jueves, 11 de marzo de 2021
EL MUNDO DE LA ANTIGÜEDAD TARDÍA (1971), DE PETER BROWN. DE MARCO AURELIO A MAHOMA.
domingo, 6 de diciembre de 2020
HISTORIA DE LA VIDA PRIVADA I (1985), DE PHILIPPE ARIÈS Y GEORGES DUBY (DIR). DEL IMPERIO ROMANO AL AÑO MIL.
La sociedad romana se encontraba brutalmente jerarquizada. Aunque existía un Estado y un derecho privado muy desarrollado, era difícil que nuestra idea de Justicia llegara a todos los ciudadanos:
"El mundo romano no contaba con una verdadera policía; los soldados del emperador (como el centurión Cornelio, del que nos habla el Evangelio) eran los encargados de reprimir las revueltas y perseguir a los bandidos, pero apenas si se ocupaban de la inseguridad cotidiana, que ofendía menos la “imagen de marca” que el Estado romano quería ofrecer de su autoridad soberana; eran los notables de las ciudades quienes organizaban ocasionalmente milicias cívicas. La vida cotidiana se parecía a la del Far West americano: no había policía en las calles, ni gendarmería en el campo, ni acusador público. Cada uno se defendía y se tomaba la justicia por su mano, y el único procedimiento eficaz, tanto para los pequeños como para los menos grandes, consistía en ponerse bajo la protección de alguien poderoso. ¿Pero cómo protegerse contra el poderoso, y quién protegería a unos grandes contra otros? Secuestros, usurpaciones y prisiones privadas para los deudores eran moneda corriente; cada ciudad vivía aterrorizada por los tiranuelos locales o regionales, a veces lo suficientemente protegidos como para atreverse a desafiar a un personaje tan importante como el gobernador de la provincia. Un poderoso no vacila en apoderarse de las tierras de uno de sus vecinos pobres; y ni siquiera dudará en un momento dado en atacar el “rancho” de otro potentado a la cabeza de sus hombres, esclavos suyos. ¿Qué hacer contra un tipo así que se ha enriquecido a vuestra costa? Las posibilidades de obtener justicia dependen de la buena voluntad de un gobernador de provincia muy ocupado, obligado a tratar con miramiento a los poderosos por razón de Estado y aliado suyo mediante una red de amistades e intereses. Su justicia, si la ejerce, será un episodio de la guerra de clanes, una inversión de las relaciones de fuerza."
En cualquier caso, había posibilidades de una vida razonablemente buena en Roma, si se tenía éxito en el comercio o si uno lograba caer en gracia a algún noble con influencias. Las mujeres lo tenían bastante más complicado, dado que la sociedad antigua sí que constituía un auténtico patriarcado. Pensadores como Cicerón definían a las mujeres como niños grandes con caprichos de adolescentes que debían ser controladas muy de cerca por sus maridos. Peor lo tenían los esclavos, aunque también en este caso había algunos que lograban una vida tolerable en un hogar noble e incluso podían aspirar a comprar su libertad con el paso de los años, conociendo un cariño por parte de sus dueños similar al que podemos otorgar hoy día a un animal doméstico. Pegar a un esclavo en un arranque de ira no era una acción legalmente reprobable, pero sí lo era moralmente, no por el daño que se infligía al esclavo, que al fin y al cabo era poco más que una posesión ordinaria, sino por la imagen que daba el agresor frente a sus iguales de hombre de personalidad poco serena, incompatible con el carácter tradicional romano.
