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sábado, 7 de septiembre de 2024

MERLÍN (2006), DE GEOFFREY ASHE. HISTORIA Y LEYENDA DE LA INGLATERRA DEL REY ARTURO.

Casi todos los países europeos, dada la antigüedad de sus orígenes, poseen sus mitos fundacionales, esos relatos repletos de hazañas y seres casi mitológicos que hablan al ciudadano de la pureza de la concepción de su nación y otorgan un sentido a la unidad de la misma. La saga de los caballeros del rey Arturo británica es una de las más fascinantes, todo un ciclo tradicional cuya mitología escrita sigue prolongándose hasta nuestros días. Los personajes de estas sagas distan de ser perfectos, aunque sus espíritus rebosen de anhelo de perfección y la mayoría de sus acciones sean un ejemplo para el lector.

Lo verdaderamente curioso del personaje Merlín - a los que algunos encuentran indicios de basarse en algún personaje histórico - es la interpretación contradictoria que distintos autores hacen de su naturaleza, aunque lo verdaderamente importante es su papel trascendental en el ascenso del rey Arturo y la creación de esa utopía llamada Camelot. A Geoffrey Ashe le interesan sobre todo los aspectos filológicos de esta mitología y su libro es una auténtica recopilación de las fuentes que han relatado la historia de Merlín y el rey Arturo, desde las más remotas a novelas del siglo XX.: 

"Merlín es un enigma. Se trata de uno de los personajes más extraños de la leyenda y la literatura y resulta todavía más enigmático cuando se tiene en cuenta que no hay ningún otro como él, nadie con quien compararlo o clasificarlo. Merlín cambia de forma y desaparece sin más. Lo que siempre se suele decir de él, el punto de partida para cualquier discusión, es que fue el mago de la corte del rey Arturo. Sin embargo, esta apreciación no debería ser más que una anécdota en la vida del mago, ya que su asociación con Arturo, al menos en la forma en la que más nos resulta familiar, es más breve de lo que cualquiera podría imaginar."

martes, 30 de noviembre de 2021

EL ÚLTIMO DUELO (2004), DE ERIC JAGER Y DE RIDLEY SCOTT (2021). APELANDO AL JUICIO DE DIOS.

No hay nada como un buen libro para acercarse a los hechos del pasado, para intentar comprender lo mucho que hemos evolucionado desde la remota Edad Media e intentar interpretar aquella época sin cometer el error de juzgarla a través de la moral del presente.  El ensayo de Eric Jager nos sitúa en las últimas décadas del ominoso siglo XIV para contarnos la historia del último juicio por combate - una práctica totalmente legal, pero ya prácticamente en desuso - que se produjo en Francia. Una narración apasionante, que se basa en documentación y crónicas de la época y que se lee casi si fuera una novela. A través de sus páginas podemos acercarnos de manera verosímil al funcionamiento de una sociedad en guerra casi permanente, con una potente estratificación social y en la que, en la nobleza, la idea del honor era más importante que la propia vida.

La presunta violación de Marguerite de Carrouges a manos de un íntimo amigo de su esposo debió causar considerable escándalo en aquella época. Hay que tener en cuenta aquí que el delito de violación no se producía estrictamente contra la mujer, sino contra la propiedad de su guardián masculino. El honor del caballero Carrouges se veía así mancillado y la única reparación posible para él era hacer confesar al agresor o matarlo en un duelo judicial, que probara que la justicia divina había guiado su brazo. Además, este caso en concreto se veía complicado por el hecho de que sus dos protagonistas pertenecían a dos familias muy importantes de Francia: la de Carrouges, de la antigua nobleza, estaba comenzando a perder el favor de su Señor, debido al empecinamiento de Jean de Carrouges de devolver el esplendor a su apellido frente a su inmensa decepción por no haber heredado el mando de la fortaleza que poseía su padre. Su rival Jacques Le Gris, un hombre muy inteligente que, al contrario de Carrouges, se encontraba en pleno ascenso en la confianza del Señor.

