sábado, 16 de junio de 2018

EL NOMBRE DEL MUNDO ES BOSQUE (1976), DE URSULA K. LE GUIN. COLONIALISMO PLANETARIO.

El hombre es un animal colonial. Una especie invasora que se apodera de los ecosistemas y los transforma en su propio beneficio (al menos, beneficio a corto plazo), desplazando o exterminando a otros pueblos y a otras especies. En eso no nos diferenciamos de otros animales, aunque nuestra capacidad es la más letal de la naturaleza: seríamos capaces, por ejemplo, de destruir el planeta en pocos minutos. 

El nombre del mundo es bosque es, ante todo una novela que toma partido por una ideología determinada y por una apreciación pesimista de la naturaleza humana. Cuando terminemos de explotar la Tierra, sin duda nuestra rapacidad se dirigirá a otros planetas. En este contexto, Le Guin presenta un pequeño planeta boscoso que ha sido colonizado por nuestra especie, en detrimento de las razas humanoides locales, prácticamente esclavizadas en beneficio de una industria maderera a gran escala que ha de nutrir a la madre Tierra, una vez que ya no quedan bosques en ella. El planteamiento recuerda a muchas de las empresas coloniales que conocemos a través de la historia: un status quo que se mantiene a través de una evidente superioridad militar y tecnológica. 

Los athstianos, la raza oprimida son una especie humanoide pacífica, que ha desarrollado una cultura basada en vivencias mezcladas entre la realidad y los sueños lúcidos que son capaces de tener mientras están aparentemente despiertos. Frente a la injusta situación de su pueblo, se va a alzar Server, un athsiano marcado por la violación y asesinato de su pareja, que va a terminar siendo considerado una especie de dios entre su gente, por haberles transmitido un conocimiento nuevo: el arte de matar.

Se nota que el contexto en el que se desarrolla El nombre del mundo es bosque está muy influido por el momento histórico en el que fue escrita: los todopoderosos Estados Unidos acababan de recibir la más humillante de las derrotas en Vietnam por los miembros de una cultura que muchos consideraban inferior, pero que había logrado usar las condiciones geográficas de su propio país en su beneficio. A pesar de ser una obra digna de la poderosa imaginación de la autora y merecedora de múltiples premios, leída hoy día molesta un poco la moralina que desprende y su maniqueísmo en la descripción de personajes. No obstante, es evidente que ha influido en obras posteriores de la ciencia ficción cinematográfica de vertiente ecologista, como Avatar.

viernes, 1 de junio de 2018

ORDESA (2018), DE MANUEL VILAS. LISTEN TO ME.

"Nunca decimos toda la verdad, porque si la dijéramos romperíamos el universo, que funciona a través de lo razonable, de lo soportable."

A pesar de esta frase lapidaria, el afán de Manuel Vilas es Ordesa, es precisamente el contrario, puesto que la novela está consagrada a hablar de lo que mejor conoce: de sí mismo, según una moda literaria actual cuyo máximo exponente es Karl Ove Knausgård, en una serie de libros publicados bajo el título de Mi lucha. Lo primero que hay que decir es que hablar de la propia existencia con ese nivel de intimidad es algo propio de valientes, un acontecimiento casi dramático, porque esta acción de desnudar el alma no puede ser sino fruto de una necesidad perentoria:
  
"Nos vendría muy bien escribir sobre nuestras familias, sin ficción alguna, sin novelas. Solo contando lo que pasó, o lo que creemos que pasó. La gente oculta la vida de sus progenitores. Cuando yo conozco a una persona, siempre le pregunto por sus padres, es decir, por la voluntad que trajo a esa persona al mundo."

Y la verdad es que los pequeños episodios en los que está estructura Ordesa cuentan con una notable calidad literaria, que consigue que el lector quiera seguir leyendo el siguiente con naturalidad, casi sin esfuerzo alguno. Vilas se muestra a sí mismo como un ser absolutamente imperfecto, un perdedor que ha intentado vivir de la escritura y ha fracasado (aunque paradójicamente, el relato de este fracaso es el que ha dado auténtica fama al escritor, puesto que Ordesa lleva semanas encaramado en la lista de libros más vendidos), mientras recuerda su infancia y adolescencia, evoca a sus padres, describiendo unas imperfecciones que los humanizan y los hace quererlos más cuando ya no puede abrazarlos y se culpabiliza de haber dejado de lado sistemáticamente a su familia. También hay un espacio para la descripción de un descenso - afortunadamente breve - a los abismos del alcoholismo:

"Todo alcohólico llega al momento en que debe elegir entre seguir bebiendo o seguir viviendo. Una especie de elección ortográfica: o te quedas con las bes o con las uves. Y resulta que acabas amando tu propia vida, por insípida y miserable que sea. Hay otros que no, que no salen, que mueren. Hay muerte en el sí al alcohol y en el no al alcohol. Quien ha bebido mucho sabe que el alcohol es una herramienta que rompe el candado del mundo. Acabas viéndolo todo mejor, si luego sabes salir de allí, claro."

No sería aventurado concluir que esta novela está destinada a todo ser humano que cuente ya con cierto bagaje de experiencia en la vida, para todo aquel que transporte una mochila repleta de errores y aciertos y que necesite reflexionar acerca de las relaciones entre la vida y la muerte, en nuestro paso por este mundo y en el de quienes nos rodean y son capaces de dejarnos huella.

viernes, 18 de mayo de 2018

SOLDADOS DE SALAMINA (2001), DE JAVIER CERCAS Y DE DAVID TRUEBA (2002). LOS AMIGOS DEL BOSQUE.

Las guerras están repletas de historias individuales de gente que mata, que muere o es mutilada de maneras horribles. También están - estos son los menos - los que sobreviven de manera inverosímil a situaciones límite. Paradójicamente - y esto es lo que quiere contar Cercas en su relato - uno de estos últimos fue uno de los fundadores del fascismo español. Rafael Sánchez Mazas, aunque acabó triunfando y formando parte del siniestro Régimen que siguió a nuestra Guerra Civil, fue también una víctima más del conflicto, un hombre perseguido y fusilado, que solo pudo sobrevivir con una combinación de suerte y sentido de la oportunidad. Mazas, un hombre de letras, amante de la conversación y la tertulia, sufrió en sus propias carnes el toque de la bestia que tanto había ayudado a hacer surgir.

La narración de Javier Cercas, en este libro que lo consolidó como uno de los autores más populares de nuestro pais, oscila entre la narración periodística, autobiográfica, histórica y literaria. Quizá lo mejor de Soldados de Salamina sea la excelente combinación entre todos estos estilos y la frescura de su estilo literario. No solo es capaz de describirnos los hechos que le interesan - la biografía de Sánchez Mazas y la de su probable salvador - sino que el proceso de investigación y las anécdotas que se desarrollan durante el mismo están al mismo nivel que la verdad histórica, que en este caso tiene mucho que ver con la intimidad de sus personajes, que se quiere fijar. Pero es el mismo autor el que mejor puede hablarnos de las intenciones con las que fue escrita la obra:

"La novela, básicamente, habla de los héroes, de la posibilidad del heroísmo; habla de los muertos, y del hecho de que los muertos no están muertos del todo mientras haya alguien que los recuerde; habla de la búsqueda del padre, de Telémaco buscando a Ulises; habla de la inutilidad de la virtud y de la literatura como única forma de salvación personal..."

Un año después de su publicación, el cineasta David Trueba rodaba una versión cinematográfica que realmente no hace justicia a la obra, no solo porque está afectada por un ritmo un tanto cansino, sino también por la elección de la protagonista, una inexpresiva Ariadna Gil que no consigue otorgar credibilidad a su papel. Aun así, la película cuenta con una escena inolvidable: el breve baile del soldado republicano bajo la lluvia que se despide, quizá para siempre, de su país mientras canta la canción más melancólica del mundo en esas circunstancias.

viernes, 4 de mayo de 2018

POEMARIO MÍNIMO (1858-1864), DE EMILY DICKINSON. UN ESPÍRITU PRISIONERO.

Aunque tuvo la suerte de nacer en una familia acomodada, la condición de mujer de Emily Dickinson pesó muchísimo a la hora de divulgar su obra literaria. Dickinson era una persona solitaria. Llegó a enamorarse de un clérigo protestante , pero sus amores tuvieron mucho más de espiritual que de físico. Parece ser que le gustaba estar sola, o que buscaba la soledad como elemento de inspiración principal en su obra, contenida en versos magistrales, en poemas que podemos calificar casi de literatura filosófica: los escritos de alguien muy lúcido que intenta comprender el mundo y describirlo. Y también la muerte, un absurdo inexplicable y la vez fascinante, descrita más que como una puerta a la eternidad como un vacío eterno:

"Tan poca cosa es llorar - 
Algo tan breve suspirar - 
¡Y sin embargo - por asuntos - de esta magnitud
Morimos los humanos!"

