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sábado, 26 de julio de 2025

EL MALESTAR DE LAS CIUDADES (2023), DE JORGE DIONI LÓPEZ. PRIVATIZACIÓN, TURISMO, VIVIENDA, ESPECULACIÓN Y TRÁFICO.

El de la vivienda es uno de los principales problemas de nuestro país, que los políticos condenan, pero no abordan. La tragedia de la imposibilidad de acceso a una vivienda de jóvenes y no tan jóvenes supone la frustración de muchos sueños y la prohibición de obtener un bien básico, casi equiparable a la sanidad y a la alimentación. Y esta situación ha sido alimentada por la política de las últimas décadas, que ha acabado convirtiendo al ladrillo en un bien de lujo, absolutamente especulativo y alejado del fin social que, al menos en parte, debería tener. Lo público se ha alejado de sus responsabilidades y ha entregado el urbanismo a un sector privado que, como es lógico, lo único que pretende es maximizar beneficios. Todo ello se agrava porque muchas ciudades no tienen más remedio que vivir casi en exclusiva del sector turístico, consiguiendo el efecto de expulsar a sus habitantes a la periferia para dejar el centro y sus aledaños a los visitantes.

Muchas viviendas ya no tienen la función de ser habitadas, sino que se han convertido en un producto financiero, en un refugio de inversores que especulan con un bien que tiene prácticamente garantizada subidas de precios muy importantes, lo cual las aleja cada vez de los ciudadanos corrientes, aquellos que sostienen la economía del día a día y se ven obligados a compartir pisos con desconocidos o, en el peor de los casos, vivir en autocaravanas con tal de habitar a una distancia razonable de sus empleos. Pero el negocio no es solo el inmobiliario, sino la privatización de todo el espacio público:

"Las ciudades se diseñan para que no sea posible recorrerlas sin consumir. Como décadas antes en la costa, el sector privado devora espacio para conseguir una rápida tasa de ganancia. La hostelería ocupa las aceras y las plazas se diseñan para ser ocupadas por actividades privadas como si fueran pequeños centros turísticos. Como los antiguos propietarios de las tierras cercanas al mar, tanto los residentes como el pequeño comercio son desplazados y sustituidos por población de flujo y la gran distribución, donde es interesante la reproducción del esquema agrario: las franquicias se parecen a las aparcerías y los trabajadores de plataforma son los jornaleros."

Así pues, los ciudadanos deben adaptarse a habitar (o deshabitar) unas urbes que ya no son suyas. Algunos efectos de la nueva política son realmente paradójicos, porque los gobiernos que permiten todo esto se declaran ecologistas y establecen zonas de bajas emisiones mientras los trabajadores se ven obligados a vivir a muchos kilómetros de sus empleos y a coger el coche diaramente para poder ganarse la vida, mientras si les hubieran dejado habitar sus ciudades no se verían obligados a hacerlo. Todo esta situación se agrava porque tampoco existe una auténtica inversión en transporte público. En Málaga, por ejemplo, no hay conexión ferroviaria en la mayor parte de una costa por la que diariamente se mueven muchos miles de personas. La ciudad se convierte en un espacio para trabajar y para consumir, no para vivir. La esencia que las diferenciaba se pierde y todas se vuelven intercambiables, con los mismos establecimientos, con las mismas tiendas e incluso con las mismas franquicias museísticas. Las consecuencias de todo esto ya se sufren, pero la tendencia es que vayan a peor, ahondando en la brecha social entre propietarios y no propietarios, ya que el Estado hace tiempo que renunció a sus responsabilidades en esta materia:

"El conflicto civil aparece cuando el Estado renuncia a su función de establecer el marco de convivencia y el mercado se convierte en el principal regulador de la vida social, algo que se asocia al concepto de libertad. Lo público es rígido, ya que establece las mismas normas para todo el mundo, mientras que el mercado es liberador, ya que convierte las reglas en una oferta diferenciada a la que cada demanda accede según su capacidad. Como el mercado siempre funciona correctamente, los problemas sociales siempre se convierten en cuestiones de orden y se solucionan por la fuerza. A medio plazo, llegan los problemas. Cuando surgen de forma más evidente, aparecen los sorprendiditos echándose las manos a la cabeza. Se habla de la polarización. Se echa la culpa a las tecnologías, a ciertos personajes o algunos medios de comunicación cuando sería más lógico situarlos también como consecuencia en lugar de como causa. Si durante décadas construyes dos espacios, es bastante probable que acabes teniendo incomunicación. Cuando, en una sociedad diversa, la Administración que la representa permite la creación de islas homogéneas quiere decir que no se reconoce a sí misma. Acaba dejando de existir y, entonces, esa Administración tendrá que evolucionar hacia otro sistema de articulación."

domingo, 23 de julio de 2023

LA ESPAÑA DE LAS PISCINAS (2021), DE JORGE DIONI LÓPEZ. LA ESPAÑA COLMADA.

