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viernes, 24 de agosto de 2018

LOS VIAJES DE GULLIVER (1726), DE JONATHAN SWIFT. EL ESPEJO DEL HOMBRE.

Durante muchas décadas se ha considerado a esta novela, fundamental en la historia de la literatura, como perteneciente a la rama infantil de la misma. En España, las ediciones que se publicaban estaban lastradas y se consideraba una lectura ingeniosa y fantástica más bien dirigida a niños y jóvenes, obviando el tremendo mensaje satírico que contienen los Viajes de Gulliver

La novela puede ser leída en varios niveles: como una mera narración fantástica y de aventuras, muy entretenida, pero intrascendente en el fondo, como una crítica - que solo podían entender plenamente quienes estaban versados en la época - de la política inglesa a principios del siglo XVIII o como una sátira mucho más profunda que abarcaría todos los aspectos de la especie humana. Los seres humanos, sean extraordinariamente grandes o pequeños, con los que Gulliver se encuentra en sus aventuras son imperfectos: someten a sus pueblos a violentos conflictos por los asuntos más absurdos (tal y como sucedía en Europa entre protestantes y católicos) y el autor registra las costumbres más absurdas que, en el fondo, son espejo de las nuestras. Solo cuando llega al país de los houyhnhnms, que son caballos racionales, descubre la sociedad perfecta, sin conflictos y empieza a sembrar en su espíritu un profundo odio hacia el género humano. Como si nos encontráramos ante un caso de mayéutica socrática, es el interrogatorio al que le someten sus anfitriones el que le hace tomar conciencia de lo monstruoso del proceder del hombre:

"Me preguntó qué causas o motivos habituales hacían que un país se alzara en guerra contra otro. Le contesté que eran innumerables, pero que le citaría sólo algunas. Unas veces era la ambición de los príncipes, a quienes nunca les parecía que tenían suficiente territorio o gente que gobernar; otras la corrupción de los ministros, que involucraban a su señor en una guerra a fin de desviar el clamor de los súbditos contra la mala administración de ellos. Las diferencias de opinión han costado millones de vidas; por ejemplo, si la carne es pan o el pan carne; si el jugo de cierta baya es sangre o vino; si silbar es virtud o vicio; si es mejor besar un madero o arrojarlo al fuego; qué color es mejor para una casaca, el negro, el blanco, el rojo o el gris, y si debe ser larga o corta, estrecha o ancha, y estar sucia o limpia, y cosas así. Y no ha habido guerras más furiosas y sangrientas, ni más largas, que las ocasionadas por una diferencia de opinión, especialmente sobre cosas indiferentes."

Y tan jugoso diálogo, que no deja títere con cabeza, sigue durante muchas páginas. Y por supuesto, nuestros sistemas legislativos no pueden quedar impunes. El texto abunda en males que siguen presentes en los pleitos actuales y la sobreabundancia de leyes tan ambiguas que pueden ser interpretadas en múltiples sentidos:

"Hay que decir asimismo que esta sociedad tiene una jerga propia que ningún otro mortal es capaz de entender, y en la que están escritas todas sus leyes, que ponen especial cuidado en multiplicar; por donde embrollan completamente la esencia misma de la verdad y la falsedad, lo justo y lo injusto; de manera que se tarda unos treinta años en decidir si el campo que me dejaron mis antepasados durante seis generaciones me pertenece a mí, o pertenece a un extraño que vive a trescientas millas."

El pesimismo que trasluce Swift en los últimos capítulos hace que el ser humano pueda ser representado más como un salvaje yahoo que como un honrado houyhnhnm. Aquí los deseos humanos más corrientes (dinero, poder, lujuria, conocimiento...) son presentados como objetivos por los que hay que pagar un precio demasiado alto, siendo la serenidad de espíritu y la honradez las virtudes más altas y las menos comunes entre nosotros. Frente a lo que asegurará Rosseau poco después, el hombre-yahoo es malo por naturaleza y la organización social no hace sino enmascarar levemente su verdadera esencia corrupta.

viernes, 23 de febrero de 2018

LAS AMISTADES PELIGROSAS (1782), DE CHODERLOS DE LACLOS Y DE STEPHEN FREARS (1988) Y VALMONT (1989), DE MILOS FORMAN. TRATADO DE MORAL LIBERTINA.

