lunes, 1 de octubre de 2018

EL PORVENIR DE UNA ILUSIÓN (1927), DE SIGMUND FREUD. UNA NEUROSIS INFANTIL.

A principios del siglo XX, en occidente, la fe religiosa era un concepto en franco retroceso, al menos entre las capas más ilustradas de la sociedad. La ciencia iba desentrañando muchos de los secretos del mundo y descubría que buena parte de ellos estaban en franca contradicción con lo que contaba la Biblia. Todavía había gente que se resistía a creer en los postulados de Darwin y preferían seguir manteniendo su fe en la verdad literal del Génesis, por mucho que la razón probara lo contrario. Así pues, no es raro que Freud califique a la religión como una ilusión, destinada a mantener esperanzas en una vida mejor y en una justicia divina que no es posible en este mundo. Cuando uno es niño, se siente protegido por los padres, pero cuando crece, descubre que la existencia es mucho más peligrosa de lo sospechado, por lo que los hombres inventaron la protección de padres de poder omnipotente. Si se los venera, vendrán recompensas en este mundo y el que existe después de la muerte:

"La civilización toma también a su cargo esta función defensora y la cumple por todos y para todos en igual forma, dándose el hecho singular de que casi todas las civilizaciones proceden aquí del mismo modo. No detiene en este punto su labor de defender al hombre contra la Naturaleza, sino que la continúa con otros medios. Esta función toma ahora un doble aspecto: el hombre, gravemente amenazado, demanda consuelo, pide que el mundo y la vida queden libres de espantos; pero, al mismo tiempo, su ansia de saber, impulsada, desde luego, por decisivos intereses prácticos, exige una respuesta."

Desde luego, renunciar a creencias que han sido inculcadas desde la más tierna infancia constituye un ejercicio de singular dureza. Por mucho que la razón insista en dirigir el pensamiento hacia el ateísmo o el agnosticismo, siempre quedará una reminiscencia conformada por una mezcla de ilusión antigua y miedo y que además representa un anhelo íntimo de todo ser humano que no quiere deshacerse de la esperanza de que todo tenga un sentido final. Para Freud, dejar atrás las creencias religiosas es traumático, pero nos hace madurar, superar la neurosis infantil que durante siglos ha lastrado el progreso de la humanidad, aunque también le haya proporcionado ciertos beneficios, relacionados con la moral de las masas. En cualquier caso, como bien pudo comprobar el pensador vienés en la Primera Guerra Mundial, el mandamiento de "No matarás", jamás ha impedido al Estado reclutar a millones de soldados y lanzarlos a la matanza en nombre de Dios y la civilización.

Después está el problema de las consecuencias, de si la moral pública puede verse afectada por una renuncia en masa de los preceptos religiosos. Como hemos podido comprobar en las últimas décadas, el progreso humano no se ve afectado por las renuncias religiosas, sino que sucede justamente lo contrario. Como no podía ser de otra manera, las últimas palabras del ensayo están dedicadas al poder de la ciencia, una creación humana, al igual que la religión pero que, al contrario que esta última, ha demostrado sobradamente que es factor fundamental para el desarrollo del bienestar de la humanidad:

"La civilización toma también a su cargo esta función defensora y la cumple por todos y para todos en igual forma, dándose el hecho singular de que casi todas las civilizaciones proceden aquí del mismo modo. No detiene en este punto su labor de defender al hombre contra la Naturaleza, sino que la continúa con otros medios. Esta función toma ahora un doble aspecto: el hombre, gravemente amenazado, demanda consuelo, pide que el mundo y la vida queden libres de espantos; pero, al mismo tiempo, su ansia de saber, impulsada, desde luego, por decisivos intereses prácticos, exige una respuesta."

viernes, 21 de septiembre de 2018

AFRODITA DESENMASCARADA (2017), DE MARÍA BLANCO. UNA DEFENSA DEL FEMINISMO LIBERAL.

El movimiento feminista no solo consiste en la vertiente que reivindica cambios legislativos y ayudas estatales a la mujer como colectivo favorecido. Existe un feminismo que se autodenomina liberal, formado por mujeres profesionales de éxito que estiman que la labor de profundizar en la igualdad es necesaria, pero que debe realizarse sin ayuda de las administraciones públicas, para que la mujer no termine siendo un ser dependiente de los vaivenes gubernativos de turno. Además, pretenden que las reglas del campo de juego que constituye una economía libre sean iguales para todos y que las recompensan provengan de los méritos individuales, no de la pertenencia a un género tradicionalmente desfavorecido, pero que ya hace décadas que cuenta con leyes que inciden en la igualdad entre todos los individuos.

Otro de los problemas que Blanco detecta en el feminismo imperable es el eterno victimismo del que hacen gala sus integrantes, cuando la victiminización permanente es el mayor obstáculo para superar problemas (me recuerda esta afirmación a un ensayo que leí hace mucho tiempo, La tentación de la inocencia, de Pascal Bruckner). Así pues, se trata de una realidad que alimenta los más diversos intereses políticos, que en este caso concreto pueden flirtear con un peligroso populismo, como una lucha permanente contra el mal que nunca puede llegar a ganarse del todo, pero en la que conviene estar alerta y con los ojos prestos para denunciar cualquier actitud identificada con el machismo en cualquier momento:

"Solamente hay una reivindicación: nadie tiene el monopolio de lo que piensan las mujeres, ni del feminismo auténtico, ni de la femineidad. La posmodernidad del siglo XXI se ha teñido de politización, y los ideales, los viejos y los nuevos, se han podrido. Uno de ellos, el feminismo, ha mutado a plaga. La honorable causa de muchas mujeres que lucharon por conseguir la igualdad ante la ley o acceso a la educación, y que se enfrentaron a los prejuicios sociales, religiosos o culturales, esa causa es, hoy día, una pandemia que equivoca a unos y alimenta a otros, por obra y gracia de los intereses políticos"

Porque hay muchos políticos sin escrúpulos que van a unirse - y liderar si pueden - al viento que más fuerte sopla en cada momento. La cuestión es seguir sobrealimentando la cuestión, detectar micromachismos, acusar a todos los hombres de agresores potenciales y seguir gritando que España es un país inseguro y violento, a pesar de que las cifras de violencia de género son de las más bajas de Europa (eso sin examinar cada caso concreto, puesto que parece que interesa que todos entren en el mismo saco, aunque alguno esté protagonizado por algún pobre anciano con alzheimer). Esto no quiere decir que haya que dejar de lado el problema, que existe, pero ya va siendo hora de abordarlo desde lo racional, no desde lo emocional. Está muy bien indignarse y romperse las vestiduras frente a la injusticia, pero examinar las circunstancias de cada caso es una política mucho más inteligente que acusar a una especie de conspiración o terrorismo (el terrorismo exige una organización humana que no existe en estos casos) de carácter machista, de una estadísticas que permanecen prácticamente inamovibles año tras año, por lo que las presuntas soluciones que se han aplicado hasta el momento no parecen las más efectivas.

En un cierto momento la autora llega a referirse al clima actual como inquisitorial, como una especie de dictadura de lo políticamente correcto que transmite a las mujeres lo que deben pensar y al hombre una larguísima serie de instrucciones para no resultar ofensivos en las relaciones con el otro sexo. A veces la situación se hace tragicómica, como cuando una ministra afirma que cualquier acto sexual sin el consentimiento expreso de la mujer sea delito, lo cual seguramente eliminaría frescura las relaciones entre parejas. Pero la deriva más peligrosa de todo esto es que se termine eliminando la idea de presunción de inocencia, pilar fundamental de cualquier Estado de derecho, para dar credibilidad absoluta a cualquier acusación en estos casos. Al final lo que se consigue con estas medidas es que el Estado trate a la mujer como un ser menor de edad que necesita protección constante, que no es capaz de decidir por sí misma y que no tiene que asumir las consecuencias negativas de sus decisiones erróneas. Parece que nos quieran llevar a un mundo con mucha más conflictividad que igualdad: 

"Lo que hace todo más confuso y más inmoral aún es que están poniendo en práctica justamente lo que denuncian. Victimizar a la mujer no es empoderarla. Demonizar al hombre no es empoderar a la mujer. Marcar la ruta de cada mujer no es empoderarla. Someter al escarnio a aquella que no elige lo mismo que tú no es empoderarla. Financiar tus logros con dinero público no es empoderar a la mujer, sino hacerla dependiente de un Gobierno determinado. Fomentar el discurso del odio no ayuda a la convivencia en igualdad de condiciones ante la ley. La definición del mundo y de la salvación del infierno del heteropatriarcado por parte de «las iluminadas» y su imposición al resto tiene más de inquisición que de otra cosa."

Resulta muy interesante leer un ensayo como Afrodita desenmascarada. Uno no tiene por qué estar de acuerdo con todo lo que expone la autora, pero resulta un soplo de aire fresco comprobar que existen tendencias que intentan racionalizar la idea del feminismo y su aplicación práctica, lo cual puede generar un necesario debate que enderezca un tanto un barco que parece ir a la deriva. Y lo principal: aunque muchos no lo reconozcan, existe miedo. Miedo a debatir, a decir lo que se piensa (siempre con educación frente a quien opina distinto) y sobre todo miedo a ofender a quienes definen cualquier idea distinta a las suyas como una agresión.

viernes, 14 de septiembre de 2018

LOS AMORES DIFÍCILES (1970), DE ITALO CALVINO. CUENTOS DE INQUIETUD.

