Mostrando entradas con la etiqueta eva illouz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta eva illouz. Mostrar todas las entradas

sábado, 20 de junio de 2026

EL CONSUMO DE LA UTOPÍA ROMÁNTICA (1992), DE EVA ILLOUZ. EL AMOR Y LAS CONTRADICCIONES CULTURALES DEL CAPITALISMO.

Es indudable que el amor es un sentimiento primario y de origen biológico. Buscamos el vínculo afectivo con una pareja como mecanismo de reproducción, buscando hijos que perpetuen nuestra estirpe conviviendo con una persona del sexo contrario con la que nos podemos sentir más completos. Pero el establecimiento de la civilización humana también ha ido estableciendo importantes factores culturales que determinan decisivamente la tarea de buscar una pareja y estimular posteriormente el sentimiento romántico en la relación. Desde finales del siglo XIX el capitalismo ha sido el elemento más decisivo a la hora de establecer los factores de lo que es una relación perfecta y adecuada ante uno mismo y ante los demás. El cine, la televisión y la publicidad han ido mostrando ejemplos tan elaborados que seducen inevitablemente a un espectador que siente que debe imitar en lo posible a estos modelos para sentirse pleno.

Esto es lo que Eva Illouz define como utopía romántica, un imaginario compartido acerca de cómo debe vivirse una historia de amor. Pero el capitalismo no solo fomenta el hedonismo, sino que exige que las personas sean laboriosas por el día para ganarse el derecho a estos pequeños placeres que suelen practicarse en salidas nocturnas o en periodos de vacaciones. Si bien la idea de romance se ha liberalizado (el papel de las familias ya no es el factor determinante a la hora de establecer relaciones de pareja) y se ha roto la barrera de las clases sociales a la hora de establecer vínculos amorosos, el capitalismo ha ido estableciendo sutilmente una serie de rituales que no pueden desligarse la idea de romance. La experiencia romántica significa inevitablemente acudir al mercado de consumo: restaurantes, cines, teatros, viajes y regalos en fechas señaladas. A partir de la década de 1920 la publicidad va a afinando cada vez más sus mensajes vinculando sus productos a la idea de felicidad y plenitud. El cine ayuda a que se consolide esta idea ofreciendo historias cada vez más sofisticadas en las que se muestra al público lo que es un romance perfecto.

Estas ideas se generalizan tanto que muchos estiman que no vivir una experiencia como esta supone un fracaso vital, una renuncia a la plenitud existencial:

"(...) la experiencia romántica presenta algunos atributos de los ritos religiosos: el aislamiento del objeto de adoración, el uso de vestimentas específicas, el consumo de comidas particulares, la reorganización del espacio o el desplazamiento a otro lugar y la fijación de un momento especial para la celebración constituyen elementos que permiten vivir una experiencia con la misma "textura" subjetiva de las festividades religiosas, es un ámbito separado física o simbolicamente de la vida cotidiana. Los sujetos que viven este tipo de experiencia ingresan en un dominio donde se exaltan las emociones, se regeneran las fuerzas vitales y se reafirma el vínculo con la persona que tienen a su lado."

Pero existe un elemento perturbador en todo esto, que Illouz describe en los capítulos finales. A pesar del sentimiento de libertad que parece gobernar la labor de elección de una pareja, la supuesta armonía que se logra en el encuentro de dos espíritus afines en realidad se basa en una correspondencia de dos personas en modos de consumo, pertenencia a una clase social determinada, gustos más o menos refinados e incluso la forma de conversar. Entonces, de modo inconsciente, el amor romántico sería también en múltiples ocasiones un sentimiento interesado, no incondicional. Porque, como ya se habrá intuido, el dinero es un factor decisivo a la hora de permitir experimentar la idea de romance perfecto que se ha establecido socialmente como una idea indiscutible. Solo las clases sociales con rentas altas pueden gozar del tiempo y de los medios económicos para vivir estas experiencias ofertadas por un mercado cada vez más sofisticado, experiencias que se multiplican exponencialmente gracias al auge de internet y las redes sociales. Los que viven al día, con un sueldo escaso, apenas tienen oportunidades en este sentido. Suelen llegar a casa derrotados después de una jornada interminable en trabajos físicos que minan la energía para actividades nocturnas que puedan considerarse románticas. También el romance tiene sus clases sociales preferidas y la idea de fracaso vital también puede instalarse en quienes carecen de los medios económicos y el tiempo de ocio necesarios para vivir las experiencias que ofrece el capitalismo como indispensables si se quiere estimular el vínculo amoroso.

sábado, 7 de junio de 2025

MODERNIDAD EXPLOSIVA (2024), DE EVA ILLOUZ. LA INTENSIDAD DEL MUNDO.

