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sábado, 20 de junio de 2026

EL CONSUMO DE LA UTOPÍA ROMÁNTICA (1992), DE EVA ILLOUZ. EL AMOR Y LAS CONTRADICCIONES CULTURALES DEL CAPITALISMO.

Es indudable que el amor es un sentimiento primario y de origen biológico. Buscamos el vínculo afectivo con una pareja como mecanismo de reproducción, buscando hijos que perpetuen nuestra estirpe conviviendo con una persona del sexo contrario con la que nos podemos sentir más completos. Pero el establecimiento de la civilización humana también ha ido estableciendo importantes factores culturales que determinan decisivamente la tarea de buscar una pareja y estimular posteriormente el sentimiento romántico en la relación. Desde finales del siglo XIX el capitalismo ha sido el elemento más decisivo a la hora de establecer los factores de lo que es una relación perfecta y adecuada ante uno mismo y ante los demás. El cine, la televisión y la publicidad han ido mostrando ejemplos tan elaborados que seducen inevitablemente a un espectador que siente que debe imitar en lo posible a estos modelos para sentirse pleno.

Esto es lo que Eva Illouz define como utopía romántica, un imaginario compartido acerca de cómo debe vivirse una historia de amor. Pero el capitalismo no solo fomenta el hedonismo, sino que exige que las personas sean laboriosas por el día para ganarse el derecho a estos pequeños placeres que suelen practicarse en salidas nocturnas o en periodos de vacaciones. Si bien la idea de romance se ha liberalizado (el papel de las familias ya no es el factor determinante a la hora de establecer relaciones de pareja) y se ha roto la barrera de las clases sociales a la hora de establecer vínculos amorosos, el capitalismo ha ido estableciendo sutilmente una serie de rituales que no pueden desligarse la idea de romance. La experiencia romántica significa inevitablemente acudir al mercado de consumo: restaurantes, cines, teatros, viajes y regalos en fechas señaladas. A partir de la década de 1920 la publicidad va a afinando cada vez más sus mensajes vinculando sus productos a la idea de felicidad y plenitud. El cine ayuda a que se consolide esta idea ofreciendo historias cada vez más sofisticadas en las que se muestra al público lo que es un romance perfecto.

Estas ideas se generalizan tanto que muchos estiman que no vivir una experiencia como esta supone un fracaso vital, una renuncia a la plenitud existencial:

"(...) la experiencia romántica presenta algunos atributos de los ritos religiosos: el aislamiento del objeto de adoración, el uso de vestimentas específicas, el consumo de comidas particulares, la reorganización del espacio o el desplazamiento a otro lugar y la fijación de un momento especial para la celebración constituyen elementos que permiten vivir una experiencia con la misma "textura" subjetiva de las festividades religiosas, es un ámbito separado física o simbolicamente de la vida cotidiana. Los sujetos que viven este tipo de experiencia ingresan en un dominio donde se exaltan las emociones, se regeneran las fuerzas vitales y se reafirma el vínculo con la persona que tienen a su lado."

Pero existe un elemento perturbador en todo esto, que Illouz describe en los capítulos finales. A pesar del sentimiento de libertad que parece gobernar la labor de elección de una pareja, la supuesta armonía que se logra en el encuentro de dos espíritus afines en realidad se basa en una correspondencia de dos personas en modos de consumo, pertenencia a una clase social determinada, gustos más o menos refinados e incluso la forma de conversar. Entonces, de modo inconsciente, el amor romántico sería también en múltiples ocasiones un sentimiento interesado, no incondicional. Porque, como ya se habrá intuido, el dinero es un factor decisivo a la hora de permitir experimentar la idea de romance perfecto que se ha establecido socialmente como una idea indiscutible. Solo las clases sociales con rentas altas pueden gozar del tiempo y de los medios económicos para vivir estas experiencias ofertadas por un mercado cada vez más sofisticado, experiencias que se multiplican exponencialmente gracias al auge de internet y las redes sociales. Los que viven al día, con un sueldo escaso, apenas tienen oportunidades en este sentido. Suelen llegar a casa derrotados después de una jornada interminable en trabajos físicos que minan la energía para actividades nocturnas que puedan considerarse románticas. También el romance tiene sus clases sociales preferidas y la idea de fracaso vital también puede instalarse en quienes carecen de los medios económicos y el tiempo de ocio necesarios para vivir las experiencias que ofrece el capitalismo como indispensables si se quiere estimular el vínculo amoroso.

sábado, 18 de abril de 2026

WALDEN 2 (1948), DE BURRHUS FREDERIC SKINNER. HACIA UNA SOCIEDAD CIENTÍFICAMENTE CONSTRUÍDA.

Todavía recuerdo las promesas de hace treinta años en libros y artículos de periódico acerca del futuro fin del trabajo, de la progresiva disminución de horas en los empleos hasta llegar a su extinción, para culminar con una especie de mundo feliz en el que todo el mundo tendría tiempo para dedicarlo al ocio. La realidad ha demostrado que, lejos de acercarse a estos vaticinios, la realidad es que la gente trabaja incluso mayor número de horas. Además, las nuevas tecnologías que permiten estar conectados todo el tiempo permiten que la oficina se instale también en casa, por lo que mucha gente no tiene más remedio que adelantar trabajo desde sus propios domicilios si quiere cumplir con las tareas encomendadas. Todo esto, en el contexto de una sociedad cada día más competitiva y más exigente hace que la ansiedad sea la gran plaga de nuestro tiempo. Si contamos los necesarios desplazamientos de ida y de vuelta, el tiempo total dedicado al trabajo se dispara y cuando llega a casa, la gente se encuentra demasiado agotada como para dedicarse a algo productivo. En este contexto, una lectura como Walden 2 es extremadamente estimulante, pues promete una sociedad mucho más racional y relajada, aunque con un fondo realmente inquietante.

Habrá quien califique la sociedad descrita en Walden 2 como una utopía y otros como distopía. El autor plantea su libro como una novela que en realidad tiene mucho de ensayo, pues trata de la visita que realiza el protagonista con algunos amigos a esta comunidad y los diálogos que mantienen con su creador. Lo que contemplan, al menos en una primera impresión, es una sociedad armoniosa, caracterizada ante todo por la vida relajada de la que disfrutan sus miembros. Los trabajos, que se escogen voluntariamente, dan los créditos que otorgan el derecho de seguir viviendo en Walden 2 y no es necesario dedicar más de cuatro horas del día a los mismos. El resto es tiempo libre que se puede dedicar a actividades comunitarias o individuales. Desde luego se nos muestra que existe una intensa vida intelectual y artística en el seno de la comunidad. El gobierno está encarnado por un comité de sabios que va cambiando cada cierto tiempo, pero no de manera democrática, pues, aquí, a diferencia de lo que pensaban los anarquistas, es necesaria una autoridad, aunque no se trata de una autoridad represiva, sino conductista, en el sentido de que tiene las herramientas para arreglar cualquier comportamiento que perturbe la armonía del funcionamiento de la comuna:

"No estoy defendiendo la desaparición de todo gobierno, sino solamente de los que actualmente existen. Queremos un gobierno basado en la ciencia de la conducta, pues consideramos que es el único sistema que puede producir una estructura social permanente. Por primera vez en la historia estamos preparados para este tipo de gobierno , porque ahora podemos trabajar con el comportamiento humano de acuerdo con simples principios científicos. El defecto de los anarquistas es que confiaban demasiado en la naturaleza humana. Su doctrina fue una derivación de la filosofía del perfeccionismo."

Aunque practica una falsa humildad muy evidente, Frazier, el creador de la comunidad, se ve a sí mismo como un genio benévolo que al fin ha dado con la tecla para conseguir una sociedad basada en la felicidad humana. Y la herramienta para lograrlo es el conductismo, una doctrina científica que condiciona el comportamiento humano para orientarlo hacia el bien común. Esto hace que la libertad en la comunidad realmente brille por su ausencia, aunque sus miembros no lo sientan así. Que este sea el precio a pagar por la felicidad deriva necesariamente en un debate ético apasionante, ya que, según razona Frazier, el hombre plenamente libre no se parecerá al que describió Rosseau, por lo que es necesario condicionarlo para que elija sabiamente. Es verdad que muchos podrán argumentar que en la sociedad capitalista que habitamos en la actualidad tampoco somos libres y los condicionamientos que recibimos son mucho más siniestros, pero ser marionetas de una especie de dios benévolo, tal y como se insinúa en los últimos capítulos de Walden 2 tampoco tiene por qué ser el destino soñado para muchos. La novela de Skinner constituye un texto fundamental que prolonga ese anhelo de utopía que se encontraba presente ya en los textos de Platón.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

EL HOMBRE GRATIS (2024), DE MARIO JARAMILLO. ESCLAVOS DEL ALGORITMO.

