidad paralela que solo ellos comprenden y en la que se dedican a herirse mutuamente.
La herida que más supura es la de George, el profesor prometedor que finalmente no llegó a ascender en la escala universitaria debido a su falta de carácter, el hombre que no supo estar a la altura de lo que se pedía de él y que fue despreciado pronto por el padre de ella (el rector de la universidad), desprecio que ella alimentó de manera íntima a partir de entonces. Lo más alucinante en esta obra es que resulta indudable que, a pesar de todo, existe un enorme amor en la pareja. Así lo manifiesta Martha en este sincero monólogo:
"En toda mi vida, solo un hombre... me ha hecho feliz (...) George, mi marido (...) George que anda por ahí, en la oscuridad... George que es bueno conmigo, y a quien trato a patadas; que me comprende y a quien rechazo; que sabe hacerme reir pero me contengo; que me abraza, por la noche, para darme calor, y a quien muerdo hasta hacer sangrar; el que siempre aprende nuestros juegos tan deprisa como yo cambio las reglas; George, que quiere hacerme feliz y yo no quiero ser feliz, y también sí, quiero ser feliz."
La versión cinematográfica de Mike Nichols - a la vez su debut como director y la cumbre de su carrera - recrea a la perfección el ambiente malsano de la obra que se desarrolla en la casa de George y Martha, un espacio oscuro y sucio, repleto de botellas y vasos gastados que están por todas partes, aunque siga manteniendo cierto aire de hogar burgués. La película se aprovecha de la presencia de los dos únicos actores que podían interpretar a esta pareja en el medio cinematográfico: unos Elizabeth Taylor y Richard Burton que en la vida real formaban una de las parejas más tormentosas de la historia de Hollywood, por lo que no sabemos exactamente qué hay de real y qué de fingido en su sublime interpretación. Para el espectador, que se convierte en un testigo casi al mismo nivel que la pareja invitada, supone toda una experiencia contemplar como se va desnudando la intimidad de los personajes de una manera tan violenta como obscena.
P: 8
domingo, 28 de junio de 2026
TEATRO: LA MALQUERIDA (1913), DE JACINTO BENAVENTE, DIRIGIDA POR NATALIA MENÉNDEZ
domingo, 17 de mayo de 2026
LA VIDA ES SUEÑO (1635), DE PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA. LA ENSOÑACIÓN DE LA REALIDAD.
Precisamente la confusión entre sueño y realidad (¿no podría nuestra vida un mero sueño del que podemos despertar en cualquier momento?) es uno de los grandes temas de la obra. Es un dilema que ya trataron los filósofos más antiguos y que sigue presente en nuestros días a través de la popularización de películas como Matrix, pero no por eso deja de ser un dilema apasionante. También puede ser un argumento religioso, muy propio de la época, puesto que el mundo que habitamos no sería más que una prueba para alcanzar la verdadera realidad de la vida eterna. Además, La vida es sueño es una reflexión acerca del libre albedrío. Seguismundo puede elegir su comportamiento cuando es liberado y, de hecho, cuando tiene una segunda oportunidad empieza a gobernarse como un rey justo.
El personaje de Segismundo y la historia que protagoniza es tan poderosa, que prácticamente eclipsa al resto de personajes de la obra, cuyas tramas son apenas recordadas. Aquí lo que queda al lector-espectador son esas reflexiones tan profundas que bien podrían haber sido firmadas por Shakespeare, esa dualidad entre verdad y ficción que tan bien casa con nuestras propias experiencias vitales y con nuestro sentido de la libertad. Porque, lo queramos o no, igual que la Segismundo, nuestras vidas están repletas de incertidumbres y de decisiones arriesgadas que la circunstancias van poniendo en nuestro camino.
miércoles, 24 de marzo de 2021
LA SEÑORITA JULIE (1888), DE AUGUST STRINDBERG Y DE LIV ULLMANN (2014). SUEÑO DE UNA NOCHE DE SAN JUAN.
