lunes, 16 de julio de 2018

EL ORDEN DEL DÍA (2017), DE ÉRIC VUILLARD. LOS PUNTOS DE RUPTURA DE LA HISTORIA.

La historia no es una disciplina lineal y el ser humano, aunque progresa, jamás lo hace en línea recta. Por el camino hay trampas, accidentes y, a veces, verdaderas catástrofes capaces de dar al traste con todo lo conseguido durante siglos de lucha soterrada. El ascenso de los nazis al poder en Alemania fue contemplado al principio por el resto del mundo con una mezcla de curiosidad y desgana. Hitler no era tomado en serio por muchos, se le veía más bien como una especie de payaso histérico. Dentro de Alemania, no era así. Para muchos alemanes, se convirtió pronto en una especie de Mesías que devolvería a su país a la grandeza a la que siempre tuvo derecho. Y poco a poco, los países de alrededor, los ganadores de la Primera Guerra Mundial pasaron de la desgana al miedo: la rápida recomposición del Ejército alemán y la agresividad del discurso de Hitler los cogió con el pie cambiado y decidieron intentar apaciguarle, haciendo como que negociaban con él, pero en realidad, concediéndole todos sus deseos territoriales, hasta que el vaso quedó colomado en una ciudad llamada Danzig... 

Pero antes de eso, los nazis necesitaron financiación. Una vez elegido Canciller, Hitler necesitaba el apoyo financiero de los grandes industriales alemanes. El orden del día se abre con esa poderosa escena, el encuentro entre criminales financieros y criminales políticos con el fin de asegurar los medios económicos a unos planes inhumanos. Muchas de las empresas que protagonizaron tan vergonzoso episodio siguen existiendo y prosperando en el día de hoy: Opel, Krupp, Bayer... Todas han lavado su imagen y continúan vendiéndonos sus productos, haciéndonos olvidar que hace unas décadas utilizaban sin pudor mano de obra esclava procedente de los campos de concentración que jalonaban la geografía hitleriana. Pero en aquel momento todo resultaba muy sencillo:

"El meollo del asunto se resumía en lo siguiente: había que acabar con un régimen débil, alejar la amenaza comunista, suprimir los sindicatos y permitir a cada patrono ser un Führer en su empresa."

Luego, la novela-reportaje de Vuillard se acerca a las interioridades de la ocupación de Austria en 1938: cómo los nazis se comportan como mafiosos frente a los débiles austriacos y cómo la pretendida invasión pacífica fue una auténtica chapuza. En cualquier caso, frente a unas decenas o centenares de suicidios (quizá miles, quien sabe), la reacción de la mayoría de la población fue salir a la calles a recibir con su brazo en alto a su liberador. Mientras tanto, Francia, Inglaterra y el resto de potencias se rinden ante el hecho consumado y no hacen nada. Más bien, acuden seis meses después a la conferencia de Munich para seguir alimentando a la bestia.

En realidad Vuillard ha escrito una novela un tanto extraña. Una narración de ficción que se basa estrictamente en la realidad y que podría haber sido un ensayo histórico lleno de reflexiones personales. Él ha preferido adentrarse en los sentimientos personales de los personajes que vivían diversos episodios históricos - única concesión a la ficción - para indagar en lo que él llama - en una entrevista publicada en Babelia - los puntos de ruptura de la historia:
 
"Busco en la historia los puntos de ruptura. ¿Qué nos ha conducido adonde estamos hoy? ¿Qué nos ha llevado a la dominación de Occidente, a vivir con tamaños desequilibrios o al movimiento emancipador que anima nuestras sociedades?”

miércoles, 11 de julio de 2018

LA EDAD DE LA PENUMBRA (2017), DE CATHERINE NIXEY. CÓMO EL CRISTIANISMO DESTRUYÓ EL MUNDO CLÁSICO.

Las imágenes de hace un par de años, de soldados del Estado islámico destruyendo los valiosos restos de Palmira estremecieron al mundo entero y fueron calificadas de manera unánime como un acto de barbarie, contra la cultura y la civilización. En aquella ocasión, pocos comentaristas se acordaron de que, dieciseis siglos antes, los primeros cristianos que consigueron hacerse con el poder temporal, emprendieron una campaña igualmente brutal contra los símbolos paganos, contra los templos, contra las estatuas y contra los escritos de una cultura que había durado mil años. La historia oficial del cristianismo siempre ha enseñado que dicha transición fue un proceso esencialmente pacífico y que la mayor parte de la gente aceptó con entusiasmo la llegada de la nueva religión. Catherine Nixey, consciente de que la historia la escriben los vencedores, intenta acercarse en esta obra memorable a la verdad de aquellos hechos tan remotos y nos muestra un auténtico genocidio cultural que fue silenciado durante siglos. La victoria final del cristianismo fue total, pero lo fue a costa de la completa aniquilación y humillación de la religión y las costumbres de los habitantes del Imperio romano.

Entre otras cosas, Nixey revela que la tan cacareada persecución contra los cristianos no fue tan intensa ni tan terrible como comúnmente se cree. Es posible que sus víctimas fueran cientos, en vez de miles. Si una organización con tanto poder como el Imperio romano hubiera querido exterminar una religión de su seno, sin duda habría tenido éxito. Las campañas de represión contra los cristianos fueron pocas y esporádicas. Lo normal fue una especie de tolerancia vigilante, hasta que, poco a poco, el cristianismo fue logrando un número cada vez mayor de adeptos, seducidos por la promesa de una vida eterna, una oferta sin competencia en el mercado religioso romano. Muchos intelectuales del Imperio se mofaban de la nueva religión. Han llegado hasta nosotros textos enormemente críticos, como el de Celso y se han perdido otros, como los quince volúmenes que dedicó Porfirio a rebatir la fe en Cristo. Un hito importantísimo en esta historia se produjo en el año 313, cuando el Edicto de Milán, promulgado por un recién convertido emperador Constantino decretó una tolerancia a todas las religiones que terminaría allanando el camino al cristianismo hacia el poder absoluto sobre los cuerpos y sobre las almas.

Bien pronto la autodenominada religión del amor empezó a utilizar tácticas de intimidación e incluso de violencia contra los que no eran sus acólitos. Para san Agustín, impedir pecar a un pecador no era crueldad, sino bondad, por lo que podían usarse para ese fin todos los medios que se consideraran necesarios. Acostumbrados a la aceptación de dioses extranjeros en su propio panteón, muchos romanos miraban asombrados y preocupados cómo los seguidores de Cristo predicaban la intolerancia frente al resto de creencias y se burlaban de los cultos paganos, considerando que eran obra del demonio. Ya en el siglo IV, voces como la de Quinto Aurelio Símaco seguían implorando que se siguiera un camino de tolerancia religiosa, mientras los viejos cultos romanos se desmoronaban frente al rodillo cristiano:

"Por eso os rogamos que haya paz para los dioses patrios (...). Es razonable considerar único lo que todos honran. Contemplamos los mismos astros, el cielo es común a todos, nos rodea el mismo mundo. ¿Qué importancia tiene con qué doctrina indague cada uno la verdad?"

El genocidio cultural fue impresionante: uno tras otros los templos de los dioses tradicionales romanos fueron atacados y destruidos con saña. Quienes se oponían, eran asesinados. Las estatuas (algunas, obras maestras de la escultura), eran decapitadas y mutiladas, para hacer salir de ellas los presuntos demonios que moraban dentro. Se produjo también una campaña implacable contra la cultura escrita: tan solo el diez por ciento de la literatura romana ha llegado a nuestros días, a consecuencia de ésta. Los monjes no tenían reparo en tomar piedras pómez y raspar los antiguos manuscritos para escribir sobre ellos obras de doctrina de la Iglesia. La prohibición de libros por parte de la Iglesia es una antigua tradición que se remonta a casi nuestros días. 

La puntilla al paganismo la puso la infame Ley 1.11.10.2, dictada por Justiano en el siglo VI, que prohibió cualquier enseñanza que no se ajustase a la doctrina cristiana y prácticamente instó a toda la población que no lo hubiera hecho ya, a convertirse. Así también se acabó con los últimos filósofos que enseñaban en la Academia de Atenas. Su último director, Damascio, que ya había tenido que abandonar Alejandría algunas décadas antes, debido a la violencia religiosa, se exilió de Atenas, cerrando para siempre el espacio que había sido símbolo del conocimiento durante tantos siglos. Un velo de oscuridad e intolerancia cayó entonces sobre un mundo que se volvió mucho más ignorante. La doctrina cristiana daba sus últimos pasos para convertirse en una religión totalitaria que regulaba todos los aspectos de la vida de la gente a través del miedo: miedo a la autoridad y miedo a un Dios todopoderoso que vigilaba a los hombres hasta en sus pensamientos más íntimos:

"Una clase muy particular de miedo empezó a aparecer. Como ha señalado Peter Brown, se trata de la perpetua ansiedad de una gente que creía que no solo todos sus hechos, no solo todas sus palabras, sino además todos sus pensamientos estaban siendo observados."

