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martes, 3 de julio de 2018

MI HERMANO EL ALCALDE (2004), DE FERNANDO VALLEJO. LA PERVERSIÓN DEMOCRÁTICA.

A veces uno se asoma, a través de la literatura, a culturas hermanas, como la colombiana y se estremece al pensar en el primitivismo de ciertas formas de vida, sobre todo si nos alejamos del ámbito urbano. La narración de Vallejo transcurre entre los últimos noventa y los primeros meses del nuevo siglo y narra la experiencia de su hermano como alcalde de un pueblo colombiano del departamento de Antioquía. Un lugar que en aquella época estaba azotado por la violencia del tristemente famoso guerrillero Tirofijo y de los distintos capos de la droga, aunque el azote más evidente que deja entrever la novela es el de la ignorancia: los habitantes de Támesis utilizan la idea de democracia como una auténtica subasta en la que se elige al mejor postor, al candidato que más promesas absurdas (y personalizadas) consiga realizar.

Pero la cosa no queda ahí: el falseamiento de las elecciones y el voto de personas ya muertas son asuntos que están a la orden del día. Además, al candidato no le basta con recorrer su distrito electoral lanzando discursos: las puertas de su finca deben estar abiertas a todos, aunque dicha generosidad extrema le sitúe cerca de la bancarrota. En cualquier caso todos suponen que la llegada al cargo compensará suficientemente los gastos previos. La democracia colombiana que describe Vallejo es un pequeño infierno en el todos se niegan a pagar impuestos, pero a su vez todos quieren vivir del dinero público:

"Porque el funcionario colombiano no raja ni presta el hacha, no deja ni deja hacer. Ah, pero eso sí, cuando agarra la teta no la suelta. Es más fácil fajar una ventosa de una barriga preñada o una sanguijuela de una pierna."

Y escribe también más adelante este párrafo demoledor con el propio país:

"Colombia en sus constituciones parte de la base de que hay ciudadanos honrados que la quieren gratis. Inmenso error. Si los hay, no los conozco y si los hubo, idos son: ya los anotó el sastre en su puerta. Hoy por amor nadie gasta su tiempo en ti, Colombia. Todos van detrás de algo: un puesto público o la comisión de un contrato."

Con este panorama, es muy difícil que un cargo público sea honrado, pues con la sola candidatura al mismo, ya se le supone la pillería. Por supuesto, el mandato de Carlos, el hermano de Vallejo quiere ser diferente. Quiere hacer progresar al pueblo, quiere mejorar la educación, las comunicaciones, la tecnología y las oportunidades de todos, pero al final su recompensa es el oprobio. Mi hermano el alcalde está escrito con la ironía y la mala leche características del autor de La Virgen de los sicarios y, aunque no llega al nivel de su obra más conocida, constituye un valioso testimonio de cómo se las gasta el sistema en la Colombia profunda. Para leer, reflexionar y rezar pidiendo que jamás veamos en nuestro país tal degeneración de la idea de democracia.

jueves, 18 de septiembre de 2014

DOCE CUENTOS PEREGRINOS (1992), DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. LATINOAMERICANOS EN EUROPA.

En el magnífico prólogo de Doce cuentos peregrinos, Gabriel García Márquez cuenta el azaroso proceso de creación de este libro, que duró casi dos décadas. Los cuentos se escribían, se reescribían, se perdían entre otros papeles y volvían a encontrarse, practicando siempre el insaciable y abrasivo vicio de escribir de manera compulsiva, hasta alcanzar la perfección que siempre marca su estilo. Porque cada relato constituye una pequeña obra maestra de estilo que consigue el milagro de enlazar temáticamente con el resto. Se trata de narraciones que siempre tienen por eje las andazas de gente de Latinoamérica en Europa, ya hayan viajado al viejo continente por placer, por negocios, por devoción o exiliándose de su país. Son muy interesantes las palabras del escritor colombiano acerca de las diferencias entre cuento y novela:

" (...) el esfuerzo de escribir un cuento corto es tan intenso como empezar una novela. Pues en el primer párrafo de una novela hay que definir todo: estructura, tono, estilo, ritmo, longitud, y a veces hasta el carácter de algún personaje. Lo demás es el placer de escribir, el más íntimo y solitario que pueda imaginarse, y si uno no se queda corrigiendo el libro por el resto de la vida es porque el mismo rigor de fierro que hace falta para empezarlo se impone para terminarlo. El cuento, en cambio, no tiene principio ni fin: fragua o no fragua. Y si no fragua, la experiencia propia y la ajena enseñan que en la mayoría de las veces es más saludable empezarlo de nuevo por otro camino, o tirarlo a la basura."