"El hecho de que la heroína nos despierte compasión depende únicamente de nuestra debilidad de no poder soportar el sentimiento de terror de que el mismo destino nos alcance a nosotros. Sin embargo, el espectador muy sensible quizá no estará satisfecho con esta compasión y el hombre de fe del futuro quizá exigirá algunas propuestas para remediar la maldad, en otras palabras, un tipo de programa. Pero para empezar, no existe el mal absoluto, pues el que una familia se hunda significa el resurgir de otra, y el paso de resurgir a hundirse compone uno de los placeres más grandes de la vida. La felicidad, pues, solo existe por comparación. (...) La vida no es tan matemáticamente idiota que solo los grandes se comen a los pequeños, sino que con frecuencia sucede que la abeja mata al león o al menos lo vuelve loco."
Ni Jean ni Julie son personajes prototípicos de sus respectivas clases sociales. Jean es un criado que se ha preocupado de recibir una educación autodidacta. Ha leído mucho, ha ido al teatro y escucha atentamente las conversaciones de las personas a las que sirve, por lo que es capaz de hablar de tú a tú a Julie. Aunque sea un sirviente, no es una persona que se resigne a esa condición en su fuero interno: aspira a abrazar algún día esa vida contempla y a la que no puede acceder debido al rígido muro que separa a las clases sociales. Julie, según ella misma confiesa, no ha recibido la educación convencional que correspondería a su nacimiento como noble ya que a su madre, de origen humilde "la educaron en las teorías de igualdad de su tiempo, la libertad de las mujeres y todo eso" y ella "me educó de manera natural y en el paquete incluyó enseñarme todo lo que se le enseña a un chico, y que yo sería un ejemplo de cómo una mujer puede hacer las cosas igual de bien que un hombre". Seguramente esto es lo que le permite acercarse con toda naturalidad a gente que no pertenece a su clase social, aunque en el caso de Jean dicha atracción es sobre todo de carácter sexual.
Frente a ellos se alza la figura de Kristin, la cocinera que conoce perfectamente cual es su papel en el mundo y trata, en vano, de hacer entrar en razón a su novio Jean, pues siente que el ímpetu de sus sueños le van a hacer caer al abismo. Kristin es una especie de convidado de piedra que intenta alzarse como la voz de la razón, pero no es escuchada e intenta como último y desesperado recurso acudir a la religión. Mientras tanto Jean y Julie han llegado a un punto de no retorno que trastorna de inmediato su fugaz relación, pues se dan cuenta de que han cometido un pecado irredimible. Piensan en huir, pero no parecen tomar en serio esta posibilidad, porque dejan que los invada un irresistible fatalismo. La decidida Julie se convierte en pocas horas en una sombra de sí misma, una mujer desnortada que se hunde en la más absoluta desesperación. El osado Jean se paraliza cuando siente que el conde ha vuelto a casa y automáticamente vuelve a su papel de sirviente, dejando que sus sueños se pudran una vez más.
La versión cinematográfica de Liv Ullmann, llamativamente protagonizada por dos grandes estrellas de Hollywood, es una correcta traslación de la obra de Strindberg, sustentada ante todo por una sólida interpretación de Jessica Chastain, enriquecida por múltiples matices, secundada por un muy correcto Colin Farrell, que se defiende muy bien en un papel que en principio no parecía destinado a un intérprete de sus características. Mucho más explícita respecto a la consumación sexual de los protagonistas frente a la a la elipsis de la obra teatral, la versión de Ullmann conserva intacto el espíritu del original y no trata de hacer experimentos para adaptar su mensaje a nuestro tiempo, algo que se agradece, ya que no es necesario realizar cambio alguno en la obra de Strindberg para que siga fascinando al espectador actual.
jueves, 28 de mayo de 2020
HAMLET (1603), DE WILLIAM SHAKESPEARE, DE LAURENCE OLIVIER (1948) Y DE KENNETH BRANAGH (1996). EL RESTO ES SILENCIO.
miércoles, 15 de agosto de 2018
CALÍGULA (1944), DE ALBERT CAMUS. EL DELIRIO DEL PODER.
jueves, 27 de julio de 2017
PEDRO Y EL CAPITÁN (1979), DE MARIO BENEDETTI. CONVERSACIÓN AL BORDE DEL ABISMO.