La historia la escriben los vencedores. El advenimiento del cristianismo quedó como un relato heroico repleto de santos y mártires. El trabajo del historiador cristiano no era registrarlo todo, sino solo aquello que ejerciera un bien en los cristianos que lo leyeran, por lo que se aseguraron de que la visión de los vencidos quedara borrada. Un libro como La edad de la penumbra, riguroso, divulgativo y admirablemente escrito, ayuda a recuperar la verdad de aquel proceso y nos hace escuchar la voz de unas víctimas perdida en el devenir de los siglos. 

martes, 10 de julio de 2018

EN DEFENSA DE LA ILUSTRACIÓN (2018), DE STEVEN PINKER. POR LA RAZÓN, LA CIENCIA, EL HUMANISMO Y EL PROGRESO.

Cuando alguien, en un debate, comenta que el mundo nunca ha estado peor que en nuestros días, suelo preguntarle que en qué época le parece que el mundo ha estado mejor que ahora. Normalmente, la respuesta no es fácil. El último libro de Steven Pinker es un magnífico ensayo dedicado a difundir el optimismo acerca de nuestra situación: el mundo nunca ha estado mejor, quiere decirnos y aquí tenéis las cifras que lo demuestran.

Por supuesto que esta evolución virtuosa e histórica no ha sido fácil. Pinker sitúa su comienzo a mitad del siglo XVIII, con el precedente de la revolución científica que empezó a operar en la centuria anterior. La idea, que en la actualidad nos parece tan sencilla, es la de combatir la superstición a base de racionalidad y ciencia. A través del método científico todo puede ser comprobado y explicado y los descubrimientos que se van realizando en el camino pueden facilitar la vida del hombre y a la vez hacerlo más feliz. Por supuesto que éste no ha sido un camino de rosas. Las fuerzas del oscurantismo han puesto todas las piedras posibles en el camino y han estado a punto de lograr la victoria en momentos puntuales, como la Segunda Guerra Mundial. Pero, desde entonces, occidente ha aprendido que los conflictos deben resolverse a base de diplomacia y diálogo y los conflictos bélicos no han hecho más que disminuir, mientras la pobreza global hacía otro tanto.

Es muy posible que para muchos sea insólito leer que el mundo está cada vez mejor, sobre todo después de ver un telediario o leer un periódico. Es bien sabido que las noticias negativas se venden mucho mejor que las positivas. Estamos mucho mejor informados acerca de zonas de conflicto, como Siria, que de países que están saliendo a pasos agigantados de la pobreza. Además, las buenas noticias no suelen suceder en un día ni son tan espectaculares visualmente como un atentado terrorista. Que se erradique una enfermedad que hace décadas mataba a millones de personas, por ejemplo, no puede competir en los medios con las imágenes de una furgoneta que ha embestido a una multitud y ha matado a catorce. 

Para Pinker, la defensa de la Ilustración el progreso implican también la defensa del capitalismo. No de un capitalismo sin reglas, sino de unos mercados regulados con unas reglas de juego claras y que se basen en la igualdad de oportunidades entre los distintos actores, así como de una política social fuerte con la que los Estados sean capaces de ayudar a quienes fracasen o queden atrás. Las cifras y los gráficos que muestra el autor de La tabla rasa, son muy elocuentes: en las últimas décadas los índices de bienestar a nivel mundial no han dejado de aumentar. Los países ricos han gozado de un crecimiento sostenido (con parones acusados, como la reciente gran recesión) y cada vez más gente es capaz de salir del pozo de la pobreza severa (más de cien mil personas cada día, según los últimos estudios). Cualquier hogar de occidente, incluso los más pobres, cuentan con televisión, ordenador y móvil, aparatos capaces de acceder a toda la cultura escrita del mundo. La esperanza de vida es cada vez más alta y la calidad de la misma, también. Y los niveles de alfabetización y escolarización a nivel mundial son mejores que nunca. Esta historia de éxito puede resumirse en una frase:

"El resultado estadístico corrobora una idea clave de la Ilustración: el conocimiento y las instituciones sólidas conducen al progreso moral." 

Evidentemente, Pinker sabe que hay acontecimientos imprevisibles que pueden hacernos retroceder: un atentado terrorista como el del 11 de septiembre, la elección de Donald Trump, el Brexit... Pero estos son hechos puntuales cuya influencia en las cifras de progreso no son tan importantes como pueden serlo en la apreciación del público general. Estamos en una época en la que viejos fantasmas, como el nacionalismo y el populismo vuelven a correr por sus anchas. En una entrevista concedida a El País Semanal, Pinker aborda esta realidad:

"Para vencer al populismo se debe además reconocer el valor del progreso. Hay un hábito muy extendido entre intelectuales y periodistas que consiste en destacar solo lo negativo, en describir el mundo como si estuviera siempre al borde de una catástrofe. Es la mentalidad del default. Trump explotó esa forma de pensar y no encontró resistencia suficiente en la izquierda, porque una parte estaba de acuerdo. Pero lo cierto es que muchas instituciones, aunque imperfectas, resuelven problemas. Pueden evitar guerras y reducir la pobreza extrema. Y eso debe formar parte del entendimiento convencional de cada uno."

Las noticias negativas nunca van a parar su goteo. Siempre hay historias de desgracias, agresiones y accidentes que contar y que pueden producir un alarmismo irracional en la sociedad, cuando lo cierto es que la cifra global de delitos está en descenso. Los profetas del desastre, que tanto han proliferado en las últimas décadas (los que hablaban de lo inevitable de una guerra nuclear, de la bomba demográfica o del desastre medioambiental), han ido fallando en sus previsiones, lo cual no signfica que no haya que estar alerta respecto a las múltiples amenazas que siguen y seguirán acechando a la humanidad. Lo mejor que podemos hacer es informarnos de lo positivo, no solo de lo negativo (y lo positivo es que hoy contamos con más medios que nunca para hacerlo) y seguir ahondando en la fórmula que tanto nos ha hecho progresar: más ciencia y conocimiento, menos religión e irracionalidad:

"Por la misma razón, la exhortación a que todo el mundo piense de manera más científica no ha de confundirse con la exhortación a dejar la toma de decisiones en manos de los científicos. Muchos científicos son ingenuos en lo que concierne a la política y al derecho, y maquinan ideas inviables como el gobierno mundial, las licencias obligatorias para los padres o la huida de una Tierra contaminada mediante la colonización de otros planetas. No tiene importancia, pues no estamos hablando de a qué sacerdocio habría que otorgarle el poder; estamos hablando de cómo tomar las decisiones colectivas más sabiamente."

viernes, 6 de julio de 2018

EL VIENTRE DE PARÍS (1873), DE ÉMILE ZOLA. LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO.

Para la tercera novela del ciclo Rougon-Macquart, Zola quiso retratar el ambiente en torno al recién inaugurado mercado de Les Halles, en el centro de París. Para protagonizar la novela elige a Florent, un joven idealista, que acaba de volver, con la salud quebrada, de una deportación de años en el temido territorio de la Guayana francesa, después de haber sido acusado injustamente de provocar violencia en la última insurrección de la capital. Florent es un hombre tímido, pero que no puede evitar ser absorbido por sus ideas revolucionarias, por una visión utópica de un futuro en el que todos los ciudadanos de Francia serán felices gracias a un gobierno bondadoso que destituirá al corrupto de Napoleón III.

Uno de los intereses principales de la narración de Zola es la descripción detallada de todo lo que rodea al inmenso edificio de Les Halles: los puestos, los distintos alimentos, los olores, los sótanos y, sobre todo, la gente que pulula todos los días por el barrio, sobre todo los pequeños propietarios de negocios, interesados ante todo en que se mantenga la paz social, aunque sea a través de un pequeño Estado policial, con tal de seguir obteniendo beneficios. Frente al idealismo de Florent se alzan el sentido práctico de Lisa, su cuñada, y el conformismo de su hermano. Lisa ha visto prosperar durante años su elegante charcutería y se espanta cuando descubre que su cuñado anda conspirando con los rojos, una conspiración que puede hacer saltar por los aires el orden imperante, el que ella estima que le ha hecho enriquecerse honradamente.