Y esta otra, tan impresionante. La muerte física es objeto de un análisis poético oscuro:

"Me gusta la apariencia de la Agonía,
Porque sé que es verdadera - 
El género humano no finge el Espasmo,
Ni simula un Estertor - 

Los Ojos quedan vidriados - y eso es la Muerte - 
Imposible falsear
Las perlas en la Fuente
Enhebradas por la Angustia interior."

Sin embargo la esperanza en las pequeñas alegrías que depara la existencia también está presente:

"Por sutilezas tan insignificantes
Como un Brote, o un Libro,
Se plantan las semillas de las sonrisas - 
Que florecen en los oscuro."

A pesar de pasar buena parte de su vida haciendo vida sedentaria, el deseo íntimo es escapar:

"Siempre que oigo la palabra "fuga"
Mi pulso se acelera,
Y en mí se produce una súbita expectación,
¡Un deseo de volar!

Siempre que me hablan de amplias prisiones
Abatidas por soldados,
No hago sino forzar mis barrotes, como un niño,
¡Sólo para fracasar otra vez!"

Y este juego de palabras, sutil, enigmático y burlesco:

"La excesiva Locura es la mejor Sensatez - 
Para el Ojo perspicaz - 
La excesiva Sensatez es - la más completa Locura - 
En esto - como en Todo, es la Mayoría
Lo que prevalece -
Consiente - y te considerarán cuerdo -
Objeta - te declararán peligroso - 
Y serás encadenado -"

He aquí una pequeña antología de una escritora que se definía a sí misma como nadie, con toda humildad y conocimiento de causa, puesto que apenas publicó nada en vida. En cualquier caso, hay que hacer caso al deseo que dejó escrito para el futuro: "Juzgadme con ternura".

martes, 1 de mayo de 2018

TEORÍA KING KONG (2007), DE VIRGINIE DESPENTES. DISCURSO CONTRA EL PURITANISMO.

En los últimos años el feminismo se ha transformado en un movimiento de masas, hasta el punto de que empieza a contar con capacidad de desestabilizar al poder. La sentencia de la Manada ha sido el último ejemplo: un caso absolutamente mediático, con unos acusados de actitud repugnante, para los que una buena parte de la opinión pública y mediática exigía la máxima pena posible. El hecho de que los jueces hayan hecho uso de su independencia y fundamenten su fallo (me he molestado en leer la sentencia) tratando de precisar jurídicamente los hechos en la fina línea que separa la viodencia y la intimidación del prevalimiento, no debe ser tomado como un desafío a la sociedad, creo yo. La lectura del Código Penal y de la doctrina del Tribunal Supremo hace que en ciertos casos la calificación de unos hechos como violencia o como abuso sea extremadamente complicada, aun teniendo acceso pleno a todas las pruebas. Y los jueces deben juzgar con los instrumentos con los que cuentan, no pueden inventarse otros. En cualquier caso no es más que una sentencia que merece ser recurrida ante una instancia superior. Otra cosa es el voto particular del juez disidente, propio de una mente enferma en algunos pasajes. 

En este contexto de denuncias de constantes violencias y discriminaciones contra la mujer el ensayo autobiográfico de Virgine Despentes se erige como uno de los textos fundamentales del nuevo feminismo. Es cierto que feministas las hay de todas las ideologías, aunque muchas se empeñen en dotar al movimiento fundamentalmente de una visibilidad - estética e ideológica - más propia de la izquierda, olvidando con demasiada facilidad que también los regímenes comunistas han discriminado sistemáticamente a la mujer. El de Despentes es un discurso valiente y descarnado, que utiliza un lenguaje muy crudo a la hora de calificar a la sociedad como profundamente machista. Y de esta calificación no se libran tampoco buena parte de las mujeres, sonrientes aliadas, según ella, del status quo imperante.

Dos son los ejes sobre los que gira la narración de Teoría King Kong y los dos surgen de experiencias personales de la autora: una violación y el ejercicio durante dos años como prostituta (esto último de manera totalmente libre, no forzada). Sobre el primer hecho, lógicamente se manifiesta rabia, pero también la posibilidad de dejar atrás el trauma y seguir con la propia vida. Acerca de lo segundo, lo pone como ejemplo del puritanismo y la hipocresía imperante en la sociedad, también en el feminismo, que parece estar de acuerdo con la iglesia católica en que ciertas maneras de practicar sexo sigan siendo sórdidas y culpables. 

En uno de los episodios de la tercera temporada de la serie Borgen, se aborda magistralmente el problema: el gobierno danés quiere prohibir la prostitución, aprovechando la conmoción social que ha provocado en la ciudadanía el descubrimiento de una red que esclavizaba sexualmente a ciudadanas rumanas (nuestro país no es el único en el que se legisla en caliente). En una reunión de expertos dedicada a abordar el problema, después de muchas vacilaciones, es admitida la presidenta de una asociación de prostitutas. Cuando la dejan hablar e intenta explicar que su oficio es ejercido libremente por casi todas ellas y que son felices ejerciéndolo, las expertas no dan crédito: para ellas es imposible la prostitución con dignidad. La voz disidente es acallada pronto con la autoridad que otorgan los estudios científicos y sociológicos que sentencian que una prostituta no puede ser feliz, ya su labor es indigna y la que afirma lo contrario se autoengaña.

Despentes no tiene pelos en la lengua al abordar el tema, comentando incluso que los clientes que ella conoció no suelen ser machistas retrógrados que quieren hacer uso de una mujer-objeto, sino pobres diablos que no tienen más remedio que usar de estos servicios para satisfacer una necesidad y que se sienten culpables de tener que recurrir a ellos. Además, define otras formas de prostitución que sí que son aceptadas socialmente:

"A la gente le gusta poner cara de incrédula cuando les dices que has trabajado como puta, lo mismo que ocurre con la violación: pura hipocresía. Si se pudiera realizar una encuesta, nos asombraríamos de la cantidad de chicas que han vendido sexo a un desconocido. Hipócritamente, porque el límite entre la seducción y la prostitución es borroso, aunque en el fondo todo el mundo sea consciente de ello.

(...) Porque aunque algunas no digan claramente cuáles son sus honorarios, tengo la impresión de haber conocido a muchas putas. Muchas mujeres a las que el sexo no les interesa pero que saben sacar beneficios de él. Que se acuestan con hombres viejos, feos, muermos, idiotas hasta la depresión, pero socialmente poderosos. Que se casan con ellos y que luchan por sacar un máximo de dinero en el momento del divorcio. Que les parece normal que una mujer sea una mantenida, que se la lleve de viaje, que se la mime. Que incluso piensan que eso es un éxito. Es triste escuchar hablar a algunas mujeres del amor como de un contrato económico implícito."

Y remata:

"Cuando impedimos que las putas trabajen en condiciones decentes, atacamos directamente a las mujeres, pero también buscamos controlar la sexualidad de los hombres. Echar un polvo cuando tienen ganas no debe ser algo agradable y fácil. Su sexualidad debe seguir siendo un problema. De nuevo doble imposición: en la ciudad todas las imágenes invitan al deseo, pero el alivio debe seguir siendo problemático, cargado de culpa."

Una de las contradicciones más evidentes que pueden detectarse en el actual discurso feminista se da en la dicotomía entre libertad y seguridad. Se dice que las mujeres quieren ser plenamente libres, pero también sentirse plenamente seguras, lo cual sencillamente es imposible, ya que por desgracia no habitamos un mundo perfecto y el mal seguirá existiendo por los siglos de los siglos. Bien es cierto que una educación en igualdad puede hacer mucho para rebajar ciertas actitudes prepotentes que todavía se dan en muchos hombres, pero también es cierto que a la hora de la verdad los resultados serán parecidos a los de las campañas de tráfico: podrán reducir los accidentes y las muertes provocadas por impruedencias o temeridades, pero jamás podrán poner el marcador a cero. En este contexto es interesante que Despentes apele a las palabras de la hoy muy vilipendiada Camille Paglia, que habla de la libertad como de un concepto inherente al riesgo, por lo que hay que elegir entre sentirnos protegidos o ejercer esa libertad que siempre implica arriesgarse a sufrir el peor de los males. Además, esta libertad puede ejercerse de muy diversas maneras: ni las mujeres ni los hombres deberían ser criticados ni por su forma de vestir, ya vayan maquillados o desaliñados ni por la forma de vida que decidan adoptar, mientras esta sea respetuosa con la libertad de los demás. Es evidente que en esta ecuación debe entrar también la palabra prudencia: ser libre no tiene por qué significar ser temerario. El sentido común y la racionalidad son los mejores aliados en una existencia equilibrada. Mientras tanto, es bueno que la lucha siga: que el mal no vaya a dejar nunca de manifestarse no quiere decir que no se le pueda combatir, que no se le pueda acorralar.

viernes, 27 de abril de 2018

HUÉ 1968 (2017), DE MARK BOWDEN. EL PUNTO DE INFLEXIÓN DE LA GUERRA DE VIETNAM.

