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domingo, 10 de diciembre de 2023

BELFAST (2021), DE KENNETH BRANAGH.

Maravillosa evocación de una infancia en un territorio hostil, Belfast es un retrato de los años más duros del conflicto de Irlanda del Norte desde los ojos de un niño. Frente a la hostilidad de un ambiente de Guerra Civil, Buddy se aferra a su familia y a sus amigos para seguir siendo feliz, para seguir habitando esa calle que rezuma buena vecindad pero que a la vez está cortada por una barricada permanente. También es importante para el protagonista la evasión que le proporciona el cine, ese vistazo de dos horas a otros mundos muy diferentes al suyo y que alimenta las fantasías de juegos posteriores. Durante hora y media Branagh consigue despertar la empatía del espectador por esa familia atrapada en un conflicto en gran parte absurdo. Aquí se retrata con suma eficacia a unos personajes que aman su ciudad por encima de todo y que comprenden a sus gentes, pero que a su vez se ve arrastrada a tomar partido por uno de los bandos, lo que hace que se planteen - como muchos otros - la emigración. Rodada en un exquisito blanco y negro y dotada de un tono clásico que favorece a la historia, Belfast es quizá, junto a Hamlet, el mejor trabajo de Kenneth Branagh como director, quizá porque se nota que ha puesto su alma al servicio de evocar su propia biografía en una época oscura que para él, por estar en la mejor edad, también fue luminosa.

P: 8

jueves, 28 de mayo de 2020

HAMLET (1603), DE WILLIAM SHAKESPEARE, DE LAURENCE OLIVIER (1948) Y DE KENNETH BRANAGH (1996). EL RESTO ES SILENCIO.

Hamlet comienza con un elemento sobrenatural: el padre del protagonista, el rey asesinado por su propio hermano, es un alma en pena que reclama venganza y así consigue transmitírselo a su hijo. Hamlet, que seguramente ya se encontraba atormentado por la sospecha, confirma de esta manera el crimen. Su siguiente paso lógico es el asesinato del traidor, pero antes quiere desenmascararlo. Y aquí es donde comienzan sus dilemas acerca de cual es el mejor momento y método de actuación. Hamlet está solo y además no se siente libre: es prisionero de un mandato sagrado y familiar, pero duda acerca de como llevarlo a cabo. Su único alivio, paradójicamente, está en el espectador, a quien se dirige con soliloquios dominados por emociones contradictorias: está encerrado en su propio yo y su única salida temporal es el juego con el lenguaje. De ahí surgen sus inmortales palabras:

"Ser o no ser... He ahí el dilema
¿Qué es mejor para el alma,
sufrir insultos de Fortuna, golpes, dardos,
o levantarse en armas contra el océano del mal,
y oponerse  a él y que así cesen? Morir, dormir...
Nada más, y decir así que con un sueño
damos fin a las llagas del corazón
y a todos los males herencia de la carne,
y decir: ven consumación, yo te deseo. Morir, dormir,
dormir... ¡Soñar acaso! ¡Qué difícil! Pues en el sueño
de la muerte ¿qué sueños sobrevendrán
cuando despojados de ataduras mortales
recobremos la paz? He ahí la razón
por la que tan longeva llega a ser la desgracia."

Hay que decir que la lógica de Hamlet está impregnada por la moral cristiana de la época. El fallecimiento del rey ha sido especialmente dramático, puesto que ha muerto sin confesarse, teniendo que expiar en el otro mundo los pecados que no ha tenido tiempo de confesar en éste. Además, el protagonista se ve tentado por el suicidio como huida definitiva de sus problemas, pero es frenado de recurrir al "descanso en el filo desnudo del puñal" por la incertidumbre acerca de las consecuencias de dicho acto, al terror a los males desconocidos que conllevarían la disposición de la propia vida, una de las prohibiciones fundamentales de la doctrina cristiana. Confundido por las dudas, tiene incluso la posibilidad de matar limpiamente a su tío, pero éste se encuentra rezando, por lo que presuntamente moriría con el alma limpia, lo que no conseguiría la venganza completa que pretende, a pesar de que lleve el usurpador lleve en sí la marca de Caín. La solución temporal, que le permite ganar tiempo, es fingirse loco, aunque se trate de una locura con método, que le permite ir dejando pistas de sus verdaderas intenciones. Su mejor arma en ese momento son las palabras, a las que intenta impregnar de un profundo sentido moral. En Shakespeare, el lenguaje de los personajes y sus múltiples interpretaciones son extremadamente importantes.