sábado, 25 de marzo de 2017
CASA DE MUÑECAS (1879), DE HENRIK IBSEN. SECRETOS DE UN MATRIMONIO.
martes, 27 de diciembre de 2016
LAS MANOS SUCIAS (1948), DE JEAN PAUL SARTRE. IDEOLOGÍA, MORAL Y CONFLICTO.
martes, 20 de diciembre de 2016
MUERTE ACCIDENTAL DE UN ANARQUISTA (1970), DE DARIO FO. LA AUTORIDAD DE LOS LOCOS.
jueves, 31 de marzo de 2016
EL TÍO VANIA (1897), DE ANTÓN CHÉJOV. AFÁN DE VIDA.
viernes, 18 de diciembre de 2015
EL CHICO DE LA ÚLTIMA FILA (2006), DE JUAN MAYORGA. EL OJO DE LA CERRADURA.
Porque en la novela por entregas que Claudio va desarrollando para Germán está presente el morbo de lo cotidiano, de la descripción objetiva de la vida de una familia normal de clase media, con su existencia un poco aburrida, repleta de conflictos de baja intensidad. Además, explica por qué ha elegido a la familia (o la casa) de su amigo Rafa:
"¿Por qué Rafa?, ¿por qué lo elegí a él? Porque él es normal. Él está en el extremo opuesto. Hay otros de clase que están en el extremo opuesto, pero hubo algo que, el curso pasado, me hizo fijarme en Rafa: a menudo, al salir de clase, vi a sus padres esperándolo, cogidos de la mano. A otros chicos les avergüenza que sus padres vayan por allí, porque les avergüenza la situación o porque se avergüenzan de sus padres. Rafa no. Rafa parecía conforme con aquello. Y yo me preguntaba: ¿Cómo será su casa?; ¿cómo será la casa de una familia normal?"
En su trabajo, el escritor se comporta casi como un antropólogo, pormenorizando detalles que pueden parecer banales, pero que van cobrando sentido cuando él mismo empieza a implicarse en la historia. Lo que cuenta Claudio ¿empieza siendo realidad y se convierte en ficción? ¿es ficción desde el principio? ¿o se trata de un escritor tan ingenuo que no sabría desplegarse ni un ápice de los hechos de los que es testigo? Nosotros, como lectores o espectadores de la adaptación cinematográfica (En la casa, de François Ozon) , jamás podremos estar seguros, pero sí que asistiremos al proceso de degradación de ambos protagonistas, atrapados por la magia de una historia intrascendente pero absolutamente adictiva. Como sucedía con Sherezade, la narradora de Las mil y una noches, que fascinaba al Sultán con un cuento que nunca finalizaba, el profesor, un hombre adulto y respetable, queda tan prendado de la historia que es capaz hasta de robar un examen, con tal de que la narración siga su curso.
Juan Mayorga resume muy bien el sentido de su obra en una entrevista que se publicó en su día en el diario Abc:
" (...)está lleno de misterios, de contradicciones, de conflictos, de grandes pasiones... En él se juega con la pasión de mirar la vida de los otros, y se invita a los espectadores a mirar la vida de esa familia a través del ojo de una cerradura."
viernes, 20 de noviembre de 2015
EL ABUELO (1897), DE BENITO PÉREZ GALDÓS Y DE JOSÉ LUIS GARCI (1998), EL LEÓN EN INVIERNO.
El protagonista absoluto de este drama es don Rodrigo, conde de Albrit, que vuelve a sus antiguas posesiones como un ser derrotado y arruinado. Albrit ha estado unos años en América, tratando de hacer valer sus derechos familiares sobre unas minas, pero sus pretensiones no han sido satisfechas y ahora vuelve a un mundo muy distinto al que dejó en el pueblo de Jerusa, donde el ecosistema social ha sufrido algunos cambios. Su residencia, la Pardina, por ejemplo, es ahora propiedad de una pareja de sus antiguos sirvientes y él debe acogerse a su hospitalidad para alojarse allí, aunque estime que, por su clase social, debe ser servido por éstos. Cuando advierte que es atendido de mala gana, se lamenta de la ingratitud de la que está siendo objeto. Para él, la nobleza no es una cualidad que pueda ser adquirida con dinero, sino algo con lo que se nace. Como dispone su divisa, Albrit es un león cansado, pero sigue teniendo terribles accesos de ira. Los reproches que les dedica resumen su visión del mundo:
"No tenéis ni un destello de generosidad en vuestras almas ennegrecidas por la avaricia; no sois cristianos; no sois nobles, que también los de origen humilde saben serlo; no sois delicados, porque en vez de dar un consuelo a mi grandeza caída, la pisoteáis; vosotros que en el calor, en el abrigo de mi casa, pasasteis de animales a personas. Sois ricos… pero no sabéis serlo. Yo sabré ser pobre, y puesto que con vuestras groserías me arrojáis, me iré de esta casa, en que no hay piedra que no llore las desgracias de Albrit."
