Mostrando entradas con la etiqueta historia antigua. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta historia antigua. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de agosto de 2025

SESENTA MILLONES DE ROMANOS (2009), DE JERRY TONER. LA CULTURA DEL PUEBLO EN LA ANTIGUA ROMA.

La historia la escriben no solo los vencedores, sino también las clases sociales más pudientes. Visitar hoy el Foro romano, esa maravilla que atestigua la grandeza de esta civilización puede parecer un poco engañoso, ya que la gran mayoría de la población de esta gran urbe vivía en condiciones de precariedad, cuando no de extrema pobreza. Sesenta millones de romanos se adentra en las duras condiciones de vida de esa mayoría que apenas podía disfrutar de las ventajas de habitar en el seno de un Imperio victorioso, poseedor de gran parte del mundo conocido. Si conocemos más o menos bien la historia política y militar de Roma gracias a numerosos escritos, estudiar las condiciones de vida de la gente común se convierte en un ejercicio mucho más complicado. Pero hay muchos indicios - también de fuente escrita - que permiten hacernos una idea de que el esplendor imperial era un privilegio reservado solo a unos pocos:

"Este es un libro acerca de la cultura del pueblo en el mundo romano. La mejor forma de definir la cultura del pueblo es, probablemente, de manera negativa: la cultura de la no élite. La no élite (a la que también me referiré como «la gente» o «el pueblo») comprende toda una multitud de grupos sociales diferentes: campesinos, artesanos, peones, curanderos, adivinadores, cuentacuentos y artistas del espectáculo, tenderos y comerciantes; pero también incluye a sus mujeres e hijos y a los desposeídos de la sociedad romana: los esclavos y aquellos que se habían visto reducidos a la indigencia y la mendicidad. La cultura que estos grupos compartían era en gran medida la cultura no oficial y subordinada de la sociedad romana."

Los pobres de Roma vivían hacinados y cada día era una lucha por la supervivencia, por repartirse los escasos recursos existentes. La gente tenía que arreglárselas para pedir créditos, para consultar a curanderos o adivinos cuando padecían una enfermedad o un problema grave y velar por la seguridad de su familia en una sociedad en la que no existía policía ni apenas servicios públicos. Problemas que siguen existiendo en nuestro mundo moderno, como la salud mental, eran de muy difícil resolución en aquellos tiempos remotos y los males podían atribuirse a demonios o a maldiciones de los dioses, con lo que la solución a los mismos podían ser tan caros como ineficaces. La mayoría de la población debía vivir bajo niveles muy altos de ansiedad, ya que a la muerte era algo muy presente, sobre todo a edades muy tempranas. Que fuera un fenómeno frecuente, no quiere decir que afectara menos que ahora a los seres queridos del fallecido. También eran frecuentes los abusos sexuales, respecto de los cuales, la víctima normalmente no obtenía ningún apoyo de su entorno.

Entre toda esta miseria también existían válvulas de escape: el reparto de grano que se generalizó con algunos emperadores, la diversión que ofrecían los juegos públicos y celebraciones como las Saturnales, una especie de Carnaval del mundo antiguo en el que por unos días los pobres y los esclavos podían olvidar su condición puesto que "eran más que una simple vacación; eran un mundo alternativo sancionado por las autoridades. Todo lo que era culturalmente dominante quedaba derrocado, lo que significa que el comportamiento de la gente se tornaba blasfemo, ordinario, sucio y ebrio. Se establecía un nuevo orden mundial en oposición directa a la seriedad de la alta cultura. Para expresar esta transformación, se usaban tres métodos: en primer lugar, los espectáculos, cabalgatas y números cómicos del mercado; luego, las parodias y chistes que desacreditaban la cultura oficial; y, finalmente, los tacos." Sesenta millones de romanos no es un libro de historia al uso, es más bien una visión antropologica, escrita con un lenguaje claro y sencillo, de lo que significaba ser un ciudadano poco privilegiado del Imperio.

sábado, 10 de mayo de 2025

EL MUNDO CLÁSICO (2005), DE ROBIN LANE FOX. LA EPOPEYA DE GRECIA Y ROMA.

Occidente es hijo de Grecia y Roma. Conocer la historia del mundo clásico es crucial para ser conscientes de las raíces de nuestra cultura, de nuestro derecho y de nuestro sistema político. Pero sería un error pensar que aquellos hombres y mujeres eran exactamente como nosotros, puesto que sus sociedades tenían unos valores muy distintos y además vivían en un mundo mucho más peligroso. Una de las constantes en la Grecia clásica son las continuas guerras, tanto internas en la península griega y Asia Menor como los conflictos con el imperio persa o con otras potencias en su expansión por el Mediterráneo. Aquí destaca por supuesto la figura de Alejandro Magno, alguien que consiguió la hazaña imposible de derrotar al imperio persa y conquistar un inmenso imperio en pocos años. No hay que olvidar que en Grecia, a pesar de las amenazas incesantes, fue posible el desarrollo de una cultura que cimentó la nuestra: Sócrates, Platón, Aristóteles, Sófocles, Aristófanes, Pericles, Demóstenes... 

Los grandes temas que dividían a los hombres en la Antigüedad tenían que ver con los conceptos de libertad, justicia y lujo:

"Las victorias de los griegos sobre los bárbaros persas y cartagineses tuvieron que ver a todas luces con los tres grandes temas de nuestro libro. Tanto cartagineses como persas poseían mucha más riqueza que los griegos de cualquier ciudad-estado y su nivel de «lujo» era igualmente superior. Se propusieron acabar con la libertad política de los helenos y, si se hubieran alzado con la victoria, habrían sustituido la justicia de éstos por la suya. Pero el lujo no fue el principal motivo de su fracaso. Más bien fue la libertad el valor fundamental que se escondía tras las victorias de los griegos, y fue la falta de libertad como fuerza impulsora el motivo fundamental del fracaso del ejército persa y de las tropas mercenarias cartaginesas. También fueron importantes las innovaciones militares introducidas por los griegos, los hoplitas provistos de armaduras metálicas, especialmente los espartanos, y las naves atenienses recién construidas. Pero todo esto tuvo también que ver con una serie de valores subyacentes. En 650 a.C. la introducción de los hoplitas tuvo que ver con la exigencia de justicia que luego se encargarían de atender tiranos y legisladores. La fuente suprema de hoplitas sería el sistema espartano y éste también abordaría el problema de los excesos causados por el lujo y la necesidad de permanecer «libres» de la tiranía."

