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lunes, 1 de octubre de 2018

EL PORVENIR DE UNA ILUSIÓN (1927), DE SIGMUND FREUD. UNA NEUROSIS INFANTIL.

A principios del siglo XX, en occidente, la fe religiosa era un concepto en franco retroceso, al menos entre las capas más ilustradas de la sociedad. La ciencia iba desentrañando muchos de los secretos del mundo y descubría que buena parte de ellos estaban en franca contradicción con lo que contaba la Biblia. Todavía había gente que se resistía a creer en los postulados de Darwin y preferían seguir manteniendo su fe en la verdad literal del Génesis, por mucho que la razón probara lo contrario. Así pues, no es raro que Freud califique a la religión como una ilusión, destinada a mantener esperanzas en una vida mejor y en una justicia divina que no es posible en este mundo. Cuando uno es niño, se siente protegido por los padres, pero cuando crece, descubre que la existencia es mucho más peligrosa de lo sospechado, por lo que los hombres inventaron la protección de padres de poder omnipotente. Si se los venera, vendrán recompensas en este mundo y el que existe después de la muerte:

"La civilización toma también a su cargo esta función defensora y la cumple por todos y para todos en igual forma, dándose el hecho singular de que casi todas las civilizaciones proceden aquí del mismo modo. No detiene en este punto su labor de defender al hombre contra la Naturaleza, sino que la continúa con otros medios. Esta función toma ahora un doble aspecto: el hombre, gravemente amenazado, demanda consuelo, pide que el mundo y la vida queden libres de espantos; pero, al mismo tiempo, su ansia de saber, impulsada, desde luego, por decisivos intereses prácticos, exige una respuesta."

Desde luego, renunciar a creencias que han sido inculcadas desde la más tierna infancia constituye un ejercicio de singular dureza. Por mucho que la razón insista en dirigir el pensamiento hacia el ateísmo o el agnosticismo, siempre quedará una reminiscencia conformada por una mezcla de ilusión antigua y miedo y que además representa un anhelo íntimo de todo ser humano que no quiere deshacerse de la esperanza de que todo tenga un sentido final. Para Freud, dejar atrás las creencias religiosas es traumático, pero nos hace madurar, superar la neurosis infantil que durante siglos ha lastrado el progreso de la humanidad, aunque también le haya proporcionado ciertos beneficios, relacionados con la moral de las masas. En cualquier caso, como bien pudo comprobar el pensador vienés en la Primera Guerra Mundial, el mandamiento de "No matarás", jamás ha impedido al Estado reclutar a millones de soldados y lanzarlos a la matanza en nombre de Dios y la civilización.

Después está el problema de las consecuencias, de si la moral pública puede verse afectada por una renuncia en masa de los preceptos religiosos. Como hemos podido comprobar en las últimas décadas, el progreso humano no se ve afectado por las renuncias religiosas, sino que sucede justamente lo contrario. Como no podía ser de otra manera, las últimas palabras del ensayo están dedicadas al poder de la ciencia, una creación humana, al igual que la religión pero que, al contrario que esta última, ha demostrado sobradamente que es factor fundamental para el desarrollo del bienestar de la humanidad:

"La civilización toma también a su cargo esta función defensora y la cumple por todos y para todos en igual forma, dándose el hecho singular de que casi todas las civilizaciones proceden aquí del mismo modo. No detiene en este punto su labor de defender al hombre contra la Naturaleza, sino que la continúa con otros medios. Esta función toma ahora un doble aspecto: el hombre, gravemente amenazado, demanda consuelo, pide que el mundo y la vida queden libres de espantos; pero, al mismo tiempo, su ansia de saber, impulsada, desde luego, por decisivos intereses prácticos, exige una respuesta."

domingo, 8 de julio de 2012

FREUD, PASIÓN SECRETA (1962), DE JOHN HUSTON. UN MÉTODO PELIGROSO.


Para que la ciencia avance, para que abra nuevos e insospechados caminos, tienen que darse ciertas circunstancias. La primera y más importante es que los gobernantes fomenten, o al menos no obstaculicen, el progreso científico. Cuando las supersticiones religiosas invaden la existencia, esto no es posible. Muchos innovadores que se atrevieron a pensar de manera independiente acabaron en la hoguera. Afortunadamente, este no fue el caso de Freud. Sus teorías podían provocar el escándalo o aún la risa de sus colegas, pero nunca se le impidió seguir con sus investigaciones. Como bien cuenta Stefan Zweig, la Viena anterior a la Primera Guerra Mundial fue un paraíso para las artes y la ciencia. Los tambores de guerra llevaron de nuevo la irracionalidad a centroeuropa. El periodo de entreguerras fue un espejismo, puesto que el antisemitismo y la conquista nazi acabaron con todo atisbo de la Viena esplendorosa de finales del XIX.


El comienzo de la película ya nos predispone hacia un determinado estado de ánimo: los descubrimientos científicos no siempre son complacientes con el orgullo del ser humano. Copérnico estableció que la Tierra no era el centro del universo, Darwin probó que el ser humano no era más que un animal evolucionado y Freud concluyó que el hombre ni siquiera era dueño de la totalidad de sus procesos mentales, un descubrimiento éste que, a pesar de haberse realizado en un clima cultural favorable. Aquí Freud es todavía un joven e inseguro médico que, fascinado por los métodos de hipnosis practicados en Francia por Charcot, comienza a investigar la neurosis, la enfermedad maldita que en la Edad Media se había asociado a la brujería y en aquellos años se estimaba propia de farsantes. Su investigación le va a ir ofreciendo resultados tan sorprendentes como inquientantes: la vida del ser humano no termina en sus pensamientos conscientes, sino que existen experiencias reprimidas, en muchos casos traumáticas, que hay que dejar aflorar para permitir la curación del paciente. El hecho de que casi todas ellas, según concluyó Freud, tengan que ver con la sexualidad, causó un gran escándalo en la comunidad científica, en una época en la que, pese a los avances sociales, el sexo seguía siendo un tema tabú.


Montgomery Clift da vida a un Sigmund Freud genial, curioso y atormentado , porque en el curso de sus investigaciones descubre que él mismo es víctima de experiencias reprimidas. Las imágenes de sus sueños aportan ese halo de misterio e incluso de terror que podemos atisbar cuando intentamos mirar con cierta profundidad al interior de nosotros mismos. A partir de aquí el ser humano tiene que enfrentar una nueva realidad: no somos lo que creemos ser, existen impulsos naturales que deben reprimirse para lograr una vida social razonable. Muchos de los descubrimientos de Freud se han visto superados posteriormente por otros investigadores, pero es indudable que la importancia del médico vienés como explorador de una demarcación del ser humano tan fascinante como perturbadora, le hace merecedor  de un puesto de honor en la historia de la ciencia, con el mérito añadido de que sus escritos constituyen una experiencia, tanto literaria como científica, de primer orden.