Además de para describirnos un complicado proceso judicial - porque por muy bárbaros que resultaran los procedimientos, las garantías jurídicas ya existían - que es explicado en todas sus fases magistralmente por Jager, El último duelo sirve para asomarnos a la vida cotidiana de un caballero en la Francia del siglo XIV: su interés en hacer un buen matrimonio, su obsesión por aumentar el patrimonio familiar, la necesidad de disponer de herederos lo más pronto posible y su oficio, que le llevaba a pasar largos periodos fuera del hogar ganándose la vida guerreando, a veces en lugares tan distantes como Escocia, anhelando siempre volver a casa con un buen botín obtenido a través de saqueos. Un noble de aquella época debía tener cuidado a la hora de elegir bando en las numerosas batallas internas que se producían en el contexto de la Guerra de los cien años, puesto que en aquella época todavía los ingleses dominaban una parte muy importante del territorio de lo que es el actual Estado francés.

Resulta fascinante también encontrar transcritas las fórmulas exactas que se usaban durante las diferentes fases del procedimiento y las que se utilizaban inmediatamente antes de comenzar el duelo a muerte entre los dos contendientes. Apelaciones a Dios, a la verdad y al honor que son también utilizadas sabiamente en la extraordinaria adaptación cinematográfica de Ridley Scott, en la que el director británico retrata una Edad Media violenta y oscura. Además de ser espectacular en muchas de sus escenas, la película cuida en todo momento la verosimilitud histórica, respetando en todo momento las afirmaciones del riguroso estudio histórico en el que se basa. Quizá sea polémico que su estructura narrativa se haya basado en Rashomon, la película de Kurosawa, algo que puede hacerse algo indigesto para algunos espectadores, pero es un método muy efectivo para hacer comprender que la idea de verdad es algo muy subjetivo, aunque al final comprendemos que la verdad de la víctima es la más importante. No hay héroes en esta historia: todos los personajes se guían por sus propios intereses y la única nobleza que exhiben es la del honor de su apellido. Magníficos intérpretes y estupenda dirección y puesta en escena para una de las producciones cinematográficas más importantes de los últimos años, que resulta ser también una valiosa lección de historia.

P: 9

domingo, 6 de diciembre de 2020

HISTORIA DE LA VIDA PRIVADA I (1985), DE PHILIPPE ARIÈS Y GEORGES DUBY (DIR). DEL IMPERIO ROMANO AL AÑO MIL.

La historia no la hacen solo los nombres que aparecen en los libros. La gente común y corriente es la que verdaderamente la hace avanzar y la que sufre sus avatares. La ambición del proyecto de Ariès y Duby no es recuperar vidas individuales olvidadas - aunque a veces podemos asomarnos a mínimos fragmentos de las mismas - sino hablar de las condiciones de vida de campesinos, guerreros, monjes, artesanos o esclavos. Como asegura Georges Duby en la introducción, en la época en la que se trabajó en el proyecto, los historiadores se movían en un territorio prácticamente virgen y el terreno a explorar era tan inmenso que una de las labores más difíciles era seleccionar el material que finalmente formaría parte de la obra, dividida en cinco volúmenes. Los cambios en la vida pública de cada civilización estaban más o menos estudiados hasta ese momento. No así los que se producían en la vida privada, un ámbito mucho más restringido para el estudioso, pero también mucho más interesante en diversos aspectos. Estudiar cómo era una jornada cotidiana de un noble romano, por ejemplo - a qué hora se levantaba, dónde recibía a sus clientes, qué comía, con quien se relacionaba, dónde hacía sus necesidades o cómo era su vida sexual - ofrece resultados tan detallados que nos hacen emparentarnos con la gente que habitaba en épocas remotas y a las que reconocemos como plenamente humanas, nuestros iguales.