Los cuentos de Italo Calvino están forjados en levedad y exactitud, dos de los términos que proponía en sus famosas Seis propuestas para el próximo milenio. En ellos no falta ni sobra nada. Los que están enmarcados estrictamente como amores difíciles, son retazos de vida que plantean situaciones singulares. En unos ya existe una relación amorosa, en otros es posible y en varios de ellos solo lo sería en la imaginación del protagonista. En ocasiones se nos presenta a alguien, como en La aventura de un lector, bastante pasivo, con el interés dividido entre la pasión por las ficciones y la posible aventura amorosa que podría conseguir con su vecina de playa. Calvino lo resume así (y de paso traza un estupendo retrato del espíritu de muchos lectores):

"Desde hacía un tiempo Amedeo tendía a reducir al mínimo su participación en la vida activa. No es que no le gustara la acción; más aún, del gusto por la acción se alimentaban todo su carácter y sus preferencias; y sin embargo, de año en año, el furor de ser él quien actuaba iba disminuyendo, disminuyendo tanto que era como para preguntarse si alguna vez lo había sentido realmente. No obstante, el interés por la acción sobrevivía en el placer de la lectura: su pasión eran siempre las narraciones de hechos, las historias, la trama de las vicisitudes humanas."

Otros, como el protagonista de La aventura de un soldado, junto al que se sienta una atractiva viuda recién llegada a su vagón, son mucho más audaces, pero con una audacia contenida, estratégicamente racionada y que sabe que no le va a llevar a ningún sitio, más allá de un breve momento de excitación. También viaja en tren Federico en La aventura de un viajero. En este cuento magistral no se expone la aventura amorosa en sí, sino las expectativas de la misma, el placentero viaje cuyo destino es el ser amado con quien se va a pasar un fin de semana con todas las posibilidades intactas. Otros cuentos son más tragicómicos, como La aventura de una bañista: la crónica de una mujer angustiada que, nadando en el mar, ha perdido la parte de abajo de su bikini y no sabe cómo resolver tan vergonzosa situación.

Pero donde el libro se vuelve verdaderamente excelso es en sus dos relatos finales, separados del resto y de extensión notablemente más larga. La hormiga argentina tiene aires como de Cortázar. Trata de la desgracia de una pareja de inmigrantes que se traslada a una zona rural en busca de una vida rural y encuentran la casa donde van a habitar tomada... por las hormigas. La hormiga argentina se describe aquí como un enemigo implacable, que se multiplica por millones y contra el que no existen soluciones eficaces. Ante la desesperación de su situación, los protagonistas consultan a sus vecinos, pero todos parecen haberse resignado a la invasión y convivir con ella lo mejor posible, cada uno intentando encontrar soluciones, pero sabiendo que en el fondo la hormiga ganó la partida hace mucho. Quizá la mejor actitud sea negar su existencia, no ver lo que se tiene delante de los ojos y continuar con la vida. 

En La nube de smog también el problema es colectivo, pues afecta a toda una ciudad, que se pudre bajo una nube de suciedad que lo impregna todo. El protagonista, que solo quiere vivir la vida sin demasiadas expectativas de futuro, se mueve entre una habitación sórdida, pero a la que acaba considerando un hogar, un trabajo aburrido y una novia rica y frívola, con la que podrá contemplar desde fuera, cuando realizar una excursion a las afueras, la verdadera extensión del problema, otra de esas cuestiones que todos pueden ver y padecer, pero que a nadie le apetece, en el fondo, solucionar, puesto que es algo llevadero cuando uno se acostumbra a convivir con él. Quizá estos cuentos sean una reivindicación irónica de un cierto estoicismo vital.

jueves, 13 de septiembre de 2018

ASCENSO Y CAÍDA DE ADÁN Y EVA (2017), DE STEPHEN GREENBLATT. BUSCANDO EL PARAÍSO PERDIDO.

Durante siglos la historia de Adán y Eva ha fascinado de muy distintas maneras a numerosas generaciones de seres humanos. Yo mismo, en cuanto la escuché por primera vez en el colegio, no pude dejar de sentir un íntimo sentimiento de indignación, una especie de reproche a aquellos seres que nos habían arrebatado por puro egoísmo aquel jardín paradisiaco al que debíamos pertenecer por derecho. Si las cosas andaban mal en el mundo, no era porque Dios lo hubiera fabricado de manera defectuosa, sino porque el hombre había precipitado su propia caída. Y es que lo primero que se siente frente a un relato con tanta fuerza de evocación es que uno está ante una de esas muestras de literatura primordial que demuestran la perenne fuerza de la narrativa humana, nuestra infatigable curiosidad y las ganas de explicarlo todo, aunque sea con un relato de corte fantástico que adquirió tanta fortuna que terminó siendo creído a pies juntillas por millones de seres humanos:

"La historia de Adán y Eva nos habla a todos nosotros. Habla de quiénes somos, de dónde venimos, por qué amamos y por qué sufrimos. La vastedad de su alcance parece formar parte de su propósito. Aunque representa una de las piedras angulares de tres de las grandes religiones del mundo, es anterior, o pretende ser anterior, a cualquier religión en concreto. Recoge la extraña forma en que nuestra especie trata el trabajo, el sexo y la muerte —‌rasgos de la existencia que compartimos con todos los demás animales— como objetos de especulación, como si dependieran de algo que hubiéramos hecho, como si todo hubiera podido ser distinto."

La primera sorpresa que puede llevarse el lector de Ascenso y caída de Adán y Eva, es que dicha historia recoge una tradición muy anterior a los primeros relatos recogidos por los judíos. Ya en Babilonia se escribieron mucho antes relatos similares y debió de ser durante su cautiverio en esta región cuando algunos judíos empezaron a adaptar dicha historia a su propia religión. Bien es cierto que creer de manera literal en un relato tan fantástico plantea múltiples complicaciones, preguntas que se han ido planteando a lo largo de los siglos desde el más humilde agricultor al más prestigioso teólogo: ¿cómo es posible que una sola pareja llegara a multiplicar de seres humanos toda la Tierra? ¿cómo es que Dios, en su infinita sabiduría no pudo anticipar lo que iba a suceder? Ya Filón de Alejandría, a principios de la era cristiana, propuso interpretar el relato como algo más alegórico que real, una especie de fábula plena de sabiduría.

Frente a las interpretaciones alegóricas, se alzó la inmensa - para la cristiandad - figura de San Agustín, que dedicó buena parte de su vida a estudiar el relato de la creación y estableció como dogma de fe la verdad literal de las palabras del Génesis, hasta el punto de asegurar que todos los seres humanos nacían con una especie de pecado original que nos habían transmitido nuestros primeros padres y que solo el sacrificio de Jesucristo, el nuevo Adán, había podido redimir. Eso sí, cualquier niño no bautizado o cualquier pagano que muriera sin haberse convertido a la religión de Cristo, estaba irreversiblemente condenado. Eso incluía a todas las generaciones que habían existido antes de la llegada del Redentor. La influencia teológica de San Agustín llega hasta nuestros días: todavía hoy son millones las personas que declaran creer literalmente el relato de lo acontecido en el jardín del Edén.

Evidentemente, una vez establecida como indiscutible poder temporal y espiritual, la Iglesia aprovechó para alterar el relato de Adán y Eva y dotarlo de una conveniente misoginia, culpabilizando a Eva casi por completo de la caída, lo cual justificaba con creces que fuera considerada un ser inferior, alguien que debía sumisión al marido y que no debía escalar a posiciones de poder. El influyente Tertuliano, uno de los padres de la Iglesia, dejó escritas cosas como ésta:

"¿Y acaso no sabes que eres Eva? Sigue viva en esta época la sentencia pronunciada por Dios contra ese sexo: la culpa debe necesariamente seguir viva. Tú eres la puerta del diablo; tú eres la que rompiste el sello de aquel árbol (prohibido); tú eres la primera desertora de la ley divina; tú eres la que convenciste a aquel al que el diablo no fue capaz de atacar. Tú fuiste la que destruyó con tanta facilidad a la propia imagen de Dios, al hombre. Fue por lo que tú merecías, la muerte, por lo que incluso el Hijo de Dios tuvo que morir. ¿Y todavía piensas en ponerte galas sobre las túnicas de tu piel?"

Con la llegada del Renacimiento, la historia de Adán y Eva pasó plenamente a ser un tema artístico muy popular, un excusa perfecta para plasmar la perfección del cuerpo humano. Algunos intelectuales, sin poner en duda la veracidad del relato, empezaban a plantearse preguntas peligrosas, que no podían ser realizadas en ámbitos públicos si no querían ser protagonistas de un auto de fe. Greenblatt dedica varios capítulos a John Milton, el creador del más bello poema dedicado a nuestros presuntos primeros padres. El paraíso perdido es la vez un canto a la fe y la libertad a la hora de interpretar la misma. El siglo XVIII, el de la Luces, sí que daría lugar a auténticas andanadas contra la ortodoxia católica, precedidas por la publicación del famoso Diccionario histórico y crítico, de Pierra Bayle y posteriormente del Diccionario filosófico, de Voltaire, mucho más irónico y directo en sus ataques a la religión. La puntilla a la credibilidad de la historia de Adán y Eva llegó con la publicación de El origen de las especies de Charles Darwin. Libro polémico como pocos, dotado de un rigor científico pocas veces igualada, la tesis de Darwin era absolutamente incompatible con la creación de seres humanos perfectos con el mismo aspecto del hombre actual: la evolución había sido un proceso lento y complicado, en el que no había lugar para un Creador de todas las cosas.

