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domingo, 31 de mayo de 2026

AQUELLOS HOMBRES GRISES (1992), DE CHRISTOPHER R. BROWNING. EL BATALLÓN 101 Y LA SOLUCIÓN FINAL EN POLONIA.

Uno de los capítulos más terribles del Holocausto judío en Polonia es la implicación de hombres corrientes en su ejecución. Este libro cuenta con detalle la historia del Batallón 101, desplegado en el Este con labores de custodia de transportes de la muerte y, un poco más adelante, designados directamente como ejecutores de miles de personas inocentes. La mayoría de sus integrantes eran hombres corrientes de mediana edad que jamás habían entrado en combate, aunque contaban con la excepción de algún veterano de la Primera Guerra Mundial. Aunque ya habían sido aleccionados a través de una formación de carácter político, enfrentarse a la matanza de inocentes, incluídos ancianos, mujeres y niños, fue un golpe psicológico devastador para gran parte de ellos. Una cosa es estar convencidos de que la supervivencia de Alemania depende del exterminio de los judíos y razas inferiores y otra muy distinta es pasar una larga jornada disparando por la espalda a decenas de inocentes. Algunos pedían ser dispensados de esta labor y otros muchos la realizaban por fidelidad al grupo.

Porque estudios posteriores han determinado que este factor es determinante para que gente ordinaria realice actos de barbarie que en cualquier otro contexto serían inimaginables. Negarse significaba ser asocial respecto a los compañeros, aislarse en un entorno hostil en el que solo podían apoyarse unos a otros. Para la ideología nazi, ser débil ante un deber desagradable era una muestra de debilidad frente al deber colectivo. Muchos que no se sentían capaces de disparar, al menos lo hicieron en alguna ocasión para luego declarar ante sus superiores que no se sentían capaces de seguir haciéndolo, lo cual los podía calificar como débiles, pero los hacía librarse de la acusación de cobardía. Hay que decir que Aquellos hombres grises narra de manera muy gráfica cómo se desarrollaban esas matanzas, como los hombres que sostenían el fúsil eran muchas veces alcanzados por sangre y restos orgánicos de sus víctimas, algunas de las cuales ni siquiera morían con el primer disparo. Algo psicológicamente devastador para cualquier persona que sabe que se está ensañando con inocentes, por mucho que estos hayan sido declarados enemigos por un Estado omniprensente.

El libro de Browning se divide en dos partes muy diferenciadas. En la primera se expone el contexto histórico y las características de las diferentes masacres. En la segunda, mucho más interesante si cabe, se abordan los experimentos psicológicos que se realizaron más tarde y que confirman las razones por las que personas corrientes pueden convertirse casi de la noche a la mañana en los asesinos más terribles, aunque psicológicamente esto no salga gratis:

"Un sesgo evolutivo favorece la supervivencia de las personas que se adaptan a las situaciones jerárquicas y a la actividad social organizada. La socialización a través de la familia, la escuela y el servicio militar, así como toda una serie de recompensas y castigos en el seno de la sociedad en general reafirman e interiorizan una tendencia hacia la obediencia. El ingreso aparentemente voluntario dentro de un sistema de autoridad que se «percibe» como legítimo crea un fuerte sentido de la obligación. Aquéllos que están dentro de la jerarquía adoptan la perspectiva o la «definición de la situación» de la autoridad (en este caso, como un importante experimento científico más que como la aplicación de una tortura física). Los conceptos de «lealtad, deber, disciplina», al requerir un desempeño competente ante la autoridad, se convierten en imperativos morales que anulan cualquier identificación con la víctima. Los individuos normales entran en un «estado de agente» en el que son el instrumento de los deseos de otro. En tal estado ya no se sienten personalmente responsables del contenido de sus acciones, sino sólo de lo bien que lo hacen."

sábado, 18 de abril de 2026

WALDEN 2 (1948), DE BURRHUS FREDERIC SKINNER. HACIA UNA SOCIEDAD CIENTÍFICAMENTE CONSTRUÍDA.

Todavía recuerdo las promesas de hace treinta años en libros y artículos de periódico acerca del futuro fin del trabajo, de la progresiva disminución de horas en los empleos hasta llegar a su extinción, para culminar con una especie de mundo feliz en el que todo el mundo tendría tiempo para dedicarlo al ocio. La realidad ha demostrado que, lejos de acercarse a estos vaticinios, la realidad es que la gente trabaja incluso mayor número de horas. Además, las nuevas tecnologías que permiten estar conectados todo el tiempo permiten que la oficina se instale también en casa, por lo que mucha gente no tiene más remedio que adelantar trabajo desde sus propios domicilios si quiere cumplir con las tareas encomendadas. Todo esto, en el contexto de una sociedad cada día más competitiva y más exigente hace que la ansiedad sea la gran plaga de nuestro tiempo. Si contamos los necesarios desplazamientos de ida y de vuelta, el tiempo total dedicado al trabajo se dispara y cuando llega a casa, la gente se encuentra demasiado agotada como para dedicarse a algo productivo. En este contexto, una lectura como Walden 2 es extremadamente estimulante, pues promete una sociedad mucho más racional y relajada, aunque con un fondo realmente inquietante.

