miércoles, 10 de septiembre de 2014
LA CIVILIZACIÓN DEL ESPECTÁCULO (2012), DE MARIO VARGAS LLOSA. ¿EL FIN DE LA CULTURA?
El sábado pasado el suplemento cultural Babelia incluía como reportaje principal un pequeño recorrido por una nueva tendencia literaria, que tiene al escritor noruego Karl Ove Knausgard como su máximo exponente, consistente en libros autobiográficos que exhiben la más recóndita intimidad sin ningún pudor. Así, Knausgard se ha ganado varias denuncias por parte de familiares por describir con todo detalle los episodios más sórdidos de sus vidas. Ayer mismo en El País encuentro la noticia del lanzamiento del videojuego Destiny, cuya realización ha costado la friolera de 380 millones de euros y que es calificado como el producto cultural más caro de la historia.
Son solo dos ejemplos, muy representativos de los tiempos que estamos viviendo. Mario Vargas Llosa comienza su ensayo sin medias tintas: asegurando categóricamente que el fenómeno que hasta ahora hemos conocido como cultura está a punto de desaparecer. Hasta hace algunos años dentro de la valoración de cultura entraban solo las obras más excelsas de escritores, pintores o músicos. Existía la figura del crítico, especialista en valorar las distintas obras y calificarlas. Y sobre todo existía la figura del intelectual influyente, aquel que gozaba del prestigio suficiente como para escuchar su voz en momentos de crisis. Cualquiera podía acceder a la cultura, pero sabía que ese viaje le iba a requerir un esfuerzo, que la complejidad de las obras a las que pretendía acceder suponía concentrar todo su intelecto en las mismas. Actualmente, el concepto se ha degradado tanto que cualquier manifestación de masas es considerada dentro del ámbito cultural: los videojuegos, la música más vendida, la gastronomía, las pasarelas de moda e incluso, por qué no, los cotilleos de la prensa del corazón. Se trata de una banalización brutal:
"La diferencia esencial entre aquella cultura del pasado y el entretenimiento de hoy es que los productos de aquella pretendían trascender el tiempo presente, durar, seguir vivos en las generaciones futuras, en tanto que los productos de éste son fabricados para ser consumidos al instante y desaparecer, como los bizcochos o el popcorn. Tolstói, Thomas Mann, todavía Joyce y Faulkner escribían libros que pretendían derrotar a la muerte, sobrevivir a sus autores, seguir atrayendo y fascinando lectores en los tiempos futuros. Las telenovelas brasileñas y las películas de Bollywood, como los conciertos de Shakira, no pretenden durar más que el tiempo de su presentación, y desaparecer para dejar el espacio a otros productos igualmente exitosos y efímeros. La cultura es diversión y lo que no es divertido no es cultura.
(...) Para esta nueva cultura son esenciales la producción industrial masiva y el éxito comercial. La distinción entre precio y valor se ha eclipsado y ambas cosas son ahora una sola, en la que el primero ha absorbido y anulado al segundo. Lo que tiene éxito y se vende es bueno y lo que fracasa y no conquista al público es malo. El único valor es el comercial. La desaparición de la vieja cultura implicó la desaparición del viejo concepto de valor. El único valor existente es ahora el que fija el mercado."
Quizá el del premio Nobel sea un discurso un tanto apocalíptico, aunque es indudable que muchas de sus afirmaciones dan en el clavo: ya no existen los grandes intelectuales que eran referente para mucha gente, el arte ha degenerado hasta el punto de que cualquier instalación (recordemos a Damien Hirst y su tiburón en formol), por muy aberrante que sea, puede ser vendida por millones de dólares si el artista cuenta con un buen equipo de marketing. Además, el nivel de la política es decididamente penoso, mientras que a los grandes escritores y científicos cada vez se les presta menos atención en este mundo tan comunicado y a la vez tan superficial.
Hoy día imperan las noticias que apelan a los instintos más bajos del espectador. Entre declaraciones vacías de políticas, los telediarios se llenan de pederastas y violadores, porque el miedo y la indignación que producen las acciones de estos individuos vende. No importa que las informaciones no estén contrastadas. Importan más la velocidad y el impacto de lo que vemos por televisión. El fútbol acaba anestesiando a la gente en un mundo que se mueve por decisiones que toman individuos a los que nadie ha elegido y que inyectan un miedo paralizante. Ante esto, la voz del intelectual o aplaude al poder o se queda clamando en el desierto. Estamos en un mundo dominado, además de por las de los agentes económicos, por las decisiones de las agencias de publicidad. Los ciudadanos son más estudiados que nunca, se evalúan sus necesidades y se les crean otras ficticias. Lo importante es que el pensamiento esté siempre distraido, divagando en busca de la siguiente diversión inmediata y efímera. Ya no hay tiempo para el pensamiento profundo.