El siglo XVIII fue paradójico en muchos aspectos. Mientras avanzaban la ciencia y el arte, se consolidaban como actividades de inmenso prestigio, cada vez más alejadas de la tutela de la religión, la organización política del Estado seguía siendo la del Antiguo Régimen. Frente a la miseria y semiesclavitud de la mayoría del pueblo, una minoría selecta vivía una existencia regalada en sus palacios y castillos. Muchos de ellos gozaban de las prebendas que otorgan títulos y cargos oficiales y solían gozar de mucho tiempo libre que podían dedicar al estudio y meramente a procurarse los más variados placeres. Precisamente el personaje del vizconde de Valmont es un prototipo en este sentido: un noble adinerado que dedica todos sus esfuerzos al arte de la seducción, un tipo cuyo objetivo primordial en la existencia es ir acumulando fama en los salones de París, por lo que cada vez se exige objetivos más difíciles, para que la satisfacción de la conquista sea mayor y el escándalo consiguiente más ruidoso. En su moral de libertino es principio primordial que la virtud aumenta el valor de la mujer, justamente hasta el momento en que deja de tenerla.

Pero Valmont no emprende en solitario sus intrigas. Cuenta con una aliada, la marquesa de Merteuil, una mujer que, después de haberse sometido a un duro aprendizaje acerca de los asuntos mundanos de la alta sociedad parisina, se dedica al noble arte de la manipulación y la corrupción de los seres más inocentes. Con Valmont mantiene una relación de amor-odio que al final va a ser decisiva en la resolución de esta novela epistolar. Ni que decir tiene que Las amistades peligrosas es una obra maestra de este género literario. Las cartas están concebidas para crear un clima de tensión permanente en las complejas relaciones entre sus distintos personajes y muchas de ellas, sobre todo las escritas por los dos protagonistas, son un modelo de doblez y de maestría en el arte de la consecución de los propios objetivos. Valmont y Merteuil son dos personajes absolutamente egoístas en su condición de profundos conocedores de las pasiones humanas. La religión y los conflictos de conciencia, algo que afecta a las resoluciones de los personajes débiles de la trama, son para ellos meros instrumentos para usar a su favor.

Puede verse también en Las amistades peligrosas una especie de justificación de lo que vendría pocos años más tarde, la Revolución Francesa. En este caso puede hablarse sin exagerar que el origen del mal, de la perdición de vidas moralmente intachables que fomentan las actividades subterráneas de los protagonistas tienen su origen en el aburrimiento, en una ociosidad prolongada que podía ser animada por la creación de estas intrigas llevadas a cabo con precisión quirúrgica y disciplina militar. La amoralidad como una de las bellas artes, el amor concebido no como una causa del placer, sino como un pretexto para conseguir éste.

La película de Stephen Frears refleja de manera magistral el espíritu de la novela. Con un reparto espectacular, en el que destacan unos John Malkovich y Glenn Close que parecen haber nacido para interpretar estos papeles, la adaptación deja lógicamente un poco de lado la intriga epistolar para relacionar más físicamente entre sí a los personajes. Destacan también el vestuario y el diseño de producción, que nos trasladan con todo lujo de detalles a los ambientes más aristocráticos del Siglo de la Luces. La versión que realizó un año después Milos Forman,  resulta estimable, pero muy inferior a la de Frears. Es una adaptación mucho más libre del texto de Lacros, poniendo más énfasis en el sentido del humor, pero el espíritu de la novela está mucho menos presente. A ello contribuye enormemente la composición de Valmont que realiza Colin Firth, un personaje interpretado desde un tono un tanto paródico y burlesco. La sombra de Malkovich, en este caso, es demasiado alargada.

miércoles, 31 de agosto de 2016

VATHEK (1786), DE WILLAM BECKFORD. LA TENTACIÓN Y EL HORROR.