Habrá quien califique la sociedad descrita en Walden 2 como una utopía y otros como distopía. El autor plantea su libro como una novela que en realidad tiene mucho de ensayo, pues trata de la visita que realiza el protagonista con algunos amigos a esta comunidad y los diálogos que mantienen con su creador. Lo que contemplan, al menos en una primera impresión, es una sociedad armoniosa, caracterizada ante todo por la vida relajada de la que disfrutan sus miembros. Los trabajos, que se escogen voluntariamente, dan los créditos que otorgan el derecho de seguir viviendo en Walden 2 y no es necesario dedicar más de cuatro horas del día a los mismos. El resto es tiempo libre que se puede dedicar a actividades comunitarias o individuales. Desde luego se nos muestra que existe una intensa vida intelectual y artística en el seno de la comunidad. El gobierno está encarnado por un comité de sabios que va cambiando cada cierto tiempo, pero no de manera democrática, pues, aquí, a diferencia de lo que pensaban los anarquistas, es necesaria una autoridad, aunque no se trata de una autoridad represiva, sino conductista, en el sentido de que tiene las herramientas para arreglar cualquier comportamiento que perturbe la armonía del funcionamiento de la comuna:

"No estoy defendiendo la desaparición de todo gobierno, sino solamente de los que actualmente existen. Queremos un gobierno basado en la ciencia de la conducta, pues consideramos que es el único sistema que puede producir una estructura social permanente. Por primera vez en la historia estamos preparados para este tipo de gobierno , porque ahora podemos trabajar con el comportamiento humano de acuerdo con simples principios científicos. El defecto de los anarquistas es que confiaban demasiado en la naturaleza humana. Su doctrina fue una derivación de la filosofía del perfeccionismo."

Aunque practica una falsa humildad muy evidente, Frazier, el creador de la comunidad, se ve a sí mismo como un genio benévolo que al fin ha dado con la tecla para conseguir una sociedad basada en la felicidad humana. Y la herramienta para lograrlo es el conductismo, una doctrina científica que condiciona el comportamiento humano para orientarlo hacia el bien común. Esto hace que la libertad en la comunidad realmente brille por su ausencia, aunque sus miembros no lo sientan así. Que este sea el precio a pagar por la felicidad deriva necesariamente en un debate ético apasionante, ya que, según razona Frazier, el hombre plenamente libre no se parecerá al que describió Rosseau, por lo que es necesario condicionarlo para que elija sabiamente. Es verdad que muchos podrán argumentar que en la sociedad capitalista que habitamos en la actualidad tampoco somos libres y los condicionamientos que recibimos son mucho más siniestros, pero ser marionetas de una especie de dios benévolo, tal y como se insinúa en los últimos capítulos de Walden 2 tampoco tiene por qué ser el destino soñado para muchos. La novela de Skinner constituye un texto fundamental que prolonga ese anhelo de utopía que se encontraba presente ya en los textos de Platón.

miércoles, 4 de marzo de 2026

NUESTROS SILENCIOS (2025), DE LAURENCE JOSEPH. POR QUÉ CALLAMOS.

El silencio generalmente es una bendición. En un mundo tan acelerado como el que habitamos, poder tener un espacio de reflexión sin el ruido ambiente que nos acompaña a todas partes es un lujo del que debe prescindir mucha gente, demasiado ocupada para siquiera aspirar a eso. En uno de los países más ruidosos del mundo, poder aspirar al silencio se convierte en demasiadas ocasiones en todo un reto, porque da la impresión de que no goza de prestigio en la sociedad actual, un mundo que nos insta a mantenernos ocupados y que reclama nuestra atención de mil maneras diferentes. Pero el silencio también puede tener un lado negativo. Se trata del silencio de las víctimas que no se atreven a acusar a su verdugo, del silencio forzado al que se ven sometidos los que viven involuntariamente solos o incluso de la famosa omertá, aunque uno de los vehículos principales de este silencio es el miedo a las consecuencias de pronunciar ciertas palabras:

"Todo lo que no os dijimos, las palabras que no supe pronunciar, que no me salían de los labios, que no me llegaban a la voz, que no logré arrancar de mi interior. Ni por timidez ni por torpeza, sino tal vez por temor a que esas palabras te duelan primero a ti y luego a mí. Eso sigue siendo un relato paralelo, abstracto, en perpetuo proceso, que flota, son las cartas nunca escritas, los gritos nunca proferidos, las confesiones postergadas. Imposible llegar a esas palabras."

Nuestros silencios parte de la experiencia de su autora como psicóloga clínica, una labor en el la que el silencio de la escucha tiene una importancia fundamental. Este ambiente clínico propicia que se pronuncien las palabras nunca dichas. Pasamos a ser dueños de nuestro silencia ser, voluntariamente, dueños de esas palabras que por fin salen al exterior ante alguien que manifiesta una escucha activa. Todo se reduce a saber cuando elegir hablar y cuando elegir callar. No poder elegir, por motivos psicológicos o por puro miedo es una restricción de la libertad intolerable, una circunstancia que no siempre se puede superar. A veces son las instituciones de poder - Estado, familia o el propio ambiente cultural en el que se mueve el individuo - las que propician esos silencios incómodos o incluso devastadores que solo pueden ser superados, si hay suerte, con el paso del tiempo. El libro de Joseph constituye una muy interesante reflexión sobre nuestra idea de silencio, que tiene mucho que ver con la de nuestra libertad como seres humanos.

domingo, 5 de abril de 2020

HACER EL MAL (2019), DE JULIA SHAW. UN ESTUDIO SOBRE NUESTRA INFINITA CAPACIDAD DE HACER DAÑO.

El del mal es un concepto líquido como pocos. Lo que para unos es terrible, en otros lugares puede ser completamente lícito y respetable. Hay países y épocas que han considerado, por ejemplo, a la homosexualidad como el mayor de los males, actuando para su erradicación con la mayor brutalidad. Cualquier occidental de hoy día tendrá la convicción de que aquí el malo es el represor, no el reprimido. Quizá muchas prácticas cotidianas que hoy día damos por sentadas, como el comer carne de animales, en el futuro se consideren aberraciones y señalen a nuestra época como una época malvada. 

La doctora Shaw comienza su libro transmitiéndonos la idea fundamental de que todos podemos ser malos de un modo u otro. Todos actuamos alguna vez con mezquindad, engañamos y tenemos pensamientos perturbadores. Aunque esta realidad nos parezca algo terrible, su aceptación como algo enteramente humano nos permite dar el primer paso para entender el concepto de maldad. Quizá las peores personas son las que carecen de herramientas para reprimir sus más bajos instintos, herramientas que se encuentran fundamentalmente en la corteza prefrontal de nuestros cerebros. Shaw hace referencia en este sentido a los experimentos más clásicos acerca de la maldad humana: el de Milgram y el de Zimbardo, que probaron que la mayoría de nosotros somos capaces de cometer actos perversos y de deshumanizar al otro si nos lo ordena una autoridad o si nos invisten de cierto poder sobre los otros. El caso emblemático de Eichmann probó que cualquier ser gris puede participar sin muchos dilemas morales en una maquinaria de exterminio, sobre todo si sus tareas son burocráticas y no se encarga directamente de las ejecuciones. 