Si hubiera que ponerle un pero a La civilización del espectáculo sería la gran variedad de temas que esboza y que darían para otros varios ensayos completos: las relaciones del Estado con la religión, las nuevas formas de lectura, la influencia de internet en nuestras vidas (valiéndose de una referencia a Superficiales, de Nicholas Carr)... Pero las palabras de un sabio como Mario Vargas Llosa son siempre dignas de ser escuchadas. Es curioso que en los distintos capítulos del libro se apoye en otros textos suyos publicados hace años en su magnífica serie periodística Piedra de toque, pertenecientes a una época en la que estaban desarrollándose los factores que iban a dar lugar a la apocalíptica realidad actual.
Personalmente, habiéndo leído el texto con atención y debatido con los compañeros, creo que queda una rendija de esperanza, que puede agrandarse con facilidad: después de todo el acceso a la cultura (a la gran cultura, a la cultura de siempre) nunca ha sido más sencillo. Ahora encontrar cualquier libro, escuchar a cualquier compositor y visitar, aunque sea virtualmente, cualquier exposición, está al alcance de cualquiera. Solo falta que se estimule a la gente a aprovechar tan inmensas ventajas frente a los productos de mero entretenimento, que en todo caso son compatibles con la cultura de toda la vida. Aunque no sea una actividad tan divertida, el estímulo intelectual es infinitamente más provechoso.
lunes, 8 de septiembre de 2014
HERIDA (1992), DE LOUIS MALLE. EL INFIERNO DE LA PASIÓN.
Stephen Fleming es el tipo de hombre que podríamos definir como un triunfador. Alto cargo del gobierno conservador británico, Stephen es también un perfecto padre de familia, que goza de una vida privada sin sobresaltos, junto a su discreta y opulenta esposa (una Miranda Richardson que estuvo nominada al Oscar por este papel). Parece una persona que encaja como un guante en el tipo de imagen pública que todos quisiéramos transmitir ante la sociedad. Un hombre atractivo, elegante, familiar, cuya carrera política está en alza. Este tipo de existencia podría parecer un paraíso para cualquiera, la culminación de un existencia ejemplar, pero en su interior Stephen sabe que le falta algo. Para él su vida no es más que un apacible purgatorio sin muchas emociones. Su propio hijo se queja, en una vida familiar, de haber tenido una infancia tan perfecta como vacua. Stephen podría suscribir esas palabras, pero sabe que debe callar y seguir sonriéndole a su suerte.
Todo va a cambiar cuando conozca a Anna, la novia de su hijo. Malle solo tiene que filmar un perturbador intercambio de miradas entre ambos personajes para que el espectador se sienta partícipe de una pasión tan descabellada como irresistible. Anna es una mujer muy hermosa y algo perturbadora, atormentada por un dramático suceso de su pasado. Lo que surge entre ambos es una relación volcánica y casi enteramente sexual. Stephen siente que tiene que poseer a su objeto de deseo y no le importa poner en peligro los basamentos de su existencia para conseguirlo: su obsesión por esta mujer es tal, que no le importa tirar toda una vida de éxitos por la borda y herir a sus seres más queridos para estar con ella. Algo que hubiera sido impensable solo unos días antes, cuando aún no había cruzado la raya de esa locura que es para él una pasión desmedida como nunca había conocido.
Como es bien sabido, todo pecado tiene sus consecuencias. Un político triunfador, maniático del control y del trabajo, se deja arrastrar por sus instintos más primitivos. Por unos minutos de placer, arrastra noches enteras de remordimiento, de traición a sus principios. No le importa. Es capaz de abandonar momentáneamente sus responsabilidades políticas en Bruselas y coger un tren a París para echar un efímero polvo en un portal con su amante. Todo este placer prohibido, esta excitación de tener una vida oculta acabará pidiendo cuentas a Stephen de la manera más dramática posible. Una pregunta queda en el aire ¿se arrepentirá de sus acciones o pensará que todo mereció la pena? ¿será que Stephen solo empezó a vivir cuando conoció a Anna? Louis Malle filmó una adaptación muy sobria de la novela de Josephine Hart, plena de erotismo y con un Jeremy Irons que llena la pantalla con una actuación tan memorable como de costumbre, cuya conclusión podría ser ésta: el hombre jamás llega a conocerse a sí mismo.