Leyendo el Vathek de William Beckford mi mente no puede dejar de evocar esas magistrales historias de corte oriental que dejó unos años antes el gran Voltaire. Ambos cuentan con cierta ambición moral, aunque a Beckford parece que le gusta decantarse más hacia lo macabro. La historia de Vathek remite también a otro mito literario: Fausto. El protagonista de esta novela es presentado como un gobernante despótico que se vuelve sádico e insensible cuando vislumbra la posibilidad de alcanzar el poder absouto. Vathek ha tenido una vida acostumbrada a los más variados placeres sensuales - de hecho ha hecho construir varios palacios dedicados al goce de los mismos - pero su naturaleza siempre le pide más. Aburrido de su plácida existencia, las circunstancias le van a dar la oportunidad de poner a prueba su ambición de dar un paso más en su ambición hedonista.

Pero dicha prueba no va a ser fácil. La ambición absoluta puede conllevar un sufrimiento absoluto que acabe derivando en la perdición del alma propia. La tentación tiene dos caras: la de la consecución fácil de objetivos complicados y la del precio inmenso que hay que pagar por ello. Si en algo destaca la escritura de Beckford es en su cuidada estética, lo que deriva para el lector en la visión de imágenes tan claras como un cuadro de vivos colores. El escritor inglés es preciso en unas descripciones que buscan despertar el sentido de la maravilla de unos lectores que no podían ni soñar con viajar al exótico Oriente. Aunque al final la trama se alargue algo y resulte un tanto decepcionante - algo que no le sucedía a Voltaire - leer a Beckford tiene algo de delicioso, porque nos damos cuenta de que sabe desarrollar muchos conceptos que apelan a nuestro subconsciente (la posibilidad de la perdición absoluta) y por lo tanto a nuestros peores temores, personalizados en ese viejo horrible, a la vez aciago y tentador.

Pero las sabias e irónicas palabras de Jorge Luis Borges, magistral prologuista del libro son las que mejor resumen su esencia, mezclando vida y literatura:

"Sólo tres días y dos noches del invierno de 1782 requirió William Beckford para redactar la trágica historia del califa. Lo hizo en francés. Según un dato registrado por mi compatriota, el crítico y poeta Enrique Luis Revol, Vathek fue el libro de cabecera de Byron. Beckford encarnó un tipo suficientemente trivial de playboy millonario, gran señor, viajero, bibliófilo, libertino y constructor de palacios. Levantó una azarosa mansión en Fonthill; de la cual, quizá afortunadamente para el buen gusto, no queda piedra sobre piedra."

lunes, 3 de marzo de 2014

LA RELIGIOSA (1760), DE DENIS DIDEROT. INTERIOR DE UN CONVENTO.

Nunca podremos agradecer lo suficiente a los ilustrados franceses del siglo de las luces su lucha constante contra el oscurantismo religioso, en una época en la que todavía era peligroso atacar a la iglesia católica. Voltaire, Rosseau, Diderot o D´Alembert son ejemplos de una confianza total en el espíritu humano, en la cultura y la ciencia como medio de mejorar a la humanidad, desterrando para siempre a la superstición. La mejora de nuestras condiciones de vida, los derechos humanos que ahora podemos invocar sin temor a ser encarcelados, son hijas de esta época. 

El origen de La religiosa es cuanto menos curioso. Diderot tuvo noticia del proceso al que se había sometido a una monja que pretendía renunciar a sus votos. El marqués de Croixmare también se interesó por el caso, intentando ayudar a la muchacha, circunstancia que fue aprovechada por Diderot para gastarle una broma, escribiendole una carta haciéndose pasar por la religiosa, solicitando su favor. Al final la misiva dio pie a que el escritor francés concibiera un relato, en el que el personaje principal, Susanne Simonin, era una religiosa que había sido ingresada en un convento en contra de su voluntad, por ser hija bastarda de una familia que no contaba con medios para otorgarle una dote.