La revolución cristiana tiene que ver con el desarrollo de una vida interior diferente, más profunda, que tiende hacia una perfección que no existe en este mundo. El Estado como tal desaparece y el territorio se divide entre reyezuelos que entran en frecuentes disputas. Los clanes familiares se asimilan a clanes guerreros cuyos miembros se protegen mutuamente en un mundo que se va volviendo paulatinamente más peligroso y brutal. La esperanza de vida es muy baja y guerras. hambrunas y enfermedades son compañeras cotidianas del hombre. Solo los monasterios parecen ser remansos de paz y de sabiduría, donde se encierra y se protege - con algunas censuras - el saber acumulado en siglos anteriores. El monje ideal es un ser obediente y casto que ha renunciado al mundo y anhela una vida serena. Muchos de ellos pasan largas jornadas copiando libros en la biblioteca, una tarea que ayudó de manera extraordinaria a la configuración posterior de Occidente:
"Estos progresos indudables de la vida interior se daban también en otro hombre solitario, el escriba. Este monje, que no tiene la suerte de estar en el calefactorio como sus hermanos y que se queja a veces, mediante las inscripciones que ha dejado en el colofón de los manuscritos, de que tiene frío, que falta todavía mucho para la hora de la comida o que la tinta se le ha congelado en el tintero, es uno de los actores menos conocidos de la historia. (...) Sin embargo, el trabajo del escriba era muy penoso. Cuando se hallaban varios en una misma sala, se les obligaba a estar callados a fin de concentrarse mejor. El libro, o el rollo por copiar, se encontraba sobre un pupitre. El escriba hacía su trabajo con una cañita hendida o con más frecuencia, durante la época carolingia, con una pluma de ave, bien sobre sus rodillas, bien sobre una plancha o tabla. Previamente, había tenido que trazar con una punta seca líneas y trazos verticales a fin de determinar los márgenes y las columnas. Junto al escriba propiamente dicho podemos poner otros trabajadores solitarios: correctores, rubricadores, pintores, iluminadores y encuadernadores. Cuando se inventó en Corbie la minúscula carolingia, a fines del siglo VIII, luego generalizada, este carácter muy legible (equivalente a nuestra actual letra romanilla o “redonda”) hubo de ser caligrafiado y no escrito de un solo trazo, como la cursiva rápida merovingia. Este progreso aumentó también el trabajo del escriba. Duro menester, al decir de uno de ellos: “Oscurece la vista, le encorva a uno, hunde el pecho y el vientre, perjudica a los riñones. Es una ruda prueba para todo el cuerpo. Por eso, lector, vuelve con dulzura sus páginas y no pongas los dedos sobre las letras”. La tarea de copiar era por tanto una forma auténtica de ascesis, del mismo modo que la plegaria o el ayuno, un verdadero remedio para curar las pasiones y sujetar la imaginación mediante la atención de los ojos y la tensión de los dedos que reclamaba. Se necesitaba un año de trabajo para copiar una Biblia nada más. Se han podido conservar, gracias a los escribas carolingios, más de ocho mil manuscritos. Entre ellos está la casi totalidad de los autores antiguos conocidos."
Historia de la vida privada es un prodigio de información, ofrece al lector una amplia visión panorámica de la existencia cotidiana de unos antepasados en los que podemos reconocernos, al menos en muchos de los aspectos de su privacidad. Una lectura intensa y exigente, propia de las obras más ambiciosas. Me quedo con el epitafio anónimo encontrado en una sepultura romana, una especie de mensaje a los hombres del futuro:
“He vivido mezquinamente durante toda mi existencia, por eso os aconsejo que viváis más placenteramente que yo. La vida es así: se llega hasta aquí, y ni un paso más. Amar, beber, ir a los baños, eso es la verdadera vida: después, no hay nada más. Yo, por mi parte, no seguí nunca los consejos de ningún filósofo. No os fiéis de los médicos; ellos son los que me han matado."
miércoles, 11 de julio de 2018
LA EDAD DE LA PENUMBRA (2017), DE CATHERINE NIXEY. CÓMO EL CRISTIANISMO DESTRUYÓ EL MUNDO CLÁSICO.
viernes, 10 de febrero de 2017
SPQR (2016), DE MARY BEARD. UNA HISTORIA DE LA ANTIGUA ROMA.
lunes, 14 de noviembre de 2011
RUBICÓN (2003), DE TOM HOLLAND. LA CAÍDA DE LA REPÚBLICA ROMANA.
El viajero que llega a Roma con algún conocimiento de su historia no puede dejar de estremecerse ante la visión de las ruinas del foro, donde durante siglos se tomaron decisiones que determinaban el destino de pueblos enteros. La aventura de los romanos fue la de un pueblo que, con voluntad indomable, conquistó un imperio de extensión nunca vista hasta entonces. Pero el devenir de los acontecimientos no fue nunca fácil, sobre todo en la etapa a la que dedica el británico Tom Holland su ensayo histórico Rubicón, el traumático paso de Roma de la República al Imperio, que estuvo sembrado de guerras civiles.