Eva Illouz se ha consolidado desde hace tiempo como una de las voces más lúcidas en el análisis sociológico del mundo que nos ha tocado vivir. Un mundo cada vez más acelerado en el que la mente descansa rara vez, puesto que vivimos rodeados de todo tipo de estímulos que requieren nuestra atención de forma constante, una de las características del capitalismo de consumo en el que habitamos. En esta ocasión la autora de El fin del amor se dedica a analizar nuestra vida emocional a través de capítulos dedicados a la esperanza, la decepción, la envidia, la ira, el miedo, la nostalgia, el desarraigo, la vergüenza, el orgullo, los celos y el amor. Las reacciones emocionales tienen que ver con la educación, con los intereses y con lo valores del mundo en el que se desarrolla la vida del individuo:

"Las palabras de las emociones - especialmente si son destacadas en una cultura - actúan como poderosos imanes: atraen hacia ellas las partículas flotantes de nuestra interioridad. He aquí un ejemplo. Un hombre te ofende. Lo que sientas realmente, como nombres tu emoción y qué hagas con ella depende en gran medida de si eres hombre o mujer, de si te rige una ética aristocrática del honor, una ética cristiana del perdón o una ética de autocontrol racional masculino. (...) Atendemos las experiencias invocando las etiquetas emocionales que se les atribuyen y la cultura propicia esas etiquetas ayudándonos a nombrar, rotular, clasificar, categorizar e interpretar el batiburrillo de la vida interior."

Y es que, como asegura la autora, nuestra época es intensamente emocional, porque dichas emociones son reclamadas de manera constante por las instituciones políticas, empresariales y culturales. La envidia es estimulada por el mercado de consumo o la ira por la pugna política. Desde hace tiempo en la política ya no importan los resultados de las nuevas iniciativas legislativas de los gobiernos, sino ganar un relato coherente que vender a los votantes, relato que suele estar repleto de referencias al enemigo partidista, que es el verdadero culpable de que las cosas no vayan como al esforzado gobernante le gustaría. Lo vemos en la caótica gobernanza de Donald Trump, con el triste invento de los hechos alternativos y empezamos a verlo también en nuestro país, cuando el gobierno empieza a vender unos mensajes manipulados como hechos interpretables. El ciudadano solo tiene la alternativa de participar intensamente (y muchas veces irracionalmente) en un debate en el que casi nunca están presentes de manera directa sus intereses o aislarse totalmente del mismo, renunciando por puro cansancio emocional a seguir una contienda estéril.

Así pues, vivimos en una época emocioalmente contradictoria. Se nos invita a expresarnos, a sacar lo que llevamos dentro, pero ante tanto ruido, es un afán inútil. Una época a la vez apasionante y apasionada en la que es muy difícil calibrar un rumbo vital idóneo ante tantas opciones, muchas de ellas sin auténtico contenido. Lo mejor de Eva Illouz es cada capítulo es un auténtico festín intelectual planteado de modo muy atractivo, dado que ejemplifica sus afirmaciones con ejemplos extraídos del cine o de la literatura, trayendo a colación a autores como Annie Ernaux, Steven Millhauser o John Williams. Modernidad explosiva asume la tarea de tomarle el pulso emocional a nuestro mundo y deviene en un análisis brillante del mismo.

miércoles, 5 de abril de 2023

POR QUÉ DUELE EL AMOR (2011), DE EVA ILLOUZ. UNA EXPLICACIÓN SOCIOLÓGICA.