La sociedad romana se encontraba brutalmente jerarquizada. Aunque existía un Estado y un derecho privado muy desarrollado, era difícil que nuestra idea de Justicia llegara a todos los ciudadanos:

"El mundo romano no contaba con una verdadera policía; los soldados del emperador (como el centurión Cornelio, del que nos habla el Evangelio) eran los encargados de reprimir las revueltas y perseguir a los bandidos, pero apenas si se ocupaban de la inseguridad cotidiana, que ofendía menos la “imagen de marca” que el Estado romano quería ofrecer de su autoridad soberana; eran los notables de las ciudades quienes organizaban ocasionalmente milicias cívicas. La vida cotidiana se parecía a la del Far West americano: no había policía en las calles, ni gendarmería en el campo, ni acusador público. Cada uno se defendía y se tomaba la justicia por su mano, y el único procedimiento eficaz, tanto para los pequeños como para los menos grandes, consistía en ponerse bajo la protección de alguien poderoso. ¿Pero cómo protegerse contra el poderoso, y quién protegería a unos grandes contra otros? Secuestros, usurpaciones y prisiones privadas para los deudores eran moneda corriente; cada ciudad vivía aterrorizada por los tiranuelos locales o regionales, a veces lo suficientemente protegidos como para atreverse a desafiar a un personaje tan importante como el gobernador de la provincia. Un poderoso no vacila en apoderarse de las tierras de uno de sus vecinos pobres; y ni siquiera dudará en un momento dado en atacar el “rancho” de otro potentado a la cabeza de sus hombres, esclavos suyos. ¿Qué hacer contra un tipo así que se ha enriquecido a vuestra costa? Las posibilidades de obtener justicia dependen de la buena voluntad de un gobernador de provincia muy ocupado, obligado a tratar con miramiento a los poderosos por razón de Estado y aliado suyo mediante una red de amistades e intereses. Su justicia, si la ejerce, será un episodio de la guerra de clanes, una inversión de las relaciones de fuerza."

En cualquier caso, había posibilidades de una vida razonablemente buena en Roma, si se tenía éxito en el comercio o si uno lograba caer en gracia a algún noble con influencias. Las mujeres lo tenían bastante más complicado, dado que la sociedad antigua sí que constituía un auténtico patriarcado. Pensadores como Cicerón definían a las mujeres como niños grandes con caprichos de adolescentes que debían ser controladas muy de cerca por sus maridos. Peor lo tenían los esclavos, aunque también en este caso había algunos que lograban una vida tolerable en un hogar noble e incluso podían aspirar a comprar su libertad con el paso de los años, conociendo un cariño por parte de sus dueños similar al que podemos otorgar hoy día a un animal doméstico. Pegar a un esclavo en un arranque de ira no era una acción legalmente reprobable, pero sí lo era moralmente, no por el daño que se infligía al esclavo, que al fin y al cabo era poco más que una posesión ordinaria, sino por la imagen que daba el agresor frente a sus iguales de hombre de personalidad poco serena, incompatible con el carácter tradicional romano. 

La revolución cristiana tiene que ver con el desarrollo de una vida interior diferente, más profunda, que tiende hacia una perfección que no existe en este mundo. El Estado como tal desaparece y el territorio se divide entre reyezuelos que entran en frecuentes disputas. Los clanes familiares se asimilan a clanes guerreros cuyos miembros se protegen mutuamente en un mundo que se va volviendo paulatinamente más peligroso y brutal. La esperanza de vida es muy baja y guerras. hambrunas y enfermedades son compañeras cotidianas del hombre. Solo los monasterios parecen ser remansos de paz y de sabiduría, donde se encierra y se protege - con algunas censuras - el saber acumulado en siglos anteriores. El monje ideal es un ser obediente y casto que ha renunciado al mundo y anhela una vida serena. Muchos de ellos pasan largas jornadas copiando libros en la biblioteca, una tarea que ayudó de manera extraordinaria a la configuración posterior de Occidente:

"Estos progresos indudables de la vida interior se daban también en otro hombre solitario, el escriba. Este monje, que no tiene la suerte de estar en el calefactorio como sus hermanos y que se queja a veces, mediante las inscripciones que ha dejado en el colofón de los manuscritos, de que tiene frío, que falta todavía mucho para la hora de la comida o que la tinta se le ha congelado en el tintero, es uno de los actores menos conocidos de la historia. (...) Sin embargo, el trabajo del escriba era muy penoso. Cuando se hallaban varios en una misma sala, se les obligaba a estar callados a fin de concentrarse mejor. El libro, o el rollo por copiar, se encontraba sobre un pupitre. El escriba hacía su trabajo con una cañita hendida o con más frecuencia, durante la época carolingia, con una pluma de ave, bien sobre sus rodillas, bien sobre una plancha o tabla. Previamente, había tenido que trazar con una punta seca líneas y trazos verticales a fin de determinar los márgenes y las columnas. Junto al escriba propiamente dicho podemos poner otros trabajadores solitarios: correctores, rubricadores, pintores, iluminadores y encuadernadores. Cuando se inventó en Corbie la minúscula carolingia, a fines del siglo VIII, luego generalizada, este carácter muy legible (equivalente a nuestra actual letra romanilla o “redonda”) hubo de ser caligrafiado y no escrito de un solo trazo, como la cursiva rápida merovingia. Este progreso aumentó también el trabajo del escriba. Duro menester, al decir de uno de ellos: “Oscurece la vista, le encorva a uno, hunde el pecho y el vientre, perjudica a los riñones. Es una ruda prueba para todo el cuerpo. Por eso, lector, vuelve con dulzura sus páginas y no pongas los dedos sobre las letras”. La tarea de copiar era por tanto una forma auténtica de ascesis, del mismo modo que la plegaria o el ayuno, un verdadero remedio para curar las pasiones y sujetar la imaginación mediante la atención de los ojos y la tensión de los dedos que reclamaba. Se necesitaba un año de trabajo para copiar una Biblia nada más. Se han podido conservar, gracias a los escribas carolingios,  más de ocho mil manuscritos. Entre ellos está la casi totalidad de los autores antiguos conocidos."

Historia de la vida privada es un prodigio de información, ofrece al lector una amplia visión panorámica de la existencia cotidiana de unos antepasados en los que podemos reconocernos, al menos en muchos de los aspectos de su privacidad. Una lectura intensa y exigente, propia de las obras más ambiciosas. Me quedo con el epitafio anónimo encontrado en una sepultura romana, una especie de mensaje a los hombres del futuro:

“He vivido mezquinamente durante toda mi existencia, por eso os aconsejo que viváis más placenteramente que yo. La vida es así: se llega hasta aquí, y ni un paso más. Amar, beber, ir a los baños, eso es la verdadera vida: después, no hay nada más. Yo, por mi parte, no seguí nunca los consejos de ningún filósofo. No os fiéis de los médicos; ellos son los que me han matado."

jueves, 7 de noviembre de 2019

EL MIEDO EN OCCIDENTE (1978), DE JEAN DELUMEAU. LOS DEMONIOS FAMILIARES DE EUROPA.

La historia de Europa no es solo la de sus batallas, la de sus reyes y conquistas. Es también la historia de la existencia de gente anónima, de sus costumbres, de sus mentalidades y de sus esperanzas. La vida de estas personas no fue nada fácil en el periodo en el que se centra Jean Delemeau, los últimos siglos de la Edad Media y los primeros de la Moderna. Antes de la Reforma, la Iglesia católica era el poder absoluto que regulaba la vida social y las prohibiciones a las que se estaba sometido en una existencia cotidiana sometida a pocos cambios, pero dominada frecuentemente por un sentimiento de difícil estudio historiográfico, pero de gran trascendencia humana: el miedo.