También en Roma, la heredera espiritual de Grecia, prevalecieron esos temas. Robin Lane Fox pone especial énfasis en la época de Julio César y en la transición de la República Romana en un imperio gobernado por emperadores con un senado cada vez más debilitado. Toda esta epopeya confluye en el periodo de mayor esplendor del Imperio, con Trajano y, sobre todo, su sucesor Adriano, el hombre en el que se unifican la cultura romana y la griega, ya que llegó a pasar un año entero en Atenas impregnándose de aquel mundo y tomando conciencia de su inmensa herencia. Se ocupó de que restauraran monumentos antiguos y creo otros nuevos siempre respetando la impronta clásica de aquella inmensa herencia de la que debían aprovecharse los romanos. Adriano, que aparece constantemente en numerosos capítulos de El mundo clásico, fue además una especie de turista que dedicó algunos años a recorrer las posesiones del imperio mientras disfrutaba con su amante a la griega. Para su retiro construyó una impresionante villa, cuyos restos todavía pueden visitarse, que es una especie de resumen de la fusión de ambas culturas y una especie de recordatorio permanente de cuanto debía Roma a Grecia. 

El mundo clásico puede parecer un volumen abrumador por su extensión, pero sumergirse en sus páginas supone un recorrido fascinante y ameno por nuestro pasado más remoto. Y todo ello con la garantía de rigor que supone leer a uno de los grandes historiadores de nuestro tiempo.

sábado, 30 de noviembre de 2024

HEREJÍA (2024), DE CATHERINE NIXEY. LAS VIDAS DE JESUCRISTO Y OTROS SALVADORES DEL MUNDO ANTIGUO.

La palabra herejía, de connotaciones tan negativas con la llegada del cristianismo, originariamente simplemente significaba elección. Es esa posibilidad de elección la que eliminó ese cristianismo triunfante que persiguió toda disidencia y al que la historia recuerda todavía como religión perseguida por los romanos. Catherine Nixey ha escrito un ensayo muy ameno de cómo convivieron durante siglos distintas interpretaciones del mensaje de Cristo, distintos Evangelios (algunos ciertamente muy insólitos) y cómo finalmente triunfó la versión que todos conocemos hoy. Pero podría muy bien no haber sido así, porque se trató de una competencia feroz entre distintas visiones del mensaje de Cristo que fueron reprimiéndose desde el poder, cuando el cristianismo pasó a ser la religión oficial del Imperio:

"Durante aquellos años la magnífica variedad religiosa que en otro tiempo había florecido dentro del Imperio romano empieza a desvanecerse. Empieza a desvanecerse la enorme y sorprendente profusión de aquellos cristianismos primitivos: sectas que adoraban a un solo ser divino, o a dos, o a una divinidad masculina-femenina, o a un Jesús que se había reído durante su crucifixión. Y no siempre debido a fuerzas hostiles; algunas de esas sectas no habría sido preciso reprimirlas y se hubieran extinguido de todas maneras. Algunas estaban ya medio muertas; sencillamente, el hecho de que nazca una religión no significa que vaya a sobrevivir."

Si el recuerdo de todas estas herejías que presentaban a Jesús como un niño asesino, como un anciano con barba o con la apariencia de un dios griego se ha desvanecido en el tiempo es porque la persecución de las mismas fue implacable y su éxito incontestable, aunque algunas permanecieron vivas en lugares remotos y fueron descubiertas muy posteriormente. Uno de los relatos más curiosos del siglo I es el de Apolonio, un Jesucristo alternativo cuya historia quizá sirvió de inspiración a la que hoy conocemos o quizá fue al contrario. Lo cierto es que sabemos muy poco de aquella época, ya que las fuentes alternativas se fueron destruyendo despiadadamente y solo permaneció el relato oficial que ha llegado hasta nuestros días, en el que el cristianismo aparece como una religión perseguida que acaba triunfando por la virtud de sus militantes y se obvia la feroz persecución a los herejes emprendida cuando los cristianos toman el poder. 

Como sucedía con La edad de la penumbra, Herejía es un relato deslumbrante acerca de los orígenes de nuestra cultura, unos orígenes que podrían haber sido muy diferentes si hubiera triunfado alguno de los relatos alternativos sobre la vida de Jesús que compitieron en aquel escenario verdaderamente darwiniano. Conocer las auténticas fuentes de la Historia nos permite relativizar el relato de los vencedores y asomarnos, aunque nuestra visión sea muy deficiente, al de los vencidos, a una riqueza cultural y religiosa que se fue extinguiendo por la dureza de la represión emprendida contra ella. 

viernes, 23 de agosto de 2024

EL DÍA QUE EL EMPERADOR MATÓ UN RINOCERONTE (2015), DE JERRY TONER. PARA ENTENDER EL CIRCO ROMANO.

Uno de los aspectos más llamativos del Imperio Romano es la organización de sus juegos en anfiteatros y circos situados por toda la geografía del Mediterráneo, aunque los principales se daban en Roma, patrocinados en muchas ocasiones por el mismo emperador. Toner comienza su libro con el caso de Cómodo, el emperador con alma de gladiador que participó activamente en los juegos ofreciendo espectáculos de caza de animales (rinoceronte incluido) y luchando personalmente como gladiador, aunque en circunstancias muy diferentes a las retratadas en la película de Ridley Scott. Los juegos eran un espectáculo tan siniestro como fascinante. Requerían una organización muy estricta, empezando por la caza de los numerosos animales que formaban parte del espectáculo y por la formación de los cientos de gladiadores que poblaban las distintas escuelas existentes en Roma. 

Para el ciudadano occidental contemporáneo los juegos representan una verdadera barbarie sádica que reflejaban la fascinación del ciudadano romano por la sangre y la muerte, aunque tampoco hay que olvidar la inmensa popularidad de las carreras de cuadrigas, cuyo recinto en Roma podía albergar a un cuarto de la población. Pero para los romanos eran un elemento fundamental de su vida cotidiana y los consideraban un factor de civilización, ya que se trataba de violencia organizada a la mayor gloria de las tradiciones militares y conquistadoras de los dueños del mundo conocido en aquel entonces. Además, la masa de población ociosa que vivía en Roma y en otras ciudades exigía entretenimiento (el famoso pan y circo) para dar sabor a su existencia:

"Pero una de las razones de la popularidad de los juegos era el alto valor que los romanos concedían al ocio. En latín, la palabra otium era la primera en el orden conceptual frente a su opuesto, el trabajo, que se denominaba como «no ocio», o lo que es lo mismo, negotium. Cierto autor afirmaba en una carta que al pueblo romano le preocupaban por encima de todo dos cosas, el abastecimiento de trigo y los juegos, pero de lo que más se preocupaba era de la segunda. Esto a nosotros podría parecernos contrario al sentido común. Pensaríamos que la gente se preocupa más de la comida que del entretenimiento. El autor, Frontón, era un miembro de las clases altas y acomodadas y podría haberlo malinterpretado. Pero lo cierto es que la mayoría de los emperadores parecen haber creído que el circo era, cuando menos, tan importante como el pan, y gastaron generosas sumas en ambas cosas. Tener dinero para disfrutar de caros entretenimientos era lo que caracterizaba a los ricos. A los romanos de a pie les gustaba participar de esa forma de vida ociosa, y los juegos eran el medio para permitírselo."