"Quizás un día, cuando los registros del siglo XX se hayan vuelto tan fragmentarios como los que nosotros tenemos de la Antigua Roma, se escribirá una historia de la Segunda Guerra Mundial que se basará exclusivamente en las alocuciones de radio de Hitler y en las memorias de Churchill. Sería una historia a la que se han amputado dimensiones enteras de la experiencia humana: no habría cartas desde el frente ni diarios de los combatientes. Se haría ese silencio que el especialista en historia antigua conoce tan bien."
Cuando se habla de democracia en la antigua Roma hay que tener la prevención de saber que el concepto no es el mismo que el que se maneja en la actualidad. Desde que la ciudad se libró de los reyes que la habían sojuzgado siglos atrás, la libertad era un valor indiscutible para el ciudadano romano. El secreto del buen gobierno republicano era la división del poder entre las codiciadas magistraturas (cónsules, cuestores, pretores...) y el Senado, alma del cual fue durante muchos años Cicerón. Conseguir hacerse con una de ellas era un prestigio inmenso para el ciudadano, lo cual fomentaba la competitividad, donde se creía que acabarían ganando los mejores. En muchas ocasiones, el mejor modo de hacerse notar ante el resto de ciudadanos era destacar en la carrera militar. Cuantas más conquistas y riquezas acumulara un general, más posibilidades tendría de ser amado por el pueblo.
Bien es cierto que para un romano no era lo mismo nacer en el Palatino, donde vivían las mejores familias, que en el Aventino. Aún así, lo que eran ciudadanos romanos siempre contaban con la posibilidad de subir en la escala social. Los más desgraciados de todos eran los esclavos, seres sin derechos en cuyo trabajo se basaba gran parte de la economía. La libertad del ciudadano era más apreciada cuando se contrastaba con la vida del esclavo:
"No se puede ganar sin que otro pierda", creía todo romano. Todo estatus era relativo. ¿Qué valdría la libertad en un mundo en el que todos fueran libres? Hasta el ciudadano más pobre se sabía inmensamente superior incluso al esclavo mejor tratado. Se prefería la muerte a una vida sin libertad, y de ello era ejemplo toda la gloriosa historia de la República. Si un hombre permitía que lo esclavizaran, entonces es que se merecía su suerte. Esta era la brutal lógica que impedía que nadie cuestionase la crueldad con la que se trataba a los esclavos, y mucho menos la legitimidad de la propia institución de la esclavitud."
Precisamente, una de las grandes pruebas a las que se tuvieron que enfrentar los romanos en el siglo I antes de Cristo fue a la rebelión de esclavos gladiadores liderados por Espartaco, en el año 73, que puso en jaque a la República como nadie antes lo había hecho desde Aníbal. Fue el pretor Marco Licinio Craso, que a la sazón acabaría convirtiéndose en uno de los hombres más ricos de Roma, el que acabó con Espartaco. Años después formaría parte de un triunvirato que se repartió el poder junto a Pompeyo y César.
En esta época, gracias a las riquezas que llegaban de las conquistas de oriente de Pompeyo, el lujo y la obstentación se hicieron populares. Las clases más altas se construían enormes villas en la zona de Nápoles, con fondeaderos para sus yates y las costumbres gastronómicas y de vestimenta se refinaban. En este ambiente la vieja Roma se iba transformando poco a poco en una ciudad imperial y, en el foro, la madera iba cediendo paso al mármol. Sin embargo, la paz era sacudida continuamente por conflictos civiles, como el que enfrentó a Mario y Sila, o como el que posteriormente enfrentaría a César y Pompeyo.
Julio César fue un hombre que ante todo se dejó llevar por una ambición indomable, que ejercía con una mezcla de inteligencia y brutalidad. Un buen romano tenía que ser un hombre hecho a sí mismo, alguien que sacrificara parte de su existencia en servicio y engrandecimiento de la República. Cuando fue designado procónsul de la Galia, vio en ese destino la oportunidad de engrandecer su currículum y se dedicó a provocar las tribus galas para luego someterlas. La campaña de las Galias costó más de un millón de muertos y sometió a otro millón de personas a la esclavitud. Unas cifras que, según Holland, rozan el genocidio. Una visión de César muy diferente a la edulcorada que se tiene hoy día, pero que provocaba la fascinación en sus conciudadanos: el general que vence y que conquista nuevas tierras, siempre tiene razón, aunque lo haga con la oposición del Senado.
