miércoles, 11 de julio de 2018

LA EDAD DE LA PENUMBRA (2017), DE CATHERINE NIXEY. CÓMO EL CRISTIANISMO DESTRUYÓ EL MUNDO CLÁSICO.

Las imágenes de hace un par de años, de soldados del Estado islámico destruyendo los valiosos restos de Palmira estremecieron al mundo entero y fueron calificadas de manera unánime como un acto de barbarie, contra la cultura y la civilización. En aquella ocasión, pocos comentaristas se acordaron de que, dieciseis siglos antes, los primeros cristianos que consigueron hacerse con el poder temporal, emprendieron una campaña igualmente brutal contra los símbolos paganos, contra los templos, contra las estatuas y contra los escritos de una cultura que había durado mil años. La historia oficial del cristianismo siempre ha enseñado que dicha transición fue un proceso esencialmente pacífico y que la mayor parte de la gente aceptó con entusiasmo la llegada de la nueva religión. Catherine Nixey, consciente de que la historia la escriben los vencedores, intenta acercarse en esta obra memorable a la verdad de aquellos hechos tan remotos y nos muestra un auténtico genocidio cultural que fue silenciado durante siglos. La victoria final del cristianismo fue total, pero lo fue a costa de la completa aniquilación y humillación de la religión y las costumbres de los habitantes del Imperio romano.

Entre otras cosas, Nixey revela que la tan cacareada persecución contra los cristianos no fue tan intensa ni tan terrible como comúnmente se cree. Es posible que sus víctimas fueran cientos, en vez de miles. Si una organización con tanto poder como el Imperio romano hubiera querido exterminar una religión de su seno, sin duda habría tenido éxito. Las campañas de represión contra los cristianos fueron pocas y esporádicas. Lo normal fue una especie de tolerancia vigilante, hasta que, poco a poco, el cristianismo fue logrando un número cada vez mayor de adeptos, seducidos por la promesa de una vida eterna, una oferta sin competencia en el mercado religioso romano. Muchos intelectuales del Imperio se mofaban de la nueva religión. Han llegado hasta nosotros textos enormemente críticos, como el de Celso y se han perdido otros, como los quince volúmenes que dedicó Porfirio a rebatir la fe en Cristo. Un hito importantísimo en esta historia se produjo en el año 313, cuando el Edicto de Milán, promulgado por un recién convertido emperador Constantino decretó una tolerancia a todas las religiones que terminaría allanando el camino al cristianismo hacia el poder absoluto sobre los cuerpos y sobre las almas.

Bien pronto la autodenominada religión del amor empezó a utilizar tácticas de intimidación e incluso de violencia contra los que no eran sus acólitos. Para san Agustín, impedir pecar a un pecador no era crueldad, sino bondad, por lo que podían usarse para ese fin todos los medios que se consideraran necesarios. Acostumbrados a la aceptación de dioses extranjeros en su propio panteón, muchos romanos miraban asombrados y preocupados cómo los seguidores de Cristo predicaban la intolerancia frente al resto de creencias y se burlaban de los cultos paganos, considerando que eran obra del demonio. Ya en el siglo IV, voces como la de Quinto Aurelio Símaco seguían implorando que se siguiera un camino de tolerancia religiosa, mientras los viejos cultos romanos se desmoronaban frente al rodillo cristiano:

"Por eso os rogamos que haya paz para los dioses patrios (...). Es razonable considerar único lo que todos honran. Contemplamos los mismos astros, el cielo es común a todos, nos rodea el mismo mundo. ¿Qué importancia tiene con qué doctrina indague cada uno la verdad?"

El genocidio cultural fue impresionante: uno tras otros los templos de los dioses tradicionales romanos fueron atacados y destruidos con saña. Quienes se oponían, eran asesinados. Las estatuas (algunas, obras maestras de la escultura), eran decapitadas y mutiladas, para hacer salir de ellas los presuntos demonios que moraban dentro. Se produjo también una campaña implacable contra la cultura escrita: tan solo el diez por ciento de la literatura romana ha llegado a nuestros días, a consecuencia de ésta. Los monjes no tenían reparo en tomar piedras pómez y raspar los antiguos manuscritos para escribir sobre ellos obras de doctrina de la Iglesia. La prohibición de libros por parte de la Iglesia es una antigua tradición que se remonta a casi nuestros días. 

