Encontramos en este volumen una recopilación de los escritos de Émile Zola en el que toma partido por el oficial Alfred Dreyfus, un militar de alto grado que fue condenado a cadena perpetua por un caso de espionaje del que era completamente inocente. Lo verdaderamente escandaloso es las pruebas presentadas contra Dreyfus en el Consejo de guerra eran tan endebles que los responsables de la misma sabían que la sentencia era injusta desde primera hora, aunque la fundamentaran en una serie de documentos secretos - inexistentes - que no podían ser exhibidos por comprometer a la seguridad nacional. La perversa lógica que condujo a la condena de Dreyfus fue su condición de judío, por lo que fue considerado un enemigo de Francia y el mejor chivo expiatorio posible para ser exhibido a una nación a la que se le habían ido inculcando altas dosis de antisemitismo durante muchos años. Así lo denuncia Zola:
Mostrando entradas con la etiqueta emilio zola. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta emilio zola. Mostrar todas las entradas
lunes, 26 de septiembre de 2022
YO ACUSO (1901), DE ÉMILE ZOLA Y EL OFICIAL Y EL ESPÍA (2019), DE ROMAN POLANSKI. LA VERDAD EN MARCHA.
"El veneno es ese odio rabioso hacia los judíos que, cada mañana, desde hace años, se imbuye al pueblo. Hay toda una banda que se dedica a ese oficio de envenenadores, y lo más gordo es que lo hace en nombre de la moral, en nombre de Cristo, como si fuera un vengador y justiciero. ¿Y quién nos dice que ese ambiente donde se fraguaba no ha influido en el consejo de guerra? No es extraño que un judío traidor venda a su país. Aunque no encontremos ningún motivo humano que explique el crimen, aunque ese hombre sea rico, inteligente, trabajador, sin pasiones, de vida impecable, ¿no basta con que sea judío?"
Yo acuso, quizá el más famoso de los escritos de combate político es ante todo un alegato apasionado a favor de la libertad contra los abusos del Estado. Zola asume el papel de ciudadano escandalizado frente a una decisión radicalmente injusta que está haciendo sufrir a un inocente y deja libre a un culpable, porque los responsables de tal decisión necesitan ocultar su negligencia. Se trata de una figura prácticamente inédita hasta ese momento, la del intelectual que arriesga su prestigio y su libertad - Zola finalmente fue condenado a un año de prisión, aunque huyó a Inglaterra para no cumplir la sentencia - en beneficio de una causa noble. Para él Francia no se jugaba solo la libertad de Dreyfus, sino la esencia misma del Estado y para que su mensaje llegara al mayor número de personas posible no solo lo publicó en los periódicos más liberales de la época, sino también en forma de panfletos que se repartían en la vía pública, en la sagrada misión de contrarrestar la gran mentira oficial.
La película de Roman Polanski es una extraordinaria recreación del caso Dreyfus que no se centra en Émile Zola - esté aparecerá solo al final - sino en uno de sus grandes protagonistas, el coronel Georges Picquart. A priori Picquart era un héroe improbable para esta historia, un tipo que no simpatizaba en absoluto con los judíos, pero sí con el correcto funcionamiento de las instituciones, en especial del estamento militar, por lo que las escandalosas implicaciones del juicio a Dreyfus era algo que no podía tolerar, aunque su actuación pusiese en peligro su brillante carrera. Tampoco Dreyfus aparece retratado como un gran héroe, sino como un tipo corriente que es víctima de hechos extraordinarios y que lo único que busca, con gran angustia, es que alguien advierta que él es un tipo absolutamente inocente respecto a los graves hechos que se le han imputado.