En estos relatos García Márquez sigue fundamentalmente explorando las posibilidades que ofrece el realismo mágico, tanto que si se nos diera a leer alguno de ellos sin saber el autor, seguramente podríamos adivinarlo sin muchos problemas. Existe una constante en muchos de ellos: la presencia agazapada de la muerte, esa dama que a veces nos visita en el momento menos esperado, como en el relato El rastro de tu sangre en la nieve, donde asalta a una bella recién casada, después de que esta se pinchara accidentalmente el dedo con la espina de una rosa. En otros como La santa, la muerte se muestra de forma insólita, dejando incorrupto el cuerpo de una niña, cuyo padre sacrifica su existencia para ver reconocido el milagro por el papa de una iglesia desbordada por peticiones similares. También se coquetea con el género de terror, ejecutando una pieza tan inquietante como Solo vine a hablar por teléfono, en el que una situación cotidiana se transforma en una auténtica pesadilla. Otro de los más destacables es Buen viaje, señor presidente, cuyos protagonistas se hacen entrañables al lector por diversos motivos y que contiene una nada grata reflexión sobre la realidad de Hispanoamérica:

"El presidente suspiró. «Así somos, y nada podrá redimirnos», dijo. «Un continente concebido por las heces del mundo entero sin un instante de amor: hijos de raptos, de violaciones, de tratos infames, de engaños, de enemigos con enemigos»."

Merece la pena acercarse a estos Doce cuentos peregrinos, sin más pretensiones que la de leer literatura de exquisita calidad, comprobando que, a pesar de su fijación por ciertos temas y asuntos, la escritura de García Márquez posee la misma maestría cuando aborda un relato corto que cuando lo hace con una novela.

sábado, 30 de noviembre de 2013

CIEN AÑOS DE SOLEDAD (1967), DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. LOS PECADOS DE MACONDO.

Hay libros que son como pequeñas montañas que tiene que escalar al menos una vez en su vida lectora. Cien años de soledad no es una novela particularmente extensa, ni de lectura difícil, pero posee una trama tan enrevesada en algunas de sus páginas que se hace casi imprescindible leerla consultando de vez en cuando el árbol genealógico de la familia Buendía. Para mí esta segunda lectura de la obra magna de García Márquez ha tenido un carácter muy especial, porque ha sido el libro con el que hemos inaugurado el club de lectura de Más Libros Libres

Lo primero que tengo que decir acerca de Cien años de soledad es que no se trata de mi libro favorito de García Márquez. Con el autor colombiano me sucede que disfruto muchísimo de su estilo de escritura, quizá el más depurado que se puede encontrar en español en las últimas décadas, pero la temática de novelas como esta o El amor en los tiempos del cólera me parece un tanto reiterativa, con demasiada densidad de personajes y de historias. Como lector quedo deslumbrado por el talento indudable de García Márquez, que consigue el prodigio, vedado a muchos otros escritores, de construir un universo propio y reconocible (y en el que se han inspirado posteriormente otros novelistas). Deslumbrado, pero también un poco perdido, como un explorador que se adentra en una tierras hermosas pero con una concentración de vegetación tan agobiante que debe mirar su mapa a cada paso para no perderse irremediablemente. Disfruto más de sus relatos o novelas cortas, como El coronel no tiene quien le escriba o con su faceta periodística, de la que pude disfrutar hace un año Relato de un naúfrago.

Pero entre toda esta vegetación  hay hallazgos únicos, como la utilización magistral del realismo mágico, esa manera de insertar elementos fantásticos en la novela de una manera tan natural que el lector los acepta en la lógica interna del relato o la riqueza del lenguaje del escritor colombiano, que parece conocer más palabras que el mismo diccionario. Uno de los aspectos más destacables de la novela son los paralelismos de la historia de Macondo con diversos pasajes de la Biblia: el pueblo tiene su génesis, su éxodo, su diluvio, sus plagas, su ascensión de la Virgen y, finalmente, su apocalipsis. La entera historia del mundo condensada en un pueblecito administrado por una familia con tendencia a los pecados relacionados con el incesto. Cueste más o cueste menos (y yo recomiendo que se haga de la manera más continuada posible, en pocos días, para no perderse), la historia de los Buendía es una de esas novelas que marcan el siglo XX y, por tanto, su lectura es imprescindible.