La batalla de Hué es uno de los episodios más desconocidos de la horrenda Guerra de Vietnam. Acostumbrados a luchar y padecer en la selva, los marines de Estados Unidos tuvieron que enfrentarse durante un mes a un combate urbano para que el que no habían sido entrenados, después de que un golpe fulgurante, enmarcado en la ofensiva del Tet, el enemigo tomara una de las ciudades más antiguas del país y se hiciera fuerte en sus barrios y en su ciudadela. Al principio la presidencia estadounidense y el alto mando restaron importancia a este movimiento, tachándolo como una maniobra desesperada, aunque pronto la opinión pública americana iba a descubrir que Vietnam era un asunto más serio - y tenebroso - de lo que habían podido imaginar.

Mark Bowden describe de manera magistral todas las fases de una batalla que los generales de Estados Unidos no se tomaron en serio hasta el final. Desde el comienzo creyeron que pequeños grupos de marines podrían desalojar sin esfuerzo al enemigo de sus posiciones. Pronto descubrieron que el Vietcong había convertido Hué en un auténtico infierono y que la ciudad debería ser reconquistada metro a metro, edificio a edificio, en una batalla urbana de desgaste que pronto empezaría a cobrarse un aterrador número de víctimas, sobre todo entre una población civil atrapada en mitad de los combates. Acostumbrados a moverse en la espesura de la selva, los marines se encontraron con un laberinto de edificios plagados de morteros y francotiradores vietnamitas. Pocos soldados acabaron la batalla físicamente indemnes:

"El aire húmedo estaba impregnado de humo y los olores de combustible diésel y carne podrida. Era horroroso y nunca acababas de acostumbrarte. Cada vez que se movían les disparaban. Parecía que no hubiera lugares seguros en ningún lado." 

Respecto a vencedores y vencidos, ambos bandos perdieron algo después de la ofensiva del Tet, un balance que acabaría favoreciendo a largo plazo al Norte. Para Hanoi, el ataque iba a ser una oportunidad de expulsar al invasor estadounidense gracias a un lenvantamiento popular que se extendería por todas las ciudades del sur a la vez que la ofensiva. La tibia respuesta de la población civil, que más que combatir por su liberación, lo que anhelaba era salvar el pellejo, desilusionó estas expectativas, pero no afectó al ardor combativo de los soldados del Vietcong, dotados de una capacidad de sacrificio que rozaba el fanatismo. Para los Estados Unidos, aunque consiguió expulsar sobre el papel al enemigo de las ciudades, los primeros meses de 1968 fueron desastrosos: la opinión publica advirtió que aquella guerra no era precisamente un paseo militar y las filas de la oposición a la misma, al principio marginales, fueron nutriéndose con cada vez más ciudadanos. Para el presidente Johnson todo esto resultó un doloroso baño de realidad y en su cabeza empezó a abrirse paso la idea de ir retirando paulatinamente soldados del frente de una guerra que no podía ganarse:

"Las crónicas y fotos de Hué, en especial, tuvieron un produndo impacto. Presentaban combates a una escala comparable a la de las guerras mundiales, con una orgullosa ciudad reducida a escombros y ceniza, con las caras sucias de marines heridos y aterrados atrapados en un conflicto despiadado." 

El legado de todo ello, desde la perspectiva que dan cincuenta años no es otro que el de un conflicto absurdo cuyo fruto terminó siendo la humillación de Estados Unidos, que sacrificó a miles de soldados inútilmente en una guerra cada vez más impopular, en el que, quizá por primera y única vez, la prensa libre fue un factor decisivo a la hora de reflejar toda su crudeza.

viernes, 20 de abril de 2018

FRANKENSTEIN O EL MODERNO PROMETEO (1818), DE MARY W. SHELLEY. EL SUEÑO DE LA RAZÓN.

Pocas novelas han causado tanto impacto desde su misma publicación como Frankenstein o el moderno Prometeo, hasta el punto de crear un mito apropiado para los tiempos modernos: el del científico genial cuya creación se le escapa de las manos. Porque esta novela, siendo de corte fantástico, quiere basar su relato en una posibilidad científica que se encontraba muy en boga en el momento en el que fue escrita: la posibilidad de resucitar a los muertos mediante descargas eléctricas. La primera mitad del siglo XIX estuvo repleta de sesiones públicas en las que las descargas hacían moverse a cadáveres: algo tan asombroso y truculento que hizo que hasta el príncipe de Gales asistiera a una de ellas. Fue en la famosa reunión en villa Diodati - en la que Lord Byron, Mary Shelley, Percy Shelley y John Polidori acordaron, medio en serio, medio en broma, escribir cada uno un relato de terror. Aunque al principio la joven Shelley no sabía cómo empezar su composición, cuando escuchó una conversación en la que se aludía a la posibilidad de resucitar a los muertos, su mente empezó a funcionar y su subconsciente le proporcionó una pesadilla que desató el mecanismo creativo de la autora: había nacido uno de los personajes más famosos de la literatura universal.

Aunque el nombre de Frankenstein ha quedado ligado al monstruo, no hay que olvidar que éste es el apellido del protagonista, el padre de una criatura la que solo se dirigirá llamándolo demonio, entre otras lindezas. El proyecto inicial de Frankenstein es nada menos que la creación de una nueva raza que le adorase como a su creador. Pero, una vez que insufla vida en la criatura, el científico reniega de ella: es como una parodia de hombre, un monstruo grotesco de mirada acuosa que repugna a la vista. Precisamente es un sentimiento tan irracional como el rechazo a lo que es diferente lo que le hace renegar de su obra y con ello encuentra su perdición y la de su familia. Pero el llamado monstruo de Frankenstein es una criatura rousseiana, por lo que ha nacido inocente y libre de toda culpa. Su corazón al principio es bondadoso. Se siente parte de la naturaleza e intenta acercarse a otros hombres: primero se esconde para aprender de ellos, pero en cuanto se muestra, el rechazo es total: esto es lo que lo corrompe y le hace declararse un enemigo de la humanidad, especialmente de su creador, al que llega a reprocharle lo siguiente:

"Recordad que soy vuestra criatura. Debía ser vuestro Adán, pero soy más bien el ángel caído al que negáis toda dicha. Doquiera que mire, veo felicidad de la cual sólo yo estoy irrevocablemente excluido. Yo era bueno y cariñoso; el sufrimiento me ha envilecido. Concededme la felicidad, y volveré a ser virtuoso."

En suma, Frankenstein es la historia de un hijo rechazado por su padre. Un hombre de aspecto monstruoso, pero virtuoso, que se revuelve contra el mundo cuando se encuentra solo. Lo más siniestro es que, aun siendo humano, el personaje goza de algunas cualidades casi sobrenaturales: es capaz de sobrevivir en los ambientes más hostiles, de pasar largos periodos de tiempo escondido y espiar a su creador sin ser visto en ningún momento. Quizá el mayor defecto de esta obra maestra sean los diálogos entre padre e hijo, demasiado forzados, demasiado teatrales, aunque sean parte fundamental del drama. La última oportunidad de redención llega con la petición de que se le cree una compañera, un ser tan marginal como él y que, por tanto, sea capaz de amarle:

"Si no estoy ligado a nadie ni amo a nadie, el vicio y el crimen deberán ser, forzosamente, mi objetivo. El cariño de otra persona destruiría la razón de ser de mis crímenes. (...) Mis vicios son los vástagos de una soledad y que aborrezco y mis virtudes surgirían necesariamente cuando viviera en armonía con un semejante. Sentiría el afecto de otro ser y me incorporaría a la cadena de existencia y de sucesos de la cual ahora quedo excluido."

Como hijo de la razón, la criatura es un ser razonable, capaz de diferenciar entre el bien y el mal y, por lo tanto, un ser que busca la felicidad, aunque las circunstancias le lleven siempre al extremo del dolor y la soledad. Al final se convierte en un ser tan siniestro que es capaz de burlarse de su creador cuando remata su tarea de venganza en la noche de bodas de aquel. Escenas como ésta son las que suscitaron un gran escándalo cuando se supo que la autora de la novela era una mujer. ¿Cómo podía una mujer haber imaginado una historia tan escabrosa? ¿Cómo podía haber tomado con tanto acierto el espíritu científico de la época y transformarlo en una pesadilla? Auqnue muy popular en su época y hasta nuestros días, la novela tardó casi dos siglos en ser tomada en serio en círculos académicos. Es preciso leer Frankenstein como una obra total e independiente de sus versiones cinematógraficas que, si bien han conseguido agrandar el mito, han desvirtuado en parte la esencia de un ser que, lejos de ser enteramente monstruoso, en cada ocasión que se le deja hablar, discurre como un auténtico filósofo, un filósofo atrapado en el sueño del razón que deviene en pesadilla.

viernes, 13 de abril de 2018

ARMAS DE DESTRUCCIÓN MATEMÁTICA (2016), DE CATHY O´NEIL. CÓMO EL BIG DATA AUMENTA LA DESIGUALDAD Y AMENAZA LA DEMOCRACIA.