Los rojos, los enemigos del libre comercio, a ojos de los propietarios, conspiran en la sombra, pero no son excesivamente prudentes. Se reunen en una taberna todas las noches a organizar su futuro gobierno y el comadreo de los vecinos, junto con una serie de malentendidos, agiganta la conspiración, hasta el punto de que la policía va reuniendo un grueso expediente acerca de Florent, solo a través de delaciones. Es curioso que en la novela aparezcan algunos episodios que siguen de actualidad hoy día, como el referente a Clémence, la única mujer que se reunía con los conspiradores:

"Cuando llamaban a Rose para pagar, cada uno sacaba del bolsillo las monedas de la consumición. Charvet incluso motejaba riendo a Clémence de aristócrata, porque tomaba un grog, decía que quería humillarlo, hacerle notar que ganaba menos que ella, lo cual era cierto, y había, en el fondo de su risa, una protesta contra esa ganancia más elevada que lo rebajaba, a pesar de su teoría de la igualdad de los sexos."

Aunque tiene algo menos de interés que otras novelas del ciclo, por dedicar excesivas páginas a prolijas descripciones de todos los aspectos posibles de Les Halles, El vientre de París combina al literario un indable interés histórico, puesto que podemos asomarnos con precisión a las condiciones de vida de un determinado grupo social en una época determinada.

miércoles, 4 de julio de 2018

ARDEN LAS REDES (2017), DE JUAN SOTO IVARS. LA POSCENSURA Y EL NUEVO MUNDO VIRTUAL.

En nuestro tiempo suceden cosas inimaginables solo unos años atrás. Una muchacha se sube a un avión rumbo a Sudáfrica y pone una frase estúpida y racista en su Twitter. Es un mero chiste sin gracia, pero cuando, unas horas después baja del avión y enciende el móvil, descubre horrorizada que su estúpido comentario, que quizá había olvidado ya, se ha vuelto viral y que miles de personas la insultan en las redes sociales, como si fuera un engendro humano. Ante la presión a nivel mundial frente a un hecho en apariencia tan nimio, es despedida de su empleo. En unas horas su vida ha cambiado y se ha convertido en una apestada social, en una racista sin redención posible. No es el único caso de una tendencia que va a más: el linchamiento a través de las redes sociales.

Los primeros pasos de internet en materia de libertades públicas fueron muy esperanzadores. Se trataba de una formidable plataforma en la que todo el mundo podía expresarse y que podía terminar premiando la meritocracia, haciendo que las voces más racionales y coherentes en cada campo fueran las más visibles. Como sabemos, en gran parte no ha sido así. Las redes sociales se han convertido en un estercolero - salvo honrosas excepciones - de vanidades, envidias, insultos y moralina. Cualquiera que tenga abierta una cuenta en Twitter o Facebook sabe que se expone a ser criticado por fotos o comentarios, pero casi nadie sospecha que algún día puede ser llevado a la picota pública (a nivel nacional o incluso mundial) por los motivos más espúreos. Las redes sociales ofrecen la ventaja inmediata del anonimato a los linchadores, quienes a su vez sienten que están impartiendo justicia desde la comodidad de sus sillones. Algo muy parecido a lo que sucedía con los que eran declarados herejes por la Inquisición o por el stalinismo, ya en el siglo XX.

A veces a mí también me pasa: pincho en cualquier noticia polémica (últimamente cualquier titular que contenga la palabra machismo lo es) y apenas leo la noticia en sí: lo que más me fascina son los comentarios, más propios de una discusión de patio de vecinos que de los argumentos de seres racionales. Las personas se suelen dividir en dos bandos - que suelen ser compartimentos estancos, con todo lo que conlleva declararse de izquierdas o de derechas - y se lanzan alegremente al deguello virtual entre unos y otros. Quizá todo esto sea consecuencia de exceso de tiempo libre en algunas personas, de necesidad de desahogo emocional fácil, de un sentido de lo que es la justicia mal entendido, o como explica el autor:

"(...) a medida que las condiciones de vida de un grupo social mejoran y se disuelve la discriminación que lo envolvía, la piel de sus integrantes se vuelve más fina y el escándalo estalla con mayor facilidad."

La capacidad de ofenderse de la gente es infinita, como también lo es la capacidad de replicación de dichas ofensas. Una vez que se ha iniciado una polémica en las redes sociales, es casi imposible argumentar racionalmente acerca de la misma: lo emocional lo cubre todo y lo presuntamente ofensivo se agiganta hasta el punto de convertir a su desgraciado autor en un criminal. Ni siquiera los chistes privados susurrados entre dos personas que asisten a una conferencia están a salvo del escrutinio de los nuevos inquisidores. Este es un caso tan increíble como real:

"Hank y Alex, (...) en una conferencia sobre nuevas tecnologías cuchichearon una broma nerdi-sexual en voz baja, algo sobre "insertar un paquete de datos". Adria Richards, una chica de la fila de delante, oyó el chiste, se giró, les hizo una foto y sin mediar palabra los denunció en Twitter acusándolos de machistas. A los pocos minutos, la conferencia se interrumpió. Los organizadores habían visto el tuit de Richards. Pidieron a Hank y Alex que se marcharan. Sin embargo, el linchamiento en las redes continuó, y al día siguiente el jefe de Hank lo llamó a su despacho y lo despidió."

Para colmo de males, la enorme crisis que sufre la prensa tradicional, hace que estos medios, que hasta ahora eran conocidos por lo riguroso de sus informaciones, deban sumarse al carro de las noticias frívolas y presuntamente escandalosas si quieren sobrevivir en un entorno hostil. En tiempos de corrección política extrema, es muy difícil abordar ciertos temas en profundidad sin ser tachado de machista, racista o nazi. Estamos en un tiempo en el que se prefiere abordar los asuntos desde un lado superficial y emocional, dejando las ideas de racionalidad o proporcionalidad de lado. Al final, tanta corrección tiene sus consecuencias y mucha gente reacciona votando a individuos como Donald Trump, que se alimentan de los insultos que provocan sus continuos exabruptos. 

Lo más peligroso es que hemos llegado a un punto en el que mucha gente prefiere el juicio de la calle a una sentencia dictada por un tribunal independiente que ha actuado con todas las garantías procesales. El fantasma del populismo recorre el mundo, eligiendo a sus víctimas completamente al azar. Ni siquiera ser absolutamente prudente en sus redes sociales es completamente seguro para nadie, pues, como hemos visto, un comentario medianamente desafortunado en una conversación no virtual puede también desatar. Hay una especie de clamor por una seguridad absoluta, por un mundo sin ofensas que no se corresponde con el mundo real:

"La semejanza de los ofendidos-por-todo de las redes sociales y los viejos funcionarios de la censura estatal es estrecha en lo tocante a los estigmas. Quien clama contra un chiste o un discurso percibe a la sociedad como un colectivo infantil que debe ser protegido o, como mínimo, puesto sobre aviso. Un grupo marca públicamente a un individuo para que el público tenga precaución. Ni el humor más blanco está a salvo de la susceptibilidad, que se contagia del grupo censor a multitudes más grandes de personas, dependiedo de cuál sea el nombre del estigma."

Por supuesto, este ambiente es letal para la idea tradicional de libertad de expresión y pensamiento. La gente se vuelve mucho más cauta a la hora de expresar sus ideas, porque es mucho más cómodo subirse a la ola del pensamiento único, del apedreamiento colectivo al disidente que mantener sanas discrepancias. Nadie quiere vivir la experiencia de linchamiento de Guillermo Zapata o Nacho Vigalondo, muy bien analizadas en Arden las redes, un libro de plena actualidad y que, desgraciadamente va a seguir escribiéndose durante muchos años más.

martes, 3 de julio de 2018

MI HERMANO EL ALCALDE (2004), DE FERNANDO VALLEJO. LA PERVERSIÓN DEMOCRÁTICA.

A veces uno se asoma, a través de la literatura, a culturas hermanas, como la colombiana y se estremece al pensar en el primitivismo de ciertas formas de vida, sobre todo si nos alejamos del ámbito urbano. La narración de Vallejo transcurre entre los últimos noventa y los primeros meses del nuevo siglo y narra la experiencia de su hermano como alcalde de un pueblo colombiano del departamento de Antioquía. Un lugar que en aquella época estaba azotado por la violencia del tristemente famoso guerrillero Tirofijo y de los distintos capos de la droga, aunque el azote más evidente que deja entrever la novela es el de la ignorancia: los habitantes de Támesis utilizan la idea de democracia como una auténtica subasta en la que se elige al mejor postor, al candidato que más promesas absurdas (y personalizadas) consiga realizar.