El libro de Jerry Toner supone un intento de interpretación de los juegos que va más allá de la tradicional calificación de los mismos como violencia bárbara y gratuita. Se trata de una lectura muy placentera, repleta de anécdotas y de acontecimientos históricos que nos acerca con minuciosidad a un espectáculo que conocemos sobre todo por las numerosas representaciones que ha realizado Hollywood del mismo. Aquí se retratan tanto a los protagonistas del espectáculo - gladiadores, condenados y fieras - como a quienes se encontraban detrás de los mismos, los empresarios que los organizaban y, como no podía ser de otra manera, al público que asistía entusiasmado al anfiteatro o al circo. Una historia fascinante y que ofrece aspectos inéditos que resultan muy interesantes para el lector.

domingo, 6 de diciembre de 2020

HISTORIA DE LA VIDA PRIVADA I (1985), DE PHILIPPE ARIÈS Y GEORGES DUBY (DIR). DEL IMPERIO ROMANO AL AÑO MIL.

La historia no la hacen solo los nombres que aparecen en los libros. La gente común y corriente es la que verdaderamente la hace avanzar y la que sufre sus avatares. La ambición del proyecto de Ariès y Duby no es recuperar vidas individuales olvidadas - aunque a veces podemos asomarnos a mínimos fragmentos de las mismas - sino hablar de las condiciones de vida de campesinos, guerreros, monjes, artesanos o esclavos. Como asegura Georges Duby en la introducción, en la época en la que se trabajó en el proyecto, los historiadores se movían en un territorio prácticamente virgen y el terreno a explorar era tan inmenso que una de las labores más difíciles era seleccionar el material que finalmente formaría parte de la obra, dividida en cinco volúmenes. Los cambios en la vida pública de cada civilización estaban más o menos estudiados hasta ese momento. No así los que se producían en la vida privada, un ámbito mucho más restringido para el estudioso, pero también mucho más interesante en diversos aspectos. Estudiar cómo era una jornada cotidiana de un noble romano, por ejemplo - a qué hora se levantaba, dónde recibía a sus clientes, qué comía, con quien se relacionaba, dónde hacía sus necesidades o cómo era su vida sexual - ofrece resultados tan detallados que nos hacen emparentarnos con la gente que habitaba en épocas remotas y a las que reconocemos como plenamente humanas, nuestros iguales.

La sociedad romana se encontraba brutalmente jerarquizada. Aunque existía un Estado y un derecho privado muy desarrollado, era difícil que nuestra idea de Justicia llegara a todos los ciudadanos:

"El mundo romano no contaba con una verdadera policía; los soldados del emperador (como el centurión Cornelio, del que nos habla el Evangelio) eran los encargados de reprimir las revueltas y perseguir a los bandidos, pero apenas si se ocupaban de la inseguridad cotidiana, que ofendía menos la “imagen de marca” que el Estado romano quería ofrecer de su autoridad soberana; eran los notables de las ciudades quienes organizaban ocasionalmente milicias cívicas. La vida cotidiana se parecía a la del Far West americano: no había policía en las calles, ni gendarmería en el campo, ni acusador público. Cada uno se defendía y se tomaba la justicia por su mano, y el único procedimiento eficaz, tanto para los pequeños como para los menos grandes, consistía en ponerse bajo la protección de alguien poderoso. ¿Pero cómo protegerse contra el poderoso, y quién protegería a unos grandes contra otros? Secuestros, usurpaciones y prisiones privadas para los deudores eran moneda corriente; cada ciudad vivía aterrorizada por los tiranuelos locales o regionales, a veces lo suficientemente protegidos como para atreverse a desafiar a un personaje tan importante como el gobernador de la provincia. Un poderoso no vacila en apoderarse de las tierras de uno de sus vecinos pobres; y ni siquiera dudará en un momento dado en atacar el “rancho” de otro potentado a la cabeza de sus hombres, esclavos suyos. ¿Qué hacer contra un tipo así que se ha enriquecido a vuestra costa? Las posibilidades de obtener justicia dependen de la buena voluntad de un gobernador de provincia muy ocupado, obligado a tratar con miramiento a los poderosos por razón de Estado y aliado suyo mediante una red de amistades e intereses. Su justicia, si la ejerce, será un episodio de la guerra de clanes, una inversión de las relaciones de fuerza."

En cualquier caso, había posibilidades de una vida razonablemente buena en Roma, si se tenía éxito en el comercio o si uno lograba caer en gracia a algún noble con influencias. Las mujeres lo tenían bastante más complicado, dado que la sociedad antigua sí que constituía un auténtico patriarcado. Pensadores como Cicerón definían a las mujeres como niños grandes con caprichos de adolescentes que debían ser controladas muy de cerca por sus maridos. Peor lo tenían los esclavos, aunque también en este caso había algunos que lograban una vida tolerable en un hogar noble e incluso podían aspirar a comprar su libertad con el paso de los años, conociendo un cariño por parte de sus dueños similar al que podemos otorgar hoy día a un animal doméstico. Pegar a un esclavo en un arranque de ira no era una acción legalmente reprobable, pero sí lo era moralmente, no por el daño que se infligía al esclavo, que al fin y al cabo era poco más que una posesión ordinaria, sino por la imagen que daba el agresor frente a sus iguales de hombre de personalidad poco serena, incompatible con el carácter tradicional romano. 

La revolución cristiana tiene que ver con el desarrollo de una vida interior diferente, más profunda, que tiende hacia una perfección que no existe en este mundo. El Estado como tal desaparece y el territorio se divide entre reyezuelos que entran en frecuentes disputas. Los clanes familiares se asimilan a clanes guerreros cuyos miembros se protegen mutuamente en un mundo que se va volviendo paulatinamente más peligroso y brutal. La esperanza de vida es muy baja y guerras. hambrunas y enfermedades son compañeras cotidianas del hombre. Solo los monasterios parecen ser remansos de paz y de sabiduría, donde se encierra y se protege - con algunas censuras - el saber acumulado en siglos anteriores. El monje ideal es un ser obediente y casto que ha renunciado al mundo y anhela una vida serena. Muchos de ellos pasan largas jornadas copiando libros en la biblioteca, una tarea que ayudó de manera extraordinaria a la configuración posterior de Occidente:

"Estos progresos indudables de la vida interior se daban también en otro hombre solitario, el escriba. Este monje, que no tiene la suerte de estar en el calefactorio como sus hermanos y que se queja a veces, mediante las inscripciones que ha dejado en el colofón de los manuscritos, de que tiene frío, que falta todavía mucho para la hora de la comida o que la tinta se le ha congelado en el tintero, es uno de los actores menos conocidos de la historia. (...) Sin embargo, el trabajo del escriba era muy penoso. Cuando se hallaban varios en una misma sala, se les obligaba a estar callados a fin de concentrarse mejor. El libro, o el rollo por copiar, se encontraba sobre un pupitre. El escriba hacía su trabajo con una cañita hendida o con más frecuencia, durante la época carolingia, con una pluma de ave, bien sobre sus rodillas, bien sobre una plancha o tabla. Previamente, había tenido que trazar con una punta seca líneas y trazos verticales a fin de determinar los márgenes y las columnas. Junto al escriba propiamente dicho podemos poner otros trabajadores solitarios: correctores, rubricadores, pintores, iluminadores y encuadernadores. Cuando se inventó en Corbie la minúscula carolingia, a fines del siglo VIII, luego generalizada, este carácter muy legible (equivalente a nuestra actual letra romanilla o “redonda”) hubo de ser caligrafiado y no escrito de un solo trazo, como la cursiva rápida merovingia. Este progreso aumentó también el trabajo del escriba. Duro menester, al decir de uno de ellos: “Oscurece la vista, le encorva a uno, hunde el pecho y el vientre, perjudica a los riñones. Es una ruda prueba para todo el cuerpo. Por eso, lector, vuelve con dulzura sus páginas y no pongas los dedos sobre las letras”. La tarea de copiar era por tanto una forma auténtica de ascesis, del mismo modo que la plegaria o el ayuno, un verdadero remedio para curar las pasiones y sujetar la imaginación mediante la atención de los ojos y la tensión de los dedos que reclamaba. Se necesitaba un año de trabajo para copiar una Biblia nada más. Se han podido conservar, gracias a los escribas carolingios,  más de ocho mil manuscritos. Entre ellos está la casi totalidad de los autores antiguos conocidos."

Historia de la vida privada es un prodigio de información, ofrece al lector una amplia visión panorámica de la existencia cotidiana de unos antepasados en los que podemos reconocernos, al menos en muchos de los aspectos de su privacidad. Una lectura intensa y exigente, propia de las obras más ambiciosas. Me quedo con el epitafio anónimo encontrado en una sepultura romana, una especie de mensaje a los hombres del futuro:

“He vivido mezquinamente durante toda mi existencia, por eso os aconsejo que viváis más placenteramente que yo. La vida es así: se llega hasta aquí, y ni un paso más. Amar, beber, ir a los baños, eso es la verdadera vida: después, no hay nada más. Yo, por mi parte, no seguí nunca los consejos de ningún filósofo. No os fiéis de los médicos; ellos son los que me han matado."

martes, 12 de mayo de 2020

EL UNIVERSO, LOS DIOSES, LOS HOMBRES (1999), DE JEAN-PIERRE VERNANT. EL RELATO DE LOS MITOS GRIEGOS.

El origen de los mitos es incierto. Son relatos que se pierden en la noche de los tiempos, que nacieron junto a la inteligencia de un ser humano que intentaba encontrar explicación a la existencia del mundo que lo rodeaba. Desde muy temprano se pensó que los fenómenos físicos de toda índole debían ser provocados por seres invisibles o por espíritus, que poco a poco se convirtieron en dioses: seres superiores pero con aspecto humano, que de hecho convivieron con el hombre durante mucho tiempo. Así pues, aunque el mito está vinculado a la literatura, va más allá de los límites de ésta, puesto que que se supone que son verdades que no cuentan con una autoría individual:

"Este se presenta en forma de un relato procedente de la noche de los tiempos, preexistente a cualquier narrador que lo recoja por escrito. En ese sentido, el relato mítico no depende de la invención individual o la fantasía creadora, sino de la transmisión y la memoria. Este vínculo íntimo y funcional con la memorización acerca el mito a la poesía, que, en su origen, en sus manifestaciones más antiguas, puede confundirse con el proceso de elaboración mítica. El caso de la epopeya homérica es, desde este punto de vista, ejemplar. Para tejer sus relatos sobre las aventuras de héroes legendarios, la epopeya utiliza al principio los métodos de la poesía oral, compuesta y cantada ante los oyentes por generaciones sucesivas de aedas inspirados por Mnemósine, la diosa de la memoria, y hasta mucho después no es recogida por escrito en una redacción encargada de establecer y fijar el texto oficial."

La mitología es algo tan humano que está presente en todas las culturas, pero a nosotros nos fascina especialmente la greco-romana, puesto que muchas de nuestras tradiciones - también buena parte de las cristianas - tienen su raíz en estos relatos. Jean-Pierre Vernant cuenta que la motivación principal para escribir este libro viene de las historias que contaba a su nieto y que éste escuchaba fascinado, probándose así que el poder de estos relatos se renueva de generación en generación. La oralidad en la transmisión también refuerza su capacidad de evocación: debían contarse ante un público fascinado y absolutamente entregado, buena parte del cual debía creer a pie juntillas las hazañas de Ulises o Perseo, como si de un relato histórico se tratara.

En realidad el libro de Vernant no aporta nada nuevo: simplemente es un recordatorio de algunos de los mitos griegos: la creación del mundo, la guerra contra los titanes, el triunfo de los dioses, sus relaciones con los hombres, Troya, Ulises... Pero es una lectura agradable, que refresca aquello que aprendimos por primera vez en la infancia y adolescencia y que tanto se asemeja a la fascinación actual por los cómics y películas de superhéroes. 

miércoles, 11 de julio de 2018

LA EDAD DE LA PENUMBRA (2017), DE CATHERINE NIXEY. CÓMO EL CRISTIANISMO DESTRUYÓ EL MUNDO CLÁSICO.

Las imágenes de hace un par de años, de soldados del Estado islámico destruyendo los valiosos restos de Palmira estremecieron al mundo entero y fueron calificadas de manera unánime como un acto de barbarie, contra la cultura y la civilización. En aquella ocasión, pocos comentaristas se acordaron de que, dieciseis siglos antes, los primeros cristianos que consigueron hacerse con el poder temporal, emprendieron una campaña igualmente brutal contra los símbolos paganos, contra los templos, contra las estatuas y contra los escritos de una cultura que había durado mil años. La historia oficial del cristianismo siempre ha enseñado que dicha transición fue un proceso esencialmente pacífico y que la mayor parte de la gente aceptó con entusiasmo la llegada de la nueva religión. Catherine Nixey, consciente de que la historia la escriben los vencedores, intenta acercarse en esta obra memorable a la verdad de aquellos hechos tan remotos y nos muestra un auténtico genocidio cultural que fue silenciado durante siglos. La victoria final del cristianismo fue total, pero lo fue a costa de la completa aniquilación y humillación de la religión y las costumbres de los habitantes del Imperio romano.

