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martes, 10 de julio de 2018

EN DEFENSA DE LA ILUSTRACIÓN (2018), DE STEVEN PINKER. POR LA RAZÓN, LA CIENCIA, EL HUMANISMO Y EL PROGRESO.

Cuando alguien, en un debate, comenta que el mundo nunca ha estado peor que en nuestros días, suelo preguntarle que en qué época le parece que el mundo ha estado mejor que ahora. Normalmente, la respuesta no es fácil. El último libro de Steven Pinker es un magnífico ensayo dedicado a difundir el optimismo acerca de nuestra situación: el mundo nunca ha estado mejor, quiere decirnos y aquí tenéis las cifras que lo demuestran.

Por supuesto que esta evolución virtuosa e histórica no ha sido fácil. Pinker sitúa su comienzo a mitad del siglo XVIII, con el precedente de la revolución científica que empezó a operar en la centuria anterior. La idea, que en la actualidad nos parece tan sencilla, es la de combatir la superstición a base de racionalidad y ciencia. A través del método científico todo puede ser comprobado y explicado y los descubrimientos que se van realizando en el camino pueden facilitar la vida del hombre y a la vez hacerlo más feliz. Por supuesto que éste no ha sido un camino de rosas. Las fuerzas del oscurantismo han puesto todas las piedras posibles en el camino y han estado a punto de lograr la victoria en momentos puntuales, como la Segunda Guerra Mundial. Pero, desde entonces, occidente ha aprendido que los conflictos deben resolverse a base de diplomacia y diálogo y los conflictos bélicos no han hecho más que disminuir, mientras la pobreza global hacía otro tanto.

Es muy posible que para muchos sea insólito leer que el mundo está cada vez mejor, sobre todo después de ver un telediario o leer un periódico. Es bien sabido que las noticias negativas se venden mucho mejor que las positivas. Estamos mucho mejor informados acerca de zonas de conflicto, como Siria, que de países que están saliendo a pasos agigantados de la pobreza. Además, las buenas noticias no suelen suceder en un día ni son tan espectaculares visualmente como un atentado terrorista. Que se erradique una enfermedad que hace décadas mataba a millones de personas, por ejemplo, no puede competir en los medios con las imágenes de una furgoneta que ha embestido a una multitud y ha matado a catorce. 

Para Pinker, la defensa de la Ilustración el progreso implican también la defensa del capitalismo. No de un capitalismo sin reglas, sino de unos mercados regulados con unas reglas de juego claras y que se basen en la igualdad de oportunidades entre los distintos actores, así como de una política social fuerte con la que los Estados sean capaces de ayudar a quienes fracasen o queden atrás. Las cifras y los gráficos que muestra el autor de La tabla rasa, son muy elocuentes: en las últimas décadas los índices de bienestar a nivel mundial no han dejado de aumentar. Los países ricos han gozado de un crecimiento sostenido (con parones acusados, como la reciente gran recesión) y cada vez más gente es capaz de salir del pozo de la pobreza severa (más de cien mil personas cada día, según los últimos estudios). Cualquier hogar de occidente, incluso los más pobres, cuentan con televisión, ordenador y móvil, aparatos capaces de acceder a toda la cultura escrita del mundo. La esperanza de vida es cada vez más alta y la calidad de la misma, también. Y los niveles de alfabetización y escolarización a nivel mundial son mejores que nunca. Esta historia de éxito puede resumirse en una frase:

"El resultado estadístico corrobora una idea clave de la Ilustración: el conocimiento y las instituciones sólidas conducen al progreso moral." 

Evidentemente, Pinker sabe que hay acontecimientos imprevisibles que pueden hacernos retroceder: un atentado terrorista como el del 11 de septiembre, la elección de Donald Trump, el Brexit... Pero estos son hechos puntuales cuya influencia en las cifras de progreso no son tan importantes como pueden serlo en la apreciación del público general. Estamos en una época en la que viejos fantasmas, como el nacionalismo y el populismo vuelven a correr por sus anchas. En una entrevista concedida a El País Semanal, Pinker aborda esta realidad:

"Para vencer al populismo se debe además reconocer el valor del progreso. Hay un hábito muy extendido entre intelectuales y periodistas que consiste en destacar solo lo negativo, en describir el mundo como si estuviera siempre al borde de una catástrofe. Es la mentalidad del default. Trump explotó esa forma de pensar y no encontró resistencia suficiente en la izquierda, porque una parte estaba de acuerdo. Pero lo cierto es que muchas instituciones, aunque imperfectas, resuelven problemas. Pueden evitar guerras y reducir la pobreza extrema. Y eso debe formar parte del entendimiento convencional de cada uno."

Las noticias negativas nunca van a parar su goteo. Siempre hay historias de desgracias, agresiones y accidentes que contar y que pueden producir un alarmismo irracional en la sociedad, cuando lo cierto es que la cifra global de delitos está en descenso. Los profetas del desastre, que tanto han proliferado en las últimas décadas (los que hablaban de lo inevitable de una guerra nuclear, de la bomba demográfica o del desastre medioambiental), han ido fallando en sus previsiones, lo cual no signfica que no haya que estar alerta respecto a las múltiples amenazas que siguen y seguirán acechando a la humanidad. Lo mejor que podemos hacer es informarnos de lo positivo, no solo de lo negativo (y lo positivo es que hoy contamos con más medios que nunca para hacerlo) y seguir ahondando en la fórmula que tanto nos ha hecho progresar: más ciencia y conocimiento, menos religión e irracionalidad:

"Por la misma razón, la exhortación a que todo el mundo piense de manera más científica no ha de confundirse con la exhortación a dejar la toma de decisiones en manos de los científicos. Muchos científicos son ingenuos en lo que concierne a la política y al derecho, y maquinan ideas inviables como el gobierno mundial, las licencias obligatorias para los padres o la huida de una Tierra contaminada mediante la colonización de otros planetas. No tiene importancia, pues no estamos hablando de a qué sacerdocio habría que otorgarle el poder; estamos hablando de cómo tomar las decisiones colectivas más sabiamente."

miércoles, 21 de febrero de 2018

LA FALSA MEDIDA DEL HOMBRE (1981), DE STEPHEN JAY GOULD. CONTRA EL FUSTE TORCIDO DE LA HUMANIDAD.

"Si la miseria de nuestros pobres no es causada por las leyes de la naturaleza sino por nuestras instituciones, cuán grande es nuestro pecado", dejò escrito Charles Darwin. Precisamente, amplios sectores de la sociedad occidental han dedicado tradicionalmente amplios recursos - una vez que los tradicionales y religiosos perdían efectividad - a demostrar científicamente la superioridad de unas razas frente a otras, de unas clases sociales frente a otras e incluso de un género contra otro. Demostrarlo equivalía a decir que nada puede hacerse contra las leyes inexorables de la naturaleza y consolidar la situación de privilegio de unos sobre otros como algo inevitable. No se trata de una práctica remota, sino de algo que sigue practicándose hoy en día en sectores conservadores con singular eficacia (véase si no la victoria de alguien como Trump).

El determinismo biológico y social, que tradicionalemente ha venido justificado por pseudociencias como la frenología o la craneometría, se ha usado impunemente como medio para restringir la educación y las oportunidades de los más desfavorecidos. Si las estadísticas aseguraban (siempre estadísiticas sesgadas y recogidas interesadamente en favor de la ideología predominante) que ciertos seres humanos eran incapaces de progresar, la sociedad no tenía por qué gastar recursos en ellos. Voces como la de Joseph Arthur de Gobineau, autor del Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, eran ampliamente escuchadas en pleno siglo XIX y esta tradición llegó a inspirar espisodios históricos tan terribles como el del nazismo:

"La idea de las diferencias innatas y permanentes en la dotación moral y mental de los distintos grupos de la especie humana es una de las opiniones más antiguas así como más universalmente aceptadas. Con pocas excepciones, la mayor parte de éstas en nuestros tiempos, ha constituido el fundamento de casi todas las teorías políticas y ha sido la máxima fundamental de gobierno en todas las naciones, grandes o pequeñas. Los prejuicios nacionales no tienen otra causa; cada nación cree en su propia superioridad sobre sus vecinos y muy a menudo las distintas partes de la misma nación miran a las demás con desprecio."