En cualquier caso, el remoto relato recogido al principio del Génesis, sigue manteniendo intacta su capacidad de fascinación porque, aunque no se pueda ya leer literalmente como un suceso real, sí que contiene enseñanzas muy profundas acerca de la naturaleza humana, del anhelo de conocimiento propio de nuestra condición y de la esperanza íntima que yace en cada uno de nosotros de que alguna vez seremos capaz de retomar nuestra originaria condición paradisíaca.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

SIN AMOR (2017), DE ANDREY ZVYAGINTSEV. EL NIÑO PERDIDO.

Desde el punto de vista de la gente más tradicional, la crisis de la familia empezó hace ya mucho. Los matrimonios ya no son santificados y los hijos son víctimas de las frecuentes desavenencias y separaciones de sus padres (en España el porcentaje de divorcios creo que anda por el cincuenta por ciento). Pero la situación que plantea Sin amor, es todavía más dramática. Se trata de una pareja joven que tuvo un hijo de manera irresponsable, ya que al espectador le da la impresión de que nunca hubo amor entre ambos, solo el capricho de estar juntos. Boris y Zenhya son dos seres egoístas, que jamás sacrificarían lo más mínimo por el bien de su hijo, al que más bien consideran un estorbo, un obstáculo que impide que la deseada separación sea un proceso fácil. Para ellos el jovencísimo y inocente Alyosha es un ser culpable, culpable de haber nacido y de tener necesidades. Cada uno de ellos trata de endosar al otro la responsabilidad de su cuidado. 

La desesperación del crío llega al límite ante este panorama de conflictos y desprecios y decide desaparecer, pues a sus doce años ya sabe que su futuro es muy negro y que es una carga para su familia: esta será la trama principal de una película que aprovecha esta tesitura para ofrecernos un panorama tan desolador de la Rusia actual como esos paisajes invernales en los que parece que el calor no llegará nunca. La principal preocupación de Boris es mantener su puesto de trabajo en una oficina desangelada, cuyo jefe es un hombre tan tradicionalista que jamás toleraría que uno de sus empleados se separara de su mujer. Zenhya, que ya tiene nuevo amante, pasa los días enganchada a su móvil, a las redes sociales, haciéndose selfies, como si fuera una eterna adolescente que merece una segunda oportunidad en su vida sin tener que rendir cuentas con el fruto de sus años precedentes, incluido su hijo. De la búsqueda de Alyosha, por cierto, no se ocupa el Estado, sino una especie de asociación especializada en estos casos, cuyo encargado del caso, con toda la frialdad profesional que le otorga su dilatada experiencia, resulta el personaje más humano, puesto que es el único que parece verdaderamente esforzarse en encontrar vivo al niño.

Todavía no he podido ver otras obras de este prodigioso director que es Andrey Zvyagintsev, pero lo haré en breve. Es difícil ser más preciso a la hora de diseccionar el momento actual de una sociedad a través de una historia más bien pequeña. Sin amor no hace concesiones. No es un cuento de hadas, sino una terrible película que extrae sus recursos de la más cruda realidad, por lo que cualquier espectador va a quedar conmocionado después de verla. No hace falta que anden enmedio de las trifulcas factores como el alcohol o las drogas: basta con la falta de empatía de los adultos y la ausencia absoluta de un Estado capaz de intervenir en situaciones de injusticia manifiesta, sobre todo cuando la víctima es un ser absolutamente inocente.

martes, 11 de septiembre de 2018

EL ANIMAL PÚBLICO (1999), DE MANUEL DELGADO. EL ROBINSON URBANO.

Desde hace siglos se sabe que el crecimiento de las ciudades es un motor fundamental para el progreso humano. El contacto entre personas que proporciona el espacio urbano hace que fluyan ideas nuevas y revolucionarias, influye en la polìtica y dota a la vida humana de una dimensión nueva, más interesante y llena de sorpresas. El paseante que atraviesa el umbral de su casa entra en un mundo plural e intensamente cambiante. El mero caminar puede traer encuentros inesperados o acontecimientos imprevistos. Con su sola presencia en la calle, el ciudadano está participando de una vida urbana trenzada en infinitos hilos, trenzados entre relaciones sociales, encuentros esporádicos e historias cotidianas. Para un antropólogo, la ciudad es un objeto de estudio inagotable, puesto que posee una amalgama de culturas y de formas de pensamiento diversos, variedad que se refuerza con un continuado fluir de gente proveniente de otros lugares. 

Al contrario de la vida rural, donde las formas de vida son más previsibles y la dinámica de las costumbres más arraigada, el campo de acción urbano es generador de libertad, incluso de la libertad que otorga el anonimato:

"Visto por el lado más positivo, lo urbano propiciaría un relajamiento en los controles sociales y una renuncia a las formas de vigilancia y fiscalización propias de colectividades pequeñas en que todo el mundo se conoce. Lo urbano, desde esta última perspectiva, contrastaría con lo comunal."

Está claro que para muchos vivir entre una multitud no es sinónimo de sentirse acompañado. Son esos seres anónimos, los que viven en pisos solitarios, los espíritus más vulnerables a ser captados por las formas más agresivas de la religión, aquellas que hacen proselitismo en la calle (el ejemplo más radical serían los hare krishna). Así, sentirse parte de algo, acceder a una explicación del mundo con un pleno sentido interno y sin fisuras, es una tentación grande para alguna gente. La mayoría se conforma con sobrevivir en el laberinto de calles que conforma la ciudad y dotarse de una especie de rutina que siempre en peligro de ser alterada por los acontecimientos más peregrinos, porque no todo lo que sucede, sobre todo en los no-lugares, en los lugares de tránsito a los que nos vemos obligados a acceder con regularidad, tiene sentido en la conformación de nuestras biografías individuales, pero puede tenerlo en la biografía secreta de ese ente superior que es la ciudad:

"El actor de la vida pública percibe y participa de series discontinuas de acontecimientos, secuencias informativas inconexas, materiales que no pueden ser encadenados para hacer de ellos un relato consistente, sino, a lo sumo, sketches o viñetas aisladas dotadas de cierta congruencia interna."

martes, 28 de agosto de 2018

GUERRA (2011), DE SEBASTIAN JUNGER. CUANDO ÉRAMOS SOLDADOS.

Cuando, después del 11 de septiembre, Estados Unidos invadió Afganistán, sus militares sabían sobradamente que entraban en un avispero y el éxito inicial de la operación no engañó a nadie: todos sabían que pacificar el país y expulsar definitivamente a los talibanes iba a ser una tarea de años, una tarea que todavía no ha concluido y que no sabemos si alguna vez lo hará con éxito. El periodista y escritor Sebastian Junger pasó largas temporadas con los soldados en una de las zonas más peligrosas del país: el valle del Korengal, un territorio agreste y montañoso que linda con Pakistán. Fruto de estas experiencias son sus artículos para la revista Vanity Fair y este volumen titulado crudamente Guerra, una brillante aproximación a lo que significa ser soldado.

Guerra no pretende ser un ensayo político. No juzga si la presencia de Estados Unidos en Afganistán es lícita o no. Lo que le interesa a Junger es moverse con los soldados, narrar su día a día y tomar confianza con ellos hasta formar parte del grupo, punto en el cual muchos de los combatientes se sinceran con él y le confían sus más íntimos pensamientos. El enemigo al que se enfrentan es escurridizo, se mezcla con el pueblo y organiza una guerra de emboscadas, intentando golpear en los momentos más inesperados y salir corriendo (antes de que lleguen los helicópteros Apache). En estas condiciones, ocupando un terreno difícil y sin poder confiar del todo en la población, la enorme ventaja tecnológica del ejército estadounidense no puede ser aprovechada en la medida en que quisieran sus oficiales:

"Los talibanes parecían tener un equivalente o una contramedida para todas y cada una de las ventajas tecnológicas estadounidenses. Si los helicópteros Apache tienen aparatos de visión termal que detectan el calor corporal sobre una ladera, los combatientes talibanes desaparecen cubriéndose con una manta sobre una roca caliente. Si los estadounidenses usan aviones robot para  localizar al enemigo, los talibanes pueden hacer lo mismo observando las bandadas de cuervos que vuelan en círculos sobre los soldados estadounidenses buscando restos de comida. Si los norteamericanos disfrutan de una potencia de fuego virtualmente ilimitada, los talibanes envían a un solo hombre contra toda una base de artillería. Tanto si muere en el intento como si no, habrá conseguido atrancar toda la maquinaria durante un día más. «En la guerra todo es sencillo, pero lo más sencillo resulta difícil —escribió el teórico militar Carl von Clausewitz en la década de 1820—. Las dificultades se acumulan y acaban produciendo una especie de fricción»"

Y precisamente esta fricción, estas astillas en los mecanismos de funcionamiento de la enorme maquinaria bélica imperial que los acosa es lo buscan los talibanes. Que pasen los días, los meses y los años y que nadie tenga ni idea de si la guerra se está ganando o perdiendo. Que existan periodos prolongados de paz, en los que parezca que todo ha cambiado, para romperlos de la manera más inesperada mediante un ataque suicida. Los soldados sufren física y psicológicamente, más con la espera y con la innacción que con las escaramuzas, que al menos les sacan del aburrimiento. Aunque no lo dicen abiertamente (excepto cuando la tranquilidad se prolonga demasiado), todos anhelan el combate, pues para eso están allí, aunque después se tengan que lamentar amargamente de la pérdida de un compañero.