Y es que en aquel tiempo se vivía en un combate simbólico con Satán, considerado príncipe de este mundo y responsable de todos los males que asolaban Europa: la peste negra, el hambre, la brujería, el avance de los turcos por el continente, la herejía, las insurrecciones, el temor de la llegada del Anticristo y del fin del mundo y, como colofón, el triunfo del Protestantismo en amplias zonas de Europa. La vida era una constante batalla contra el Maligno y solo la Iglesia tenía los medios y el conocimiento para combatirlo. Se estimaba que eran los pecados de la gente los que atraían la desgracia y los alejaban de Dios. La pronunciación de una mera blasfemia podía atraer la ira divina sobre una ciudad entera. Brujas y hechiceros campaban a sus anchas y maldecían a los vecinos que les caían mal y solo instituciones como la Inquisición podían desenmascararlos. Los constantes brotes de peste, tan mortíferos como impredecibles hacían enloquecer de pavor a las poblaciones, que huían en masa de las urbes afectadas. Tampoco mi ciudad natal se libraba de este mal:

"Un médico de Málaga declaraba durante la peste de 1650 que el contagio fue tan virulento que los hombres se pusieron a huir como los animales salvajes por los campos; pero en las aldeas se recibía a los fugitivos a disparos de mosquetón."

Es difícilmente imaginable como debía ser la angustiosa vida de nuestros antepasados, a los que hechos y palabras les recordaban constamente la fragilidad de la existencia y - lo que es más grave - la facilidad con la que podían condenar sus almas. No bastaba con ser religioso, dicha virtud debía ser demostrada constantemente, puesto que cualquier vecino podía ser denunciado por sus semejantes. Nacer mujer en estas sociedades era ser doblemente sospechoso. La mujer era considerado un ser infantil, cuando no maligno, que debía ser constatemente controlada por los familiares o el marido, un ser impuro al que se le dedicaban sesudos tratados teológicos para prevenir los pecados a los que podía incitar. 

Delumeau, historiador de las mentalidades compone aquí un volumen magistral que se acerca lo mejor posible a la lucha del ser humano ordinario por adaptarse a circunstancias históricas adversas, en un tiempo en el que las exigencias de perfección moral y espiritual eran desmesuradas y el peligro de una muerte horrible estaba siempre presente, porque Satán conocía mil ardides para tentar a los hombres y perderlos. Todo se resume en la lucha contra un Satán que quiere llegar al fin del mundo en condiciones favorables, después de haber arrasado con la virtud de la cristiandad:

"Desde el siglo XIV -durante el que pestes, carestías, revueltas, avance turco y Gran Cisma habían ido sumando sus efectos traumatizantes-, una cultura de "cristiandad" se sintió amenazada. Esta angustia alcanza su apogeo en el momento en que la secesión protestante provoca una quiebra aparentemente sin remedio. Los dirigentes de la Iglesia y del Estado se encuentran más que nunca en la apremiante necesidad de identificar al enemigo. Es, evidentemente, Satán quien dirige, con rabia, su último gran combate antes del fin del mundo. En este asalto supremo utiliza todos los medios y todos los camuflajes. Es él quien hace avanzar a los Turcos; es él quien inspira los cultos paganos de América; es él quien habita en el corazón de los judíos; es él quien pervierte a los herejes; es él quien, gracias a las tentaciones femeninas y a una sexualidad tenida por culpable desde hacía mucho tiempo, trata de apartar de sus deberes a los defensores del orden; es él quien, por medio de los brujos y, sobre todo, de las brujas, perturba la vida cotidiana embrujando a hombres, ganados y cosechas. No tiene por qué resultar asombroso que esos ataques diversos se produzcan al mismo tiempo. Ha sonado la hora de la ofensiva demoníaca generalizada, y resulta evidente que el enemigo no está en las fronteras, sino dentro de la plaza, y que hay que vigilar más aún el interior que el exterior."

lunes, 17 de agosto de 2015

LOS TEMPLARIOS, UNA NUEVA HISTORIA (2001), DE HELEN NICHOLSON. LA REALIDAD DEL MITO.

A raíz del éxito de El código Da Vinci, salieron a la luz cientos de novelas protagonizadas por caballeros templarios, en las que se hacía hincapié en el presunto aspecto esotérico de éstos, algo que ya se venía produciendo desde hace tiempo, pero que la pésima narración de Dan Brown potenció hasta extremos nunca vistos. Desde luego la crónica y el desgraciado final de la Orden del Temple tienen muchos aspectos novelescos, pero un historiador riguroso debe ceñirse a los hechos, como hace Helen Hicholson en este resumen de los dos siglos de existencia de los templarios, estos atrayentes monjes-guerreros que cimentaron su prestigio ante la cristiandad intentando conservar Tierra Santa frente al islam y protegiendo a los peregrinos que allí acudían.