Entre otras cosas, Nixey revela que la tan cacareada persecución contra los cristianos no fue tan intensa ni tan terrible como comúnmente se cree. Es posible que sus víctimas fueran cientos, en vez de miles. Si una organización con tanto poder como el Imperio romano hubiera querido exterminar una religión de su seno, sin duda habría tenido éxito. Las campañas de represión contra los cristianos fueron pocas y esporádicas. Lo normal fue una especie de tolerancia vigilante, hasta que, poco a poco, el cristianismo fue logrando un número cada vez mayor de adeptos, seducidos por la promesa de una vida eterna, una oferta sin competencia en el mercado religioso romano. Muchos intelectuales del Imperio se mofaban de la nueva religión. Han llegado hasta nosotros textos enormemente críticos, como el de Celso y se han perdido otros, como los quince volúmenes que dedicó Porfirio a rebatir la fe en Cristo. Un hito importantísimo en esta historia se produjo en el año 313, cuando el Edicto de Milán, promulgado por un recién convertido emperador Constantino decretó una tolerancia a todas las religiones que terminaría allanando el camino al cristianismo hacia el poder absoluto sobre los cuerpos y sobre las almas.

Bien pronto la autodenominada religión del amor empezó a utilizar tácticas de intimidación e incluso de violencia contra los que no eran sus acólitos. Para san Agustín, impedir pecar a un pecador no era crueldad, sino bondad, por lo que podían usarse para ese fin todos los medios que se consideraran necesarios. Acostumbrados a la aceptación de dioses extranjeros en su propio panteón, muchos romanos miraban asombrados y preocupados cómo los seguidores de Cristo predicaban la intolerancia frente al resto de creencias y se burlaban de los cultos paganos, considerando que eran obra del demonio. Ya en el siglo IV, voces como la de Quinto Aurelio Símaco seguían implorando que se siguiera un camino de tolerancia religiosa, mientras los viejos cultos romanos se desmoronaban frente al rodillo cristiano:

"Por eso os rogamos que haya paz para los dioses patrios (...). Es razonable considerar único lo que todos honran. Contemplamos los mismos astros, el cielo es común a todos, nos rodea el mismo mundo. ¿Qué importancia tiene con qué doctrina indague cada uno la verdad?"

El genocidio cultural fue impresionante: uno tras otros los templos de los dioses tradicionales romanos fueron atacados y destruidos con saña. Quienes se oponían, eran asesinados. Las estatuas (algunas, obras maestras de la escultura), eran decapitadas y mutiladas, para hacer salir de ellas los presuntos demonios que moraban dentro. Se produjo también una campaña implacable contra la cultura escrita: tan solo el diez por ciento de la literatura romana ha llegado a nuestros días, a consecuencia de ésta. Los monjes no tenían reparo en tomar piedras pómez y raspar los antiguos manuscritos para escribir sobre ellos obras de doctrina de la Iglesia. La prohibición de libros por parte de la Iglesia es una antigua tradición que se remonta a casi nuestros días. 

La puntilla al paganismo la puso la infame Ley 1.11.10.2, dictada por Justiano en el siglo VI, que prohibió cualquier enseñanza que no se ajustase a la doctrina cristiana y prácticamente instó a toda la población que no lo hubiera hecho ya, a convertirse. Así también se acabó con los últimos filósofos que enseñaban en la Academia de Atenas. Su último director, Damascio, que ya había tenido que abandonar Alejandría algunas décadas antes, debido a la violencia religiosa, se exilió de Atenas, cerrando para siempre el espacio que había sido símbolo del conocimiento durante tantos siglos. Un velo de oscuridad e intolerancia cayó entonces sobre un mundo que se volvió mucho más ignorante. La doctrina cristiana daba sus últimos pasos para convertirse en una religión totalitaria que regulaba todos los aspectos de la vida de la gente a través del miedo: miedo a la autoridad y miedo a un Dios todopoderoso que vigilaba a los hombres hasta en sus pensamientos más íntimos:

"Una clase muy particular de miedo empezó a aparecer. Como ha señalado Peter Brown, se trata de la perpetua ansiedad de una gente que creía que no solo todos sus hechos, no solo todas sus palabras, sino además todos sus pensamientos estaban siendo observados."

La historia la escriben los vencedores. El advenimiento del cristianismo quedó como un relato heroico repleto de santos y mártires. El trabajo del historiador cristiano no era registrarlo todo, sino solo aquello que ejerciera un bien en los cristianos que lo leyeran, por lo que se aseguraron de que la visión de los vencidos quedara borrada. Un libro como La edad de la penumbra, riguroso, divulgativo y admirablemente escrito, ayuda a recuperar la verdad de aquel proceso y nos hace escuchar la voz de unas víctimas perdida en el devenir de los siglos. 

viernes, 25 de agosto de 2017

ROMA. UNA HISTORIA CULTURAL (2011), DE ROBERT HUGHES. CAMINANDO POR LA CIUDAD ETERNA.

Pasear por Roma, con todo el tiempo del mundo por delante, es uno de esos placeres a los que se somete de buen grado cualquier amante del arte, de la historia, de la literatura o simplemente cualquier persona con una pizca de buen gusto estético. La ciudad abruma con una sorprendente mezcla de periodos históricos y estilos arquitectónicos que se dan cita en sus edificios, desde los antiguos romanos hasta Mussolini. Visitar el foro produce una especie de cosquilleo nervioso, pues la vista de tan formidables ruinas evoca la grandeza de un Imperio que se creía eterno y del que hemos heredado elementos tan importantes de nuestra vida cotidiana como la lengua o el derecho. 

Pero en Roma podemos deleitarnos observando cómo, en numerosas ocasiones, el poder papal reciclaba los elementos antiguos procedentes del foro o de edificios como el Coliseo, las termas de Caracalla o el Panteón, para engrandecer sus propios monumentos a bajo coste. Resulta increíble que a día de hoy podamos admirar la columna de Trajano prácticamente intacta, así como algunos arcos triunfales o el ya nombrado Panteón, que fue transformado en templo cristiano y cuya enorme cúpula fue el modelo para las de la catedral de Florencia y la de San Pedro. Personalmente, he de decir que hemos tenido suerte en esta visita, puesto que el tiempo ha acompañado (temperaturas de no más de treinta grados) y la ciudad se hallaba bastante despejada de turistas - incluso a la Fontana de Trevi se podía bajar con facilidad - excepto en lugares puntuales como San Pedro o el Coliseo, donde se dan cita decenas de viajes organizados, con el consiguiente caos que producen las masas de visitantes sedientos de fotos. 

