Esto es lo que Eva Illouz define como utopía romántica, un imaginario compartido acerca de cómo debe vivirse una historia de amor. Pero el capitalismo no solo fomenta el hedonismo, sino que exige que las personas sean laboriosas por el día para ganarse el derecho a estos pequeños placeres que suelen practicarse en salidas nocturnas o en periodos de vacaciones. Si bien la idea de romance se ha liberalizado (el papel de las familias ya no es el factor determinante a la hora de establecer relaciones de pareja) y se ha roto la barrera de las clases sociales a la hora de establecer vínculos amorosos, el capitalismo ha ido estableciendo sutilmente una serie de rituales que no pueden desligarse la idea de romance. La experiencia romántica significa inevitablemente acudir al mercado de consumo: restaurantes, cines, teatros, viajes y regalos en fechas señaladas. A partir de la década de 1920 la publicidad va a afinando cada vez más sus mensajes vinculando sus productos a la idea de felicidad y plenitud. El cine ayuda a que se consolide esta idea ofreciendo historias cada vez más sofisticadas en las que se muestra al público lo que es un romance perfecto.
Estas ideas se generalizan tanto que muchos estiman que no vivir una experiencia como esta supone un fracaso vital, una renuncia a la plenitud existencial:
"(...) la experiencia romántica presenta algunos atributos de los ritos religiosos: el aislamiento del objeto de adoración, el uso de vestimentas específicas, el consumo de comidas particulares, la reorganización del espacio o el desplazamiento a otro lugar y la fijación de un momento especial para la celebración constituyen elementos que permiten vivir una experiencia con la misma "textura" subjetiva de las festividades religiosas, es un ámbito separado física o simbolicamente de la vida cotidiana. Los sujetos que viven este tipo de experiencia ingresan en un dominio donde se exaltan las emociones, se regeneran las fuerzas vitales y se reafirma el vínculo con la persona que tienen a su lado."
Pero existe un elemento perturbador en todo esto, que Illouz describe en los capítulos finales. A pesar del sentimiento de libertad que parece gobernar la labor de elección de una pareja, la supuesta armonía que se logra en el encuentro de dos espíritus afines en realidad se basa en una correspondencia de dos personas en modos de consumo, pertenencia a una clase social determinada, gustos más o menos refinados e incluso la forma de conversar. Entonces, de modo inconsciente, el amor romántico sería también en múltiples ocasiones un sentimiento interesado, no incondicional. Porque, como ya se habrá intuido, el dinero es un factor decisivo a la hora de permitir experimentar la idea de romance perfecto que se ha establecido socialmente como una idea indiscutible. Solo las clases sociales con rentas altas pueden gozar del tiempo y de los medios económicos para vivir estas experiencias ofertadas por un mercado cada vez más sofisticado, experiencias que se multiplican exponencialmente gracias al auge de internet y las redes sociales. Los que viven al día, con un sueldo escaso, apenas tienen oportunidades en este sentido. Suelen llegar a casa derrotados después de una jornada interminable en trabajos físicos que minan la energía para actividades nocturnas que puedan considerarse románticas. También el romance tiene sus clases sociales preferidas y la idea de fracaso vital también puede instalarse en quienes carecen de los medios económicos y el tiempo de ocio necesarios para vivir las experiencias que ofrece el capitalismo como indispensables si se quiere estimular el vínculo amoroso.

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