La estancia de Susanne en el convento, esa ciudad de Dios regida por normas demasiado humanas,  será un auténtico suplicio: privada de su libertad y sometida a los caprichos dictatoriales de su superiora, la religiosa va a conocer los sinsabores de la vida conventual, una sociedad aparte con reglas propias. Encerrada tras los muros del convento, Susanne va a intentar alcanzar su libertad por medios judiciales, algo auténticamente complicado en una época en la que todavía se confundían derecho y religión. Al menos sí que consigue que la trasladen a otro convento. Esta vez el pecado de la superiora es una lujuria que se traduce en un deseo incontenible por Susanne, que intenta disfrazar de fraternidad. 

La religiosa no funciona tan solo como una crónica íntima de la tragedia de su protagonista, sino también como la denuncia de una institución religiosa que enterraba a jóvenes en la flor de la vida tras los fríos muros de los conventos. Como en toda sociedad, las religiosas no eran ajenas a los conflictos internos, en los que acababan sucumbiendo las más débiles o, paradójicamente, las más creyentes, las que querían sobrevivir tan solo a base de amor al prójimo. Susanne sabe que en el exterior no le espera nada bueno, ya que, si logra liberarse, carecerá de medios económicos y quizá acabe siendo una perdida, aunque ella prefiera morir de hambre antes que llegar a eso. Lo que tiene claro es que quiere su libertad, que la vida religiosa no es para ella, aun cuando atesore un carácter mucho más virtuoso que la mayoría de sus compañeras. Así lo manifiesta continuamente en este largo monólogo, el grito desesperado de un alma encerrada:   

"¿Todas las oraciones rutinarias que allí se hacen, valen acaso lo que una limosna que la conmiseración da a un pobre? Dios, que creó sociable al hombre, ¿aprueba que se le encierre? Dios, que lo creó tan inconsciente y frágil, ¿puede autorizar la inseguridad de sus votos? Estos votos, contrarios a la inclinación general de la naturaleza, ¿pueden nunca ser cumplidamente observados, excepto por algunas criaturas mal constituidas en las que los gérmenes de las pasiones están marchitos, y que con razón serían consideradas como monstruos si nuestras luces nos permitieran conocer tan fácilmente y tan bien la estructura interior del hombre como su forma exterior? (...) Hacer voto de pobreza es comprometerse mediante juramento a ser perezoso y ladrón; hacer voto de castidad equivale a prometer a Dios la infracción constante de la más sabia y más importante de sus leyes; hacer voto de obediencia es renunciar a la prerrogativa inalienable del hombre: la libertad. Si uno observa estos votos es un criminal; si no los observa, perjuro. La vida claustral es propia de un fanático o de un hipócrita."

jueves, 14 de julio de 2011

MANON LESCAUT (1731), DEL ABATE PRÉVOST. AMOR DE PERDICIÓN.


Si en el anterior artículo hablábamos de una relación amorosa pura, que surge de una conversación y que reafirma en su carácter noble al protagonista, aquí comentamos otro tipo de amor, un amor apasionado y tormentoso, con momentos de plenitud y momentos de hundimiento. Para el protagonista, pese a pasar de noble a pícaro, la experiencia merece la pena. Aquí el artículo:

La vida de Antoine François Prévost (1697-1763), más conocido como Abate Prévost, está llena de puntos oscuros debido a la inexistencia de suficientes documentos de la época. En algunos puntos recuerda a la del protagonista y narrador de esta novela, el caballero Des Grieux. Siendo un adolescente entró en el convento jesuita de Hesdin, pero se fugó para alistarse en el ejército, acción que repetiría unos pocos años más tarde, esta vez abandonando el convento de La Flèche. A pesar de ello, años después, retomaría la carrera eclesiástica para ser nombrado sacerdote y ejercer de predicador.