Y este último punto precisamente el que más diferencia a esta guerra de la de Vietnam. Los soldados que van a Afganistán son voluntarios y saben a lo que se exponen. Junger hace mucho hincapié en la cohesión de grupo entre ellos: lo que les hace sobrevivir a los combates no es su pericia individual, sino el entrenamiento y los lazos entre los miembros de grupo, hasta el punto de que cada uno de ellos está dispuesto a sacrificarse por sus compañeros. Además, aunque las noticias de la guerra hayan ido perdiendo paulatinamente interés en casa, el hecho de que su semilla sea un acontecimiento tan tremendo como el 11 de septiembre, mantiene el apoyo de la opinión público a lo que ellos están haciendo. El autor de La tormenta perfecta ha escrito un libro importante, no por lo que cuenta, sino por la forma de hacerlo, tan sincera y a la vez tan objetiva, sin proselitismos, pero sin dejar de reconocer el sacrificio de unos jóvenes que sienten que están haciendo algo por la seguridad de su país, sea esto último cierto o no. Como curiosidad, el escritor aparece en un cameo de la segunda temporada de la serie The affair.

viernes, 24 de agosto de 2018

LOS VIAJES DE GULLIVER (1726), DE JONATHAN SWIFT. EL ESPEJO DEL HOMBRE.

Durante muchas décadas se ha considerado a esta novela, fundamental en la historia de la literatura, como perteneciente a la rama infantil de la misma. En España, las ediciones que se publicaban estaban lastradas y se consideraba una lectura ingeniosa y fantástica más bien dirigida a niños y jóvenes, obviando el tremendo mensaje satírico que contienen los Viajes de Gulliver

La novela puede ser leída en varios niveles: como una mera narración fantástica y de aventuras, muy entretenida, pero intrascendente en el fondo, como una crítica - que solo podían entender plenamente quienes estaban versados en la época - de la política inglesa a principios del siglo XVIII o como una sátira mucho más profunda que abarcaría todos los aspectos de la especie humana. Los seres humanos, sean extraordinariamente grandes o pequeños, con los que Gulliver se encuentra en sus aventuras son imperfectos: someten a sus pueblos a violentos conflictos por los asuntos más absurdos (tal y como sucedía en Europa entre protestantes y católicos) y el autor registra las costumbres más absurdas que, en el fondo, son espejo de las nuestras. Solo cuando llega al país de los houyhnhnms, que son caballos racionales, descubre la sociedad perfecta, sin conflictos y empieza a sembrar en su espíritu un profundo odio hacia el género humano. Como si nos encontráramos ante un caso de mayéutica socrática, es el interrogatorio al que le someten sus anfitriones el que le hace tomar conciencia de lo monstruoso del proceder del hombre:

"Me preguntó qué causas o motivos habituales hacían que un país se alzara en guerra contra otro. Le contesté que eran innumerables, pero que le citaría sólo algunas. Unas veces era la ambición de los príncipes, a quienes nunca les parecía que tenían suficiente territorio o gente que gobernar; otras la corrupción de los ministros, que involucraban a su señor en una guerra a fin de desviar el clamor de los súbditos contra la mala administración de ellos. Las diferencias de opinión han costado millones de vidas; por ejemplo, si la carne es pan o el pan carne; si el jugo de cierta baya es sangre o vino; si silbar es virtud o vicio; si es mejor besar un madero o arrojarlo al fuego; qué color es mejor para una casaca, el negro, el blanco, el rojo o el gris, y si debe ser larga o corta, estrecha o ancha, y estar sucia o limpia, y cosas así. Y no ha habido guerras más furiosas y sangrientas, ni más largas, que las ocasionadas por una diferencia de opinión, especialmente sobre cosas indiferentes."

Y tan jugoso diálogo, que no deja títere con cabeza, sigue durante muchas páginas. Y por supuesto, nuestros sistemas legislativos no pueden quedar impunes. El texto abunda en males que siguen presentes en los pleitos actuales y la sobreabundancia de leyes tan ambiguas que pueden ser interpretadas en múltiples sentidos:

"Hay que decir asimismo que esta sociedad tiene una jerga propia que ningún otro mortal es capaz de entender, y en la que están escritas todas sus leyes, que ponen especial cuidado en multiplicar; por donde embrollan completamente la esencia misma de la verdad y la falsedad, lo justo y lo injusto; de manera que se tarda unos treinta años en decidir si el campo que me dejaron mis antepasados durante seis generaciones me pertenece a mí, o pertenece a un extraño que vive a trescientas millas."

El pesimismo que trasluce Swift en los últimos capítulos hace que el ser humano pueda ser representado más como un salvaje yahoo que como un honrado houyhnhnm. Aquí los deseos humanos más corrientes (dinero, poder, lujuria, conocimiento...) son presentados como objetivos por los que hay que pagar un precio demasiado alto, siendo la serenidad de espíritu y la honradez las virtudes más altas y las menos comunes entre nosotros. Frente a lo que asegurará Rosseau poco después, el hombre-yahoo es malo por naturaleza y la organización social no hace sino enmascarar levemente su verdadera esencia corrupta.

jueves, 23 de agosto de 2018

EL REGRESO LIBERAL (2017), DE MARK LILLA. MÁS ALLÁ DE LA POLÍTICA DE LA IDENTIDAD.

La sorprendente victoria de Donald Trump, que primero se impuso a los demás candidatos del partido Republicano y después convenció con un discurso simplón y poco elitista a buena parte de los ciudadanos estadounidenses, todavía está siendo digerida por amplios sectores de la izquierda y el liberalismo. Que un tipo así haya logrado llegar a la Casa Blanca habla a la vez de las grandezas y de las miserias del sistema americano. No obstante, el poder de Trump no es absoluto. Existen contrapesos políticos, judiciales y sociales que pueden hacer muy incómoda su presidencia, aunque hasta el momento el mejor calificativo para valorarla sea el de caótica.

Para Mark Lilla, uno de los intelectuales académicos más influyentes de Estados Unidos, la victoria de Trump no era tan improbable, si nos atenemos a la división social tan profunda que ha atravesado el país en los últimos años. La izquierda se ha hecho demasiado academicista, elitista, y se ha apartado de los problemas reales del americano medio. Es más: se ha acogido a un discurso identitario que se ocupa casi en exclusiva de los problemas de las minorías, una actitud muy loable si no fuera porque muchos ciudadanos se sienten excluidos del mismo, ya que, por ejemplo, en la campaña de Hillary Clinton no se hizo referencia a ellos. Tal y como dice el propio Lilla en una entrevista concedida a ABC:

"Recuerdo la campaña electoral de Hillary Clinton, tan centrada solo en asuntos de minorías, afroamericanos, mujeres, homosexuales, pero sin dirigirse a votantes tradicionales por su nombre, trabajadores de tradición demócrata. Fue como si se le hubiera olvidado que existían y contaban para el partido. Uno de cada cinco votantes se reconoce como cristiano evangélico. No aparecían en películas o anuncios. Los acentos sureños también fueron infrarepresentados." 

Es como si la izquierda liberal se sintiera cómoda con cierta clientela y excluyera el diálogo con todos los demás, como si no quisiera buscar un consenso ciudadano que evitara ciertos dogmatismos. Lilla se refiere de manera constante a dos presidencias que marcaron y siguen marcando la política estadounidense: la de Roosevelt, basada en el intervencionismo estatal y la redistribución de la riqueza, después del crash del 29 y la de Reagan, que propugnó el individualismo con una mínima intervención estatal: la creación de riqueza como prioridad a la lucha contra la pobreza. Ninguna presidencia del siglo XX ha sido tan influyente. Ni tan antagónicas. La izquierda no ha sabido o no ha podido poner contrapesos al ultraliberalismo económico que llevó a la crisis del 2008, porque se ha dedicado a otros asuntos:

"Se podría pensar que, ante la nueva imagen antipolítica del país, los liberales habrían respondido con una visión imaginativa y esperanzada de lo que compartimos como estadounidenses y de lo que juntos podríamos conseguir. En cambio, se han perdido en la maraña de la política de la identidad y han desarrollado una retórica resentida y fragmentadora de la diferencia para acompañarla. (...) Uno podría pensar que, frente al dogma del individualismo económico radical que normalizaba el negacionismo, los liberales habrían utilizado sus posiciones en nuestras instituciones educativas para enseñar a los jóvenes que comparten un destino con todos sus conciudadanos y tienen deberes hacia ellos. En vez de eso, enseñaron a los alumnos a ser espeleólogos de sus identidades personales y los dejaron sin curiosidad sobre el mundo que estaba fuera de su cabeza."