Mediciones de cráneos, de cerebros o test de inteligencia han jalonado un camino que ha sido refutado constantemente por la voz de la ciencia más seria, aunque éste no haya sido escuchada en demasiadas ocasiones: no existen diferencias genéticas fundamentales entre seres humanos: todos estamos programados para lo mismo y somos igualmente capaces de cumplir nuestras metas si se nos estimula adecuadamente, si se nos integra en las culturas más elevadas que haya podido construir la civilización humana. En este sentido, La falsa medida del hombre es un libro riguroso e importante, un manual de combate científico que trata de rebatir tantas creencias interesadas que se han consolidado a lo largo de décadas y décadas y que siguen ejerciendo su influencia perversa entre nosotros en pleno siglo XXI:

"Pasamos una sola vez por este mundo. Pocas tragedias pueden ser más vasta que la atrofia de la vida; pocas injusticias, más profundas que la de negar una oportunidad de competir, o incluso de esperar, mediante la imposición de un límite externo, que se intenta hacer pasar por interno."

jueves, 28 de abril de 2016

LA VIDA ETERNA (2007), DE FERNANDO SAVATER. EL PRESENTE DE UNA ILUSIÓN.

Que no hubiera aparecido todavía ninguna lectura de Fernando Savater por este blog, era toda una anomalía, teniendo en cuenta que siempre fue uno de mis ensayistas favoritos, aunque llevara años sin acercarme a él. Se puede estar más o menos de acuerdo con lo que escribe, pero es indudable que se trata de uno de los grandes polemistas que tenemos en España, siempre lúcido, siempre ameno, con un bagaje de lecturas tan inmenso que le permite tener siempre preparada la mejor cita en el momento más oportuno. Savater siempre ha sido un militante contra cualquier clase de pensamiento único, sobre todo cuando estas doctrinas pretenden imponer su particular visión del mundo al resto de la sociedad: tal es el caso de muchas religiones y la mayoría de los nacionalismos. Él mismo se jugó la vida manteniéndose firme frente a las amenazas de ETA, una posición que no está al alcance de cualquiera, por lo que su voz cuenta con un plus de legitimidad en ciertas cuestiones.

La posición de Savater frente a la práctica de la religión siempre ha estado clara: el Estado debe garantizar que puedan celebrarse los distintos cultos a que se acogen los creyentes, pero su papel debe terminarse ahí. Ni al Estado le interesa identificarse con fe alguna, ni a ninguna doctrina que se la identifique con el Estado. Ambos entes deberían ser perfectamente independientes. Las creencias jamás deberían salir del ámbito privado. Que un católico o un musulmán pretendan que se legisle respetando su doctrina es una intromisión intolerable en la autonomía de los gobernantes. Por supuesto que las opiniones de los fieles son dignas de respeto, pero no deben gozar de privilegio alguno por estar presuntamente inspiradas por un ente divino. La religión tiene todo el derecho a crear foros de opinión en la sociedad, pero también debe aceptar deportivamente que sus postulados pueden estar sujetos a críticas, incluso ridiculizados. Es el precio y la grandeza de vivir en democracia.

Al filósofo vasco le interesa indagar en la historia de las religiones monoteístas, cómo consiguieron imponerse al politeísmo (que en el caso romano, estimulaba la tolerancia de cualquier religión que no pretendiera imponerse a las demás) como una fuerza revolucionaria que acabaría convirtiéndose en totalitaria. Durante demasiados siglos Europa conoció constantes guerras de religión y una represión absoluta contra la libertad de pensamiento a través de instrumentos tan siniestros como la Inquisición. Hoy contemplamos con horror como en el mundo musulmán se reproducen unos comportamientos que creíamos desterrados para siempre:

"Algunos se niegan a aceptar que las grandes religiones, reputadas fuentes de concordia y humanitarismo desinteresado, puedan propiciar enfrentamientos implacablemente sanguinarios. Pero no deben olvidarse dos cosas. En primer lugar, las religiones funcionan como elementos de cohesión hacia dentro de las sociedades en que son hegemónicas pero en cambio, a lo largo de la historia, han provocado hostilidad y enfrentamiento hacia fuera, contra comunidades con creencias diferentes. Esto resulta especialmente cierto de los monoteísmos, que introducen una exigencia excluyente de verdad que los paganismos politeístas no conocieron."

Si hemos avanzado en derechos y libertades durante los últimos siglos no ha sido gracias a los esfuerzos del Vaticano en este sentido, sino precisamente luchando contra su oposición, a través del germen de la Ilustración. Todavía en la primera mitad del siglo XX, los papas clamaban contra la idea de libertad religiosa, por lo que un Estado como el franquista, autoritario, confesional y asfixiante era del agrado del Vaticano, la reserva espiritual de occidente. Todavía padecemos las consecuencias de cuarenta años de esa fórmula. España no ha sido capaz de romper el lazo con la iglesia católica y mantiene unos Acuerdos con el Vaticano manifiestamente inconstitucionales, por cuanto financia directamente a la iglesia y le permite adoctrinar a los alumnos de las escuelas públicas, entre otras muchas prebendas. Cualquier tímido avance en la dirección de un auténtico laicismo provoca la vociferación de los obispos, que no quieren ceder ni un ápice de su privilegiada posición.

Y es que después de todo la religión es un consuelo inventado por los hombres, incapaces de enfrentarse a la tragedia de ser mortales. Todo es fruto de un deseo de trascendencia, de negarse a considerar nuestra realidad como la única posible. La inmortalidad y un posible paraíso son caramelos demasiado dulces como para ser rechazados. La racionalidad no ofrece más que ciencia y conocimiento, que son finitos. Frente a la idea de un Dios perfecto, eso no vale nada y lo peor de todo es que hay gente dispuesta a inmolarse para probarlo.

Al final resulta que los dioses que hemos creado no son más que reflejos de nosotros mismos, de nuestros miedos, de nuestros anhelos y de una distorsionada idea de justicia:

"Como observó Voltaire, si Dios nos hizo a su imagen y semejanza no hay duda de que le hemos devuelto cumplidamente el favor... "

Es ilusionante pensar que después de la muerte seremos recompensados por nuestra fe, nuestra obediencia y nuestras buenas acciones (se definan éstas como se definan en un determinado credo), pero la misión de una sociedad laica debe ser siempre estimular el debate libre, sin ideas preconcebidas, para desenmascar las imposturas en las que se basa el poder religioso, un servicio que debe prestarse a una ciudadanía que, después de todo, cada día es más indiferente a los preceptos oficiales de la fe, aunque siga manteniendo numerosas supersticiones, fomentadas directa o indirectamente por el Estado. Nuestro futuro en este ámbito, como en casi todos, depende de que sepamos inculcar pensamiento crítico a las futuras generaciones. Como bien dice Richard Dawkins, el objetivo es que algún día hablar de niños cristianos judíos o musulmanes sea tan absurdo como referirse a niños marxistas, neoliberales o keynesianos.

domingo, 17 de enero de 2016

MORTALIDAD (2012), DE CHRISTOPHER HITCHENS. LA LECCIÓN FINAL DEL ESCÉPTICO.