A todos nos ha pasado alguna vez: hemos realizado alguna búsqueda en internet - vuelos, libros, ropa... - y curiosamente la publicidad de las páginas que visitamos habitualmente se transforma y se vuelve más tentadora, se adapta a nuestros gustos e intenta seducirnos. Si no consumimos en aquella búsqueda, para que lo hagamos esta vez. Si lo hicimos, para que consumamos más. Internet analiza nuestra navegación y cada vez hila más fino para actuar en consecuencia. A las internacionales no le interesan tanto nuestros datos personales como nuestros gustos y debilidades de consumo. Cuando nos conocen un poco en este aspecto, nos clasifican, nos analizan y nos vuelven a clasificar junto a otros miles de usuarios que son nuestras almas gemelas en cuanto a gustos y compras.

Durante años Cathy O´Neil, brillante matemática, trabajó desarrollando algoritmos para empresas que estaban empeñadas en racionalizar el casi infinito torrente de datos que destila internet cada minuto y aprovecharlo para lanzar nuevos productos, desechar cierto tipo de clientes o para potenciar otros. Se trata de clasificar y clasificar hasta simplificar el procedimiento y filosofía de ventas y detectar necesidades (reales o ficticias) y vulnerabilidades psicológicas en el consumidor:

"El mundo real, con todo su desorden, es considerado (...) como un mundo aparte. Tienden a sustituir a las personas por rastros de datos y convertirlas así en compradores, votantes o trabajadores más eficaces con el propósito de optimizar ciertos objetivos. Es fácil de hacer y de justificar cuando el éxito llega como puntuación anónima y las personas afectadas son tan abstractas como los números que van pasando por la pantalla." 

En Armas de destrucción matemática O´Neil denuncia ante todo el aprovechamiento de este nuevo petróleo que son los datos por parte de las clases más acomodadas para consolidar - aún más - su poder y su dinero. Además, utilizan un arma aséptica, contra la que su víctimas no pueden rebelarse, puesto que no existe un ser humano al que culpar de los errores que pueden cometer los algoritmos. Pero la utilización del Big Data no solo se usa para comerciar: también las administraciones públicas empiezan a conocer su peligroso atractivo. Ya se han realizado experimientos con la policía, analizando las zonas dónde es más probable que se cometan delitos, las horas y e incluso quienes son los potenciales delincuentes, lo que hace que muchos inocentes se vuelvan de repente sospechosos (por contar con una serie de características que ha localizado el algoritmo) y sean acosados por las fuerzas del orden. Pero lo más atractivo para los políticos es la posibilidad de dirigirse a cada votante con el mensaje que cada cual quiere escuchar, conociendo las inquietudes de ciertas zonas y de ciertos tipos de personas. Ya hay sospechas, muy fundamentadas, de que se ha empezado a utilizar este mecanismo perverso en la campaña que llevó a la Casa Blanca a Donald Trump:

"La convergencia del big data y el marketing de consumo ha entregado a los políticos nuevas herramientas mucho más poderosas. Ahora pueden dirigirse a microgrupos de ciudadanos para conseguir votos o dinero y para atraerlos con un mensaje meticulosamente pulido, un mensaje que probablemente nadie más vea. Puede ser un banner de Facebook o un correo electrónico solicitando fondos. Y cada uno de ellos permite a los candidatos vender silenciosamente múltiples versiones de sí mismos... y nadie sabe qué versión será la que ocupará el despacho después de la toma de posesión."

El Big Data ya está afectando - casi siempre negativamente - a la vida de muchos ciudadanos, sobre todo en Estados Unidos, país pionero en todo tipo de tendencias que se extienden rápidamente por todo el mundo. Trabajadores que han de enfrentarse a horarios de locos en pos de la eficiciencia de la empresa, servidos en bandeja por programas que analizan el flujo de clientes hora a hora. Gente sin empleo, muy vulnerable, a las que se les ofrece carísimos cursos universitarios bajo la promesa de prestigio y un empleo seguro y a los que en realidad se somete a una espiral de deudas o gente que es clasificada, muy a su pesar, en ciertos grupos de riesgo, lo cual los somete a primas de seguro abusivas. 

Este es el nuevo mundo al que nos enfrentamos, un futuro inevitable, ya que todos aportamos nuestros granito de arena otorgando datos de nuestros gustos, costumbres, itinerarios, salud o estudios en redes sociales, navegación por la web o a través de aplicaciones de teléfonos móviles. Por muy prudentes que seamos a nivel individual, si tenemos la desgracia de ser clasificados en ciertos grupos de riesgo, nuestra existencia se puede ver dificultada en los más diversos aspectos. Armas de destrucción matemática se convierte así en una advertencia amarga escrita por una profunda conocedora de las interioridades que construyen la nueva realidad a la que ya estamos siendo sometidos.

viernes, 6 de abril de 2018

UN ANDAR SOLITARIO ENTRE LA GENTE (2018), DE ANTONIO MUÑOZ MOLINA. LAS ENSOÑACIONES DEL PASEANTE SOLITARIO.

Caminar no solo sirve para desplazarnos de un lado a otro. También sirve para hacer ejercicio y, sobre todo, para observar a nuestros semejantes, las arquitecturas que nos rodean y reflexionar acerca de la forma de vida capitalista que hemos adoptado como propia. Con este propósito parte el libro más experimental de Antonio Muñoz Molina, uno de los escritores españoles que más prestigio internacional ha adquirido en las últimas décadas. Un andar solitario entre la gente se compone de literatura de fragmentos. De reflexiones del caminante que se van plasmando en un cuaderno. Pero el escritor lleva su propuesta un poco más allá. Quiere ser un observador total, registrar cada fragmento de realidad (en muchas ocasiones va grabando todos los sonidos de los lugares por los que pasa con su móvil), como si se tratara de una especie de cronista del presente inmediato. Por eso no es raro que lo que más llame su atención sean los anuncios que se encuentran a cada paso, esas frases dirigidas en primera persona al lector, que lo tutean e intentan seducirlo para que adquiera un producto. Cada uno de los párrafos del libro van precedidos de una de estas frases que pretenden ser impactantes y que, hoy por hoy, también son una forma de literatura.

Uno de los aspectos que más llaman la atención de la nueva propuesta de Muñoz Molina es que su elaboración se ha tornado una especie de obsesión por parte del autor, recopilando horas de grabación y cientos de páginas de escritura, para poder seguir con el vicio de caminar cada día al encuentro del azar:

"No elijo los itinerarios más rápidos, sino los que me parece que serán más provechosos. Casi no voy en bicicleta y nunca en taxi. Voy caminando o en metro. Las preocupaciones y las obsesiones se disuelven en la observación incesante. Soy no lo que pienso o recuerdo o imagino, sino lo que van viendo mis ojos y lo que escuchan mis oídos, el espía en la misión secreta de percibirlo todo, de coleccionarlo todo."

Pero el escritor no está solo en sus caminatas, se hace acompañar por ilustres predecesores, como Thomas de Quincey, Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire y, sobre todo, por ese mártir de la literatura y el conocimiento que fue Walter Benjamin. Muñoz Molina intenta a veces seguir sus pasos - cuando está en París o en Nueva York - como si sus pisadas fantasma de sus antiguos itinerarios siguieran impresas en las aceras. Mientras tanto, hay tiempo para hablar de todo, para describirlo todo. El torrente verbal del autor de Sefarad encuentra una nueva versión en esta historia sin principio ni final, caótica como la vida misma, tomando unos riesgos muy propios de un escritor que ya ha demostrado su capacidad en el pasado:

"Me gusta la literatura que me trastorna y me embriaga como vino o música, que me saca de mí, que me fuerza a leerla en voz alta y a favorecer su contagio, que me explica el mundo y me pone en pie de guerra con el mundo y me refugia de él y me revela con la misma vehemencia todo su horror y toda su belleza."

Un andar solitario entre la gente no es un libro propio para todos los paladares. Para abordarlo es necesario contar con un estado de ánimo sereno y disfrutar con las observaciones, a veces puntillosas hasta lo obsesivo, de un escritor que quiere explicar el mundo o al menos una parte del mismo. Y después de la lectura, lanzarse a recorrer caminatas propias que nos permitan observarlo todo y analizarlo todo, aunque nunca lleguemos a entender nada del todo.

miércoles, 28 de marzo de 2018

BIOGRAFÍA DEL SILENCIO (2012), DE PABLO D´ORS. BREVE ENSAYO SOBRE LA MEDITACIÓN.

