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sábado, 30 de julio de 2022

LA MIRADA QUIETA (DE PÉREZ GALDÓS) (2022), MARIO VARGAS LLOSA. LA ESENCIA DEL ESCRITOR.

Cuenta Vargas Llosa en el prólogo que él aprovechó el confinamiento provocado por la pandemia de coronavirus para leer, prácticamente entera, la obra de Benito Pérez Galdós, un escritor que sigue suscitando polémicas acerca de su calidad literaria, pero que sin duda es uno de los grandes de nuestra literatura y no solo por ser el autor de Fortunata y Jacinta, sino por haberse elevado como el gran cronista de la historia, vida y costumbres de los españoles en el siglo XIX. Porque Galdós posaba su mirada sobre todas las clases sociales y era capaz de retratar con la misma maestría a ricos y a pobres, a funcionarios cesantes, a prestamistas, a presidentes del gobierno y a los mendigos que piden a la puerta de las iglesias. Su extensísima obra es una crónica fascinante de nuestra agitada historia y de quienes lo padecen, un río que fluye muy caudaloso, pero del que solo podemos contemplar la superficie:

"Todo novelista ha sentido escribiendo una novela que, si desarrollara los cabos sueltos de la historia que está contando, ésta se prolongaría sin término: sería la novela de las novelas, todas las historias estarían imbricadas unas en otras hasta el infinito. Porque en una novela que concluye hay una supresión brutal de algo que, continuado hasta la extenuación, sería la novela de las novelas, una historia que abarcaría todas las historias. Balzac es el escritor del siglo XIX que más se acercó a la tentación de esa locura sin término, y, en España, sin ninguna duda, Benito Pérez Galdós."

Bien es cierto que, después de un brillante prólogo en el que Vargas Llosa fija, según su criterio, el verdadero valor de Galdós como escritor, el resto del ensayo se compone del análisis de la entera producción de novelas y obras de teatro del autor canario. Esto puede hacerse pesado para algunos lectores, sobre todo a los que no se hayan acercado todavía a la narrativa de Galdós, puesto que Vargas Llosa no tiene reparo en destripar el argumento de cada una de ellas a la hora de valorarlas. Resulta interesante, eso sí, que tenga reparos a la hora de emitir sus juicios: cuando una obra no le gusta expone sus razonamientos de experto para justificarse. Mejor es la parte dedicada al análisis de los Episodios Nacionales, ya que que aquí habla de ellos como un conjunto bien planificado de narraciones que estudian el devenir histórico de la España contemporánea a Galdós.

Después de leer La mirada quieta, a uno se le queda un regusto amargo, pues esperaba encontrar algo parecido a lo que el autor de La ciudad y los perros hizo con Flaubert en La orgía perpetua, pero se queda en un mero resumen bien escrito de la vida y obra de Pérez Galdós, pero muy descafeinado, quizá porque su publicación ha podido ser algo precipitada. 

viernes, 16 de abril de 2021

LA CORTE DE CARLOS IV (1873), DE BENITO PÉREZ GALDÓS. INTRIGAS PALACIEGAS.

En La corte de Carlos IV volvemos a encontrar al joven protagonista de Trafalgar hablándonos en primera persona. Gabriel de Araceli ha viajado a Madrid y se ha colocado como sirviente de una actriz. Esto nos da ocasión de asistir al estreno de El sí de las niñas, la obra de Moratín que renovó la escena española y a la vez acercarnos a la vida cotidiana de unos cómicos que podían ser apreciados por el público si caían en gracia, pero que también podían subsistir al borde de la indigencia. La gracia del asunto es que Galdós nos revela que hay ciertos nobles que, aburridos del protocolo y la etiqueta de la Corte, suelen alternar con la gente del teatro, con quienes pueden comportarse de una manera mucho más natural. Esto es lo que va a dar lugar a lo más interesante de la trama: Gabriel va a ser reclamado para servir a una condesa y va a pasar unos días en El Escorial, precisamente en el momento en el que se descubre la conspiración del futuro Fernando VII contra sus padres.

Hay dos personajes que, aunque no aparecen directamente, están permanentemente en el centro de la narración y en las conversaciones de los personajes: Godoy y Napoleón. España, inmediatamente después de la batalla de Trafalgar, estaba viviendo un momento singular en su historia. Ni siquiera se sabía si el emperador francés era amigo o enemigo y los rumores en la calle, algo que recoge la narración galdosiana en abundancia, se fundaban en todo tipo de teorías disparatadas acerca del futuro inmediato de la nación en un momento en el que el ejército de Napoleón penetraba en el país. Curiosamente muchas de estas teorías apuntaban a una conquista conjunta y reparto del reino vecino de Portugal, lo cual a mucha gente le parecía bien. Curiosamente, el ser más lúcido al que escucha el protagonista no es un noble, ni siquiera un intelectual. Es un trabajador iletrado que cuenta con un particular olfato para intuir dónde van a ir los tiros en los asuntos políticos, ya que la política la hacen los hombres:

"Esa gente de arriba es muy ambiciosa y hablando mucho del bien del reino, lo que quiere es mandar; tenlo presente. Yo, aunque no me han enseñado a leer ni a escribir tengo mi gramática parda, sé conocer a los hombres, y aunque parece que somos bobos  y nos tragamos todo lo que nos dicen, ello es que a veces columbramos la verdad mejor que otros muy sabiondos, y vemos clarito lo que ha de venir. Por eso te digo que veremos cosas gordas, muy gordas; y si no, acuérdate de lo que te digo."

El otro personaje lúcido y positivo es Inés, la joven con la que se va a relacionar la protagonista, que trata de combatir con un poco de realismo los sueños de grandeza de Gabriel, alguien con altas aspiraciones basadas en un caduco sentido del honor. Aunque es inferior a su predecesora, Trafalgar, ya que aquí Galdós se va decantando un poco por el estilo folletinesco, La corte de Carlos IV ofrece un interesantísimo retrato de un momento crucial en nuestra historia, el instante en el que el país se encontraba en una peligrosa encrucijada en la que finalmente se tomó el peor de los caminos posibles. 

viernes, 1 de mayo de 2020

TRAFALGAR (1873), DE BENITO PÉREZ GALDÓS. CRÓNICA DE UNA DERROTA ANUNCIADA.

Con el proyecto de los Episodios Nacionales Galdós pretendió establecer una crónica ordenada de los acontecimientos que habían llevado, desde principios del siglo XIX, a nuestro fracaso respecto a la implantación de un verdadero proyecto de país moderno. Y el escritor canario lo concibió como mejor sabía, novelando los episodios históricos para hacerlos más atractivos para el lector, pero siempre respetando el rigor de los hechos. Para elaborar cada episodio realizaba previamente una extensa investigación mediante lecturas, visitas a archivos, a los lugares de los hechos y entrevistas personales con algunos protagonistas. Respecto a Trafalgar, contó con la ayuda inestimable de la casualidad, o quizá del destino, puesto que en una de sus estancias en Santander le fue presentado el último superviviente de la batalla. Lo cuenta Francisco Cánovas en Benito Pérez Galdós, vida, obra y compromiso:

"Uno de aquellos días se encontró con Amós de Escalante, poeta, periodista y escritor de libros de viajes, al que había conocido en el Ateneo madrileño. Paseando por Santander, Galdós le comentó que estaba pensando escribir una novela sobre la batalla de Trafalgar, prosiguiendo la línea narrativa de La Fontana de Oro. «Pero ¿usted no sabe —afirmó Amós— que aquí tenemos el último superviviente del combate de Trafalgar?». Sorprendido por la noticia, Galdós le dijo que estaba interesado en conocerlo. Amós, complacido, le organizó una entrevista unos días después, quedando constancia de ella en las Memorias: «un viejecito muy simpático, de corta estatura, con levita y chistera anticuadas, se apellidaba Galán y había sido grumete en el gigantesco navío Santísima Trinidad»."