¿Que haría usted si le detectasen una enfermedad terminal? ¿Se sometería a tratamiento contra toda esperanza de curación? ¿Pondría en orden sus asuntos? ¿Se desesperaría y apelaría a la piedad divina? ¿Se tomaría el asunto con serenidad o no acabaría de creerlo? Nunca pensamos en eso, pero algún día nos llegará el turno de afrontar hechos parecidos, a no ser que nuestra muerte sea repentina, un acontecimiento relativamente afortunado a tenor de los padecimientos que narra Hitchens acerca de su propia experiencia en el país de los moribundos. Por suerte (para nosotros), el periodista y pensador británico siguió haciendo hasta el final lo que más le gustaba: escribir, y fue capaz de establecer una última conexión con sus lectores para afrontar lo que nunca le hubiera gustado tener que emprender: narrar su agonía prácticamente en tiempo real. Con una voluntad de hierro, Hitchens siguió haciendo uso de la palabra escrita todo el tiempo que pudo, quizá porque esta era la actividad que le hacía sentir más vivo:

"Tecleo esto justo después de recibir una inyección para reducir el dolor de mis brazos, manos y dedos. El principal efecto secundario de este dolor es el entumecimiento de las extremidades, que me llena de un miedo no irracional a perder la capacidad de escribir. Sin esa capacidad, estoy seguro de antemano, mi «voluntad de vivir» quedará enormemente atenuada. A menudo digo de forma grandilocuente que escribir no es solo mi forma de ganarme la vida, sino mi verdadera vida, y es verdad. Casi como con la amenaza de perder la voz, que actualmente alivian unas inyecciones temporales en los pliegues vocales, siento que mi personalidad e identidad se disuelven mientras contemplo las manos muertas y la pérdida de las correas de transmisión que me conectan con la escritura y el pensamiento."

Resulta irónico que la enfermedad le golpeara repentinamente al autor cuando se encontraba en plena promoción de su libro de memorias, Hitch 22, en el que había bromeado acerca de la oportunidad de escribir un volumen de estas características cuando todavía se sentía joven. Cuando se conoció la noticia de su cáncer de laringe, una oleada de solidaridad surgió de sus amigos y conocidos y también de sus lectores. Pero el hecho de que Hitchens viniera siendo, desde la exitosa publicación de Dios no es bueno, uno de los abanderados del pensamiento ateo a nivel mundial, dio lugar a otro tipo de reacciones, de tono mucho más oscurantista. Algunos fanáticos religiosos pensaron que la enfermedad del autor era una especie de castigo divino por su pensamiento blasfemo. Incluso se organizaron apuestas respecto a la fecha en la que un aterrado Hitchens se convertiría. En algunos foros de internet podían leerse comentarios tan llenos de odio como éste: 

"¿Quién más piensa que el hecho de que Christopher Hitchens tenga un cáncer terminal de garganta [sic] es la venganza de Dios por haber usado la voz para blasfemar? A los ateos les gusta ignorar los HECHOS. Les gusta actuar como si todo fuera una «coincidencia». ¿En serio? ¿Es solo una «coincidencia» [que], de todas las partes de su cuerpo, Christopher Hitchens tenga cáncer en la parte del cuerpo que usó para la blasfemia? Sí, seguid creyendo eso, ateos. Va a retorcerse de agonía y dolor, y se marchitará hasta desaparecer y tener una muerte horrible, y DESPUÉS viene la verdadera diversión, cuando vaya al FUEGO INFERNAL y sufra eternamente la tortura y el fuego."

Para ser justos, hay que señalar que fueron muchos los religiosos que habían polemizado con él en el pasado que reprobaron estas conductas y defendieron el derecho de Hitchens a la libertad de conciencia. En cualquier caso, una vez establecido que la proximidad de la muerte no le va a hacer cambiar de idea, Mortalidad es una crónica brutalmente sincera de cómo la enfermedad va deteriorando las funciones corporales entre oleadas de sufrimiento, mientras el escritor no sabe nunca si las palabras que plasma sobre el papel serán las últimas, porque pudiera ser que perdiera la capacidad de hacerlo incluso antes de morir (lo que para él podría definirse como una muerte en vida). Hitchens se siente prisionero de su cuerpo y va notando como el cáncer va venciendo la partida, centímetro a centímetro. Él no siente que esté luchando contra la enfermedad, sino que la enfermedad ha emprendido una brutal ofensiva contra su cuerpo, que no encuentra medio de defenderse. La medicina no es capaz más que de retrasar unos meses el inevitable final. La cruel paradoja es que ganar tiempo implica también sumar nuevos padecimientos.

Hay que leer Mortalidad como el testimonio de un hombre que es coherente con sus ideas y su forma de vida hasta el final, el de alguien que acepta valientemente el destino que le ha tocado en suerte y quiere hacernos partícipes de un singular experimento: la descripción realista de la enfermedad, sin eufemismos ni falsas esperanzas. A pesar de que su muerte fue "obscena como el cáncer, amarga como el vómito", Hitchens supo mirar a su rostro de frente y, lo que es más importante, no traicionarse a sí mismo, siendo el mismo ser humano de siempre al afrontar una experiencia que en buena medida puede calificarse como inhumana.

lunes, 9 de noviembre de 2015

HISTORIA DE LAS CREENCIAS CONTADA POR UN ATEO (2013), DE MATTHEW KNEALE. LA EVOLUCIÓN DE LA RELIGIÓN.

En demasiadas ocasiones, las personas muy religiosas no se detienen a reflexionar acerca de los orígenes de sus creencias, no parecen interesadas en indagar por qué esa determinada doctrina prohibe unas cosas y permite otras o realiza una serie de rituales más o menos elaborados, quizá porque inconscientemente saben que eso podría derivar en cuestionamientos de una cómoda y esperanzadora fe. Muchos creen que su religión surgió porque Dios envió a alguien con un mensaje reformador para la raza humana (o para el pueblo elegido), en el que se detallan los requisitos para alcanzar la salvación eterna. Pero lo que nos dice la historia es que existe una ley de la evolución en las creencias, que unas religiones derivan de otras, apenas maquillando lo ya conocido con algún elemento nuevo y adaptándolos a las inquietudes de un momento histórico concreto. Cuando una religión se mantiene durante siglos, esta evolución se produce en su propio seno. Pocos cristianos actuales reconocerían a su religión en lo que se practicaba en el siglo I de nuestra era, aunque un vistazo más atento nos hará constatar que la esencia sigue siendo la misma, pero aclimatado a preocupaciones contemporáneas:

"Dicho con sencillez, las creencias tienen tendencia a subsistir. A despecho de lo que llevan siglos afirmando los visionarios religiosos, yo opino que no existen religiones nuevas . Las religiones son como núcleos de hielo. En cada una de ellas podemos encontrar una capa tras otra de creencias anteriores. Las creencias religiosas, incluso las de hace 33.000 años, siguen presentes en nuestro mundo."

La religión es una realización enteramente humana, una respuesta ante un mundo aterrador y hostil, que solo podía ser explicado por la presencia de fuerzas superiores y ocultas que no podía controlar el hombre. El consuelo a estos temores y la respuesta a estas básicas preguntas hicieron que se intentara aplacar a esas fuerzas a través del ritual y la magia. Desde la Prehistoria, a la gente no le importó trabajar y sacrificarse en grandes obras (algo que tendría su culminación en las pirámides de Egipto) para tener contentos a los dioses, al principio para que sus faraones y casta dirigente se ganaran una recompensa eterna, aunque esta idea de la vida dichosa después de la muerte poco a poco se fue democratizando y se crearon paraísos también para la gente más humilde.