Uno puede ir a la gasolinera y echarse el combustible del surtidor por sí mismo. Luego, en el supermercado, puede verse obligado a pasar los productos por las cajas de autopago y después acudir a un cine sin taquillas, debiendo realizar uno mismo el proceso de elección de películas, butaca y pago. El mundo se ha convertido en un lugar con ofertas infinitas, pero también en una fábrica de esclavos del consumo, pues todo está diseñado no solo para el consumidor haga el trabajo que antes realizaban los empleados retribuidos de una compañía, sino para que sus niveles de ansiedad frente a tantas posilidades se disparen, por lo que todos terminamos comprando un buen número de cosas que jamás usaremos. Internet, esa herramienta que prometía tantas bondades hace veinte años, se ha convertido en el principal instrumento de la nueva sociedad de consumo:

"Internet ha puesto algo en el mercado que parecía inalcanzable antes de su invención: el comercio de masas, el consumo de masas. Hombres tras las cosas, cosas que se consumen, hombres consumidos, hombres-cosas. La sociedad uniformada. Internet es producto de un capitalismo que lo nutre a niveles exponenciales."

La realidad del presente ha echado por tierra todas las teorías económicas clásicas acerca del trabajo retribuido. Ahora la recompensa por el trabajo que realiza el consumidor no es dinero, sino el placer del consumo. Todo lo que creemos que es gratis repercute económicamente en los beneficios de las grandes multinacionales, que se han convertido en las auténticas dueñas del mundo. Las máquinas no nos liberan, como se llegó a pensar hace ya bastantes años, sino que se posicionan a favor de los intereses de quienes las programan, que usan al consumidor como conejillo de indias para ir renunciando a cada vez más costes laborales. Si comprar un billete de avión, por ejemplo, se ha convertido en un proceso angustioso y dotado a veces de una intolerable incertidumbre es gracias a que nos hemos acostumbrado a hacer estas cosas solos, estimulados por la idea de que así ciertos productos y servicios nos saldrán más económicos. 

Así pues, la idea de libertad de elegir se ha ido transformando en una especie de docilidad por parte del consumidor, que tolera ciertos tratos por parte de las empresas que jamás hubiera permitido en el pasado. Indudablemente no hay marcha atrás en este proceso. Como la rana que nada en el agua hirviendo, poco a poco nos han ido acostumbrando a todos estos desmanes que al final identificamos con comodidad y abundancia de oferta. Pero esto es solo la punta del iceberg. La verdadera riqueza que extraen las multinacionales de nuestros comportamientos son datos muy valiosos que serán traducidos a nuevos beneficios económicos. Vivimos en un mundo distópico que contribuimos a consolidar ¿libremente? día a día.

sábado, 6 de diciembre de 2025

ESTO NO EXISTE (2025), DE JUAN SOTO IVARS. LAS DENUNCIAS FALSAS EN VIOLENCIA DE GÉNERO.

Hace ya más de veinte años que en nuestro país se encuentra vigente la Ley de violencia de género. Una ley que nació con el loable propósito de defender a las mujeres de lo que se define como una lacra, las agresiones y asesinatos por parte de la parte masculina de la pareja o expareja. Esto motivó que se modificase el código penal y se dispusieran penas diferentes por el mismo delito según su autor fuera hombre o mujer. Aunque ya pocos lo recuerdan, la nueva ley generó bastante polémica en su momento, polémica también protagonizada por jueces progresistas, que la estimaban inconstitucional, incompatible con el artículo 14 de nuestra Carta Magna. Además, pensaban que de algún modo infantilizaba a las mujeres y las consagraba como el sexo débil de la relación, además de no garantizar plenamente la presunción de inocencia del denunciado.

Estas voces disidentes fueron pronto silenciadas. El Tribunal Constitucional declaró su constitucionalidad y, a partir de entonces, cualquier crítica a la ley empezará a ser tildada de peligrosa para los derechos de las mujeres y de negacionista acerca de la existencia de la violencia de género. Juan Soto Ivars cuenta que, antes de emprender el proyecto de escritura de este libro, no fueron pocas las voces amigas que le advirtieron de que se iba a meter en problemas al publicar un ensayo de esta naturaleza, que cuestiona de manera muy argumentada el discurso oficial. Lo cierto es que las denuncias falsas sí que existen y no son un número irrisorio de las mismas, tal y como mantiene año tras año la Fiscalía General del Estado en las estadísticas que publica. Esto se debe es que la Fiscalía no investiga de oficio las denuncias con evidencias de falsedad, sino que absuelve al acusado y archiva los procedimientos. Entonces, la pregunta que habría que hacerse no es cuántas denuncias son falsas, sino cuántas son verdaderas. Examinando con atención esas estadísticas, muchos se llevarán una sorpresa, ya que la narrativa oficial machaca continuamente con el relato de que no existen mujeres que denuncien por intereses propios. Por ejemplo, para obtener ventajas inmediatas en un proceso de divorcio conflictivo. 

Lo único que sucede es que en un país tan políticamente polarizado como el nuestro es extremadamente difícil establecer un debate sereno y con argumentos acerca de los beneficios y los daños que han producido veinte años de aplicación de esta ley. Cualquiera que critique públicamente una sola coma de la misma será tachado de negacionista, ultraderechista y de poner en peligro la vida de las mujeres. El autor ha podido comprobar las pasiones que suscita este debate con los intentos de boicot que ha sufrido su presentación en Sevilla. Lejos de querer debatir, los defensores de que las cosas permanezcan igual insultan a cualquiera que ponga en cuestión sus postulados, aunque la violencia de género siga contando con unas cifras similares año tras año y cada vez sean mayores las cifras de hombres acusados en falso que son obligados a pasar una o más noches en el calabozo. El autor, que en ningún momento niega la existencia del fenómeno de la violencia de género, sostiene que la situación actual perjudica igualmente a las auténticas víctimas, que en muchas ocasiones no pueden acceder a los recursos que necesitan urgentemente por saturación de denuncias. Las otras perjudicadas son las parejas actuales o las madres de los hombres denunciados, que ven como empieza a pesar sobre ellos el estigma de ser maltratadores. No sería extraño que las abultadas cifras de suicidio masculino en España tengan que ver con ello, pero no existen estudios fiables que puedan certificar esta relación.

Los argumentos que expone Esto no existe se basan en numerosos testimonios bien acreditados y en el estudio de casos famosos como el de Juana Rivas. En su delirio y en su afán de rizar cada vez más el rizo, la izquierda comete excesos como considerar en algunas declaraciones que todos los hombres son potenciales violadores o promover el término violencia vicaria, por el cual, en una relación de pareja, la única parte capaz de hacer daño a los menores para hacer sufrir a la otra es el hombre. Evidentemente, el libro de Soto Ivars no es ciencia, se trata meramente de una concienzuda investigación periodística que saca una serie de conclusiones acerca de las cuales sería urgente debatir. Lo más curioso de todo esto es que, en la vorágine actual de noticias que se devoran unas a otras, estamos descubriendo que los máximos defensores de esta ley, quienes se proclaman máximos protectores de los derechos de las mujeres, tratan de dilatar, cuando no de ocultar, los casos de acoso cuando ocurren en su propia casa, tal y como sucedió con el asunto de Íñigo Errejón. Una hipocresía que está delante de los ojos de cualquier ciudadano que quiera mirar la actualidad de una manera objetiva y que debería tener consecuencias políticas para sus promotores.

sábado, 5 de julio de 2025

ELOGIO DEL FRACASO (2025), DE COSTICA BRADATAN. CUATRO LECCIONES DE HUMILDAD.

Hemos nacido para el fracaso, ya que el anhelo de bienes materiales y espirituales por parte del ser humano es prácticamente infinito. Además, el éxito nunca es defitivo y poca gente se conforma con un nivel razonable del mismo. La gente quiere más y jamás se siente plenamente satisfecha, con notables excepciones. La clave está en la comparación con los demás, esa ansiedad por el estatus de la que hablaba Alain de Botton en su fascinante ensayo. No todo el mundo parte de la misma posición ventajosa para llegar a las metas que la sociedad establece como tolerables. El capitalismo diseña un terreno de juego en el que las reglas son aparentemente iguales para todos, pero si nos acercamos un poco, podremos observar que unas personas son más iguales que otras. Lo que sí es cierto es que, a pesar de las diferencias materiales, la gente suele estar moldeada por los mismos patrones:

"Los humanos son básicamente iguales, pero harían cualquier cosa por distinguirse unos de otros, aunque solo fuese por fuera. Los obliga el instinto de diferenciación. Orwell, mientras vagabundeaba por Londres, hizo un descubrimiento sorprendente: «La masa de los ricos y la de los pobres se diferenciaban por sus ingresos y nada más, y el millonario medio es solo el lavaplatos medio vestido de otro modo». La intuición de Orwell es importante para entender cómo funciona la diferenciación en un contexto capitalista moderno. Solo nos distinguimos de otros ganando más dinero y enseñándolo. Puesto que los demás harán lo mismo, tendremos que ganar más que ellos. Cuanto más ganemos, más podremos gastar y, por lo tanto, mejores oportunidades tendremos de asegurarnos un grado mayor de diferenciación. Pero dado que aquellos de quienes queremos diferenciarnos hacen eso mismo, no podemos permitirnos echar el freno."