Trafalgar comienza casi como una novela picaresca. La Andalucía en la que nace Gabriel, el protagonista y narrador, es una región atrasada, en la que la mayoría de la población sufre una pobreza endémica y además sufre de epidemias como esa fiebre amarilla de la que el protagonista enfermará de niño. La única educación posible para alguien como él estará en la calle, en las pillerías por las calles de Cádiz o en la Caleta. La infancia de Gabriel no es más que un juego de supervivencia cotidiana para huir del hambre día a día. Huyendo de una de las frecuentes levas que se daban en la época, pasará a servir en la familia de Alonso Gutiérrez, un capitán de navío retirado cuya vida existencia se basa sobre todo en evocar viejos episodios gloriosos de su vida marinera. Así, cuando hay rumores de que la marina española (tutelada por la francesa) se va a enfrentar a los ingleses en la Bahía de Cádiz, don Alonso no se lo piensa y, junto a su amigo Marcial y el protagonista, se escapan para embarcarse en la flota, a pesar de la firme oposición al proyecto de su mujer, la terrible doña Francisca.

Los marinos españoles como Churruca, no eran partidarios de salir a buscar a los ingleses. Preferían, ya que admitían la superioridad de aquellos, una defensa ordenada de la bahía de Cádiz sin aventurarse rumbo a Gibraltar. Galdós describe como la oficialidad española sobrevivía como podía al maltrato administrativo al que estaban sometidos. Se debían numerosas pagas y algunos oficiales debían buscarse ocupaciones alternativas para sobrevivir. La mayoría de los marineros eran reclutados en las levas, por lo que, aunque su furor combativo podía motivarse, la experiencia y el conocimiento necesario para entrar con garantías en un combate de estas características no eran los más idóneos. Además, tampoco se trataba bien a los numerosos inválidos de por vida que dejaban las batallas: muchos de ellos eran abandonados por el Estado o recompensados con magras pagas y debían mendigar para sobrevivir.

Los franceses, que eran quienes realmente tutelaban nuestra flota, bajo la sombra amenazante de Napoleón, prefirieron arriesgar y su vicealmirante Villeneuve ordenó la salida sin un plan claro de ataque. La torpe reacción cuando se avistó la flota británica propició una ventaja decisiva de éstos desde el primer instante, pues Nelson pudo dividir a la flota enemiga, realizar una especie de movimiento envolvente, e ir atacando a cada uno de los barcos con neta superioridad en cada uno de los enfrentamientos. Gabriel, cronista privilegiado de los acontecimientos, realiza su narración desde la cubierta del Santa María, el buque insignia de la marina española, el Santísima Trinidad, un coloso de cuatro cubiertas y ciento cuarenta cañones, que presentó una resistencia heroica ante la superioridad enemiga, pero que terminó rindiéndose y finalmente hundido. 

La descripción de la batalla y posterior naufragio por parte de Galdós es magistral, alcanzando en ocasiones un tono propio de la novela de aventuras que posteriormente se vería en Verne o en Stevenson. Para Gabriel, que se había embarcado con sueños de gloria y patriotismo, verá su ingenuo idealismo destrozado en las pocas horas que tarda en hundirse el Santa María y, con él, buena parte de la flota hispano-francesa. También es cierto que don Alonso, que lleva toda la vida sufriendo los rigores de la vida marinera, todavía creía en la victoria, simplemente por la natural superioridad española. Para él la derrota va ser especialmente dolorosa, porque a su edad ya la toma por definitiva. El protagonista sí que parece aprender la lección que será la tónica de nuestro país durante todo lo que resta de siglo: el pueblo español jamás podrá prosperar en manos de estos dirigentes y tal será la conclusión a la que llegue finalmente:

"Un hombre tonto no es capaz de hacer en ningún momento de su vida los disparates que hacen a veces las naciones, dirigidas por centenares de hombres de talento."

martes, 17 de marzo de 2020

BENITO PÉREZ GALDÓS, VIDA, OBRA Y COMPROMISO (2019), DE FRANCISCO CÁNOVAS SÁNCHEZ. REIVINDICACIÓN DE UN GENIO.

Una de las mejores opciones que existen para sobrellevar estos tiempos de aislamiento es homenajear a uno de nuestros más grandes genios literarios leyendo una de sus novelas. Dejo aquí el artículo sobre una de sus últimas biografias publicadas:

https://elplacerdelalectura.com/2020/03/benito-perez-galdos-vida-obra-y-compromiso-de-francisco-canovas-sanchez.html

martes, 7 de marzo de 2017

TRISTANA (1892), DE BENITO PÉREZ GALDÓS Y DE LUIS BUÑUEL (1970). LA PIERNA QUEBRADA.

En la España del siglo XIX - y también en buena parte de la del siglo XX, hasta muy tarde, por obra y gracia de Francisco Franco - la mujer era un ser secundario en la sociedad, subordinado siempre al varón, cuyo único fin en la vida era encontrar marido y tener descendencia. La mujer podía soñar con una vida feliz, pero las circunstancias con demasiada frecuencia la vinculaban a hombres indeseables, que podían llegar a tratarla como si de una propiedad privada se tratara. Pero Galdós fue un maestro a la hora de explorar la vida interior de todos los tipos sociales de su tiempo, especialmente de la mujer. Así lo expresa María Zambrano en su libro La España de Galdós:

"Galdós es el primer escritor español que introduce a todo riesgo las mujeres en su mundo. Las mujeres, múltiples y diversas; las mujeres reales y distintas, "ontológicamente" iguales al varón. Y ésta es la novedad, ésa es la deslumbrante conquista. Existen como el hombre, tienen el mismo género de realidad."

El caso de Tristana, la protagonista de esta magnífica novela de Galdós, tiene un componente especial: huérfana desde muy joven, no tiene más remedio para sobrevivir con decencia que verse acogida por un amigo de la familia, don Lope, un hombre maduro con una sólida carrera de conquistador a sus espaldas y que se niega a aceptar que sus tiempos de seductor han pasado, tanto es así que al poco de tener a Tristana bajo su techo, la seducirá y la hará suya, como se decía en la época. Al principio la protagonista acepta la situación casi como algo natural, pero pronto se rebelará contra ella. Y la mejor manera de hacerlo es enamorándose perdidamente de un joven pintor, que le hará recuperar la ilusión por el futuro. 