Precisamente el secreto del Cristianismo fue saber adaptarse. Desde el fracaso de un profeta judío más, que dejó dicho que el fin del mundo estaba muy cerca, la nueva religión pudo competir en el exigente mercado romano de las creencias porque supo acercarse a las clases más bajas del Imperio y prometerles la vida eterna, convencerles de que la vida de aflicciones actual no era más que un espejismo y que la verdadera existencia llegaría tras la muerte. Los militantes ocultos del Cristianismo se sentían secretamente superiores a sus amos ricos. Como las mártires entrarían directamente en el Paraíso, muchos de los primeros cristianos hicieron todo lo posible por convertirse en mártir y asumían con gozo el terrible trago de morir en el circo romano. Bien es cierto que el Cristianismo, con los siglos, se convirtió en una religión intolerante, pero eso es una pauta que se ha repetido en demasiadas ocasiones, según la versión de la misma que triunfe en cada momento histórico.

Esta es la pauta que consigue la religión con el creyente: menos miedo al sentido de la existencia y a lo que puede suceder después de la muerte y más esperanza. Una comunidad que ofrece respuestas a todas las preguntas y que hace que sus miembros se sientan importantes, elegidos. Un importante factor que históricamente ha sido decisivo para la difusión masiva de una fe es su alianza con el poder constituido, aunque no siempre tiene por qué ser así. Lo verdaderamente importante es saber tocar la fibra sensible del creyente y saber, en cierto modo, institucionalizarla, para hacer de ella un elemento fundamental de la vida cotidiana de los habitantes de un determinado territorio. ¿Y qué sucede cuando la religión falla en sus previsiones o dios parece alejarse de los hombres, porque no los protege de una gran catástrofe? Nada en absoluto. La duda no cabe, solo la culpa propia:  

"(...) a lo largo de la historia la gente ha reaccionado a la falta de atención por parte de sus dioses no con resentimiento, como cabría esperar, sino más bien con una devoción redoblada. Se han culpado a sí mismos por no haber complacido a sus dioses y han intentado hacerlo mejor."

Como inventos humanos que son, los dioses han estado presentes en todas las culturas, aunque hayan permanecido aisladas unas de otras (el caso más claro es el del continente americano). La evolución de la religión ha sido más o menos la misma en todas partes. Así lo asegura Kneale tras echar un vistazo a este territorio y a la historia religiosa de China:

"(...) este vistazo a las creencias de China y de América indica lo asombrosamente poco originales que somos los seres humanos. Si se pone a la gente en una determinada situación, con formas de alimentarse concretas e intentando sobrevivir, tendrán más o menos los mismos temores e intentarán consolarse inventándose creencias similares, todo lo cual parece confirmar la noción de que la religión es una especie de espejo que refleja aquellas cosas que más ansiedad nos producen."

Historia de las creencias contada por un ateo es un ensayo de lectura sencilla y a la vez un análisis profundo e inteligente de uno de los más persistentes fenómenos de la historia humana, que ha prosperado desde muy antiguo, adaptándose a todo tipo de circunstancias a través de los siglos. Es bueno conocer en profundidad de donde viene la religión y qué necesidades humanas cubre para comprender un poco mejor el desarrollo psicológico y social del animal humano.

lunes, 5 de octubre de 2015

LA CARA OCULTA DEL MISTERIO (2010) Y CRÓNICAS DE MAGONIA (2012), DE LUIS ALFONSO GÁMEZ. PREDICAR EL ESCEPTICISMO.

España es un país que, en algunos aspectos, sigue perteneciendo a la Edad Media. Y no hablo de las creencias privadas, del auge de las supersticiones de todo tipo, sino de la actuación de estamentos oficiales en un país cuya constitución proclama la aconfesionalidad del Estado. Se trata de declaraciones de ministros encomendando su política a la Virgen del Rocío, de otros que condecoran a imágenes por sus méritos, como si se tratara de personas o, más grave aún, confesiones religiosas exentas de impuestos fundamentales y que pueden inscribir propiedades inmuebles a su nombre casi a voluntad. Que todo esto, junto a las enormes audiencias que consiguen los programas dedicados a lo paranormal, esté normalizado en nuestra sociedad, es sobre todo una cuestión de educación, o más bien de falta de ella. Todavía existe un gran porcentaje de gente que ni siquiera entiende que nuestro planeta no es el centro del Universo, aunque en realidad estos temas no interesen demasiado. Pocos son los que reflexionan acerca de las creencias más generalizadas y utilizan los mecanismos que la ciencia tiene dispuestos para dotar a la realidad de explicaciones racionales. Es evidente que son muchísimos los misterios que nos quedan por desentrañar, pero eso no quiere decir que por ello tengan una explicación sobrenatural.

Luis Alfonso Gámez es, entre otras muchas cosas, el autor de un blog imprescindible, llamado Magonia, donde se intenta fomentar el escepticismo y el pensamiento crítico, un ingrediente necesario para el progreso de cualquier sociedad. Él mismo refrenda estas ideas en una entrevista publicada por el blog Hipótesis:

"Creo que un mundo regido por reglas del juego laicas sería mejor. El pilar fundamental deberían ser los derechos humanos y éstos incluyen la libertad religiosa, un descubrimiento laico porque, si algo caracteriza a las religiones, es la intolerancia entre ellas y para quienes no profesan credo alguno. Muchos escépticos consideramos que la mejor filosofía para nuestra especie sería el llamado humanismo secular, que confía en el uso de la razón y el pensamiento crítico para la resolución de problemas, construye su entramado ético sin necesidad de divinidades ni otros mundos, aboga por la democracia y los derechos civiles de todos los seres humanos."

La cara oculta del misterio y Crónicas de Magonia recogen los textos que Gámez escribió para el diario El Correo. Se trata de artículos de pequeño formato, en los que el periodista expone los orígenes y explicaciones racionales de diferentes creencias populares, más o menos generalizadas: los ovnis, la criptozoología, los fantasmas, los milagros o las interpretaciones mágicas del pasado. Se trata de una tarea complicada, puesto que, a día de hoy, los divulgadores de lo paranormal (sin contar entre ellos a los dirigentes de las religiones más o menos oficiales) cuentan con una repercusión infinitamente más amplia que los escépticos. Revertir esta tendencia es difícil, sobre todo porque las explicaciones fantásticas de los fenómenos naturales y las teorías conspirativas suelen ser más seductoras que las científicas. No obstante, es bueno tener acceso a esta munición defensiva para combatir los argumentos más falaces de los amantes del misterio. La frase de David Hume sigue tan vigente hoy como en el siglo XVIII: "Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias".   

viernes, 4 de septiembre de 2015

LA RELIGIÓN DE LOS ANDALUCES (2006), DE SALVADOR RODRÍGUEZ BECERRA. LA TIERRA DE MARÍA SANTÍSIMA.

Me gusta mucho entrar en las iglesias, admirar su arquitectura y el arte que encierran dentro. Pero siempre que lo hago - y Andalucía es un lugar inmejorable para ello - no puedo evitar fijarme en los detalles de índole antropológica que uno puede encontrar en cualquier templo: desde gente rezando o confesándose, hasta colecciones de exvotos decorando los altares en los que se venera a los santos más populares. Y aunque estamos en un tiempo de secularización, muchas costumbres permanecen igual que hace siglos y otras se intentan adaptar a los tiempos para que no acaben muriendo. La cultura de un pueblo no se compone solo de su patrimonio arquitectónico y artístico, sino que sus rituales y creencias son una parte fundamental de la misma. En Andalucía, una tierra tan interesante para cualquier aficionado a esta ciencia, los estudios de esta índole, realizados con rigor y objetividad, constituyen por desgracia un hecho demasiado reciente. Hasta hace poco solo existían tratados teológicos, exaltaciones de la Virgen o hagiografías escritas en un lenguaje tan preciosista como difícilmente digerible. 