Todo va a cambiar cuando conozca a Anna, la novia de su hijo. Malle solo tiene que filmar un perturbador intercambio de miradas entre ambos personajes para que el espectador se sienta partícipe de una pasión tan descabellada como irresistible. Anna es una mujer muy hermosa y algo perturbadora, atormentada por un dramático suceso de su pasado. Lo que surge entre ambos es una relación volcánica y casi enteramente sexual. Stephen siente que tiene que poseer a su objeto de deseo y no le importa poner en peligro los basamentos de su existencia para conseguirlo: su obsesión por esta mujer es tal, que no le importa tirar toda una vida de éxitos por la borda y herir a sus seres más queridos para estar con ella. Algo que hubiera sido impensable solo unos días antes, cuando aún no había cruzado la raya de esa locura que es para él una pasión desmedida como nunca había conocido.
Como es bien sabido, todo pecado tiene sus consecuencias. Un político triunfador, maniático del control y del trabajo, se deja arrastrar por sus instintos más primitivos. Por unos minutos de placer, arrastra noches enteras de remordimiento, de traición a sus principios. No le importa. Es capaz de abandonar momentáneamente sus responsabilidades políticas en Bruselas y coger un tren a París para echar un efímero polvo en un portal con su amante. Todo este placer prohibido, esta excitación de tener una vida oculta acabará pidiendo cuentas a Stephen de la manera más dramática posible. Una pregunta queda en el aire ¿se arrepentirá de sus acciones o pensará que todo mereció la pena? ¿será que Stephen solo empezó a vivir cuando conoció a Anna? Louis Malle filmó una adaptación muy sobria de la novela de Josephine Hart, plena de erotismo y con un Jeremy Irons que llena la pantalla con una actuación tan memorable como de costumbre, cuya conclusión podría ser ésta: el hombre jamás llega a conocerse a sí mismo.
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sábado, 6 de septiembre de 2014
LA MUJER JUSTA (1980), DE SÁNDOR MÁRAI. LOS DISCRETOS AMORES DE LA BURGUESÍA.
Después de haber releído el año pasado El último encuentro, esta novela me confirma que Sándor Márai fue uno de los grandes novelistas centroeuropeos del siglo pasado. Aunque bastante menos equilibrada que aquella, La mujer justa sigue siendo por méritos propios una lectura fascinante, una narración íntima sobre la caída de una clase social que quería ser eterna e inmutable. Aquí el artículo:
http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2014/09/la-mujer-justa-de-sandor-marai.html
http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2014/09/la-mujer-justa-de-sandor-marai.html
UNA PARTIDA DE CAMPO (1881), DE GUY DE MAUPASSANT Y DE JEAN RENOIR (1936). EL FINAL DE LA INOCENCIA.
Nos encontramos en pleno siglo XIX, en una época de relativa paz, dominada por un orden burgués que se enriquece explotando a su mano de obra barata. No todos son grandes señores. También existen pequeños propietarios, modestamente prósperos, que pueden permitirse algún pequeño lujo de vez en cuando, como pasar una jornada en el campo una vez al año. Ya en aquella época se hablaba de la contaminación en la ciudad y de los beneficios de respirar el aire puro campestre:
"Habían cruzado luego el Sena por segunda vez y, en el puente, se había producido el encantamiento. El río resplandecía de luz; absorbida por el sol, se alzaba del agua una neblina, y se sentía una dulce quietud, un benéfico frescor al respirar por fin un aire más puro, no corrompido por el humo negro de las fábricas o los miasmas de los vertedero."
Según dice George Steiner en En el castillo de Barba Azul, después de la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas, se instaló en Europa una especie de gran aburrimiento protagonizado por el triunfo de la burguesía. Bajo una sólida de capa de solemnidad se esconde la frustración de quienes viven en una cárcel dorada, de quienes han de seguir los convencionalismos sin hacer preguntas. Algo especialmente acentuado en la vida de las mujeres. La muchacha protagonista va a ser víctima de un matrimonio concertado pequeño-burgués. En su inocencia, ella no se cuestiona nada, ni siquiera conoce las terroríficas sensaciones de la pasión hasta que no se produce ese breve encuentro con Henri, habitante del campo, no carente de buenos modales, pero capaz de acciones mucho más primitivas y básicas que quienes suelen rodearla:
"La muchacha seguía llorando, embargada de muy dulces sensaciones, con la piel ardorosa y unos cosquilleos desconocidos por todo el cuerpo. La cabeza de Henri reposaba en uno de sus hombros; y, bruscamente, la besó en los labios. Ella se rebeló furiosa y, para evitarle, se echó hacia atrás. Entonces él se le arrojó encima, cubriéndola con todo su cuerpo. Buscó largo rato la boca que se le hurtaba y, tras encontrarla, pegó la suya en la de ella. Entonces, loca de un intensísimo deseo ella le devolvió el beso apretándole contra sí y toda su resistencia se vino abajo, como aplastada por un peso demasiado fuerte."