Pero la relación que la joven va a establecer con Horacio no será convencional. Se trata más bien de tardes de convivencia que ellos viven de espaldas al mundo. La búsqueda de libertad, de emancipación se manifiesta en Tristana a través de un singular interés por la cultura, de una enorme curiosidad por la vida que existe más allá de los muros de la casa de don Lope. Ella aborrece el destino tradicional de la mujer en su tiempo y evalúa con su Saturna, la criada y a la vez su confidente, las posibilidades de esquivar ese futuro, el que se supone que debería preparse para afrontar:

"Pero fíjese , sólo tres carreras pueden seguir las que visten faldas: o casarse, que carrera es, o el teatro..., vamos, ser cómica, que es buen modo de vivir, o... no quiero nombrar lo otro. Figúreselo." 

Además, Tristana establece, casi sin saberlo, un discurso feminista, muy revolucionario para la época:

"Ya sé, ya sé que es difícil eso de ser libre... y honrada. ¿Y de qué vive una mujer no poseyendo rentas? Si nos hiciéramos médicas, abogadas, siquiera boticarias o escribanas, ya que no ministras o senadoras, vamos, podríamos... (...) Yo quiero vivir, ver mundo y enterarme de por qué y para qué nos han traído a esta tierra en que estamos. Yo quiero vivir y ser libre."

Y también:

"Protesto, me da la gana de protestar contra los hombres, que han cogido todo el mundo por suyo, y no nos han dejado a nosotras más que las veredas estrechitas por donde ellos no saben andar."

Mientras tanto, don Lope, el viejo galán, se huele la aventura y siente como un asunto de honor el regreso de Tristana a su posición de sumisión a su persona. Don Lope es un personaje muy interesante, puesto que tiene una visión del mundo muy personal y adaptada a sus intereses. Cree también en el disfrute sensual, pero exclusivamente reservado para los hombres que saben ganárselo. Aborrece del matrimonio y jamás se ha planteado casarse, pero en los años de senectud va tomando conciencia de que sus pretensiones de seductor van resultando decididamente ridículas. No obstante, jamás se rinde: se siente superior a cualquier jovenzuelo y sería capaz de retar a cualquiera a duelo para demostrarlo. A pesar de su existencia pecaminosa, don Lope también es un hombre capaz de gestos nobles: cuando Tristana enferma, se vuelca en su recuperación y sacrifica su patrimonio y su bienestar físico y mental con tal de lograr que la joven vuelva a ser la que era. Ya la protagonista había descrito acertadamente al anciano en unas palabras que dirige a Horacio:

"A veces paréceme que le aborrezco, que siento hacia él un odio tan grande como el mal que me hizo; a veces... todo te lo confieso, todo... siento hacia él cierto cariño, como de hija, y me parece que si él me tratara como debe, como un padre, yo le querría... Porque no es malo, no vayas a creer que él es muy malo, muy malo... No; allí hay de todo: es una combinación monstruosa de cualidades buenas y de defectos horribles."

La adaptación llevada a cabo por Luis Buñuel es más bien una versión muy personal de la novela puesto que, tomando los elementos fundamentales de la misma, se construye una trama que poco tiene que ver con las intenciones del original galdosiano. A Buñuel le interesa ante todo el personaje de don Lope - hasta el punto de identificarse con él - y desarrollar las posibilidades eróticas del personaje de Tristana. Para eso otorga gran importancia a Saturno, un joven sordomudo con un deseo animal por la joven y relativiza la de Horacio, que aquí es un chulo sin mucha personalidad, que sirve sobre todo para darle una lección de dominio físico a don Lope. Lo inolvidable de esta Tristana es la interpretación magistral de Fernando Rey, que hace suyo el personaje y le otorga una humanidad que ni siquiera alcanza el original literario. El énfasis surrealista que domina todo el relato se remata con un final del todo alejado al de la novela, mucho más sórdido y menos apegado a lo que Galdós hubiera considerado lo más acorde a las circunstancias reales de la trama.

viernes, 20 de noviembre de 2015

EL ABUELO (1897), DE BENITO PÉREZ GALDÓS Y DE JOSÉ LUIS GARCI (1998), EL LEÓN EN INVIERNO.

A finales del siglo XIX España estaba pasando por un momento complicado. El asesinato de Cánovas, que se produjo en el mismo año de publicación de El abuelo, afectó profundamente al sistema de turnos de los partidos Liberal y Conservador que se había establecido en la Restauración y la pérdida de las colonias de Cuba y Filipinas el año siguiente profundizó aún más en la crisis del Estado. Como no podía ser de otra manera, la escritura de Galdós refleja fielmente el momento histórico vivido, con personajes simbólicos y representativos de la realidad de lo que fue llamada en su momento "catástrofe nacional" y dio nombre a la generación literaria del 98 (aunque Galdós no formara parte de ella).

El protagonista absoluto de este drama es don Rodrigo, conde de Albrit, que vuelve a sus antiguas posesiones como un ser derrotado y arruinado. Albrit ha estado unos años en América, tratando de hacer valer sus derechos familiares sobre unas minas, pero sus pretensiones no han sido satisfechas y ahora vuelve a un mundo muy distinto al que dejó en el pueblo de Jerusa, donde el ecosistema social ha sufrido algunos cambios. Su residencia, la Pardina, por ejemplo, es ahora propiedad de una pareja de sus antiguos sirvientes y él debe acogerse a su hospitalidad para alojarse allí, aunque estime que, por su clase social, debe ser servido por éstos. Cuando advierte que es atendido de mala gana, se lamenta de la ingratitud de la que está siendo objeto. Para él, la nobleza no es una cualidad que pueda ser adquirida con dinero, sino algo con lo que se nace. Como dispone su divisa, Albrit es un león cansado, pero sigue teniendo terribles accesos de ira. Los reproches que les dedica resumen su visión del mundo:

"No tenéis ni un destello de generosidad en vuestras almas ennegrecidas por la avaricia; no sois cristianos; no sois nobles, que también los de origen humilde saben serlo; no sois delicados, porque en vez de dar un consuelo a mi grandeza caída, la pisoteáis; vosotros que en el calor, en el abrigo de mi casa, pasasteis de animales a personas. Sois ricos… pero no sabéis serlo. Yo sabré ser pobre, y puesto que con vuestras groserías me arrojáis, me iré de esta casa, en que no hay piedra que no llore las desgracias de Albrit."

En realidad el regreso del conde de Albrit, despojado de su antigua autoridad aunque con un halo de nobleza todavía visible en su figura, es una situación incómoda para algunas de las fuerzas vivas del pueblo, que intentan convencer al protagonista para que acabe sus días enclaustrado en un convento, que sea un nuevo Carlos V en su Yuste particular.

Porque lo que pretende Albrit es remover el pasado, arrojar luz sobre las dramáticas circunstancias de la muerte de su último hijo. Si bien nunca aceptó a Lucrecia, su nuera, la revelación de que una de sus nietas podría ser fruto de una relación extramatrimonial es más de lo que el honor del anciano puede consentir. "Yo... también te perdonaría... si pudieran ir juntos el perdón y el desprecio", son las terribles palabras que dedica a una nuera que ha mancillado la dignidad de su hijo difunto y, por ende, el de su familia. Es el honor, un concepto ya caduco en la España de hace más de un siglo, uno de los principales temas de la obra, ya que es lo que define a don Rodrigo:

"No he inventado yo el honor, no he inventado la verdad. De Dios viene todo eso; de Dios viene también la muerte, fácil solución de los conflictos graves. (...) La causa de que las sociedades estén tan podridas, la causa de que todo se desmorone es la bastardía infame… el injerto de la mentira en la verdad, de la villanía en la nobleza…"

Junto a don Rodrigo, encontramos a otro personaje memorable, don Pío Coronado, el preceptor de las nietas, un hombre que se define a sí mismo como un ser tan bueno que llega a despreciarse a sí mismo y a la vez odia a un género humano contra el que carece de medios de defensa. Don Pío, como poseedor de la sabiduría de los libros, es despreciado por todos (recuérdese un dicho de nuestra España eterna, pasar más hambre que un maestro de escuela) y actuará como una especie de escudero del noble Albrit, aunque su máximo anhelo sea un suicidio que ponga fin a sus sufrimientos.