Parece ser, como prueban las circunstancias, que su ejercicio religioso no fue fruto de una auténtica vocación, sino un intento de encauzar su existencia, cuyas rigideces fueron incompatibles en un espíritu libre como el suyo. En 1730 tuvo lugar el episodio que con toda probabilidad le inspiró la escritura de la "Historia del caballero Des Grieux y de Manon Lescaut", cuando conoció en Holanda a una mujer caprichosa y dominadora conocida simplemente como Lenki, que le acabó provocando la ruina, teniendo que partir a Inglaterra huyendo de sus acreedores. Más tarde, como si de una existencia circular se tratara, Prévost retomó la carrera eclesiástica para volver poco después a los brazos de su amada Lenki, aunque murió siendo prior de Saint-Georges-de Gesnes. Su epitafio podría ser una frase de su autoría:

"Amor: un juego en el cual hay dos que pierden, el hombre y la mujer, y uno sólo que gana: la especie."

Los últimos años del reinado de Luis XIV habían sido una época austera y casi puritana en Francia. A su muerte, en 1715, siguió una época (la Regencia de Felipe de Orleans), de costumbres mucho más relajadas, donde París se convirtió en la capital del juego y la prostitución. La institución matrimonial no parece ya tan sagrada y nobles y burgueses exhiben orgullosos a sus amantes. Este ambiente fue el germen de "Manon Lescaut", publicada por primera vez en 1731, una narración que describe a la perfección el ambiente de la época.

La novela del Abate Prévost es ante todo la historia de una pasión tan ardiente como devoradora. En realidad "Manon Lescault" no es una novela independiente, sino que forma parte de un ciclo mucho más amplio, el de su autobiografía, publicada bajo el título de "Memorias de un hombre de calidad". La publicación de una novela que aludía tan explícitamente al demonio del sexo causó un gran escándalo cuando fue editada en 1733 en París. El secuestro de la edición después de ser oficialmente condenada, no hizo sino acrecentar su fama.

El relato parte de un procedimiento típicamente literario: el Abate Prévost refiere una historia que le contaron a él y así da voz al caballero Des Grieux, el verdadero narrador de sus propias desventuras. Des Grieux es un joven muy estudioso, proveniente de una buena familia, cuyo porvenir parece ser muy brillante, hasta que en su camino se cruza la bella Manon Lescaut. El amor entre los dos jóvenes surge desde el primer instante y se fugan. Ella es una joven un tanto alocada, a la que incluso no le importa galantear con otros hombres para conseguir dinero, que toma el amor como un juego muy divertido.

A partir de ese momento la vida de Des Grieux cambia por completo: las circunstancias hacen que de noble e inocente se transmute en pícaro y realice acciones que en el pasado hubiera considerado innobles: robar, estafar, darse al juego e incluso matar, todo en pos de su amor, un sentimiento que le aparta de su familia, de su destino, de las seguridades de su vida anterior a cambio de una existencia llena de inseguridades y sobresaltos, pero que le aporta algo que considera mucho más importante, tal y como razona con su amigo Tiberge:

"Seguramente me contestarán aún que se encuentran muchas penas en el ejercicio del bien, pero que no son infalibles ni necesarias; que ya no existen tiranos ni cruces y que se encuentran muchas personas virtuosas llevando una vida apacible y tranquila. Te contestaré asimismo que también hay amores apacibles y afortunados y, lo que establece una diferencia más a favor mío, añadiré que el amor, aun cuando nos engaña con frecuencia, a lo menos produce satisfacciones y alegrías, en tanto que la religión pretende que las gentes se atengan a prácticas tristes y mortificantes.
(...) Afirma, si quieres, que las delicias del amor son pasajeras, que están prohibidas, que serán castigadas con penas eternas, y, lo que aún me impresionará más, que cuanto más bellas y dulces sean, con mayor magnificiencia recompensará el cielo un sacrificio tan grande; pero confiesa que con corazones tales como los que tenemos, las de aquí abajo constituyen nuestra felicidad más completa." 

"Manon Lescaut" es una novela que ha apasionado a escritores de generaciones diferentes como Alejandro Dumas (hijo), Anatole France, Guy de Maupassant o André Gide por su estilo sencillo, narrativamente impecable. Además, es un relato en el que podemos encontrar reminiscencias de géneros como la novela picaresca, por cuanto los amantes sobreviven en muchas ocasiones gracias a su ingenio y la novela bizantina, pues el amor de Manon y Des Grieux, amor no aceptado socialmente, ha de superar graves pruebas para poder consolidarse.