La conquista de Jerusalén, en 1099 y la creación del reino correspondiente, fue una noticia esperanzadora para los cristianos, una señal de que Dios estaba con ellos y contra el infiel. Por fin tenían posesión de la ciudad que había visto caminar a Cristo por sus calles. Pero hacía falta defender el nuevo reino de los intentos musulmanes de reconquista, por lo que el rey Balduino aprobó la petición de algunos caballeros de asentarse en un recinto junto al antiguo Templo de Salomón. De ahí surgió la Orden de los Templarios, que pronto se convertiría en una especie de multinacional que se asentó en prácticamente todos los países cristianos, con apoyo del papa. El pontífice le concedió privilegios al estilo de otras órdenes similares, como la del Hospital, que sería el gran rival de los templarios a la hora de de conquistar prestigio en defensa de la cristiandad y a la postre terminó quedándose con muchos de sus bienes, después de que la Orden del Temple cayera en desgracia a principios del siglo XIV.

Quien ingresaba en los templarios asumía la estricta disciplina de la Orden, que incluía la obediencia absoluta a los superiores y un estilo de vida muy austero, consecuente con una determinada visión de la religión cristiana. Los miembros de la orden debían comprometerse a llevar una vida de castidad y a renunciar a sus posesiones personales. Se esperaba que los caballeros templarios fueran los más temerarios en las batallas con el infiel, puesto que la muerte en la cruzada se consideraba la más honrosa.  De hecho, no solían tomar partido en las guerras intestinas que solían azotar los reinos cristianos: su razón de ser era arrebatar tierras a los musulmanes y defender lo ya conquistado, por lo que la Península Ibérica, en plena Reconquista fue un campo de actuación ideal para el Temple. Nos quedan muchos testimonios de ello, en forma de castillos e iglesias.

En general, el Temple gozaba de muy buena consideración en la sociedad occidental, ya que se suponía que casi todos sus ingresos - las rentas de sus tierras y las donaciones - iban destinados a financiar nuevas campañas en defensa de Tierra Santa. Sí que es cierto que siempre existían rumores acerca de sus riquezas ocultas y su proverbial avaricia, pero en general no se les daba demasiado crédito. A veces la Orden actuaba al modo de un banco donde podían efectuarse depósitos y también se concedían préstamos, aunque evitando la usura. Mucha gente donaba lo que podía a las Órdenes Militares, porque se suponía que eso iba a repercutir positivamente en su alma y en su destino después de la muerte. 

El proceso a los Templarios, relatado magistralmente en El fin de los Templarios, de Andreas Beck, fue toda una sorpresa en occidente y fue acogido con escepticismo por muchos monarcas y nobles, que vieron en esta acción una clara intención del rey francés Felipe IV, en dificultades económicas y aconsejado por sus asesores, por reafirmar su autoridad frente al papa y quedarse con las tierras de la Orden. Se acusó a los templarios de toda clase de herejías, de ser sodomitas y de adorar a ídolos. Las escenas que se vivieron en Francia fueron aterradoras, con gran parte de los miembros de la Orden encarcelados en penosas condiciones y torturados para lograr confesiones. Muchos de ellos, que no quisieron someterse, acabaron sus días en la hoguera. En otros lugares, como en Inglaterra, Francia o Aragón, hubo de acatarse la disolución de la Orden, pero el trato a sus miembros fue mucho más suave. 