El abuelo es una narración sobre la decadencia. La decadencia de un personaje que vive amargamente su ocaso y de un país que se aferra a grandezas pasadas mientras las tradicionales clases privilegiadas asisten perplejas al ascenso irresistible de quienes hasta entonces no han vivido más que para servir. El conde de Albrit, en su ancianidad, es un personaje que puede conmover a ratos, pero detentador de ciertas actitudes y comportamientos que causan rechazo al lector actual, en su obsesión por conocer la verdad, aunque sea dolorosa. Un personaje profundamente humano, víctima del irrefrenable paso del tiempo: 

"Historia, cosas pasadas, que sólo dejan tras sí un letrero, una inscripción… Todo se borra, ¡ay! aun las piedras escritas. Cuando la roña y el musgo las empuercan, y se han criado en ellas cien generaciones de arañas y lagartijas, viene el progreso, y las manda picar para escribir otra cosa… o aprovecharlas en una alcantarilla. No me quejo, no. Ese es el mundo. Rodamos todos hacia lo infinito."

La versión cinematográfica de José Luis Garci se apoya sobre todo en la magistral interpretación de Fernando Fernán Gómez de un personaje que parece concebido a medida para él, secundado por un solvente Agustín González que encarna a un Senén mucho más maduro que el original, pero igualmente rapaz. El resto del elenco está muy descompensado frente a estos dos monstruos de la interpretación, aunque lo más llamativo del conjunto (en sentido negativo) es que las voces de algunos actores y actrices están dobladas y eso le da un tono muy poco natural a las interpretaciones. Además Garci usa y abusa de las escenas presuntamente trascendentes hasta el punto de saturar al espectador. A pesar de todo esto y del ritmo cansino que le imprime a la historia en muchos momentos del metraje, se trata de una aproximación a la obra de Galdós que no carece de interés. 

jueves, 30 de julio de 2015

LO PROHIBIDO (1885), DE BENITO PÉREZ GALDÓS. EL MADRID ENFERMO.

Después de haber leído numerosas obras de Benito Pérez Galdós (Miau, Misericordia, Fortunata y Jacinta, Nazarín, La de Bringas, Tormento, La desheredada, Doña Perfecta, El amigo Manso, El doctor Centeno, Marianela, La Fontana de Oro...) mi autor favorito sigue logrando el prodigio cotidiano de sorprenderme en cada nueva novela que leo suya. Para mí leer a Galdós supone abstraerme de la realidad, como pocos autores lo consiguen, y vivir durante unos días instalado en un Madrid decimonónico descrito y narrado con todo tipo de detalles. Algo solo al alcance de un observador agudo y minucioso de la realidad, capaz de analizarla, descomponerla y ajustarla a unos tipos humanos absolutamente creíbles, a los que las visicitudes de la existencia les afectan igual que a nosotros y cuyo destino jamás es previsible. El autor canario es nuestro gran naturalista, el cronista fidedigno de todos los ambientes de un Madrid ambicioso, trágico y a la vez repleto de vida e ilusiones por parte de los representantes de las distintas clases sociales que lo habitan.

Lo prohibido recoge la narración en tono autobiográfico de José María Bueno de Guzman, un rentista soltero perteneciente a buena familia que deja Andalucía para instalarse en Madrid. Una vez allí tomará conocimiento de sus primas segundas: María Juana, la más sabia y equilibrada, Eloísa, por la que pronto se siente atraído y Camila, la que menos se atiene a las reglas sociales, la más salvaje. Pronto seducirá a la apetecible Eloísa e iniciará con ella una relación adúltera, mientras el inocente de su marido se dedica a organizar obras benéficas. Eloísa ama sinceramente a José María, pero está aún más enamorada de la vida de lujo que le proporciona la pequeña fortuna de su amante. El protagonista está tan ciego de amor y lujuria que no advierte que está perdiendo buena parte de sus divividendos en satisfacer los caprichos de su prima segunda. Y es que Eloísa es víctima del gran mal de la sociedad matritense de su tiempo: un materialismo desaforado que lleva a las familias pudientes a endeudarse con tal de aparentar una vida opulenta que en muchos casos no se pueden permitir. Las comidas que se organizan en la alta sociedad no son más que una excusa para mostrar los nuevos bienes adquiridos, mientras los comensales cuchichean y se critican unos a otros.

Mientras tanto a José María se le disipa el deseo por Eloísa y se empieza a fijar en Camila, a la que estima presa fácil. Camila, la más pobre de las hermanas, vive austeramente junto a su marido, un hombre un poco bruto y nada instruido, pero cuyo carácter posee un fondo de bondad inaccesible para la mayoría de la gente que les rodea. Además Camila se va a mostrar inesperadamente como una mujer virtuosa, que resiste sin problemas todos los asaltos del seductor José María. En Lo prohibido encontramos a un Galdós muy moralista. Camila y su marido Constantino representan la virtud de la alegría de vivir y la moderación frente a lo material, en oposición al ambiente que impera entre su familia y allegados. El matrimonio es una isla de felicidad en el Madrid de las apariencias y la codicia desmesurada. Un periodo, el de la Restauración, de cierto auge económico, donde se inició la construcción del barrio de Salamanca y de numerosos edificios en otras zonas de la ciudad, donde todos los días se hacían y deshacían fortunas, debido a las caprichosas fluctuaciones de la Bolsa, institución que va a ser parte muy importante en la narración de José María.

Otro de los males endémicos de España que se reflejan en Lo prohibido es la corrupción política. Aunque no es el tema principal de la novela, Galdós ofrece suficientes pinceladas como para advertir que la política en general no era más que un instrumento para acceder a nuevos negocios (más de uno lo hace en la Administración de la isla de Cuba) y nuevas riquezas. Solo hay que leer como José María consigue un acta de diputado: 

"A Severiano Rodríguez le trataba yo desde la niñez; a Villalonga le conocí en Madrid. El primero era diputado ministerial y el segundo de oposición, lo cual no impedía que viviesen en armonía perfecta, y que en la confianza de los coloquios privados se riesen de las batallas del Congreso y de los antagonismos de partido. Representantes ambos de una misma provincia, habían celebrado un pacto muy ingenioso: cuando el uno estaba en la oposición el otro estaba en el poder, y alternando de este modo, aseguraban y perpetuaban de mancomún su influencia en los distritos. Su rivalidad política era sólo aparente, una fácil comedia para esclavizar y tener por suya la provincia, que, si se ha de decir la verdad, no salía mil librada de esta tutela, pues para conseguir carreteras, repartir bien los destinos y hacer que no se examinara la gestión municipal, no había otros más pillines. Ellos aseguraban que la provincia era feliz bajo su combinado feudalismo. Por supuesto, el pobrecito que cogían en medio, ya podía encomendarse a Dios… A mí me metieron más adelante en aquel fregado, y sin saber cómo hiciéronme también padre de la patria por otro distrito de la misma dichosa región. Para esto no tuve que ocuparme de nada, ni decir una palabra a mis desconocidos electores. Mis amigos lo arreglaron todo en Gobernación, y yo con decir sí o no en el Congreso, según lo que ellos me indicaban, cumplía."

