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sábado, 30 de diciembre de 2023

UNA MUJER SIN AMOR (1952), DE LUIS BUÑUEL.

Un Buñuel menor, pero nada desdeñable. Se trata de una trama absolutamente melodramática que implica un secreto familiar relacionado con un adulterio. Rosario es una joven casada con un hombre mucho más mayor, que la ha tratado muy bien económicamente, pero al que no quiere. Un día conoce a un hombre de su edad que representa todo lo que le ofrece algo que nunca ha encontrado en su marido: amor verdadero y pasión. A partir de ahí se realiza una interesante disección de un conflicto entre hermanos - o hermanastros más bien - en el que aparecen el odio, los celos y casi la violencia. Son temas muy buñuelescos - incluyendo el contraste entre el amante joven y el esposo maduro -, que el director aragonés hubiera aprovechado a su manera si no se hubiera tratado de una película de encargo. Al menos se trata de un filme bien realizado y correcto en todos sus aspectos, incluido el actoral, algo muy frecuente en el cine mexicano de la época. Buenas dosis de crítica social - ese pecado original que es el matrimonio por conveniencia - desatan una trama que se sigue con interés durante todo el metraje.

P: 6

viernes, 27 de julio de 2018

DIARIO DE UNA CAMARERA (1900), DE OCTAVE MIRBEAU Y DE LUIS BUÑUEL (1964). EL ESPELUZNANTE ENCANTO DE LA BURGUESÍA.

Las relaciones entre amos y criados han sido desde siempre un motivo de inspiración para la literatura y el cine. Esa relación casi íntima entre clases sociales que a la vez se desprecian y se necesitan - aunque existan excepciones de criados perfectamente intregrados en su papel, como el protagonista de Lo que queda del día - da mucho juego. El criado - la criada en este caso - vende sus servicios al mejor postor, pero una vez que comienza su labor ésta se convierte en una servidumbre de características muy especiales, sobre todo si la criada duerme bajo el mismo techo que sus señores. Célestine, la protagonista de este diario, es una joven de espíritu rebelde, pero que sabe que necesita integrarse y disimular su desprecio a la clase social a la que sirve, para poder sobrevivir. Su opinión acerca de su posición en el mundo resulta muy lúcida:

"Un  criado no es un ser normal ni un ser social. Es alguien disparatado, fabricado con piezas y fragmentos que no se ajustan unos a otros, ni pueden yuxtaponerse. Es algo peor: un monstruo híbrido humano. Ya no pertenece al pueblo, del que proviene, tampoco a la burguesía, entre la que vive y a la que tiende. Ha perdido la sangre generosa y la fuerza inocente de ese pueblo del que reniega. Ha adquirido los vicios vergonzosos de la burguesía sin haber podido obtener los medios para satisfacerlos; y también, sus sentimientos viles, sus temores cobardes, sus delictivos apetitos, sin la cobertura y, en consecuencia, sin la excusa de la riqueza."

Sin embargo, siendo joven y bonita, sabe que despierta el deseo de los hombres de cualquier clase social. Esto la asquea, pero a la vez le otorga una cierta posición de poder que podría aprovechar para mejorar sus condiciones de vida: en más de una ocasión ha podido casarse con alguno de sus amos, pero ha rehusado hacerlo. Sin embargo, cuando conoce a Joseph, un criado maduro y canalla (hasta el punto de sospechar que es un asesino de niñas), va sintiendo poco a poco una atracción irresistible por él. Quizá su mejor salida sea tomar lo que el taimado Joseph le ofrece. O quizá no le quede más remedio que aceptarlo:

"Es curioso, siempre he sentido debilidad por los canallas. Hay en ellos algo imprevisto que enciende la sangre, un olor muy especial que embriaga, algo fuerte y acre que atrae sexualmente."

La novela de Mirbeau, de tono vagamente erótico, no ahorra cargas de profundidad contra la condición burguesa, una clase social que retrata como parásita e inútil, aburrida e insustancial. La señora de Célestine se pasa el día quejándose, como si todas las circunstancias de la vida diaria conspiraran para amargarle la existencia. Una existencia que resulta también profundamente amarga para un señor absolutamente dominado por su esposa y cuyos instintos eróticos se centran en torpes intentos de seducción a su criada. 