El oficial y el espía es una película cuidada hasta el último detalle, con una ambientación prodigiosa en la que hasta los sonidos remiten a la Francia de finales del siglo XIX y funciona como un retrato magistral del funcionamiento de los servicios secretos del Estado, cómo estos se refugian discretamente en un edificio que huele a cloaca y manejan información sensible al antojo de su promotores. Y todo ello apelando más al intelecto del espectador que a sus emociones, una elección extraña hoy día. Una película que pasó bastante desapercibida en momento, pero que demuestra que los viejos maestros como Polanski o Ridley Scott todavía tienen la fuerza y el oficio como para trasladarnos de manera fidedigna a los hechos del pasado.
P: 9
sábado, 25 de julio de 2020
LA CONQUISTA DE PLASSANS (1874), DE ÉMILE ZOLA. EL SUEÑO FRANCÉS.
Marthe y François son primos y están casados. Tienen dos hijos sanos y una hija adolescente con mentalidad de niña. A pesar de esta adversidad entre su descendencia, constituyen un matrimonio razonablemente feliz. Se trata de dos personas que han dedicado su juventud a trabajar duro, a prosperar a través de un humilde negocio. En la madurez de su cuarentena, la familia Mouret-Rougon, puede decir modestamente que ha alcanzado el sueño francés: viven en una casa amplia con un precioso jardín y pueden dedicar muchas horas del día al ocio. Además, están integrados en la comunidad, aunque prefieren no participar demasiado de la vida social en Plassans, Marthe, porque es una persona tímida y François porque tiene una mirada demasiado irónica sobre la existencia. En cualquier caso, como ya he dicho, son felices aunque no sean del todo conscientes de ello.
La llegada de un nuevo inquilino a la planta alta de la vivienda, va a cambiarlo todo. El padre Faujas parece el vecino perfecto: llegado a Plassans junto a su madre, su principal afán parece ser pasar desapercibido y su único interés parece consistir en cumplir con sus deberes eclesiásticos y leer plácidamente su brevario encerrado en su habitación. Poco a poco, con el paso de los meses, Faujas irá mostrando su verdadero rostro. Sin actuar directamente, únicamente con su ejemplo de vida modesta y sacrificada, irá ganándose el fervor de Marthe y, junto a él, el de buena parte de la población de la villa francesa, hasta el punto de influir poderosamente en el rumbo político que va a tomar la ciudad.
Así pues, el padre Faujas va a convertirse poco a poco en una especie de genio maligno al que todos obedecen inconscientemente y que provoca la desgracia en el matrimonio que le renta la habitación, hasta el punto de acabar siendo el auténtico dueño de la propiedad y luego, de todo Plassans, o al menos de su alma:
"Su triunfo era sentarse tal como era, con su gran cuerpo mal arreglado, su rudeza, sus ropas agujereadas, en medio de una Plassans conquistada.
(...) Plassans, en efecto, tuvo que aceptarlo mal peinado. Del sacerdote flexible se desprendía una figura sombría, despótica, que doblegaba todas las voluntades. Su cara, de nuevo terrosa, tenía miradas de águila; sus gruesas manos se alzaban, llenas de amenazas y castigos. La ciudad quedó positivamente aterrorizada, al ver al amo que se había dado crecer así desmesuradamente, con los andrajos inmundos, el olor fuerte, el pelaje chamuscado de un diablo. El temor sordo de las mujeres consolidó aún más su poder. Fue cruel con sus penitentes, y ni una se atrevió a dejarlo; acudían a él con estremecimientos cuya fiebre saboreaban."
La religión aparece aquí como una terrible fuerza seductora que primero conquista voluntades y después abandona a su suerte a dichas almas cuando dejan de ser útiles. El sueño francés deviene entonces en pesadilla, al despertar los viejos fantasmas del catolicismo: Marthe, que se transforma en una beata entregada en cuerpo y alma a servir a Faujas, acabará hiriéndose a sí misma ante el desprecio que suscita en éste. François terminará ingresando en un siniestro manicomio, en una transición hacia la locura que, aunque no es descrita con detalle por Zola, contiene pasajes verdaderamente estremecedores. Aunque no sea una novela perfecta (esa fluctuación entre las intrigas políticas de la ciudad y la vida hogareña de los protagonistas no está bien equilibrada), La conquista de Plassans es una pieza maestra más de esa obra arquitectónica y literaria del siglo XIX que constituye la saga de los Rougon-Macquart.
