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jueves, 28 de mayo de 2015

EL AÑO MÁS VIOLENTO (2014), DE J.C. CHANDOR. LA DECENCIA EN TIEMPOS OSCUROS.

A principios de los años ochenta Nueva York era más conocida por sus elevados índices de delincuencia e inseguridad ciudadana que por el atractivo de sus rascacielos. Los setenta habían sido unos años de profunda crisis que casi acabaron derivando en la bancarrota de la ciudad, por lo que el año 1981 será registrado como uno de los más violentos de su historia. El icono más reconocible de Nueva York no era en aquella época el World Trade Center, sino los vagones del metro repletos de grafitis, las zonas industriales abandonadas y el Bronx que en la imaginación de los niños de la época, consumidores de películas de videoclub, se nos aparecía como el lugar más peligroso del mundo. En una entrevista publicada por Newcinema, el director explica por qué ese año fue un hito:

"Es el típico caso de escalada de la violencia. Al poco miré en sitios web las estadísticas de delincuencia, mirando la historia de los datos de criminalidad en la ciudad de Nueva York en los últimos ciento cincuenta años. Los índices de criminalidad mantenían un patrón regular a lo largo de los años 70. Luego, en 1981, hubo un cambio espectacular y se convirtió en el año más violento de la historia. Al año siguiente, las cosas empezaron a mejorar rápidamente. Todo aquello transformó la ciudad y la convirtió en la que conocemos ahora. ¿Dónde se puede caminar en mitad de la noche en bikini y que nadie te moleste? Esa transformación, si rebuscas, se inicia en 1981. Pensé en hacer una película de gánsteres, usando algunos clichés clásicos del género, algo de la emoción de los tiroteos y persecuciones pero sin caer en lo convencional."

En este ambiente se mueve Abel Morales, un empresario dedicado a la distribución de combustible para calefactores, que está a punto de cerrar una compra de terrenos que le otorgará una gran ventaja sobre sus competidores. Al principio, dado el clima moral que le rodea en su actividad cotidiana, sospechamos que Abel tiene algo de mafioso, que ha construido su pequeño imperio económico a base de violencia o extorsión. Pero conforme avanza la historia, nos vamos dando cuenta de que no, de que el protagonista es una rara avis en una sociedad que le invita a cada paso a corromperse, a solucionar los problemas de la manera más expeditiva posible. Morales, como su propio apellido indica, es un ser guiado por una estricta ética personal, un camino espinoso para hacer negocios y prosperar en el Nueva York de 1981, algo que le recuerda de vez en cuando su mujer que, al ser hija de un conocido gangster, pone un permanente foco de sospecha sobre sus actividades. 

Pero no es solo la Fiscalía de la ciudad la que presiona a Abel con permanentes investigaciones, que a su vez consiguen que el banco le corte la línea de crédito necesaria para pagar su última inversión, sino que su flota de camiones recibe permanentes ataques para robar su combustible. ¿Se puede reaccionar con decencia ante estos ataques que pueden significar una ruina inminente? ¿Es lícito, ante circunstancias tan excepcionales, recurrir a la tentación de la violencia? Mientras responde a tales preguntas a través de las acciones de tan excepcional personajes, Chandor nos muestra una sociedad deshumanizada, construida solo de ambiciones que deben ser satisfechas casi de inmediato, que intenta prosperar en un entorno de ruinas desde el que se puede contemplar el prometedor perfil de los rascacielos de Manhattan como un paraíso inalcanzable. 

A tenor de lo visto en Margin Call y en El año más violento, Chandor se está convirtiendo en uno de los grandes directores de la actualidad. Pocos realizadores son capaces de imprimir un ritmo tan pausado y a la vez tan tenso a sus películas, destacando su ejemplar técnica a la hora de rodar persecuciones. Ambas películas están orientadas a hablar de un tema muy interesante: los efectos del capitalismo en personas de caracteres dispares. Los vientos sembrados en El año más violento darían lugar a la gran tempestad desatada en Margin Call.

martes, 2 de septiembre de 2014

MARGIN CALL (2011), DE J.C. CHANDOR. LA MANO INVISIBLE EN LA OSCURIDAD.