A quienes no quieren penetrar en esta vorágine de sacrificios personales para obtener pequeños placeres efímeros se les llama fracasados. Así pues, el triunfo se equipara a consumo de bienes cada vez más lujosos, que nos diferencien de los que compra la masa. Esta necesidad de estar siempre por delante esclaviza a numerosos seres humanos que se sienten ricos por fuera pero vacíos por dentro. Pero es muy difícil no sacrificar parte de la libertad para al menos obtener un cierto grado de confort. Lo contrario nos convertiría prácticamente en parias. Lo mejor es el punto intermedio. Ser humildes en el sentido en el que Iris Murdoch definió la humildad, como un generoso respeto por la realidad. Vivir con los pies plantados en el suelo, conociendo las propias virtudes y los propios límites suele ser lo más acertado.

En su libro Bradatan define cuatro tipos de fracaso: el físico, el político, el social y el biológico. El último es el más contundente de todos, al que todos estamos destinados sin poder evitarlo: la propia muerte, esa realidad que no siempre queremos aceptar. El fracaso, si se sabe gestionar correctamente, es un instrumento extraordinario para conocernos a nosotros mismos, lo precarios que somos y lo relativo de nuestros éxitos. Además, el mundo en el que habitamos puede ser plenamente absurdo y cualquier circunstancia azarosa puede dar al traste con todos los resultados de un trabajo intenso. Eso no quiere decir que no tengamos que esforzarnos, sino que hay que estar preparados para aceptar que el fracaso está a la vuelta de la esquina, que somos seres imperfectos habitando un mundo imperfecto que a veces puede volverse terrorífico. Por las páginas de Elogio del fracaso desfilan personajes de los que podemos estudiar sus llamativos fracasos vitales que han perdurado en el tiempo e incluso los han engrandecido: Simone Weil, Gandhi, Emil Cioran, Yukio Mishima, George Orwell o Séneca, cuyas experiencias son insertadas a la perfección en un ensayo tan entretenido como intelectualmente aprovechable.

sábado, 7 de junio de 2025

MODERNIDAD EXPLOSIVA (2024), DE EVA ILLOUZ. LA INTENSIDAD DEL MUNDO.

Eva Illouz se ha consolidado desde hace tiempo como una de las voces más lúcidas en el análisis sociológico del mundo que nos ha tocado vivir. Un mundo cada vez más acelerado en el que la mente descansa rara vez, puesto que vivimos rodeados de todo tipo de estímulos que requieren nuestra atención de forma constante, una de las características del capitalismo de consumo en el que habitamos. En esta ocasión la autora de El fin del amor se dedica a analizar nuestra vida emocional a través de capítulos dedicados a la esperanza, la decepción, la envidia, la ira, el miedo, la nostalgia, el desarraigo, la vergüenza, el orgullo, los celos y el amor. Las reacciones emocionales tienen que ver con la educación, con los intereses y con lo valores del mundo en el que se desarrolla la vida del individuo:

"Las palabras de las emociones - especialmente si son destacadas en una cultura - actúan como poderosos imanes: atraen hacia ellas las partículas flotantes de nuestra interioridad. He aquí un ejemplo. Un hombre te ofende. Lo que sientas realmente, como nombres tu emoción y qué hagas con ella depende en gran medida de si eres hombre o mujer, de si te rige una ética aristocrática del honor, una ética cristiana del perdón o una ética de autocontrol racional masculino. (...) Atendemos las experiencias invocando las etiquetas emocionales que se les atribuyen y la cultura propicia esas etiquetas ayudándonos a nombrar, rotular, clasificar, categorizar e interpretar el batiburrillo de la vida interior."

Y es que, como asegura la autora, nuestra época es intensamente emocional, porque dichas emociones son reclamadas de manera constante por las instituciones políticas, empresariales y culturales. La envidia es estimulada por el mercado de consumo o la ira por la pugna política. Desde hace tiempo en la política ya no importan los resultados de las nuevas iniciativas legislativas de los gobiernos, sino ganar un relato coherente que vender a los votantes, relato que suele estar repleto de referencias al enemigo partidista, que es el verdadero culpable de que las cosas no vayan como al esforzado gobernante le gustaría. Lo vemos en la caótica gobernanza de Donald Trump, con el triste invento de los hechos alternativos y empezamos a verlo también en nuestro país, cuando el gobierno empieza a vender unos mensajes manipulados como hechos interpretables. El ciudadano solo tiene la alternativa de participar intensamente (y muchas veces irracionalmente) en un debate en el que casi nunca están presentes de manera directa sus intereses o aislarse totalmente del mismo, renunciando por puro cansancio emocional a seguir una contienda estéril.

Así pues, vivimos en una época emocioalmente contradictoria. Se nos invita a expresarnos, a sacar lo que llevamos dentro, pero ante tanto ruido, es un afán inútil. Una época a la vez apasionante y apasionada en la que es muy difícil calibrar un rumbo vital idóneo ante tantas opciones, muchas de ellas sin auténtico contenido. Lo mejor de Eva Illouz es cada capítulo es un auténtico festín intelectual planteado de modo muy atractivo, dado que ejemplifica sus afirmaciones con ejemplos extraídos del cine o de la literatura, trayendo a colación a autores como Annie Ernaux, Steven Millhauser o John Williams. Modernidad explosiva asume la tarea de tomarle el pulso emocional a nuestro mundo y deviene en un análisis brillante del mismo.

jueves, 13 de marzo de 2025

EL TIEMPO PERDIDO (2024), DE CLARA RAMAS. CONTRA LA EDAD DORADA.

La nostalgia por un tiempo mejor frente a la realidad del presente es una constante en el ser humano y se constata también en las nuevas generaciones. Se trata de una especie de melancolía por la pérdida de orden y valores, por una convivencia distinta entre vecinos mucho más sencilla y auténtica y, sobre todo, por la certeza del progreso, de un futuro mejor y prácticamente utópico. Muchos se pueden remontar a las décadas de los noventa o los dos mil, pero los de esa época quizá hacían referencia a tiempos de la Transición o anteriores. La constante, según expone la autora, es estar insatisfechos con el tiempo que nos ha tocado vivir en constante crisis económica y bajo la amenaza de pandemias, cambio climático, guerras y catástrofes naturales.

Según los describe Clara Ramas son "los nuevos melancólicos a la busca del objeto perdido". Muchas veces se trata de gente muy influyente que escribe en periódicos y aparece en tertulias televisivas predicando diversas pérdidas que son descritas como "el orden, la estabilidad, las certezas, los valores, el bienestar. En concreto: patria, familia, trabajo, creencias, virtud, valores, comunidad, roles de género, clase." Se trata de una especie de denuncia permanente de pérdida de una identidad pura y deseable que existió en un momento más o menos remoto. La esencia pura de la izquierda, la esencia pura de la patria, los valores familiares sólidos, el trabajo estable... 

Es evidente que el abuso de este discurso produce parálisis en los proyectos de futuro y un sentimiento de impotencia:

"Hoy, los discursos melancólicos que escuchamos en el espacio público tienen esa doble faz. Una epidemia silenciosa se extiende por nuestro espacio social: la tristeza, la apatía, la desesperanza, la desafección. Una incapacidad para vislumbrar el presente como tarea colectiva y el futuro como proyecto común. La discusión política deja de importar, la política se ha vuelto a convertir en actividad de unos privilegiados cuyos manejos no nos conciernen. (...) En los discursos chillones sobre la grandeza del pasado o la patria, se esconde en realidad un grito caníbal. O conmigo o con nadie. España es mía o que se hunda España. La política es mía o de nadie. La familia es como yo digo que es o no es familia. Es el grito del ego: yo lo devoraré todo."

La obra de Proust es una constante en el discurso de Clara Ramas. Como en el intento titánico del autor en recobrar ese objeto perdido que puede remontarse a la infancia, nosotros también reclamamos esa seguridad y ese sosiego que quizá jamás poseimos. Este sentimiento no es nuevo ni mucho menos, ya en los primeros escritos de la humanidad aparecen referencias a tiempos mejores que no se podrán recuperar, esa edad dorada que resume el anhelo imposible de los hombres. Sí que es cierto que en la actualidad hay un factor que no existía en el pasado: se trata de internet y las redes sociales que nos hacen acceder en segundos a mundos y realidades insospechadas, que nos prometen satisfacer nuestros más íntimos deseos de forma instantánea y que al final nos decepcionan y nos frustan. Lo tenemos todo al alcance de la mano menos lo que no gustaría tener. El ser humano es un Tántalo en busca de la solución que parece tener al alcance de la mano, pero siempre se acaba escabullendo, por lo que mirar a un pasado idealizado es siempre una receta infalible para estimular nuestra melancolía.

domingo, 3 de septiembre de 2023

EL FIN DEL AMOR (2019), DE TAMARA TENENBAUM. QUERER Y COGER EN EL SIGLO XXI.