Uno de los puntos a los que más presta atención Shaw es la apreciación social a lo largo del tiempo de lo que es normal o no en materia de sexo. Aunque nos encontremos en la época más liberal de la historia, siguen existiendo muchos tabúes al respecto. Las fantasías y el fetichismo sexual son realidades absolutamente frecuentes en los seres humanos, pero se reprimen en muchas ocasiones, porque nadie quiere ser señalado como pervertido, sobre todo cuando dichas fantasías serían socialmente inaceptables. En cualquier caso, la autora señala que, al igual que los deseos de asesinar a alguien que alguna vez nos pueden asaltar, normalmente tampoco hay intención real de poner estos pensamientos en práctica.

Algunas de las afirmaciones del libro quizá sean más discutibles, como que la mayor agresividad que se da en el sexo masculino porque "la sociedad cría a los niños para que sean más desinhibidos, agresivos y físicamente más activos que las niñas", cuando está claro que esto tiene mucho más que ver con la biología y con la herencia de nuestros antepasados que con las costumbres sociales. Esto se acentúa cuando Shaw pone al concepto de machismo como panacea de todos los males de la sociedad, exagerando, a mi entender, cuando afirma que las agresiones sexuales gozan de mucha aceptación social:

"El asalto sexual ocurre al menos en parte porque las personas albergan puntos de vista fundamentales, compartidos por una gran porción de nuestra sociedad, que los hacen parecer como comportamientos aceptables, comprensibles o al menos tolerables. Nosotros, como sociedad, perpetuamos un conjunto de valores misóginos que tienen raíces tan perversas que solo pueden hacer daño.

Todos ayudamos a convertir a los hombres en depredadores sexuales.

Todos somos culpables, aunque algunos más que otros. ¿Cómo? Empieza con cosas pequeñas, el machismo cotidiano, que crea una cultura generalizada de objetivación, acoso y agresión sexual. Tanto las mujeres como los hombres se involucran en una serie de conductas que hacen que el maltrato de las mujeres parezca algo correcto.

Como cuando conoces a una mujer y le dices que es atractiva, luego que es interesante o inteligente. Cuando te ríes de las bromas en el trabajo que implican que Suzie es una puta o Amanda es una perra. Cuando te enojas si una mujer no quiere dormir contigo y le dices que es una calentorra. Cuando asumes que las mujeres no quieren sexo, por lo que los hombres tienen que persuadirlas para que lo tengan. Cuando te molesta que una mujer te haya puesto en la «zona de amigos». Cuando asumes que por pagar una cena, una bebida o comprar un regalo tienes derecho a tener relaciones sexuales.

Pero ¿cómo puede todo esto llevar a una violación? La sociedad enseña a los hombres que el maquillaje en nuestras caras es para ellos. Que la ropa que llevamos es para ellos. Que nuestros cuerpos son para ellos.

(...) Desafortunadamente las estadísticas muestran que el asalto sexual es tan frecuente que si enviáramos a todos los perpetradores a una isla remota, veríamos que nuestra población se reduciría drásticamente. Quienes asaltan sexualmente a otros son personas normales, son nuestros hermanos, padres, hijos, amigos y parejas"

Definir a nuestra sociedad como un conjunto de seres que conspiran para que "el maltrato de las mujeres parezca algo correcto", podía ser válido en épocas pretéritas (y aun así con algunos matices), pero hacerlo ahora, cuando existe un amplio consenso en desarrollar políticas de prevención y respuesta contra los agresores (que siguen siendo una minoría social y ampliamente estigmatizada por la gran mayoría), resulta bastante perturbador. También la idea de que el testimonio de una mujer debe ser suficiente para condenar a alguien. Es malvada la idea de poner en cuestión uno de los grandes principios de nuestras sociedades democráticas: la presunción de inocencia y el derecho a la defensa. En realidad, el rigor científico mostrado en capítulos precedentes oscila aquí hacia una ideología determinada que parece basarse en la idea del hombre como agresor sexual en potencia

Esto último no es obstáculo para que en líneas generales Hacer el mal sea un libro muy bien escrito y capaz de transmitir con rigor ciertas ideas básicas sobre la psicología del mal, porque sí que consigue casi en su totalidad su propósito de comprender mejor el lado oscuro de la humanidad.

viernes, 14 de octubre de 2016

LAS TRAMPAS DEL DESEO (2008), DE DAN ARIELY. CÓMO CONTROLAR LOS IMPULSOS IRRACIONALES QUE NOS LLEVAN AL ERROR.

Me interesa mucho leer acerca de cómo el capitalismo, usando técnicas de marketing y psicología social (economía conductual, se llama a esta nueva ciencia), hace que cada vez nos veamos a nosotros mismos menos como ciudadanos y más como consumidores. En cierto modo todos intuimos que nos manipulan, que saben cómo hacernos picar para que compremos mucho más de lo que necesitamos, mucho más de lo que podemos llegar a disfrutar. Y es que esa pequeña satisfacción que lleva aparejado el hecho de sacar la tarjeta de crédito es adictiva y los economistas conductuales lo saben. La norma que rige el mercado no es la de la racionalidad, sino la de la maximización de beneficios. Hay que hacer que el deseo de novedades, de probar nuevas experiencias, al final derive siempre en lo mismo. Los expertos en marketing son unos consumados especialistas en vendernos el mismo producto repetidas veces, bajo distintos envoltorios.