Otro de los elementos destacados - y de lo que habla Robert Hugues extensamente en su libro - son las iglesias, que uno se va encontrando casi en cada esquina. Cada una de ellas resulta más suntuosa y espectacular que la anterior, casi como si se quisiera reavivar la fe a través de una representación casi teatral de las imágenes sagradas, a través de enormes frescos y mosaicos. Así lo justificaba el papa Nicolás V:

"(...) para crear convicciones firmes y estables en las mentes de las masas incultas, tiene que haber algo que resulte atractivo para la vista... una fe popular que se halle sostenida únicamente por doctrinas nunca será sino débil y vacilante. Pero si la autoridad de la Santa Sede estuviera visiblemente expuesta en majestuosos edificios, en imperecederos monumentos conmemorativos... la fe aumentaría y se fortalecería como una tradición desde una generación hasta la siguiente, y todo el mundo la aceptaría y la veneraría." 

Habré visitado casi treinta iglesias, pero sé que me han quedado muchas, porque Roma es inabarcable. Quizá mi favorita, si es que se pueda elegir alguna, sea la de San Ignacio, puesto que los frescos de la bóveda, de Andrea Pozzo, son insuperables, una ascensión al cielo casi tridimensional que uno no se cansa nunca de contemplar. Muy recomendables también son la de Gesú (que sirvió de modelo a San Ignacio), la Basílica de Santa María la Mayor, la Basílica de San Andrés del Valle, la Iglesia de Santa María de la Victoria (con El éxtasis de Santa Teresa, de Bernini), la Basílica de Santa María de los Ángeles, que está integrada admirablemente en el recinto de las Termas de Diocleciano, o la de San Pedro in Vincoli, con el imprescindible Moisés, una de las grandes obras maestras de Miguel Ángel, entre otras muchas.

El dominio de la Iglesia en la época del barroco no se limitó a los recintos sagrados, sino que contribuyó al embellecimiento de la ciudad a través de plazas tan conocidas como la España, la Navona o la del Popolo, en las que impera la teatralidad y el aprovechamiento de elementos antiguos, como obeliscos egipcios de miles de años de antigüedad que llevaron los romanos a la ciudad como souvenirs de la conquista de Egipto, algo que, combinado con las fuentes de Bernini dan a dichas piazzas una apariencia de espectacularidad sin igual. 

También es bueno salir un poco de las calles más céntricas y caminar hasta lugares un poco más alejados, como el Vaticano, contemplar las perspectivas de la plaza de San Pedro y entrar en sus museos para admirar (apretados junto con otros cientos de personas como en una lata de sardinas), la culminación del arte occidental en la capilla Sixtina, para después disfrutar de los enormes espacios del interior de la Basílica, poniendo el foco de atención, entre otros muchos puntos de interés, en la Piedad de Miguel Ángel y en el Baldaquino de Bernini, que indica el lugar donde supuestamente reposan los restos de San Pedro y para cuya construcción se usó bronce procedente del Partenón. Desde luego una visita al Vaticano difícilmente va a activar la fe espiritual de nadie, sobre todo si cree que la iglesia debería ser una institución pobre y para los pobres, pero sí que va a saciar nuestro apetito de arte y de historia. Otra visita un poco más periférica y encantadora es el barrio del Trastévere, con su hermosísima Basílica de Santa María y su ambiente de fiesta permanente, sobre todo desde un punto de vista gastronómico: cenar en cualquiera de sus restaurantes es un auténtico placer para los sentidos. También es imprescindible, si uno está interesado en la vida cotidina en el Imperio Romano, acercarse a las Termas de Caracalla, un conjunto monumental verdaderamente impresionante, que da una idea del esplendor y el lujo del que llegaron a disfrutar los ciudadanos de Roma en el punto álgido de su imperio. Aunque han pasado siglos y todos sus elementos decorativos han desaparecido, el espesor y la altura de muros y bóvedas hacen que sea inevitable que la imaginación se active paseando por un recinto que podía acoger a miles de personas cada día.

Si piensa usted viajar a Roma próximamente, es muy recomendable la lectura del ensayo de Robert Hughes, un apasionado de la ciudad que conoce todos sus secretos, un auténtico guía que facilita la comprensión de una urbe tan compleja, tan contradictoria y cuyo urbanismo lo han conformado tantos genios, que sería mejor llegar a ella prevenidos contra ataques repentinos del síndrome de Stendhal. Una última recomendación: antes de abandonar la ciudad, hagan una pequeña peregrinación a la Plaza del Campo dei Fiori. Es un espacio más bien recoleto, pero en el centro se levanta con bastante solemnidad la estatua de un monje, con la cabeza tapada con una capucha. Se trata de Giordano Bruno, un monje-filósofo de finales del siglo XVI, que se atrevió a acercarse al sistema de Nicolás Copérnico y a especular con la existencia de mundos habitados más allá del nuestro. Fue quemado en la hoguera como hereje en esa misma plaza. Roma también homenajea a los disidentes de la iglesia católica, a un apóstol de la libertad de pensamiento que se adelantó en un par de siglos a Voltaire.

jueves, 30 de marzo de 2017

EL MITO DEL ETERNO RETORNO (1951), DE MIRCEA ELIADE. ARQUETIPOS Y REPETICIÓN.

Los humanos hemos interiorizado el concepto de historia lineal, de progreso y retroceso histórico, solo desde hace unos cuantos siglos. Una tradición de milenios que aseguraba que la historia era circular nos precede. El hombre arcaico creía que sus gestos, que cualquier acción que pudiera emprenderse, había sido modelada ya anteriormente por otro que no era hombre. Y no solo eso: el mundo en el que habitamos no es más que una imitación imperfecta de otro mundo primigenio, creado antes que éste y que está situado en una especie de nivel cósmico superior. Pero cuando nos referimos a malas acciones o a regiones desérticas u hostiles a la vida, el arqutipo no es aquel mundo primigenio, sino el caos, que acaso es un fenómeno mucho más antiguo y que sigue presente en algunos aspectos de nuestra existencia. Especial importancia tiene la idea de ritual, porque en este caso la sacralidad viene de la evocación del modelo divino en el que se basa: por eso solo puede ser llevado a cabo por alguien cercano a los dioses, como el chamán de la tribu. 

En realidad todas las actividades importantes que regulan la vida humana - la caza, el nacimiento, la muerte... - estaban investidas por el halo de lo sacro, con lo cual contaban con modelos ejemplares instituidos por los dioses. La idea de la reversibilidad y de lo novedoso en la historia humana es bastante reciente. A los primitivos no se les hubiera ocurrido, porque toda su existencia se basaba en la repitición, en la regeneración del tiempo que se repetía simbólicamente cada año con el paso de las estaciones y las actividades que generaba cada una de ellas. La representación del tiempo se parece a esas ruedas de la fortuna que representaban los miniaturistas medievales: a la edad de oro que tan brillantemente evocó don Quijote le sucede una de plata y así sucesivamente, hasta la edad de hierro actual, en la que la vida del hombre supone solo un suspiro respecto a lo que duraban sus predecesores. Pero no obsta para que en algún momento pueda volver la edad de oro y que esa sucesión vuelva a comenzar, una esperanza que está presente en muchos de los escritos de los antiguos. 

