Mostrando entradas con la etiqueta guerra fría. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta guerra fría. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de julio de 2018

LO QUE HAY QUE TENER (1979), DE TOM WOLFE Y ELEGIDOS PARA LA GLORIA (1983), DE PHILIP KAUFMAN. LOS PIONEROS DEL ESPACIO.

Una de las batallas finales de la Segunda Guerra Mundial en Europa fue la de los científicos nazis. Americanos y soviéticos se esforzaron por encontrar a los genios que habían hecho posible los cohetes V1 y V2 y los primeros aviones a reacción. Con estos ingredientes, uno de los episodios principales de la Guerra Fría estaba servido: el de la carrera espacial, una cuestión más de prestigio que bélica, pero cuyos contendientes se tomaban casi tan en serio como el planteamiento de una batalla decisiva. Al principio había muchas dudas al respecto. Una vez subsanado el problema de romper la barrera del sonido, podía plantearse el de enviar hombres al espacio. Durante la etapa que describe Wolfe en su libro, los años cincuenta y los primeros sesenta, los rusos siempre fueron uno o dos pasos por delante, pero eso fue un estímulo para la gran ola de patriotismo que acompañó a lo primeros viajes espaciales de los astronautas estadounidenses.

¿Y de dónde se reclutaron estos primeros astronautas? Evidentemente, de entre los mejores pilotos de la marina y el ejército. Estos eran hombres especiales (que tenían lo que hay que tener, según recuerda Wolfe todo el tiempo), que vivían en un mundo altamente competitivo, en el escalaban una pirámide imaginaria, en cuyo viaje a la cúspide iban quedándose muchos compañeros, muchos de ellos por no alcanzar el nivel exigido y algunos otros por estrellarse con sus aviones en entrenamientos o probando nuevos prototipos. Pero todos compartían algo: un ego descomunal, un sentimiento de superioridad que les hacía sentirse parte de una especie de casta superior:

"El mundo estaba acostumbrado a enormes egos de artistas, actores, animadores de toda suerte, de políticos, ases del deporte e incluso periodistas, porque tenían formas familiares y adecuadas de exhibirlos. Pero aquel esbelto joven, con su uniforme, con el reloj enorme en la muñeca y la expresión remota en la cara, aquel joven oficial tan tímido, incapaz de abrir la boca, salvo que el tema fuese aviación, ese joven piloto, en fin, amigo, ¡tiene un ego aún mayor!, ¡tan grande que resulta escalofriante! Incluso en los años cincuenta, a los civiles les resultaba difícil entender una cosa así, pero todos los oficiales del Ejército, y muchos reclutas se sentían superiores a los civiles."

Lo que no podían imaginar es que pronto iba a surgir una manera insospechada de llegar más arriba que nadie. Se trataba de ser astronauta. Aunque esta nueva ocupación suscitó muchas dudas entre los candidatos, pronto fue la más prestigiosa entre ellos, porque ser astronauta automáticamente conllevaba adquirir el estatus de héroe. Y no un héroe cualquiera, sino un héroe épico que iba a enfrentarse en el espacio al gran enemigo: la Unión Soviética. La población asustada por la posibilidad de bombardeos atómicos desde astronaves veían a estos hombres como la única línea de defensa posible. Poco a poco, las misiones se hicieron más rutinarias, hasta que se fijó el nuevo objetivo, algo más propio de la ciencia ficción que de la realidad: viajar a la Luna...

Lo que hay que tener es una crónica que se mueve de manera muy sabia entre el periodismo y la ficción (esto último, otorgando sentimientos y pensamientos a personajes reales en circunstancias históricas) y es capaz de ofrecer al lector jugosas anécdotas que se convierten que hacen del relato algo mucho más humano. También es un perfecto retrato de una época y sus obsesiones, de una sociedad en la que el machismo estaba a la orden del día (los pilotos, plenos de testosterona, son los héroes y sus mujeres son las perfectas amas de casa sufridoras que guardan el hogar mientras su caballero efectúa hazañas imposibles). Quizá toda esta visión, todos estos sueños, que fueron posibles durante unos años, se vinieron abajo abruptamente con la guerra de Vietnam. La traslación cinematográfica, titulada en España Elegidos para la gloria, resulta una obra muy entretenida, pero que peca de exceso de patriotismo, de culto al héroe. Destaca un magnífico Ed Harris que compone a un muy creíble John Glenn, que no fue el primer astronauta norteamericano, pero es el que supo llevarse la mayor parte de la gloria.

lunes, 7 de diciembre de 2015

EL PUENTE DE LOS ESPÍAS (2015), DE STEVEN SPIELBERG. CABALLERO SIN ESPADA.