Por todo esto, estudios como los del profesor Rodríguez Becerra son muy importantes, porque nos ofrecen una visión de nuestra realidad cotidiana realizada desde una perspectiva muy reflexiva y teniendo muy en cuenta la evolución histórica de este territorio, muy marcada por las condiciones en las que se realizó la reconquista cristiana y por la convivencia durante siglos con los musulmanes, cuyo Reino de Granada fue el último en caer, a finales del siglo XV. En cualquier caso es fundamental separar la teología de la religión cristiana institucionalizada de las auténticas creencias populares que, partiendo de aquella, crea su propia mitología, poblada de seres sobrenaturales, poderes curativos, milagros y magia. Solo hay que comparar la asistencia a misa con la asistencia a eventos como la Semana Santa o distintas romerías, así como el verdadero sentido que la gente da a ciertos sacramentos, como bodas, bautizos y comuniones. En esto último es en lo que se debe profundizar, estudiando los orígenes auténticos de dichas creencias y su evolución en el tiempo:

"Los andaluces viven intensamente la religión aunque no participan de todos los principios de la Iglesia, ni siguen sus rituales, y desde luego no parecen dispuestos a ayudarla en sus necesidades. La distinción y contraposición entre religión devocional - propia de las gentes cercanas a la Iglesia - y la religión tradicional, versión esta última en la que se sitúan la inmensa mayoría de los andaluces, parece pertinente. Esta postura puede ejemplificarse con la escasa asistencia a la misa dominical o en la reducida aportación que hacen mediante el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas. (...) Existe todavía un fuerte rechazo del ejercicio del poder y de dominio sobre los hombres llanos que pagaban los diezmos, las penas impuestas por los tribunales eclesiásticos y agachaban la cabeza ante los eclesiásticos por temor al poder real que tenían o podían llegar a ejercer."

La religión de los andaluces parte de una carta que Gerald Brenan envió al famoso antropólogo Julio Caro Baroja, instándole a investigar la devoción que generan a su alrededor las ermitas y santuarios presentes en prácticamente todos los pueblos del territorio, algo poco tenido en cuenta a la hora de comprender las verdaderas creencias de unos habitantes cuyas vidas fueron durante siglos subordinadas a un control social del comportamiento a través de las autoridades eclesiásticas, con fuerte presencia del temible Tribunal de la Inquisición, garante de la pureza de la fe y fiscalizador de las conductas al respecto. La asistencia a misa estaba fuertemente controlada, así como los pecados de la gente, a través de la institución de la confesión. El aflojamiento de esta presión coercitiva al perder la Iglesia gran parte de su poder, ha hecho que las creencias populares puedan seguir sus propios derroteros, llegándose al punto de que la devoción a ciertas imágenes supera con creces a la de Dios Padre, quizá un concepto demasiado metafísico para que llegue al pueblo. 

La fiesta se configura así en la gran ocasión de rendir culto a la Virgen o Cristo a la que se reza todo el año, un momento de gran emoción para mucha gente, que vive como una especie de éxtasis la cercanía física de la imagen, como si su poder benéfico de otorgar milagros se incrementara en esas ocasiones especiales. Siendo objetivos y para restar componente sobrenatural a estos intensos sentimientos, resultan ser muy parecidos a los que viven los aficionados de un equipo de fútbol ante una gran victoria de su club: un partido importante también se vive como una fiesta de devoción, cuyos momentos de éxtasis y estallido son los goles del propio equipo, mateniéndose el culto durante todo el año, de una forma particular, pero con elementos propios de la fe religiosa en muchos casos.

También resulta muy útil saber que las devociones a ciertos santuarios tienen periodos de esplendor, para luego declinar, cuando la gente estima que no se producen suficientes milagros en ellos. A principios del siglo XVII el más popular era el de la Virgen de Gracia, en Carmona, para pasar luego las preferencias al de la Virgen de Consolación de Utrera. Ambos están olvidados hoy a favor del Rocío y la Virgen de la Cabeza y quien sabe si serán capaces de mantener su estatus en el futuro o tendrán que pasar el testigo a otros. Hay muchos otros casos parecidos, como el que refleja Federico de Olóriz, eminente médico granadino del siglo XIX, en sus impresiones de un viaje por la Alpujarra:

"La virgen de las Zorreras en Ferreirola (Granada), hace unos diez o doce años se apareció a tres pastorcillos; hubo devociones por entonces, pero hoy está casi olvidada."

Poseer un santuario de estas características es objeto de deseo para muchos pueblos, y no solo por los beneficios espirituales, sino también por los económicos, y el proceso para conseguir su fama suele ser parecido: el hallazgo milagroso de una talla presuntamente antigua o la aparición de la Virgen a alguien humilde expresando su deseo de que se construya una ermita en el lugar. Es importante que el elemento mágico y milagroso esté presente desde el principio y que la localidad cobre renombre gracias a estos hechos y la fama se mantenga gracias a los milagros que concede la imagen a quienes la visitan. El famoso salto de la reja que se produce todos los años en Almonte, en cierto modo representa el derecho de propiedad sobre la imagen que ejercen los jóvenes de la localidad, impidiéndose la participación en este acto a foráneos, que, si se atrevieran a acercarse, serían repelidos violentamente por los almonteños. 

La religión de los andaluces constituye un libro muy necesario en una tierra como esta, en la que establecer un discurso racional y un análisis objetivo de las costumbres resulta en muchas ocasiones una tarea muy complicada, ya sea porque cualquier cuestionamiento religioso puede ser recibido con hostilidad por el devoto, ya sea porque el análisis objetivo de la propia realidad y el descubrimiento de sus fuentes, de la auténtica historia de la misma, puede entrar en controversia con las leyendas y relatos fantásticos aceptados como válidos por el creyente.

martes, 1 de septiembre de 2015

ROCÍO (1980), DE FERNANDO RUÍZ VERGARA Y EL CASO ROCÍO (2011), DE JOSÉ LUIS TIRADO. EL PAGANISMO CATÓLICO.

En un determinado momento de ese documental heterodoxo, magistral y a la vez necesario que es Rocío, Francisco Gil Delgado, canónigo de la Catedral de Sevilla en aquella época, intenta explicar el fenómeno de la romería desde un sentido místico, lo cual es lo mismo que asegurar que no puede hacerse desde la racionalidad. Precisamente la intención de Fernando Ruíz Vergara cuando emprendió la tarea de iniciar el rodaje era la contraria, la de indagar en los orígenes del fenómeno y tratar de llegar a una verdad que se pierde entre leyendas, intereses de clase y medias verdades. A pesar de que a finales de los años setenta ya se podía dar por asentada la democracia en España, con la Constitución recién aprobada, había ciertos temas (y esto sigue vigente a día de hoy, me atrevería a decir), en los que no se debía profundizar, asuntos que podía herir la sensibilidad del pueblo y cuestionar el status quo establecido y que en gran parte se consolidó en aquellos años de negociaciones y consensos bajo la atenta vigilancia de las clases privilegiadas.

Rocío es un documental que adopta un acertado punto de vista antropológico para retratar la manifestación de fervor más intensa - con permiso de la romería de la Virgen de la Cabeza - entre las que se dan en Andalucía. Su origen no es muy original: tiene que ver con el supuesto hallazgo milagroso en la zona, después de la reconquista, de una talla de la Virgen que habría sido escondida siglos antes por los cristianos que huían del avance musulmán. Como es preceptivo la Virgen pide que se construya en el lugar un santuario en el que se le rinda culto y poco a poco, a base de milagros, el sitio se hará famoso y allí acudirán miles de devotos esperanzados en la consecución de un milagro personal. Estos santuarios eran lugares en los que la iglesia, que había estado tanto tiempo ausente, iba cimentando su prestigio y poder entre el pueblo, obviando el hecho de que los visigodos hubieran profesado en su tiempo el arrianismo. Se fomentó la falsa idea de una continuidad entre la iglesia ligada al poder que llegaba con la Reconquista con la que existía antes de la llegada del islam, con la intención de legitimar lo antes posible a las nuevas fuerzas dominantes.