A una de esas grandes empresas dedicadas al sector de la finanzas que abundan en Nueva York, llegan unos visitantes incómodos. Porque si a algo temen los aspirantes a amos del universo es a los trabajadores de esas subcontratas dedicadas a despedir al personal en las que trabajaba el protagonista de Up in the air. Algo extraño puede olerse en el ambiente. Pero los supervivientes son motivados: se abre un mundo de oportunidades ante ellos. Los que se han ido, son el pasado. Hay que mirar hacia el futuro. Pero el futuro es mucho más tenebroso de lo que podría esperarse. Uno de los despedidos, veterano del departamento de riesgos, le entrega un pendrive a una de las jóvenes promesas de la empresa. Los datos que se muestran en el mismo, son concluyentes: la compañía, una de las glorias de Wall Street, está a punto de quebrar. Según las cuentas, puede ser engullida por un agujero de billones de dólares que se llevaría por delante buena parte del sistema financiero: son las famosos bonos basuras basados en hipotecas suscritas por gente que difícilmente iban a pagarlas.

Con esta premisa, Margin Call realiza uno de los más estremecedores retratos del capitalismo que se han visto en la pantalla grande. La patata caliente de la inminente catástrofe va subiendo por el escalafón jerárquico hasta el jefe supremo. Poco a poco vamos enterándonos de cuanto gana cada uno al año: los sueldos van desde los 250.000 hasta más de ochenta millones de dólares. Y lo que más estupefacción produce es que señores que ingresan esas obscenas cantidades de dinero ni siquiera conocen los entresijos de su trabajo diario. Ellos se limitan a apretar botones, a transferir millones de dólares en bonos, pero ninguno sabe muy bien lo que está haciendo. Es la teoría de la mano invisible de Adam Smith llevada hasta sus últimas consecuencias: como nadie controla nada ni es capaz de conocer lo que sucede cada minuto en cada rincón del mundo, no hay responsables. El casino global no cuenta con un director que pare el juego cuando haya peligro de que salte la banca. El Gobierno tiene tan poco que ver con todo esto que apenas es nombrado en la película.

Todo transcurre en una noche aciaga, con un ambiente casi de juicio final, en la que hay que tomar decisiones rápidas para que el marrón sea transferido de la compañía a los cándidos inversores. Y los trabajadores que deben cumplir estas instrucciones de venta fraudulenta, obedecen. Algunos muestran remordimientos, pero cumplen las órdenes sin rechistar, ya que hace tiempo que vendieron su alma. Entre ellos hay alguno que recuerda su pasado como ingeniero, cuando utilizaba su inteligencia en pos del bien común. Otros se estremecen cuando reflexionan acerca de los resultados obtenidos tras treinta años al servicio de la empresa. Pero por encima de todos está John Tuld (un soberbio Jeremy Irons, que se come la pantalla, sin desmerecer en absoluto el magnífico trabajo del resto del elenco), el director general de la compañía, el tiburón supremo, que seguramente de joven arrancó la palabra ética del diccionario para iniciar su meteórica carrera hacia el Olimpo de los millonarios. Tuld es el frío ideólogo de la solución radical para salvar a la empresa a costa del ahorro de miles de personas humildes, el darwinista supremo que se ha adaptado al entorno financiero con la misma maestría que lo hacía en sus tiempos Gordon Gekko. Su lenguaje es tan lapidario como el del protagonista de Wall Street. No se hace uno inmensamente rico favoreciendo a la sociedad, sino venerando todos los días con fervor a la diosa Codicia.

Posiblemente con los años Margin Call se convierta en la película emblemática de los años de la gran crisis, la que mejor retrate la labor de estos prestidigitadores de lujo, capaces de vender puro humo a sus clientes sin pestañear.