Pese a la amargura que subyace en el relato debido a las penalidades a las que han de enfrentar los amantes, al final, tal y como escribe Prévost, "el amor es más fuerte que la abundancia, más fuerte que los tesoros y las riquezas". Seguramente, si le preguntasen a Des Grieux, contestaría que volvería a vivirlo todo tal y como fue, porque llevó en esos años su existencia a la plenitud.

viernes, 27 de mayo de 2011

DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE (1722), DE DANIEL DEFOE. UNA PLAGA BÍBLICA.


Daniel Defoe, el célebre autor de "Robinson Crusoe" vivió la peste de Londres de 1665 a la edad de cuatro años. Puede que le quedara algún recuerdo, pero su crónica es tan verosímil porque seguramente recopiló muchos testimonios de aquellos terribles días. La lectura de este libro estremece, porque es como si una voz nos hablara desde un pasado que tiene mucho de apocalíptico: no hay que olvidar que el año siguiente, 1666, fue el del gran incendio de Londres. Aquí el artículo:

La vida de Daniel Defoe (1660-1731) suele ser desconocida más allá de que fue el autor de "Robinson Crusoe", que es, por cierto, una novela absolutamente moderna para la época en que fue escrita. Nacido en Londres, durante su juventud, Defoe fue un ambicioso hombre de negocios al que ahogaban continuamente los acreedores. Llegó a pasar temporadas en prisión por esta causa. Posteriormente estará muy vinculado a la revolución de 1688, que estableció definitivamente el sistema parlamentario en Inglaterra. Enredado continuamente en las intrigas políticas de la época, llegó incluso a pasar tres días en la picota, lo que provocó que publicara su "Himno a la picota".
Su célebre "Robinson Crusoe" es una de estas novelas que, como en el caso de "Viajes de Gulliver", de Jonathan Swift, "La isla del tesoro", de Robert Louis Stevenson o "Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, popularmente se estima que fueron escritas exclusivamente para un público juvenil, cuando en realidad se trata de libros universales, tan magistrales que son capaces de dialogar con distintas generaciones de lectores, a las que siempre tienen algo nuevo que transmitir.

Aunque escrito en forma autobiográfica por una persona adulta, el "Diario del año de la peste" describe la plaga que asoló la ciudad de Londres entre 1664 y 1665, por lo que cuando estos hechos sucedieron Defoe tendría unos cuatro años. Pocos recuerdos podían quedarle de aquellos días, así que debemos considerar este libro como un reportaje de ficción, si bien muy verosímil y muy bien documentado.

Conocida desde la Edad Antigua, la peste es una enfermedad contagiosa que ha quedado en la memoria colectiva de la humanidad como la más terrible de las plagas. Hoy en día se conoce que el mal está provocado por una bacteria transmitida principalmente por una pulga que suele estar presente en las ratas y demás roedores. El hacinamiento y la suciedad de las ciudades de siglos atrás facilitaban la expansión de la enfermedad. No existía remedio alguno para la misma, más allá de la oración. Quien podía huía de las ciudades contaminadas, quien no, se encerraba en su casa, esperando que el brote pasase lo antes posible.

Según cuenta Defoe, la llegada de la peste en Londres vino precedida por algunos signos: la aparición de un par de cometas que hacían un "ruido estrepitoso, feroz y terrible, aunque distante" y la multiplicación de charlatanes y profetas que presagiaban la destrucción de la ciudad como un castigo divino. La gente llegó a encontrarse tan sugestionada que creía en todo tipo de prodigios y supersticiones: veía apariciones en el cielo o fantasmas en los cementerios, anunciando una epidemia que comenzaba a cobrarse sus primeras víctimas.

Al protagonista de esta narración los primeros brotes de la plaga le provocan un mar de dudas. ¿Debe huir de la ciudad o quedarse y atender sus negocios? Al final decide permanecer en su casa y se convierte en un cronista veraz de esos días de terror y tristeza, cuando parecía que nadie iba a librarse de sufrir la más terrible de las muertes.