Otro de los aspectos más interesantes de la novela es su crítica al movimiento nacionalista y antisemita de derechas que tomó impulso en aquella época con el caso Dreyfus. Lo que cuenta Mirbeau a las puertas del siglo XX es muy consecuente con los desastres que vendrían después.

Todo este material fue bien aprovechado por Luis Buñuel - sobre todo sus escenas más fetichistas - para realizar una versión muy personal de la novela. El aragonés obvia los episodios del pasado de Célestine y se centra en el nudo principal de la obra, mateniéndose fiel al mismo hasta que cambia por completo el final.

martes, 7 de marzo de 2017

TRISTANA (1892), DE BENITO PÉREZ GALDÓS Y DE LUIS BUÑUEL (1970). LA PIERNA QUEBRADA.

En la España del siglo XIX - y también en buena parte de la del siglo XX, hasta muy tarde, por obra y gracia de Francisco Franco - la mujer era un ser secundario en la sociedad, subordinado siempre al varón, cuyo único fin en la vida era encontrar marido y tener descendencia. La mujer podía soñar con una vida feliz, pero las circunstancias con demasiada frecuencia la vinculaban a hombres indeseables, que podían llegar a tratarla como si de una propiedad privada se tratara. Pero Galdós fue un maestro a la hora de explorar la vida interior de todos los tipos sociales de su tiempo, especialmente de la mujer. Así lo expresa María Zambrano en su libro La España de Galdós:

"Galdós es el primer escritor español que introduce a todo riesgo las mujeres en su mundo. Las mujeres, múltiples y diversas; las mujeres reales y distintas, "ontológicamente" iguales al varón. Y ésta es la novedad, ésa es la deslumbrante conquista. Existen como el hombre, tienen el mismo género de realidad."

El caso de Tristana, la protagonista de esta magnífica novela de Galdós, tiene un componente especial: huérfana desde muy joven, no tiene más remedio para sobrevivir con decencia que verse acogida por un amigo de la familia, don Lope, un hombre maduro con una sólida carrera de conquistador a sus espaldas y que se niega a aceptar que sus tiempos de seductor han pasado, tanto es así que al poco de tener a Tristana bajo su techo, la seducirá y la hará suya, como se decía en la época. Al principio la protagonista acepta la situación casi como algo natural, pero pronto se rebelará contra ella. Y la mejor manera de hacerlo es enamorándose perdidamente de un joven pintor, que le hará recuperar la ilusión por el futuro. 

Pero la relación que la joven va a establecer con Horacio no será convencional. Se trata más bien de tardes de convivencia que ellos viven de espaldas al mundo. La búsqueda de libertad, de emancipación se manifiesta en Tristana a través de un singular interés por la cultura, de una enorme curiosidad por la vida que existe más allá de los muros de la casa de don Lope. Ella aborrece el destino tradicional de la mujer en su tiempo y evalúa con su Saturna, la criada y a la vez su confidente, las posibilidades de esquivar ese futuro, el que se supone que debería preparse para afrontar:

"Pero fíjese , sólo tres carreras pueden seguir las que visten faldas: o casarse, que carrera es, o el teatro..., vamos, ser cómica, que es buen modo de vivir, o... no quiero nombrar lo otro. Figúreselo." 

Además, Tristana establece, casi sin saberlo, un discurso feminista, muy revolucionario para la época:

"Ya sé, ya sé que es difícil eso de ser libre... y honrada. ¿Y de qué vive una mujer no poseyendo rentas? Si nos hiciéramos médicas, abogadas, siquiera boticarias o escribanas, ya que no ministras o senadoras, vamos, podríamos... (...) Yo quiero vivir, ver mundo y enterarme de por qué y para qué nos han traído a esta tierra en que estamos. Yo quiero vivir y ser libre."

Y también:

"Protesto, me da la gana de protestar contra los hombres, que han cogido todo el mundo por suyo, y no nos han dejado a nosotras más que las veredas estrechitas por donde ellos no saben andar."