Uno de los discursos más valientes del documental de Ruíz Vergara es su carga de profundidad contra las clases dominantes en el campo andaluz, que utilizarían la romería como uno más de los basamentos de su preponderancia. El hecho de que se necesiten importantes medios económicos para participar en la peregrinación - carretas, caballos, animales, provisiones, vehículos todoterreno y un par de semanas de vacaciones en pleno mayo - hace que sean los privilegiados los que puedan participar con toda plenitud en ese festival de ostentación en el que se convierte el Rocío, aunque no falten historias de gente más humilde que se endeuda para aparentar una riqueza que no posee. En cualquier caso, son muchos más lo que participan en la medida de sus posibilidades. Lo curioso es que desde que comienza la romería las imágenes que suelen verse y las que muestra el documental, poco tienen que ver con lo que predica la doctrina cristiana: más bien nos encontramos ante una fiesta de carácter pagano, en la que se venera exclusivamente a una imagen que pertenece a un determinado lugar, hecho que se celebra con copiosas comidas, generosas dosis de alcohol y - parece ser - con drogas y sexo desenfrenado. Más que una manifestación de austeridad y penitencia, el Rocío constituye una perfecta exaltación del hedonismo, la imagen más representativa del andaluz ante el foráneo.

Pero el éxtasis llega con la salida de la Blanca Paloma de su templo, con el célebre salto de la verja como momento culminante, el instante en el que la pasión irracional se desata con un furor inusitado y vemos escenas a la vez hermosas y dantescas: una enorme masa humana pugnando por hacerse un sitio bajo el trono de la Virgen para poder llevarla, símbolo máximo de prestigio social, a la vez que el sujeto recepciona la gracia divina que emana de la talla. Entre tanto rostro sudoroso, entre desmayos, lágrimas, peleas y gritos, los padres elevan a sus hijos para que la gente los acerque a la Virgen entre empellones, sin importar el llanto desesperado de los pequeños: los beneficios serán mucho mayores: la creencia en el poder mágico de la imagen es mucho más poderoso que la preocupación por la seguridad física de los menores.

En El caso Rocío, documental realizado treinta años después, se analizan, con la perspectiva que da el tiempo, las consecuencias del procedimiento judicial que sufrió la película, deriva de la mención de un determinado nombre por un vecino de Almonte, que denuncia ante la cámara la represión que se llevó a cabo en el pueblo durante la Guerra Civil por parte de una banda liderada por José María Reales Carrasco, que fue alcalde de aquella localidad. Después de provocar una matanza entre los elementos izquierdistas del lugar, estos hombres se unieron al ejército nacional, ostentando bien visibles en todo momento sus medallas de la Virgen del Rocío. Los familiares de Reales Carrasco no tardaron en interponer una denuncia por injurias graves, así como por escarnio a la religión católica y ultraje contra los responsables del documental, del que se decretó su inmediato secuestro jucidial. El juicio tuvo repercusión incluso a nivel internacional y terminó con partes de la película censurada. A Fernando Ruíz Vergara se le impusieron dos meses de arresto mayor, una multa de cincuenta mil pesetas y el abono de diez millones de pesetas en concepto de responsabilidad civil por el delito de injurias graves contra Reales Carrasco, respecto al cual el juez no dejó probar al testigo la veracidad de los hechos que había declarado.

En el documental de José Luis Tirado, además de hablarse de las dificultades del rodaje de Rocío, aparece un Fernando Ruíz Vergara enfermo y derrotado (moriría poco después), pero todavía combativo, defendiendo su libertad de expresión y denunciando su caso como un ejemplo de los pactos ocultos de la Transición, de los límites de nuestra democracia, que impiden que se profundice en algunos temas que pueden resultar ofensivos para algunos: en los fundamentos de la religión y en la represión que se llevó a cabo en nuestra Guerra Civil.

Pero después de todo lo verdaderamente importante es que hoy podemos disfrutar de la obra maestra de Ruíz Vergara y su equipo, de esas imágenes, que no han vuelto a ser posibles, de la Virgen sin sus oropeles, una figura de madera carcomida, a la que se le pueden desmontar sus brazos, una talla destrozada por dentro, que es objeto de una devoción apasionada, un rasgo de identidad de un pueblo que ayuda a que la jerarquía social siga intacta. Como conclusión, transcribo aquí las palabras de Alonso Tostado, obispo de Ávila del siglo XV:

"De aquesto tal se siguen grandes pecados y errores y escándalos, y el pueblo menudo se torna hereje idólatra, ca puesto en algunas imágenes por revelación de Dios fuesen falladas en peñas o en fosaduras de tierra o en corazones de árboles, en lo cual hay muchas mentiras y muy pocas verdades; mas fue y es lo más dello introducido por sacar el dinero de las bolsas ajenas. Empero dado que fuese así en verdad, aquella imagen no es más de virtud que las otras, ca por manos de hombres es fecha, y no de ángeles, ni menos cayó del cielo, porque allá no hay piedras ni maderos; y dado que fuese hecha por mano de ángeles, no podría ser fecha salvo de piedra o de madera o de algún metal, e así no pudo tener mayor virtud que las otras imágenes, de piedra o de madera ni más que los palos del campo; y así si honramos a aquella imagen más que a las otras, entendiendo que tiene mayor virtud, y con mayor devoción delante della nos inclinamos, pecamos en idolatría." 

viernes, 29 de mayo de 2015

FANTASMAS, APARECIDOS Y MUERTOS SIN DESCANSO (2014), DE M. AGUIRRE, C. DELGADO Y A. GONZÁLEZ RIVAS (ED.). ANTROPOLOGÍA DE LO SOBRENATURAL.

La creencia humana en fantasmas y espíritus se pierde en la noche de los tiempos y ha sido una constante en la historia hasta nuestros días. A pesar de que la sociedad occidental hace tiempo que apostó por el conocimiento científico y el rechazo del pensamiento irracional, todavía sigue siendo muy significativo el número de los que piensan que los muertos pueden visitarnos, aunque las técnicas de comunicación se hayan ido adaptando a los tiempos: oija, psicofonías... Pero la esencia sigue siendo la misma, la negación de la muerte, la creencia de la dualidad entre cuerpo y espíritu. Aún hoy locuaces pseudocientíficos de apariencia respetable (o no) nos aseguran desde youtube que es posible comunicar con los seres queridos mediante procedimientos relativamente sencillos. Seguramente es tan fácil caer en esta creencia porque es una herencia del pasado que está en nuestro ADN. Es interesante constatar que el ser humano, a pesar de su avance tecnológico, sigue siendo el mismo animal asustado e irracional que teme y a la vez se ve atraído por los misterios de la muerte. 

Cualquier experiencia extraña que suframos individualmente, aún pudiendo ser explicada de manera racional, será en muchas ocasiones atribuida al mundo del más allá, reforzando la creencia en lo sobrenatural. En cualquier conversación sobre el tema, siempre habrá alguien que aporte una historia más o menos inquietante. Como escribe el especialista en Mitología de la Universidad de Bristol, Richard Buxton: 

"Los fantasmas proporcionan un campo de investigación maravilloso, ya que no solamente son fascinantes desde un punto de vista intelectual - ofreciendo como hacen la oportunidad de comparar entre culturas y periodos históricos - , sino también por el hecho de que el concepto de fantasma podría tener que ver con personas individuales hoy (...) en relación con experiencias que esas personas hayan podido tener ellas mismas. Esto se debe a que, a pesar de todas las variaciones en las ideas sobre fantasmas, todas ellas surgen de dos aspectos universales de la existencia humana: muerte y memoria."