La pasión y posteriormente el amor puro provienen de lo que hoy calificariamos como agresión sexual: de pronto el orden burgués de las cosas queda suspendido en medio del ambiente campestre. La muchacha se relaja, abandona momentáneamente su papel social y se deja llevar por un instinto desconocido. Como es lógico, esta es una experiencia que la deja marcada, quizá el momento en el que se ha sentido más viva.
La adaptación cinematográfica de Renoir, que dicen inacabada, es un prodigio de sencillez, donde el director homenajea los cuadros de su padre, el impresionista Auguste Renoir, aunque también pueden apreciarse algunos esbozos picassianos, si transformamos a los dos muchachos en dos faunos del bosque. En esta película es primordial el retrato del paisaje, que se convierte en algo sensual que envuelve a la protagonista, siendo la única música el canto del ruiseñor. Pocas adaptaciones son tan fieles al original literario hasta el punto de devenir en un complemento imprescindible a la lectura del cuento de Maupassant que, como en todas las buenas narraciones, su mensaje va mucho más allá de las meras palabras escritas.
"Habían cruzado luego el Sena por segunda vez y, en el puente, se había producido el encantamiento. El río resplandecía de luz; absorbida por el sol, se alzaba del agua una neblina, y se sentía una dulce quietud, un benéfico frescor al respirar por fin un aire más puro, no corrompido por el humo negro de las fábricas o los miasmas de los vertedero."
Según dice George Steiner en En el castillo de Barba Azul, después de la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas, se instaló en Europa una especie de gran aburrimiento protagonizado por el triunfo de la burguesía. Bajo una sólida de capa de solemnidad se esconde la frustración de quienes viven en una cárcel dorada, de quienes han de seguir los convencionalismos sin hacer preguntas. Algo especialmente acentuado en la vida de las mujeres. La muchacha protagonista va a ser víctima de un matrimonio concertado pequeño-burgués. En su inocencia, ella no se cuestiona nada, ni siquiera conoce las terroríficas sensaciones de la pasión hasta que no se produce ese breve encuentro con Henri, habitante del campo, no carente de buenos modales, pero capaz de acciones mucho más primitivas y básicas que quienes suelen rodearla:
"La muchacha seguía llorando, embargada de muy dulces sensaciones, con la piel ardorosa y unos cosquilleos desconocidos por todo el cuerpo. La cabeza de Henri reposaba en uno de sus hombros; y, bruscamente, la besó en los labios. Ella se rebeló furiosa y, para evitarle, se echó hacia atrás. Entonces él se le arrojó encima, cubriéndola con todo su cuerpo. Buscó largo rato la boca que se le hurtaba y, tras encontrarla, pegó la suya en la de ella. Entonces, loca de un intensísimo deseo ella le devolvió el beso apretándole contra sí y toda su resistencia se vino abajo, como aplastada por un peso demasiado fuerte."
La pasión y posteriormente el amor puro provienen de lo que hoy calificariamos como agresión sexual: de pronto el orden burgués de las cosas queda suspendido en medio del ambiente campestre. La muchacha se relaja, abandona momentáneamente su papel social y se deja llevar por un instinto desconocido. Como es lógico, esta es una experiencia que la deja marcada, quizá el momento en el que se ha sentido más viva.
La adaptación cinematográfica de Renoir, que dicen inacabada, es un prodigio de sencillez, donde el director homenajea los cuadros de su padre, el impresionista Auguste Renoir, aunque también pueden apreciarse algunos esbozos picassianos, si transformamos a los dos muchachos en dos faunos del bosque. En esta película es primordial el retrato del paisaje, que se convierte en algo sensual que envuelve a la protagonista, siendo la única música el canto del ruiseñor. Pocas adaptaciones son tan fieles al original literario hasta el punto de devenir en un complemento imprescindible a la lectura del cuento de Maupassant que, como en todas las buenas narraciones, su mensaje va mucho más allá de las meras palabras escritas.
miércoles, 3 de septiembre de 2014
DARK CITY (1998), DE ALEX PROYAS. LA CIUDAD DE LAS ALMAS ERRANTES.