Pero la cosa no queda ahí: el falseamiento de las elecciones y el voto de personas ya muertas son asuntos que están a la orden del día. Además, al candidato no le basta con recorrer su distrito electoral lanzando discursos: las puertas de su finca deben estar abiertas a todos, aunque dicha generosidad extrema le sitúe cerca de la bancarrota. En cualquier caso todos suponen que la llegada al cargo compensará suficientemente los gastos previos. La democracia colombiana que describe Vallejo es un pequeño infierno en el todos se niegan a pagar impuestos, pero a su vez todos quieren vivir del dinero público:

"Porque el funcionario colombiano no raja ni presta el hacha, no deja ni deja hacer. Ah, pero eso sí, cuando agarra la teta no la suelta. Es más fácil fajar una ventosa de una barriga preñada o una sanguijuela de una pierna."

Y escribe también más adelante este párrafo demoledor con el propio país:

"Colombia en sus constituciones parte de la base de que hay ciudadanos honrados que la quieren gratis. Inmenso error. Si los hay, no los conozco y si los hubo, idos son: ya los anotó el sastre en su puerta. Hoy por amor nadie gasta su tiempo en ti, Colombia. Todos van detrás de algo: un puesto público o la comisión de un contrato."

Con este panorama, es muy difícil que un cargo público sea honrado, pues con la sola candidatura al mismo, ya se le supone la pillería. Por supuesto, el mandato de Carlos, el hermano de Vallejo quiere ser diferente. Quiere hacer progresar al pueblo, quiere mejorar la educación, las comunicaciones, la tecnología y las oportunidades de todos, pero al final su recompensa es el oprobio. Mi hermano el alcalde está escrito con la ironía y la mala leche características del autor de La Virgen de los sicarios y, aunque no llega al nivel de su obra más conocida, constituye un valioso testimonio de cómo se las gasta el sistema en la Colombia profunda. Para leer, reflexionar y rezar pidiendo que jamás veamos en nuestro país tal degeneración de la idea de democracia.

lunes, 2 de julio de 2018

1968 (2018), DE RICHARD VINEN. EL AÑO EN EL QUE EL MUNDO PUDO CAMBIAR.

A comienzos de 1968, nada hacía presagiar que aquel año iba a estar tan repleto de acontecimientos singulares y que, cincuenta años después, sería recordado por muchos - de manera nostálgica e idealizada - como la última oportunidad que tuvieron las masas de cambiar el rumbo del capitalismo neoliberal. En realidad en 1968 las políticas económicas socialdemócratas vivían su momento culminante, logrando que el llamado Estado del bienestar llegara a cada vez más ciudadanos en occidente. A la vez, los gobiernos invertían en educación y la creación de centros universitarios se multiplicaba. Las nuevas generaciones, que no habían conocido los horrores de la Segunda Guerra Mundial, miraban con desconfianza a sus mayores y, dando el bienestar actual por sentado, como algo que se había conseguido sin esfuerzo, pretendieron reivindicar un cambio social radical, aunque fuera de manera confusa, un cambio más idealizado que realista. Esta división generacional se daba entre unos hijos estudiantes y unos padres obreros que, si bien en principio marcharon juntos en contra del poder establecido, pronto rompieron, por la diferencia de intereses entre ambos grupos y el pragmatismo a la hora de negociar de obreros y sindicatos.

Lo cierto es que en Francia, durante un par de semanas del mes de mayo, el país pareció estar al borde de una revolución, aunque nadie supiera definir exactamente de qué tipo. Con la misma rapidez con la que todo tipo de colectivos sociales se iban adhiriendo a las protestas, aquello se desinfló, sobre todo después de la arrolladora victoria de la derecha de De Gaulle en las elecciones de finales de junio. Todas esas protestas, todos esos enfrentamientos con adoquines contra la policía y todos esos ocurrentes eslóganes quedaron como un momento único y especial en el imaginario colectivo, aunque debajo de todo ello no existiera una organización fuerte ni unos objetivos comunes. Muchos estudiantes europeos y estadounidenses que empezaron viendo el movimiento con simpatía, como una especie de vendaval de aire fresco contra la burocracia, retrocieron espantados cuando las protestas violentas se generalizaron. Para muchos que las vivieron desde dentro, la insurrección tuvo mucho de irracional e intolerante.

El legado del 68 no es solo el de sus manifestaciones. Es evidente que produjo un enorme cambio social: educativo, sexual y político. Minorías como las feministas o los afroamericanos pudieron levantar la voz para exponer sus reivindicaciones, aunque muchos jóvenes acogieron aquellos días caóticos como una fiesta (no hay que olvidar que uno de los detonantes del conflicto era la prohibición universitaria de que los chicos visitaran los dormitorios de las chicas):

"Sexo, emoción y política estrecharon a menudo sus vínculos durante las protestas estudiantiles. Las ocupaciones de edificios universitarios eran sinónimo de juventud apiñada en espacios pequeños sin supervisión externa. En estas circunstancias, las mujeres podían sentirse intimidadas: algunas recordaron verse acosadas o incitadas a quitarse la ropa. Sin embargo, Laura Derossi - una de las mujeres que desempeñó un papel destacado en las ocupaciones de la Universidad de Turín - insistió en el hecho de que la falta de intimidad en los espacios ocupados vino acompañada de una sensación de liberación. (...) El hecho de que las mujeres habían tenido, en general, unas vidas más coartadas que los hombres significó que la "emancipación" pudiera consistir, simplemente, en hacer aquello que los hombres daban por sentado para sí mismos, como pasar una noche entera en una ocupación, decir tacos en público o apagar cigarrillos en el suelo. Las mujeres podían ver en la novedad de tales actos una experiencia intensamente emocional, y los hombres, convencidos de que su enfoque se basaba en una especie de compromiso político más intenso, a veces insinuaban que esa respuesta emocional era "irracional".

Muchas de las protestas del 68 sí que tuvieron sentido: las incesantes noticias de aquel año extraordinario sumían al ciudadano en una sensación de vértigo, como si las seguridades que sostenían su vida hasta aquel momento se resquebrajasen bajo sus pies: la guerra de Vietnam, que empezaba a abisbarse como una catastrófica derrota estadounidense, los asesinatos de Robert Kennedy y Matin Luther King, que desmoronaron la esperanza de de regeneración política y social por vías pacíficas, la primavera de Praga, que a su vez acabó con los sueños de reformar el llamado socialismo real desde dentro, así como la incipiente creación de nuevos grupos terroristas que golpearían, sobre todo en Alemania e Italia, a lo largo de los años siguientes. 

1968 sigue ejerciendo una enorme influencia en el mundo actual. Muchos de los asuntos que hoy están en la agenda prioritaria de los políticos comenzaron a ser popularizados en aquella época. Luciana Castellina los resume en un artículo publicado en la revista La maleta de Portbou de mayo de este año:

"(...) los daños del consumismo sobre la sociedad y su ambiente; la alienación en el trabajo; las enfermedades sociales; la privatización del conocimiento; la meritocracia exasperada; la reducción de la democracia..."

El ensayo de Richard Vinen constituye un meritorio resumen de todas las tendencias y acontecimientos sucedidos en el caótico 68 y la influencia que han ejercido en nuestra realidad del siglo XXI y que nos sirve también para recordar que el llamado desorden del mundo, del que tanto se habla en la actualidad, es una realidad tan vieja como el mismo ser humano.

domingo, 24 de junio de 2018

POR QUÉ EL TIEMPO VUELA (2017), DE ALAN BURDICK. UNA INVESTIGACIÓN NO SOLO CIENTÍFICA.

Hace ya bastantes años viví una experiencia que quedó grabada en mi memoria: iba conduciendo cerca de mi ciudad cuando presencié como justo delante de mí, dos coches tenían un accidente. Todos mis sentidos se activaron de pronto y lo que era hasta aquel instante un ejercicio rutinario - quien lleva muchos kilómetros conducidos sabe que al final se activa una especie de piloto automático y que lo hacemos casi sin darnos cuenta, igual que el caminar - se convirtió en una tarea de la que podía depender mi propia supervivencia. De pronto lo racional se transformó en intuitivo y supe con qué presión debía tocar el pedal de freno y cómo esquivar los dos coches que se acababan de estrellar sin dar un volantazo que me sacara de la autovía. También supe que el espacio que me quedaba para pasar era el justo para mi vehículo. ¿Cómo pude saber y realizar tantas cosas con tanta precisión en solo unos segundos? Lo cierto es que la sensación fue como si el tiempo se ralentizara y uno pasara a ser gobernado por alguien totalmente distinto que evalúa y ejecuta acciones para la propia supervivencia en milésimas de segundo.