La Guerra Fría fue una época de tensión contenida en el seno de la sociedad estadounidense. A pesar de la prosperidad económica de los años cincuenta y de una evidente paz social (que terminaría estallando en mil pedazos en las dos décadas posteriores), la posibilidad de guerra nuclear contra la Unión Soviética estaba siempre presente en la vida cotidiana. Además existía cierta psicosis por la presencia de espías del bando enemigo ocultos entre los ciudadanos. Esta era la forma de guerra habitual que se desarrolló en estos años: la consecución de información y secretos del rival, con el fin de adquirir una ventaja estratégica que pudiera ser decisiva en el caso de un eventual enfrentamiento. Pero el punto más caliente de este conflicto no se hallaba en Washington o en Moscú, sino en Berlín, una ciudad dividida entre las grandes potencias después de la derrota nazi y en la que las tensiones diarias entre ambos bandos llegaron a su punto culminante con la construcción del famoso muro en 1961.

Basada en hechos reales, el protagonista de El puente de los espías es James B. Donovan (Tom Hanks), un abogado especializado en aseguradoras que es requerido para defender a un espía soviético capturado, Rudolf Abel, un hombre de aspecto pacífico, aficionado a la pintura, que podría ser definido más como un gris funcionario del enemigo que como un sanguinario enemigo. No obstante, se trata de un espía al que hay que castigar ejemplarmente. Por eso, se pretende que el papel como abogado de Donovan sea más simbólico que real. El juicio debe aparecer ante la opinión pública (y ante el resto del mundo) como la prueba de que la justicia estadounidense otorga todos los derechos de defensa a sus enemigos, aunque en la práctica la condena a muerte esté ya decidida, tanto por el gobierno, como por el juez asignado para el caso. En esta ecuación fallará el factor abogado. Donovan, un ciudadano idealista y convencido de que la esencia de su país se basa en los derechos civiles, hará todo lo posible por defender a Abel, con el que le unirá una especie de amistad basada en la mutua admiración. El enemigo también puede ser definido como un ser humano. En este sentido Donovan es un heredero directo de los héroes comunes y corrientes del cine americano clásico, personaje recurrente sobre todo en las películas de Frank Capra. 

Y como en otras recientes producciones de Spielberg, especialmente Lincoln, lo que se narra en la pantalla entronca a la perfección con los sucesos del presente. Así lo asegura el director en una conversación con Martin Scorsese publicada en el último número de la revista Caimán, cuadernos de cine:

"(...) La atención moral a la Constitución y a la Carta de Derechos de los EE.UU, y el otorgar a los extranjeros la igualdad de derechos bajo la ley, que es esencial en democracia, era algo que nos hacía estar orgullosos de ser americanos. Todo eso se ha perdido y ha sido sustituido por la ira de mucha gente y la reacción militar y gubernamental ante nuestra ira por haber creado Guántanamo. Es como Lincoln suspendiendo el habeas corpus durante la Guerra Civil. Y eso no podría haber pasado en una nación orgullosa como la de los años cincuenta o sesenta."

Si la primera parte de El puente de los espías cuenta con todas las características del cine judicial, a partir del momento en el que el protagonista es enviado a Berlín para negociar el canje de Abel por el de un piloto estadounidense capturado en suelo soviético, la película se vincula plenamente al cine de espías, pero en su vertiente más realista, alejada de los estereotipos del cine de acción. El modelo de Spielberg en muchas de las escenas que transcurren en un Berlín oscuro y gélido parece ser el maestro Hitchcock, aunque para él el suspense no es más que un instrumento más en su afán por reflexionar acerca de un hecho histórico concreto. La capital alemana de la época, una ciudad muy diferente a la que puede hoy visitarse, está espléndidamente recreada, precisamente en uno de los momentos más negros de su historia, cuando, de la noche a la mañana, se construyó un muro divisorio que aisló a una zona de otra y separó por décadas a familias enteras. Algunos intentan escapar solo para advertir demasiado tarde que la policía fronteriza tiene orden de tirar a matar a los fugitivos. Precisamente dos escenas en este sentido (lo que ve Donovan desde un tren en Berlín y desde otro en su país) dará lugar a uno de esos constrastes que tanto gustan a Spielberg y que hablan con más elocuencia que cualquier discurso de un político.

A pesar de no estar dotada de la solemnidad y grandeza de Lincoln ni con la complejidad de Munich, El puente de los espías es una de esas películas que definen a Spielberg como uno de los grandes directores de la historia del cine. Lo que nos dice fundamentalmente es que un hombre puede marcar la diferencia entre la decencia y la mezquindad, por mucho que sus acciones se pierdan en las complejas corrientes de la historia y que - y esto es fundamental que nos lo apliquemos en el momento presente - el patriotismo ciego no hace buenos ciudadanos, sino esclavos del poder y que ser pragmático - lo cual no está reñido con el amor al propio país, pero desde un punto de vista más racional y crítico - es una actitud mucho más inteligente. Con este espíritu pueden rendirse mejores servicios que dejándose llevar por la marea del pensamiento único que dicten los tiempos. Ahora tengo muchas más ganas, si cabe, de leer el apasionante ensayo de Frederick Kempe, Berlín, 1961.