Uno de los momentos más geniales de la obra de Shakespeare es cuando el protagonista decide denunciar públicamente al rey haciendo que los artistas que han llegado al castillo representen una obra que refleje los luctuosos sucesos que le llevaron al trono. Es teatro dentro del teatro, los espectadores de la obra pasan a ser espectadores de otros espectadores, que son los que han sido hasta ahora los protagonistas de la obra y la atención recae en la representación dentro de la representación. Antes de que esto ocurra, Hamlet alecciona a los actores acerca de cual ha de ser el tono de la obra, un verdadero tratado teatral:

"(...) Ajustad en todo la acción a la palabra, la palabra a la acción, procurando además no superar en modestia a la propia naturaleza, pues cualquier exageración es contraria al arte de actuar, cuyo fin - antes y ahora - ha sido y es - por decirlo así - poner un espejo ante el mundo; mostrarle a la virtud su propia cara, al vicio su imagen propia y a cada época y generación su cuerpo y molde."

En la última parte de la obra domina la muerte, la gran igualadora, desde el absurdo asesinato de Polonio, que no parece hacer mella en el ánimo de Hamlet, a pesar del enorme error cometido, hasta la apoteosis final. La muerte aquí es la gran igualadora, que convierte en polvo a reyes y villanos, ya que "puede un hombre pescar con el gusano que comió de un rey, y comerse el pez que se nutrió del gusano". Entre lenguaje y violencia, el héroe trata de llegar a lo considera la justicia, cegado de cualquier otra consideración, centrado solo en su objetivo, aunque tenga que caer el reino en su afán. El orden que debía ser restituido se transforma en un caos de muertes. La verdadera tragedia de Hamlet es no haber sabido elegir la mejor manera de obedecer las imperiosas órdenes del espectro de su padre.

Respecto a las múltiples adaptaciones cinematográficas de la obra, hay dos especialmente interesantes. La de Laurence Olivier es la versión canónica, la que viene primero a la cabeza cuando pensamos en la gravedad de una pieza literaria como Hamlet. El clima general de la película es sombrío y la arquitectura del castillo donde se desarrolla, convenientemente opresiva. Mucho más luminosa y espectacular es la versión de Kenneth Branagh, que traslada la acción a una Dinamarca decimonónica, rodada en el palacio de Blenheim. De cuatro horas de duración, la producción sigue estrictamente el texto de Shakespeare, aunque se toma libertades que no serían posibles en un escenario, haciendo que los personajes hablen mientras recorren los pasillos de palacio y puedan moverse de unas estancias a otras, e incluso mostrar escenas del pasado, como las relaciones sexuales entre Hamlet y Ofelia. A pesar de su duración, Branagh consigue una película ciertamente entretenida, dando una nueva vida a una obra tan conocida a través de un elenco impresionante, que incluye nombres como Derek Jacobi, Julie Christie, Gerard Depardieu, Charlton Heston, Kate Winslet o Robin Williams, consiguiendo una versión a la vez original y fiel al espíritu de Shakespeare. 

miércoles, 4 de mayo de 2011

THOR (2011), DE KENNETH BRANAGH. EL DIOS DESTERRADO.