El reto de la izquierda es recuperar el concepto universal de ciudadanía y dejar un poco de lado la defensa específica de ciertos grupos sociales, con sus lamentaciones reales o ficticias, y sus exigencias de reparación histórica. En los campus universitarios, que es de donde han surgido todos estos movimientos, derivados de lo políticamente correcto, cada vez es más difícil un debate libre y sincero sin el riesgo de ofender a quienes están predipuestos a ser ofendidos. Y es que el papel del censor, tradicionalmente ocupado por la derecha, hace tiempo que ha cambiado de bando:

"Los identitarios de izquierdas que piensan en sí mismos como criaturas radicales, discutiendo esto y transgrediendo aquello, se han convertido en institutrices protestantes con respecto al idioma inglés, diseccionando cada conversación en busca de locuciones indecorosas y después golpeando en los nudillos a los que las utilizan sin darse cuenta."

lunes, 20 de agosto de 2018

LIBRERÍAS (2013), DE JORGE CARRIÓN. LUGARES DE PERDICIÓN.

Las librerías son templos laicos consagrados al saber. Pero no, no son eso, o no son solo eso. Son lugares impregnados de una magia especial donde un lector puede sentirse como en el propio hogar. Los que somos viciosos de la lectura buscamos siempre, incluso de manera inconsciente, dónde están situadas las librerías principales de las ciudades a las que viajamos. Así, yo me he hecho visitante habitual de la librería Verbo de Sevilla, de Picasso en Granada, de la Casa del Libro de Córdoba o Luces en Málaga. Cuando puedo ir por Madrid no puedo dejar de pasar por la Central de Callao, entre otras muchas. Por supuesto, me gustan los establecimientos grandes y espaciosos, donde pueda moverme a mis anchas y sin ser observado, donde incluso pueda sentarme un rato a ojear un volumen sin que nadie me lo reproche e incluso salir con las manos vacías si nada ha llamado mi atención. También me gustan los establecimientos ocultos, que aparecen de las maneras más inesperadas, como la gran nave repleta de libros de saldo que oculta un pueblo del extrarradio de Granada. Por eso estoy de acuerdo en cómo expresa el autor estos sentimientos:

"(...) la librería como templo donde se albergan ídolos, objetos de culto, como almacén de fetiches eróticos, fuente de placer. La librería como iglesia parcialmente desacralizada y convertida en sex shop. Porque la librería se nutre de una energía objetual que seduce por acumulación, por abundancia de oferta, por dificultad de definir la demanda, que se concreta cuando se encuentra al fin el objeto que excita, que reclama una compra urgente y una posible lectura posterior." 

Librerías está dedicado a describir el más noble de los vicios, la más saludable de las enfermedades, el arte de visitar estos establecimientos, aunque el caso de Jorge Carrión es envidiable, porque describe librerías de medio mundo, algunas en lugares tan apetecibles como Buenos Aires o Ciudad de México, en las que seguramente encontraremos una oferta de volúmenes en castellano muy diferente a la ya muy homogeneizada de las que existen en nuestro país. Y ese es el principal problema de una actualidad que solo vive a golpe de novedades y libros más vendidos, hasta el punto de que es difícil encontrar títulos que eran abundantes en las estanterías solo hace un año. Por supuesto, también podría hablarse de bibliotecas, pero en estas magníficas instituciones queda fuera uno de los elementos principales de la placentera ecuación: el fetichismo de la posesión, de la contemplación del volumen y de las anotaciones personales en el mismo.

Si bien las librerías han ganado en espacio y muchas de ellas en espectacularidad, se ha perdido mucha de la diversidad que las hacía atractivas antaño. El último capítulo (el libro es de 2013), está dedicado a analizar superficialmente la presunta amenaza que constituyen los ebooks, que no han hecho descender demasiado las ventas de libros en papel (la crisis económica sí que lo hizo, haciendo además que se cerraran numerosos establecimientos)  ni tampoco creo que hayan logrado enganchar a muchos nuevos lectores, independientemente de la indudable utilidad que tienen estos aparatos para los que ya no nos queda apenas espacio en nuestras bibliotecas particulares. En cualquier caso, espero que las librerías tradicionales no mueran nunca, que sigan siendo el lugar ideal para pasar una tarde de verano o de invierno.

miércoles, 15 de agosto de 2018

CALÍGULA (1944), DE ALBERT CAMUS. EL DELIRIO DEL PODER.

Calígula, escrita cuando la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin, puede inscribirse, junto a El extranjero, en un modelo de literatura de un existencialismo que entronca con el nihilismo, con el absurdo de la existencia humana. Los horrores que se habían presenciado en la contienda eran difícilmente asimilables por los intelectuales: no había referencias a las que aferrarse y todo aquel espectáculo de muerte y destrucción era demasiado desmesurado como para ser descrito. Pero cabía centrarse en el pensamiento de un solo hombre, de un Calígula que era representante del poder absoluto que produce monstruos.

El desencadenante del drama del emperador es la muerte de su hermana y amante Drusila. En aquel instante Calígula toma conciencia de que el poder terrenal no es capaz de amoldar la realidad a gusto de su poseedor y de que "los hombres mueren y no son felices". A pesar de desencadenar una política de terror entre los patricios del círculo que le rodea (lo que recuerda mucho a la actuación de Stalin en los años treinta), el emperador es un hombre angustiado, que envidia el poder de los dioses y sabe que la vida es impredecible:

"Me gusta la seguridad, la necesito. La mayoría de los hombres son como yo. Les resulta imposible vivir en un universo en el que, en un segundo, el pensamiento más extravagante puede penetrar en la realidad, en el que, las más de las veces, ese pensamiento penetra en ella como un cuchillo en el corazón. Yo tampoco quiero vivir en semejante universo. Prefiero saber por dónde piso."

Al final, en la culminación de su locura, el protagonista de que jamás va a poder alcanzar la felicidad, ni siquiera cierta serenidad de espíritu. Su carácter inquieto le hace preguntarse constantemente acerca de su condición humana, lo que le acerca y a la vez le aleja de sus súbditos. El mundo, tal y como es, dista mucho de estar hecho a la medida de los hombres. O uno se conforma e intenta adaptarse - y esta opción no es para él - o sale de él. Este Calígula, tan egocéntrico, de humor tan cambiante y caprichoso, recuerda inquietantemente a un personaje contemporáneo, a Donald Trump. 

Albert Camus resumió así el espíritu de su obra:

"Es la historia del más humano y el más trágico de los errores. Infiel a los seres humanos a causa de su excesiva lealtad a sí mismo, Calígula consiente en morir después de darse cuenta de que no se puede salvar solo y que nadie puede ser libre en contra de otros."

sábado, 4 de agosto de 2018

FRANCO. BIOGRAFÍA DEL MITO (2014), DE ANTONIO CAZORLA. LA SOMBRA DEL CAUDILLO ES ALARGADA.

A pesar dd que murió hace más de cuarenta años, Francisco Franco sigue presente en el debate político español y su figura sigue suscitando pasiones, aunque en estos tiempos las voces favorables o comprensivas con su legado sean - afortunadamente - cada vez más escasas. El hecho de que una medida tan higiénica como sacar al dictador de ese mausoleo siniestro y de mal gusto que es el Valle de los Caídos sea todavía polémica, dice mucho de lo que nos queda todavía para superar un pasado traumático y mirar los hechos desde una perspectiva histórica y constatar que la dictadura en nuestro país fue una anomalía en el contexto democrático europeo.

Pero lo que más le interesa a Antonio Cazorla es estudiar cómo fue posible que Franco se mantuviese tantos años en el poder, sin apenas sobresaltos, mientras una gran mayoría de españoles, aparentemente, le otorgaba un apoyo entusiasta. Lo cierto es que el autoproclamado Caudillo fue ante todo un hombre oportunista, cuya mejor cualidad fue siempre la astucia en favor de la consolidación de su poder personal, nunca de los españoles, que fueron tratados durante la mayor parte de su mandato como los súbditos de una especie de cortijo privado, excepción hecha de aquellos que supieron aprovechar sus influencias para realizar fabulosos negocios con el Régimen.

Los que glorifican la obra de Franco y llegan a decir que su legado puso las bases para que fuera posible una democracia en España, suelen olvidar los durísimos años cuarenta y cincuenta, veinte años de hambre y privaciones que fueron soportados estoicamente por los más pobres. A ningún gobierno democrático se le hubiera consentido eso, veinte años de privaciones, para después conseguir una recuperación tremendamente espectacular, pero a la que ayudó la emigración a Alemania y otros países de cientos de miles de españoles. 

Mientras tanto, el Régimen fue consolidando el mito de Franco como el de un hombre providencial que había salvado a España, primero del comunismo y después de la Guerra Mundial. En 1936, Franco ya era un héroe, aunque muchos de sus enemigos se negaran a reconocerlo, pues el había conseguido prácticamente solo la victoria en Marruecos, gracias a su genio estratégico, sin parangón en la historia del mundo. Según se decía, era él quien había concebido el levantamiento del 18 de julio (olvidando que dudó casi hasta el último minuto si sumarse o no a la rebelión) para eliminar a una República que era retratada como la antiespaña, como la negación de los valores que presuntamente desde siempre habían hecho grande a este país. Después de su brillante victoria, el Caudillo había pasado noches y noches de desvelo trabajando en pos del bienestar de los españoles, mientras le paraba los pies a Hitler (según el mito franquista, la reunión de Hendaya fue una hábil jugada para evitar entrar en la guerra) y se constituía como el faro de occidente, guardián de las esencias del cristianismo y del anticomunismo. Su capacidad de aguante (más bien la de los españoles), obtuvo una modesta recompensa cuando los Estados Unidos se acercaron a España por puro interés, pues nuestro territorio era fundamental para establecer bases militares en el entorno de la Guerra Fría.