El proceso, revisado por muchos historiadores, no ha conseguido sino mitificar aún más a los templarios, a los que la literatura del siglo XIX llegó a vincular con la búsqueda del Santo Grial, algo totalmente fuera de la realidad. En realidad la Orden estuvo formada por hombres rudos, simples y creyentes, que no destacaban por su cultura y cuyo mayor anhelo era servir a la cristiandad peleando en la defensa de los Santos Lugares, algo que sin duda agradaría a Dios. La verdad resulta incluso más fascinante que los mitos que se han ido acumulando a su alrededor y libros como el de Helen Hicholson ayudan a establecer una crónica rigurosa de lo que significó esta Orden en sus dos siglos de existencia medieval.

domingo, 14 de septiembre de 2014

UN ESPEJO LEJANO. EL CALAMITOSO SIGLO XIV (1978), DE BARBARA W. TUCHMAN. GUERRA, PESTE Y CARESTÍA.

A veces me sorprendo cuando alguien asegura  que la época que estamos viviendo es la peor de la historia. Sería bueno que leyeran un poco de historia y se asomaran, por ejemplo, a la realidad del siglo XIV, repleto de calamidades, y que Barbara W. Tuchman estudia de manera tan magistral en este libro.

Según parece, la intención original de la historiadora era escribir una biografía acerca de unos de los personajes más interesantes del siglo, Enguerrand de Coucy, que fue el prototipo de caballero de la época. Vasallo del rey de Francia, los testimonios escritos que nos han llegado coinciden en mostrarlo como un ser muy apreciado por todos, incluso por sus enemigos. Coucy representa lo mejor y lo peor de una manera de entender la guerra, la de la caballería francesa, que pecaba de una insensata seguridad en sí misma, por lo que apenas atendía a las innovaciones bélicas y tácticas que empezaban a asomar para acabar con la forma de guerra medieval. A pesar de haber logrado victorias notables, la doctrina militar de aquel tiempo carecía de la sofisticación suficiente como para sacarles partido. El final de Coucy, después del desastre que supuso la batalla de Nicópolis, planteada como un firme intento de parar los pies a la expansión en Europa del sultán otomano Bayaceto, fue indigno de un caballero. Después de contemplar como los otomanos degollaban a casi todos sus compañeros prisioneros, que varias jornadas antes mostraban una imprudente confianza en su superioridad, fue encerrado hasta que se pagara un cuantioso rescate por su persona. Murió poco después en su cautiverio.

Pero sería erróneo definir Un espejo lejano como una mera biografía de Enguerrand de Coucy, porque el retrato del caballero no es más que una mera excusa para trazar un profundo fresco de la vida en uno de los peores siglos que ha conocido Europa. Fue un periodo marcado por la interminable Guerra de los Cien años, entre Francia e Inglaterra. Pero también por los estragos que causaba la peste negra, por el hambre que causaba en las clases más humildes la guerra y las malas cosechas, por la profunda crisis social y religiosa que acabó en un doloroso cisma entre Roma y Aviñón, por la violencia de las bandas de mercenarios que saqueaban al pueblo y por las sangrientas revoluciones a las que dio lugar todo ello. Para la mentalidad medieval tanta desgracia solo podía significar que Dios había abandonado al hombre a su suerte. Otros aseguraban que todos esos eventos tenían su lógica en la inminente llegada del Anticristo, ayudado por la proliferación de demonios y brujas y, por consiguiente, del fin del mundo.

El conflicto entre Francia e Inglaterra estuvo marcado por la dolorosa derrota francesa en la batalla de Poitiers (1356), que supuso la cautividad de la flor y nata de la caballería y del mismísimo monarca galo, por los que se pidió un rescate que hundió aún más la economía francesa durante años. En cualquier caso, los problemas internos que posteriormente asolaron a los ingleses y las nuevas tácticas defensivas francesas, obligadas por la escasez de su ejército, volvieron a equilibrar la balanza un par de décadas después. En una época en la que la idea de Estado-nación era todavía incipiente, los reyes debían negociar con los distintos señores las condiciones de cualquier campaña y a veces se producían traiciones dolorosas por parte de personajes tan nocivos como Carlos de Navarra. 