El proceso de encontrar pareja no tiene nada que ver en la actualidad con lo que suponía hace solo algunas décadas. Tradicionalmente las relaciones conyugales se establecían en el seno de las relaciones familiares, a través de las bodas concertadas, al menos respecto a las familias más pudientes. El resto intentaba encontrar a alguien compatible dentro del ámbito geográfico en el que le había tocado vivir. La revolución sexual de los años sesenta, junto a la tecnológica de las dos últimas décadas ha conseguido que los jóvenes - y no tan jóvenes - puedan conocer a gente de lugares muy distantes pero con intereses muy cercanos. O al menos así era cuando comenzó internet. La llegada de aplicaciones como Tinder ha estimulado la búsqueda de relaciones geográficamente cercanas, rápidas y sin compromiso. Encontrar una pareja estable se ha vuelto una tarea complicada, puesto que si el candidato de antes tenía que competir con un número limitado de rivales, ahora dicha competencia se ha multiplicado exponencialmente, por lo que el nivel de exigencia ha aumentado en la misma medida. De ahí surgen dos alternativas radicalmente diferentes a la hora de emparejarse:

"De un lado tenemos las formas antiguas de vida en común: la familia tradicional, los nacionalismos, la pertenencia a una cultura y a una lengua compartidas. Del otro lo que se nos ofrece como alternativa, una especie de individualismo neutralizado: consumir, competir, cuidarse a una misma, preservarse. Los conservadurismos clásicos siguen insistiendo —y cada vez de modo más violento— con el primer polo como única receta para la felicidad: quien no se case ni tenga hijos se quedará solo, quien se pelee con su gente (la que le toca en suerte por nacimiento, por la cultura en la que nació) estará renunciando a la posibilidad de sentirse en casa en algún lado. Por fuera de estas estructuras, nos dicen, solo queda el desamparo. Un nuevo tipo de conservadurismo propone el segundo polo como única alternativa disponible: empoderarse es trabajar, ganar plata, coger mucho, consumir. Los vínculos, en este nuevo paradigma, son pensados también en términos de objetos de consumo: si me hace sentir bien, lo conservo; si ocupa demasiado lugar, lo tiro."

Tamara Tenenbaum parte de su experiencia personal, pues nació en una comunidad judía ortodoxa en Argentina, donde las bodas seguían concertándose al estilo tradicional, aunque afortunadamente ella pudo oponerse a esa costumbre para sí misma sin demasiados problemas. Pero tampoco la alternativa resulta ser enteramente satisfactoria. La búsqueda de relaciones es fácil, pues existen numerosos instrumentos para ello, pero esto también consigue que la tentación de buscar una alternativa a lo que actualmente se tiene sea muy poderosa. Todo esto deriva en una exposición de victimismo respecto al género femenino, llegando a decir que es el género que más sufre cuando se produce un rechazo, como si los hombres no tuvieran la misma capacidad de padecimiento al respecto. También que las mujeres necesitan gastar mucha más energía y recursos para sentirse bien en la búsqueda de pareja y que el varón promedio no necesitan tantos productos y tratamientos para sentirse bien consigo mismo. Cierto es que esto es un constructo social, pero también que todos somos igualmente libres para elegir en lo que gastamos nuestro tiempo, nuestro dinero y nuestro tiempo de ocio.

Si bien se trata de una lectura interesante, sobre todo cuando la autora narra sus experiencias personales, El fin del amor bebe demasiado de la sociología de Eva Illouz, hasta el punto de que este libro puede servir perfectamente como introducción a la lectura de aquella - cuyo último libro comparte título con este de Tenenbaum -, pues todos estos temas van a ser mucho más rigurosamente desarrollados en Illouz. Quizá lo que aporta Tenenbaum son ideas más frescas y espontáneas, pues muchas se derivan de su propia experiencia. Especialmente interesante es la reflexión sobre internet, realizada por una persona que prácticamente ha vivido desde su juventud con este instrumento, desde los primitivos foros hasta las más sofisticadas redes sociales de la actualidad. La autora expresa perfectamente el abismo existente entre la red de hace veinte años, un lugar amable y repleto de posibilidades de futuro y el lugar en gran medida hostil en que se ha convertido en la actualidad:

"Internet era un mundo separado y definido, esa es la primera diferencia entre 2005 y 2018: nos sentíamos seguros (a pesar de que los medios hicieran campañas para alertar sobre pedófilos y vendedores de riñones y nuestros padres las creyeran) porque lo que allí pasaba parecía no tener consecuencias en la vida real. Si te peleabas con tu comunidad e incluso te banneaban (expulsaban), podías irte y nadie se enteraba; incluso podías apagar la computadora y sentir que todo eso desaparecía. Esto cambió con la aparición y masificación de las redes sociales y los smartphones, que produjeron las condiciones necesarias para las redes de levante: los seudónimos (nicknames) que protegían nuestro yo de Internet de la intrusión del mundo físico fueron reemplazados por el nombre real que hoy casi todos usamos en Facebook (que a su vez se linkea con casi todas las aplicaciones de levante). A medida que se llenó de información (cada vez más fácil de encontrar gracias a Google) el anonimato se hizo casi imposible. Nuestros padres empezaron a usar redes sociales. Nuestros jefes también. Hoy la gente pierde trabajos y parejas por cosas que pasan en Internet y el bullying que reciben los y las adolescentes allí tiene una continuidad indistinguible con el que reciben en el colegio. Internet dejó de ser algo que podíamos apagar para volverse indistinguible de nuestra vida social, laboral y afectiva en general."

domingo, 23 de julio de 2023

LA ESPAÑA DE LAS PISCINAS (2021), DE JORGE DIONI LÓPEZ. LA ESPAÑA COLMADA.

Se trata de uno de los grandes problemas que jamás se ha resuelto desde que se reinstauró la democracia en España: el problema de la vivienda. En la Constitución del 78 la vivienda no es un derecho fundamental. El artículo 47 no es más que una hermosa declaración de intenciones que insta a los poderes públicos a que todos los españoles disfruten de una vivienda digna y adecuada, pero no obliga a nada. Como sabemos, ningún gobierno se ha tomado en serio este asunto, sino que se ha limitado a promover, con mayor o con menor énfasis, la compra de vivienda privada, la España de los propietarios y de los acumuladores de propiedades como un bien que siempre aumenta su precio, por lo que la función social queda ahogada por la especulativa. Lo importante no es que todo el mundo pueda tener acceso a una vivienda en la medida de sus posibilidades, sino la creación de un mercado inmobiliario que sea uno de los principales activos del crecimiento económico del país:

"Lo importante es que se mantenga el modelo, basado en la creación de mercado dentro de oleadas especulativas que eliminan todo rastro de función social. El mercado descarta como posibles compradores a los que más lo necesitan, ya que se establecen recursos de segregación: ingresos, estabilidad, capacidad de ahorro, etc. En ocasiones, existe una oferta para situaciones extremas que, cada vez más, se dirige a nichos sociales que previamente tienen que definirse como vulnerables y ser reconocidos como tales, como en las leyes de pobres inglesas. Es decir, en este caso, la vivienda tampoco es un derecho, sino una asistencia. Imprescindible, por supuesto, pero limitada. Será interesante ver cómo el modelo se ajusta a la imposibilidad de las nuevas generaciones para acceder al mercado."

El libro de Jorge Dioni López pone su foco de atención en esas urbanizaciones de chalets individuales con piscina que han proliferado alrededor de nuestras ciudades y pueblos, como una especie de sueño español al que aspiran numerosas familias de clase media. En una España que se dice ecológica y social, el Estado ha promovido las condiciones ideales para que los promotores y constructores de estas viviendas gocen de las condiciones ideales para venderlas. Los nuevos propietarios pueden estar seguros que sus vecinos van a ser gente con sus mismas posibilidades socio-económicas y valores parecidos. Además, la iniciativa privada sustituye a las obligaciones del Estado construyendo colegios que, en los primeros años de existencia de estas urbanizaciones, pasan a ser la única alternativa educativa para los hijos de los residentes. Unos residentes que necesitan el vehículo privado - frecuentemente más de uno - para ir al trabajo o incluso para realizar las compras más básicas. Así, de manera indirecta, se está promoviendo el individualismo y la falta de sentido de comunidad en estos espacios en el extrarradio de las ciudades.