La puntilla al paganismo la puso la infame Ley 1.11.10.2, dictada por Justiano en el siglo VI, que prohibió cualquier enseñanza que no se ajustase a la doctrina cristiana y prácticamente instó a toda la población que no lo hubiera hecho ya, a convertirse. Así también se acabó con los últimos filósofos que enseñaban en la Academia de Atenas. Su último director, Damascio, que ya había tenido que abandonar Alejandría algunas décadas antes, debido a la violencia religiosa, se exilió de Atenas, cerrando para siempre el espacio que había sido símbolo del conocimiento durante tantos siglos. Un velo de oscuridad e intolerancia cayó entonces sobre un mundo que se volvió mucho más ignorante. La doctrina cristiana daba sus últimos pasos para convertirse en una religión totalitaria que regulaba todos los aspectos de la vida de la gente a través del miedo: miedo a la autoridad y miedo a un Dios todopoderoso que vigilaba a los hombres hasta en sus pensamientos más íntimos:

"Una clase muy particular de miedo empezó a aparecer. Como ha señalado Peter Brown, se trata de la perpetua ansiedad de una gente que creía que no solo todos sus hechos, no solo todas sus palabras, sino además todos sus pensamientos estaban siendo observados."

La historia la escriben los vencedores. El advenimiento del cristianismo quedó como un relato heroico repleto de santos y mártires. El trabajo del historiador cristiano no era registrarlo todo, sino solo aquello que ejerciera un bien en los cristianos que lo leyeran, por lo que se aseguraron de que la visión de los vencidos quedara borrada. Un libro como La edad de la penumbra, riguroso, divulgativo y admirablemente escrito, ayuda a recuperar la verdad de aquel proceso y nos hace escuchar la voz de unas víctimas perdida en el devenir de los siglos. 

martes, 10 de julio de 2018

EN DEFENSA DE LA ILUSTRACIÓN (2018), DE STEVEN PINKER. POR LA RAZÓN, LA CIENCIA, EL HUMANISMO Y EL PROGRESO.

Cuando alguien, en un debate, comenta que el mundo nunca ha estado peor que en nuestros días, suelo preguntarle que en qué época le parece que el mundo ha estado mejor que ahora. Normalmente, la respuesta no es fácil. El último libro de Steven Pinker es un magnífico ensayo dedicado a difundir el optimismo acerca de nuestra situación: el mundo nunca ha estado mejor, quiere decirnos y aquí tenéis las cifras que lo demuestran.

Por supuesto que esta evolución virtuosa e histórica no ha sido fácil. Pinker sitúa su comienzo a mitad del siglo XVIII, con el precedente de la revolución científica que empezó a operar en la centuria anterior. La idea, que en la actualidad nos parece tan sencilla, es la de combatir la superstición a base de racionalidad y ciencia. A través del método científico todo puede ser comprobado y explicado y los descubrimientos que se van realizando en el camino pueden facilitar la vida del hombre y a la vez hacerlo más feliz. Por supuesto que éste no ha sido un camino de rosas. Las fuerzas del oscurantismo han puesto todas las piedras posibles en el camino y han estado a punto de lograr la victoria en momentos puntuales, como la Segunda Guerra Mundial. Pero, desde entonces, occidente ha aprendido que los conflictos deben resolverse a base de diplomacia y diálogo y los conflictos bélicos no han hecho más que disminuir, mientras la pobreza global hacía otro tanto.

Es muy posible que para muchos sea insólito leer que el mundo está cada vez mejor, sobre todo después de ver un telediario o leer un periódico. Es bien sabido que las noticias negativas se venden mucho mejor que las positivas. Estamos mucho mejor informados acerca de zonas de conflicto, como Siria, que de países que están saliendo a pasos agigantados de la pobreza. Además, las buenas noticias no suelen suceder en un día ni son tan espectaculares visualmente como un atentado terrorista. Que se erradique una enfermedad que hace décadas mataba a millones de personas, por ejemplo, no puede competir en los medios con las imágenes de una furgoneta que ha embestido a una multitud y ha matado a catorce. 