Dark City es una de esas obras que, casi desde el mismo instante de su estreno, adquirieron el calificativo de película de culto. Yo llegué a verla en el cine por aquellas fechas y me pareció una propuesta diferente y rompedora, difícilmente clasificable. Recuperándola quince años después, uno se da cuenta de la influencia que ha ejercido, pero también advierte que a su vez Proyas bebió de muchas fuentes que le precedieron. Es evidente que lo primero que llama la atención de cualquier espectador es su cuidada estética y la arquitectura de una ciudad cambiante que es un personaje más de la historia, quizá el más importante.
El ambiente permanentemente nocturno y siniestro de la urbe donde transcurre Dark City condiciona el comportamiento de sus habitantes, seres perdidos y pemanentemente confusos por la manipulación a la que son sometidos por los últimos miembros de una raza extraterrestre casi extinta (no estoy desvelando nada, la voz en off del principio informa de todo esto), que cambian la identidad de la gente cada doce horas. Quien era pobre puede despertarse rico y el asesino puede devenir en altruista, todos con los pertinentes recuerdos de un pasado coherente, aunque sin poder evitar una borrosa sensación de irrealidad, la misma que le llega a un espectador, cuya mejor baza consiste en dejarse llevar por el ambiente onírico y pesadillesco que está presente en todo el metraje, sin olvidar las obvias referencias al cine negro más clásico.
El de la propia identidad es uno de los planteamientos filosóficos más interesantes que propone la película de Proyas. Durante el debate en Más Libros Libres salió a colación algunas teorías famosas e inquietantes, como la del cerebro en una cubeta o la hipótesis de la Tierra de cinco minutos. Todas tienen que ver con el solipismo, con esa extraña creencia que a todos nos ha asaltado alguna vez de ser la única persona viva en el universo, siendo todo lo demás una manipulación de nuestra propia mente o de un agente externo, una idea muy antigua que está presente en obras como La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Así debe sentirse John Murdoch, después de despertarse en una bañera junto a un cadáver y ser acosado sin descanso por unos seres que recuerdan muchísimo a los Hombres Grises de la novela Momo, de Michael Ende.
En cualquier caso, estos Hombres Grises andan un poco despistados buscando nada menos que el alma humana, que creen la llave de una nueva oportunidad para su raza. Una búsqueda poco científica para unos seres tan poderosos que son capaces de manipular la materia. Quizá debieran haber centrado sus esfuerzos en tratar de comprender el funcionamiento de nuestra inteligencia emocional, aunque en un laboratorio tan tenebroso estas no consigan manifestarse con demasiada naturalidad. Esa disposición humana a la naturaleza (siempre en espacios abiertos, con aire puro y sin especies hostiles) se hubiera exteriorizado a sus anchas en la anhelada Shell Beach, a la que pretende llegar a toda costa su protagonista. Y una pequeña divagación para concluir: ¿por qué en el cine de ciencia ficción se mira siempre con lupa las similitudes con otras obras, como si la originalidad fuera el valor supremo? Nunca he visto que se dejara de valorar una película del Oeste porque su argumento se pareciera al de otras cientos. Hay temas que deben ser explorados y es interesante que distintos directores nos ofrezcan sus puntos de vista acerca de los mismos.
El ambiente permanentemente nocturno y siniestro de la urbe donde transcurre Dark City condiciona el comportamiento de sus habitantes, seres perdidos y pemanentemente confusos por la manipulación a la que son sometidos por los últimos miembros de una raza extraterrestre casi extinta (no estoy desvelando nada, la voz en off del principio informa de todo esto), que cambian la identidad de la gente cada doce horas. Quien era pobre puede despertarse rico y el asesino puede devenir en altruista, todos con los pertinentes recuerdos de un pasado coherente, aunque sin poder evitar una borrosa sensación de irrealidad, la misma que le llega a un espectador, cuya mejor baza consiste en dejarse llevar por el ambiente onírico y pesadillesco que está presente en todo el metraje, sin olvidar las obvias referencias al cine negro más clásico.
El de la propia identidad es uno de los planteamientos filosóficos más interesantes que propone la película de Proyas. Durante el debate en Más Libros Libres salió a colación algunas teorías famosas e inquietantes, como la del cerebro en una cubeta o la hipótesis de la Tierra de cinco minutos. Todas tienen que ver con el solipismo, con esa extraña creencia que a todos nos ha asaltado alguna vez de ser la única persona viva en el universo, siendo todo lo demás una manipulación de nuestra propia mente o de un agente externo, una idea muy antigua que está presente en obras como La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Así debe sentirse John Murdoch, después de despertarse en una bañera junto a un cadáver y ser acosado sin descanso por unos seres que recuerdan muchísimo a los Hombres Grises de la novela Momo, de Michael Ende.