El aspecto de Londres va volviéndose cada día más desolado: la gente se encierra en sus casas y escucha los terribles lamentos de los contagiados. Los carros que recogen a los muertos recorren los barrios y arrojan cientos de cadáveres cada día en fosas comunes. Las casas contaminadas se señalan con cruces rojas y son sometidas a vigilancia para que sus moradores no salgan al exterior, por orden de los magistrados de la ciudad. Esta vigilancia es burlada en más de una ocasión, ya sea mediante alguna estratagema para engañar al guardián, ya mediante soborno. De esta manera, los infectados recorren las calles o los campos, propagando la enfermedad en un círculo que no parece tener fin.

Cierto es que la enfermedad se ensañó más en unos barrios que en otros, sobre todo en los más pobres. También algunos aprovecharon la desgracia para hacer negocios, como Samuel Pepys, que se enriqueció y pudo anotar en su famoso diario a finales de año: "Nunca he vivido tan dichosamente (y, además, jamás gané tanto dinero) como en esta época de peste."

La medicina de la época estimaba que el contagio se producía a través de ciertos vapores o hálitos, llamados efluvios por los médicos, que emanaban de la respiración o las terribles llagas de los que se encontraban enfermos. La persona sana que respiraba estos efluvios caía enferma, por lo que trataba de aislarse a los apestados en lo posible. De lo que no cabe duda es de los sufrimientos que tenía que afrontar quien era contagiado. Defoe no ahorra veracidad ni dramatismo en sus descripciones:

"Las cosas aterradoras que veía al salir a la calle habían llenado de espanto mi espíritu, por miedo a contraer la enfermedad, que era, por cierto, horrible en sí misma y más horrible en algunos que en otros. Los bubones que generalmente se localizaban en el cuello o en la ingle se hacían, al endurecerse y cuando no se abrían, tan dolorosos como la tortura más refinada. Algunos desventurados, incapaces de soportar el tormento, se arrojaban desde lo alto de los balcones, o se pegaban un tiro, o se destruían por cualquier otro medio; casos como estos vi muchos."

Una de las experiencias más interesantes de la lectura de "Diario del año de la peste" es constatar las relaciones entre ciencia y religión en aquella época. Aunque eran los médicos los que visitaban a los enfermos, con pobres resultados, dados los conocimientos de la época, la plaga era comúnmente interpretada como un castigo divino. Aún así, la gente reforzaba su fe ante tan terrible prueba y llenaba las iglesias, a pesar del alto riesgo de contagio.

Cuando la enfermedad empezó a remitir, con la bajada de temperaturas, se interpretó como una merced divina. El mismo Dios que castigaba y lanzaba miseria sobre sus fieles, al final se apiadaba de los mismos y los perdonaba. Para el narrador el fin de la plaga es una especie de milagro:

"No era el efecto de una medicina recientemente hallada, ni el descubrimiento de una nueva cura, ni el resultado de una experiencia operatoria obtenida por los médicos. Era, evidentemente, el efecto de la Mano Invisible de Aquel que trabaja en secreto y que primeramente había desencadenado la enfermedad sobre nosotros como un juicio. Que los ateos consideren mis asertos como mejor les parezca, no soy un iluminado, y en este momento todo el mundo lo reconoció. El mal había perdido su fuerza: su malignidad se había agotado. Que esto provenga de donde quiera, que los filósofos procuren explicarlo con razones naturales y trabajasen cuando deseen por disminuir la deuda que han contraído con el Creador, el hecho es que los médicos, que no tienen el menor rasgo de espíritu religioso, se vieron obligados a admitir que era algo sobrenatural y extraordinario que no se podía explicar."

Las desgracias no terminaron para la ciudad inglesa con el fin de la peste. Al año siguiente se produjo un gran incendio que devoró buena parte de la ciudad. ¿Se arrepintió Dios de su misericoridia? Lo cierto es que los londinenses supieron superar ambas calamidades y resurgieron de ambas construyendo una ciudad más moderna, el Londres que puede visitarse hoy.