Los cambios en las relaciones sociales y amorosas entre seres humanos producidos en las últimas décadas son más profundos que los se hayan podido producir en los siglos anteriores. Con esta premisa, Eva Illouz emprende un análisis que se centra en lo sociológico mucho más que en lo psicológico. Salvo casos excepcionales, hasta finales del siglo XIX - y para la mayoría de la gente hasta muy entrado el siglo XX - las relaciones de pareja tenían un componente religioso y familiar que sustetaban la realidad de que eran para toda la vida, una conviencia más o menos amorosa cuya principal finalidad era traer hijos al mundo y reforzar la idea de familia que se tuviera en cada época. La llegada de libertades hasta entonces insospechadas a los países, sobre todo de Occidente, que iban profundizando en sus sistemas democráticos iban cambiando poco a poco las costumbres. El feminismo consiguió la emancipación de la mujer, que ya no tenía que someterse a las elecciones de otros a la hora de encontrar una pareja. Pero lo más importante es que se fue abriendo el campo de dichas elecciones. Las barreras en cuanto a clases sociales, que habían sido tan sólidas, fueron desmoronándose y la idea de amor romántico quedó como primer y casi único aspecto a tener en cuenta a la hora de comprometerse con una pareja. La felicidad personal tomó cuerpo frente a la idea de sacrificio y los roles tradionales dieron paso, poco a poco, a la plena igualdad entre hombre y mujer.

Hay que acercarse, por ejemplo, a los rituales de cortejo decimonónicos que describen las novelas de Jane Austen o a la literatura epistolar de la época para advertir el inmenso cambio producido. Además de que dicho cortejo se produjera en las circunstancias y dentro de la clase social adecuada, estaba bien visto que las mujeres menospreciaran las cualidades propias que debían ser ensalzadas por el hombre. Encontramos, por ejemplo, esta deliciosa carta de Mark Twain dirigida a Olivia Langdon, a quien trataba de conquistar con el largo y laborioso método propio de aquellos días:

"Por favor, no te sientas ofendida cuando te elogio, Livy, pues sé que al hacerlo sólo digo la verdad. Por fin te reconozco un defecto: te menosprecias a ti misma (...) Y aun así, ese menosprecio es una virtud y un mérito, ya que proviene de la ausencia de egoísmo, uno de los defectos más graves que hay."

Hoy día todo esto ha quedado atrás. La libertad radical de elección se traduce en su dificultad, cada vez mayor cuando el campo de posibilidades se va abriendo, hasta llegar al casi infinito actual gracias a las redes sociales, con lo cual dicha elección se vuelve cada vez más exigente y caprichosa. La industria cosmética, el cine, la literatura y la moda desplazaron la idea moral del cuerpo y la convirtieron casi exclusivamente en estética. Ahora el aspecto físico se había convertido en la más importante puerta de entrada a las relaciones amorosas y sexuales y la idea de compromiso para toda la vida se había diluido frente a la atracción sensual por el otro. Casi se podría decir que se había entrado en una especie de mercado en el que los consumidores aspiraban al ideal, al hombre o la mujer perfectos que le vendía la industria, el cual rara vez llegaba a sus vidas, por lo que la frustración pasa a ser la norma. Frente al encorsetamiento de antaño, la idea de libertad de elección goza de indudables ventajas pero tiene un efecto indesado: deja fuera del mercado a aquellos que no cuentan con el atractivo físico o las habilidades sociales suficientes para interesar al otro. Además, dispara la tasa de divorcios y separaciones. La búsqueda permanente del amor ideal y perfecto que creemos merecer - o al menos así nos lo machacan desde todas partes y de manera permanente - acaba creando inmesas frustaciones:

"El desplazamiento de las formas premodernas a las formas modernas del cortejo implica también otro desplazamiento: los ritos y significados sociales compartidos en el ámbito público (en ese universo social común al que pertenecían hombres y mujeres) dejan paso a las interacciones privadas en las que el yo es evaluado según criterios múltiples y volátiles, como el atractivo físico, la "química" emocional, la compatibilidad en los gustos y la configuración psicológica. (...) Como el valor social se ha tornado performativo (pues debe negociarse en el marco de los gustos individualizados y de los criterios individualizados de valor), el yo se encuentra frente a nuevas formas de incertidumbre. En efecto, la individualización constituye una fuente de incertidumbre porque los criterios de evaluación dejan de ser objetivos, es decir, ya no están sometidos al escrutinio de varios agentes sociales que comparten los mismos códigos sociales. En cambio, quedan sujeros a una dinámica del gusto que reviste carácter privado y subjetivo."