Mientras tanto, don Lope, el viejo galán, se huele la aventura y siente como un asunto de honor el regreso de Tristana a su posición de sumisión a su persona. Don Lope es un personaje muy interesante, puesto que tiene una visión del mundo muy personal y adaptada a sus intereses. Cree también en el disfrute sensual, pero exclusivamente reservado para los hombres que saben ganárselo. Aborrece del matrimonio y jamás se ha planteado casarse, pero en los años de senectud va tomando conciencia de que sus pretensiones de seductor van resultando decididamente ridículas. No obstante, jamás se rinde: se siente superior a cualquier jovenzuelo y sería capaz de retar a cualquiera a duelo para demostrarlo. A pesar de su existencia pecaminosa, don Lope también es un hombre capaz de gestos nobles: cuando Tristana enferma, se vuelca en su recuperación y sacrifica su patrimonio y su bienestar físico y mental con tal de lograr que la joven vuelva a ser la que era. Ya la protagonista había descrito acertadamente al anciano en unas palabras que dirige a Horacio:

"A veces paréceme que le aborrezco, que siento hacia él un odio tan grande como el mal que me hizo; a veces... todo te lo confieso, todo... siento hacia él cierto cariño, como de hija, y me parece que si él me tratara como debe, como un padre, yo le querría... Porque no es malo, no vayas a creer que él es muy malo, muy malo... No; allí hay de todo: es una combinación monstruosa de cualidades buenas y de defectos horribles."

La adaptación llevada a cabo por Luis Buñuel es más bien una versión muy personal de la novela puesto que, tomando los elementos fundamentales de la misma, se construye una trama que poco tiene que ver con las intenciones del original galdosiano. A Buñuel le interesa ante todo el personaje de don Lope - hasta el punto de identificarse con él - y desarrollar las posibilidades eróticas del personaje de Tristana. Para eso otorga gran importancia a Saturno, un joven sordomudo con un deseo animal por la joven y relativiza la de Horacio, que aquí es un chulo sin mucha personalidad, que sirve sobre todo para darle una lección de dominio físico a don Lope. Lo inolvidable de esta Tristana es la interpretación magistral de Fernando Rey, que hace suyo el personaje y le otorga una humanidad que ni siquiera alcanza el original literario. El énfasis surrealista que domina todo el relato se remata con un final del todo alejado al de la novela, mucho más sórdido y menos apegado a lo que Galdós hubiera considerado lo más acorde a las circunstancias reales de la trama.

sábado, 22 de diciembre de 2012

MI ÚLTIMO SUSPIRO (1982), DE LUIS BUÑUEL. MEMORIAS DE UN CINEASTA.


Hasta hace poco tiempo tenía dudas acerca de la identidad de mi director de cine favorito de todos los tiempos. No me daba cuenta de que siempre ha sido Luis Buñuel, aquel a cuyas películas siempre vuelvo, cuyas imágenes entablan un permanente diálogo con el espectador, a veces delirante y otras mucho más lúcido de lo que parece en un primer visionado.

En realidad Mi último suspiro no es un libro de memorias al uso. Se trata de una conversación del cineasta, ya octogenario, con su amigo Jean-Claude Carrière que este último transcribe en forma de libro. Esta espontaneidad nos muestra al Buñuel más auténtico, el que no siente reparos en hablar de sí mismo aún de los asuntos más íntimos. Leyendo los episodios de la vida de Buñuel, siento un poco de envidia, ya que el genio de Calanda tuvo la suerte de estar casi siempre en el lugar adecuado en el momento justo, empezando por su afortunada llegada a la Residencia de Estudiantes, donde gozó del privilegio de tratar como amigos a dos genios como Dalí y García Lorca, a quien retrata con estas hermosas palabras: "Brillante, simpático, con evidente propensión a la elegancia, la mirada oscura y brillante, Federico tenía un atractivo, un magnetismo al que nadie podía resistirse." En una ocasión, en las fiestas de san Antonio en Madrid, Lorca le improvisó esta poesía que le escribió en el dorso de una foto:

"La primera verbena que Dios envía
Es la de San Antonio de la Florida
Luis: en el encanto de la madrugada
Canta mi amistad siempre florecida,
la luna grande luce y rueda
por las altas nubes tranquilas,
mi corazón luce y rueda
en la noche verde y amarilla,
Luis, mi amistad apasionada
hace una trenza con la brisa.
El niño toca el pianillo
triste, sin una sonrisa,
bajo los arcos de papel
estrecho tu mano amiga."