Una de las más famosas representaciones de fantasmas, que ha hecho fortuna hasta nuestros días, fue la descrita por Plinio el Joven en el siglo I de nuestra era, respondiendo por carta a su amigo Sura, que le preguntaba acerca de la naturaleza de los espectros. El escritor romano cuenta el caso de la típica casa encantada en la que nadie quiere vivir por estar habitada por un fantasma. El filósofo Atenodoro, recién llegado a Atenas, se entera del asunto y decide alquilar la vivienda debido a su bajo precio. Esa misma noche está escribiendo en su habitación cuando se le aparece un espectro silencioso dotado de la iconografía que ha hecho fortuna hasta nuestros días: un anciano de aspecto etéreo vestido con sábanas y cadenas. El fantasma llama la atención del filósofo, que sigue un rato escribiendo hasta que le hace caso. Entonces lleva a Atenodoro a una habitación de la casa y desaparece. Al día siguiente se excava allí y aparecen unos huesos y unas cadenas: cuando se da correcta sepultura al cadáver, el fenómeno deja de suceder.

Tan espectacular relato ha servido de modelo a muchos otros y seguramente procede de una tradición que era ya antigua en los tiempos de Plinio el Joven. Ya Homero había insertado con toda naturalidad a fantasmas de héroes en la Ilíada. Eso no quiere decir que en las distintas leyendas y narraciones de diferentes pueblos y épocas los fantasmas vengan siempre en son de paz. En Europa del Este es frecuente el folklore relacionado con vampiros y muertes vivientes, en ocasiones muy agresivos con los vivos, aunque es más habitual la creencia en el espectro errante - ya sea o no agresivo - porque dejó sin completar asuntos en nuestro mundo. 

Siempre resulta interesante estudiar las creencias en este sentido, porque nos hablan del carácter y las inquietudes de una determinada sociedad. Ha habido casos de estudiosos, como Lafcadio Hearn, que se dedicaron a la recopilación de leyendas, en este caso japonesas. Fantasmas, aparecidos y muertos sin descanso está escrito por los mejores especialistas en Historia, Mitología, Filología y Arte, para ofrecernos un completo panorama del fantasma a través de distintas épocas y ublicaciones geográficas, revelándonos que estas creencias son una constante en distintas civilizaciones y seguirán siéndolo, al menos hasta que el misterio de la muerte no sea resuelto.

jueves, 30 de abril de 2015

EL FUEGO Y LA PALABRA (1960), DE RICHARD BROOKS. LECCIONES DE EMPRENDIMIENTO RELIGIOSO.

No hay sociedad humana que no cuente con una amplia historia religiosa a sus espaldas. En el pasado la religión fue un vehículo de cohesión, de identificación con los hermanos de la propia tribu, que creaba unidad y, por lo tanto, progreso. A pesar de su evidente retroceso, sobre todo en occidente, las creencias religiosas siguen gozando de buena salud, aunque algunos la usen como instrumento de odio. Y es que el absurdo vital lleva a la mayoría de los hombres a buscar certezas que le expliquen cuál es su lugar en el mundo y qué va a suceder tras la muerte. Por eso, hoy por hoy, estas prácticas no pueden ser sustituidas por el pensamiento racional para una gran masa humana, que prefiere la existencia en ese confortable mundo de ilusión y sentido. Este anhelo de trascendencia ha sido tradicionalmente aprovechado por todo tipo de charlatanes que, asegurando hablar en nombre de Dios, han embaucado a muchos crédulos.

Uno de estos hombres es Elmer Gantry, un viajante de comercio, borrachín y fracasado, que asiste un día a una reunión evangélica y le asalta una revelación: la profesión de pastor la mejor salida a sus dotes de emprendedor, una profesión en la que se pueden gritar barbaridades, se puede ser demagogo y se pueden ofrecer espectáculos de dudoso gusto y la gente aplaudirá más. Porque la religión no debe estar reñida con la diversión y Elmer Gantry es la estrella de la función en la que dice tener como aliado y amigo al mismísimo Jesús. Para él, Dios es el producto más rentable del mundo: basta con hablar de él, con hacerle sentir a la gente que se le invoca y el poder de la persuasión hará el resto. Gantry es un cínico, sí, pero no más - supongo - que muchos otros líderes religiosos que se pegan la gran vida a costa de la credulidad de su público.

Mientras tanto, el espectador puede elegir contemplar el show de Gantry a través de los ojos de Jim Lefferts, un periodista ganador del premio Pulitzer, escéptico, pero con olfato para saber dónde se esconde una buena historia. Como no podía ser de otra manera, las pasiones humanas que adornan el carácter de Gantry, acabarán traicionándole, más pronto que tarde...

El fuego y la palabra es una película valiente, que se atreve a mirar de frente al hecho religioso, en un país como Estados Unidos en el que no faltan embaucadores que se hacen ricos a costa de la candidez de sus semejantes y a la vez el retrato de un hombre, Gantry, al que acabamos conociendo muy bien e incluso simpatizando con sus motivaciones (la magistral interpretación de Burt Lancaster se encarga de ello) porque, después de todo, se le puede ver como un emprendedor de éxito que ha encontrado su nicho de mercado. Si el público necesita mercancía religiosa, hombres como él son sus mejores vendedores. Lo cierto es que me he quedado con muchas ganas de leer la novela en la que se basa el film, del premio Nobel Sinclair Lewis. 

martes, 21 de abril de 2015

SONRÍE O MUERE (2011), DE BARBARA EHRENREICH. LA TRAMPA DEL PENSAMIENTO POSITIVO.

Existen realidades cotidianas que, aunque estén día a día delante de nosotros, se nos escapan, quizá porque son tan evidentes que no nos paramos a analizarlas. Una de ellas es el bombardeo de pensamiento positivo al que hemos estado sometidos en los últimos años, sobre todo como sustitutivo de verdaderas soluciones en tiempos de adversidad y crisis. Constantemente se reclama al ciudadanos que saque lo mejor de sí mismo, que se descubra poseedor de una especie de fuerza interior, usando la cual será posible cumplir todos nuestros sueños y expectativas, por muy disparatados que éstos sean. Al que está imposibilitado de encontrar trabajo se le anima a que se haga emprendedor, que cree de la nada la empresa de sus sueños y que consiga todos sus objetivos con el solo poder de su pensamiento, como postula el éxito de ventas El secreto, de Rhonda Byrne, uno de los grandes abanderados de este triunfo del pensamiento mágico.

En Sonríe o muere, Barbara Ehrenreich se propone descubir a quién beneficia este auge, partiendo de su propia experiencia como enferma de cáncer de mama. Como parte de la terapia, se le estimulaba a pensar positivamente acerca de su próxima curación, que tuviera confianza en ello para detener el avance de la enfermedad, asegurándole que dicho esfuerzo era imprescindible para que las células sanas ganaran la partida que se estaba entablando dentro de su cuerpo (toda una falacia desde el punto de vista médico). Alrededor del cáncer de mama ha florecido toda una industria de pensamiento positivo que puede resultar incluso humillante para quien necesita desahogarse por la experiencia que le ha tocado vivir y no necesita volver a sentirse una niña para afrontarla. Es curioso que dicha industria sea inexistente respecto a los afectados por cáncer de próstata. 

Pero el mayor provecho, como de costumbre, ha sido para el sistema capitalista, que ha podido lidiar con la crisis haciendo que sus víctimas se sientan culpables por no ser lo suficientemente optimista en su fe en una pronta recuperación personal:

"Otra función que se ha arrogado el pensamiento positivo es la de defender los aspectos más crueles de la economía de mercado. Dado que el optimismo es la clave para el éxito material, y dado que se puede alcanzar ese enfoque vital optimista si uno practica el pensamiento positivo, no hay excusa para el fracaso. De este modo, el reverso de “lo positivo” es la machacona insistencia en la responsabilidad individual: si tu negocio quiebra o te quedas sin trabajo, será porque no te esforzaste lo suficiente, porque no creías con la suficiente firmeza en que tu propio éxito era inevitable. Y a medida que la situación económica ha venido trayendo más suspensiones de pagos y más turbulencias financieras sobre la clase media, los promotores del pensamiento positivo se han encastillado más y más en sus juicios negativos: si te sientes decepcionado, rabioso o deprimido, es que eres una “víctima” y un “llorón”."