La llegada de internet a nuestras vidas no ha hecho sino profundizar en esta tormenta perfecta. Evidentemente, no se puede ni se debe volver al modelo anterior, pero debería haber alguna forma de racionalizar el actual, consiguiendo de alguna manera que en las relaciones primen otros valores además de los meramente estéticos. Están por estudiar con más profundidad fenómenos como las relaciones a distancia, en las que la gente se enamora primero de una imagen, luego de una voz para acabar frustándose cuando se encuentra con la persona real a la que había idealizado. Illouz incluye numerosos testimonios contemporáneos que ratifican sus principales tesis, plasmadas como siempre en un libro ambicioso, valiente y alejado de tentaciones ideológicas para centrarse en la plasmación objetiva del fenómeno que se estudia.

martes, 4 de mayo de 2021

HAPPYCRACIA (2018), DE EDGAR CABANAS Y EVA ILLOUZ. CÓMO LA CIENCIA Y LA INDUSTRIA DE LA FELICIDAD CONTROLAN NUESTRAS VIDAS.

Hace quince años se estrenó en los cines En busca de la felicidad, una película protagonizada por Will Smith, que contaba la historia de Christopher Gadner, un hombre que partiendo de una situación de miseria y desesperación absolutas - sin trabajo, sin casa, abandonado por su mujer y al cuidado de su hijo - consiguió hacer realidad su sueño: convertirse en una de las personas más influyentes de Wall Street. ¿Y cómo consiguió tal hazaña? Pues simplemente luchando y haciendo uso de la fuerza de optimismo individualista inusitado. Para los promotores de la industria de la felicidad, Christopher Gadner, que es un personaje real, es el resumen del sueño americano, la constatación de que cualquiera puede realizar sus metas con solo desearlo. La moraleja que se quiere hacer llegar al público en general es que el éxito individual es solo responsabilidad de uno mismo, que solo depende de esforzarse lo suficiente y creer que es posible llegar a dónde nos hayamos propuesto. Como es lógico, ni el Estado, ni la sociedad ni las crisis económicas tienen responsabilidad en tus fracasos. Únicamente tú mismo.

En los últimos años muchos psicólogos norteamericanos se han esforzado en otorgar una cédula de respetabilidad a esta pseudociencia. Esto quiere decir que cualquier persona, aunque esté mentalmente sana, puede hacerse acreedora de sus servicios, puesto que, según ellos, se puede aprender a ser feliz. Un cuando uno es ya feliz, se puede seguir aprendiendo a aumentar la felicidad personal. Esto, que tan bien suena sobre el papel, que tanta motivación parece regalar a cualquier ciudadano, tiene un reverso oscuro que ya hemos sugerido: deja la entera responsabilidad de la construcción de esa vida ideal al ciudadano, convirtiéndose en un poderoso instrumento de la ideología ultraliberal:

"Aparentemente, la desigualdad social ya no va acompañada de resentimiento sino de una especie de «factor de esperanza» en virtud del cual el éxito de los más favorecidos se percibiría como un incentivo de mejora social y económica por parte de los que lo son menos. En este sentido, nuevos estudios apuntan en la dirección de que cuanto mayores son las desigualdades, más felices parecen ser los ciudadanos, ya que más expectativas de mejora social y económica se abren ante ellos."

En esta nueva realidad, el trabajo asalariado pasa a convertirse en una cuestión de proyectos personales, de creatividad y de emprendimiento, es decir, de precariedad para quienes no tienen capacidad de venderse en un mercado cada vez más competitivo y de reciclarse cada vez que es necesario, así como para quienes no cuentan con fondos para invertir en su formación. La fuerza laboral de antaño pasa a convertirse en capital humano. Esta filosofía acaba trasladándose a todos los aspectos de la vida cotidiana: también la búsqueda de pareja se transforma en una cuestión de saber venderse en las redes sociales o la salud en una cuestión de hábitos de vida, en una responsabilidad del propio individuo, en suma. 