Dan Ariely ha pasado muchos años estudiando estos temas, realizando pequeños experimentos con sus alumnos para aprender de qué pie cojeamos cuando tomamos decisiones irracionales, de esas de las que luego acabamos arrepintiéndonos, una labor indudablemente útil cuando se difunde a través de un ensayo tan clarificador y entretenido como Las trampas del deseo:

"No es probable que nos traslademos a vivir a una ciudad distinta sin preguntarles a los amigos que viven allí qué les parece a ellos, o incluso que decidamos ir a ver una película sin leer primero alguna crítica. Siendo así, ¿no es extraño que invirtamos tan poco en aprender sobre las dos caras de nuestras emociones? ¿Por qué deberíamos reservar ese tema para las clases de psicología cuando el hecho de no entenderlo puede hacernos fracasar repetidamente en numerosos aspectos de nuestra vida? Debemos explorar las dos caras de nosotros mismos; necesitamos entender el estado frío y el estado caliente; hemos de ver en qué sentido la brecha que nos separa los estados frío y caliente nos beneficia, y en qué sentido nos lleva por el mal camino."

Los vendedores saben jugar con las fluctuaciones de precios, con las ofertas engañosas (esos tres por dos que al final acaban costando prácticamente lo mismo que cuando no hay oferta) y con nuestra tendencia a bajar las defensas ante la palabra gratis. Pero no solo se dedica Ariely a experimentar con nuestra afición al consumismo. Hay otras características muy humanas que, vistas fríamente, pueden resultar sorprendentes. Un ejemplo es el efecto placebo. Se ha probado científicamente que el hecho de tomar un medicamento prescrito bajo receta, aunque éste carezca de propiedades curativas, suele mejorar al instante el estado del paciente. Pero esta mejora es mucho más acusada cuanto más caro sea dicho medicamento. Y esta regla sirve también para otros ámbitos, como el de la comida. Cuanto más caro sea el menú que pedimos en el restaurante, mayor será nuestra tendencia a considerarlo delicioso, a pesar de que en muchas ocasiones nos den gato por liebre. 

Otro de los capítulos del libro, uno de los más interesantes, se dedica a analizar las pequeñas trampas y deshonestidades que cometemos cada vez que tenemos ocasión. Del análisis de Ariely se deriva que, cuanto más alejado esté el fraude del dinero físico (un delincuente de cuello blanco jamás se atrevería a quitarle el bolso a una señora, aunque supiera que no iban a pillarle), más fácil es para nuestra conciencia justificar nuestras acciones. En los experimentos realizados por el autor, cuando a los sujetos se les daba alguna advertencia ética o religiosa antes de empezar, la tendencia al fraude disminuía poderosamente. Curioso que en la mayoría de la gente sigan funcionando los más viejos métodos de control social. 

Desde luego, las conclusiones a las que llega Las trampas del deseo pueden servir para mejorar muchos aspectos de nuestra vida social, para disminuir la tendencia a alcanzar estatus (sea en el ámbito que sea) a base de consumir productos que en realidad no nos son demasiado útiles. Además, aplicando sus recetas, quizá disminuirían los niveles de corrupción en los ámbitos político, jurídico y empresarial. Pero, por otra parte ¿qué sería de nuestro sistema sin irracionalidad y sin corrupción?

domingo, 3 de mayo de 2015

ANSIEDAD (2014), DE SCOTT STOSSEL. MIEDO, ESPERANZA Y LA BÚSQUEDA DE LA PAZ INTERIOR.

Se trata de una sensación cotidiana, que nos afecta, en mayor o menor grado, a casi todos. A veces no podemos con el peso del mundo, de las obligaciones, de un futuro incierto que tenemos la capacidad de imaginar tenebroso. Además, no entendemos cuál es el propósito de nuestra existencia, por lo que podemos vernos abrumados por un miedo irracional, pero fundamentado en la experiencia ancestral de un mundo hostil.  No es lo mismo la ansiedad que se experimenta ante un examen, que es buena, porque activa la necesaria energía y tensión para superarlo, que la angustia vital que se convierte en enfermedad (enfermedad del alma, se decía antes). 

Antes que nada hay que aclarar que Ansiedad no se parece en nada a un manual de autoayuda. Tiene mucho de libro autobiográfico, en el que el autor saca a relucir sus propios demonios internos, la historia de una vida marcada por una angustia congénita de la que derivaron un gran número de fobias, siendo la principal de ellas la emetofobia, el miedo a vomitar. La emetofobia ha marcado de tal manera la existencia de Stossel, que prácticamente su vida ha girado alrededor de ella, imaginando constatemente situaciones que podrían derivar en vómito para evitarlas a toda costa, e incluso siguiendo la evolución de ciertas gripes y enfermedades con el fin de prevenir el contagio. Algunas de sus vivencias son ciertamente jocosas, como esos viajes al extranjero en los que la ansiedad le provoca un contínuo deseo de ir al baño, haciendo la vida imposible a sus familiares o ese eruptar sin control cuando tiene que hablar en público. Pero bajo esa capa de experiencia risible, siempre hay un fondo dramático: la del hombre inteligente atrapado por unas limitaciones tan vergonzantes que difícilmente pueden ser comprendidas por los demás. Además, no hay modo de racionalizar este fenómeno, de aprender de él con el fin de controlarlo:

"Cuando sufro un ataque de pánico (...) no veo nada interesante en la experiencia. Intento pensarla de un modo analítico y no puedo: es algo penoso y desagradable, y lo único que quiero es que concluya. Sufrir un ataque de pánico es tan interesante como romperse una pierna o tener un cálculo renal: un dolor que quieres que desaparezca."