Lo que cuento no es ninguna hazaña. Cualquiera que haya pasado por una situación similar puede contar historias como ésta. Lo verdaderamente curioso es que sucesos como éste nos hacen experimentar la percepción subjetiva del tiempo , una de las ideas que más se repiten en el ensayo de Alan Burdick, recientemente publicado en nuestro país. Y es que su proposición de inicio es irresistible: se trata de un periodista de prestigio, especializado en ciencia, pero no científico, que emprende una investigación para contarnos qué tienen que decirnos las últimas investigaciones acerca del concepto del tiempo, un fenómeno - definido ya por San Agustín en una de las frases más memorables de la historia de la filosofía - que sigue intrigándonos y cuyos enigmas estamos todavía muy lejos de resolver en todas sus aristas.

En realidad lo que nuestro cerebro nos ofrece es una determinada percepción del tiempo, no el tiempo mismo. Bien es cierto que poseemos una especie de reloj interno que hace que sepamos con bastante precisión, aunque no miremos un reloj, cuanto dura un minuto o una hora. Pero para eso necesitamos referencias constantes: un minero que queda atrapado bajo tierra durante semanas tendrá una percepción muy diferente a la de sus rescatadores y seguramente, cuando vuelva a la superficie, estimará que ha transcurrido mucho menos tiempo del que en realidad ha pasado. Por qué el tiempo vuela está repleto de ejemplos de la vida cotidiana de cada uno de nosotros y de experimentos científicos que tratan de rastrear la verdadera naturaleza del tiempo, aunque lo que realmente nos importe es cuanto llevamos aquí, cuanto nos queda y por qué nuestro tiempo vital parece acelerarse cada año que pasa.

En realidad, según se explica en el libro, cuando somos jóvenes vivimos muchas más experiencias novedosas que cuando somos adultos, por lo que percibimos en nuestra memoria que ese periodo tenía mucha más duración que el actual. Quizá ya a partir de los treinta, con rutinas laborales establecidas, muchos días se repiten y son difícilmente separables unos de otros. Por supuesto, sigue habiendo sucesos memorables en gran cantidad, pero también más acontecimientos similares. Lo que sí se incrementan son nuestras obligaciones y, con ellas, la sensación de que no vamos a poder cumplir con todas ellas. Además, nuestra perspectiva cambia: de adultos ya podemos medir nuestra vida en décadas, no en años:

"En resumidas cuentas, parece que el tiempo no se acelera con la edad sino con la presión temporal, lo cual explica por qué la personas de todas las edades dicen que se acelera: el tiempo es eso de lo que prácticamente todo el mundo en la misma medida siente que carece."

sábado, 16 de junio de 2018

EL NOMBRE DEL MUNDO ES BOSQUE (1976), DE URSULA K. LE GUIN. COLONIALISMO PLANETARIO.

El hombre es un animal colonial. Una especie invasora que se apodera de los ecosistemas y los transforma en su propio beneficio (al menos, beneficio a corto plazo), desplazando o exterminando a otros pueblos y a otras especies. En eso no nos diferenciamos de otros animales, aunque nuestra capacidad es la más letal de la naturaleza: seríamos capaces, por ejemplo, de destruir el planeta en pocos minutos. 

El nombre del mundo es bosque es, ante todo una novela que toma partido por una ideología determinada y por una apreciación pesimista de la naturaleza humana. Cuando terminemos de explotar la Tierra, sin duda nuestra rapacidad se dirigirá a otros planetas. En este contexto, Le Guin presenta un pequeño planeta boscoso que ha sido colonizado por nuestra especie, en detrimento de las razas humanoides locales, prácticamente esclavizadas en beneficio de una industria maderera a gran escala que ha de nutrir a la madre Tierra, una vez que ya no quedan bosques en ella. El planteamiento recuerda a muchas de las empresas coloniales que conocemos a través de la historia: un status quo que se mantiene a través de una evidente superioridad militar y tecnológica. 

Los athstianos, la raza oprimida son una especie humanoide pacífica, que ha desarrollado una cultura basada en vivencias mezcladas entre la realidad y los sueños lúcidos que son capaces de tener mientras están aparentemente despiertos. Frente a la injusta situación de su pueblo, se va a alzar Server, un athsiano marcado por la violación y asesinato de su pareja, que va a terminar siendo considerado una especie de dios entre su gente, por haberles transmitido un conocimiento nuevo: el arte de matar.

Se nota que el contexto en el que se desarrolla El nombre del mundo es bosque está muy influido por el momento histórico en el que fue escrita: los todopoderosos Estados Unidos acababan de recibir la más humillante de las derrotas en Vietnam por los miembros de una cultura que muchos consideraban inferior, pero que había logrado usar las condiciones geográficas de su propio país en su beneficio. A pesar de ser una obra digna de la poderosa imaginación de la autora y merecedora de múltiples premios, leída hoy día molesta un poco la moralina que desprende y su maniqueísmo en la descripción de personajes. No obstante, es evidente que ha influido en obras posteriores de la ciencia ficción cinematográfica de vertiente ecologista, como Avatar.

viernes, 1 de junio de 2018

ORDESA (2018), DE MANUEL VILAS. LISTEN TO ME.

"Nunca decimos toda la verdad, porque si la dijéramos romperíamos el universo, que funciona a través de lo razonable, de lo soportable."

A pesar de esta frase lapidaria, el afán de Manuel Vilas es Ordesa, es precisamente el contrario, puesto que la novela está consagrada a hablar de lo que mejor conoce: de sí mismo, según una moda literaria actual cuyo máximo exponente es Karl Ove Knausgård, en una serie de libros publicados bajo el título de Mi lucha. Lo primero que hay que decir es que hablar de la propia existencia con ese nivel de intimidad es algo propio de valientes, un acontecimiento casi dramático, porque esta acción de desnudar el alma no puede ser sino fruto de una necesidad perentoria:
  
"Nos vendría muy bien escribir sobre nuestras familias, sin ficción alguna, sin novelas. Solo contando lo que pasó, o lo que creemos que pasó. La gente oculta la vida de sus progenitores. Cuando yo conozco a una persona, siempre le pregunto por sus padres, es decir, por la voluntad que trajo a esa persona al mundo."

Y la verdad es que los pequeños episodios en los que está estructura Ordesa cuentan con una notable calidad literaria, que consigue que el lector quiera seguir leyendo el siguiente con naturalidad, casi sin esfuerzo alguno. Vilas se muestra a sí mismo como un ser absolutamente imperfecto, un perdedor que ha intentado vivir de la escritura y ha fracasado (aunque paradójicamente, el relato de este fracaso es el que ha dado auténtica fama al escritor, puesto que Ordesa lleva semanas encaramado en la lista de libros más vendidos), mientras recuerda su infancia y adolescencia, evoca a sus padres, describiendo unas imperfecciones que los humanizan y los hace quererlos más cuando ya no puede abrazarlos y se culpabiliza de haber dejado de lado sistemáticamente a su familia. También hay un espacio para la descripción de un descenso - afortunadamente breve - a los abismos del alcoholismo:

"Todo alcohólico llega al momento en que debe elegir entre seguir bebiendo o seguir viviendo. Una especie de elección ortográfica: o te quedas con las bes o con las uves. Y resulta que acabas amando tu propia vida, por insípida y miserable que sea. Hay otros que no, que no salen, que mueren. Hay muerte en el sí al alcohol y en el no al alcohol. Quien ha bebido mucho sabe que el alcohol es una herramienta que rompe el candado del mundo. Acabas viéndolo todo mejor, si luego sabes salir de allí, claro."

No sería aventurado concluir que esta novela está destinada a todo ser humano que cuente ya con cierto bagaje de experiencia en la vida, para todo aquel que transporte una mochila repleta de errores y aciertos y que necesite reflexionar acerca de las relaciones entre la vida y la muerte, en nuestro paso por este mundo y en el de quienes nos rodean y son capaces de dejarnos huella.

viernes, 18 de mayo de 2018

SOLDADOS DE SALAMINA (2001), DE JAVIER CERCAS Y DE DAVID TRUEBA (2002). LOS AMIGOS DEL BOSQUE.