Para Pinker, la defensa de la Ilustración el progreso implican también la defensa del capitalismo. No de un capitalismo sin reglas, sino de unos mercados regulados con unas reglas de juego claras y que se basen en la igualdad de oportunidades entre los distintos actores, así como de una política social fuerte con la que los Estados sean capaces de ayudar a quienes fracasen o queden atrás. Las cifras y los gráficos que muestra el autor de La tabla rasa, son muy elocuentes: en las últimas décadas los índices de bienestar a nivel mundial no han dejado de aumentar. Los países ricos han gozado de un crecimiento sostenido (con parones acusados, como la reciente gran recesión) y cada vez más gente es capaz de salir del pozo de la pobreza severa (más de cien mil personas cada día, según los últimos estudios). Cualquier hogar de occidente, incluso los más pobres, cuentan con televisión, ordenador y móvil, aparatos capaces de acceder a toda la cultura escrita del mundo. La esperanza de vida es cada vez más alta y la calidad de la misma, también. Y los niveles de alfabetización y escolarización a nivel mundial son mejores que nunca. Esta historia de éxito puede resumirse en una frase:

"El resultado estadístico corrobora una idea clave de la Ilustración: el conocimiento y las instituciones sólidas conducen al progreso moral." 

Evidentemente, Pinker sabe que hay acontecimientos imprevisibles que pueden hacernos retroceder: un atentado terrorista como el del 11 de septiembre, la elección de Donald Trump, el Brexit... Pero estos son hechos puntuales cuya influencia en las cifras de progreso no son tan importantes como pueden serlo en la apreciación del público general. Estamos en una época en la que viejos fantasmas, como el nacionalismo y el populismo vuelven a correr por sus anchas. En una entrevista concedida a El País Semanal, Pinker aborda esta realidad:

"Para vencer al populismo se debe además reconocer el valor del progreso. Hay un hábito muy extendido entre intelectuales y periodistas que consiste en destacar solo lo negativo, en describir el mundo como si estuviera siempre al borde de una catástrofe. Es la mentalidad del default. Trump explotó esa forma de pensar y no encontró resistencia suficiente en la izquierda, porque una parte estaba de acuerdo. Pero lo cierto es que muchas instituciones, aunque imperfectas, resuelven problemas. Pueden evitar guerras y reducir la pobreza extrema. Y eso debe formar parte del entendimiento convencional de cada uno."

Las noticias negativas nunca van a parar su goteo. Siempre hay historias de desgracias, agresiones y accidentes que contar y que pueden producir un alarmismo irracional en la sociedad, cuando lo cierto es que la cifra global de delitos está en descenso. Los profetas del desastre, que tanto han proliferado en las últimas décadas (los que hablaban de lo inevitable de una guerra nuclear, de la bomba demográfica o del desastre medioambiental), han ido fallando en sus previsiones, lo cual no signfica que no haya que estar alerta respecto a las múltiples amenazas que siguen y seguirán acechando a la humanidad. Lo mejor que podemos hacer es informarnos de lo positivo, no solo de lo negativo (y lo positivo es que hoy contamos con más medios que nunca para hacerlo) y seguir ahondando en la fórmula que tanto nos ha hecho progresar: más ciencia y conocimiento, menos religión e irracionalidad:

"Por la misma razón, la exhortación a que todo el mundo piense de manera más científica no ha de confundirse con la exhortación a dejar la toma de decisiones en manos de los científicos. Muchos científicos son ingenuos en lo que concierne a la política y al derecho, y maquinan ideas inviables como el gobierno mundial, las licencias obligatorias para los padres o la huida de una Tierra contaminada mediante la colonización de otros planetas. No tiene importancia, pues no estamos hablando de a qué sacerdocio habría que otorgarle el poder; estamos hablando de cómo tomar las decisiones colectivas más sabiamente."

viernes, 6 de julio de 2018

EL VIENTRE DE PARÍS (1873), DE ÉMILE ZOLA. LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO.

Para la tercera novela del ciclo Rougon-Macquart, Zola quiso retratar el ambiente en torno al recién inaugurado mercado de Les Halles, en el centro de París. Para protagonizar la novela elige a Florent, un joven idealista, que acaba de volver, con la salud quebrada, de una deportación de años en el temido territorio de la Guayana francesa, después de haber sido acusado injustamente de provocar violencia en la última insurrección de la capital. Florent es un hombre tímido, pero que no puede evitar ser absorbido por sus ideas revolucionarias, por una visión utópica de un futuro en el que todos los ciudadanos de Francia serán felices gracias a un gobierno bondadoso que destituirá al corrupto de Napoleón III.