En cualquier caso, estos Hombres Grises andan un poco despistados buscando nada menos que el alma humana, que creen la llave de una nueva oportunidad para su raza. Una búsqueda poco científica para unos seres tan poderosos que son capaces de manipular la materia. Quizá debieran haber centrado sus esfuerzos en tratar de comprender el funcionamiento de nuestra inteligencia emocional, aunque en un laboratorio tan tenebroso estas no consigan manifestarse con demasiada naturalidad. Esa disposición humana a la naturaleza (siempre en espacios abiertos, con aire puro y sin especies hostiles) se hubiera exteriorizado a sus anchas en la anhelada Shell Beach, a la que pretende llegar a toda costa su protagonista. Y una pequeña divagación para concluir: ¿por qué en el cine de ciencia ficción se mira siempre con lupa las similitudes con otras obras, como si la originalidad fuera el valor supremo? Nunca he visto que se dejara de valorar una película del Oeste porque su argumento se pareciera al de otras cientos. Hay temas que deben ser explorados y es interesante que distintos directores nos ofrezcan sus puntos de vista acerca de los mismos.
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martes, 2 de septiembre de 2014
MARGIN CALL (2011), DE J.C. CHANDOR. LA MANO INVISIBLE EN LA OSCURIDAD.
A una de esas grandes empresas dedicadas al sector de la finanzas que abundan en Nueva York, llegan unos visitantes incómodos. Porque si a algo temen los aspirantes a amos del universo es a los trabajadores de esas subcontratas dedicadas a despedir al personal en las que trabajaba el protagonista de Up in the air. Algo extraño puede olerse en el ambiente. Pero los supervivientes son motivados: se abre un mundo de oportunidades ante ellos. Los que se han ido, son el pasado. Hay que mirar hacia el futuro. Pero el futuro es mucho más tenebroso de lo que podría esperarse. Uno de los despedidos, veterano del departamento de riesgos, le entrega un pendrive a una de las jóvenes promesas de la empresa. Los datos que se muestran en el mismo, son concluyentes: la compañía, una de las glorias de Wall Street, está a punto de quebrar. Según las cuentas, puede ser engullida por un agujero de billones de dólares que se llevaría por delante buena parte del sistema financiero: son las famosos bonos basuras basados en hipotecas suscritas por gente que difícilmente iban a pagarlas.
Con esta premisa, Margin Call realiza uno de los más estremecedores retratos del capitalismo que se han visto en la pantalla grande. La patata caliente de la inminente catástrofe va subiendo por el escalafón jerárquico hasta el jefe supremo. Poco a poco vamos enterándonos de cuanto gana cada uno al año: los sueldos van desde los 250.000 hasta más de ochenta millones de dólares. Y lo que más estupefacción produce es que señores que ingresan esas obscenas cantidades de dinero ni siquiera conocen los entresijos de su trabajo diario. Ellos se limitan a apretar botones, a transferir millones de dólares en bonos, pero ninguno sabe muy bien lo que está haciendo. Es la teoría de la mano invisible de Adam Smith llevada hasta sus últimas consecuencias: como nadie controla nada ni es capaz de conocer lo que sucede cada minuto en cada rincón del mundo, no hay responsables. El casino global no cuenta con un director que pare el juego cuando haya peligro de que salte la banca. El Gobierno tiene tan poco que ver con todo esto que apenas es nombrado en la película.
Todo transcurre en una noche aciaga, con un ambiente casi de juicio final, en la que hay que tomar decisiones rápidas para que el marrón sea transferido de la compañía a los cándidos inversores. Y los trabajadores que deben cumplir estas instrucciones de venta fraudulenta, obedecen. Algunos muestran remordimientos, pero cumplen las órdenes sin rechistar, ya que hace tiempo que vendieron su alma. Entre ellos hay alguno que recuerda su pasado como ingeniero, cuando utilizaba su inteligencia en pos del bien común. Otros se estremecen cuando reflexionan acerca de los resultados obtenidos tras treinta años al servicio de la empresa. Pero por encima de todos está John Tuld (un soberbio Jeremy Irons, que se come la pantalla, sin desmerecer en absoluto el magnífico trabajo del resto del elenco), el director general de la compañía, el tiburón supremo, que seguramente de joven arrancó la palabra ética del diccionario para iniciar su meteórica carrera hacia el Olimpo de los millonarios. Tuld es el frío ideólogo de la solución radical para salvar a la empresa a costa del ahorro de miles de personas humildes, el darwinista supremo que se ha adaptado al entorno financiero con la misma maestría que lo hacía en sus tiempos Gordon Gekko. Su lenguaje es tan lapidario como el del protagonista de Wall Street. No se hace uno inmensamente rico favoreciendo a la sociedad, sino venerando todos los días con fervor a la diosa Codicia.
