Si hay una época en la que Estados Unidos alcanzó sus mayores niveles de crisis socieconómica esta se produjo hacia la mitad de los años setenta. El país acababa de retirarse de Vietnam después de perder miles de soldados, el presidente tenía que dimitir por el caso Waterwate y la crisis económica afectaba de forma brutal al nivel de vida del ciudadano medio, que debía enfrentarse también a un auge de la criminalidad sin precedentes. El cine reflejó de manera magistral todas estas crisis adoptando un lenguaje nuevo que se alejaba al de Hollywood tradicional. Por primera vez existía verdadera libertad creativa, un oasis que durararía hasta los primeros ochenta. De esta tesitura saldrían obras como Chinatown, Tarde de perros, Network, Todos los hombres del presidente o Taxi Driver, la película que mejor reflejó la brutal decadencia del Nueva York de la época. Además comenzó un lógico auge del cine de catastrófes. Esta polémica entre lo antiguo y lo nuevo llegaría a reflejarse incluso en la ceremonia de los Oscars, mostrando que la pugna entre conservadores y progresistas que dividía al país se daba en todos los ámbitos. La película de Neville refleja estupendamente el espíritu de esa época, eligiendo muy bien los fragmentos de películas que se muestran y los testimonios de actores y directores (que en alguna ocasión son demasiado escuetos), por lo que se trata de un documental muy entretenido que consigue su objetivo de volver a interesar al espectador cinéfilo por un puñado de obras maestras que se filmaron en una tesitura irrepetible, puesto que este corte de mangas al discurso oficial de la industria no volverá.
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