Etiquetas:
emilio zola,
literatura,
literatura francesa,
literatura siglo XIX
viernes, 6 de julio de 2018
EL VIENTRE DE PARÍS (1873), DE ÉMILE ZOLA. LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO.
Para la tercera novela del ciclo Rougon-Macquart, Zola quiso retratar el ambiente en torno al recién inaugurado mercado de Les Halles, en el centro de París. Para protagonizar la novela elige a Florent, un joven idealista, que acaba de volver, con la salud quebrada, de una deportación de años en el temido territorio de la Guayana francesa, después de haber sido acusado injustamente de provocar violencia en la última insurrección de la capital. Florent es un hombre tímido, pero que no puede evitar ser absorbido por sus ideas revolucionarias, por una visión utópica de un futuro en el que todos los ciudadanos de Francia serán felices gracias a un gobierno bondadoso que destituirá al corrupto de Napoleón III.
Uno de los intereses principales de la narración de Zola es la descripción detallada de todo lo que rodea al inmenso edificio de Les Halles: los puestos, los distintos alimentos, los olores, los sótanos y, sobre todo, la gente que pulula todos los días por el barrio, sobre todo los pequeños propietarios de negocios, interesados ante todo en que se mantenga la paz social, aunque sea a través de un pequeño Estado policial, con tal de seguir obteniendo beneficios. Frente al idealismo de Florent se alzan el sentido práctico de Lisa, su cuñada, y el conformismo de su hermano. Lisa ha visto prosperar durante años su elegante charcutería y se espanta cuando descubre que su cuñado anda conspirando con los rojos, una conspiración que puede hacer saltar por los aires el orden imperante, el que ella estima que le ha hecho enriquecerse honradamente.
Los rojos, los enemigos del libre comercio, a ojos de los propietarios, conspiran en la sombra, pero no son excesivamente prudentes. Se reunen en una taberna todas las noches a organizar su futuro gobierno y el comadreo de los vecinos, junto con una serie de malentendidos, agiganta la conspiración, hasta el punto de que la policía va reuniendo un grueso expediente acerca de Florent, solo a través de delaciones. Es curioso que en la novela aparezcan algunos episodios que siguen de actualidad hoy día, como el referente a Clémence, la única mujer que se reunía con los conspiradores:
"Cuando llamaban a Rose para pagar, cada uno sacaba del bolsillo las monedas de la consumición. Charvet incluso motejaba riendo a Clémence de aristócrata, porque tomaba un grog, decía que quería humillarlo, hacerle notar que ganaba menos que ella, lo cual era cierto, y había, en el fondo de su risa, una protesta contra esa ganancia más elevada que lo rebajaba, a pesar de su teoría de la igualdad de los sexos."
Aunque tiene algo menos de interés que otras novelas del ciclo, por dedicar excesivas páginas a prolijas descripciones de todos los aspectos posibles de Les Halles, El vientre de París combina al literario un indable interés histórico, puesto que podemos asomarnos con precisión a las condiciones de vida de un determinado grupo social en una época determinada.
Etiquetas:
emilio zola,
literatura,
literatura francesa,
literatura siglo XIX
miércoles, 12 de abril de 2017
LA JAURÍA (1871) DE ÉMILE ZOLA. LA BURBUJA PARISINA.