La llegada del boom económico en los años sesenta dio cierto respiro a los españoles y la figura de Franco pudo ser presentada como la de una especie de abuelo benévolo que era el garante final de toda aquella prosperidad. En cualquier caso, los años finales fueron amargos. La inesperada llegada de la crisis económica de los setenta y la cada vez más contundente contestación en la calle, hicieron que el Régimen se plegara sobre sí mismo y se mostrara implacable contra toda disidencia hasta el último instante. Hasta el último día hubo presos políticos y represión de las libertades. Y hasta hoy la figura del dictador sigue suscitando polémicas entre izquierda y derecha. Algo tan humanitario como encontrar a familiares que siguen enterrados en cunetas, cerca de donde fueron asesinados, se convierte para muchos en un laberinto jurídico y - lo que es peor - ideológico. Aunque las heridas de la Guerra Civil están curadas, las cicatrices siguen ahí, bien visibles, tan enormes como esa cruz del Valle de los Caídos, que sigue guardando los restos del general. ¿Verdaderamente veremos en estos días su salida? ¿será capaz este acontecimiento de cerrar al fin este capítulo ominoso de la historia de nuestro país?

lunes, 30 de julio de 2018

DOS CONCEPTOS DE LIBERTAD (1958), DE ISAIAH BERLIN. CÓMO SER LIBRES.

En el ámbito de la historia de las ideas, son bien conocidos estos dos conceptos de libertad de los que habló Berlin en esta conocida obra: el concepto negativo de libertad, que se refiere a la ausencia de coacciones externas a la hora de ejercitarla y el concepto positivo de la misma, referido a la libertad individual de tomar decisiones, de ser capaz de labrarse un destino propio. Escrita en lo más duro de la Guerra Fría, que fue un combate ideologico entre dos superpotencias que defendían conceptos antagónicos de los conceptos de libertad e igualdad, Dos conceptos de libertad es todo lo contrario a una obra utópica: intenta ser una explicación lúcida y racional de lo que más conviene al ciudadano en una materia tan sensible respecto a una palabra tan idealizada.

En primer lugar Berlin aboga por no subestimar el poder de las ideas, sobre todo cuando éstas surgen de las élites de la sociedad, en la política. En una democracia bien desarrollada y con unas reglas de juego justas, este conflicto es deseable, porque se supone que los ciudadanos acabarán eligiendo lo que más les conviene. Pero cuando estas élites pertenecen a un Estado dictatorial, que le dice a sus gobernados lo que más les conviene (muchas veces en pos de un futuro esplendoroso, que nunca llega), las bases del totalitarismo ya han sido puestas, aunque a veces lo que se imponga sean las formas más suaves de un Estado paternalista, que trata a sus ciudadanos como a niños que son incapaces de tomar decisiones por sí mismos, aunque muchos definan este status quo como la verdadera libertad:

"Si el tirano (o el que persuade de manera disimulada) consigue condicionar a sus súbditos (o clientes) para que dejen de tener sus deseos originales y adopten ("internalicen") la forma de vida que ha inventado para ellos, habrá conseguido, según esta definición, liberarlos. Sin duda alguna les habrá hecho sentirse libres. (...) Pero lo que ha creado es la antítesis misma de la libertad política."

Aunque en nuestra época la democracia ha alcanzado un gran éxito con su extensión a un gran número de países en las últimas décadas, también es cierto que estamos en la era del regreso del populismo, del pensamiento emocional por encima del racional, de la crítica a los jueces sin ni siquiera leer sus sentencias y del sobredimensionamiento de cualquier suceso en favor de intereses muy oscuros, que nunca están a favor de la libertad individual de pensamiento. Entender el mundo, ser crítico con razones fundamentadas, exige un esfuerzo y pocos están dispuestos a ejercitarlo, sobre todo cuando las formas de lectura son cada vez más dispersas, más concentradas en ideas fijas o eslóganes - cuando no en meros insultos - y menos en la profundización en los diversos asuntos que conforman el debate público. Hay que acabar con el abuso del pensamiento único y de lo políticamente correcto que fomentan el miedo a la disidencia, por muchos fundamentos racionales que ésta posea. El pensamiento de gigantes como Isaiah Berlin debe seguir presente en cualquier debate público que se precie.

viernes, 27 de julio de 2018

DIARIO DE UNA CAMARERA (1900), DE OCTAVE MIRBEAU Y DE LUIS BUÑUEL (1964). EL ESPELUZNANTE ENCANTO DE LA BURGUESÍA.

Las relaciones entre amos y criados han sido desde siempre un motivo de inspiración para la literatura y el cine. Esa relación casi íntima entre clases sociales que a la vez se desprecian y se necesitan - aunque existan excepciones de criados perfectamente intregrados en su papel, como el protagonista de Lo que queda del día - da mucho juego. El criado - la criada en este caso - vende sus servicios al mejor postor, pero una vez que comienza su labor ésta se convierte en una servidumbre de características muy especiales, sobre todo si la criada duerme bajo el mismo techo que sus señores. Célestine, la protagonista de este diario, es una joven de espíritu rebelde, pero que sabe que necesita integrarse y disimular su desprecio a la clase social a la que sirve, para poder sobrevivir. Su opinión acerca de su posición en el mundo resulta muy lúcida:

"Un  criado no es un ser normal ni un ser social. Es alguien disparatado, fabricado con piezas y fragmentos que no se ajustan unos a otros, ni pueden yuxtaponerse. Es algo peor: un monstruo híbrido humano. Ya no pertenece al pueblo, del que proviene, tampoco a la burguesía, entre la que vive y a la que tiende. Ha perdido la sangre generosa y la fuerza inocente de ese pueblo del que reniega. Ha adquirido los vicios vergonzosos de la burguesía sin haber podido obtener los medios para satisfacerlos; y también, sus sentimientos viles, sus temores cobardes, sus delictivos apetitos, sin la cobertura y, en consecuencia, sin la excusa de la riqueza."

Sin embargo, siendo joven y bonita, sabe que despierta el deseo de los hombres de cualquier clase social. Esto la asquea, pero a la vez le otorga una cierta posición de poder que podría aprovechar para mejorar sus condiciones de vida: en más de una ocasión ha podido casarse con alguno de sus amos, pero ha rehusado hacerlo. Sin embargo, cuando conoce a Joseph, un criado maduro y canalla (hasta el punto de sospechar que es un asesino de niñas), va sintiendo poco a poco una atracción irresistible por él. Quizá su mejor salida sea tomar lo que el taimado Joseph le ofrece. O quizá no le quede más remedio que aceptarlo:

"Es curioso, siempre he sentido debilidad por los canallas. Hay en ellos algo imprevisto que enciende la sangre, un olor muy especial que embriaga, algo fuerte y acre que atrae sexualmente."

La novela de Mirbeau, de tono vagamente erótico, no ahorra cargas de profundidad contra la condición burguesa, una clase social que retrata como parásita e inútil, aburrida e insustancial. La señora de Célestine se pasa el día quejándose, como si todas las circunstancias de la vida diaria conspiraran para amargarle la existencia. Una existencia que resulta también profundamente amarga para un señor absolutamente dominado por su esposa y cuyos instintos eróticos se centran en torpes intentos de seducción a su criada. 

Otro de los aspectos más interesantes de la novela es su crítica al movimiento nacionalista y antisemita de derechas que tomó impulso en aquella época con el caso Dreyfus. Lo que cuenta Mirbeau a las puertas del siglo XX es muy consecuente con los desastres que vendrían después.

Todo este material fue bien aprovechado por Luis Buñuel - sobre todo sus escenas más fetichistas - para realizar una versión muy personal de la novela. El aragonés obvia los episodios del pasado de Célestine y se centra en el nudo principal de la obra, mateniéndose fiel al mismo hasta que cambia por completo el final.

miércoles, 18 de julio de 2018

LO QUE HAY QUE TENER (1979), DE TOM WOLFE Y ELEGIDOS PARA LA GLORIA (1983), DE PHILIP KAUFMAN. LOS PIONEROS DEL ESPACIO.

Una de las batallas finales de la Segunda Guerra Mundial en Europa fue la de los científicos nazis. Americanos y soviéticos se esforzaron por encontrar a los genios que habían hecho posible los cohetes V1 y V2 y los primeros aviones a reacción. Con estos ingredientes, uno de los episodios principales de la Guerra Fría estaba servido: el de la carrera espacial, una cuestión más de prestigio que bélica, pero cuyos contendientes se tomaban casi tan en serio como el planteamiento de una batalla decisiva. Al principio había muchas dudas al respecto. Una vez subsanado el problema de romper la barrera del sonido, podía plantearse el de enviar hombres al espacio. Durante la etapa que describe Wolfe en su libro, los años cincuenta y los primeros sesenta, los rusos siempre fueron uno o dos pasos por delante, pero eso fue un estímulo para la gran ola de patriotismo que acompañó a lo primeros viajes espaciales de los astronautas estadounidenses.