Uno de los intereses principales de la narración de Zola es la descripción detallada de todo lo que rodea al inmenso edificio de Les Halles: los puestos, los distintos alimentos, los olores, los sótanos y, sobre todo, la gente que pulula todos los días por el barrio, sobre todo los pequeños propietarios de negocios, interesados ante todo en que se mantenga la paz social, aunque sea a través de un pequeño Estado policial, con tal de seguir obteniendo beneficios. Frente al idealismo de Florent se alzan el sentido práctico de Lisa, su cuñada, y el conformismo de su hermano. Lisa ha visto prosperar durante años su elegante charcutería y se espanta cuando descubre que su cuñado anda conspirando con los rojos, una conspiración que puede hacer saltar por los aires el orden imperante, el que ella estima que le ha hecho enriquecerse honradamente.

Los rojos, los enemigos del libre comercio, a ojos de los propietarios, conspiran en la sombra, pero no son excesivamente prudentes. Se reunen en una taberna todas las noches a organizar su futuro gobierno y el comadreo de los vecinos, junto con una serie de malentendidos, agiganta la conspiración, hasta el punto de que la policía va reuniendo un grueso expediente acerca de Florent, solo a través de delaciones. Es curioso que en la novela aparezcan algunos episodios que siguen de actualidad hoy día, como el referente a Clémence, la única mujer que se reunía con los conspiradores:

"Cuando llamaban a Rose para pagar, cada uno sacaba del bolsillo las monedas de la consumición. Charvet incluso motejaba riendo a Clémence de aristócrata, porque tomaba un grog, decía que quería humillarlo, hacerle notar que ganaba menos que ella, lo cual era cierto, y había, en el fondo de su risa, una protesta contra esa ganancia más elevada que lo rebajaba, a pesar de su teoría de la igualdad de los sexos."

Aunque tiene algo menos de interés que otras novelas del ciclo, por dedicar excesivas páginas a prolijas descripciones de todos los aspectos posibles de Les Halles, El vientre de París combina al literario un indable interés histórico, puesto que podemos asomarnos con precisión a las condiciones de vida de un determinado grupo social en una época determinada.

miércoles, 4 de julio de 2018

ARDEN LAS REDES (2017), DE JUAN SOTO IVARS. LA POSCENSURA Y EL NUEVO MUNDO VIRTUAL.

En nuestro tiempo suceden cosas inimaginables solo unos años atrás. Una muchacha se sube a un avión rumbo a Sudáfrica y pone una frase estúpida y racista en su Twitter. Es un mero chiste sin gracia, pero cuando, unas horas después baja del avión y enciende el móvil, descubre horrorizada que su estúpido comentario, que quizá había olvidado ya, se ha vuelto viral y que miles de personas la insultan en las redes sociales, como si fuera un engendro humano. Ante la presión a nivel mundial frente a un hecho en apariencia tan nimio, es despedida de su empleo. En unas horas su vida ha cambiado y se ha convertido en una apestada social, en una racista sin redención posible. No es el único caso de una tendencia que va a más: el linchamiento a través de las redes sociales.

Los primeros pasos de internet en materia de libertades públicas fueron muy esperanzadores. Se trataba de una formidable plataforma en la que todo el mundo podía expresarse y que podía terminar premiando la meritocracia, haciendo que las voces más racionales y coherentes en cada campo fueran las más visibles. Como sabemos, en gran parte no ha sido así. Las redes sociales se han convertido en un estercolero - salvo honrosas excepciones - de vanidades, envidias, insultos y moralina. Cualquiera que tenga abierta una cuenta en Twitter o Facebook sabe que se expone a ser criticado por fotos o comentarios, pero casi nadie sospecha que algún día puede ser llevado a la picota pública (a nivel nacional o incluso mundial) por los motivos más espúreos. Las redes sociales ofrecen la ventaja inmediata del anonimato a los linchadores, quienes a su vez sienten que están impartiendo justicia desde la comodidad de sus sillones. Algo muy parecido a lo que sucedía con los que eran declarados herejes por la Inquisición o por el stalinismo, ya en el siglo XX.