En realidad el regreso del conde de Albrit, despojado de su antigua autoridad aunque con un halo de nobleza todavía visible en su figura, es una situación incómoda para algunas de las fuerzas vivas del pueblo, que intentan convencer al protagonista para que acabe sus días enclaustrado en un convento, que sea un nuevo Carlos V en su Yuste particular.
Porque lo que pretende Albrit es remover el pasado, arrojar luz sobre las dramáticas circunstancias de la muerte de su último hijo. Si bien nunca aceptó a Lucrecia, su nuera, la revelación de que una de sus nietas podría ser fruto de una relación extramatrimonial es más de lo que el honor del anciano puede consentir. "Yo... también te perdonaría... si pudieran ir juntos el perdón y el desprecio", son las terribles palabras que dedica a una nuera que ha mancillado la dignidad de su hijo difunto y, por ende, el de su familia. Es el honor, un concepto ya caduco en la España de hace más de un siglo, uno de los principales temas de la obra, ya que es lo que define a don Rodrigo:
"No he inventado yo el honor, no he inventado la verdad. De Dios viene todo eso; de Dios viene también la muerte, fácil solución de los conflictos graves. (...) La causa de que las sociedades estén tan podridas, la causa de que todo se desmorone es la bastardía infame… el injerto de la mentira en la verdad, de la villanía en la nobleza…"
Junto a don Rodrigo, encontramos a otro personaje memorable, don Pío Coronado, el preceptor de las nietas, un hombre que se define a sí mismo como un ser tan bueno que llega a despreciarse a sí mismo y a la vez odia a un género humano contra el que carece de medios de defensa. Don Pío, como poseedor de la sabiduría de los libros, es despreciado por todos (recuérdese un dicho de nuestra España eterna, pasar más hambre que un maestro de escuela) y actuará como una especie de escudero del noble Albrit, aunque su máximo anhelo sea un suicidio que ponga fin a sus sufrimientos.
El abuelo es una narración sobre la decadencia. La decadencia de un personaje que vive amargamente su ocaso y de un país que se aferra a grandezas pasadas mientras las tradicionales clases privilegiadas asisten perplejas al ascenso irresistible de quienes hasta entonces no han vivido más que para servir. El conde de Albrit, en su ancianidad, es un personaje que puede conmover a ratos, pero detentador de ciertas actitudes y comportamientos que causan rechazo al lector actual, en su obsesión por conocer la verdad, aunque sea dolorosa. Un personaje profundamente humano, víctima del irrefrenable paso del tiempo:
"Historia, cosas pasadas, que sólo dejan tras sí un letrero, una inscripción… Todo se borra, ¡ay! aun las piedras escritas. Cuando la roña y el musgo las empuercan, y se han criado en ellas cien generaciones de arañas y lagartijas, viene el progreso, y las manda picar para escribir otra cosa… o aprovecharlas en una alcantarilla. No me quejo, no. Ese es el mundo. Rodamos todos hacia lo infinito."