¿Y de dónde se reclutaron estos primeros astronautas? Evidentemente, de entre los mejores pilotos de la marina y el ejército. Estos eran hombres especiales (que tenían lo que hay que tener, según recuerda Wolfe todo el tiempo), que vivían en un mundo altamente competitivo, en el escalaban una pirámide imaginaria, en cuyo viaje a la cúspide iban quedándose muchos compañeros, muchos de ellos por no alcanzar el nivel exigido y algunos otros por estrellarse con sus aviones en entrenamientos o probando nuevos prototipos. Pero todos compartían algo: un ego descomunal, un sentimiento de superioridad que les hacía sentirse parte de una especie de casta superior:

"El mundo estaba acostumbrado a enormes egos de artistas, actores, animadores de toda suerte, de políticos, ases del deporte e incluso periodistas, porque tenían formas familiares y adecuadas de exhibirlos. Pero aquel esbelto joven, con su uniforme, con el reloj enorme en la muñeca y la expresión remota en la cara, aquel joven oficial tan tímido, incapaz de abrir la boca, salvo que el tema fuese aviación, ese joven piloto, en fin, amigo, ¡tiene un ego aún mayor!, ¡tan grande que resulta escalofriante! Incluso en los años cincuenta, a los civiles les resultaba difícil entender una cosa así, pero todos los oficiales del Ejército, y muchos reclutas se sentían superiores a los civiles."

Lo que no podían imaginar es que pronto iba a surgir una manera insospechada de llegar más arriba que nadie. Se trataba de ser astronauta. Aunque esta nueva ocupación suscitó muchas dudas entre los candidatos, pronto fue la más prestigiosa entre ellos, porque ser astronauta automáticamente conllevaba adquirir el estatus de héroe. Y no un héroe cualquiera, sino un héroe épico que iba a enfrentarse en el espacio al gran enemigo: la Unión Soviética. La población asustada por la posibilidad de bombardeos atómicos desde astronaves veían a estos hombres como la única línea de defensa posible. Poco a poco, las misiones se hicieron más rutinarias, hasta que se fijó el nuevo objetivo, algo más propio de la ciencia ficción que de la realidad: viajar a la Luna...

Lo que hay que tener es una crónica que se mueve de manera muy sabia entre el periodismo y la ficción (esto último, otorgando sentimientos y pensamientos a personajes reales en circunstancias históricas) y es capaz de ofrecer al lector jugosas anécdotas que se convierten que hacen del relato algo mucho más humano. También es un perfecto retrato de una época y sus obsesiones, de una sociedad en la que el machismo estaba a la orden del día (los pilotos, plenos de testosterona, son los héroes y sus mujeres son las perfectas amas de casa sufridoras que guardan el hogar mientras su caballero efectúa hazañas imposibles). Quizá toda esta visión, todos estos sueños, que fueron posibles durante unos años, se vinieron abajo abruptamente con la guerra de Vietnam. La traslación cinematográfica, titulada en España Elegidos para la gloria, resulta una obra muy entretenida, pero que peca de exceso de patriotismo, de culto al héroe. Destaca un magnífico Ed Harris que compone a un muy creíble John Glenn, que no fue el primer astronauta norteamericano, pero es el que supo llevarse la mayor parte de la gloria.

lunes, 16 de julio de 2018

EL ORDEN DEL DÍA (2017), DE ÉRIC VUILLARD. LOS PUNTOS DE RUPTURA DE LA HISTORIA.

La historia no es una disciplina lineal y el ser humano, aunque progresa, jamás lo hace en línea recta. Por el camino hay trampas, accidentes y, a veces, verdaderas catástrofes capaces de dar al traste con todo lo conseguido durante siglos de lucha soterrada. El ascenso de los nazis al poder en Alemania fue contemplado al principio por el resto del mundo con una mezcla de curiosidad y desgana. Hitler no era tomado en serio por muchos, se le veía más bien como una especie de payaso histérico. Dentro de Alemania, no era así. Para muchos alemanes, se convirtió pronto en una especie de Mesías que devolvería a su país a la grandeza a la que siempre tuvo derecho. Y poco a poco, los países de alrededor, los ganadores de la Primera Guerra Mundial pasaron de la desgana al miedo: la rápida recomposición del Ejército alemán y la agresividad del discurso de Hitler los cogió con el pie cambiado y decidieron intentar apaciguarle, haciendo como que negociaban con él, pero en realidad, concediéndole todos sus deseos territoriales, hasta que el vaso quedó colomado en una ciudad llamada Danzig... 

Pero antes de eso, los nazis necesitaron financiación. Una vez elegido Canciller, Hitler necesitaba el apoyo financiero de los grandes industriales alemanes. El orden del día se abre con esa poderosa escena, el encuentro entre criminales financieros y criminales políticos con el fin de asegurar los medios económicos a unos planes inhumanos. Muchas de las empresas que protagonizaron tan vergonzoso episodio siguen existiendo y prosperando en el día de hoy: Opel, Krupp, Bayer... Todas han lavado su imagen y continúan vendiéndonos sus productos, haciéndonos olvidar que hace unas décadas utilizaban sin pudor mano de obra esclava procedente de los campos de concentración que jalonaban la geografía hitleriana. Pero en aquel momento todo resultaba muy sencillo:

"El meollo del asunto se resumía en lo siguiente: había que acabar con un régimen débil, alejar la amenaza comunista, suprimir los sindicatos y permitir a cada patrono ser un Führer en su empresa."

Luego, la novela-reportaje de Vuillard se acerca a las interioridades de la ocupación de Austria en 1938: cómo los nazis se comportan como mafiosos frente a los débiles austriacos y cómo la pretendida invasión pacífica fue una auténtica chapuza. En cualquier caso, frente a unas decenas o centenares de suicidios (quizá miles, quien sabe), la reacción de la mayoría de la población fue salir a la calles a recibir con su brazo en alto a su liberador. Mientras tanto, Francia, Inglaterra y el resto de potencias se rinden ante el hecho consumado y no hacen nada. Más bien, acuden seis meses después a la conferencia de Munich para seguir alimentando a la bestia.

En realidad Vuillard ha escrito una novela un tanto extraña. Una narración de ficción que se basa estrictamente en la realidad y que podría haber sido un ensayo histórico lleno de reflexiones personales. Él ha preferido adentrarse en los sentimientos personales de los personajes que vivían diversos episodios históricos - única concesión a la ficción - para indagar en lo que él llama - en una entrevista publicada en Babelia - los puntos de ruptura de la historia:
 
"Busco en la historia los puntos de ruptura. ¿Qué nos ha conducido adonde estamos hoy? ¿Qué nos ha llevado a la dominación de Occidente, a vivir con tamaños desequilibrios o al movimiento emancipador que anima nuestras sociedades?”

miércoles, 11 de julio de 2018

LA EDAD DE LA PENUMBRA (2017), DE CATHERINE NIXEY. CÓMO EL CRISTIANISMO DESTRUYÓ EL MUNDO CLÁSICO.

Las imágenes de hace un par de años, de soldados del Estado islámico destruyendo los valiosos restos de Palmira estremecieron al mundo entero y fueron calificadas de manera unánime como un acto de barbarie, contra la cultura y la civilización. En aquella ocasión, pocos comentaristas se acordaron de que, dieciseis siglos antes, los primeros cristianos que consigueron hacerse con el poder temporal, emprendieron una campaña igualmente brutal contra los símbolos paganos, contra los templos, contra las estatuas y contra los escritos de una cultura que había durado mil años. La historia oficial del cristianismo siempre ha enseñado que dicha transición fue un proceso esencialmente pacífico y que la mayor parte de la gente aceptó con entusiasmo la llegada de la nueva religión. Catherine Nixey, consciente de que la historia la escriben los vencedores, intenta acercarse en esta obra memorable a la verdad de aquellos hechos tan remotos y nos muestra un auténtico genocidio cultural que fue silenciado durante siglos. La victoria final del cristianismo fue total, pero lo fue a costa de la completa aniquilación y humillación de la religión y las costumbres de los habitantes del Imperio romano.

Entre otras cosas, Nixey revela que la tan cacareada persecución contra los cristianos no fue tan intensa ni tan terrible como comúnmente se cree. Es posible que sus víctimas fueran cientos, en vez de miles. Si una organización con tanto poder como el Imperio romano hubiera querido exterminar una religión de su seno, sin duda habría tenido éxito. Las campañas de represión contra los cristianos fueron pocas y esporádicas. Lo normal fue una especie de tolerancia vigilante, hasta que, poco a poco, el cristianismo fue logrando un número cada vez mayor de adeptos, seducidos por la promesa de una vida eterna, una oferta sin competencia en el mercado religioso romano. Muchos intelectuales del Imperio se mofaban de la nueva religión. Han llegado hasta nosotros textos enormemente críticos, como el de Celso y se han perdido otros, como los quince volúmenes que dedicó Porfirio a rebatir la fe en Cristo. Un hito importantísimo en esta historia se produjo en el año 313, cuando el Edicto de Milán, promulgado por un recién convertido emperador Constantino decretó una tolerancia a todas las religiones que terminaría allanando el camino al cristianismo hacia el poder absoluto sobre los cuerpos y sobre las almas.