La llegada al poder de Napoleón III supuso una transformación radical para la ciudad de París. La capital del Imperio debía ser transformada, arrasando sus barrios más populares para construir los amplios boulevares que son hoy la admiración de los turistas del mundo entero. Dicha metamorfosis urbanística iba a ser aprovechada por muchos especuladores sin escrúpulos para hacer dinero fácil especulando con las propiedades y terrenos que debían ser expropiados. Precisamente esta va a ser la obsesión de Aristide Saccard, uno de los protagonistas de La jauría, un vástago de la familia Rougon-Macquart, que ya conocimos en el primer libro de la saga, La fortuna de los Rougon, que se cambia de apellido para darse un porte más aristocrático. Gracias a la ayuda de su hermano, ya instalado en la capital cuando él llega, consigue un puesto en el Ayuntamiento. Sus labores en el Consistorio van a ser una auténtica escuela para Saccard, que con gran paciencia va trazando sus planes gracias a nuevas amistades y, sobre todo, a la información privilegiada que consigue gracias a su posición. Para él París es una especie de tablero de juego, una urbe enorme que puede ser desgajada en trozitos y de la que pueden sacarse millones. Intuyendo por donde van a pasar las nuevas y enormes avenidas, nada más sencillo que comprar propiedades que pronto van a subir de precio. Además, para asegurarse los importantes beneficios que le reportan estas operaciones, consigue formar parte de la Comisión de valoración del Ayuntamiento.
Pero la novela de Zola no trata solo acerca de la especulación inmobiliaria, el inmenso caudal de corrupción que conformó una capital de Francia tal y como hoy la conocemos. También pinta un elaborado fresco de una clase social ascendente, la de los burgueses y antigua nobleza que se aprovechan de la bonanza económica. El autor de La taberna coloca su lupa sobre Renée, joven esposa de Saccard, mujer frívola y hermosa, cuyos días están consagrados a procurarse una existencia lo más lujosa y placentera posible. A Renée no le importa gastarse miles de francos en vestuario, en perfumes, en decoración. No entiende bien de donde surge ese manantial de dinero que parece inagotable, pero acepta su suerte como algo tan natural que, cuando sus finanzas empiezan a torcerse, no entiende muy bien lo que está sucediendo, ya que ella cree que va a vivir eternamente en "una feliz esfera de goce e impunidad divinas".
Y lo que sucede es que su marido, un ser tan inteligente como intrigante, ha maniobrado para quedarse con su herencia. Porque aquí no existe ni mucho menos una idea de familia tradicional. Los tres miembros de la familia Saccard viven existencia totalmente libres, sin tener que dar cuenta a los demás de sus acciones. De ahí que, aburrida ya de una existencia sin límite a las experiencias y placeres, Renée acabe con los últimos rescoldos de moralidad que pudieran quedarle y, después de haber tenido numerosas aventuras amorosas, acabe encaprichándose de su propio hijastro, convirtiéndolo en su amante. El propio Saccard, obsesionado por sus negocios, apenas se preocupa por estos asuntos. Él también toma a las amantes que más le convienen, las que pueden reportarle en el futuro los mejores dividendos y también disfruta de la vida a su manera, aunque sea con la comezón de una permanente angustia que le insta a seguir llenando su bolsa hasta convertirse en uno de los hombres más ricos de París.
La jauría, a pesar de haber sido escrita hace más de cien años es una novela perfectamente actual, que trata del efecto que tiene en la sociedad el enriquecimiento especulativo (aunque en esta ocasión se retrate a las clases más favorecidas por el mismo, en otras de la misma serie Zola descenderá a la miseria de los perdedores) y el fenómeno de las fortunas que surgen a través de lo que hoy llamamos pelotazos urbanísticos. El mismo autor explica sus objetivos en el prefacio:
"He querido mostrar el agotamiento prematuro de una raza que vivió demasiado deprisa y que desembocó en el hombre-mujer de las sociedades podridas; la especulación furiosa de una época, encarnada en un temperamento sin escrúpulos, propenso a las aventuras; el desequilibrio nervioso de una mujer en quien un ambiente de lujo y de vergüenza centuplica los apetitos nativos. Y con estas tres monstruosidades sociales, he tratado de escribir una obra de arte y de ciencia que fuera al mismo tiempo una de las páginas más extrañas de nuestras costumbres."