La versión cinematográfica de José Luis Garci se apoya sobre todo en la magistral interpretación de Fernando Fernán Gómez de un personaje que parece concebido a medida para él, secundado por un solvente Agustín González que encarna a un Senén mucho más maduro que el original, pero igualmente rapaz. El resto del elenco está muy descompensado frente a estos dos monstruos de la interpretación, aunque lo más llamativo del conjunto (en sentido negativo) es que las voces de algunos actores y actrices están dobladas y eso le da un tono muy poco natural a las interpretaciones. Además Garci usa y abusa de las escenas presuntamente trascendentes hasta el punto de saturar al espectador. A pesar de todo esto y del ritmo cansino que le imprime a la historia en muchos momentos del metraje, se trata de una aproximación a la obra de Galdós que no carece de interés.
domingo, 25 de octubre de 2015
EL CRISOL (1953), DE ARTHUR MILLER Y DE NICHOLAS HYTNER (1996). LA CAZA DE BRUJAS EN SALEM.
Como es bien sabido las comparecencias que se llevaron a cabo ante el Comité de Actividades Antiamericanas estuvieron presididos por la más absoluta falta de garantías fundamentales: no se buscaba la verdad, sino que existía una verdad preestablecida que los testigos o acusados debían confirmar, no bastando con ello, puesto que también era necesario que se delatara a antiguos compañeros. Una de las delaciones más famosas fue la efectuada por el cineasta Elia Kazan, que afectó, entre otros muchos, a Arthur Miller, que siempre había sido un simpatizante de la izquierda, aunque en todo momento negó haber estado afiliado al Partido Comunista. De hecho, en una de las acotaciones de El crisol, encontramos un rotundo rechazo de la intolerancia contra sus propios ciudadanos de la que hacían gala ambos sistemas en aquella época:
"En los países de ideología comunista, cualquier resistencia de cualquier tipo, queda vinculada al maligno súcubo capitalista, y en América, quien no tenga opiniones reaccionarias está expuesto a que se le acuse de aliado del infierno rojo. (...) Una determinada política se convierte en garante de la virtud moral y la oposición a ella en síntoma de una maldad diabólica. Una vez hecha tal ecuación, la sociedad se convierte en un amasijo de conspiraciones de uno y otro lado, y el gobierno pasa de tener un papel de árbitro a convertirse en el látigo de Dios."
No cabe duda de que escribir y estrenar una obra de las características de El crisol en un contexto como aquel, constituyó un rasgo de genialidad y valentía por parte del dramaturgo. La obra parte de un hecho histórico, ocurrido en la localidad de Salem a finales del siglo XVII. Salem era un pueblo practicante del puritanismo, una variante del protestantismo establecida por Juan Calvino. Uno de los postulados más llamativos de esta religión es el que dicta que algunos hombres que están predestinados a la salvación y otros no, por lo que en gran parte la existencia consiste en escrutar si uno mismo está entre los elegidos. Desde luego, el pecado es un indicio negativo en tal sentido. Esta tensión espiritual en el seno del que consideraba un pueblo elegido, unida a la acumulación de viejas rencillas a lo largo de los años, por asuntos relacionados con la propiedad de las tierras, resultaron ser un cóctel explosivo a la hora de abordar la situación generada por una mera anécdota protagonizada por las más jóvenes del pueblo.
Porque de lo que parte la histeria colectiva desatada en Salem es de un miedo: el miedo al diablo, que se adaptó como miedo al comunismo a mitad del siglo XX. Ambos son mecanismos de control de masas que fueron estudiados el siglo pasado, junto a otros muchos ejemplos por genios como Freud, Canetti u Ortega y Gasset. Que las acusaciones estuvieran sustentadas por unas jòvenes que claramente estaban desviando la atención de sus propias culpas parecía no importar: quien era acusado por un indicio tan leve como un testimonio histérico, era ya considerado prácticamente culpable y era él quien debía probar fehacientemente lo contrario. Para rizar más el rizo, la salvación de la horca solo se conseguía confesando la propia culpabilidad y acusando a su vez a otros. Una metáfora cristalina de los métodos del Comité de Actividades Antiamericanas. El Tribunal de Salem no era más que el reflejo de una visión maniquea del mundo, propia de una sociedad teocrática. A la vez que se atribuía la voz de la justicia divina, Danforth, su representante, pretende que el mismo sea un instrumento para frenar los tímidos intentos de secularización que ya se estaban dando en las sociedades puritanas:
"O se está con este tribunal o se está contra él. No hay ningún camino intermedio. Estamos en tiempos claros y precisos. Ya no vivimos en aquella noche tenebrosa cuando el bien y el mal estaban mezclados para confundir al mundo. Por la gracia de Dios, en estos momentos brilla la luz del Sol, y todos los que no la temen deberían felicitarse por ello."