A veces a mí también me pasa: pincho en cualquier noticia polémica (últimamente cualquier titular que contenga la palabra machismo lo es) y apenas leo la noticia en sí: lo que más me fascina son los comentarios, más propios de una discusión de patio de vecinos que de los argumentos de seres racionales. Las personas se suelen dividir en dos bandos - que suelen ser compartimentos estancos, con todo lo que conlleva declararse de izquierdas o de derechas - y se lanzan alegremente al deguello virtual entre unos y otros. Quizá todo esto sea consecuencia de exceso de tiempo libre en algunas personas, de necesidad de desahogo emocional fácil, de un sentido de lo que es la justicia mal entendido, o como explica el autor:

"(...) a medida que las condiciones de vida de un grupo social mejoran y se disuelve la discriminación que lo envolvía, la piel de sus integrantes se vuelve más fina y el escándalo estalla con mayor facilidad."

La capacidad de ofenderse de la gente es infinita, como también lo es la capacidad de replicación de dichas ofensas. Una vez que se ha iniciado una polémica en las redes sociales, es casi imposible argumentar racionalmente acerca de la misma: lo emocional lo cubre todo y lo presuntamente ofensivo se agiganta hasta el punto de convertir a su desgraciado autor en un criminal. Ni siquiera los chistes privados susurrados entre dos personas que asisten a una conferencia están a salvo del escrutinio de los nuevos inquisidores. Este es un caso tan increíble como real:

"Hank y Alex, (...) en una conferencia sobre nuevas tecnologías cuchichearon una broma nerdi-sexual en voz baja, algo sobre "insertar un paquete de datos". Adria Richards, una chica de la fila de delante, oyó el chiste, se giró, les hizo una foto y sin mediar palabra los denunció en Twitter acusándolos de machistas. A los pocos minutos, la conferencia se interrumpió. Los organizadores habían visto el tuit de Richards. Pidieron a Hank y Alex que se marcharan. Sin embargo, el linchamiento en las redes continuó, y al día siguiente el jefe de Hank lo llamó a su despacho y lo despidió."

Para colmo de males, la enorme crisis que sufre la prensa tradicional, hace que estos medios, que hasta ahora eran conocidos por lo riguroso de sus informaciones, deban sumarse al carro de las noticias frívolas y presuntamente escandalosas si quieren sobrevivir en un entorno hostil. En tiempos de corrección política extrema, es muy difícil abordar ciertos temas en profundidad sin ser tachado de machista, racista o nazi. Estamos en un tiempo en el que se prefiere abordar los asuntos desde un lado superficial y emocional, dejando las ideas de racionalidad o proporcionalidad de lado. Al final, tanta corrección tiene sus consecuencias y mucha gente reacciona votando a individuos como Donald Trump, que se alimentan de los insultos que provocan sus continuos exabruptos. 

Lo más peligroso es que hemos llegado a un punto en el que mucha gente prefiere el juicio de la calle a una sentencia dictada por un tribunal independiente que ha actuado con todas las garantías procesales. El fantasma del populismo recorre el mundo, eligiendo a sus víctimas completamente al azar. Ni siquiera ser absolutamente prudente en sus redes sociales es completamente seguro para nadie, pues, como hemos visto, un comentario medianamente desafortunado en una conversación no virtual puede también desatar. Hay una especie de clamor por una seguridad absoluta, por un mundo sin ofensas que no se corresponde con el mundo real:

"La semejanza de los ofendidos-por-todo de las redes sociales y los viejos funcionarios de la censura estatal es estrecha en lo tocante a los estigmas. Quien clama contra un chiste o un discurso percibe a la sociedad como un colectivo infantil que debe ser protegido o, como mínimo, puesto sobre aviso. Un grupo marca públicamente a un individuo para que el público tenga precaución. Ni el humor más blanco está a salvo de la susceptibilidad, que se contagia del grupo censor a multitudes más grandes de personas, dependiedo de cuál sea el nombre del estigma."

Por supuesto, este ambiente es letal para la idea tradicional de libertad de expresión y pensamiento. La gente se vuelve mucho más cauta a la hora de expresar sus ideas, porque es mucho más cómodo subirse a la ola del pensamiento único, del apedreamiento colectivo al disidente que mantener sanas discrepancias. Nadie quiere vivir la experiencia de linchamiento de Guillermo Zapata o Nacho Vigalondo, muy bien analizadas en Arden las redes, un libro de plena actualidad y que, desgraciadamente va a seguir escribiéndose durante muchos años más.

martes, 3 de julio de 2018

MI HERMANO EL ALCALDE (2004), DE FERNANDO VALLEJO. LA PERVERSIÓN DEMOCRÁTICA.