En realidad todo se reduce a la herencia biológica que ya observó Darwin a través de su Teoría de la Evolución: la reacción básica ante un peligro, ya sea real o no, es "lucha o huye", el mismo mecanismo que funciona en el resto de mamíferos y gran cantidad de otros animales, aunque a diferencia de éstos, nosotros tenemos la capacidad de predecir e imaginar mil posibles futuros, lo que provoca el pavor y la ansiedad. La medicina ha intentado controlar este fenómeno con todo tipo de compuestos químicos y drogas, a los que Stossel dedica capítulos enteros de su libro, adelantando que ninguno le ha supuesto más que remedios parciales o temporales, pero su ansiedad y sus fobias siguen intactas. Lo mismo ha sucedido con las innumerables terapias que ha seguido. Quizá no funcionen, entre otras cosas, porque la ansiedad forma parte de él mismo, de su herencia genética. En su caso está claro que hay numerosos precedentes en su familia y que él ha transmitido la enfermedad a sus hijos, aunque siempre hay esperanzas de que lo que a él no la ha hecho efecto, sí que funcione con ellos.

Una de las constantes que más agradece el lector de Ansiedad es que el mismo autor es la materia prima de la que se nutre el relato, como si la escritura de este ensayo fuera el intento definitivo de exorcizar sus demonios internos. Así puede expresarse como una autoridad en la materia:

"Para el fóbico social, cualquier tipo de actuación - musical, deportiva, hablar en público - puede resultar terrorífica, porque el fracaso pondrá de manifiesto su debilidad e incapacidad intrínseca. Y ello implica a su vez proyectar constantemente una imagen que uno siente que es falsa: una imagen de seguridad, de competencia, incluso de perfección. (...) Una vez que te has esforzado en perpetuar una imagen pública que le resulta falsa a tu auténtico yo, siempre te sientes en peligro de ser desenmascarado como un farsante. Basta un error, un indicio de ansiedad o debilidad para que toda la fachada de competencia y talento quede en evidencia como lo que es realmente: una máscara artificiosa diseñada para ocultar al ser vulnerable que se agazapa detrás."

Y es que una de las características más llamativas de nuestra época, en contraposición con siglos anteriores es la obsesión por el estatus, nuestro nuevo campo de batalla darwiniano. Si bien hasta hace bien poco, en términos históricos, era casi imposible cambiar el propio destino, sobre todo si se había nacido en una familia pobre, ahora la idea general (y siempre se ponen ejemplos al respecto) es que cualquiera, con trabajo, inteligencia y tesón, puede ascender hasta lo más alto de la escala social. Pero esta es un arma de doble filo, porque, una vez que se llega arriba, no hay ninguna garantía de mantenerse: siempre puede uno caer y a veces por factores que no pueden controlarse, como las crisis económicas. Estas luchas y tensiones contínuas elevan la ansiedad social hasta niveles insoportables.

Finalmente, es bueno saber que el autor ha llegado a una especie de reconciliación, o pacto de convivencia con su enfermedad, incluso llegando a extraer de ella un lado positivo:

"Mi ansiedad puede ser insoportable. Con frecuencia me hace sentir fatal. Pero también es, acaso, un don o, al menos, la otra cara de una moneda que debería pensarme dos veces antes de cambiar. Tal vez mi ansiedad esté ligada al limitado sentido moral que yo pueda atribuirme. Más aún: la misma imaginación ansiosa que a veces me enloquece de inquietud también me capacita para prever con eficacia situaciones imprevistas o consecuencias involuntarias que otros temperamentos menos vigilantes quizá no preveerían. La rápida percepción social ligada a mi pánico escénico también me resulta útil para estudiar con celeridad las situaciones, para manejar personas y reducir la tensión.

Finalmente, en un nivel evolutivo muy primario, mi ansiedad tal vez me ayude a mantenerme vivo. Tengo menos probabilidades que vosotros, los osados y despreocupados (...) de morir en un accidente de un deporte extremo o de provocar una pelea y que me acaben pegando un tiro."

domingo, 8 de marzo de 2015

LA NEGACIÓN DE LA MUERTE (1974), DE ERNEST BECKER. CUANDO SEAMOS POLVO DE NUEVO.



Si lo pensamos bien, nuestro paso por el mundo tiene mucho de aterrador. Nacemos sin haberlo pedido en un lugar del que no conocemos bien las reglas, absolutamente repleto de peligros, en el que es sencillo padecer toda clase de dolores, ya sea de índole física o espiritual. Además, no sabemos si la vida tiene un sentido o somos fruto de la casualidad, si el absurdo del que hablaban los existencialistas es nuestra auténtica realidad. La vida es como un juego en el que manejamos un cuerpo que debemos preservar lo mejor posible, para vivir el máximo número de años. Para algunos la meta es el conocimiento, para otros el placer, para otros las búsqueda de Dios. También hay quien vive por vivir, sin hacerse demasiadas preguntas. Pero lo que es seguro es que al final de todo nos espera la muerte.

Hasta que se demuestre lo contrario, el ser humano es la única criatura con conciencia de sí mismo que existe en un universo que se nos presenta como una inmesidad fría y vacía. Uno de los primeros vacíos que ha de llenarse con la creación de un sistema cultural es precisamente el sentido de la existencia. El hombre debe sentirse partícipe de una comunidad en la Tierra y destinado a una existencia mejor en el cielo, para estar conforme con su destino:

"Una de las cosas que observamos cuando contemplamos la historia es que la conciencia de la creatura siempre está absorta en la cultura. La cultura se opone a la naturaleza y la trasciende. La cultura es en su intento más heroico la negación de la creaturabilidad. Pero esta negación es más eficaz en unas épocas que en otras. Cuando el ser humano vivía a salvo bajo el amparo de la imagen del mundo judeo—cristiano, formaba parte de un gran todo, dicho de otro modo, su heroísmo cósmico había sido completamente erradicado, era inequívoco. Procedía de un mundo invisible y aparecía en un mundo visible por la obra de Dios, realizaba su deber con él viviendo su vida con dignidad y fe, casándose como deber, procreando como deber, ofreciendo toda su vida —como hizo Cristo— al Padre. En compensación, era justificado por el Padre y recompensado con la vida eterna en la dimensión invisible. Poco importaba que la Tierra fuera un valle de lágrimas, de horribles sufrimientos, de inconmensurables, tortuosas y humillantes mezquindades diarias, de enfermedad y de muerte, un lugar al que el ser humano sentía que no pertenecía, «el lugar equivocado», como dijo Chesterton."