Posiblemente con los años Margin Call se convierta en la película emblemática de los años de la gran crisis, la que mejor retrate la labor de estos prestidigitadores de lujo, capaces de vender puro humo a sus clientes sin pestañear.
Con esta premisa, Margin Call realiza uno de los más estremecedores retratos del capitalismo que se han visto en la pantalla grande. La patata caliente de la inminente catástrofe va subiendo por el escalafón jerárquico hasta el jefe supremo. Poco a poco vamos enterándonos de cuanto gana cada uno al año: los sueldos van desde los 250.000 hasta más de ochenta millones de dólares. Y lo que más estupefacción produce es que señores que ingresan esas obscenas cantidades de dinero ni siquiera conocen los entresijos de su trabajo diario. Ellos se limitan a apretar botones, a transferir millones de dólares en bonos, pero ninguno sabe muy bien lo que está haciendo. Es la teoría de la mano invisible de Adam Smith llevada hasta sus últimas consecuencias: como nadie controla nada ni es capaz de conocer lo que sucede cada minuto en cada rincón del mundo, no hay responsables. El casino global no cuenta con un director que pare el juego cuando haya peligro de que salte la banca. El Gobierno tiene tan poco que ver con todo esto que apenas es nombrado en la película.
Todo transcurre en una noche aciaga, con un ambiente casi de juicio final, en la que hay que tomar decisiones rápidas para que el marrón sea transferido de la compañía a los cándidos inversores. Y los trabajadores que deben cumplir estas instrucciones de venta fraudulenta, obedecen. Algunos muestran remordimientos, pero cumplen las órdenes sin rechistar, ya que hace tiempo que vendieron su alma. Entre ellos hay alguno que recuerda su pasado como ingeniero, cuando utilizaba su inteligencia en pos del bien común. Otros se estremecen cuando reflexionan acerca de los resultados obtenidos tras treinta años al servicio de la empresa. Pero por encima de todos está John Tuld (un soberbio Jeremy Irons, que se come la pantalla, sin desmerecer en absoluto el magnífico trabajo del resto del elenco), el director general de la compañía, el tiburón supremo, que seguramente de joven arrancó la palabra ética del diccionario para iniciar su meteórica carrera hacia el Olimpo de los millonarios. Tuld es el frío ideólogo de la solución radical para salvar a la empresa a costa del ahorro de miles de personas humildes, el darwinista supremo que se ha adaptado al entorno financiero con la misma maestría que lo hacía en sus tiempos Gordon Gekko. Su lenguaje es tan lapidario como el del protagonista de Wall Street. No se hace uno inmensamente rico favoreciendo a la sociedad, sino venerando todos los días con fervor a la diosa Codicia.
Posiblemente con los años Margin Call se convierta en la película emblemática de los años de la gran crisis, la que mejor retrate la labor de estos prestidigitadores de lujo, capaces de vender puro humo a sus clientes sin pestañear.
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lunes, 1 de septiembre de 2014
CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN SEPTIEMBRE. EL LECTOR CONTEMPLA LA VIDA DE OTRA MANERA.
"The reader sees life differently", es el título de esta magnífica ilustración de Michael Hirshon. A primera vista cualquiera diría que el protagonista de la imagen muestra aires de superioridad, elevándose por encima de todo, pero no es así. Más bien parece un personaje soñador, de los que son capaces de observar la realidad desde un punto de vista privilegiado y (eso no hace falta que lo diga yo, porque es evidente), de los que no se separa jamás del libro que esté leyendo. Un vividor de múltiples vidas, en suma, que puede contemplar la vida a su manera y a la de otros, sin dejar de ser él mismo. ¿Qué otro invento humano ofrece más a cambio de tan poco?
En los clubes de lectura malagueños toman gozoso protagonismo los clásicos, junto a otros volúmenes más recientes, también de gran calidad:
El club de lectura de la Biblioteca Provincial se reanuda a mediados de mes (cuando por fin parece que se normalizan los horarios de las bibliotecas), comentando la lectura que propusimos para este verano, un nuevo homenaje a Gabriel García Márquez con sus Doce cuentos peregrinos.