La búsqueda de la felicidad a toda costa acaba siendo una carrera de autoculpabilización y continua ansiedad. Todo conspira para enseñarnos que el resto son triunfadores y nosotros nos hemos quedado atrás, porque no hemos sido capaces de hacer uso de nuestra fuerza interior. Hoy ya es casi obligatorio mostrar nuestra felicidad en las redes sociales, para probar ante los demás que no somos unos fracasados. Los problemas de cualquier índole quedan para el ámbito más íntimo y no deben ser mostrados, solo superados a base de voluntad. Libros y más libros de autoayuda, conferencias y vídeos de Youtube nos machacan con el mismo mensaje, que es aceptado sin rechistar por cualquiera que no quiera mostrarse ante los demás como un incapaz. Esto consigue que en las crisis económicas como la del 2008 el número de emprendedores se multiplique, no porque de pronto a la gente le germine mágicamente una vena empresarial, sino porque la situación no les deja otra salida, lo cual contribuye a hundir aún más a la mayoría de ellos, que comienzan un proyecto sin tener mucha idea de las implicaciones de su decisión.

Últimamente, ante esta nueva crisis que llama con insistencia a nuestra puerta, el gobierno ha adoptado en su discurso el término resiliencia, es decir, la capacidad individual de sobreponerse a situaciones difíciles. Aunque en principio parece que estas alocuciones están dirigidas a la sociedad en su conjunto, para salir juntos del momento difícil, no es descartable que se acabe transformando en una apelación a la responsabilidad individual cuando los recursos del Estado no den más de sí y haya que empezar a pagar la factura del enorme déficit que estamos generando. Los próximos meses serán cruciales para observar si los Estados tiran por el camino fácil del discurso positivo y motivador o si verdaderamente desarrollan planes para ayudar a quienes peor lo están pasando, organizando esa poderosa maquinaria que es la administración en favor de los mismos. Como ya sucedió con Sonríe o muere, de Barbara Ehrenreich, Happycracia se erige como un valioso libro-denuncia acerca de unas doctrinas prácticas que, más que buscar la felicidad del ciudadano, estimulan aún más sus niveles de ansiedad ante situaciones difíciles de las que ellos no son responsables.

sábado, 9 de enero de 2021

EL FIN DEL AMOR (2018), DE EVA ILLOUZ. UNA SOCIOLOGÍA DE LAS RELACIONES NEGATIVAS.

 

Si comparamos la vida sentimental del ciudadano medio con la de nuestros equivalentes de hace solo unas décadas, podemos deducir que la diferencia de valores es abismal. La opción casi exclusiva por el matrimonio religioso, por amor y para toda la vida se ha transformado para  muchos en un auge de libertad sexual en un sentido absoluto, de una búsqueda permanente de nuevas experiencias sexuales y amorosas que es fomentada por el nuevo capitalismo tecnológico. Se trata de una revolución equivalente a la que se produjo en las naciones ilustradas a finales del siglo XVIII, cuando empezó a ponerse en cuestión el concepto tradicional de matrimonio - una institución regulada por la conveniencia de las familias de ambos cónyuges - para dar paso a las relaciones basadas exclusivamente en la libre elección amorosa de los individuos, influida por novelas como Julia, o la nueva Eloísa, de Jean-Jacques Rousseau. 

Así pues, en el siglo XXI las relaciones de pareja han pasado a ser un ámbito muy provechoso de la economía de consumo. Si hasta hace un cuarto de siglo las posibilidades de elección se circunscribían prácticamente al ámbito del propio barrio, la propia localidad o los lugares de trabajo, las nuevas aplicaciones informáticas han abierto el campo de elección hasta casi el infinito. El mercado de encuentros sexuales esporádicos entre desconocidos (algo que siempre ha sucedido, pero de manera marginal), se ha convertido en uno de los estímulos más poderosos para la vida emocional de muchas personas. Los tradicionales ritos de cortejo se dejan atrás en favor de la atracción física inmediata que es prácticamente lo único valorable en estos encuentros. Para muchos, esta forma de vida, siempre anhelando nuevas emociones, se acaba transformando en una fastidiosa rutina y se anhelan relaciones más estables. 