El comentar que la vida actual no nos deja tiempo para dedicarnos a nosotros mismos es uno de esos tópicos de cuya certeza prácticamente nadie duda. Quienes tienen que compatibilizar el ser padres con trabajos cada vez más estresantes y exigentes, solo piensan en volver a casa para cenar y quedarse dormidos viendo la tele. Así que hablar de dedicar un espacio diario a la meditación en estos tiempos resulta algo casi extravagante. Pero esta es la propuesta que realiza el escritor y sacerdote Pablo d Ors, en un ensayo tan pequeño como intenso y honesto. 

D Ors no quiere engañar al lector: él parte de su experiencia personal y de su técnica de meditación: la más dura y cruda, consistente en sentarse a solas y en completo silencio, en una postura vagamente incómoda y dejar a la mente a su libre albedrío. Una actividad a la vez sencilla y complicada, desesperante y, según nos dice él, intensamente terapeútica. Si a diario la publicidad nos machaca con la necesidad de que vivamos experiencias cada vez más intensas, las coleccionemos y las subamos de inmediato a nuestras redes sociales. Según el autor, es mejor tener pocas experiencias, pero que éstas sean de calidad durarera, de ritmo pausado, que nos marquen y nos cambien. En realidad la meditación consiste en simplificar el mundo para comprenderlo mejor y advertir hasta que punto formamos parte del mismo:

"Para alguien como yo, occidental hasta la médula, fue un gran logro comprender, y empezar a vivir, que yo podía estar sin pensar, sin proyectar, sin imaginar, estar sin aprovechar, sin rendir: un estar en el mundo, un confundirme con él, un ser del mundo y el mundo mismo sin las cartesianas divisiones o distinciones a las que tan acostumbrado estaba por mi formación." 

La meditación se define también como una especie de filosofía del presente, en la que no caben miedos ni ansiedades. Además, es posible que con ella nos conozcamos mejor (al yo del presente) y nos perdonemos a nosotros mismos nuestras acciones erróeneas del pasado. Además, también ayuda a construir herramientas íntimas que permitan afrontar los problemas futuros, hasta el punto de lograr no darles importancia, vivirlos como eventualidades lógicas de nuestro ciclo vital, sin dramas y, por lo tanto, sin sufrimientos inútiles.

"La práctica de la meditación a la que me estoy refieriendo puede seguramente resumirse en saber estar aquí y ahora. No otro lugar, no otro tiempo. (...) Queremos estar con nosotros: nuestra inconsciencia habitual lo rehuye, pero nuestra conciencia más honda lo sabe."

Por supuesto que se trata de un viaje difícil. Los resultados nos son rápidos y a veces no llegan nunca. Personalmente, nunca he practicado meditación. Supongo que será por falta de paciencia, más que de tiempo y que mi mejor forma de relajarme, de encontrarme conmigo mismo, se produce cuando estoy en silencio con un buen libro entre las manos. Quizá algún día pruebe la interesante propuesta de D´Ors, pero no será pronto, creo. La promesa del fin de los miedos y la ansiedad que continuamente atenazan al ser humano es muy tentadora, pero el camino muy árido. Lo mejor es acercarse a este librito, que casi se lee de una sentada y que cada uno le saque el provecho que mejor convenga a su forma de vida.

lunes, 26 de marzo de 2018

TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS (2017), DE MARTIN MCDONAGH. EL DISCURSO MÁS INQUIETANTE.

Está bastante claro que las libertades artísticas viven un moneto de regresión en occidente. Y la razón no es el advenimiento de una nueva ola de totalitarismo, como la que acechó a Europa en los años treinta - aunque la llegada de Trump a la Casa Blanca pudiera hacer pensar lo contrario -, sino la dictadura de lo políticamente correcto, cada vez más evidente en los últimos productos que Hollywood está produciendo. Es estupendo que se lancen nuevas historias protagonizadas y dirigidas por mujeres y que otorguen visivilidad a minorías que hasta ahora solo han tenido cabida en la pantalla grande como estereotipos. Un ejemplo positivo de esta nueva tendencia es la magnífica serie Happy Valley, que muestra a una protagonista cuya heroicidad cotidiana es tan humana como imperfecta, por lo que sus capítulos se insertan en una realidad verosímil. Pero, al final, el infierno está empederado de buenas intenciones: decirle a los creadores qué historias deben contar, qué género deben tener sus protagonistas, qué razas son las opresoras y cuáles las oprimidas hace que surjan productos tan inverosímiles como la nueva película de McDonagh, que suspende absurdamente su credibilidad en pos de un discurso ideológico muy concreto.

Tres anuncios en las afueras (y aviso que a partir de aquí voy a desvelar partes esenciales de la trama), nos presenta a Mildred Hayes, una mujer madura que acaba de perder a su hija de la peor manera posible: violada y asesinada. Como estima que la policía de su localidad no ha hecho gran cosa para capturar al asesino, decide denunciar la situación pagando la instalación de tres anuncios en las afueras del pueblo que culpabilizan directamente al jefe de policía, William Willoughby, un profesional honesto y muy apreciado por sus conciudadanos y que, para más inri, es víctima de una enfermedad terminal, aunque eso no le impide seguir vistiendo el uniforme.

Con esta premisa de inicio, el conflicto entre la madre coraje y el resto de los personajes está servido. Mildred no acepta las explicaciones que le da el jefe de policía en el sentido de que se ha hecho todo lo posible por resolver el caso. Ella es una madre justificadamente airada, que no es capaz de observar nada más allá de su dolor. Para complicarlo todo más aparecen en escena otros elementos: un policía racista y el marido de Mildred, un maltratador que la ha dejado para irse a vivir con una jovencita de diecinueve años. Ya antes del asesinato de su hija la vida de Mildred era un eterno conflicto familiar. En cierto momento de la película nos enteramos que la noche fatal de la violación y asesinato, se negó a dejarle el coche a su hija. "Pues volveré andando, puede que me violen", le dice la hija. "Ojalá te violen", contesta la madre. Todo muy tremendo.

Pero es que Tres anuncios en las afueras no solo dibuja situaciones y personajes con trazo grueso, sino que suspende la credibilidad de la trama en numerosas ocasiones: el policía racista le pega una paliza a un ciudadano y lo arroja por la ventana a plena luz del día y frente a la comisaría. El nuevo comisario - un negro que llama blanquitos a sus subordinados - asiste impasible a la escena y luego le pide la placa y el arma al violento policía y le deja ir a casa, como si un intento de asesinato realizado por un representante de la autoridad no tuviera más consecuencias. Esa noche, Mildred, harta de todo, arroja numerosos cócteles Molotov a la Comisaría y la incendia. Al parecer, la Comisaría tiene un horario parecido al de El Corte inglés y cierra por las noches, aunque, a diferencia de los grandes almacenes, la policía no estima que haya que dejar en la misma vigilancia alguna. Casualmente, el policía racista, que ha sido suspendido en la escena anterior, estaba dentro, porque le han dejado realizar una última visita, a solas, para recoger una carta que le escribió el jefe de policía poco antes de suicidarse, para evitar a su familia la agonía de verle sucumbir a la enfermedad. A punto de morir abrasado, el policía racista es ingresado - también casualmente - en la misma habitación del joven al que ha estado a punto de matar. Como es lógico, el joven, al reconocerle, le perdona de inmediato y le ofrece un zumo en señal de amistad. Como es lógico también, la consecuencia de todo ello es que el policía racista cambie de repente y se convierta de la noche a la mañana en un ser concienciado, hasta el punto de que convierta la lucha de su hasta entonces odiada Mildred en una cruzada personal.