En este Madrid galdosiano y a la vez apegado a la realidad lo que más importa es el concepto de propiedad: engullir la de los demás y poseer también las mujeres ajenas. De hecho, estos amores prohibidos son los que más excitan a José María. Cuando le surge la posibilidad de casarse o formalizar una relación, rechaza de inmediato la idea, puesto que su mujer pasará a ser una tentación para los demás, que harán lo que sea por robarle lo que es suyo. El narrador trata de justificar sus acciones, apelando a la moral imperante. Él no se considera un hombre distinto a los que le rodean, aunque al final se sentirá castigado por sus excesos. Además, en este ambiente la familia tampoco es un referente en el que refugiarse. Los Bueno de Guzmán apenas tienen intereses comunes y cada uno de sus miembros vela por los suyos propios, a excepción del matrimonio de Camila y Constantino, toscos, pero dotados de un gran sentido moral. Por eso la ruina del patriarca no es más que otro naufragio en el mar de las apariencias:  

"Me preguntarás que dónde han ido a parar mis ahorros. Derrama, hijo, tu imaginación por los teatros de esta pequeña Babel, por sus tiendas, por sus increíbles y desproporcionados lujos, y encontrarás en todas partes alguna gota de mi sangre. Dirás que me faltó carácter, y te responderé que ahí está el quid. Es el mal madrileño, esta indolencia, esta enervación que nos lleva a ser tolerantes con las infracciones de toda ley, así moral como económica, y a no ocuparnos de nada grave, con tal de que no nos falte el teatrito o la tertulia para pasar el rato de noche, el carruajito para zarandearnos, la buena ropa para pintarla por ahí, los trapitos de novedad para que a nuestras mujeres y a nuestras hijas las llamen elegantes y distinguidas, y aquí paro de contar, porque no acabaría."

En pocas novelas de Galdós aparece tanto la enfermedad como metáfora de los males de la España de su tiempo, de la ceguera de una sociedad que iba al arrastre de las modas de Francia y que apenas se fijaba en lo que les hubiera gustado a los ilustrados de la época: la admirable organización política de Inglaterra. Lo que impera en el Madrid de hace más de un siglo es una loca carrera por reunir y quemar fortunas en la adquisición de bienes superfluos. El debate político es prácticamente inexistente, debido al arreglo entre conservadores y liberales para irse turnando en el poder, lo que provoca corrupción, graves perturbaciones económicas y oleadas de funcionarios cesantes. Además, algunas voces pronuncian palabras que, leídas hoy día, no dejan de producir algún escalofrío:

"Aquí no hay más que pillería, aquí no hay quien sepa gobernar. Yo fusilaría media España y veríamos si la otra mitad andaba derecha."

¿Cómo hubiera narrado Galdós nuestra Guerra Civil? ¿Hubiera sido para él la consecuencia inevitable del devenir de nuestro país en el siglo XIX? Lo cierto es que pocas plumas han descrito con tanta certeza y detalle nuestro universo moral a través de personajes de todas las cataduras. Como dice María Juana, mujer virtuosa y sabia, que acaba cayendo en las redes seductoras de su primo segundo:

"—Pues se me figura que lo hay. La Humanidad, como la Naturaleza geográfica, nos ofrece cada día nuevos motivos de sorpresa y asombro. Donde menos lo pensamos, aparecen las maravillas humanas y tesoros que estaban ocultos, como los continentes antes de que un Colón les echara la vista encima. (...) Y a cada territorio que descubrimos en el planeta moral, parece que se ensancha el alma total del mundo, y por ende, la nuestra crece y…"

domingo, 22 de diciembre de 2013

DOÑA PERFECTA (1876), DE BENITO PÉREZ GALDÓS. LAS DOS ESPAÑAS DE ORBAJOSA.

Hasta hace poco era bastante reticente a emprender segundas lecturas, salvo casos muy especiales, pero este año, que ha sido pródigo en ellas, me ha enseñado que en realidad lo que se vuelve a leer tiene poco que ver con los recuerdos que me habían dejado ciertas novelas leídas hace años. Doña Perfecta, cuyo redescubrimiento ha venido patrocinado por el club de lectura de la Biblioteca Provincial, no ha sido una excepción. Donde yo había advertido a un personaje noble que tiene la mala suerte de caer en un lugar donde no es bienvenido, veo ahora una metáfora de las dos Españas, con Galdós ejerciendo de profeta muy a su pesar. En cierto modo, Doña Perfecta es una obra de contenido político en la que el escritor canario nos describe la escisión casi irreconciliable (como tristemente certificaron las Guerras Carlistas) entre dos maneras de entender el país: una moderna que mira a la ciencia y a Europa y que quisiera acabar con los inmensos privilegios de la Iglesia católica y otra absolutamente conservadora que vive mirando a un presunto pasado glorioso de la nación y quisiera volver a los tiempos del teocentrismo, siendo el catolicismo y España una misma cosa.  En el discurso de don Inocencio, el sacerdote de Orbajosa, hay reminiscencias de la España de la Reconquista mezcladas con un falso deseo de martirio, puesto que en realidad lo que anhela su corazón es lo que acabaría sucediendo varias décadas más tarde: el surgimiento de una cruzada contra la anti-España:

"En aquel centro de corrupción (Madrid), de escándalo, de irreligiosidad y descreimiento, unos cuantos hombres malignos, comprados por el oro extranjero, se emplean en destruir en nuestra España la semilla de la fe... (...) Sé muy bien que nos aguardan días terribles; que cuantos vestimos el hábito sacerdotal tenemos la vida pendiente de un cabello, porque España, no lo duden Vds,  presenciará escenas como aquellas de la Revolución Francesa en que perecieron miles de sacerdotes piadosísimos en un mismo día... Mas no me apuro. Cuando toquen a degollar presentaré mi cuello: ya he vivido bastante. ¿Para qué sirvo yo? Para nada, para nada, para nada."

La llegada de Pepe Rey, el protagonista, a Orbajosa, es ya premonitoria. Encuentra un paisaje desolado habitado por gentes tan ignorantes como orgullosas, que estiman que su tierra es la mejor del mundo. Algo de eso había advertido ya en sus viajes por España George Borrow, que detectó esa absurda soberbia en los pueblos más miserables. En Orbajosa, el único ser interesado por el conocimiento es don Cayetano, que resulta ser una caricatura de intelectual, un hombre un poco ido, empeñado en demostrar que los hijos de Orbajosa han estado presentes en todos los episodios de la historia patria a través de un método tan erudito como absurdo. La auténtica autoridad cultural del pueblo es don Inocencio, cuyas palabras cargadas de razones teológicas, conmueven el corazón de todo hijo de vecino. Pepe Rey se ha criado en ambientes más liberales y cuenta con estudios universitarios y un espíritu práctico y científico que choca de manera contundente con los usos tradicionales de un pueblo en el que la más mínima chispa va a hacer saltar las ganas de organizar partidas para rebelarse contra el gobierno central.