Lo más gracioso del asunto es que ahora que hay millones de familias endeudadas con hipotecas que necesitarán décadas para terminar de pagar, se empieza a penalizar el uso del vehículo privado. Además, en esa España de negocios rápidos de los noventa y los primeros dos mil, no se tenía en cuenta el coste monumental que asumen las Administraciones al tener que ofrecer servicios públicos en lugares tan dispersos. Pero la mayoría de la gente sigue aspirando a su pequeña república independiente con su piscina, porque se ha perdido el sentido de comunidad y lo único a lo que se aspira es a alcanzar un determinado estatus, que solo puede lograrse saliendo de unos barrios tradicionales que se van quedando en manos de las capas sociales más humildes: los pobres y los inmigrantes, que también pasan por enormes dificultades para pagar los inflados precios que el mercado inmobiliario impone hasta en la más modesta de las moradas. Durante décadas, el Estado ha desatendido su obligación moral - que no jurídica, por desgracia - de ofrecer vivienda social y digna a aquellos que no pueden acceder al mercado privado. Y de aquellos barros vienen estos dolos, con un mercado inmobiliario imposible, repleto de las llamadas zonas tensionadas, en los que los propietarios pueden permitirse el lujo de imponer sus leoninas a los aspirantes a alquilar una de sus viviendas.

miércoles, 5 de abril de 2023

POR QUÉ DUELE EL AMOR (2011), DE EVA ILLOUZ. UNA EXPLICACIÓN SOCIOLÓGICA.

Los cambios en las relaciones sociales y amorosas entre seres humanos producidos en las últimas décadas son más profundos que los se hayan podido producir en los siglos anteriores. Con esta premisa, Eva Illouz emprende un análisis que se centra en lo sociológico mucho más que en lo psicológico. Salvo casos excepcionales, hasta finales del siglo XIX - y para la mayoría de la gente hasta muy entrado el siglo XX - las relaciones de pareja tenían un componente religioso y familiar que sustetaban la realidad de que eran para toda la vida, una conviencia más o menos amorosa cuya principal finalidad era traer hijos al mundo y reforzar la idea de familia que se tuviera en cada época. La llegada de libertades hasta entonces insospechadas a los países, sobre todo de Occidente, que iban profundizando en sus sistemas democráticos iban cambiando poco a poco las costumbres. El feminismo consiguió la emancipación de la mujer, que ya no tenía que someterse a las elecciones de otros a la hora de encontrar una pareja. Pero lo más importante es que se fue abriendo el campo de dichas elecciones. Las barreras en cuanto a clases sociales, que habían sido tan sólidas, fueron desmoronándose y la idea de amor romántico quedó como primer y casi único aspecto a tener en cuenta a la hora de comprometerse con una pareja. La felicidad personal tomó cuerpo frente a la idea de sacrificio y los roles tradionales dieron paso, poco a poco, a la plena igualdad entre hombre y mujer.

Hay que acercarse, por ejemplo, a los rituales de cortejo decimonónicos que describen las novelas de Jane Austen o a la literatura epistolar de la época para advertir el inmenso cambio producido. Además de que dicho cortejo se produjera en las circunstancias y dentro de la clase social adecuada, estaba bien visto que las mujeres menospreciaran las cualidades propias que debían ser ensalzadas por el hombre. Encontramos, por ejemplo, esta deliciosa carta de Mark Twain dirigida a Olivia Langdon, a quien trataba de conquistar con el largo y laborioso método propio de aquellos días:

"Por favor, no te sientas ofendida cuando te elogio, Livy, pues sé que al hacerlo sólo digo la verdad. Por fin te reconozco un defecto: te menosprecias a ti misma (...) Y aun así, ese menosprecio es una virtud y un mérito, ya que proviene de la ausencia de egoísmo, uno de los defectos más graves que hay."

Hoy día todo esto ha quedado atrás. La libertad radical de elección se traduce en su dificultad, cada vez mayor cuando el campo de posibilidades se va abriendo, hasta llegar al casi infinito actual gracias a las redes sociales, con lo cual dicha elección se vuelve cada vez más exigente y caprichosa. La industria cosmética, el cine, la literatura y la moda desplazaron la idea moral del cuerpo y la convirtieron casi exclusivamente en estética. Ahora el aspecto físico se había convertido en la más importante puerta de entrada a las relaciones amorosas y sexuales y la idea de compromiso para toda la vida se había diluido frente a la atracción sensual por el otro. Casi se podría decir que se había entrado en una especie de mercado en el que los consumidores aspiraban al ideal, al hombre o la mujer perfectos que le vendía la industria, el cual rara vez llegaba a sus vidas, por lo que la frustración pasa a ser la norma. Frente al encorsetamiento de antaño, la idea de libertad de elección goza de indudables ventajas pero tiene un efecto indesado: deja fuera del mercado a aquellos que no cuentan con el atractivo físico o las habilidades sociales suficientes para interesar al otro. Además, dispara la tasa de divorcios y separaciones. La búsqueda permanente del amor ideal y perfecto que creemos merecer - o al menos así nos lo machacan desde todas partes y de manera permanente - acaba creando inmesas frustaciones:

"El desplazamiento de las formas premodernas a las formas modernas del cortejo implica también otro desplazamiento: los ritos y significados sociales compartidos en el ámbito público (en ese universo social común al que pertenecían hombres y mujeres) dejan paso a las interacciones privadas en las que el yo es evaluado según criterios múltiples y volátiles, como el atractivo físico, la "química" emocional, la compatibilidad en los gustos y la configuración psicológica. (...) Como el valor social se ha tornado performativo (pues debe negociarse en el marco de los gustos individualizados y de los criterios individualizados de valor), el yo se encuentra frente a nuevas formas de incertidumbre. En efecto, la individualización constituye una fuente de incertidumbre porque los criterios de evaluación dejan de ser objetivos, es decir, ya no están sometidos al escrutinio de varios agentes sociales que comparten los mismos códigos sociales. En cambio, quedan sujeros a una dinámica del gusto que reviste carácter privado y subjetivo."

La llegada de internet a nuestras vidas no ha hecho sino profundizar en esta tormenta perfecta. Evidentemente, no se puede ni se debe volver al modelo anterior, pero debería haber alguna forma de racionalizar el actual, consiguiendo de alguna manera que en las relaciones primen otros valores además de los meramente estéticos. Están por estudiar con más profundidad fenómenos como las relaciones a distancia, en las que la gente se enamora primero de una imagen, luego de una voz para acabar frustándose cuando se encuentra con la persona real a la que había idealizado. Illouz incluye numerosos testimonios contemporáneos que ratifican sus principales tesis, plasmadas como siempre en un libro ambicioso, valiente y alejado de tentaciones ideológicas para centrarse en la plasmación objetiva del fenómeno que se estudia.

martes, 27 de julio de 2021

TRABAJO (2020), DE JAMES SUZMAN. UNA HISTORIA DE CÓMO EMPLEAMOS EL TIEMPO.

Si hay una actividad que nos define como personas y ciudadanos, esta es la del trabajo. El trabajo sigue siendo un bien escaso, algo que busca mucha gente de manera obsesiva, aunque en muchas ocasiones defraude nuestras expectativas. Para los que trabajan, la mayor parte de las energías que se consumen durante la semana están consagradas a su empleo. A las ocho horas diarias que se pasan de media en el puesto de trabajo (si no se realizan horas extra) hay que sumar los desplazamientos, que en muchas ocasiones son un pequeño infierno para unos asalariados que no pueden permitirse vivir cerca de donde se encuentran sus empresas. Y todo esto para lograr no solo medios de subsistencia, sino disfrutar del ocio de formas cada vez más sofisticadas y conseguir lograr estatus social, prestigiarse a través del propio empleo. 

El ser humano no siempre vivió así. Durante muchos miles de años, los cazadores-recolectores no conocieron lo que era el estrés laboral. Se calcula que nuestros antepasados solo necesitaban trabajar unas doce horas al día para tener cubiertas sus necesidades básicas. El resto de tiempo era dedicado al ocio y a las relaciones sociales. Fue la llegada de la agricultura la que lo cambió todo. La ventaja evolutiva de disponer de un terreno firme donde asentarse, fundar las primeras comunidades humanas verdaderamente numerosas y asegurarse un sustento labrando la tierra costaba sangre, sudor y lágrima a sus promotores, pues bastaba una mala cosecha para sumir a la comunidad en una desastrosa hambruna. No obstante, todo este esfuerzo acababa dando frutos en el futuro y las comunidades acababan derivando en ciudades y algunas de estas ciudades fueron la semilla de los primeros imperios. 