Las guerras están repletas de historias individuales de gente que mata, que muere o es mutilada de maneras horribles. También están - estos son los menos - los que sobreviven de manera inverosímil a situaciones límite. Paradójicamente - y esto es lo que quiere contar Cercas en su relato - uno de estos últimos fue uno de los fundadores del fascismo español. Rafael Sánchez Mazas, aunque acabó triunfando y formando parte del siniestro Régimen que siguió a nuestra Guerra Civil, fue también una víctima más del conflicto, un hombre perseguido y fusilado, que solo pudo sobrevivir con una combinación de suerte y sentido de la oportunidad. Mazas, un hombre de letras, amante de la conversación y la tertulia, sufrió en sus propias carnes el toque de la bestia que tanto había ayudado a hacer surgir.

La narración de Javier Cercas, en este libro que lo consolidó como uno de los autores más populares de nuestro pais, oscila entre la narración periodística, autobiográfica, histórica y literaria. Quizá lo mejor de Soldados de Salamina sea la excelente combinación entre todos estos estilos y la frescura de su estilo literario. No solo es capaz de describirnos los hechos que le interesan - la biografía de Sánchez Mazas y la de su probable salvador - sino que el proceso de investigación y las anécdotas que se desarrollan durante el mismo están al mismo nivel que la verdad histórica, que en este caso tiene mucho que ver con la intimidad de sus personajes, que se quiere fijar. Pero es el mismo autor el que mejor puede hablarnos de las intenciones con las que fue escrita la obra:

"La novela, básicamente, habla de los héroes, de la posibilidad del heroísmo; habla de los muertos, y del hecho de que los muertos no están muertos del todo mientras haya alguien que los recuerde; habla de la búsqueda del padre, de Telémaco buscando a Ulises; habla de la inutilidad de la virtud y de la literatura como única forma de salvación personal..."

Un año después de su publicación, el cineasta David Trueba rodaba una versión cinematográfica que realmente no hace justicia a la obra, no solo porque está afectada por un ritmo un tanto cansino, sino también por la elección de la protagonista, una inexpresiva Ariadna Gil que no consigue otorgar credibilidad a su papel. Aun así, la película cuenta con una escena inolvidable: el breve baile del soldado republicano bajo la lluvia que se despide, quizá para siempre, de su país mientras canta la canción más melancólica del mundo en esas circunstancias.

viernes, 4 de mayo de 2018

POEMARIO MÍNIMO (1858-1864), DE EMILY DICKINSON. UN ESPÍRITU PRISIONERO.

Aunque tuvo la suerte de nacer en una familia acomodada, la condición de mujer de Emily Dickinson pesó muchísimo a la hora de divulgar su obra literaria. Dickinson era una persona solitaria. Llegó a enamorarse de un clérigo protestante , pero sus amores tuvieron mucho más de espiritual que de físico. Parece ser que le gustaba estar sola, o que buscaba la soledad como elemento de inspiración principal en su obra, contenida en versos magistrales, en poemas que podemos calificar casi de literatura filosófica: los escritos de alguien muy lúcido que intenta comprender el mundo y describirlo. Y también la muerte, un absurdo inexplicable y la vez fascinante, descrita más que como una puerta a la eternidad como un vacío eterno:

"Tan poca cosa es llorar - 
Algo tan breve suspirar - 
¡Y sin embargo - por asuntos - de esta magnitud
Morimos los humanos!"

Y esta otra, tan impresionante. La muerte física es objeto de un análisis poético oscuro:

"Me gusta la apariencia de la Agonía,
Porque sé que es verdadera - 
El género humano no finge el Espasmo,
Ni simula un Estertor - 

Los Ojos quedan vidriados - y eso es la Muerte - 
Imposible falsear
Las perlas en la Fuente
Enhebradas por la Angustia interior."

Sin embargo la esperanza en las pequeñas alegrías que depara la existencia también está presente:

"Por sutilezas tan insignificantes
Como un Brote, o un Libro,
Se plantan las semillas de las sonrisas - 
Que florecen en los oscuro."

A pesar de pasar buena parte de su vida haciendo vida sedentaria, el deseo íntimo es escapar:

"Siempre que oigo la palabra "fuga"
Mi pulso se acelera,
Y en mí se produce una súbita expectación,
¡Un deseo de volar!

Siempre que me hablan de amplias prisiones
Abatidas por soldados,
No hago sino forzar mis barrotes, como un niño,
¡Sólo para fracasar otra vez!"

Y este juego de palabras, sutil, enigmático y burlesco:

"La excesiva Locura es la mejor Sensatez - 
Para el Ojo perspicaz - 
La excesiva Sensatez es - la más completa Locura - 
En esto - como en Todo, es la Mayoría
Lo que prevalece -
Consiente - y te considerarán cuerdo -
Objeta - te declararán peligroso - 
Y serás encadenado -"

He aquí una pequeña antología de una escritora que se definía a sí misma como nadie, con toda humildad y conocimiento de causa, puesto que apenas publicó nada en vida. En cualquier caso, hay que hacer caso al deseo que dejó escrito para el futuro: "Juzgadme con ternura".

martes, 1 de mayo de 2018

TEORÍA KING KONG (2007), DE VIRGINIE DESPENTES. DISCURSO CONTRA EL PURITANISMO.

En los últimos años el feminismo se ha transformado en un movimiento de masas, hasta el punto de que empieza a contar con capacidad de desestabilizar al poder. La sentencia de la Manada ha sido el último ejemplo: un caso absolutamente mediático, con unos acusados de actitud repugnante, para los que una buena parte de la opinión pública y mediática exigía la máxima pena posible. El hecho de que los jueces hayan hecho uso de su independencia y fundamenten su fallo (me he molestado en leer la sentencia) tratando de precisar jurídicamente los hechos en la fina línea que separa la viodencia y la intimidación del prevalimiento, no debe ser tomado como un desafío a la sociedad, creo yo. La lectura del Código Penal y de la doctrina del Tribunal Supremo hace que en ciertos casos la calificación de unos hechos como violencia o como abuso sea extremadamente complicada, aun teniendo acceso pleno a todas las pruebas. Y los jueces deben juzgar con los instrumentos con los que cuentan, no pueden inventarse otros. En cualquier caso no es más que una sentencia que merece ser recurrida ante una instancia superior. Otra cosa es el voto particular del juez disidente, propio de una mente enferma en algunos pasajes. 

En este contexto de denuncias de constantes violencias y discriminaciones contra la mujer el ensayo autobiográfico de Virgine Despentes se erige como uno de los textos fundamentales del nuevo feminismo. Es cierto que feministas las hay de todas las ideologías, aunque muchas se empeñen en dotar al movimiento fundamentalmente de una visibilidad - estética e ideológica - más propia de la izquierda, olvidando con demasiada facilidad que también los regímenes comunistas han discriminado sistemáticamente a la mujer. El de Despentes es un discurso valiente y descarnado, que utiliza un lenguaje muy crudo a la hora de calificar a la sociedad como profundamente machista. Y de esta calificación no se libran tampoco buena parte de las mujeres, sonrientes aliadas, según ella, del status quo imperante.

Dos son los ejes sobre los que gira la narración de Teoría King Kong y los dos surgen de experiencias personales de la autora: una violación y el ejercicio durante dos años como prostituta (esto último de manera totalmente libre, no forzada). Sobre el primer hecho, lógicamente se manifiesta rabia, pero también la posibilidad de dejar atrás el trauma y seguir con la propia vida. Acerca de lo segundo, lo pone como ejemplo del puritanismo y la hipocresía imperante en la sociedad, también en el feminismo, que parece estar de acuerdo con la iglesia católica en que ciertas maneras de practicar sexo sigan siendo sórdidas y culpables. 

En uno de los episodios de la tercera temporada de la serie Borgen, se aborda magistralmente el problema: el gobierno danés quiere prohibir la prostitución, aprovechando la conmoción social que ha provocado en la ciudadanía el descubrimiento de una red que esclavizaba sexualmente a ciudadanas rumanas (nuestro país no es el único en el que se legisla en caliente). En una reunión de expertos dedicada a abordar el problema, después de muchas vacilaciones, es admitida la presidenta de una asociación de prostitutas. Cuando la dejan hablar e intenta explicar que su oficio es ejercido libremente por casi todas ellas y que son felices ejerciéndolo, las expertas no dan crédito: para ellas es imposible la prostitución con dignidad. La voz disidente es acallada pronto con la autoridad que otorgan los estudios científicos y sociológicos que sentencian que una prostituta no puede ser feliz, ya su labor es indigna y la que afirma lo contrario se autoengaña.