Tenía muchas ganas de ver esta adaptación del cómic de la Marvel, porque Thor era uno de mis héroes favoritos en la infancia y por la solvencia de su director, un Kenneth Branagh que podía darle un aire decidamente shakesperiano al conflicto familiar del triángulo Thor-Loki-Odín. Lo cierto es que salí del cine bastante decepcionado, después de las expectativas que me había generado el trailer, porque la película abusa del infantilismo en muchas escenas. De todos modos, también ofrece escenas de buen espectáculo, que es lo que va buscando el espectador en estos tiempos. Aquí el artículo:

Thor es una de las creaciones del mítico Stan Lee para Marvel Comics, la mítica casa editorial que acoge a gran cantidad de populares superhéroes, como Spiderman, Los Cuatro Fantásticos, Hulk o el Capitán América. Todos ellos interactúan en un universo propio que los guionistas tratan de dotar de cierta coherencia y continuidad, aunque esta se haya perdido en muchas ocasiones a lo largo de tantas décadas.
Una de las reglas de estos universos superheróicos es que toda fantasía es posible en su seno. Así pueden convivir en el mismo mundo mutantes, vampiros, dioses, viajeros del tiempo o superhombres por accidente. Así que no es extraño que el dios nórdico del trueno, Thor, tenga su hueco, junto a todos los seres mitológicos que forman parte de las sagas nórdicas. Su principal arma, el martillo o maza llamado Mjolnir se convirtió en una especie de amuleto que ocultaban los escandinavos como resistencia a la cristianización de sus tierras.
 El Thor de Marvel comienza su historia cuando es desterrado por su padre Odín, transformándolo en un ser humano, el doctor Donald Blake, para que aprenda humildad. Posteriormente el doctor encontrará su martillo y conocerá su verdadera identidad, siendo miembro fundador de Los Vengadores, junto a otros superhéroes como Iron Man o Hulk. Este será el estreno cinematográfico del próximo año, según el plan de la compañía de llevar progresivamente a sus héroes más conocidos a la pantalla grande.
En la versión cinematográfica Thor (Chris Hemsworth) es también desterrado por Odín (Anthony Hopkins) por haber reanudado la antigua guerra de los asgardianos contra los gigantes del hielo. La película comienza de manera muy espectacular, mostrando los grandiosos escenarios de Asgard y la trama promete ser del gusto de su director, Kenneth Branagh, un especialista en Shakespeare, pues muestra el conflicto entre un rey anciano y dos hijos que se disputan su herencia.
 Bien es cierto que a este tipo de realizaciones no se les puede pedir gran profundidad, pero la trama se infantiliza en exceso durante la estancia de Thor en nuestro mundo, recordando a películas como "Tarzán en Nueva York" o "Cocodrilo Dundee", donde el héroe, que proviene de un ambiente muy distinto al nuestro, provoca situaciones cómicas y continuos equívocos al intentar adaptarse a nuestras costumbres. La aparición de sus amigos, los tres guerreros (un trasunto de los tres mosqueteros de Alejandro Dumas) acompañados de la diosa Sif resulta bastante esperpéntica.
El conflicto principal de la historia se resuelve de manera precipitada. Solo las maquinaciones de Loki, el hermanastro de Thor, interpretado con solvencia por Tom Hiddleston, resultan interesantes. La interpretación de un gran actor como Anthony Hopkins resulta desaprovechada, pues durante buena parte del metraje se encuentra sumido en el sueño, por exigencias del guión. Respecto a la historia de amor entre Thor y Jane Foster (Natalie Portman) es insustancial, debido a que hay poca química entre sus protagonistas.
 "Thor" ofrece un buen espectáculo en sus escenas de acción, como no puede ser de otra manera en estos tiempos, pero no logra plasmar en la pantalla el espíritu del cómic que alumbraron artistas como Jack Kirby y, sobre todo, Walter Simonson, que supo desarrollar todas las posibilidades del dios asgardiano, aunando magistralmente mitología, drama y comedia y, lo que es más importante, humanizando al personaje sin hacerle perder ni un ápice de su grandeza.

Es posible que a Kenneth Branagh no le hayan dejado realizar la película que a él le hubiera gustado. Es posible que la franquicia tenga unas exigencias y que haya tenido que simplificar en demasía la historia que le hubiera gustado contar. En cualquier caso, no dejaremos de ver a Thor en la pantalla, pues ya está anunciado su encuentro con Tony Stark y el Capitán América (película de próximo estreno también) en "Los Vengadores".