El gusto por la descripción propio del naturalismo está muy latente en toda la narración: Zola es capaz de recrearse durante páginas enteras en los detalles de los ambientes por los que se mueven los personajes, en sus habitaciones, en sus objetos, en las ropas que visten... trazando así un cuadro hiperrealista de las costumbres de la clase social en la que ha centrado su novela. Además, como es propio de una gran novela decimonónica, la economía doméstica, esa que está repleta de grandes despilfarros, de pagarés, de deudas astronómicas y de pequeñas miserias que se codean con un lujo resplandenciente, tiene una importancia capital en la historia. Zola, como Balzac, Flaubert y otros autores de la época, jamás decepciona a quien quiere conocer los detalles más nimios de un tiempo en el que París empezó a ser la capital del mundo.
Etiquetas:
emilio zola,
literatura,
literatura francesa,
literatura siglo XIX
lunes, 8 de abril de 2013
LA TABERNA (1876), DE EMILE ZOLA. EL DEMONIO DE LA BOTELLA.
Esta novela, que leí hará unos veinte años, me produjo tal conmoción en su día, que muchos de sus pasajes se me quedaron grabados y volver a ellos, con todos los ricos matices de la escritura de Zola, ha sido muy placentero, obviando que la novela trata un tema terrible desde una perspectiva extremadamente realista. Estoy deseando que llegue el viernes para poder debatir sobre ella en profundidad con los compañeros de la Biblioteca Cristóbal Cuevas. Aquí el artículo:
Con La
Taberna, Emile
Zola llegaba al
séptimo volumen del ciclo de los Rougon-Macquart, en el que se había propuesto
la descripción de la época del Segundo
Imperio francés a través de
la historia de los miembros de una familia, a cuya existencia individualizada
iría dedicando novelas. La Taberna es una de las cumbres de la
literatura naturalista, un auténtico recorrido por las miserias del mundo
obrero de finales del siglo XIX. Se trata de la historia del fracaso de una
muchacha sencilla, cuyas humildes pretensiones no pueden llegar a buen puerto,
ya que los obstáculos a los que se enfrenta: su marido, su pasado, la envidia
de los demás y el ambiente malsano que lo rodea todo, serán finalmente
insalvables y acabarán provocando su caída.
El método naturalista
Para
escribir La
Taberna Zola se
sirvió plenamente del método naturalista: por un lado utilizó recuerdos de su
juventud, ya que él también había conocido la vida miserable (el personaje del
tío Bazouge, el enterrador, está basado en alguien real), por otro, la
observación directa del ambiente que va a describirse en la novela, la visita a
barrios obreros acompañada de todo tipo de apuntes y anotaciones del medio
natural y finalmente la lectura de textos especializados que ofrezcan los
detalles que no pueden captarse en la observación directa, como manuales sobre
diversos oficios, tratados sobre el alcoholismo, diccionarios de argot o o el
ensayo de Denis Poulot sobre la cuestión social y los trabajadores. En
cualquier caso, ya en el prefacio, el escritor deja constancia de sus intenciones
al publicar la novela:
"He
querido pintar la fatal degradación de una familia obrera, en el infestado
medio de nuestros suburbios. Al final del alcoholismo y la haraganería, están
el debilitamiento de los lazos familiares, las inmundicias de la promiscuidad,
el progresivo olvido de los sentimientos honestos y, como corolario, la
vergüenza y la muerte. He puesto simplemente la moral en acción" (Emile Zola, La Taberna, Ediciones
Cátedra. pag. 44).