Bien pronto la autodenominada religión del amor empezó a utilizar tácticas de intimidación e incluso de violencia contra los que no eran sus acólitos. Para san Agustín, impedir pecar a un pecador no era crueldad, sino bondad, por lo que podían usarse para ese fin todos los medios que se consideraran necesarios. Acostumbrados a la aceptación de dioses extranjeros en su propio panteón, muchos romanos miraban asombrados y preocupados cómo los seguidores de Cristo predicaban la intolerancia frente al resto de creencias y se burlaban de los cultos paganos, considerando que eran obra del demonio. Ya en el siglo IV, voces como la de Quinto Aurelio Símaco seguían implorando que se siguiera un camino de tolerancia religiosa, mientras los viejos cultos romanos se desmoronaban frente al rodillo cristiano:

"Por eso os rogamos que haya paz para los dioses patrios (...). Es razonable considerar único lo que todos honran. Contemplamos los mismos astros, el cielo es común a todos, nos rodea el mismo mundo. ¿Qué importancia tiene con qué doctrina indague cada uno la verdad?"

El genocidio cultural fue impresionante: uno tras otros los templos de los dioses tradicionales romanos fueron atacados y destruidos con saña. Quienes se oponían, eran asesinados. Las estatuas (algunas, obras maestras de la escultura), eran decapitadas y mutiladas, para hacer salir de ellas los presuntos demonios que moraban dentro. Se produjo también una campaña implacable contra la cultura escrita: tan solo el diez por ciento de la literatura romana ha llegado a nuestros días, a consecuencia de ésta. Los monjes no tenían reparo en tomar piedras pómez y raspar los antiguos manuscritos para escribir sobre ellos obras de doctrina de la Iglesia. La prohibición de libros por parte de la Iglesia es una antigua tradición que se remonta a casi nuestros días. 

La puntilla al paganismo la puso la infame Ley 1.11.10.2, dictada por Justiano en el siglo VI, que prohibió cualquier enseñanza que no se ajustase a la doctrina cristiana y prácticamente instó a toda la población que no lo hubiera hecho ya, a convertirse. Así también se acabó con los últimos filósofos que enseñaban en la Academia de Atenas. Su último director, Damascio, que ya había tenido que abandonar Alejandría algunas décadas antes, debido a la violencia religiosa, se exilió de Atenas, cerrando para siempre el espacio que había sido símbolo del conocimiento durante tantos siglos. Un velo de oscuridad e intolerancia cayó entonces sobre un mundo que se volvió mucho más ignorante. La doctrina cristiana daba sus últimos pasos para convertirse en una religión totalitaria que regulaba todos los aspectos de la vida de la gente a través del miedo: miedo a la autoridad y miedo a un Dios todopoderoso que vigilaba a los hombres hasta en sus pensamientos más íntimos:

"Una clase muy particular de miedo empezó a aparecer. Como ha señalado Peter Brown, se trata de la perpetua ansiedad de una gente que creía que no solo todos sus hechos, no solo todas sus palabras, sino además todos sus pensamientos estaban siendo observados."

La historia la escriben los vencedores. El advenimiento del cristianismo quedó como un relato heroico repleto de santos y mártires. El trabajo del historiador cristiano no era registrarlo todo, sino solo aquello que ejerciera un bien en los cristianos que lo leyeran, por lo que se aseguraron de que la visión de los vencidos quedara borrada. Un libro como La edad de la penumbra, riguroso, divulgativo y admirablemente escrito, ayuda a recuperar la verdad de aquel proceso y nos hace escuchar la voz de unas víctimas perdida en el devenir de los siglos. 

martes, 10 de julio de 2018

EN DEFENSA DE LA ILUSTRACIÓN (2018), DE STEVEN PINKER. POR LA RAZÓN, LA CIENCIA, EL HUMANISMO Y EL PROGRESO.

Cuando alguien, en un debate, comenta que el mundo nunca ha estado peor que en nuestros días, suelo preguntarle que en qué época le parece que el mundo ha estado mejor que ahora. Normalmente, la respuesta no es fácil. El último libro de Steven Pinker es un magnífico ensayo dedicado a difundir el optimismo acerca de nuestra situación: el mundo nunca ha estado mejor, quiere decirnos y aquí tenéis las cifras que lo demuestran.

Por supuesto que esta evolución virtuosa e histórica no ha sido fácil. Pinker sitúa su comienzo a mitad del siglo XVIII, con el precedente de la revolución científica que empezó a operar en la centuria anterior. La idea, que en la actualidad nos parece tan sencilla, es la de combatir la superstición a base de racionalidad y ciencia. A través del método científico todo puede ser comprobado y explicado y los descubrimientos que se van realizando en el camino pueden facilitar la vida del hombre y a la vez hacerlo más feliz. Por supuesto que éste no ha sido un camino de rosas. Las fuerzas del oscurantismo han puesto todas las piedras posibles en el camino y han estado a punto de lograr la victoria en momentos puntuales, como la Segunda Guerra Mundial. Pero, desde entonces, occidente ha aprendido que los conflictos deben resolverse a base de diplomacia y diálogo y los conflictos bélicos no han hecho más que disminuir, mientras la pobreza global hacía otro tanto.

Es muy posible que para muchos sea insólito leer que el mundo está cada vez mejor, sobre todo después de ver un telediario o leer un periódico. Es bien sabido que las noticias negativas se venden mucho mejor que las positivas. Estamos mucho mejor informados acerca de zonas de conflicto, como Siria, que de países que están saliendo a pasos agigantados de la pobreza. Además, las buenas noticias no suelen suceder en un día ni son tan espectaculares visualmente como un atentado terrorista. Que se erradique una enfermedad que hace décadas mataba a millones de personas, por ejemplo, no puede competir en los medios con las imágenes de una furgoneta que ha embestido a una multitud y ha matado a catorce. 

Para Pinker, la defensa de la Ilustración el progreso implican también la defensa del capitalismo. No de un capitalismo sin reglas, sino de unos mercados regulados con unas reglas de juego claras y que se basen en la igualdad de oportunidades entre los distintos actores, así como de una política social fuerte con la que los Estados sean capaces de ayudar a quienes fracasen o queden atrás. Las cifras y los gráficos que muestra el autor de La tabla rasa, son muy elocuentes: en las últimas décadas los índices de bienestar a nivel mundial no han dejado de aumentar. Los países ricos han gozado de un crecimiento sostenido (con parones acusados, como la reciente gran recesión) y cada vez más gente es capaz de salir del pozo de la pobreza severa (más de cien mil personas cada día, según los últimos estudios). Cualquier hogar de occidente, incluso los más pobres, cuentan con televisión, ordenador y móvil, aparatos capaces de acceder a toda la cultura escrita del mundo. La esperanza de vida es cada vez más alta y la calidad de la misma, también. Y los niveles de alfabetización y escolarización a nivel mundial son mejores que nunca. Esta historia de éxito puede resumirse en una frase:

"El resultado estadístico corrobora una idea clave de la Ilustración: el conocimiento y las instituciones sólidas conducen al progreso moral." 

Evidentemente, Pinker sabe que hay acontecimientos imprevisibles que pueden hacernos retroceder: un atentado terrorista como el del 11 de septiembre, la elección de Donald Trump, el Brexit... Pero estos son hechos puntuales cuya influencia en las cifras de progreso no son tan importantes como pueden serlo en la apreciación del público general. Estamos en una época en la que viejos fantasmas, como el nacionalismo y el populismo vuelven a correr por sus anchas. En una entrevista concedida a El País Semanal, Pinker aborda esta realidad:

"Para vencer al populismo se debe además reconocer el valor del progreso. Hay un hábito muy extendido entre intelectuales y periodistas que consiste en destacar solo lo negativo, en describir el mundo como si estuviera siempre al borde de una catástrofe. Es la mentalidad del default. Trump explotó esa forma de pensar y no encontró resistencia suficiente en la izquierda, porque una parte estaba de acuerdo. Pero lo cierto es que muchas instituciones, aunque imperfectas, resuelven problemas. Pueden evitar guerras y reducir la pobreza extrema. Y eso debe formar parte del entendimiento convencional de cada uno."

Las noticias negativas nunca van a parar su goteo. Siempre hay historias de desgracias, agresiones y accidentes que contar y que pueden producir un alarmismo irracional en la sociedad, cuando lo cierto es que la cifra global de delitos está en descenso. Los profetas del desastre, que tanto han proliferado en las últimas décadas (los que hablaban de lo inevitable de una guerra nuclear, de la bomba demográfica o del desastre medioambiental), han ido fallando en sus previsiones, lo cual no signfica que no haya que estar alerta respecto a las múltiples amenazas que siguen y seguirán acechando a la humanidad. Lo mejor que podemos hacer es informarnos de lo positivo, no solo de lo negativo (y lo positivo es que hoy contamos con más medios que nunca para hacerlo) y seguir ahondando en la fórmula que tanto nos ha hecho progresar: más ciencia y conocimiento, menos religión e irracionalidad:

"Por la misma razón, la exhortación a que todo el mundo piense de manera más científica no ha de confundirse con la exhortación a dejar la toma de decisiones en manos de los científicos. Muchos científicos son ingenuos en lo que concierne a la política y al derecho, y maquinan ideas inviables como el gobierno mundial, las licencias obligatorias para los padres o la huida de una Tierra contaminada mediante la colonización de otros planetas. No tiene importancia, pues no estamos hablando de a qué sacerdocio habría que otorgarle el poder; estamos hablando de cómo tomar las decisiones colectivas más sabiamente."