Una de las frases más aberrantes de las que se han escuchado en los últimos tiempos es aquella que se dirige a quien es despedido: "tómate esto como una oportunidad". Algunas empresas creen que la solución a los problemas se encuentra en la realización de cursos de motivación, caros y que ofrecen resultados muy limitados y poco estables, ofrecidos por esos coach que han visto un filón económico en esta moda. Si sus charlas motivacionales no dan el resultado previsto, siempre pueden echar la culpa al oyente, por no haber seguido sus enseñanzas con el suficiente entusiasmo.
Es bueno ser optimista, pero es mejor todavía ser realista, conocer los propios límites y saber hasta donde podemos llevar nuestras ambiciones y qué metas son insensatas para nosotros. Evitar la frustración y hasta las depresiones que conllevan constatar que aquello que creíamos que podríamos realizar fácilmente gracias a nuestra fuerza interior y el poder de nuestra mente está fuera de nuestro alcance. Ehrenreich se muestra mucho más razonable al abogar por una manera de pensar mucho más equilibrada:

"Pero no es cierto que la alternativa al pensamiento positivo sea la desesperanza. De hecho, el pensamiento negativo puede resultar tan engañoso como el otro. Las personas deprimidas tienden a proyectar su angustia a su alrededor y se ponen siempre en la peor de las situaciones, de forma que esas previsiones tan negras les sirven de refuerzo a su angustia. En ambos casos se da una incapacidad para separar la emoción de la percepción, así como un deseo de aceptar lo ilusorio como real, bien porque “te levanta el ánimo”, o bien porque –en el caso del deprimido– refuerza tus neurosis y tus pensamientos negros recurrentes. La alternativa, en ambos casos, es tratar de salir de uno mismo para ver las cosas “como son”, pintándolas lo menos posible con los colores de nuestros sentimientos y fantasías, y entendiendo que el mundo está lleno de peligros y oportunidades casi por igual, y que es posible vivir la mayor de las felicidades aunque siempre esté ahí la certeza de que vamos a morir."

Llevar hasta el extremo las ideas del pensamiento positivo puede llegar a ser esclavizador, sometiendo a las personas a un escrutinio constante de sí mismas digno de la religión calvinista, para eliminar de raíz cualquier brote de negatividad que se esté formando. Uno debe aceptar en la ecuación de su propia vida el papel del azar, de las malas circunstancias y no estimar que pueden evitarse con el solo esfuerzo de la voluntad. No se puede ir contra las leyes de la física, por mucho que nos digan que somos capaces de cualquier cosa. El libro de Ehrenreich es todo un toque de cordura frente a un modo de pensar que al final se ha convertido casi en sectáreo.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

LAS CARAS DE BÉLMEZ, ¿FANTASMAS O FANTASMADAS? (2014), DE JUANMA ALONSO. EL AUTÉNTICO ROSTRO DEL MISTERIO.

 El sábado pasado tuve la oportunidad de presentar este estudio de Juanma Alonso, una visión desde un punto de vista escéptico del ya veterano evento parapsicológico sucedido en el pueblo de Bélmez de la Moraleda. Según expone Alonso en su riguroso estudio, el caso seguramente comenzó como una mera broma que se le fue de las manos a sus instigadores originales. Cuando la bola fue demasiado grande como para pararla, los réditos económicos que se consiguieron, nada desdeñables, con el fenómeno, bastaron para mantenerlo de actualidad. Habiendo pasado por épocas de absoluto olvido, las caras de Bélmez han vuelto con fuerza de la mano del inefable Iker Jiménez, que ha resucitado el caso, después de intentar mudarlo a la casa del vecino, con el fin de conseguir más audiencia para su programa, objetivo que ha conseguido con creces. Dejo aquí el texto que expuse en la presentación, una ocasión muy especial, por ser el primer evento público que organizamos como colaboradores oficiales de La Noria:


"Que nadie espere encontrar en el libro de Juanma Alonso una justificación sobrenatural del “fenómeno” (y digo fenómeno entre comillas) de las caras de Bélmez. Se trata de un ensayo riguroso, actual y muy bien escrito acerca de unos hechos que se produjeron hace más de cuarenta años y que siguen siendo explotados en la actualidad, habiendo sido definidos por los profesionales del misterio (y hablamos, nada menos, que de unas manchas con forma de rostro en un suelo de cemento) como “el fenómeno paranormal más importante del siglo XX”. Aunque los se dedican al tema, las denominen pomposamente “teleplastias” la verdad es que, si esto es lo máximo que puede aportar el mundo del misterio frente a la ciencia, la diferencia entre ambos campos es abismal. Ricardo Campo, miembro destacado de una Asociación llamada Círculo escéptico, define a los investigadores del tipo de Iker Jiménez o J.J. Benítez, con estas palabras:


"El disfraz de investigador no se limita a la locuacidad paranormalista. Se complementa con detalles como un buen equipaje de campo, cuaderno de notas, cámara de fotos, brújula y el imprescindible chaleco sin mangas de dos mil bolsillos. No hay periodista ufológico o investigador paranormal que no se haya hecho una foto con él. Quien lo lleva parece un arqueólogo, aunque el universo intelectual de uno y otros se sitúe a años luz de distancia. También es conveniente adoptar un estilo de escritura ampuloso, poetizante, cursi hasta resultar repelente, para detallar un día de correrías por montes, cementerios e iglesias abandonadas, rellenar con invenciones lo que ignora, mezclar diversas historias o directamente plagiar fuentes que están como un cencerro."


El libro de Juanma es una de esas iniciativas que resultan imprescindibles en un país en el que los programas dedicados a la difusión de lo paranormal siguen contando con una importante audiencia. Las revistas como Enigmas o Año cero, son de las más veteranas en nuestros kioskos, con reportajes tan llamativos como “Ovnis sobre las Canarias”, “Los fantasmas de Beltiche” o “Extraño ser visto en Alfarnate”. Aunque lleven décadas acercándose a los mismos temas sin aportar ni una sola prueba concluyente de la certeza de las afirmaciones que dejan caer de manera sensacionalista e irresponsable, sus patrocinadores nunca dan su brazo a torcer y siguen convenciendo a su audiencia de que hay que seguir creyendo en la magia de los temas relacionados con el misterio. 


Para estos investigadores del misterio, el método científico solo se usa si conviene a sus fines, si no es obviado o tergiversado. Decía Carl Sagan en El mundo y sus demonios, libro dedicado a combatir las pseudociencias y absolutamente recomendable:


“En una cuestión tan importante, la prueba debe ser irrecusable. Cuanto más deseamos que algo sea verdad, más cuidadosos hemos de ser. No sirve la palabra de ningún testigo. Todo el
mundo comete errores. Todo el mundo hace bromas. Todo el mundo fuerza la verdad para ganar dinero, atención o fama. Todo el mundo entiende mal en ocasiones lo que ve. A veces incluso ven cosas que no están.”


Si hay una afirmación que habría que aplicar a todos estos fenómenos sobre los que se han escrito páginas y páginas sin que jamás hayan logrado evidencia científica alguna, es que “declaraciones excepcionales, requieren pruebas excepcionales”. No basta con el testimonio confuso de un testigo o una foto borrosa. El método científico es mucho más riguroso que todo eso.


En realidad, todo este tema de las Caras de Bélmez, que Juanma trata desde todas las vertientes, incluso de la antropológica, deriva de la necesidad humana de creer en lo sobrenatural. Recuerda mucho al tema de los círculos en las cosechas, que se puso de moda hace una década, para acabar descubriéndose que los primeros habían sido realizados por unos jubilados y después otra mucha gente los imitó."