Desde entonces, el trabajador de a pie ha dependido de su diario sacrificio de tiempo y energías para sobrevivir. Durante siglos los trabajos más duros han sido los peor pagados o han sido realizados por esclavos. En la actualidad, en cierto modo sigue siendo así, puesto que hay muchos oficinistas en despachos con aire acondicionado que ganan mucho más que los que se suben todos los días a un andamio. El problema, como nos recuerda Suzman, es que muchos economistas llevan décadas advirtiéndonos de que al ritmo actual de explotación de los recursos y consumo, nuestro sistema colapsará en un futuro no muy lejano. El actual capitalismo, que se basa en la avaricia infinita de unos pocos y en el deseo insaciable de nuevos productos de la mayoría, debe ser paulatinamente cambiado por un sistema mucho más conformista respecto al consumo, pero también bastante menos estresante para la vida cotidiana. En cualquier caso, muchos empleos están siendo ya sustituidos por ordenadores y máquinas y muchos más van a verse afectados en el futuro, incluso los que hoy consideramos intocables. Así pues, queramos o no, el sistema deberá ser cambiado. De nosotros depende que dicha metamorfosis sea lo menos traumática posible para la gran masa social de trabajadores:

"Es mucho más probable que el catalizador sea un cambio rápido del clima, como el que provocó la invención de la agricultura; la ira causada por las desigualdades sistemáticas, como las que suscitaron la Revolución rusa; o quizá una pandemia viral que exponga la obsolescencia de nuestras instituciones económicas y nuestra cultura laboral y nos lleve a preguntarnos qué trabajos son de verdad valiosos y cuestionarnos por qué nos conformamos con dejar que nuestros mercados recompensen mucho más a quienes desempeñan cargos con frecuencia inútiles o parasitarios que a aquellos que reconocemos como esenciales."

martes, 4 de mayo de 2021

HAPPYCRACIA (2018), DE EDGAR CABANAS Y EVA ILLOUZ. CÓMO LA CIENCIA Y LA INDUSTRIA DE LA FELICIDAD CONTROLAN NUESTRAS VIDAS.

Hace quince años se estrenó en los cines En busca de la felicidad, una película protagonizada por Will Smith, que contaba la historia de Christopher Gadner, un hombre que partiendo de una situación de miseria y desesperación absolutas - sin trabajo, sin casa, abandonado por su mujer y al cuidado de su hijo - consiguió hacer realidad su sueño: convertirse en una de las personas más influyentes de Wall Street. ¿Y cómo consiguió tal hazaña? Pues simplemente luchando y haciendo uso de la fuerza de optimismo individualista inusitado. Para los promotores de la industria de la felicidad, Christopher Gadner, que es un personaje real, es el resumen del sueño americano, la constatación de que cualquiera puede realizar sus metas con solo desearlo. La moraleja que se quiere hacer llegar al público en general es que el éxito individual es solo responsabilidad de uno mismo, que solo depende de esforzarse lo suficiente y creer que es posible llegar a dónde nos hayamos propuesto. Como es lógico, ni el Estado, ni la sociedad ni las crisis económicas tienen responsabilidad en tus fracasos. Únicamente tú mismo.

En los últimos años muchos psicólogos norteamericanos se han esforzado en otorgar una cédula de respetabilidad a esta pseudociencia. Esto quiere decir que cualquier persona, aunque esté mentalmente sana, puede hacerse acreedora de sus servicios, puesto que, según ellos, se puede aprender a ser feliz. Un cuando uno es ya feliz, se puede seguir aprendiendo a aumentar la felicidad personal. Esto, que tan bien suena sobre el papel, que tanta motivación parece regalar a cualquier ciudadano, tiene un reverso oscuro que ya hemos sugerido: deja la entera responsabilidad de la construcción de esa vida ideal al ciudadano, convirtiéndose en un poderoso instrumento de la ideología ultraliberal:

"Aparentemente, la desigualdad social ya no va acompañada de resentimiento sino de una especie de «factor de esperanza» en virtud del cual el éxito de los más favorecidos se percibiría como un incentivo de mejora social y económica por parte de los que lo son menos. En este sentido, nuevos estudios apuntan en la dirección de que cuanto mayores son las desigualdades, más felices parecen ser los ciudadanos, ya que más expectativas de mejora social y económica se abren ante ellos."

En esta nueva realidad, el trabajo asalariado pasa a convertirse en una cuestión de proyectos personales, de creatividad y de emprendimiento, es decir, de precariedad para quienes no tienen capacidad de venderse en un mercado cada vez más competitivo y de reciclarse cada vez que es necesario, así como para quienes no cuentan con fondos para invertir en su formación. La fuerza laboral de antaño pasa a convertirse en capital humano. Esta filosofía acaba trasladándose a todos los aspectos de la vida cotidiana: también la búsqueda de pareja se transforma en una cuestión de saber venderse en las redes sociales o la salud en una cuestión de hábitos de vida, en una responsabilidad del propio individuo, en suma. 

La búsqueda de la felicidad a toda costa acaba siendo una carrera de autoculpabilización y continua ansiedad. Todo conspira para enseñarnos que el resto son triunfadores y nosotros nos hemos quedado atrás, porque no hemos sido capaces de hacer uso de nuestra fuerza interior. Hoy ya es casi obligatorio mostrar nuestra felicidad en las redes sociales, para probar ante los demás que no somos unos fracasados. Los problemas de cualquier índole quedan para el ámbito más íntimo y no deben ser mostrados, solo superados a base de voluntad. Libros y más libros de autoayuda, conferencias y vídeos de Youtube nos machacan con el mismo mensaje, que es aceptado sin rechistar por cualquiera que no quiera mostrarse ante los demás como un incapaz. Esto consigue que en las crisis económicas como la del 2008 el número de emprendedores se multiplique, no porque de pronto a la gente le germine mágicamente una vena empresarial, sino porque la situación no les deja otra salida, lo cual contribuye a hundir aún más a la mayoría de ellos, que comienzan un proyecto sin tener mucha idea de las implicaciones de su decisión.

Últimamente, ante esta nueva crisis que llama con insistencia a nuestra puerta, el gobierno ha adoptado en su discurso el término resiliencia, es decir, la capacidad individual de sobreponerse a situaciones difíciles. Aunque en principio parece que estas alocuciones están dirigidas a la sociedad en su conjunto, para salir juntos del momento difícil, no es descartable que se acabe transformando en una apelación a la responsabilidad individual cuando los recursos del Estado no den más de sí y haya que empezar a pagar la factura del enorme déficit que estamos generando. Los próximos meses serán cruciales para observar si los Estados tiran por el camino fácil del discurso positivo y motivador o si verdaderamente desarrollan planes para ayudar a quienes peor lo están pasando, organizando esa poderosa maquinaria que es la administración en favor de los mismos. Como ya sucedió con Sonríe o muere, de Barbara Ehrenreich, Happycracia se erige como un valioso libro-denuncia acerca de unas doctrinas prácticas que, más que buscar la felicidad del ciudadano, estimulan aún más sus niveles de ansiedad ante situaciones difíciles de las que ellos no son responsables.

viernes, 30 de abril de 2021

LA PLAZA Y LA TORRE (2017), DE NIALL FERGUSON. EL PAPEL OCULTO DE LAS REDES EN LA HISTORIA: DE LOS MASONES A FACEBOOK.

La Historia está dominada en su mayor parte por estructuras jerárquicas, pequeños grupos de gente selecta que se arrogaban en exclusiva la facultad de gobernar y controlaba a la mayoría, cuyo papel era el de la obediencia. En pocos periodos redes de personas independientes han hecho frente a este status quo o al menos han organizado oasis de libertad al margen del poder establecido y han terminado logrando importantes cambios sociales. El ejemplo más claro de esto es la invención de la imprenta, que impulsó tres revoluciones basadas en redes: la Reforma, la Revolución científica y la Ilustración, aunque todo acabara derivando en el caos de la Revolución francesa. El papel de las sociedades secretas en todo esto, que ha sido exagerado en algunos ámbitos pseudoacadémicos, fue limitado. Es cierto que existieron y siguen existiendo organizaciones como los Illuminati o la masonería que siguen dando pie a las más extravagantes teorías de la conspiración. Muchos creen que las crisis económicas y los principales acontecimientos a nivel mundial son organizados por un pequeño grupo de personas que permanecen en la sombra. Nada más lejos de una realidad que es mucho más compleja y que se organiza en redes más o menos estructuradas.

Tras la derrota de Napoleón, Europa volvió a organizarse en jerarquías basadas en Estados-nación, lo cual contribuyó en gran medida a que el siglo XIX se viera libre de guerras importantes. Sin embargo, no existe la organización jerárquica perfecta y bajo la torre, en la plaza, se siguen creando redes ciudadanas más o menos clandestinas que dan lugar a intentos revolucionarios. Quizá el intento más estremecedor de establecer un régimen jerárquico absoluto, sin disidencia ciudadana, fue la Rusia de Stalin que consiguió disipar toda red disidente por medio del terror. Algo parecido sucedió en la Alemania nazi, aunque a través de un gobierno más caótico y que no ahogaba de manera tan absoluta a los ciudadanos adictos al régimen. 