Pero establecer un enlace más duradero en el ámbito amoroso no resulta tarea fácil en estas circunstancias. La fácil e inmediata posibilidad de acceder a otras experiencias es una permanente espada de Damocles en muchas relaciones y el divorcio, en la mayoría de los países de occidente es un derecho que apenas establece condiciones para su utilización. Los traumas del pasado, que eran los derivados de tener que soportar relaciones para toda la vida con gente que podía descubrirse como totalmente incompatible con el propio carácter o con auténticos maltratadores físicos y psicológicos, se transforma ahora en el trauma de la ruptura fácil de los vínculos, algo que desgraciadamente también afecta a los hijos. Para muchos es una incertidumbre permanente y angustiante. Para otros, se trata de una garantía de ejercicio de una libertad incontestable, sobre todo en una sociedad que se ha vuelto mucho más exigente y cuyos miembros toleran cada vez menos la más mínima frustración en lo que ellos creen que se merecen

El capitalismo se ha hecho rápidamente eco de esta nueva situación y ha abierto nuevos mercados que tratan de empoderar a los consumidores a través de la mejora de sus habilidades y atractivo sexual a través de gimnasios, moda, cosméticos y cirugía estética. El valor absoluto en el nuevo mercado de las relaciones es la belleza física, la capacidad de seducir al otro de la manera más inmediata posible. También todo esto da lugar a relaciones interesadas, en las que el atractivo físico se intercambia por bienes materiales, aunque la diferencia de edad y belleza e incluso inteligencia entre estas parejas sea ostensible. Este testimonio (si se le puede llamar así) de una bloguera se repite como un patrón de deseo, quizá demasiado superficial, en ciertas jóvenes:

"¿Realmente podría ser feliz junto a un hombre con edad como para ser mi padre? ¡Sí, sí y sí! Es que, ¿saben?, para mí eso de estar meticulosamente arreglada y fabulosa a toda hora dista de ser un sacrificio. Amo combinar la ropa que me pongo, hacerme manicuras/pedicuras y, por encima de todo, ir de compras. Amo todas estas cosas con o sin el beneficio de conocer a hombres ricos (preferiblemente con). Verme espléndida me da un subidón porque soy perfeccionista hasta la médula y no me conformo con menos. Además, si estuviera casada con un hombre rico me cuidaría igual que ahora (...). La mujer que ves caminando por la calle es una obra de arte. Hay mucho trabajo de mantenimiento - manicuras, pedicuras, cortes de pelo, depilación con cera o con pinza, platinado y COMPRAS - en esa obra de arte. El arte refleja tu estilo de vida y tu estatus. Si lo que quieres es un trofeo, tienes que estar dispuesto a pagar el precio."

Por supuesto, esta actitud no es representativa de la mayoría de las jóvenes, que anhelan más bien ser personas independientes y capaces de ganarse la vida por sí misma, pero si refleja parte de la superficialidad en la que han derivado las relaciones amorosas y el desarrollo de egos desmesurados que proporcionan los likes en las redes sociales. La posibilidad de ir saltando de un romance a otro, de seducir a muchos y despertar el deseo en muchos otros, es una especie de fin en sí mismo, una especie de validación frente a uno mismo y frente a los semejantes de la propia habilidad amorosa: una persona que se mantenga virgen, sobre todo si es de manera involuntaria, tiene escasas posibilidades en este mercado despiadado:

"(...) la reducción de opciones conduce a un proceso de valoración, o bien, por expresarlo de otra manera, que la abundancia promueve la devaluación, porque, en una situación de abundancia, es más factible que los objetos y las personas se vuelvan intercambiables y, por ende, reducibles a su valor monetario abstracto."

A todos estos ingredientes, hay que añadir un factor muy poderoso a la hora de alimentar esta realidad social: la inestabilidad laboral, una realidad que hace que las relaciones se resientan, pues no solo se trata ya de la falta de trabajo, sino que en muchos de los existen los horarios irregulares y los sueldos escasos socavan las relaciones al traer continuos problemas de orden material a las mismas. Todo este análisis lo realiza Eva Illouz, una de las sociólogas más destacadas de nuestro tiempo, de manera magistralmente objetiva, acordándose también en las últimas páginas de las novelas de Michel Houellebecq y de los que se consideran a sí mismos los grandes perdedores de estas nuevas reglas de juego, los autodenominados incels, célibes involuntarios que no son capaces de competir en este mercado debido a su físico poco atractivo o a su timidez. Desde luego, El fin del amor, acierta plenamente al plantear de una manera científica uno de los grandes debates sociológicos del siglo XXI.