Desde luego, nos quedan reminiscencias de estas creencias. Sin ir más lejos, el año litúrgico cristiano que todavía regula la vida una buena parte de la población en occidente:

"El año litúrgico cristiano está, por lo demás, fundado en una repetición periódica y real de la natividad, de la pasión, de la muerte y de la resurrección de Jesús, con todo lo que ese drama místico implica para un cristiano; es decir, la regeneración personal y cósmica por la reactualización in concreto del nacimiento, de la muerte y la resurrección del Salvador."

Pero si bien esto es una realidad de las creencias cristianas, también es cierto que precisamente la presencia de Dios en la historia, convertido en un mero hombre hace que el ciclo de las repeticiones se torne absurdo: ahora la historia tiene un fin, que es la redención de la humanidad y la llegada del Reino: la muerte de Cristo por nuestros pecados solo sucede una vez y el cristiano solo tiene una oportunidad para salvarse y gozar de la vida eterna. Mircea Eliade, uno de los especialistas más reputados en historia de las religiones, con su prosa erudita a la vez que amena y comprensible, es el mejor guía para reflexionar acerca de las creencias de nuestros antepasados y hacernos ver que conceptos que creemos muy arraigados, como el de historia lineal, fueron desconocidos por muchos milenios por nuestros antepasados. 

viernes, 10 de febrero de 2017

SPQR (2016), DE MARY BEARD. UNA HISTORIA DE LA ANTIGUA ROMA.

Cuando se evoca la antigua Roma, muchos piensan en la grandeza de sus monumentos, en su poderío militar, su capacidad de expansión y en la crueldad de sus diversiones públicas. Pero el legado que nos dejó aquella época es mucho más complejo que todo eso: de ahí han salido nuestro derecho, buena parte de nuestra literatura, los fundamentos de nuestra organización política y la base de buena parte de las lenguas europeas. Cuando la Unión Europea está en horas bajas, algunos abogan por implementar el latín como lengua oficial y común de los países que la conforman, quizá para buscar inspiración en unos hombres que, a pesar de que lo hicieran en muchas ocasiones con violencia, llevaron la civilización a muchos lugares remotos y sus habitantes acabaron por beneficiarse del hecho de ser conquistados. Pero la historia de Roma no se resume en el éxito de un pueblo belicoso y conquistador. Los sucesos históricos, que nosotros desde el presente podemos apreciar como inevitables, jamás siguen una línea clara y casi siempre están influidos por las circunstancias más azarosas. El paso de la República al Imperio, que tantos debates ha suscitado, es retratado aquí como el enfrentamiento entre un puñado de hombres ambiciosos, de entre los cuales salió triunfante uno de los que a priori parecía más débil, el futuro emperador Augusto:

"Cuando se destripa la historia hasta sus fundamentos más básicos y brutales, vemos que consiste en una serie de momentos y conflictos clave que condujeron a la disolución del Estado libre, en una secuencia de momentos críticos que marcaron las etapas de una progresiva degeneración del proceso político y una sucesión de atrocidades que durante siglos poblaron la imaginación de los romanos."

Obviando la excelente síntesis de los acontecimientos más importantes del primer milenio de Roma, uno de los aspectos más interesantes del ensayo de la flamante premio Princesa de Asturias es su descripción de la vida cotidiana de los habitantes del Imperio. Para la gran mayoría la existencia era pura supervivencia diaria. Los que habitaban las ciudades solían vivir en grandes bloques de apartamentos en los que se acinaban gran número de familias. Las muertes por incendios o por riadas eran frecuentes, puesto que aquella época no existía nada parecido a la planificación urbanística moderna, hasta el punto de que las villas de los ricos se mezclaban con las construcciones más humildes. Seguramente la ciudad de Roma estaba rodeada de barrios de chabolas, construidas con materiales tan precarios que nada nos ha quedado de ellos. 

En aquella época los padecimientos de los pobres o los esclavos (algunos de estos últimos gozaban de una calidad de vida mejor que los primeros) eran objeto de la más absoluta indiferencia por parte de las clases sociales altas, cuya única política social consistía en hacer sobrevivir al pueblo a base del famoso panem et circenses. En cualquier caso, ni siquiera recintos tan enormes como el Coliseo bastaban para que todo el mundo asistiera a los espectáculos y tampoco el reparto de pan llegaba a toda la gente. Ya Cicerón escribió unas líneas despreciando el trabajo manual, unas ideas que son extrañas en los emprendedores tiempos actuales:

"El dinero que proviene de la venta de tu trabajo es vulgar e inaceptable para un caballero... porque los sueldos son efectivamente las cadenas de la esclavitud"

Claro que solo podían expresarse así quienes habían tenido el lujo de nacer en una familia antigua y rica. La gran mayoría de los habitantes del Imperio apenas cambió su vida con la conquista romana, aunque los beneficios a medio plazo fuesen indudables: para los que trabajaban la tierra la vida era tan dura como siempre, situación que se prolongó hasta siglos después de la caída de Roma. 

Mary Beard ha tenido el acierto de escribir un libro dirigido al gran público, entretenido y a la vez riguroso. Un buen complemento a su lectura es el visionado de la serie Roma, producida por la HBO, que refleja muy bien las formas de vida descritas en SPQR, en concreto los dramáticos acontecimientos de la segunda mitad del siglo I antes de Cristo.   

Y para terminar, un apunte que nos lleva a una comparación histórica entre nosotros y ellos, en concreto respecto a la política de inmigración actual, comparada con la de una Roma que recibía - casi siempre - a los habitantes de culturas ajenas, a sus costumbres y a sus religiones y las integraba en las suyas propias. Como dijo la propia autora en una entrevista promocional:

"En el imperio romano jamás existió el concepto de "inmigrante ilegal", aunque no quiero decir con esto que tengamos que hacer las cosas como los romanos, pero es verdad que somos muy rígidos a la hora de conceder la ciudadanía."

miércoles, 9 de marzo de 2016

EL REINO (2014), DE EMMANUEL CARRÈRE. LA RELIGIÓN EXTRAÑA.

Si algo tienen los libros de Emmanuel Carrère, que los hacen de inmediato atractivos para el lector, es la sabia combinación de autobiografía, literatura y ensayo, siempre mezclados de forma amena a la vez que con riguroso respeto a la veracidad de lo que está contando. Tanto El adversario como De vidas ajenas se atenían a estos principios, tal y como sucede con El reino, el último de sus trabajos. El reino parte de una más que interesante premisa: su conversión, cuando ya era un hombre adulto, en la treintena, a las antiguas creencias de su niñez, acogidas como una especie de vía de escape a una profunda crisis personal. Como suele ser común en estos casos, no hay conversión sin guías espirituales que ayuden a consolidar la fe, inspiradora y a la vez siempre renqueante, sobre todo cuando su poseedor es una persona culta e inquieta.

