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sábado, 10 de febrero de 2024

LA REGLA DE JUEGO (1939), DE JEAN RENOIR.

Concebida al final del periodo de entreguerras, La regla de juego puede ser leída como el retrato de la decadencia de la alta sociedad formada por la aristocracia y la alta burguesía. Los personajes de Renoir se persiguen entre ellos para establecer lazos amorosos de carácter frívolo, adscritos a unas reglas, tal y como dice el título, que impiden que dichas relaciones caigan en el mal gusto del enamoramiento. Es bastante lógico que la película fuera polémica en su tiempo, cuando estaba a punto de comenzar la desastrosa guerra mundial, pues fue vista como una comedia fuera de lugar y de mal gusto en aquellas horas tan graves. El tiempo ha puesto en su lugar a La regla de juego y hoy puede ser vista como el retrato de un tiempo que se acaba mientras la muerte (representada primero en la magnífica escena de caza, luego en la representación teatral y por último en la culminación de la película), va a ser la gran protagonista de la nueva época. De manera formal, la película está repleta de enredos amorosos, diálogos brillantes y situaciones equívocas, pero bajo la superficie late la tragedia que se desatará en el último acto, por lo que podríamos calificarla como tragicomedia. El mismo Jean Renoir explicó perfectamente la diferencia entre intenciones y resultado final de su obra:

"Es una película de guerra y, sin embargo, no se hace ninguna alusión a la guerra. Bajo su apariencia benigna, esta historia atacaba la estructura misma de la sociedad. Y, sin embargo, inicialmente había querido presentar al público no una obra de vanguardia, sino una buena y pequeña película normal."

P: 7

sábado, 10 de septiembre de 2022

LA GOLFA (1931), DE JEAN RENOIR.

El precedente de esa obra maestra que es Perversidad es esta magistral - rodada todavía con aires de cine mundo - película de Jean Renoir, una devastadora crítica social que causó escándalo en su tiempo. Maurice, el protagonista, lleva una vida desgraciada bajo el despótico gobierno de su mujer, que quedó viuda en la Primera Guerra Mundial y venera a su primer esposo. Frente a la bravura del héroe de guerra, Adèle considera a su actual esposo poco menos que un inútil. Maurice intenta refugiarse de su triste realidad a través de su afición a la pintura, pero su existencia dará un giro radical cuando conozca a Lulú, una joven que vive explotada por su chulo, de quien se enamora. La golfa ataca en primer lugar a la institución matrimonial y a la restrictiva legislación sobre el divorcio en aquel tiempo, que podía dejar a la gente atrapada en relaciones desgraciadas. Por otro lado también realiza un retrato crudo de la otra cara de la sociedad burguesa y católica, el submundo de los bajos fondos en el que no existe ninguna moral y donde el protagonista no es más que una perfecto palurdo ingenuo a la que dejar sin un franco. Aunque al principio Maurice vive todo aquello como una gran ilusión, yo creo que es lo suficientemente inteligente - timidez no significa estupidez - como para advertir que ha entrado en un irreversible sendero de perdición, aunque en el fondo no le importe demasiado, ya que necesita alguna emoción en su triste existencia. Una obra muy moderna que ha influido poderosamente en el cine posterior.

P: 8

sábado, 6 de septiembre de 2014

UNA PARTIDA DE CAMPO (1881), DE GUY DE MAUPASSANT Y DE JEAN RENOIR (1936). EL FINAL DE LA INOCENCIA.

Nos encontramos en pleno siglo XIX, en una época de relativa paz, dominada por un orden burgués que se enriquece explotando a su mano de obra barata. No todos son grandes señores. También existen pequeños propietarios, modestamente prósperos, que pueden permitirse algún pequeño lujo de vez en cuando, como pasar una jornada en el campo una vez al año. Ya en aquella época se hablaba de la contaminación en la ciudad y de los beneficios de respirar el aire puro campestre: 

"Habían cruzado luego el Sena por segunda vez y, en el puente, se había producido el encantamiento. El río resplandecía de luz; absorbida por el sol, se alzaba del agua una neblina, y se sentía una dulce quietud, un benéfico frescor al respirar por fin un aire más puro, no corrompido por el humo negro de las fábricas o los miasmas de los vertedero."

Según dice George Steiner en En el castillo de Barba Azul, después de la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas, se instaló en Europa una especie de gran aburrimiento protagonizado por el triunfo de la burguesía. Bajo una sólida de capa de solemnidad se esconde la frustración de quienes viven en una cárcel dorada, de quienes han de seguir los convencionalismos sin hacer preguntas. Algo especialmente acentuado en la vida de las mujeres. La muchacha protagonista va a ser víctima de un matrimonio concertado pequeño-burgués. En su inocencia, ella no se cuestiona nada, ni siquiera conoce las terroríficas sensaciones de la pasión hasta que no se produce ese breve encuentro con Henri, habitante del campo, no carente de buenos modales, pero capaz de acciones mucho más primitivas y básicas que quienes suelen rodearla:

"La muchacha seguía llorando, embargada de muy dulces sensaciones, con la piel ardorosa y unos cosquilleos desconocidos por todo el cuerpo. La cabeza de Henri reposaba en uno de sus hombros; y, bruscamente, la besó en los labios. Ella se rebeló furiosa y, para evitarle, se echó hacia atrás. Entonces él se le arrojó encima, cubriéndola con todo su cuerpo. Buscó largo rato la boca que se le hurtaba y, tras encontrarla, pegó la suya en la de ella. Entonces, loca de un intensísimo deseo ella le devolvió el beso apretándole contra sí y toda su resistencia se vino abajo, como aplastada por un peso demasiado fuerte."