Despentes no tiene pelos en la lengua al abordar el tema, comentando incluso que los clientes que ella conoció no suelen ser machistas retrógrados que quieren hacer uso de una mujer-objeto, sino pobres diablos que no tienen más remedio que usar de estos servicios para satisfacer una necesidad y que se sienten culpables de tener que recurrir a ellos. Además, define otras formas de prostitución que sí que son aceptadas socialmente:

"A la gente le gusta poner cara de incrédula cuando les dices que has trabajado como puta, lo mismo que ocurre con la violación: pura hipocresía. Si se pudiera realizar una encuesta, nos asombraríamos de la cantidad de chicas que han vendido sexo a un desconocido. Hipócritamente, porque el límite entre la seducción y la prostitución es borroso, aunque en el fondo todo el mundo sea consciente de ello.

(...) Porque aunque algunas no digan claramente cuáles son sus honorarios, tengo la impresión de haber conocido a muchas putas. Muchas mujeres a las que el sexo no les interesa pero que saben sacar beneficios de él. Que se acuestan con hombres viejos, feos, muermos, idiotas hasta la depresión, pero socialmente poderosos. Que se casan con ellos y que luchan por sacar un máximo de dinero en el momento del divorcio. Que les parece normal que una mujer sea una mantenida, que se la lleve de viaje, que se la mime. Que incluso piensan que eso es un éxito. Es triste escuchar hablar a algunas mujeres del amor como de un contrato económico implícito."

Y remata:

"Cuando impedimos que las putas trabajen en condiciones decentes, atacamos directamente a las mujeres, pero también buscamos controlar la sexualidad de los hombres. Echar un polvo cuando tienen ganas no debe ser algo agradable y fácil. Su sexualidad debe seguir siendo un problema. De nuevo doble imposición: en la ciudad todas las imágenes invitan al deseo, pero el alivio debe seguir siendo problemático, cargado de culpa."

Una de las contradicciones más evidentes que pueden detectarse en el actual discurso feminista se da en la dicotomía entre libertad y seguridad. Se dice que las mujeres quieren ser plenamente libres, pero también sentirse plenamente seguras, lo cual sencillamente es imposible, ya que por desgracia no habitamos un mundo perfecto y el mal seguirá existiendo por los siglos de los siglos. Bien es cierto que una educación en igualdad puede hacer mucho para rebajar ciertas actitudes prepotentes que todavía se dan en muchos hombres, pero también es cierto que a la hora de la verdad los resultados serán parecidos a los de las campañas de tráfico: podrán reducir los accidentes y las muertes provocadas por impruedencias o temeridades, pero jamás podrán poner el marcador a cero. En este contexto es interesante que Despentes apele a las palabras de la hoy muy vilipendiada Camille Paglia, que habla de la libertad como de un concepto inherente al riesgo, por lo que hay que elegir entre sentirnos protegidos o ejercer esa libertad que siempre implica arriesgarse a sufrir el peor de los males. Además, esta libertad puede ejercerse de muy diversas maneras: ni las mujeres ni los hombres deberían ser criticados ni por su forma de vestir, ya vayan maquillados o desaliñados ni por la forma de vida que decidan adoptar, mientras esta sea respetuosa con la libertad de los demás. Es evidente que en esta ecuación debe entrar también la palabra prudencia: ser libre no tiene por qué significar ser temerario. El sentido común y la racionalidad son los mejores aliados en una existencia equilibrada. Mientras tanto, es bueno que la lucha siga: que el mal no vaya a dejar nunca de manifestarse no quiere decir que no se le pueda combatir, que no se le pueda acorralar.

viernes, 27 de abril de 2018

HUÉ 1968 (2017), DE MARK BOWDEN. EL PUNTO DE INFLEXIÓN DE LA GUERRA DE VIETNAM.

La batalla de Hué es uno de los episodios más desconocidos de la horrenda Guerra de Vietnam. Acostumbrados a luchar y padecer en la selva, los marines de Estados Unidos tuvieron que enfrentarse durante un mes a un combate urbano para que el que no habían sido entrenados, después de que un golpe fulgurante, enmarcado en la ofensiva del Tet, el enemigo tomara una de las ciudades más antiguas del país y se hiciera fuerte en sus barrios y en su ciudadela. Al principio la presidencia estadounidense y el alto mando restaron importancia a este movimiento, tachándolo como una maniobra desesperada, aunque pronto la opinión pública americana iba a descubrir que Vietnam era un asunto más serio - y tenebroso - de lo que habían podido imaginar.

Mark Bowden describe de manera magistral todas las fases de una batalla que los generales de Estados Unidos no se tomaron en serio hasta el final. Desde el comienzo creyeron que pequeños grupos de marines podrían desalojar sin esfuerzo al enemigo de sus posiciones. Pronto descubrieron que el Vietcong había convertido Hué en un auténtico infierono y que la ciudad debería ser reconquistada metro a metro, edificio a edificio, en una batalla urbana de desgaste que pronto empezaría a cobrarse un aterrador número de víctimas, sobre todo entre una población civil atrapada en mitad de los combates. Acostumbrados a moverse en la espesura de la selva, los marines se encontraron con un laberinto de edificios plagados de morteros y francotiradores vietnamitas. Pocos soldados acabaron la batalla físicamente indemnes:

"El aire húmedo estaba impregnado de humo y los olores de combustible diésel y carne podrida. Era horroroso y nunca acababas de acostumbrarte. Cada vez que se movían les disparaban. Parecía que no hubiera lugares seguros en ningún lado." 

Respecto a vencedores y vencidos, ambos bandos perdieron algo después de la ofensiva del Tet, un balance que acabaría favoreciendo a largo plazo al Norte. Para Hanoi, el ataque iba a ser una oportunidad de expulsar al invasor estadounidense gracias a un lenvantamiento popular que se extendería por todas las ciudades del sur a la vez que la ofensiva. La tibia respuesta de la población civil, que más que combatir por su liberación, lo que anhelaba era salvar el pellejo, desilusionó estas expectativas, pero no afectó al ardor combativo de los soldados del Vietcong, dotados de una capacidad de sacrificio que rozaba el fanatismo. Para los Estados Unidos, aunque consiguió expulsar sobre el papel al enemigo de las ciudades, los primeros meses de 1968 fueron desastrosos: la opinión publica advirtió que aquella guerra no era precisamente un paseo militar y las filas de la oposición a la misma, al principio marginales, fueron nutriéndose con cada vez más ciudadanos. Para el presidente Johnson todo esto resultó un doloroso baño de realidad y en su cabeza empezó a abrirse paso la idea de ir retirando paulatinamente soldados del frente de una guerra que no podía ganarse:

"Las crónicas y fotos de Hué, en especial, tuvieron un produndo impacto. Presentaban combates a una escala comparable a la de las guerras mundiales, con una orgullosa ciudad reducida a escombros y ceniza, con las caras sucias de marines heridos y aterrados atrapados en un conflicto despiadado." 

El legado de todo ello, desde la perspectiva que dan cincuenta años no es otro que el de un conflicto absurdo cuyo fruto terminó siendo la humillación de Estados Unidos, que sacrificó a miles de soldados inútilmente en una guerra cada vez más impopular, en el que, quizá por primera y única vez, la prensa libre fue un factor decisivo a la hora de reflejar toda su crudeza.

viernes, 20 de abril de 2018

FRANKENSTEIN O EL MODERNO PROMETEO (1818), DE MARY W. SHELLEY. EL SUEÑO DE LA RAZÓN.

Pocas novelas han causado tanto impacto desde su misma publicación como Frankenstein o el moderno Prometeo, hasta el punto de crear un mito apropiado para los tiempos modernos: el del científico genial cuya creación se le escapa de las manos. Porque esta novela, siendo de corte fantástico, quiere basar su relato en una posibilidad científica que se encontraba muy en boga en el momento en el que fue escrita: la posibilidad de resucitar a los muertos mediante descargas eléctricas. La primera mitad del siglo XIX estuvo repleta de sesiones públicas en las que las descargas hacían moverse a cadáveres: algo tan asombroso y truculento que hizo que hasta el príncipe de Gales asistiera a una de ellas. Fue en la famosa reunión en villa Diodati - en la que Lord Byron, Mary Shelley, Percy Shelley y John Polidori acordaron, medio en serio, medio en broma, escribir cada uno un relato de terror. Aunque al principio la joven Shelley no sabía cómo empezar su composición, cuando escuchó una conversación en la que se aludía a la posibilidad de resucitar a los muertos, su mente empezó a funcionar y su subconsciente le proporcionó una pesadilla que desató el mecanismo creativo de la autora: había nacido uno de los personajes más famosos de la literatura universal.