Lo cierto es que la principal víctima de la guerra era la gente más humilde, prácticamente abandonada a su suerte por los nobles y por la iglesia, cuando no masacrada por el terror de la peste negra, una plaga caprichosa, que podía acabar con el ochenta por ciento de los habitantes de un pueblo y respetar la villa vecina. Toda esta despoblación y miseria, con hombres y mujeres teniendo que dejar sus aldeas, soldados sin oficio cuando se firmaban las treguas y la población en general teniendo que hacer frente a través de impuestos cada vez más brutales a los gastos de los nobles y la iglesia, conformaban un cóctel explosivo que estalló en forma de brutales levantamientos revolucionarios "para destruir a todos los nobles de la Tierra y que así no haya más" y en la proliferación de las compañías francas, grupos organizados de excombatientes que se dedicaban a extorsionar territorios enteros y con los que nobles tenían que negociar para lograr apaciguarlos.

Era una edad crédula, bastante salvaje, anárquica y de costumbres bárbaras entre las clases populares:

"Entre los pasatiempos aldeanos, había uno en que los jugadores, con las manos atadas a la espalda, competían en matar a cabezazos un gato sujeto a un poste, con riesgo de que les desgarrase las mejillas o les saltase a los ojos. Las trompetas colaboraban a la excitación general. O bien un cerdo, metido en un corral ancho, era acosado por hombres con porras, con regocijo con los espectadores, mientras escapaba chillando hasta que, al fin, perecía a puros golpes. Las gentes medievales, habituadas a las tribulaciones y heridas, disfrutaban con el espectáculo del dolor, antes que sentirse repelidas por él. Los ciudadanos de Mons compraron a la población vecina un criminal para tener el placer de asistir a su descuartizamiento. Tal vez la dura infancia del Medievo produjo adultos que no concedían a los demás mayor importancia que la que ellos habían tenido en sus años de formación."

¿Y qué hacía la Iglesia ante este panorama? Podría parecer que la institución eclesiástica era la última esperanza de quienes lo habían perdido todo, que ofrecería consuelo a los más miserables. La realidad, salvo alguna excepción, era muy distinta. Jamás la Iglesia mostró una rapacidad semejante, una apetencia de bienes materiales tan desmesurada. El mismo papa Clemente VI, escandalizado, se expresaba en estos términos:  

"(...)¿qué predicaréis al pueblo? Si humildad, sois los más soberbios de la creación, hinchados, pomposos y suntuosos en lujos. Si pobreza, sois tan rapaces que todos los beneficios del mundo no os bastan. Si castidad... Pero callemos aquí, que Dios sabe lo que cada uno hace y cómo muchos de vosotros hartáis vuestra concupiscencia." 

Los intereses naturales de la Iglesia se encontraban claramente del lado de los más poderosos. Ambas partes se retroalimentaban. El noble se encargaba de la administración civil, de mantener una apariencia de orden y de recaudar los impuestos y el sacerdote tenía la tarea de amenazar con el infierno a quien no efectuara puntualmente el trabajo del señor, obedeciera las leyes o no pagase sus impuestos y diezmos. La gente del siglo XIV tenía una constante necesidad de comunicarse con Dios, pero no encontraba un mediador fiable en una Iglesia absolutamente corrompida, por lo que proliferaron sectas como los Begardos o los Hermanos del Espíritu Libre, además de las órdenes mendicantes en el propio seno de la Iglesia, que que predicaban una auténtica pobreza y una comunicación directa con Dios, sin mediadores interesados. El remate a las desgracias del siglo fue el cisma y la coexistencia de dos papas, lo que confundía a la gente humilde, que no sabía que partido tomar. Si la Tierra era un valle de lágrimas y la única esperanza estaba en seguir las enseñanzas de la Iglesia para alcanzar la vida eterna tras la muerte, ¿cómo saber cual era la iglesia verdadera? ¿y si siguiendo a uno de los papas se cometía herejía y se enfurecía a Dios? La principal virtud del libro de Tuchman es conseguir que el lector se ponga en el lugar de estos seres desvalidos, se estremezca experimentando los sucesos de una las épocas más oscuras de la humanidad y, sobre todo, agradezca no haber nacido por aquel entonces.