Conociendo su lugar en el mundo, el humano puede trascender su condición y sentirse un héroe. Incluso los más débiles, si sienten que tienen a Dios de su lado, restan importancia a sus desgracia. Es más, le otorgan sentido al sufrimiento, como un avatar que prueba sus merecimientos para una recompensa en el más allá. Ahí está una de las claves - quizá la más importante - del triunfo del cristianismo y otras religiones. El héroe es quien no tiene dudas, quien conoce todas las claves de la existencia y la espléndida recompensa final que le espera. También puede que dicha recompensa no se encuentre después de la muerte, sino en un futuro utópico que se origina de lo sembrado con el trabajo duro y el sacrificio, como enseña la religión comunista:

"Cada sistema cultural es una dramatización de las heroicidades sobre la Tierra; cada sistema configura papeles para actuar con diferentes grados de heroísmo; desde el heroísmo “de lujo” de un Churchill, un Mao o un Buda al “barato” heroísmo del minero, del labriego o del cura; el heroísmo escueto, de cada día, terrenal, forjado por manos nudosas de trabajador que conduce a su familia a través del hambre y la enfermedad."

El desarrollo de la civilización ha traído indudables ventajas a la humanidad: la organización social, que permite una convivencia ordenada y cooperativa (a pesar de las guerras, una losa que todavía se usa como respuesta al conflicto), el alargamiento de la vida, el refinamiento del arte y la cultura. Pero también ha creado nuevas angustias internas que surgen del cuestionamiento de las formas de vida establecidas durante siglos. La ciencia, nuestro instrumento más confiable, no nos puede ofrecer respuestas acerca de lo que sucede tras la muerte, si es que sucede algo. De pronto existe la posibilidad de que seamos seres finitos, una mera mota de polvo en la vida del universo. Entonces, el hombre, ese "animal hiperansioso que inventa constantemente razones para su ansiedad, incluso cuando no existe ninguna" se queda solo consigo mismo. No solo es que no pueda negar ya la muerte, sino que tampoco puede negar la posibilidad de la extinción absoluta. 

Por eso a veces, en los peores momentos, enviadiamos la sencillez de antaño, la del campesino que contaba con la plena seguridad de una plaza en el cielo (aunque también estaba la posibilidad de ir al infierno, lo que seguramente también provocaría grandes dosis de ansiedad). La religión surge así como la gran mentira infantil, la gran ilusión que necesita la mayoría como basamento de su felicidad personal. Sin embargo, también buscamos sustitutos, en la ciencia, en la política o en el arte. Como dice Otto Rank, la gran influencia de Becker: 

"Con la verdad, no podemos vivir. Para poder vivir necesitamos ilusiones, no sólo ilusiones externas, como el arte, la religión, la filosofía, la ciencia y el amor, sino ilusiones internas que en primer lugar condicionan las externas [es decir, una sensación de seguridad de los propios poderes activos y de ser capaces de contar con los poderes de los demás]. Cuanto más pueda una persona aceptar la realidad como la verdad, la apariencia como esencia, mejor adaptada estará y más feliz será [...] este proceso siempre eficaz de autoengaño, de fingir y de equivocarse, no es un mecanismo psicopatológico."

Y todo esto resulta doblemente absurdo cuando reflexionamos de donde venimos, cuando investigamos acerca de la evolución, la ley más inexorable de la creación:

"Qué podemos hacer en una creación en la que la actividad rutinaria de los organismos es descuartizar a otros con los dientes, de todas las maneras posibles: mordiendo, triturando carne, tallos de plantas y huesos entre los molares, engullendo vorazmente la pulpa hacia el esófago con fruición, incorporando su esencia en nuestro propio organismo para defecar después los residuos con fetidez nauseabunda y ventosidades. Todos intentando incorporar a otros que le resulten comestibles."

Escrita a las puertas de su propio fallecimiento por Ernest Becker, La negación de la muerte es, a pesar de todo, una obra que transmite serenidad. Bajo la influencia del psicoanálisis de Freud, Becker no puede ofrecernos una respuesta definitiva, pero sí retratar a un ser humano confuso, aterrado en ocasiones, que se enfrenta siempre a una perspectiva incierta. La única solución, al menos por ahora, estriba en el autoconocimiento, en aceptarnos como seres limitados y aceptar la muerte como algo tan natural como la vida. Simplemente algún día nos tocará irnos "con la mayoría", como decían los romanos. Quizá nuestro actual conocimiento de los mecanismos del cerebro humano hayan dado al traste con algunas de las afirmaciones de La negación de la muerte, pero la lectura de este premio Pulitzer sigue siendo tan estimulante como hace cuarenta años.

martes, 17 de febrero de 2015

ANATOMÍA DEL MIEDO (2006), DE JOSÉ ANTONIO MARINA. UN INCÓMODO COMPAÑERO DE VIAJE.

El miedo ha sido desde siempre un compañero inseparable del ser humano. A diferencia del resto de animales, nosotros contamos con la capacidad extraordinaria de evocar el pasado y de representarnos el futuro. Esta aptitud para no vivir solo en el presente amplía nuestras expectativas y es un mecanismo imprescindible para el desarrollo de nuestra principal arma de supervivencia: la inteligencia. Pero a la vez también supone una enorme carga para el hombre: ser consciente de los peligros que nos rodean continuamente, reales o imaginarios, es un enorme lastre. Todos sentimos miedo de vez en cuando, ya sea en forma de ansiedad, de pánico o fobia. Algunos lo sienten casi todo el tiempo.  Las cuatro respuestas posibles ante el mismo a veces resultan una difícil elección: la huida, el ataque, la inmovilidad o la sumisión.