Hay una fuerza poderosa que mueve a los personajes, a doña Perfecta, a don Inocencio y a doña Remedios y esta no es otra que la ambición, la voluntad de dominio a través de la pureza que otorga la religión y la propiedad. Doña Perfecta está cómoda en su papel de cacique del pueblo y la llegada de su sobrino no es más que una molestia en su irreprochable vida. Entre ella y el cura manejan en la sombra los hilos del pueblo y saben insertar en las mentes simples las ideas de levantamiento y violencia sin que parezca que son ellos los que incitan, tan solo mostrando que la presencia de tropas gubernamentales en Orbajosa conspira contra sus intereses. Todo ello lo mezclan con la natural exaltación religiosa y la idea de guerra santa, conceptos que, como he dicho antes, sobrevivirían en ciertos círculos durante décadas y luego serían empleados como excusa para lanzar una guerra fraticida en nuestro país.

Me quedo con una de las frases del sabio don Inocencio, un maestro de las evasivas y de las indirectas de relamido discurso, en la que lanza sus dardos contra la ciencia moderna, ante el peligro de que acabe desbancando a los postulados de la teología como verdades indiscutibles:

"(...)la ciencia, tal como la estudian y propagan los modernos, es la muerte del sentimiento y de las dulces ilusiones. Con ella la vida del espíritu se amengua; todo se reduce a reglas fijas, y los mismos encantos sublimes de la Naturaleza desaparecen. Con la ciencia destrúyese lo maravilloso en las artes, así como la fe en el alma. La ciencia dice que todo es mentira y todo lo quiere poner en guarismos y rayas, no solo maría ac terras, donde estamos nosotros, sino también aelumque profundum, donde está Dios... Los admirables sueños del alma, su arrobamiento místico, la inspiración misma de los poetas. El corazón es una esponja, el cerebro una gusanera." 

jueves, 31 de mayo de 2012

MARIANELA (1878), DE BENITO PÉREZ GALDÓS. ENSAYO SOBRE LA CEGUERA.


Me he alegrado muchísimo de que el segundo libro de Galdós que elijo para el club de lectura de la Biblioteca Provincial haya gustado tanto. Y es que todavía no he encontrado una novela del escritor canario que no me entusiasme. Ni siquiera esta "Marianela", que tenía por un libro más romántico y juvenil y resulta ser, una vez leído, una narración magistral y simbólica de unos amores imposibles.
Aquí el artículo:


Una de las cuestiones que resultan más sorprendentes para cualquier seguidor de la obra de Galdós, es que, aún siendo un escritor tremendamente prolífico, supo mantener la inmensa calidad de su escritura en prácticamente toda su producción. Baste recordar que en el año 1878, en que publicó Marianela, el novelista canario también entregó a la imprenta La familia de León Roch y alguno de sus Episodios Nacionales.

Marianela es una de las novelas de Galdós que ha gozado de más popularidad desde su publicación. Quizá su secreto sea la sencillez y pureza con las que está presentada la protagonista. Marianela es una muchacha huérfana, acogida a la caridad de gente pobre, que le ofrece algo de comida, un rincón donde dormir (entre dos cestas) y nulo cariño. Si poseyera malos sentimientos, la muchacha podría sentirse celosa de cualquier mascota, a la que al menos se le ofrece caricias y cariño. Pero Marianela goza de un resquicio de felicidad en su vida sin horizontes: actúa como lazarillo de Pablo, un ciego hijo de uno de los propietarios más ricos del lugar.

Pablo es ciego, por tanto es un ser que ha tenido que crearse su propia realidad, un mundo a la medida de su ceguera, construido a medida de su visión idealista: para él Marianela, una joven menuda y feucha, que en el mundo ilusiorio de Pablo es una auténtica belleza. Claro está que el invidente sólo puede intuir la pureza espiritual de Nela. Comprender lo que es la belleza física es para él una auténtica quimera, al menos hasta la aparición del personaje con el que el autor de Misericordia abre la narración. El escritor pone en su boca estas palabras, tratando de explicar su distorsionada visión del mundo:

"No conozco el mundo más que por el pensamiento, el tacto y el oído. He podido comprender que la parte más maravillosa del Universo es esa que me está vedada. Yo sé que los ojos de los demás no son como estos míos, sino que por sí conocen las cosas; pero este don me parece tan extraordinario, que ni siquiera comprendo la posibilidad de poseerlo."

Teodoro Gofín es un hombre hecho a sí mismo. Se trata de un afamado médico oftalmólogo cuyo humilde nacimiento no hacía presagiar tan buen destino. Es un personaje bastante insólito en el universo galdosiano, pues el escritor canario no se cansó nunca de denunciar uno de los grandes males de la España de su época (y en gran parte de la nuestra): la indolencia de la burguesía, de unos señoritos ignorantes que viven de las rentas, de las herencias. Golfín es distinto y se siente orgulloso de su hazaña. Además, asegura que su apellido debe tener ascendencia inglesa. algo muy revelador de la imposibilidad de progreso de los auténticos hijos de España. Llega a las minas de Socartes para intentar curar a Pablo de la ceguera. Esta acción, objetivamente noble, desatará una auténtica tormenta en el corazón de Marianela.

Porque Marianela está enamorada de Pablo. Sabe que lo único que puede acercarle a ella, un ser insignificante, es la ceguera. Superada esa traba física, la ley natural dictará que el señorito busque a una mujer de su categoría, que en este caso va a ser su bella prima Florentina. Quitada la venda de los ojos, Pablo cae en un estado de éxtasis ante las maravillas que le ofrece la utilización de este nuevo sentido. Galdós ha descrito muy bien, con términos médicos y ciéntificos, lo que siente un ciego de nacimiento ante la llegada de la luz: una sensación de miedo, de extrañeza y a la vez de fascinación. Su personaje lo define como una entrada en la realidad, lo cual tiene el efecto, casi inmediato, de hacerle olvidar sus inocentes galanteos con Marianela y volcarse en la admiración de la belleza de su prima:

"Mi padre, a quien he confesado mis errores, me ha dicho que yo amaba a un monstruo... Ahora puedo decir que idolatro a un ángel. El estúpido ciego ha visto ya, y al fin presta homenaje a la verdadera hermosura."

El viaje de Pablo es una especie de tránsito del mundo de las ideas al de la realidad, como si un prisionero de la caverna platónica fuera liberado y se admirara de lo mundano, desechando el ideal espiritual. Esto es un desastre para el pequeño mundo de Marianela, que se encontraba protegido por el muro de la ceguera de Pablo. Ahora su precario lugar en el mundo se ha tambaleado y no sabe que hacer muy bien con una existencia a la que no encuentra sentido:

"...¿Para qué sirvo yo? ¿Para qué nací?... ¡Dios se equivocó! Hízome una cara fea, un cuerpecillo chico y un corazón muy grande. ¿De qué me sirve este corazón grandísimo? De tormento, nada más. ¡Ay! si yo no lo sujetara, él se empeñaría en aborrecer mucho; pero el aborrecimento no me gusta, yo no sé aborrecer, y antes de llegar a saber lo que es eso, quiero enterrar mi corazón para que no me atormente más."