Buñuel, ayudado siempre que lo necesitaba por la fortuna familiar, nunca perdió su bien más preciado: su independencia. Los postulados surrealistas de los que se empapó durante su estancia en París nunca le abandonaron del todo, lo cual no quiere decir que no se muestre a veces como un hombre con ciertas costumbres burguesas derivadas del inmenso éxito cosechado en su oficio. Él mismo declara ser una persona de gustos fijos, a la que le gusta volver a los mismos lugares y conservar las rutinas, como el acostarse y levantarse temprano y acabar las películas en los plazos fijados. Su amor por el cine fue algo casi instantáneo, pues intuyó enseguida las posibilidades de un nuevo medio y comenzó su relación con él con la concepción de dos obras maestras del cine surrealista nunca superadas: Un perro andaluz y La edad de oro. Cierto es que ambas produjeron un gran escándalo en la época (algo muy valorado en el movimiento en el que militaba) y no le ayudaron demasiado en su carrera cinematográfica, ya que él era un heterodoxo, alguien que constatemente buscaba lenguajes nuevos para expresar un discurso tildado por muchos como revolucionario y escandaloso. Antes de poder triunfar plenamente como director, Buñuel fue productor en el Madrid de la Segunda República, donde también vivió el comienzo de la Guerra Civil. Honra a su persona que diera la cara para salvar la vida de José Luis Saenz de Heredia, que a la postre terminaría siendo uno de los cineastas más reconocidos por el franquismo.

En Mi último suspiro, podemos encontrar pistas diversas de la relación de amor de Buñuel con el medio cinematográfico:

"Creo que el cine ejerce cierto poder hipnótico en el espectador. No hay más que mirar a la gente cuando sale a la calle, después de ver una película: callados, cabizbajos, ausentes. El público de teatro, de toros o de deporte, muestra mucha más energía y animación. La hipnosis cinematográfica, ligera e imperceptible, se debe sin duda, en primer lugar, a la oscuridad de la sala, pero también al cambio de planos y de luz y a los movimientos de la cámara, que debilitan el sentido crítico del espectador y ejercen sobre él una especie de fascinación y hasta de violación."

"Se puede discutir el contenido de una pelicula, su estética (si la tiene), su estilo, su tendencia moral. Pero nunca debe aburrir."

Encuentro en el libro otras curiosidades que no conocía: posibilidades que estuvieron ahí y no se materializaron por las circunstancias o el azar. Buñuel pretendió dirigir películas basadas en dos de mis libros favoritos, en las que finalmente trabajaron otros realizadores: El señor de las moscas y Johnny cogió su fúsil. Además, el cineasta fue la primera opción barajada por Woody Allen para la famosa escena de la cola del cine (finalmente protagonizada por Marshall McLuhan) en Annie Hall

Un Luis Buñuel de ochenta años se nos muestra en estas páginas como un apasionado por la vida, como uno de los grandes protagonistas del siglo XX, un iconoclasta que fue amigo de otros genios, que trató a grandes personalidades de la cultura y que ha sido mucho más admirado que denostado. Especialmente emocionante es el abrazo que le dio Alfred Hitchcock, que admiraba profundamente su cine, en la cena a la que acudió en Hollywood junto a William Wyler, John Ford, Georges Stevens, Ruben Mamoulian, Robert Wise y Billy Wilder en casa de George Cukor.

Un libro repleto de anécdotas y reflexiones, imprescincible para los amantes del cine, del que me quedo con esta frase, enormemente lúcida:

"Para llegar a toda belleza, tres condiciones me parecen siempre necesarias: esperanza, lucha y conquista."

martes, 18 de diciembre de 2012

ÉL (1952), DE LUIS BUÑUEL. RETRATO DE UN PERFECTO CABALLERO CRISTIANO.


Cuando elegí esta película para el cine-forum de la biblioteca de mi barrio, temí que no gustara, que desconcertara a los compañeros por ser tan distinta a lo que programo habitualmente. Nada más lejos de la realidad. Él, entusiasmó unanimemente. Se trata de una de mis películas favoritas. Posee una trama y unos actores verdaderamente hipnóticos. No sé cuantas veces la he visto ya, pero siempre le encuentro algún matiz nuevo, una escena para reflexionar. No sé cuan profundo puede llegar a ser el cine de Buñuel, pero contiene mucho más de lo que parece a primera vista. Aquí el artículo:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2012/12/el-de-luis-bunuel.html

viernes, 19 de octubre de 2012

ROBINSON CRUSOE (1954), DE LUIS BUÑUEL. EL HOMBRE SOLO.