Lo cierto es que uno de los asuntos que producen mayor temor es la falta de explicación de nuestra misma existencia. Somos arrojados al mundo sin propósito, sin saber exactamente qué se espera de nosotros. Además, tenemos fecha de caducidad y tampoco estamos seguros de si nos espera algo después de la muerte, uno de los terrores más universales. Respecto a las relaciones sociales entre seres humanos, el miedo es un instrumento de poder. Nada como la intimidación, el temor al castigo, para conseguir la obediencia de los semejantes. En épocas pasadas (y también presentes, por desgracia) la tortura fue moneda corriente para cualquiera que cuestionara el poder o la religión establecida:

 "Uno de los hilos que trenzan la historia de la humanidad es el continuo afán por librarse del miedo, una permanente búsqueda de la seguridad y, recíprocamente, el impuro deseo de imponerse a los demás aterrorizándolos. Hobbes descubrió en el miedo el origen del Estado. Maquiavelo enseñó al príncipe que tenía que utilizar el temor para gobernar, le proporcionó un manual de instrucciones. La terribilitá como herramienta. Ambos coincidían en una cosa, a saber, que el miedo es la emoción política más potente y necesaria, la gran educadora de una humanidad indómita y poco de fiar. «Es terrible que el pueblo pierda el miedo», advertía Spinoza, un cauteloso."

Conseguir un sentimiento de seguridad, aunque sea falso, aún a costa de la propia esclavitud, es el deseo de la mayoría de los hombres. Por eso en épocas de miedo, cuando se agitan amenazas como el terrorismo o la crisis, es más fácil que la gente renuncie a sus derechos. Marina dice con gran acierto que la obediencia es un buen antídoto contra la ansiedad. Si no tengo que decidir por mí mismo, no seré el responsable de mi futuro, ya que se lo estoy confiando a otra persona que estimo más sabia. Más grave es cuando un sentimiento nacionalista o religioso fanatiza a la persona hasta el punto de estar dispuesto a dar su vida en nombre de estas creencias irracionales.

El autor también se acerca al existencialismo, a la visión de la realidad como un gran absurdo sin sentido. Es el peligro de perder el norte, las motivaciones vitales que, sin saber si son verdaderas o falsas, distraen al hombre mientras transcurren sus días. La angustia vital es un gran peligro, en muchas ocasiones inevitable:

"Hay un sentimiento de angustia peculiar que nos acomete ante la pérdida de sentido. Es una vivencia del absurdo, de la insignificancia, de la finitud. Nuestro asiduo Kafka lo cuenta: «Me encuentro sobre la plataforma de un tranvía, y advierto una incertidumbre respecto a mi posición en el mundo, en esta ciudad, en la familia. No sé dar justificación clara al hecho de encontrarme en pie sobre esta plataforma, de agarrarme a esta correa, de dejarme llevar por este tranvía». Se parece al brusco sentimiento de extrañeza que experimentan algunas personas."

Con Anatomía del miedo, José Antonio Marina pone otra piedra en su gran proyecto de divulgación filosófica, equivalente al que lleva años realizando Punset con la ciencia. El libro no contiene ideas originales, pero sabe sintetizar las de los más importantes pensadores en torno al miedo y la angustia. La primera parte del libro es mucho más coherente con el título que la segunda, que se centra más en el concepto de heroísmo, vinculándolo al comportamiento ético. Me quedo con esta frase, que habla de la dignidad para con uno mismo:

"La obligación de comportarnos justa, respetuosa, valientemente no afecta sólo a nuestro trato con los demás, sino también al trato con nosotros mismos. Si no debemos atentar contra la dignidad de otra persona, tampoco debemos atentar contra la nuestra. Si la dignidad implica libertad, no podemos abdicar de nuestra libertad, por ejemplo mediante las adicciones o la cobardía; si la dignidad implica conocimiento, no podemos permanecer en la ignorancia; si la dignidad implica rechazar la tiranía, no podemos claudicar ante nuestros tiranos interiores."

miércoles, 17 de diciembre de 2014

EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO (1945), DE VIKTOR FRANKL. SEGUIR VIVIENDO.

Resulta prácticamente imposible en el lugar de quien entraba por primera vez en un campo de concentración nazi y tratar de sentir la desolación de quien debía pensar que todas sus esperanzas se evaporaban al penetrar en un recinto tan siniestro. Después de la primera selección, en la que los guardianes decidían quienes iban directamente a las cámaras de gas, los que sobrevivían debían enfrentarse a un auténtico infierno de trabajos forzados, hambre y agresiones físicas. Lo normal es que la muerte sobreviniera a los seis o siete meses. Los que eran capaces de adaptarse debían dejar atrás toda moral y ser lo mejores en la siniestra competición darwinista del interior de los campos. Hubo algunos - pocos - que sobrevivieron por una combinación de buena suerte (si puede llamarse buena suerte a pasar años en uno de estos lugares) y formación, que les sirvió para no tener que trabajar largos periodos al aire libre:

"Por lo general, sólo se mantenían vivos aquellos prisioneros que tras varios años de dar tumbos de campo en campo, habían perdido todos sus escrúpulos en la lucha por la existencia; los que estaban dispuestos a recurrir a cualquier medio, fuera honrado o de otro tipo, incluidos la fuerza bruta, el robo, la traición o lo que fuera con tal de salvarse. Los que hemos vuelto de allí gracias a multitud de casualidades fortuitas o milagros —como cada cual prefiera llamarlos— lo sabemos bien: los mejores de entre nosotros no regresaron."

Cuando ingresó en Theresienstadt (posteriormente sería trasladado a Auschwitz) Viktor Frankl era un psiquiatra de bastante prestigio en Viena. Aunque los nazis le dejaron algunos años como director del área de neurología del único hospital que podían usar los judíos en la capital austriaca, finalmente fue deportado a uno de los campos de la muerte. En El hombre en busca de sentido, Frankl intenta evocar las sensaciones de absoluto desamparo y las fases por las que pasa un prisionero sometido a tan bárbara injusticia. Poco a poco iría dándose cuenta de que lo mejor era sobrevivir aferrándose a los recuerdos, conversando íntimamente con su mujer, aunque no tuviera la certeza de si ella había sobrevivido o no.