Pero es que no acaban aquí las escenas surrealistas: en un determinado momento Mildred recibe la visita de su marido, el maltratador. Como éste no soporta su actitud borde y su lenguaje soez, no se le ocurre otra cosa que agarrarla fuertemente del cuello contra la pared de la cocina. Viendo la situación, el hijo de ambos no duda en tomar un cuchillo y ponerlo en el cuello de su padre. A todo esto, entra en la habitación la joven novia del maltratador. Echa una mirada a la situación, sonríe y pregunta dónde está el baño. Se lo indican y los tres que estaban a punto de matarse se tranquilizan inmediatamente, se sientan a desayunar y Mildred abraza a su exmarido cuando éste recuerda a la hija muerta: todo muy creíble. Como la trama tiene que tener un final, el director se inventa la visita de un tipo a la tienda que regenta la protagonista que, sin comerlo ni beberlo, insinùa que es un violador y luego se marcha. Posteriormente, el expolicía racista escucha por casualidad a ese mismo tipo alardeando de su hazaña: se pelea con él (una sutil treta para conseguir una muestra de su sangre) y con ella va triunfante a la Comisaría de la que le echaron (por cierto, tampoco conocemos cómo es tan rápida y milagrosa la recuperación de un tipo con medio cuerpo quemado, pese a las terribles secuelas que muestra), dónde no tienen problema en cotejarla con los archivos a nivel nacional. El resultado es negativo: el tipo no es el violador de la hija de Mildred. Pero a pesar de todo, es un violador. ¿No ha alardeado él mismo de ello? ¿qué otras pruebas harian falta? Así que lo más lógico, al menos desde el punto de vista de Mildred y el expolicía racista es buscarlo y matarlo. Ni siquiera Harry el sucio se hubiera atrevido a tanto, pero así son estos tiempos. Las garantías jurídicas pueden quedar suspendidas en ciertos casos y no estaría mal - según dice Mildred en un determinado momento - crear un registro genético que incluya a todos los hombres nada más nacer, para así tener bajo a control a todos los potenciales violadores, que incluyen al cien por cien de la población masculina. Por suerte, el perturbado discurso de Mildred, propio de una madre dolorida y desesperada, es contestado por el jefe de policía (esta escena transcurre poco antes de su suicidio), recordándole que los derechos civiles todavía existen.

Desde un punto de vista formal, Tres anuncios en las afueras es una película solvente, pero con un guión desastroso, repleto de agujeros, cuyo único afán es mostrar un determinado discurso ideológico a costa de lo que haga falta. Antes, muchos críticos cinematográficos tildaban las películas de Harry el sucio o las protagonizadas por Charles Bronson en su eterno papel de justiciero urbano, como de ideología fascista, simplemente porque los protagonistas se tomaban la justicia por su mano y mostraban al espectador que sus métodos eran infinitamente más efectivos que una justicia excesivamente garantista, lenta y ineficaz. ¿De veras Tres anuncios en las afueras puede calificarse de película progresista? Y si es así ¿hasta que cotas está llegando el llamado progresismo, que era un concepto muy distinto hace solo un par de décadas?

jueves, 15 de marzo de 2018

EL FIN DE LA FE (2004), DE SAM HARRIS. RELIGIÓN VS MODERNIDAD.

La religión es una de esas instituciones creadas por los humanos que pueden permanecer durante siglos influyendo poderosamente en los comportamientos o incluso llegar a regular la entera vida social. Sin embargo, suele obviarse que muchas creencias, que en su momento vivieron su esplendor, terminaron siendo olvidadas, a pesar de que sus devotos pensaban que durarían para siempre (algo muy lógico si se piensa que la propia fe es una verdad eterna e inmutable). Que en pleno siglo XXI, una de las mayores preocupaciones de la Humanidad sea todavía el radicalismo religioso, dice mucho de la relatividad del progreso humano. 

El discurso de Harris es contundente y claro: la racionalidad y el discurso científico son infinitamente superiores a cualquier ideología religiosa basada casi siempre en escritos que pueden contar con cierta belleza literaria, pero que siempre son absurdos, enemigos de la libertad e intolerantes con otras creencias o estilos de pensamiento cuando han gozado del poder político. Las religiones no suelen evolucionar desde dentro, sino arrastradas por la marea social, que consigue que se vayan adaptando a los nuevos tiempos - siempre de manera lenta e insuficiente - para evitar desaparecer. Sin embargo, aunque han ido perdiendo capacidad de influencia, el prestigio del creyente sigue intacto. La fe es una especie de don que no puede criticarse, por lo que equipararlo a otro tipo de creencias que sí pueden ser criticadas, está mal visto:

"(...) las creencias religiosas quedan al margen de cualquier discurso racional. Se considera de mala educación criticar la idea que tenga alguien sobre Dios y la otra vida, pudiéndose criticar sus ideas sobre física o historia. (...) La fe, en sí misma, siempre es exonerada de toda culpa, en todas partes."

Pero para Sam Harris la fe religiosa puede ser la semilla que lleve nada menos que a la destrucción de la raza humana, si alguna vez los radicales islámicos se hacen con una arsenal de armas de destrucción masiva o químicas, pues esta es gente sin escrúpulos que considera que la auténtica existencia está en el más allá, lo que les lleva a cometer suicidio - lo que siempre ha sido un tabú religioso - con tal de llevarse por delante a un buen puñado de infieles. Y este comportamiento inhumano no lo provoca una interpretación errónea del Corán, sino una lectura literal del mismo, o al menos de algunas de sus partes. El que se suicida matando tiene buenas razones para hacerlo. Y éstas son escalofriantemente claras:

"¿Por qué un grupo de diecinueve hombres cultos y de clase media renunciaron a su vida en este mundo por el privilegio de matar a miles de nuestros vecinos? Porque creían que, con ello, irían directos al paraíso. No es habitual que la conducta de los seres humanos quede explicada de forma tan satisfactoria y completa. ¿Por qué somos tan reticentes a aceptar esa explicación?"

Tampoco es cierto que la religión desdeñe siempre las pruebas científicas de los hechos: se abraza a ellas fervientemente cuando éstas pueden probar alguno de los extremos de la fe defendida, aunque se desdeñen - caso de la teoría de la Evolución - cuando contradicen los escritos sagrados, aunque después tengan que rendirse a la evidencia a regañadientes. Por suerte en occidente la religión ya no está a la vanguardia del pensamiento, pero en sociedades de Oriente Medio y Asia esto está a la orden del día y todo puede ser sacrificado a la mayor gloria de Alá, derechos humanos incluidos. Si la democracia y los derechos civiles, creaciones occidentales, chocan con la religión, la democracia y los derechos civiles no tienen validez. 

Sin embargo la religión es protegida, mimada y financiada en numerosos países en los que las ideas ilustradas dejaron su huella. La fe religiosa sigue apreciándose como un elemento positivo de la vida ciudadana y su crítica profunda es algo de mal gusto: quienes la ejercitan suelen ser calificados de intolerantes. Por suerte nuestro perspectiva dista mucho de la de aquellos países en las que uno puede ser condenado a muerte por blasfemia o la máxima aspiración académica a la que se puede llegar es ser un experto recitador del Corán. Todavía queda mucho para que el mundo se vea libre de la lacra de la violencia religiosa (de la cual occidente solo recibe leves zarpazos, en comparación con el panorama de otras zonas del mundo) y libros tan valientes y polémicos como El fin de la fe, ayudan a poner en pie los términos de un debate muy necesario.

sábado, 10 de marzo de 2018

EL GATOPARDO (1958), DE GIUSEPPE TOMASI DI LAMPEDUSA Y DE LUCHINO VISCONTI (1963). EL ESPLENDOR DE LA DECADENCIA.

El de Lampedusa es uno de los casos más insólitos de la historia de la literatura. Siendo un perfecto desconocido y ya en el umbral de la muerte, entregó un manuscrito que había de ser publicado hasta un año después de su fallecimiento y por un editor distinto al que el escritor pretendió originariamente. En cualquier caso, El gatopardo fue un éxito casi inmediato, una obra maestra que gozó de un insólito reconocimiento popular y de la que muy pronto se realizó una adaptación cinematográfica que ha quedado como una de las mejores películas de la historia. El pobre Lampedusa, un hombre descendiente del esplendor de la nobleza siciliana, siempre fue un intelectual discreto: nadie habría dicho que dedicaría parte de su madurez a concebir un milagroso clásico instantáneo.

Quizá las iniciales dificultades para su publicación se debieron a la moda del momento de impregnar de sesgo ideológico izquierdista las novelas. Una narración no era válida si no era un instrumento de emancipación de la clase obrera o de denuncia de las condiciones de pobreza de los desheredados. Y El gatopardo no tiene nada de eso: se trata de una evocación casi nostálgica de un mundo que ya no existe y su transformación, lenta pero segura, en otro muy distinto, pero que en el fondo va a seguir dejando el poder y el dinero a unos pocos elegidos: todo va a cambiar para que todo siga igual.

El gran protagonista de la novela es el príncipe Fabrizio, heredero del patrimonio de la antigua familia Salina, una de las más poderosas - en un sentido casi feudal - de la isla de Sicilia. Cuando comienza la novela, con un Frabrizio ya maduro, éste ya se ha dado cuenta de que la forma de vida de sus antepasados está en decadencia: Garibaldi acaba de desembarcar en la isla y ha comenzado lo que muchos esperan que sea una revolución emancipadora para los de abajo y otros - los más inteligentes o menos escrupulosos -  sienten como la oportunidad de hacerse con los privilegios y propiedades de la nobleza para fundar nuevas y poderosas dinastías. El representante más obvio de esta tendencia es don Calogero, un hombre de orígenes humildísimos, cuyo talento natural para bregar e ir acumulando una gran fortuna al albur de los acontecimientos y convertirse en un mediador entre la antigua nobleza y los nuevos gobernantes de Italia.