Porque la fe es decididamente algo irracional, pero no antinatural. Creer en lo imposible, en lo que no puede probarse, en lo que debería estar al mismo nivel que los relatos de nuestra infancia, debería ser un fenómeno marginal en una sociedad dominada por el pensamiento científico y en la que el acceso a la cultura es más fácil que nunca. Pero no es así. La fe sincera sigue existiendo en un gran número de personas, aunque la iglesia que se dice heredera de Jesucristo se haya convertido en una especie de multinacional con mucho dinero e influencias, cuya clientela no parece demasiado turbada por los continuos escándalos que surgen de su seno:

"(...) es extraño, si te paras a pensarlo, que personas normales, inteligentes, puedan creer en algo tan insensato como la religión cristiana, algo del mismo género que la mitología griega o los cuentos de hadas. En los tiempos antiguos, se puede entender: la gente era crédula, la ciencia no existía. ¡Pero hoy! Si un tipo creyera hoy día en historias de dioses que se transforman en cisnes para seducir a mortales, o en princesas que besan a sapos que, con su beso, se convierten en príncipes encantadores, todo el mundo diría: está loco. Ahora bien, muchas personas creen en una historia igualmente delirante y nadie les toma por dementes. Les toman en serio, aunque no compartan sus creencias. Cumplen una función social menos importante que en el pasado pero respetada y más bien positiva en su conjunto. Su disparate convive con actividades totalmente razonables. Los presidentes de la República hacen una visita de cortesía al jefe de esa grey. Digamos que es extraño, ¿no?"

Lo que intenta hacer Carrère es un ejercicio de autoanálisis, de exploración del propio yo de dos décadas atrás para tratar de comprender las verdaderas motivaciones que lo llevaron a tan insólita decisión. A veces se muestra avergonzado y a veces sorprendido de que esa persona a la que está estudiando se corresponda consigo mismo, sobre todo porque ahora se da cuenta de la fragilidad de su fe y de los autoengaños que le llevaron a aguantar tres años en el seno de la iglesia católica. La fórmula que utiliza para enfrentarse a esos fantasmas, además de la de contemplarse en el espejo del pasado, es la de volver a los evangelios, realizar una lectura crítica de los mismos e intentar así hallar pistas acerca de los auténticos orígenes de la religión mayoritaria en el mundo. Porque lo cierto es que esta fe, nacida en el seno del judaísmo, no contaba en sus primeros tiempos con todas las papeletas para lograr volverse viral, como se dice ahora.

Para emprender esta tarea, el escritor francés hace uso de dos guías de excepción, san Pablo y san Lucas, el evangelista. Nos encontramos así con un viaje muy personal al turbulento siglo I de la era cristiana, en el apogeo de un Imperio Romano que declaró la guerra a los rebeldes de Judea y acabó arrasando el templo de Jerusalén. Precisamente fue este el hecho histórico que posibilitó que a partir del año 70 se produjera un punto de inflexión entre los partidarios de Pablo, que acabarían desarrollando su iglesia en el seno mismo del Imperio y el resto de sectas cristianas, que acabarían en el olvido, incluida la de Santiago. ¿Hasta que punto la doctrina católica actual tiene algo que ver con el mensaje original de Jesucristo? Sin duda se han producido muchas manipulaciones en los textos evangélicos y no todas las fuentes son fiables, aunque alguna provenga de testigos directos de los hechos. Carrère se interesa sobre todo por la versión de Marcos, que parece la más terrenal y, por tanto, la que más podría ajustarse a la verdad, la historia de uno de tantos profetas judíos que surgieron en la época:

"Resumiendo: es la historia de un curandero rural que practica exorcismos y al que toman por un hechicero. Habla con el diablo, en el desierto. Su familia quiere que lo encierren. Se rodea de una banda de parias a los que aterra con predicciones tan siniestras como enigmáticas y que se dan a la fuga cuando le detienen. Su aventura, que ha durado menos de tres años, concluye en un juicio chapucero y una ejecución sórdida; en el desaliento, el abandono y el espanto. En el relato que hace Marcos no hay nada que lo embellezca o haga más amables a los personajes. Al leer esta crónica brutal, se tiene la impresión de estar lo más cerca posible de este horizonte para siempre inalcanzable: lo que sucedió realmente."

Desde mi punto de vista, Carrère es mucho más interesante cuando habla de su experiencia personal, porque no tiene reparos en ser implacable consigo mismo. La segunda parte de El reino es algo más convencional, más cercana a la ciencia histórica, a pesar de que la personalidad del autor sobrevuele todos los textos y los matices de su punto de vista estén siempre presentes. No es fácil analizar las contradicciones del relato del cristianismo, las fuentes dudosas, las tergiversaciones del mensaje original...  Pero lo más sorprendente de todo es la forma en la que arraigó en nuestra cultura, para que siga teniendo vigencia veinte siglos después. En una entrevista concedida a El Cultural, Carrère vuelve sobre la idea de extrañeza que todo esto le produce:

"Yo diría que en el caso del cristianismo hay algo sorprendente: hay una historia, un relato que es seguramente muy bello pero también muy extraño, verdaderamente extraño, como si fuera una historia de ciencia ficción. Estamos tan acostumbrados a ella que no nos damos cuenta, pero si olvidamos esa familiaridad el relato que nos queda es de una enorme extravagancia. No lo digo para polemizar sino porque una de las muchas cosas que me interesaban era que el lector tomara conciencia de esa extraordinaria extrañeza... Para eso lo más importante era imponer una sensación de exterioridad."

Aunque sería verdaderamente insólito, no puede descartarse una nueva conversión del actualmente agnóstico Carrère, ni de cualquiera de nosotros. La religión es eso, un fenómeno social, una opción de vida que puede, en determinadas circunstacias, ser la respuesta a ciertas necesidades urgentes del individuo angustiado. Sabemos que todo es una fábula, que cualquier persona inteligente que se diga creyente, tendrá sus (frecuentes) momentos de duda, pero ahí está, ofreciéndose a quien quiera seguirla, como si el tiempo no hubiera pasado, como si la sociedad no hubiera evolucionado. Después de todo, es una de las características que nos retratan como especie y como individuos. Nos cuesta perder la esperanza, nos cuesta creer que no somos más que átomos y compuestos químicos. Lo verdaderamente revolucionario es lo que hace Carrère: una lectura sin prejuicios de los evangelios. Muchos lo hemos hecho (aunque pocos alcanzando la profundidad del autor francés) y sabemos que, en cualquier caso, el poder católico constituido, poco tiene que ver con las palabras del fundador.