Precisamente, esta oposición del Senado, que quería que dejara el mando de sus legiones y se sometiera a juicio, provocó el paso del Rubicón y el inicio de una nueva Guerra Civil contra Pompeyo. Craso, el tercero en discordia, había muerto en oriente de una manera absurda. Vencer sólo trajo a César una paz ilusoria, pues contaba con demasiados enemigos que temían que restaurase la monarquía. Su muerte significó el inicio de nuevos conflictos en los que se vieron involucrados personajes como Cleopatra, Bruto, Marco Antonio o Octavio Augusto, que finalmente terminaría como gran vencedor de esta lucha que se prolongó más de un siglo, instaurando el Imperio Romano y liquidando la República.
Tom Holland ha escrito un ensayo de lectura muy amena, en el que guía al lector con mano maestra entre la maraña de nombres y hechos que acontecieron en pocas décadas. El lector comprobrá asombrado (y un buen complemento a esta lectura es el visionado de la serie Roma, de la HBO), como la forma de vida de los romanos tenía muchos puntos en común con la nuestra. Y es que la mejor manera de saber quienes somos es indagar de donde venimos.
miércoles, 26 de octubre de 2011
23 PUÑALADAS (2008), DE LUCA CANALI. HACIA LOS IDUS DE MARZO.

Estoy viendo en la actualidad la magnífica serie de la HBO "Roma" y esto me motiva a leer acerca de esa época. La HBO es una de las mejores cosas que le ha pasado a la historia de la televisión. Sólo puede estar agradecido de su existencia quien ha pasado horas disfrutando de "A dos metros bajo tierra", "Los Soprano" y ahora "Roma". En esta serie se narra una de las épocas más turbulentas de la historia del Imperio Romano, o más bien el proceso que transformó una República en Imperio y como Octavio Augusto salió triunfante del nido de víboras que era la política romana.
En la primera temporada la trama se centra en Julio César, en como provoca una Guerra Civil para satisfacer su inmensa ambición de poder. César es mostrado como un personaje hábil, inteligente y clemente con sus enemigos, pero que también sabe como usar las alcantarillas del Estado en su beneficio. El César que nos muestra Luca Canali en este libro que leí este verano es un hombre cansado, que está viviendo los últimos días de su vida sin saberlo y que escribe un diario por el placer de hablar consigo mismo en una existencia en la que hay pocas oportunidades para la intimidad:
"En mi vida, de todos modos, no me he dejado nunca condicionar por la amargura. A veces reflexiono sobre los problemas, los discierno, encuentro posibles caminos que parecen cerrados, mi pensamiento se desata, la fantasía - su sierva necesaria - se libera de la árida realidad que amenaza con aplastarlo. Todo esto es para mí la soledad física, es decir, la ausencia de compañía molesta. Lo que ahora me irrita en cambio es la soledad moral, mi sospecha, o la constatación, de tener pocos amigos condicionados por las relaciones de poder y por un interés personal"
El estilo del libro parece que toma de modelo el del propio César en sus conocidas "Guerra de las Galias" y "Guerra Civil": austero y directo. En su diario repasa distintos episodios de su vida e intenta justificarse a sí mismo, como cuando expone la invasión de la Galia como una especie de "guerra preventiva" destinada a impedir futuras emigraciones hacia el sur de los pueblos que habitaban esas tierras:
"Solo los ilusos pueden pensar en un proceder histórico fundado sobre la paz y la solidaridad entre los pueblos y los individuos. Se puede estar seguro de que los historiadores de estirpe gala o germánica verán el desarrollo de los hechos en un modo opuesto al mío. Pero esa es una de las mil paradojas que iluminan la historia y la vida."
Hay cierta melancolía en la voz de César, que es la voz de la soledad del poder. A veces parece anhelar, ahora que parece haber vencido a todos sus enemigos, los tiempos en que cada día era un reto nuevo que superar. El dirigente vencedor sabe que la victoria tiene muchos amigos pero ¿cuantos no son hipócritas que conspiran en las sombras?
Canali ha escrito un libro interesante, haciendo hablar a un César con la sabiduría que da la experiencia, pero no se trata de una novela en absoluto original, puesto que la vida de Julio César ha sido contada ya mil veces. Si se quiere leer una narración realmente soberbia acerca de aquellos días recomiendo (obviando a Shakespeare) "Los idus de marzo", de Thornton Wilder