Pero quizá el personaje más inteligente de todos sea el de Tancredi, el sobrino de don Frabrizio, un joven inteligente y audaz, que comprende enseguida que la situación exige una alianza con el vencedor y desde primera hora lucha junto a las tropas de Garibaldi, tratando así de proteger los intereses de su familia, así como los suyos propios: su matrimonio con la bella hija de don Calogero va a suponer simbólicamente la unión de lo antiguo y lo nuevo que va a permitir que las cosas parezcan cambiar para que al final todo siga igual. No obstante, el orgullo de las antiguas familias permanece. Aunque tengan que empezar a relacionarse con arribistas, el sentimiento de superioridad queda intacto:

"Nosotros somos leopardos y leones, quienes tomarán nuestro lugar serán hienas y chacales. Pero los leones, leopardos y ovejas seguiremos considerándonos como la sal de la tierra."

Junto a la decadencia de su familia, don Frabrizio tiene tiempo de reflexionar sobre la decadencia propia, acerca del sentido de su vida y de su posición en el nuevo mundo, una realidad en la que debe sufrir humillaciones tan indignantes para sí mismo como inapreciables para el común de los mortales. No obstante, de algo sí que está seguro: Sicilia jamás progresará al ritmo del resto del país. El Sur es un país anquilosado, pagado de sí mismo y demasiado orgulloso de su pasado y su presente como para pensar en cambios:

"(...) los Sicilianos jamás querrán mejorar por la sencilla razón de que se creen perfectos; en ellos la vanidad es más fuerte que la miseria; toda intromisión de extraños (...) es un ataque contra el sueño de perfección en que se hallan sumidos, una amenaza contra la calma satisfecha con que aguardan la nada. (...) La razón de esa diferencia debe buscarse en el sentimiento de superioridad que brilla en la mirada de cualquier Siciliano, y que nosotros llamamos orgullo pero en realidad es ceguera."

La adaptación que realizó Visconti recoge fielmente el espíritu de la novela, basándose en una puesta en escena fastuosa y en una elección de reparto realmente acertada. Quizá el único pero que cabría ponerle a la película es la escena de la toma de Palermo por las tropas garibaldina, tan artificiosa y poco realista que resulta un poco ridíciula vista hoy día, pero este pequeño escollo no obsta para que el resto del conjunto conforme una auténtica obra maestra que hace justicia al maravilloso texto en el que se basa.

viernes, 2 de marzo de 2018

LA CANCIÓN DEL VERDUGO (1979), DE NORMAN MAILER. PENA DE VIDA.

El derecho penal estadounidense goza de un sistema de garantías para los acusados comparable a cualquiera de los países de Europa. Pero cuenta con una anomalía en algunos Estados: la vigencia de la pena de muerte, algo que se desterró hace tiempo de la mayoría de los sistemas judiciales democráticos. La pena de muerte es algo irreversible, una especie de rendición del Estado ante un individuo al que estima que jamás podrá volver a reinsertar en la sociedad, alguien que sobra y que debe ser eliminado de la humanidad. Por eso sucede con tanta frecuencia que los sentenciados a la pena capital pasan tantos años de espera en el corredor de la muerte: el sistema de recursos y apelaciones es tan complejo que llevar a cabo una ejecución conlleva inimaginables trámites burocráticos. Como si a la justicia, una vez condenado el reo, se pusiera nerviosa ante la perspectiva de tener que proceder a su ejecución.

Precisamente de estas veleidades del sistema se aprovechó el asesino Gary Gilmore para cimentar su fama: cuando fue condenado a muerte por la ejecución de dos homicidios, aceptó su condena sin rechistar: no quiso recurrir la sentencia y pidió que su ejecución (eligió morir fusilado) llegara lo antes posible. Ante este insólito desprendimiento de la propia vida, muy bien aprovechado por periódicos y televisiones, se montó todo un espectáculo mediático y judicial que mantuvo el suspense hasta el mismo instante del fusilamiento de Gilmore. Lo mejor es que de todo eso nació este magistral libro de un Norman Mailer que no se conforma con relatar los últimos meses de vida de su protagonista, sino que indaga en su pasado en un intento, quizá vano, pero igualmente fascinante, de indagar en las motivaciones más profundas que llevaron a Gilmore a convertirse en un asesino a sangre fría.

Después de pasar la mayor parte de su vida adulta en reformatorios y cárceles, el Gilmore treinteañero que abandonó la prisión en libertad condicional era un ser con la personalidad moldeada a base de experiencias negativas (una de las pocas verdades que manifiesta a lo largo de esta novela-reportaje es que la cárcel no sirve para redimir a nadie, solo para afianzar el carácter criminal del reo), pero al que se le ofrecen todo tipo de oportunidades de reinserción. Su familia - sobre todo su prima y su tío - le acogen de buen grado y le buscan un empleo. La buena voluntad manifestada en los primeros meses irá poco a poco abandonando a Gilmore, cuando se va dando cuenta de que es mucho más fácil robar lo que necesita (sobre todo latas de cerveza) que ganar un magro sueldo a base de madrugones y esfuerzo. Sus robos irán volviéndose cada vez más descarados (nadie parece querer meterse en líos con él), hasta que un día llega a acompañarlos de asesinatos. El Estado de Utah queda conmocionado ante la sangre fría mostrada por un asesino que ni siquiera se ha esforzado demasiado en borrar sus huellas: como si lo que realmente quisiera en el fondo de su alma fuera volver al lugar a que realmente pertenece: la prisión.

El personaje de Nicole Baker es una figura casi tan importante como el propio Gilmore en La canción del verdugo. Amante de Gilmore, Baker sentía por su figura amor y devoción a partes iguales, hasta el punto de que, cuando el criminal ya estaba encerrado esperando la fecha de su muerte, aceptó un suicidio sincronizado con él, acción que la llevó al borde la muerte. Se cree que Gilmore, a su vez, no tomó, de manera consciente, una dosis letal suficiente. Lo único que le importaba es que su amante no volviera a estar con hombre alguno. Como es de suponer, la vida anterior de Nicole había consistido en una sucesión de amantes violentos y desequilibrados, entre los que Gilmore supuso la guinda. Embargada por una evidente hibristofilía, su amor aumentó cuando conoció las atrocidades ejecutadas por Gilmore, a pesar de que pocas semanas antes, éste la había agredido con gran violencia. 

A partir de su encierro en la prisión de máxima seguridad esperando la fecha definitiva de su ejecución, la narración se convierte en una crónica muy detallada de la vida y pensamientos de Gilmore una vez que ha aceptado su muerte casi con tanta frialdad como había quitado dos vidas. Aquí es inevitable que al autor se le escape cierta simpatía por su biografiado, alguien que era capaz de bromear sobre sí mismo y mostrarse afable - cuando le convenía - con sus numerosos interlocutores de aquellos meses, además de mostrarse como un escritor de cartas - sobre todo las amorosas, dirigidas a Nicole - muy peculiar, capaz en un mismo párrafo de expresar sus sentimientos amorosos de manera muy notable e insultar a sus carceleros con el lenguaje más soez. En estos últimos capítulos de La canción del verdugo se intuye que Gilmore estaba disfrutando del revuelo mediático que había levantado su caso, de la movilización insólita de abogados, jueces, fiscales y periodistas que había producido y del aura mítica que le estaba otorgando su decisión de enfrentarse a la muerte sin más demora: quizá lo que le más importaba era mostrarse ante sí mismo como todo un hombre.

Y es precisamente en estas páginas cuando la narración de Mailer se muestra más vibrante, dedicada a describir el circo que tenia enloquecido a todo un país a la vez que los sentimientos de los dos amantes que jamás podrán volver a verse (quizá sí en alguna reencarnación, según creencia de Gilmore). Si para algo sirve la lectura de La canción del verdugo, además de para disfrutar de la prosa del autor de Los desnudos y los muertos (a pesar de la pésima traducción que ofrece Anagrama) es para dar otra vuelta de tuerca al absurdo de la pena de muerte, al sufrimiento que provoca, al revuelo mediático que produce y a su poca efectividad reparatoria del mal causado.

martes, 27 de febrero de 2018

CIVILIZACIÓN (2011), DE NIALL FERGUSON. OCCIDENTE Y EL RESTO.