Nunca se ha usado tanto como en nuestro tiempo la expresión redes sociales. Internet ha sido, para lo bueno y para lo malo, una tecnología revolucionaria que ha cambiado los hábitos de la mayoría de la población. Lo que en principio se veía como un bondadoso mecanismo de debate público ha ido derivando en un instrumento capaz de difundir noticias falsas e incluso de influir en procesos electorales. Los debates que se producen en su seno no suelen ser muy intelectuales y con frecuencia derivan en insultos. La red se ha convertido en un lugar tan anárquico que es imposible realizar esquemas de unas estructuras en constante cambio y evolución, aunque también es alucinante pensar en ella como una utopía de libertad absoluta. El dominio de las mismas está representado por tres empresas: el buscador Google, el gran supermercado que es Amazon y la enorme red social de Facebook. En cualquier caso, para algunos, el balance es tan negativo que coquetea con el desastre colectivo, ya que acaba con la idea de privacidad y es capaz de expandir todo tipo de ideas - buenas, malas o ambiguas - en tiempo récord:

"La realidad es que la red global se ha convertido en un mecanismo de transmisión de todo tipo de fiebres y pánicos colectivos, del mismo modo que la combinación de imprenta y alfabetismo incrementó por un tiempo la prevalencia de sectas milenaristas y cazas de brujas."

Quizá el problema de La plaza y la torre es que se trata de un trabajo que peca de ambicioso. Promete hablar de redes ocultas en la historia, de teorías de la conspiración, pero al final se centra en una historia muy general de las fluctuaciones entre la torre y la plaza, entre jerarquía y redes al margen del poder. Bien es cierto que como sucede con todos los libros de Ferguson, su lectura resulta tan instructiva como amena.

jueves, 22 de abril de 2021

LO SEXUAL ES POLÍTICO (Y JURÍDICO) (2019), DE PABLO DE LORA. SOCIEDAD, JUSTICIA, INTIMIDAD Y POLÍTICAS DE IDENTIDAD.

El debate se ha intensificado en los últimos años impulsado por el auge del feminismo en nuestra sociedad: ¿hasta qué punto debe el Estado regular las relaciones íntimas? ¿los jueces verán afectada su imparcialidad si, como se insiste desde grupos de izquierda, sus decisiones deben ir revestidas de perspectiva de género? Estas y otras muchas cuestiones de ámbito similar están más que presentes en controversias públicas y sociales. Pero con frecuencia se echan en falta voces serenas y con sólida formación jurídica que aporten las necesarias dosis de racionalidad a dicho debate. Pablo de Lora, que ya ha conocido lo que significa ser boicoteado en la Universidad de Barcelona, es profesor de filosofía del derecho de la Universidad Autónoma de Madrid y es de esas personas que todavía se atreven a hablar con libertad acerca de los asuntos que domina, a sabiendas de que estos tiempos de censuras y condenas inquisitoriales al disidente aconsejan lo contrario. Su libro no tiene desperdicio: se trata de un lúcida reflexión desde la ciencia jurídica acerca de la deriva que han ido tomando estos asuntos en los últimos tiempos.

Desde instancias políticas del más alto nivel se ha puesto en tela de juicio el fundamental principio de presunción de inocencia, se han criticado sentencias judiciales, se ha instado a los jueces a pronunciarse de determinada manera en algunos casos mediáticos y se ha participado en programas-basura del corazón para defender a una famosa que acusa a su expareja de delitos muy graves sin más fundamento que su propio testimonio y cuando los jueces ya se han pronunciado al respecto. 

Con ser todo esto gravísimo, lo peor del caso es que es muy difícil contemplar un debate con un nivel aceptable sin que surjan tensiones al menor signo de disidencia respecto del discurso hegemónico. Y dicho discurso asegura que nuestra sociedad es patriarcal y se basa en el dominio absoluto del hombre sobre la mujer, una víctima perpetua que debe ser protegida por el derecho de una forma especial ya que, entre otras cosas, existe en nuestro país la llamada "cultura de la violación", por lo que todo hombre es un potencial agresor, ya que la práctica totalidad de los delitos sexuales son cometidos por varones. Por ello, se fomenta la formación de los jueces en perspectiva de género, quizá porque se les supone poco identificados con el sufrimiento de las víctimas. Pero dicha perspectiva de género no debe limitarse al ámbito judicial, sino que debe impregnar toda iniciativa del Estado, llegándose al absurdo de ser obligatorio elaborar planes de infraestructuras o de ordenación del territorio acompañados de informes de impacto de género.

Lo más paradójico de todo esto es que la izquierda empieza a hacer suyo un lenguaje de carácter puritano en el que se empieza a poner en tela de juicio la existencia de la pornografía y se veta y censura como machista todo discurso disidente. Quizá a estas alturas no sea necesario imponer una Junta de Censura, como en el franquismo porque jamás ha estado más en auge la autocensura como en nuestra época: las semillas de lo políticamente correcto han arraigado fuertemente en nuestra sociedad haciendo imposible cuestionar ciertos dogmas. La última ocurrencia se basa en cuestionar la idea de género (algo que plantea dudas incluso en las feministas del PSOE) y facilitar que cualquiera pueda cambiarse de hombre a mujer o viceversa sin más requisitos que la propia voluntad, llegándose al extremo de que cada cual tenga la capacidad de definirse en términos que vayan más allá de la tradicional división entre masculino y femenino, un cambio social tan profundo (que además acabaría con la perspectiva de género) que no debería imponerse sin ser consensuado con el resto de fuerzas políticas:

"El artículo 3 de la proposición de Ley de Unidos Podemos a la que antes me he referido señala, por ejemplo, que las personas no binarias son aquellas: «... cuya identidad sexual, de género y/o expresión de género se ubica fuera de los conceptos de hombre/mujer y/o masculino/femenino, o fluctúa entre ellos. Las personas no binarias pueden o no emplear un género gramatical neutro, pueden o no someterse a procedimientos médicos, pueden o no tener o desear una apariencia andrógina, y pueden o no utilizar otros términos específicos para describir su identidad de género, como pueden ser, entre otros, género queer, variantes de género, género neutro, otro, ninguno o fluido». En la Ley 8/2017 de 28 de diciembre para garantizar los derechos, la igualdad de trato y no discriminación de las personas LGTBI y sus familiares en Andalucía se dice en su artículo 3 que son personas trans, entre otras: «... quienes definen su género como “otro” o describen su identidad en sus propias palabras»"

Una de las controversias más recurrentes de nuestro tiempo tiene que ver con el consentimiento en las relaciones sexuales, resumiéndose la pretendida reforma al respecto en el conocido lema "solo sí es sí". Lo primero que hay que decir al respecto es que, contra lo que algunos quieren hacer ver, el consentimiento se haya desde hace muchos años regulado perfectamente en nuestro código penal, tipificándose los correspondientes delitos de agresión y abuso sexual, por lo que cualquier relación sexual en la que no haya mediado consentimiento previo es delito. Claro está que en muchas ocasiones es difícil probar un hecho que se ha producido en un ámbito tan íntimo, pero la solución no está en invertir la carga de la prueba como parece derivarse de ciertas declaraciones. Esto sería un ataque a la línea de flotación de nuestro Estado de derecho. 

Resulta curioso asomarse al ya lejano año 1983, cuando se debatió en el Congreso el rechazo a la agravante de género que penalizaba, en el código franquista, con más severidad ciertos delitos si la víctima era mujer. Para el diputado socialista Francisco Granados Calero, se trataba de un "principio de galantería" e iba en contra de la igualdad entre hombre y mujer presuponer en esta última una debilidad física que justificase dicha agravante, pues bastaría con la de prevalimiento. Cuatro décadas después, nuestro Código Penal vuelve a contar con agravante de género en ciertos delitos que se dan en el ámbito de la pareja. No solo eso, la ley llega a presuponer que cualquier agresión producida en este ámbito debe definirse como violencia de género, es decir ejercida como parte del control y dominio que ejerce el hombre sobre la mujer debido a la desigualdad estructural de que parte la relación, llegándose al absurdo de meter en el mismo saco agresiones de drogadictos, de alcohólicos, de delincuentes habituales, de personas que no han recibido educación en nuestro país, de gente arruinada, de personas con problemas mentales o de gente desesperada que quiere practicar la eutanasia a quien lleva años sufriendo sin ser atendida por la administración. Todo se reduce al machismo, lo que produce el doble efecto de perpetuar las mismas políticas que eternizan el problema y no buscar soluciones alternativas ajustadas a cada tipo de caso. Lo cual no quiere decir que el machismo no siga existiendo en ciertos ámbitos y que en muchas ocasiones nos topemos con monstruos que maltratan sistemáticamente a sus parejas. No hay por qué negar estos extremos.