Marianela supone para Pérez Galdós un punto de inflexión: comienza su viaje hacia el naturalismo, aunque esta novela está afectada aún por un acusado simbolismo. Su comienzo es tenebroso: la llegada del médico Golfín, que se ha perdido, y debe atravesar las minas guiado por Pablo, que por una vez puede hacer de lazarillo. Para él la ruta de la mina es un lugar ameno, porque no es capaz de ver las simas y peligros que encierra. Para Teodoro la visión de esas profundidades es como una visión del infierno. Posteriormente, quizá por su experiencia adquirida como minero accidental, será uno de los pocos que sea capaz de ver el auténtico interior de Nela, que para casi todos los demás es poco menos que un animal de compañía. Resulta curioso que Emilio Zola comenzara su célebre novela Germinal con una descripción minera con muchos puntos en común con la que realiza Galdós, aunque él escribiría una crónica mucho más social.

Para Benito Pérez Galdós Marianela siempre fue una de sus criaturas predilectas, porque representaba la pureza perdida de algún amor adolescente. Cuentas las crónicasque un Galdós ya anciano asistió en cierta ocasión a una representación teatral de Marianela, interpretada por la gran Margarita Xirgu. En un determinado momento, ante la gran interpretación de la actriz, el escritor no pudo resistirse y la llamó entre lágrimas: "¡Nela! ¡Nela!". Para él, sobre el escenario, se representaban nada menos que las ilusiones perdidas de su juventud.

lunes, 15 de agosto de 2011

LA DE BRINGAS (1884), DE BENITO PÉREZ GALDÓS. EL MADRID DE LAS APARIENCIAS.


Hace unos tres años leí los dos primeros títulos de esta especie de trilogía galdosiana, en la que unos personajes ceden el protagonismo a los secundarios de la novela anterior, aunque, como siempre, la auténtica protagonista sigue siendo la ciudad de Madrid y el devenir de sus habitantes. "La de Bringas" está en la tradición de novelas decimonónicas de mujeres que se endeudan sin que sus maridos sean conscientes de ello. La mujer de aquel tiempo comenzaba a poder salir sola, a tener una vida propia, pero económicamente dependía siempre del hombre. La que quisiera una independencia más profunda debía hacerse cortesana. Aquí el enlace del artículo acerca de esta novela magistral: 


La España de mitad del siglo XIX es un periodo tumultuoso, lleno de cambios y de tensiones entre el orden establecido por el reinado de Isabel II y los elementos progresistas que pedían un cambio radical en la forma de Estado, en un escenario de grave crisis económica y social. Estas tensiones culminarían con el estallido de la revolución de 1868 y la toma del poder por parte de liberales y republicanos, lo que provocó que la reina se viera obligada a exiliarse. La solución fue la búsqueda, un tanto artificial, de un nuevo rey, Amadeo de Saboya, cuyo reinado solo duró dos años culminando todo ello en la efímera Primera República Española (1873-1874).

En 1884, el año en el que Galdós publicó La de Bringas, estos acontecimientos estaban todavía muy frescos en la memoria del escritor. Galdós, como es su costumbre, introdujo a sus personajes en un contexto histórico muy determinado, que va a influir muy poderosamente en sus acciones. Antes de emprender la lectura de La de Bringas, es muy recomendable haber leído previamente dos novelas que la preceden en el tiempo y que forman una especie de trilogía con aquella, ya que comparten personajes, El doctor Centeno y Tormento.

En El doctor Centeno, el protagonista, joven aspirante a médico, es testigo de los amores entre el sacerdote Pedro Polo y Amparo Sánchez, sacrilegio que será el tema central de Tormento, donde la protagonista, Amparo, vive sirviendo a unos parientes lejanos, Francisco Bringas y su mujer Rosalía, protagonistas de la novela que nos ocupa.

En realidad, toda la narrativa de Galdós perteneciente al ciclo de las Novelas Contemporáneas parece formar una sola novela, una gran crónica del Madrid decimonónico donde tienen cabida todos los ambientes, desde la pobreza de Misericordia, hasta los hogares de las clases más pudientes. En La de Bringas Galdós lleva al lector al mundo de los funcionarios medianamente acomodados que trabajan directamente para la reina en las estancias del Palacio Real madrileño, en el ambiente agitado que precede a la revolución de 1868.

Francisco Bringas es presentado como un hombre cabal, aunque quizá demasiado austero a la hora de planificar sus gastos, por lo que cuenta con importantes ahorros. Rosalía, su mujer, ha seguido hasta ese momento los pasos de su marido, pero ambiciona poder lucir su posición ante los demás. Su amiga Milagros, la marquesa de Tellería, la visita frecuentemente y pasan horas hablando de moda. Visitan las más elegantes tiendas de Madrid y la marquesa la incita a hacer algo que nunca se le había ocurrido hacer: comprar a crédito.

Es en esta época cuando la sociedad empieza a rendir culto al dios dinero, único medio de escalada social. La alta burguesía va imponiéndose a una aristocracia venida a menos (ahí está el ejemplo de la marquesa de Tellería, que intenta mantener su grandeza a base de apuros económicos) y las mujeres que no tienen acceso al dinero de sus maridos piden a crédito. En este ambiente prosperan usureros como Torquemada, al que Galdós le dedicará un memorable ciclo de novelas. Lo único que importa en este Madrid son las apariencias, dar ante los demás una impresión de prosperidad, aunque esté fundada en cuantiosas deudas imposibles de pagar. Algo muy parecido a los cimientos de nuestra actual crisis económica:

"¡Ay!, qué Madrid este, todo apariencia. Dice un caballero que yo conozco, que esto es un Carnaval de todos los días, que los pobres se visten de ricos. Y aquí, salvo media docena, todos son pobres. Facha, señora y nada más que facha. Esta gente no entiende de comodidades dentro de casa. Viven en la calle y, por vestirse bien y poder ir al teatro, hay familias que se mantienen todo el año con tortillas de patatas... Conozco señoras de empleados que están cesantes la mitad del año, y da gusto verlas tan guapetonas. Parecen duquesas, y los niños, principitos. ¿Como es eso? Yo no lo sé. Dice un caballero que yo conozco, que de esos misterios está lleno Madrid. Muchas no comen para poder vestirse; pero algunas se las arreglan de otro modo..."

En este panorama la figura de Francisco Bringas, pese a su exagerada austeridad, se alza como la única voz razonable, pero predica en el desierto cuando dice: "de veras te digo que más vale comer en paz un pedazo de pan con cebolla, que vivir como esa gente, entre grandezas revestidas de agonía", ya que ni siquiera su propia mujer le escucha. Resulta paradójico que el único personaje que es capaz de ver la realidad quede temporalmente ciego.

La otra gran crítica de Galdós se centra en las autoridades Estatales, con una Reina a la que solo parece importarle su propio bienestar (Rosalía vendría a ser un trasunto de su majestad, viviendo al día, sabiendo lo que se le viene encima pero mirando para otro lado) y Joaquín Pez, representante de una clase administrativa absolutamente parasitaria, que hace del enchufismo y de los favores una forma de vida. Tan perfecto caballero al principio ante los ojos de Rosalía, finalmente acabará revelándose como un vulgar mujeriego, al cual se aferran las mujeres que quieren vivir de manera independiente, aunque sea a costa de ser consideradas desechos sociales.