Frente al poder de este Tribunal, la voz de un pecador como John Proctor (magníficamente interpretado en la adaptación cinematográfica por Daniel Lee Lewis) es ignorada, por mucho que su argumentación sea racional y esté sazonada por la verdad. La verdad que parece buscar el Tribunal no es la de este mundo, sino la del fortalecimiento de la religión del miedo, para la que la lucha contra el maligno justifica cualquier acción. El tormento interior de Proctor es enorme: a los remordimientos por haber caído en la tentación de la carne con Abigail, la más implacable de las acusadoras, se suma la repercusión que estos hechos van a tener sobre su virtuosa esposa, una situación con la que, en cierto modo, se sentía identificado el propio Arthur Miller, que en aquella época se acababa de enamorar de Marilyn Monroe, ante la incredulidad de su mujer.
Proctor simboliza también el aplastamiento del pensamiento individual frente al fanatismo de la comunidad. A pesar de ser un personaje integrado en la vida comunal, Proctor tiene su propia visión del mundo y es capaz de criticar algunos aspectos de una religión que sigue practicando fervientemente. El crisol nos advierte magistralmente de lo que sucede cuando se deja que la diosa razón sea sustituida por lo disparatado, cuando la voz de unas niñas afectadas de histerismo y llenas de miedo son la base de acusaciones absurdas que llevan a personas inocentes al cadalso. Al final Abigail y sus compañeras se sienten tan borrachas de poder que son capaces hasta de amenazar a los miembros del Tribunal si se atreven a dudar de sus palabras. Al poco los procesos fueron suspendidos y se intentó volver a la cordura, aunque el episodio jamás fue olvidado y su eco ha llegado a nuestros días, como ejemplo permanente de hasta donde puede llegarse cuando gobiernan la intolerancia y la irracionalidad.
sábado, 21 de marzo de 2015
CALLE MAYOR (1956), DE JUAN ANTONIO BARDEM Y LA SEÑORITA DE TREVÉLEZ (1916), DE CARLOS ARNICHES. LA BROMA INFINITA.
http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2015/03/calle-mayor.html
miércoles, 30 de octubre de 2013
HISTORIA DE UNA ESCALERA (1949), DE ANTONIO BUERO VALLEJO. ESCENAS DE VIDA VECINAL.
"Creo que fueron dos preocupaciones simultáneas las que me llevaron a escribir la obra: desarrollar el panorama humano que siempre ofrece una escalera de vecinos y abordar las tentadoras dificultades de construcción teatral que un escenario como éste poseía."
Desde luego se trata de una obra con una estructura complicada, ya que el escenario siempre es el mismo y es en la escalera, a la puerta misma de sus viviendas, donde el espectador va a conocer la vida de sus vecinos a través de las relaciones, no siempre fáciles, que se establecen entre ellos. En realidad aquí la vida vecinal se presenta como algo muy sórdido, fuente de envidias, venganzas mezquinas y continuas habladurías. Los habitantes de la casa, casi todos pertenecientes a la clase social más humilde, se atreven a soñar con un futuro mejor, fabricado con esfuerzo, trabajo y tesón. Esto se simboliza en el personaje de Fernando (y después en su hijo), que es un procrastinador de manual: se propone estudiar y llegar a lo más alto. Pero nunca encuentra el momento de empezar. Lo pospone de un día para otro y llegamos a dudar si sus palabras son sinceras o las usa para embelesar al objeto de su deseo.