En cualquier caso, los niveles de delincuencia en este ámbito en España no nos permiten hablar, como se dice a menudo, de violencia estructural, - como si los hombres nacieran con el pecado original del machismo - sino de un problema serio que hay que ir reduciendo y del que está concienciado la inmensa mayoría de la población masculina, a la que jamás se le ocurriría levantar la mano contra su pareja. ¿Qué sucedería si se pusiera permanentemente el foco en el hecho de que la mayoría de los infanticidios los cometen mujeres? ¿sería justo decir que existe una violencia estructural de las mujeres contra sus hijos? Además, existe mucha demagogia en estos asuntos. Desde las instituciones se asegura de que las denuncias falsas de violencia de género son un porcentaje insignificante, pero se olvida mencionar los porcentajes de casos en los que se absuelve al acusado y se dicta el sobreseimiento del mismo. Esto no quiere decir que estas denuncias sean falsas, pero tampoco las podemos clasificar como auténticas: no hay más remedio que la verdad judicial ha de establecerse mediante un estricto procedimiento probatorio que a veces no es capaz de condenar al culpable. También es cierto que en muchos más casos de los que cualquiera pueda sospechar, la violencia en el seno de la pareja resulta ser bidireccional:

"(...) los estudios siguen mostrando, pese a todo, que la violencia en el seno de la pareja es fundamentalmente simétrica, aunque la ejercida por los hombres tiene peores consecuencias; que también las mujeres son perpetradoras de agresiones en mucha mayor medida de la estimada, y que por tanto los hombres son también víctimas, de manera no residual, y que las tasas de violencia en parejas del mismo sexo no son significativamente disímiles en relación con la pareja heterosexual."

Aunque muchas de sus afirmaciones puedan ser cuestionables, Lo sexual es político (y jurídico) supone una valiente aportación a la necesidad de serenar un debate que deriva en demasiadas ocasiones a lo emocional más que a lo jurídico. Resulta realmente penoso que sea un partido ultraderechista como Vox el que haya asumido la tarea de intentar hacer ver al electorado las contradicciones del sistema, una realidad que hace ganar votos a una formación que desplegaría planes muy siniestros para nuestro país si alguna vez, las circunstancias no lo permitan, llegara al gobierno.

sábado, 9 de enero de 2021

EL FIN DEL AMOR (2018), DE EVA ILLOUZ. UNA SOCIOLOGÍA DE LAS RELACIONES NEGATIVAS.

 

Si comparamos la vida sentimental del ciudadano medio con la de nuestros equivalentes de hace solo unas décadas, podemos deducir que la diferencia de valores es abismal. La opción casi exclusiva por el matrimonio religioso, por amor y para toda la vida se ha transformado para  muchos en un auge de libertad sexual en un sentido absoluto, de una búsqueda permanente de nuevas experiencias sexuales y amorosas que es fomentada por el nuevo capitalismo tecnológico. Se trata de una revolución equivalente a la que se produjo en las naciones ilustradas a finales del siglo XVIII, cuando empezó a ponerse en cuestión el concepto tradicional de matrimonio - una institución regulada por la conveniencia de las familias de ambos cónyuges - para dar paso a las relaciones basadas exclusivamente en la libre elección amorosa de los individuos, influida por novelas como Julia, o la nueva Eloísa, de Jean-Jacques Rousseau. 

Así pues, en el siglo XXI las relaciones de pareja han pasado a ser un ámbito muy provechoso de la economía de consumo. Si hasta hace un cuarto de siglo las posibilidades de elección se circunscribían prácticamente al ámbito del propio barrio, la propia localidad o los lugares de trabajo, las nuevas aplicaciones informáticas han abierto el campo de elección hasta casi el infinito. El mercado de encuentros sexuales esporádicos entre desconocidos (algo que siempre ha sucedido, pero de manera marginal), se ha convertido en uno de los estímulos más poderosos para la vida emocional de muchas personas. Los tradicionales ritos de cortejo se dejan atrás en favor de la atracción física inmediata que es prácticamente lo único valorable en estos encuentros. Para muchos, esta forma de vida, siempre anhelando nuevas emociones, se acaba transformando en una fastidiosa rutina y se anhelan relaciones más estables. 

Pero establecer un enlace más duradero en el ámbito amoroso no resulta tarea fácil en estas circunstancias. La fácil e inmediata posibilidad de acceder a otras experiencias es una permanente espada de Damocles en muchas relaciones y el divorcio, en la mayoría de los países de occidente es un derecho que apenas establece condiciones para su utilización. Los traumas del pasado, que eran los derivados de tener que soportar relaciones para toda la vida con gente que podía descubrirse como totalmente incompatible con el propio carácter o con auténticos maltratadores físicos y psicológicos, se transforma ahora en el trauma de la ruptura fácil de los vínculos, algo que desgraciadamente también afecta a los hijos. Para muchos es una incertidumbre permanente y angustiante. Para otros, se trata de una garantía de ejercicio de una libertad incontestable, sobre todo en una sociedad que se ha vuelto mucho más exigente y cuyos miembros toleran cada vez menos la más mínima frustración en lo que ellos creen que se merecen

El capitalismo se ha hecho rápidamente eco de esta nueva situación y ha abierto nuevos mercados que tratan de empoderar a los consumidores a través de la mejora de sus habilidades y atractivo sexual a través de gimnasios, moda, cosméticos y cirugía estética. El valor absoluto en el nuevo mercado de las relaciones es la belleza física, la capacidad de seducir al otro de la manera más inmediata posible. También todo esto da lugar a relaciones interesadas, en las que el atractivo físico se intercambia por bienes materiales, aunque la diferencia de edad y belleza e incluso inteligencia entre estas parejas sea ostensible. Este testimonio (si se le puede llamar así) de una bloguera se repite como un patrón de deseo, quizá demasiado superficial, en ciertas jóvenes:

"¿Realmente podría ser feliz junto a un hombre con edad como para ser mi padre? ¡Sí, sí y sí! Es que, ¿saben?, para mí eso de estar meticulosamente arreglada y fabulosa a toda hora dista de ser un sacrificio. Amo combinar la ropa que me pongo, hacerme manicuras/pedicuras y, por encima de todo, ir de compras. Amo todas estas cosas con o sin el beneficio de conocer a hombres ricos (preferiblemente con). Verme espléndida me da un subidón porque soy perfeccionista hasta la médula y no me conformo con menos. Además, si estuviera casada con un hombre rico me cuidaría igual que ahora (...). La mujer que ves caminando por la calle es una obra de arte. Hay mucho trabajo de mantenimiento - manicuras, pedicuras, cortes de pelo, depilación con cera o con pinza, platinado y COMPRAS - en esa obra de arte. El arte refleja tu estilo de vida y tu estatus. Si lo que quieres es un trofeo, tienes que estar dispuesto a pagar el precio."

Por supuesto, esta actitud no es representativa de la mayoría de las jóvenes, que anhelan más bien ser personas independientes y capaces de ganarse la vida por sí misma, pero si refleja parte de la superficialidad en la que han derivado las relaciones amorosas y el desarrollo de egos desmesurados que proporcionan los likes en las redes sociales. La posibilidad de ir saltando de un romance a otro, de seducir a muchos y despertar el deseo en muchos otros, es una especie de fin en sí mismo, una especie de validación frente a uno mismo y frente a los semejantes de la propia habilidad amorosa: una persona que se mantenga virgen, sobre todo si es de manera involuntaria, tiene escasas posibilidades en este mercado despiadado:

"(...) la reducción de opciones conduce a un proceso de valoración, o bien, por expresarlo de otra manera, que la abundancia promueve la devaluación, porque, en una situación de abundancia, es más factible que los objetos y las personas se vuelvan intercambiables y, por ende, reducibles a su valor monetario abstracto."

A todos estos ingredientes, hay que añadir un factor muy poderoso a la hora de alimentar esta realidad social: la inestabilidad laboral, una realidad que hace que las relaciones se resientan, pues no solo se trata ya de la falta de trabajo, sino que en muchos de los existen los horarios irregulares y los sueldos escasos socavan las relaciones al traer continuos problemas de orden material a las mismas. Todo este análisis lo realiza Eva Illouz, una de las sociólogas más destacadas de nuestro tiempo, de manera magistralmente objetiva, acordándose también en las últimas páginas de las novelas de Michel Houellebecq y de los que se consideran a sí mismos los grandes perdedores de estas nuevas reglas de juego, los autodenominados incels, célibes involuntarios que no son capaces de competir en este mercado debido a su físico poco atractivo o a su timidez. Desde luego, El fin del amor, acierta plenamente al plantear de una manera científica uno de los grandes debates sociológicos del siglo XXI.