Aunque el nombre de Frankenstein ha quedado ligado al monstruo, no hay que olvidar que éste es el apellido del protagonista, el padre de una criatura la que solo se dirigirá llamándolo demonio, entre otras lindezas. El proyecto inicial de Frankenstein es nada menos que la creación de una nueva raza que le adorase como a su creador. Pero, una vez que insufla vida en la criatura, el científico reniega de ella: es como una parodia de hombre, un monstruo grotesco de mirada acuosa que repugna a la vista. Precisamente es un sentimiento tan irracional como el rechazo a lo que es diferente lo que le hace renegar de su obra y con ello encuentra su perdición y la de su familia. Pero el llamado monstruo de Frankenstein es una criatura rousseiana, por lo que ha nacido inocente y libre de toda culpa. Su corazón al principio es bondadoso. Se siente parte de la naturaleza e intenta acercarse a otros hombres: primero se esconde para aprender de ellos, pero en cuanto se muestra, el rechazo es total: esto es lo que lo corrompe y le hace declararse un enemigo de la humanidad, especialmente de su creador, al que llega a reprocharle lo siguiente:

"Recordad que soy vuestra criatura. Debía ser vuestro Adán, pero soy más bien el ángel caído al que negáis toda dicha. Doquiera que mire, veo felicidad de la cual sólo yo estoy irrevocablemente excluido. Yo era bueno y cariñoso; el sufrimiento me ha envilecido. Concededme la felicidad, y volveré a ser virtuoso."

En suma, Frankenstein es la historia de un hijo rechazado por su padre. Un hombre de aspecto monstruoso, pero virtuoso, que se revuelve contra el mundo cuando se encuentra solo. Lo más siniestro es que, aun siendo humano, el personaje goza de algunas cualidades casi sobrenaturales: es capaz de sobrevivir en los ambientes más hostiles, de pasar largos periodos de tiempo escondido y espiar a su creador sin ser visto en ningún momento. Quizá el mayor defecto de esta obra maestra sean los diálogos entre padre e hijo, demasiado forzados, demasiado teatrales, aunque sean parte fundamental del drama. La última oportunidad de redención llega con la petición de que se le cree una compañera, un ser tan marginal como él y que, por tanto, sea capaz de amarle:

"Si no estoy ligado a nadie ni amo a nadie, el vicio y el crimen deberán ser, forzosamente, mi objetivo. El cariño de otra persona destruiría la razón de ser de mis crímenes. (...) Mis vicios son los vástagos de una soledad y que aborrezco y mis virtudes surgirían necesariamente cuando viviera en armonía con un semejante. Sentiría el afecto de otro ser y me incorporaría a la cadena de existencia y de sucesos de la cual ahora quedo excluido."

Como hijo de la razón, la criatura es un ser razonable, capaz de diferenciar entre el bien y el mal y, por lo tanto, un ser que busca la felicidad, aunque las circunstancias le lleven siempre al extremo del dolor y la soledad. Al final se convierte en un ser tan siniestro que es capaz de burlarse de su creador cuando remata su tarea de venganza en la noche de bodas de aquel. Escenas como ésta son las que suscitaron un gran escándalo cuando se supo que la autora de la novela era una mujer. ¿Cómo podía una mujer haber imaginado una historia tan escabrosa? ¿Cómo podía haber tomado con tanto acierto el espíritu científico de la época y transformarlo en una pesadilla? Auqnue muy popular en su época y hasta nuestros días, la novela tardó casi dos siglos en ser tomada en serio en círculos académicos. Es preciso leer Frankenstein como una obra total e independiente de sus versiones cinematógraficas que, si bien han conseguido agrandar el mito, han desvirtuado en parte la esencia de un ser que, lejos de ser enteramente monstruoso, en cada ocasión que se le deja hablar, discurre como un auténtico filósofo, un filósofo atrapado en el sueño del razón que deviene en pesadilla.

viernes, 13 de abril de 2018

ARMAS DE DESTRUCCIÓN MATEMÁTICA (2016), DE CATHY O´NEIL. CÓMO EL BIG DATA AUMENTA LA DESIGUALDAD Y AMENAZA LA DEMOCRACIA.

A todos nos ha pasado alguna vez: hemos realizado alguna búsqueda en internet - vuelos, libros, ropa... - y curiosamente la publicidad de las páginas que visitamos habitualmente se transforma y se vuelve más tentadora, se adapta a nuestros gustos e intenta seducirnos. Si no consumimos en aquella búsqueda, para que lo hagamos esta vez. Si lo hicimos, para que consumamos más. Internet analiza nuestra navegación y cada vez hila más fino para actuar en consecuencia. A las internacionales no le interesan tanto nuestros datos personales como nuestros gustos y debilidades de consumo. Cuando nos conocen un poco en este aspecto, nos clasifican, nos analizan y nos vuelven a clasificar junto a otros miles de usuarios que son nuestras almas gemelas en cuanto a gustos y compras.

Durante años Cathy O´Neil, brillante matemática, trabajó desarrollando algoritmos para empresas que estaban empeñadas en racionalizar el casi infinito torrente de datos que destila internet cada minuto y aprovecharlo para lanzar nuevos productos, desechar cierto tipo de clientes o para potenciar otros. Se trata de clasificar y clasificar hasta simplificar el procedimiento y filosofía de ventas y detectar necesidades (reales o ficticias) y vulnerabilidades psicológicas en el consumidor:

"El mundo real, con todo su desorden, es considerado (...) como un mundo aparte. Tienden a sustituir a las personas por rastros de datos y convertirlas así en compradores, votantes o trabajadores más eficaces con el propósito de optimizar ciertos objetivos. Es fácil de hacer y de justificar cuando el éxito llega como puntuación anónima y las personas afectadas son tan abstractas como los números que van pasando por la pantalla." 

En Armas de destrucción matemática O´Neil denuncia ante todo el aprovechamiento de este nuevo petróleo que son los datos por parte de las clases más acomodadas para consolidar - aún más - su poder y su dinero. Además, utilizan un arma aséptica, contra la que su víctimas no pueden rebelarse, puesto que no existe un ser humano al que culpar de los errores que pueden cometer los algoritmos. Pero la utilización del Big Data no solo se usa para comerciar: también las administraciones públicas empiezan a conocer su peligroso atractivo. Ya se han realizado experimientos con la policía, analizando las zonas dónde es más probable que se cometan delitos, las horas y e incluso quienes son los potenciales delincuentes, lo que hace que muchos inocentes se vuelvan de repente sospechosos (por contar con una serie de características que ha localizado el algoritmo) y sean acosados por las fuerzas del orden. Pero lo más atractivo para los políticos es la posibilidad de dirigirse a cada votante con el mensaje que cada cual quiere escuchar, conociendo las inquietudes de ciertas zonas y de ciertos tipos de personas. Ya hay sospechas, muy fundamentadas, de que se ha empezado a utilizar este mecanismo perverso en la campaña que llevó a la Casa Blanca a Donald Trump:

"La convergencia del big data y el marketing de consumo ha entregado a los políticos nuevas herramientas mucho más poderosas. Ahora pueden dirigirse a microgrupos de ciudadanos para conseguir votos o dinero y para atraerlos con un mensaje meticulosamente pulido, un mensaje que probablemente nadie más vea. Puede ser un banner de Facebook o un correo electrónico solicitando fondos. Y cada uno de ellos permite a los candidatos vender silenciosamente múltiples versiones de sí mismos... y nadie sabe qué versión será la que ocupará el despacho después de la toma de posesión."

El Big Data ya está afectando - casi siempre negativamente - a la vida de muchos ciudadanos, sobre todo en Estados Unidos, país pionero en todo tipo de tendencias que se extienden rápidamente por todo el mundo. Trabajadores que han de enfrentarse a horarios de locos en pos de la eficiciencia de la empresa, servidos en bandeja por programas que analizan el flujo de clientes hora a hora. Gente sin empleo, muy vulnerable, a las que se les ofrece carísimos cursos universitarios bajo la promesa de prestigio y un empleo seguro y a los que en realidad se somete a una espiral de deudas o gente que es clasificada, muy a su pesar, en ciertos grupos de riesgo, lo cual los somete a primas de seguro abusivas. 

Este es el nuevo mundo al que nos enfrentamos, un futuro inevitable, ya que todos aportamos nuestros granito de arena otorgando datos de nuestros gustos, costumbres, itinerarios, salud o estudios en redes sociales, navegación por la web o a través de aplicaciones de teléfonos móviles. Por muy prudentes que seamos a nivel individual, si tenemos la desgracia de ser clasificados en ciertos grupos de riesgo, nuestra existencia se puede ver dificultada en los más diversos aspectos. Armas de destrucción matemática se convierte así en una advertencia amarga escrita por una profunda conocedora de las interioridades que construyen la nueva realidad a la que ya estamos siendo sometidos.