Todavía hay quien cree en el determinismo histórico, en la inevitabilidad de los sucesos que han ido jalonando los siglos hasta llegar a lo que somos ahora. Solo hace un siglo, teorías racistas y eugenésicas poblaban los ámbitos académicos más prestigosos de occidente, y hablaban de la superioridad de la raza blanca, que con tanta facilidad había creado los imperios británico y francés, que cubrían medio mundo con su benéfica influencia civilizatoria. Esto ocurría precisamente cuando Europa estaba a punto de conocer la más bárbara de las guerras entre los países más avanzados de aquel tiempo. Bien es cierto que Europa sobrevivió a otro conflicto posterior, aún más devastador, y siguió afianzada algunas décadas más, junto con Estados Unidos, como tierra prometida del bienestar. Últimamente, sobre todo a raíz de la crisis económica de 2008, las tornas parecen estar cambiando y la preponderancia económica mundial va deslizándose, con paso lento pero seguro, a China y otros países asiáticos, aunque todavía está por ver que esa tendencia suponga una hegemonía indiscutida en los próximos tiempos, pero si Asia consigue ponerse definitivamente por delante, tendrá que hacerlo utilizando las mismas armas que cimentaron el éxito de los europeos.

En Civilización, un ensayo elegantemente escrito y concebido, el historiador Niall Ferguson trata de responder a la pregunta de por qué Occidente, ganó una absoluta preponderancia mundial a partir de finales del siglo XV. El escritor británico establece claramente qué elementos deben fomentarse para lograr progreso y crecimiento económico: competencia, revolución científica, imperio de la ley, medicina, sociedad de consumo y ética del trabajo. Desde luego es éste un camino tortuoso y que puede estar repleto de desigualdades y abusos a otros pueblos. La conquista y colonización de América es un buen ejemplo de ello: los resultados finales en el norte y en el sur fueron muy diferentes por ser distintos los actores implicados, pero en ambos casos quedó un reguero de sangre manchando el camino del proceso: el que dejaron los perdedores: indígenas, esclavos y colonos pobres. Ferguson no oculta ninguna de estas manchas negras (la historia nunca ha sido un camino de rosas), pero prefiere ser optimista respecto a los resultados finales de todo ello:

"La clave aquí es que el diferencial entre Occidente y el resto del mundo fue de índole institucional. Europa occidental superó a China debido en parte a que en Occidente había más competencia tanto en el ámbito político como en el económico. Austria, Prusia y, más tarde, incluso Rusia se hicieron más eficaces administrativa e incluso militarmente porque el entramado que dio lugar a la revolución científica surgió en el mundo cristiano, pero no en el musulmán. La razón de que a las antiguas colonias de Norteamérica les fuera mucho mejor que a las de Sudamérica fue que los colonos británicos establecieron en el norte un sistema de derechos de propiedad y de representación política completamente distinto del creado por los españoles y los portugueses en el sur. (...) Los imperios europeos pudieron penetrar en África no solo porque disponian de la ametralladora Maxim; también inventaron vacunas contra enfermedades tropicales a las que los africanos seguían siendo igual de vulnerables."

A estos elementos habría que sumar otro mucho más dudoso, del que se habla bastante en Civilización: la religión, sobre todo en su vertiente protestante. Como ya estudió ampliamente el sociólogo Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, es posible que ciertas creencias posibiliten que los intercambios comerciales se realicen en un clima de confianza y se estimule el trabajo duro. Aunque es algo que todavía está por probar, Ferguson insinua que el auge, lento pero seguro, del cristianismo en China, es un acicate para consolidar el círculo virtuoso de intercambios comerciales y crecimiento. En apoyo de esta tesis, incluye unas sorprendentes declaraciones de un gran empresario chino:

"Hoy, me decía, hay escasez de confianza en China. Los funcionarios públicos suelen ser corruptos, los socios comerciales te engañan, los trabajadores roban a sus patronos, las muchachas jóvenes se casan y luego desaparecen con unas dotes ganadas con gran esfuerzo (...) Pero Zhang considera que se puede confiar en sus correligionarios cristianos, porque sabe que son trabajadores y honestos. Como ocurriera en Europa y la Norteamérica protestantes de los primeros días de la revolución industrial, las comunidades religiosas ejercen un doble papel: como redes crediticias, y como fuentes de abastecimiento para correligionarios creyentes solventes y de confianza."

No todos los sistemas creados por Occidente han sido efectivos, solo hay que tomar el ejemplo del comunismo, que durante décadas fue considerado el antídoto perfecto contra los males del capitalismo, pero terminó fracasando de manera estrepitosa. El capitalismo liberal parece el único vencedor en la batalla de las ideas, a pesar de tratarse de un sistema imperfecto: crea riqueza, pero ésta termina en pocas manos, a no ser que exista un Estado fuerte capaz de redistribuirla. Además, si no se establecen controles, el crecimiento incontrolado acabará devorando los recursos del planeta y facilitará un desastroso cambio climático, quizá la mayor amenaza existente a nuestra forma de vida. La fórmula de equilibrio a mi entender más humana creada hasta el momento, la socialdemocracia de tipo nórdico, también está en crisis. De las tendencias que sepamos encauzar en el presente depende nuestro futuro inmediato.

viernes, 23 de febrero de 2018

LAS AMISTADES PELIGROSAS (1782), DE CHODERLOS DE LACLOS Y DE STEPHEN FREARS (1988) Y VALMONT (1989), DE MILOS FORMAN. TRATADO DE MORAL LIBERTINA.

El siglo XVIII fue paradójico en muchos aspectos. Mientras avanzaban la ciencia y el arte, se consolidaban como actividades de inmenso prestigio, cada vez más alejadas de la tutela de la religión, la organización política del Estado seguía siendo la del Antiguo Régimen. Frente a la miseria y semiesclavitud de la mayoría del pueblo, una minoría selecta vivía una existencia regalada en sus palacios y castillos. Muchos de ellos gozaban de las prebendas que otorgan títulos y cargos oficiales y solían gozar de mucho tiempo libre que podían dedicar al estudio y meramente a procurarse los más variados placeres. Precisamente el personaje del vizconde de Valmont es un prototipo en este sentido: un noble adinerado que dedica todos sus esfuerzos al arte de la seducción, un tipo cuyo objetivo primordial en la existencia es ir acumulando fama en los salones de París, por lo que cada vez se exige objetivos más difíciles, para que la satisfacción de la conquista sea mayor y el escándalo consiguiente más ruidoso. En su moral de libertino es principio primordial que la virtud aumenta el valor de la mujer, justamente hasta el momento en que deja de tenerla.

Pero Valmont no emprende en solitario sus intrigas. Cuenta con una aliada, la marquesa de Merteuil, una mujer que, después de haberse sometido a un duro aprendizaje acerca de los asuntos mundanos de la alta sociedad parisina, se dedica al noble arte de la manipulación y la corrupción de los seres más inocentes. Con Valmont mantiene una relación de amor-odio que al final va a ser decisiva en la resolución de esta novela epistolar. Ni que decir tiene que Las amistades peligrosas es una obra maestra de este género literario. Las cartas están concebidas para crear un clima de tensión permanente en las complejas relaciones entre sus distintos personajes y muchas de ellas, sobre todo las escritas por los dos protagonistas, son un modelo de doblez y de maestría en el arte de la consecución de los propios objetivos. Valmont y Merteuil son dos personajes absolutamente egoístas en su condición de profundos conocedores de las pasiones humanas. La religión y los conflictos de conciencia, algo que afecta a las resoluciones de los personajes débiles de la trama, son para ellos meros instrumentos para usar a su favor.

Puede verse también en Las amistades peligrosas una especie de justificación de lo que vendría pocos años más tarde, la Revolución Francesa. En este caso puede hablarse sin exagerar que el origen del mal, de la perdición de vidas moralmente intachables que fomentan las actividades subterráneas de los protagonistas tienen su origen en el aburrimiento, en una ociosidad prolongada que podía ser animada por la creación de estas intrigas llevadas a cabo con precisión quirúrgica y disciplina militar. La amoralidad como una de las bellas artes, el amor concebido no como una causa del placer, sino como un pretexto para conseguir éste.

La película de Stephen Frears refleja de manera magistral el espíritu de la novela. Con un reparto espectacular, en el que destacan unos John Malkovich y Glenn Close que parecen haber nacido para interpretar estos papeles, la adaptación deja lógicamente un poco de lado la intriga epistolar para relacionar más físicamente entre sí a los personajes. Destacan también el vestuario y el diseño de producción, que nos trasladan con todo lujo de detalles a los ambientes más aristocráticos del Siglo de la Luces. La versión que realizó un año después Milos Forman,  resulta estimable, pero muy inferior a la de Frears. Es una adaptación mucho más libre del texto de Lacros, poniendo más énfasis en el sentido del humor, pero el espíritu de la novela está mucho menos presente. A ello contribuye enormemente la composición de Valmont que realiza Colin Firth, un personaje interpretado desde un tono un tanto paródico y burlesco. La sombra de Malkovich, en este caso, es demasiado alargada.