A veces uno se asoma, a través de la literatura, a culturas hermanas, como la colombiana y se estremece al pensar en el primitivismo de ciertas formas de vida, sobre todo si nos alejamos del ámbito urbano. La narración de Vallejo transcurre entre los últimos noventa y los primeros meses del nuevo siglo y narra la experiencia de su hermano como alcalde de un pueblo colombiano del departamento de Antioquía. Un lugar que en aquella época estaba azotado por la violencia del tristemente famoso guerrillero Tirofijo y de los distintos capos de la droga, aunque el azote más evidente que deja entrever la novela es el de la ignorancia: los habitantes de Támesis utilizan la idea de democracia como una auténtica subasta en la que se elige al mejor postor, al candidato que más promesas absurdas (y personalizadas) consiga realizar.

Pero la cosa no queda ahí: el falseamiento de las elecciones y el voto de personas ya muertas son asuntos que están a la orden del día. Además, al candidato no le basta con recorrer su distrito electoral lanzando discursos: las puertas de su finca deben estar abiertas a todos, aunque dicha generosidad extrema le sitúe cerca de la bancarrota. En cualquier caso todos suponen que la llegada al cargo compensará suficientemente los gastos previos. La democracia colombiana que describe Vallejo es un pequeño infierno en el todos se niegan a pagar impuestos, pero a su vez todos quieren vivir del dinero público:

"Porque el funcionario colombiano no raja ni presta el hacha, no deja ni deja hacer. Ah, pero eso sí, cuando agarra la teta no la suelta. Es más fácil fajar una ventosa de una barriga preñada o una sanguijuela de una pierna."

Y escribe también más adelante este párrafo demoledor con el propio país:

"Colombia en sus constituciones parte de la base de que hay ciudadanos honrados que la quieren gratis. Inmenso error. Si los hay, no los conozco y si los hubo, idos son: ya los anotó el sastre en su puerta. Hoy por amor nadie gasta su tiempo en ti, Colombia. Todos van detrás de algo: un puesto público o la comisión de un contrato."

Con este panorama, es muy difícil que un cargo público sea honrado, pues con la sola candidatura al mismo, ya se le supone la pillería. Por supuesto, el mandato de Carlos, el hermano de Vallejo quiere ser diferente. Quiere hacer progresar al pueblo, quiere mejorar la educación, las comunicaciones, la tecnología y las oportunidades de todos, pero al final su recompensa es el oprobio. Mi hermano el alcalde está escrito con la ironía y la mala leche características del autor de La Virgen de los sicarios y, aunque no llega al nivel de su obra más conocida, constituye un valioso testimonio de cómo se las gasta el sistema en la Colombia profunda. Para leer, reflexionar y rezar pidiendo que jamás veamos en nuestro país tal degeneración de la idea de democracia.

lunes, 2 de julio de 2018

1968 (2018), DE RICHARD VINEN. EL AÑO EN EL QUE EL MUNDO PUDO CAMBIAR.

A comienzos de 1968, nada hacía presagiar que aquel año iba a estar tan repleto de acontecimientos singulares y que, cincuenta años después, sería recordado por muchos - de manera nostálgica e idealizada - como la última oportunidad que tuvieron las masas de cambiar el rumbo del capitalismo neoliberal. En realidad en 1968 las políticas económicas socialdemócratas vivían su momento culminante, logrando que el llamado Estado del bienestar llegara a cada vez más ciudadanos en occidente. A la vez, los gobiernos invertían en educación y la creación de centros universitarios se multiplicaba. Las nuevas generaciones, que no habían conocido los horrores de la Segunda Guerra Mundial, miraban con desconfianza a sus mayores y, dando el bienestar actual por sentado, como algo que se había conseguido sin esfuerzo, pretendieron reivindicar un cambio social radical, aunque fuera de manera confusa, un cambio más idealizado que realista. Esta división generacional se daba entre unos hijos estudiantes y unos padres obreros que, si bien en principio marcharon juntos en contra del poder establecido, pronto rompieron, por la diferencia de intereses entre ambos grupos y el pragmatismo a la hora de negociar de obreros y sindicatos.