Robinson Crusoe es uno de esos libros clásicos que se leen en la adolescencia y cuando se retoman en la madurez, es como reencontrar a un viejo amigo que ha madurado con nosotros, porque, aunque sigue diciéndonos las mismas palabras, su contenido es tan rico que nos aprovecha a cualquier edad. Lo que al principio era el relato de las aventuras de un naúfrago que debe sobrevivir en una isla desierta, en sucesivas lecturas se convierte en la confesión de un hombre que bordea la locura por falta de contacto humano.

En la versión cinematográfica de Luis Buñuel, prima esa visión de estudio psicológico de un hombre blanco al que toda la vida han servido otros hombres (y no hay que olvidar que el propósito de su viaje era el comercio de esclavos) que debe empezar desde cero una nueva existencia y aprender toda clase de oficios si quiere sobrevivir. Además, es un ser al que acecha continuamente un sentimiento de culpa, ya que se lanzó a conocer mundo sin el consentimiento paterno e interpreta su desgracia como una especie de castigo divino. Sólo podrá redimirse casi al final, cuando después de más de veinte años de soledad aparecerá un amigo, Viernes, al que al principio trata como a un inferior, pero con el que acabará aprendiendo que todos los hombres de todas las razas pueden ser igualmente virtuosos. Hay un momento, muy de Luis Buñuel, cuando Viernes se vista con ropas de mujer y Robinson le mira casi con deseo, aunque inmediatamente le ordena que se quite esa vestimenta. Es una lástima que con una historia con tantas posibilidades (me recuerda, en el tema de la soledad a Simón del desierto), el director no tuviera más espacio para explorar los deseos más ocultos del protagonista.

Para un actor, estar en solitario ante la cámara durante casi todo el metraje debe ser todo un desafío. El semidesconocido Dan O´Herlihy vivió su momento de gloria con esta interpretación, pues fue nominado a un Oscar al mejor actor que acabaría ganando Marlon Brando con La ley del silencio

jueves, 4 de octubre de 2012

SUSANA, DEMONIO Y CARNE (1950), DE LUIS BUÑUEL. PERTURBANDO EL ORDEN FAMILIAR.


En la mente retorcida de Luis Buñuel el orden familiar burgués o tradicional era tan frágil que cualquier pequeño elemento podía perturbarlo y hacer que sus miembros abandonaran sus buenas costumbres y se abonaran a sentimientos reprimidos que siempre están acechando bajo la máscara social.

A una próspera hacienda, donde todos se afanan en su labor diaria y cada cual sabe donde está su lugar llega una muchacha que ha escapado de un reformatorio. La familia propietaria simpatiza pronto con ella, ya que sabe hacerse la inocente con mucha facilidad. Mientras todos creen estar ante una muchacha hacendosa y cándida, ella va seduciendo, de forma individual, a los hombres más importantes de la hacienda: el propietario, su hijo y el capataz. Sólo una vieja sirvienta supersticiosa será capaz de ver desde un principio la verdadera naturaleza de Susana: una tentadora que va a acabar con la paz familiar, el diablo vestido de mujer.

El patriarca ve reactivada su sexualidad con la sola presencia de Susana. Famosa es la escena en la que, después de conversar con ella, da un apasionado y absurdo beso a su mujer, que le mira con extrañeza. El hijo, un ratón de biblioteca, otorga a la protagonista cualidades casi celestiales, pues le ha despertado sensaciones que permanecían ocultas bajo varias capas de erudición. Para el capataz todo es más sencillo, pues está en su naturaleza seducir a la brava a mujeres como aquella. Susana se complace en despertar tales pasiones, como si fuera un demonio femenino llamado a destruir la concordia familiar. En realidad, lo que está haciendo esta mujer es arrancar máscaras, una detrás de otra y sacar a relucir el verdadero rostro de estos hombres que hasta ahora se han comportado razonablemente en el papel que la naturaleza les había otorgado. El final es irónico: cuando consiguen deshacerse de ella, a través de la fuerza pública, vuelve a salir el Sol y la familia se reúne para desayunar apaciblemente, como si todo el pasado reciente no hubiera sido más que una molesta pesadilla.

miércoles, 12 de mayo de 2010

ESE OSCURO OBJETO DEL DESEO (1977), DE LUIS BUÑUEL. EL TESTAMENTO DE UN GENIO.