El sueño de los obreros
Gervaise es
presentada al principio de la narración como una joven que está poniendo fin a
una relación tormentosa que la ha puesto al borde de la miseria. Aunque se
promete no volver a unirse a otro hombre, al menos durante un tiempo, es
convencida por Copeau, un vecino que trabaja como cinquero, para cambiar de
idea y termina casándose con él. Dado la clase social a la que pertenecen ambos
la única posibilidad que tienen de salir adelante y prosperar es el trabajo
duro y el ahorro. Ambos se mueven en un ambiente muy degradado en el que muchos
trabajadores ceden a la tentación de olvidar sus brutales jornadas al calor de
las numerosas tabernas del barrio. Al principio, todo transcurre
admirablemente: ambos son hacendosos y pueden ahorrar con vistas a cumplir el
sueño de Gervaise: establecerse por su cuenta como lavandera.
El accidente laboral y el principio de la degradación
de Copeau
Un accidente
de trabajo protagonizado por Copeau supone el punto de inflexión en la vida de
esta pareja. Es precisamente el tiempo de ocio forzoso que no sabe como llenar
lo que lleva a Copeau a hacerse asiduo a visitar las tabernas de los
alrededores. Al principio su mujer lo mira con condescendencia, casi como una
actitud positiva después de una dura recuperación. Pero el cinquero le toma
gusto a esta forma de vida y ya no la abandona nunca. No obstante, Gervaise
puede finalmente abrir su lavandería gracias a un préstamo: aunque ya existen
sombras en su existencia, todavía, cree ella, pueden ser superadas.
Pero el
ambiente en el que se desenvuelve una vida acaba afectando a las más férrea de
las voluntades. La lavandera multiplica sus esfuerzos para prosperar, consigue
hacerse con una gran clientela, pero es ella sola la que tiene que llevar
adelante el negocio. Su marido se ha convertido en una sombra de lo que fue: un
borrachín que se dedica a beberse los beneficios de la tienda. Zola es capaz
incluso de establecer el momento en el que Gervaise pierde las esperanzas de un
futuro digno, cuando su marido le da un beso forzado:
"La
había agarrado y no la soltaba. Ella se abandonaba, aturdida por el ligero
vértigo que le producía la ropa, sin molestarle el aliento a vino de Copeau. Y
el fuerte beso que se dieron en la boca, en medio de la suciedad de su oficio,
era como una primera caída en el lento abatimiento de sus vidas." (op.cit, pag. 201).
Una denuncia de la forma de vida del cuarto estado
La obra de
Zola es, como dictan los cánones del naturalismo, una transposición de la realidad
protagonizada por unos personajes absolutamente verosímiles, arquetipos de los
que se podía encontrar en cualquier barrio obrero parisino de la época. Así
pues, al describir la realidad sin ahorrar ningún detalle escabroso, La
Taberna constituye una certera denuncia
social de la forma
de vida del denominado cuarto estado: una existencia dominada por un
trabajo embrutecedor y mal pagado, en la que es difícil sustraerse a las
tentaciones de la bebida o de lo que ahora se denomina violencia de género. La
consecuencia de todo ello es el alcoholismo desatado, que acaba afectando a un
enorme porcentaje de obreros: la agonía final de Copeu, en un interminable delírium
trémens, es un ejemplo de escritura casi científica, que es el resultado de
observaciones directas en hospitales y lecturas especializadas.
El alcoholismo y los paraísos artificiales
El enorme
edificio en el que vive la pareja protagonista es una especie de microcosmos
donde los vecinos se vigilan unos a otros y cualquier avance social o económico
es objeto de envidias. Dentro del edificio, existen también estratificaciones
sociales, ciertas viviendas especialmente degradadas a las que van a parar los
que se encuentran en los últimos estadios de la miseria humana, una miseria que
se engendra principalmente en las tabernas, cuyo ambiente es magistralmente
descrito por Zola: al obrero le ofrece la posibilidad de un paraíso tan
artificial como efímero en su afán de olvidar la dureza de su existencia. Pero
aún dentro de la desgracia más absoluta, cuando se cae en la más profunda
degradación, Zola nos enseña que siempre se puede bajar un escalón más en la
adversidad. La historia de la vecina de Gervaise, una niña sometida a todo tipo
de vejaciones por su propio padre, es una de las más estremecedoras de las
muchas que cuenta el escritor francés y provoca el más profundo de los muchos
estremecimientos que el lector va a experimentar al enfrentarse a la novela.