En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, un autor habitual en los lotes del Centro Andaluz de las Letras, Sándor Márai con La mujer justa.
Respecto al club de lectura de Más Libros Libres, aún no es seguro si se va a leer este mes Rojo y negro de Stendhal, como estaba programado, o se va a dejar para octubre. Si así fuera, sería sustuido por una selección de cuentos de Julio Cortázar, para conmemorar su centenario. Para quienes requieran información más detallada, pueden escribirme.
En el club de lectura de ensayo de Más Libros Libres, traemos a colación una obra interesantísima, acerca de nuestra idea actual de lo que es arte y cultura en general: La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa.
Y sin dejar Más Libros Libres, en su club de visionado obligatorio (ya saben, hay que traer la película vista en casa), celebraremos un esperado debate en torno a la obra de culto de ciencia ficción, filmada por Alex Proyas, Dark City.
En el club de lectura del Ateneo de Málaga, apuestan por un autor complejo y genial. Juan Benet con su conocida novela Volverás a Región.
En los dos clubes del Centro Andaluz de las Letras se rinde homenaje a uno de nuestros grandes escritores (mi preferido), Benito Pérez Galdós con dos de sus obras más conocidas, dos auténticas obras maestras: Tristana y Miau.
En el club de lectura de la Casa del Libro, una novela del escritor alemán de origen judío Fred Uhlman, que tenía ganas de leer desde hace tiempo: Reencuentro, sobre la difícil amistad entre un muchacho judío y uno ario en la Alemania de los años treinta.
En el club de lectura de la Fnac Málaga, otra obra de un autor que todavía no he leído y tengo pendiente desde hace tiempo: La leyenda del Santo Bebedor, de Joseph Roth.
Y por fin, en el ciclo Literatura y cine de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, debatiremos sobre hombres y máquinas a través de la película de Steven Spielberg Inteligencia artificial, basada en un relato de Brian W. Aldiss.
Que tengan un buen comienzo de curso. Ya saben que en los clubes de lectura cuentan siempre con un refugio donde contemplar la vida de muchas maneras distintas.
En los clubes de lectura malagueños toman gozoso protagonismo los clásicos, junto a otros volúmenes más recientes, también de gran calidad:
El club de lectura de la Biblioteca Provincial se reanuda a mediados de mes (cuando por fin parece que se normalizan los horarios de las bibliotecas), comentando la lectura que propusimos para este verano, un nuevo homenaje a Gabriel García Márquez con sus Doce cuentos peregrinos.
En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, un autor habitual en los lotes del Centro Andaluz de las Letras, Sándor Márai con La mujer justa.
Respecto al club de lectura de Más Libros Libres, aún no es seguro si se va a leer este mes Rojo y negro de Stendhal, como estaba programado, o se va a dejar para octubre. Si así fuera, sería sustuido por una selección de cuentos de Julio Cortázar, para conmemorar su centenario. Para quienes requieran información más detallada, pueden escribirme.
En el club de lectura de ensayo de Más Libros Libres, traemos a colación una obra interesantísima, acerca de nuestra idea actual de lo que es arte y cultura en general: La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa.
Y sin dejar Más Libros Libres, en su club de visionado obligatorio (ya saben, hay que traer la película vista en casa), celebraremos un esperado debate en torno a la obra de culto de ciencia ficción, filmada por Alex Proyas, Dark City.
En el club de lectura del Ateneo de Málaga, apuestan por un autor complejo y genial. Juan Benet con su conocida novela Volverás a Región.
En los dos clubes del Centro Andaluz de las Letras se rinde homenaje a uno de nuestros grandes escritores (mi preferido), Benito Pérez Galdós con dos de sus obras más conocidas, dos auténticas obras maestras: Tristana y Miau.
En el club de lectura de la Casa del Libro, una novela del escritor alemán de origen judío Fred Uhlman, que tenía ganas de leer desde hace tiempo: Reencuentro, sobre la difícil amistad entre un muchacho judío y uno ario en la Alemania de los años treinta.
En el club de lectura de la Fnac Málaga, otra obra de un autor que todavía no he leído y tengo pendiente desde hace tiempo: La leyenda del Santo Bebedor, de Joseph Roth.
Y por fin, en el ciclo Literatura y cine de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, debatiremos sobre hombres y máquinas a través de la película de Steven Spielberg Inteligencia artificial, basada en un relato de Brian W. Aldiss.
Que tengan un buen comienzo de curso. Ya saben que en los clubes de lectura cuentan siempre con un refugio donde contemplar la vida de muchas maneras distintas.
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