El otro gran tema de Historia de una escalera es el paso del tiempo. Pasan décadas de un acto a otro, pero la escalera sigue siendo la misma, quizá con algunos arreglos que apenan disimulan su deterioro y antigüedad. También los personajes y sus descendientes siguen siendo los mismos. No evolucionan. Se encuentran atrapados en el círculo vicioso que supone pertenecer a la clase social menos favorecida. Nadie adopta soluciones prácticas para salir de la situación, porque es posible que tampoco sea posible adoptarlas, que queden muy por encima de las posibilidades de estos personajes. Al final se respira un conformismo resignado. Cuando alguno de los vecinos como Urbano, el sindicalista concienciado, se enfada, se indigna, vocifera, amenaza y al final no hace nada. Quizá al final de la obra se atisba algún pequeño cambio, alguna pequeña esperanza, pero Buero Vallejo es pesimista. Parafraseando a Lampedusa, podríamos decir que si algo cambia, es para que todo siga igual.
domingo, 20 de enero de 2013
YERMA (1934), DE FEDERICO GARCÍA LORCA. INSTINTO DE MATERNIDAD Y DE MUERTE.
Lorca, que empezó a concebir esta obra en 1933, quería escribir sobre una mujer estéril y sus tormentos, por sentirse inferior a las otras, que son madres con toda facilidad, que tienen una misión en el mundo, en suma. Para Yerma, una mujer que no es capaz de tener hijos (ella misma), es un ser incompleto. La intensidad de su deseo está presente continuamente en su discurso:
"Tener un hijo no es tener un ramo de rosas. Hemos de sufrir para verlos crecer. Yo pienso que se nos va la mitad de nuestra sangre. Pero eso es bueno, sano, hermoso. Cada mujer tiene sangre para cuatro o cinco hijos y cuando no los tienen se les vuelve veneno, como me va a pasar a mí."
Yerma se pasa casi toda la obra alimentando la esperanza de que su hijo finalmente vendrá. El personaje de su marido es extraño, porque casi se alegra de la situación, y sólo piensa en prosperar económicamente, por lo que no tener bocas adicionales que alimentar le viene muy bien a corto plazo. Lo raro es que no pensara, como la mayoría de la gente del campo de aquella época, que un hijo le vendría bien en el futuro, para ayudarle en las tareas cuando comenzaran las fatigas de la edad. De todas maneras, hay que romper una lanza en su favor, pues es un ser con los pies mucho más en la tierra que su esposa, a la que su obsesión acaba fanatizando y casi enloqueciendo. Es casi como si ya hubiera conocido a su futuro hijo pero no lograra traerlo a la existencia. Yerma acaba desinteresándose de su propio destino si no es en relación con este futuro ser: cualquier sufrimiento es pequeño si conlleva tener algún día a su hijo en brazos, aunque este acabara aborreciéndola:
"Yo pienso que tengo sed y no tengo libertad. Yo quiero tener a mi hijo en los brazos para dormir tranquila, y óyelo bien y no te espantes de lo que te digo: aunque ya supiera que mi hijo me iba a martirizar después y me iba a odiar y me iba a llevar de los cabellos por las calles, recibiría con gozo su nacimiento, porque es mucho mejor llorar por un hombre vivo que nos apuñala, que llorar por este fantasma sentado año tras año encima de mi corazón."
El último acto de Yerma es el más insólito y también el más terrible de una obra marcada por numerosas imágenes simbólicas. Es como si se unieran las fuerzas cristianas y paganas de la sinrazón en la culminación de una tragedia que se ensaña con una víctima inocente, como si su presunta deshonra pudiera lavarse con un crimen. La mujer que está imposibilitada de otorgar vida, no lo está para sembrar la muerte.
miércoles, 14 de noviembre de 2012
LA MUERTE DE UN VIAJANTE (1949), DE ARTHUR MILLER. ANATOMÍA DEL FRACASO.
Después de leer una obra maestra de la envergadura de Muerte de un viajante, la sensación principal que queda es el deseo de verla representada en teatro al menos una vez. La historia de Willy Loman es una poderosa representación de los dramas de nuestro tiempo, en el que una vida mediocre se considera socialmente un fracaso. Uno de los momentos que más llaman la atención de la obra se produce cuando Willy visita a su jefe y este está entretenido con el i-pad de la época: una grabadora, a la que dedica un desmesurado entusiasmo, hasta el punto de asegurar que grabar su voz y la de su familia se va a convertir en su nuevo hobby. Qué poco hemos cambiado... Aquí el artículo:


