Etiquetas:
emilio zola,
literatura,
literatura francesa,
literatura siglo XIX
miércoles, 17 de febrero de 2010
LA FORTUNA DE LOS ROUGON (1871), DE EMILIO ZOLA. NATURALISMO LITERARIO.

Como el realismo del siglo XIX es mi gran pasión literaria y "La taberna", de Emilio Zola uno de mis libros favoritos, pretendo ir leyéndome poco a poco la apasionante saga de los Rougon-Macquart. Aquí un artículo sobre el primero de los libros:
El siglo XIX constituye una revolución para la novela. Si hasta entonces, salvo notables excepciones, la narrativa había tenido mera intención de entretener o de instruir, los novelistas decimonónicos se proponen, nada menos, que reflejar la realidad en sus creaciones, describir la realidad de su momento, las convulsiones sociales e introducirse en el interior de sus criaturas para que el lector tome conciencia directa de las contradicciones del ser humano.
Autores
como Balzac, Zola, Flaubert, Tolstoi o Pérez Galdós serán maestros en
este tipo de narrativa, que pretende empapar al lector de realidad, para
que conozca mejor el mundo en el que vive. Los historiadores cuentan en
estas novelas con una fuente fiable e inagotable para sus estudios.
Emilio Zola es el principal impulsor de la corriente del naturalismo literario, que en España contó con ilustres seguidores, como el ya nombrado Pérez Galdós o Emilia Pardo Bazán. El naturalismo pretende plasmar la vida con la máxima fidelidad posible en todos sus aspectos, no dejando espacio a la fantasía.
"Quiero explicar cómo una familia, un pequeño grupo de seres, se comporta en una sociedad desarrollándose para engendrar, diez, veinte individuos que parecen, a un primer vistazo, profundamente disímiles, pero que el análisis muestra íntimamente ligados unos con otros. La herencia tiene sus leyes, como la gravedad"
Con estas palabras comienza Zola su ciclo de los Rougon-Macquart, la historia de una familia francesa durante las dos décadas que dura el reinado de Napoleón III (1852-1871). El autor da una gran importancia a las leyes de la herencia genética entre padres e hijos, llegando a instaurar prácticamente en los actos de sus personajes un determinismo social que deja poco espacio a la libertad individual. El nacimiento y la sociedad determinan la actuación del individuo, que poco puede hacer para nadar contra la corriente de su destino. Una concepción darwinista de la existencia en la que los fuertes devoran a los débiles.
Aunque todavía no con la maestría de obras posteriores como "La taberna", el libro que nos ocupa es un dignísimo comienzo de una saga que iba a reportar a su autor fama y grandes beneficios económicos. Zola fue lo que podriamos denominar hoy como un autor de best sellers, pero de una calidad considerablemente mayor que los de hoy día.
En "La fortuna de los Rougon", se nos describe la vida de una ciudad de provincias, Plassans, descrita por Zola como un ente vivo que influye en la vida de sus ciudadanos, dependiendo del barrio en el que hayan nacido. Las barriadas definen las clases sociales y algunos habitantes de Plassans, incluido el fundador de la saga de los Rougon, gran oportunista e hipócrita, intentan adivinar por donde sopla el viento de los cambios políticos para intentar ascender socialmente.
La descripción del clima político, visto desde la periferia, resulta magistral. Los acontecimentos suceden en París y sus coletazos repercuten en Plassans, aunque las noticias verdaderas llegan con cuentagotas y hacen vivir con el corazón en un puño a quienes optan públicamente por una determinada posición: absolutismo, bonapartismo o república. Finalmente las vidas de unos personajes que nos han sido presentados por separado van a confluir en los decisivos acontecimentos que darán lugar al comienzo del Segundo Imperio: el ascenso al poder de Napoleón III.