Así pues La de Bringas, una de las novelas menos conocidas de Galdós se revela como un eslabón imprescindible en la cadena que el novelista fabricó para describir las grandezas y miserias de los madrileños de su tiempo, aquello que Unamuno llamó intrahistoria, la descripción de la cotidianidad en la que se acaban fraguando los grandes hechos, imprescindible para comprender el devenir de la historia.

jueves, 26 de agosto de 2010

MISERICORDIA (1897), DE BENITO PÉREZ GALDÓS. LOS OLVIDADOS DE MADRID.


Leí esta novela hará unos quince años. Me ha apasionado tanto como la primera vez. Con Galdós me sucede que me absorbe de tal manera que no imagino las imágenes que describe, sino que puedo verlas. Hacía un par de años que no leía nada de mi escritor favorito, por lo que no había reseñado todavía nada en el blog. Trataré de hacerlo con más regularidad. Aquí el enlace al artículo:

Benito Pérez Galdós es uno de los grandes lujos de la literatura española. Es nuestro Balzac, que transforma la "Comedia Humana" del francés en las "Novelas Españolas contemporáneas" y a la vez nuestro Zola, influido enormemente por un naturalismo literario que le hacía querer plasmar las realidades de la España de su tiempo con la exactitud de quien se ha documentado previamente visitando los escenarios novelados y conversando con sus habitantes.

Si en los "Episodios Nacionales" Galdós retrata a los protagonistas de la historia, a quienes la hacen, sus novelas suelen protagonizarlas quienes la padecen, asomándose para ello a la vida de las diversas clases sociales de la España decimonónica. "Misericordia" es la novela que retrata los estratos más bajos de la sociedad, la miseria de un Madrid que contaba en aquel tiempo con el índice de mortandad más alto de Europa. Como explica el propio autor:

"En "Misericordia" me propuse descender a las capas ínfimas de la sociedad matritense, describiendo y presentando los tipos más humildes, la suma pobreza, la mendicidad profesional, la vagancia viciosa, la miseria, dolorosa casi siempre, en algunos casos picaresca o criminal y merecedora de corrección. Para ello hube de emplear largos meses en observaciones y estudios directos del natural, visitando las guaridas de gente mísera o maleante que se alberga en los populosos barrios del sur de Madrid. Acompañado de policías escudriñé las Casas de dormir de las calles de Mediodía Grande y del Bastero, y para penetrar en las repugnantes viviendas donde celebran sus ritos nauseabundos los más rebajados prosélitos de Baco y Venus, tuve que disfrazarme de médico de la Higiene Municipal. No me bastaba esto para observar los espectáculos más tristes de la degradación humana, y solicitando la amistad de algunos administradores de las casas que aquí llamamos de corredor, donde hacinadas viven las familias del proletariado ínfimo, pude ver de cerca la pobreza honrada y los más desolados episodios del dolor y la abnegación en las capitales populosas."

A pesar de su gran extensión, la cita es imprescindible para conocer el espíritu con el que Galdós se enfrentaba a la escritura: él buscaba dosis de realidad y solo la visita a los ambientes humanos que iba a describir se la podía ofrecer. Galdós absorvía cuanto veía y plasmaba sus experiencias en las tramas narrativas, que se ofrecían como perfectamente verosímiles aunque siempre dotándolas de su estilo inconfundible: una forma de entender la literatura llena de humor y de ternura por sus personajes, de los que conocemos hasta sus más íntimos pensamientos y un realismo formal en el que el lector atento no podrá dejar de observar abundantes dosis de experimentalismo, de maneras de narrar heterodoxas, que desautorizan a los que todavía le consideran un escritor "garbancero".

"Misericordia" toma como punto de partida la situación de doña Paca, un personaje que ha disfrutado de una buena condición social y que ha venido a menos por su mala cabeza, por lo que progresivamente ha tenido que ir trasladando su domicilio desde el barrio de Salamanca a las zonas más humildes de Madrid. Benina es su criada y confidente. Sin que su ama lo sepa, dedica las mañanas a mendigar para procurarle sustento, a ella y a sus hijos. A través de los ojos de Benina vamos a conocer el Madrid más miserable, poblado por tipos humanos que sin duda inspiraron más de una obra de Buñuel.

Magníficas resultan las descripciones del autor de la podredumbre de ciertas zonas de Madrid en aquel tiempo. El lector advertirá que la situación de Benina, ya de por sí espantosa, no es la peor de las posibles y, como si de los círculos dantescos del infierno se tratara, siempre es posible caer aún a más profundidad, hasta barrios donde el grado de miseria es inconcebible, donde hay poca diferencia entre la vida de los hombres y la de los animales. Aún hoy día pueden seguirse las rutas de los personajes con una precisión milimétrica, como sucede con todas las novelas galdosianas.

Benina va a ser, en realidad, una especie de ángel redentor que ha de procurar la subsistencia a todo el que le rodea. Miente a su ama, contándole que por las mañanas sirve en casa de un sacerdote llamado don Romualdo. Dicho don Romualdo, invención de Benina, va a terminar materializándose para resolver los problemas de doña Paca, en una ambigua combinación entre ficción y realidad a las que tan aficionado era don Benito, tal y como se afirma en un pasaje de la novela:

"Los sueños, los sueños, digan lo que quieran son también de Dios; ¿y quién va a saber lo que es verdad y lo que es mentira?"

En toda la narración late una gran crítica social contra unos poderes públicos que nada hacen por remediar la situación de miseria estas grandes masas de población. Más bien utilizan a la fuerza pública para encerrar a los mendigos. También existe, como no podía ser de otra manera, una visión negativa de la religión católica, como gran valedora de una sociedad hipócrita, que da limosna a los miserables para lavar la conciencia, pero que en nada aplica las máximas de Jesucristo, como declama con una rara sabiduría el pobre Pulido, uno de los que pueblan el pequeño universo de la puerta de la parroquia de San Sebastián:

"Limosna hay, buenas almas hay; pero liberales por un lado, el Congrieso dichoso, y por otro las congriogaciones, los metingos y discursiones y tantas cosas de imprenta, quitan la voluntad a los más cristianos... Lo que digo: quieren que no haiga pobres, y se saldrán con la suya. Pero pa entonces , yo quiero saber quién es el guapo que saca las ánimas del Purgatorio... Ya, ya se pudrirán allá las señoras almas, sin que la cristiandad se acuerde de ellas, porque... a mí que no me digan: el rezo de los ricos, con la barriga bien llena y las carnes bien abrigadas, no vale... por Dios vivo que no vale".

Por supuesto, la función de la novela no es cambiar la sociedad, pero sí es capaz de darnos a conocer realidades que se nos pueden escapar y que un mero artículo periodístico, salvo honrosas excepciones, no nos va a lograr transmitir con tanta precisión. Tanta, que novelistas como Galdós son capaces de enseñarnos el alma de sus criaturas y como la sociedad y sus circunstancias la van moldeando. "Misericordia", queda así como una de las más grandes novelas que se han escrito en nuestro país. Por denuncia social, por descripción de ambientes y perfecta caracterización de los personajes, de una humanidad abrumadora.