Luis Buñuel, uno de los grandes directores de la historia, se despidió del cine a lo grande, con esta historia que es una especie de resumen de sus obsesiones y de su manera de entender la relación con el espectador.

Como en "Viridiana" o en "Tristana", Fernando Rey vuelve a ser un galán maduro, adinerado e imposible. El objeto de su deseo, Conchita, es interpretado por dos actrices, la fría Carole Bouquet y la más ardiente Ángela Molina, que se completan a la perfección a la hora de definir a un personaje que se mueve entre la ingenuidad, su presunta inexperiencia y la utilización ventajista (aunque no la explota al máximo) de su relación con don Mateo Faber.

La historia está estructurada como el relato con que don Mateo deleita a sus compañeros en un compartimento ferroviario durante un viaje de Sevilla a Madrid: la historia de su pasión frustrada por una joven que enciende su llama para después apagarla repentinamente, de su paciencia, de sus angustias, de sus esperanzas, de sus sufridos pasos del amor al odio... Todo ello sazonado con algunas dosis de surrealismo, como la memorable escena en la puerta de la catedral de Sevilla, donde unas gitanas enseñan a los protagonistas a su churumbel, que resulta ser un cerdito.

Por si no se ha dicho lo suficiente, esta es otra muestra del genio interpretativo de Fernando Rey, en un papel a su medida, dotado de todos los matices y cambios de estado posibles, un personaje capaz de soportar todas las humillaciones sin perder por completo su dignidad.

Y que despedida la de Buñuel, con una última escena digna de un ser pesimista y obsesionado con el sexo y la muerte. Inolvidable.

miércoles, 3 de febrero de 2010

LAS HURDES, TIERRA SIN PAN (1933), DE LUIS BUÑUEL. VIAJE A LA ESPAÑA MÁS PROFUNDA.


Recién comenzada la República, Buñuel pudo rodar este magnífico documental acerca de las duras condiciones de vida en la apartada región de Las Hurdes (Extremadura). Fue un amigo anarquista, Ramón Acín, quien financió el proyecto. Había prometido a Buñuel que si le tocaba la lotería le pagaría los gastos de financiación de una película. Pues resultó que ganó cien mil pesetas de la época y le dio a su amigo veinte mil.

El panorama que va a encontrar el director en Las Hurdes va a ser de pesadilla: los pueblos sufren un atraso medieval, apenas hay comida y las enfermedades campan a sus anchas. Las imágenes, ya deterioradas por el paso de los años, en blanco y negro acentuan aún más el horror de lo que estamos viendo: mujeres treintañeras que parecen viejas, niños que miran a la cámara con ojos de resignación y hordas de hombres afectados de cretinismo, enfermedad muy común en la región debido a la extensión de las relaciones sexuales entre miembros de una misma familia. La asistencia de los niños a la escuela parece muy poco en medio de tanta miseria, pero pone un rayo de esperanza para el futuro que en cualquier caso no va a ser generoso con Las Hurdes, como se sabrá más tarde.

Se le ha reprochado a Buñuel la manipulación de algunas imágenes, como la de la cabra que supuestamente cae por un barranco por accidente, cuando claramente se ve en la imagen el disparo que la abate, pero la idea del director era mostrar, denunciar y herir las sensibilidades y a tal fín sometió su trabajo. En cualquier caso los treinta minutos de documental contienen la cruda realidad de Las Hurdes y Buñuel consiguió que la sociedad de su tiempo pusiera la mirada en tan castigadas tierras, aunque la República poco pudo hacer para ayudar a las clases más desfavorecidas, a pesar de sus buenas intenciones.

En cualquier caso, a los ojos del espectador de hoy, "Las Hurdes, tierra sin pan" sigue constituyendo un formidable documento en el que Buñuel no ha de recurrir al surrealismo para conseguir imágenes de pesadilla. Esos hombres prácticamente animalizados son mucho más inquietantes que cualquier cuadro de su amigo Dalí.