La pasión y posteriormente el amor puro provienen de lo que hoy calificariamos como agresión sexual: de pronto el orden burgués de las cosas queda suspendido en medio del ambiente campestre. La muchacha se relaja, abandona momentáneamente su papel social y se deja llevar por un instinto desconocido. Como es lógico, esta es una experiencia que la deja marcada, quizá el momento en el que se ha sentido más viva.

La adaptación cinematográfica de Renoir, que dicen inacabada, es un prodigio de sencillez, donde el director homenajea los cuadros de su padre, el impresionista Auguste Renoir, aunque también pueden apreciarse algunos esbozos picassianos, si transformamos a los dos muchachos en dos faunos del bosque. En esta película es primordial el retrato del paisaje, que se convierte en algo sensual que envuelve a la protagonista, siendo la única música el canto del ruiseñor. Pocas adaptaciones son tan fieles al original literario hasta el punto de devenir en un complemento imprescindible a la lectura del cuento de Maupassant que, como en todas las buenas narraciones, su mensaje va mucho más allá de las meras palabras escritas.

domingo, 30 de mayo de 2010

LA GRAN ILUSIÓN (1937), DE JEAN RENOIR. HONOR, PATRIOTISMO Y CLASES SOCIALES.

Decía el doctor Johnson que el patriotismo es el último refugio de los canallas. No quiero decir con esto que los protagonistas de esta película sean unos miserables, pero sí que son, todos y cada uno de ellos, unos patriotas incurables.

Es esta una obra de tema bélico, pero sin escenas bélicas. La mayor parte de su metraje transcurre en un par de campos de internamiento para prisioneros en Alemania. Estamos en la Primera Guerra Mundial y el resultado de la contienda es incierto. Unos días las "victorias" son para los alemanes y otros para los aliados, pero los avances de uno y otro bando son poco significativos y se efectúan al precio de enormes masacres de hombres. En esta tesitura, la situación de los protagonistas, prisioneros tratados realmente bien, casi como camaradas, por los alemanes se torna casi envidiable. Pero los protagonistas son patriotas que necesitan huir para seguir disputando la guerra. Y necesitan hacerlo a cualquier precio.

Uno de los discursos más interesantes de "La gran ilusión" es la relación que se establece entre el comandante del campo y uno de los protagonistas, un aristócrata francés. Para el primero, su verdadera patria es su clase social superior, por lo que trata al prisionero con especiales atenciones, como a su semejante. El francés, superando este pensamiento, es capaz de sacrificarse por sus compañeros. También es curioso el tratamiento de Renoir al personaje del judío de familia rica, que comparte todos los alimentos que le llegan con sus compañeros de cautiverio, una alegre pandilla en realidad, que parecen estar más en una especie de internado con reglas un poco estrictas que prisioneros de su enemigo.

Quizá la "gran ilusión" del título sea el pensamiento generalizado de la época que refleja la película de que la Gran Guerra iba a ser la guerra que acabase con todas las guerras. Cuando la película fue estrenada, nuevos vientos bélicos soplaban por Europa y el enemigo volvía a ser el mismo. El título se torna aquí amargo y casi irónico.

Gran película de Renoir, reconocida generalmente como una de las grandes obras del cine europeo. Impecable realización, guión profundo y reflexivo. Solo falta un dibujo más profundo de los personajes, que el espectador los conozca mejor y se pueda identificar con ellos. Todos son demasiado perfectos, de ideas fijas, casi sin matices. Perfectos en el servicio a la patria, quiero decir. Personalmente encontraría más humano a quien se negase a seguir combatiendo en aquella guerra tan cruel como inútil.

miércoles, 19 de mayo de 2010

LA MARSELLESA (1938), DE JEAN RENOIR. LIBERTAD, IGUALDAD Y, SOBRE TODO, FRATERNIDAD.


Lo primero que hay que hacer para efectuar una valoración de esta película es situarla en su contexto histórico: el final de la década de los treinta era un periodo muy convulso para Francia. En la vecina España se libraba una cruenta Guerra Civil que estaba ganando Franco, ayudado por nazis e italianos. Francia comenzaba a sentirse rodeada por enemigos y acosada por una Alemania cada vez más agresiva. Quizá esta película sirviera de estímulo apelando a una época de gloria para el país: la de la Revolución.

"La Marsellesa" cuenta algunos episodios revolucionarios desde la óptica de los más humildes, de un grupo de personajes extramadamente idealistas que pretende cambiar radicalmente el status quo, unos personajes que hacen de la fraternidad su modo de vida. Demasiado bondadosos. Unos estereotipos demasiado obvios, que quieren resaltar el poder del pueblo en su lucha contra unos opresores retratados también de forma caricaturesca: desde el rey hasta los nobles exiliados.

Lo cierto es que como película histórica nos vale bien poco. Las acciones de los personajes son demasiado teatrales y poco realistas, salvo en el asalto final a las Tullerías, filmado con pulso por Renoir. El resto queda como un simulacro bien narrado, pero sin alma. Se obvia demasiado en la película la parte más terrorífica de la Revolución que, si bien nos dejó abundantes beneficios que podemos seguir disfrutando hoy día, el camino hacia tales resultados no fue tan cándido como nos quieren mostrar aquí, sino que estuvo sazonado con abundantes dosis de sangre y terror.