Lo cierto es que en Francia, durante un par de semanas del mes de mayo, el país pareció estar al borde de una revolución, aunque nadie supiera definir exactamente de qué tipo. Con la misma rapidez con la que todo tipo de colectivos sociales se iban adhiriendo a las protestas, aquello se desinfló, sobre todo después de la arrolladora victoria de la derecha de De Gaulle en las elecciones de finales de junio. Todas esas protestas, todos esos enfrentamientos con adoquines contra la policía y todos esos ocurrentes eslóganes quedaron como un momento único y especial en el imaginario colectivo, aunque debajo de todo ello no existiera una organización fuerte ni unos objetivos comunes. Muchos estudiantes europeos y estadounidenses que empezaron viendo el movimiento con simpatía, como una especie de vendaval de aire fresco contra la burocracia, retrocieron espantados cuando las protestas violentas se generalizaron. Para muchos que las vivieron desde dentro, la insurrección tuvo mucho de irracional e intolerante.

El legado del 68 no es solo el de sus manifestaciones. Es evidente que produjo un enorme cambio social: educativo, sexual y político. Minorías como las feministas o los afroamericanos pudieron levantar la voz para exponer sus reivindicaciones, aunque muchos jóvenes acogieron aquellos días caóticos como una fiesta (no hay que olvidar que uno de los detonantes del conflicto era la prohibición universitaria de que los chicos visitaran los dormitorios de las chicas):

"Sexo, emoción y política estrecharon a menudo sus vínculos durante las protestas estudiantiles. Las ocupaciones de edificios universitarios eran sinónimo de juventud apiñada en espacios pequeños sin supervisión externa. En estas circunstancias, las mujeres podían sentirse intimidadas: algunas recordaron verse acosadas o incitadas a quitarse la ropa. Sin embargo, Laura Derossi - una de las mujeres que desempeñó un papel destacado en las ocupaciones de la Universidad de Turín - insistió en el hecho de que la falta de intimidad en los espacios ocupados vino acompañada de una sensación de liberación. (...) El hecho de que las mujeres habían tenido, en general, unas vidas más coartadas que los hombres significó que la "emancipación" pudiera consistir, simplemente, en hacer aquello que los hombres daban por sentado para sí mismos, como pasar una noche entera en una ocupación, decir tacos en público o apagar cigarrillos en el suelo. Las mujeres podían ver en la novedad de tales actos una experiencia intensamente emocional, y los hombres, convencidos de que su enfoque se basaba en una especie de compromiso político más intenso, a veces insinuaban que esa respuesta emocional era "irracional".

Muchas de las protestas del 68 sí que tuvieron sentido: las incesantes noticias de aquel año extraordinario sumían al ciudadano en una sensación de vértigo, como si las seguridades que sostenían su vida hasta aquel momento se resquebrajasen bajo sus pies: la guerra de Vietnam, que empezaba a abisbarse como una catastrófica derrota estadounidense, los asesinatos de Robert Kennedy y Matin Luther King, que desmoronaron la esperanza de de regeneración política y social por vías pacíficas, la primavera de Praga, que a su vez acabó con los sueños de reformar el llamado socialismo real desde dentro, así como la incipiente creación de nuevos grupos terroristas que golpearían, sobre todo en Alemania e Italia, a lo largo de los años siguientes. 

1968 sigue ejerciendo una enorme influencia en el mundo actual. Muchos de los asuntos que hoy están en la agenda prioritaria de los políticos comenzaron a ser popularizados en aquella época. Luciana Castellina los resume en un artículo publicado en la revista La maleta de Portbou de mayo de este año:

"(...) los daños del consumismo sobre la sociedad y su ambiente; la alienación en el trabajo; las enfermedades sociales; la privatización del conocimiento; la meritocracia exasperada; la reducción de la democracia..."

El ensayo de Richard Vinen constituye un meritorio resumen de todas las tendencias y acontecimientos sucedidos en el caótico 68 y la influencia que han ejercido en nuestra realidad del siglo XXI y que nos sirve también para recordar que el llamado desorden del mundo, del que tanto se habla en la actualidad, es una realidad tan vieja como el mismo ser humano.