Se trata de uno de los grandes problemas que jamás se ha resuelto desde que se reinstauró la democracia en España: el problema de la vivienda. En la Constitución del 78 la vivienda no es un derecho fundamental. El artículo 47 no es más que una hermosa declaración de intenciones que insta a los poderes públicos a que todos los españoles disfruten de una vivienda digna y adecuada, pero no obliga a nada. Como sabemos, ningún gobierno se ha tomado en serio este asunto, sino que se ha limitado a promover, con mayor o con menor énfasis, la compra de vivienda privada, la España de los propietarios y de los acumuladores de propiedades como un bien que siempre aumenta su precio, por lo que la función social queda ahogada por la especulativa. Lo importante no es que todo el mundo pueda tener acceso a una vivienda en la medida de sus posibilidades, sino la creación de un mercado inmobiliario que sea uno de los principales activos del crecimiento económico del país:

"Lo importante es que se mantenga el modelo, basado en la creación de mercado dentro de oleadas especulativas que eliminan todo rastro de función social. El mercado descarta como posibles compradores a los que más lo necesitan, ya que se establecen recursos de segregación: ingresos, estabilidad, capacidad de ahorro, etc. En ocasiones, existe una oferta para situaciones extremas que, cada vez más, se dirige a nichos sociales que previamente tienen que definirse como vulnerables y ser reconocidos como tales, como en las leyes de pobres inglesas. Es decir, en este caso, la vivienda tampoco es un derecho, sino una asistencia. Imprescindible, por supuesto, pero limitada. Será interesante ver cómo el modelo se ajusta a la imposibilidad de las nuevas generaciones para acceder al mercado."

El libro de Jorge Dioni López pone su foco de atención en esas urbanizaciones de chalets individuales con piscina que han proliferado alrededor de nuestras ciudades y pueblos, como una especie de sueño español al que aspiran numerosas familias de clase media. En una España que se dice ecológica y social, el Estado ha promovido las condiciones ideales para que los promotores y constructores de estas viviendas gocen de las condiciones ideales para venderlas. Los nuevos propietarios pueden estar seguros que sus vecinos van a ser gente con sus mismas posibilidades socio-económicas y valores parecidos. Además, la iniciativa privada sustituye a las obligaciones del Estado construyendo colegios que, en los primeros años de existencia de estas urbanizaciones, pasan a ser la única alternativa educativa para los hijos de los residentes. Unos residentes que necesitan el vehículo privado - frecuentemente más de uno - para ir al trabajo o incluso para realizar las compras más básicas. Así, de manera indirecta, se está promoviendo el individualismo y la falta de sentido de comunidad en estos espacios en el extrarradio de las ciudades.

Lo más gracioso del asunto es que ahora que hay millones de familias endeudadas con hipotecas que necesitarán décadas para terminar de pagar, se empieza a penalizar el uso del vehículo privado. Además, en esa España de negocios rápidos de los noventa y los primeros dos mil, no se tenía en cuenta el coste monumental que asumen las Administraciones al tener que ofrecer servicios públicos en lugares tan dispersos. Pero la mayoría de la gente sigue aspirando a su pequeña república independiente con su piscina, porque se ha perdido el sentido de comunidad y lo único a lo que se aspira es a alcanzar un determinado estatus, que solo puede lograrse saliendo de unos barrios tradicionales que se van quedando en manos de las capas sociales más humildes: los pobres y los inmigrantes, que también pasan por enormes dificultades para pagar los inflados precios que el mercado inmobiliario impone hasta en la más modesta de las moradas. Durante décadas, el Estado ha desatendido su obligación moral - que no jurídica, por desgracia - de ofrecer vivienda social y digna a aquellos que no pueden acceder al mercado privado. Y de aquellos barros vienen estos dolos, con un mercado inmobiliario imposible, repleto de las llamadas zonas tensionadas, en los que los propietarios pueden permitirse el lujo de imponer sus leoninas a los aspirantes a alquilar una de sus viviendas.