La experiencia terrible de Auschwitz dará lugar a una profundización en el campo que más desarrolló profesionalmente: la logoterapia. Si lo común en muchísimos prisioneros era dejar escapar la vida, animalizarse e incluso esperar pasivamente la muerte, Frankl se dio cuenta de que incluso en las peores situaciones a las que puede enfrentarse un ser humano, en circunstancias extremas de tensión psíquica y física, todavía queda un resquicio de libertad, de libre albedrío, que puede ser usado. Esta es la principal razón para seguir viviendo, el sentido del sufrimiento, el objetivo de la supervivencia.

Esta filosofía puede aplicarse a todos los ámbitos y todas las experiencias vitales. Lo esencial es buscar el sentido de la propia existencia y convertirlo en un desafío diario. Cualquier cosa antes que renunciar y convertirse en un vegetal. Además, tampoco podemos renunciar a la bondad. El autor incluso la experimentó a veces de manos de alguno de sus verdugos, mientras que la maldad también podía hallarse en el lado de las víctimas. Este sentido al que nos referimos no es general, sino que cada cual debe encontrar el suyo propio, el que se adapte a su experiencia y circunstancias. 

El pripio Frankl lo expresó muy bien, aceptando el capítulo más terrible de su existencia, interiorizándolo, compartiéndolo en forma de libro y sacándole provecho para desarrollar posteriormente sus terapias. Si elegimos ser hombres morales, que sea con todas las consecuencias:

"Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración."

miércoles, 5 de febrero de 2014

RAROLOGÍA (2008), DE RICHARD WISEMAN. LA CIENCIA DE LO INUSUAL.


Conforme empezaba a leer Rarología, un ensayo tan insólito como fascinante, esperaba encontrarme fundamentalmente con un libro consagrado a la refutación de lo paranormal. Y lo es, pero entre otras muchas cosas. Wiseman es un psicólogo muy interesado en la divulgación científica. No es un autor muy conocido en España, pero es bastante popular en el mundo anglosajón, ya que concibe su disciplina como algo muy divertido. Rarología está dotado de un fino sentido del humor en su afán de descubrir la verdadera esencia del ser humano a través de los experimentos más extravagantes.

No es extraño que las creencias supersticiosas sea uno de los objetos del estudio del libro. Partiendo de los estudios de Bronislaw Malinowski se puede concluir que la incertidumbre sobre el futuro es lo que genera las prácticas irracionales para intentar aplacar la ansiedad que produce esta sensación de inseguridad. En épocas de crisis económica o de guerra estos hábitos se disparan, permaneciendo estables cuando la situación está bajo control. Los argonautas de Malinowski pescaban con toda naturalidad en las lagunas del interior de su territorio, pero cuando tenían que salir a mar abierto se enfrascaban en complicados rituales para enfrentarse con éxito a lo imprevisible. Esto no solo se aplica a los pueblos primitivos. Según un estudio realizado durante la primera guerra del Golfo, los habitantes de las ciudades israelitas más expuestas a ataques con misiles Scud se volvieron visiblemente más supersticiosos que los de las ciudades más seguras. Esto también se aplica en política. Los tiempos convulsos pueden llevar a los ciudadanos a preferir a quien le ofrece seguridad, por muy irracional que sea su discurso:

"(...)en tiempos de creciente incertidumbre, la gente busca una sensación de seguridad, y esta necesidad puede llevarlos a tolerar regímenes autoritarios y a creer en varios factores irracionales que determinen su destino, tales como la superstición y el misticismo."

Entre las páginas del libro de Wiseman encontramos un buen número de experimentos tan rigurosos científicamente como ocurrentes. Si introducimos a dos grupos de personas en una casa antigua y al primero le decimos que han sucedido en su interior sucesos extraños y al segundo le informamos que queremos redecorarla y necesitamos sus ideas, ¿qué grupo saldrá diciendo que ha vivido experiencias paranormales? También hay pruebas sumamente arriesgadas, como medir el tiempo que tardan los conductores de distintos países en pitar a un coche que se demora en arrancar con un semáforo en verde. El tiempo se reduce considerablemente cuando el coche del conductor perezoso pertenece visiblemente a un país extranjero o a una región o ciudad considerada rival (hagan la prueba en Málaga con un coche que tenga algún distintivo sevillano). 

Otra de las conclusiones del libro es que relajamos tremendamente la bondad y la ética cuando nuestros actos afectan a personas o instituciones con las que no nos idenficamos. Si trucamos un cajero automático para que expenda dinero al primero que pase a su lado, raramente encontraremos a alguien que entre a la sucursal a devolver el dinero. Sin embargo, si el dependiente de una tienda de barrio se equivoca con el cambio, tenderemos más a hacerle ver su error, ya que nos sentimos mucho más identificados con un negocio humilde que con un banco. Además, necesitamos sentirnos parte de un grupo con valores superiores, más inteligentes que otros y para eso no dudamos en denigrar a quienes pertenecen a grupos que consideramos inferiores. Una de las maneras más populares de hacerlo son los chistes, cuyos protagonistas comúnmente son personas con actitudes estúpidas que pertenecen a la comunidad de los denigrados, a los que se le atribuye un defecto proverbial: la tacañería de los escoceses o de los catalanes, la poca inteligencia de los de habitantes de Terranova o de los leperos... 

Uno de los momentos culminantes de Rarología narra la campaña para encontrar el chiste más divertido del mundo, para lo que se habilitó una página en internet en la que la gente podía mandar sus propuestas y votar la de los demás. El chiste ganador fue leído en un acto solemne por una gallina gigante, apadrinada por Robin Williams y Terry Jones. No voy a desvelar cual fue. Para eso tendrán que leer este libro y enterarse de por qué compramos más en unos comercios que en otros, por qué entregamos más propina a determinados camareros y cuales son las cualidades que intentan desarrollar los políticos para convertirse en máquinas de captar votos.