Siendo el comienzo de un ciclo de novelas que pueden leerse de forma independiente, el autor fija magistralmente las raices familiares que van a marcar la pauta de la actuación de los descendientes que protagonizarán las narraciones posteriores. De cualquier modo, la manera más fascinante de advertir las intenciones científicas de Zola es leer el ciclo completo desde el principio. Tarea difícil en España, donde algunas de sus novelas, salvo las más célebres, son difícilmente encontrables, aunque una oportuna reedición por parte de Alianza Editorial está cubriendo poco a poco estas lagunas.
Emilio Zola es el principal impulsor de la corriente del naturalismo literario, que en España contó con ilustres seguidores, como el ya nombrado Pérez Galdós o Emilia Pardo Bazán. El naturalismo pretende plasmar la vida con la máxima fidelidad posible en todos sus aspectos, no dejando espacio a la fantasía.
"Quiero explicar cómo una familia, un pequeño grupo de seres, se comporta en una sociedad desarrollándose para engendrar, diez, veinte individuos que parecen, a un primer vistazo, profundamente disímiles, pero que el análisis muestra íntimamente ligados unos con otros. La herencia tiene sus leyes, como la gravedad"
Con estas palabras comienza Zola su ciclo de los Rougon-Macquart, la historia de una familia francesa durante las dos décadas que dura el reinado de Napoleón III (1852-1871). El autor da una gran importancia a las leyes de la herencia genética entre padres e hijos, llegando a instaurar prácticamente en los actos de sus personajes un determinismo social que deja poco espacio a la libertad individual. El nacimiento y la sociedad determinan la actuación del individuo, que poco puede hacer para nadar contra la corriente de su destino. Una concepción darwinista de la existencia en la que los fuertes devoran a los débiles.
Aunque todavía no con la maestría de obras posteriores como "La taberna", el libro que nos ocupa es un dignísimo comienzo de una saga que iba a reportar a su autor fama y grandes beneficios económicos. Zola fue lo que podriamos denominar hoy como un autor de best sellers, pero de una calidad considerablemente mayor que los de hoy día.
En "La fortuna de los Rougon", se nos describe la vida de una ciudad de provincias, Plassans, descrita por Zola como un ente vivo que influye en la vida de sus ciudadanos, dependiendo del barrio en el que hayan nacido. Las barriadas definen las clases sociales y algunos habitantes de Plassans, incluido el fundador de la saga de los Rougon, gran oportunista e hipócrita, intentan adivinar por donde sopla el viento de los cambios políticos para intentar ascender socialmente.
La descripción del clima político, visto desde la periferia, resulta magistral. Los acontecimentos suceden en París y sus coletazos repercuten en Plassans, aunque las noticias verdaderas llegan con cuentagotas y hacen vivir con el corazón en un puño a quienes optan públicamente por una determinada posición: absolutismo, bonapartismo o república. Finalmente las vidas de unos personajes que nos han sido presentados por separado van a confluir en los decisivos acontecimentos que darán lugar al comienzo del Segundo Imperio: el ascenso al poder de Napoleón III.
Siendo el comienzo de un ciclo de novelas que pueden leerse de forma independiente, el autor fija magistralmente las raices familiares que van a marcar la pauta de la actuación de los descendientes que protagonizarán las narraciones posteriores. De cualquier modo, la manera más fascinante de advertir las intenciones científicas de Zola es leer el ciclo completo desde el principio. Tarea difícil en España, donde algunas de sus novelas, salvo las más célebres, son difícilmente encontrables, aunque una oportuna reedición por parte de Alianza Editorial está cubriendo poco a poco estas lagunas.
Etiquetas:
emilio zola,
literatura,
literatura francesa,
literatura siglo XIX
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




