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sábado, 3 de mayo de 2025

EL PEZ EN EL AGUA (1993), DE MARIO VARGAS LLOSA. POLÍTICA Y FICCIÓN.

La muerte de Mario Vargas Llosa ha supuesto una pérdida cultural enorme, la de uno de los genios literarios del siglo XX y principios del XXI que nos ha dejado un legado deslumbrante. La propia biografía del escritor ha sido uno de sus materiales literarios más frecuentes, presente en novelas como La tía Julia y el escribidor, en la que con sus vivencias construye una ficción. El pez en el agua narra, en capítulos alternos, su infancia y juventud y la carrera política que emprendió a principios de los noventa para hacerse con la presidencia de Perú. Ambos son capítulos biográficos apasionantes y más cuando podemos leerlos con la voz de un Vargas Llosa que no tiene pudor en mostrarse como un ser humano con sus aciertos y sus errores. En realidad esta es una forma de acercarse a la escritura enormemente valiente, puesto que el escritor y muchos de sus seres queridos se convierten en personajes de una obra de no ficción, con lo que ello conlleva en cuanto a exposición de la intimidad, lo cual puede incluso desencadenar conflictos familiares y acabar con amistades.

No es un secreto que Vargas Llosa emprendió un largo viaje ideológico desde una juventud de simpatías marxistas hasta una madurez liberal. Precisamente es esta pasión ideológica, este idealismo el que le llevó a aparcar su prestigiosa carrera literaria en pos de alcanzar el poder en su país natal y emprender una serie de reformas que, según él, deberían sacar a Perú de su atraso histórico y dinamizar la economía abriendo la misma a los mercados internacionales, frente al enquistado reparto de la pobreza que ha estado vigente en los periodos democráticos y dictatoriales de aquel país:

"Así comenzó esta historia. Desde entonces, cada vez que me han preguntado por qué estuve dispuesto a dejar mi vocación de escritor por la política, he respondido: «Por una razón moral. Porque las circunstancias me pusieron en una situación de liderazgo en un momento crítico de la vida de mi país. Porque me pareció que se presentaba la oportunidad de hacer, con el apoyo de una mayoría, las reformas liberales que, desde comienzos de los años setenta, yo defendía en artículos y polémicas como necesarias para salvar al Perú».

Pero alguien que me conoce tanto como yo, o acaso mejor, Patricia, no lo cree así. «La obligación moral no fue lo decisivo —dice ella—. Fue la aventura, la ilusión de vivir una experiencia llena de excitación y de riesgo. De escribir, en la vida real, la gran novela»."

En alguna entrevista Vargas Llosa ha comentado que para un escritor cualquier evento biográfico, positivo o negativo, puede convertirse en material literario de primera. La aventura política emprendida le va a dar un material de primera, sobre todo cuando empiece a pisar el barro de la lucha partidista frente a los sueños ideológicos idealistas que le han hecho fundar el Movimiento Libertad. Poco tiempo hay para sutilezas ideológicas cuando la realidad diaria reclama reacciones frente a maniobras sucias, intrigas o conspiraciones por parte de adversarios y aliados. Durante su campaña por todo el país el autor y sus seguidores dan frecuentes muestras de valor personal, puesto que no es extraño que sean recibidos con hostilidad en algunas de las regiones que visitan. Las palabras se tergiversan y, de manera muy literaria, la realidad puede convertirse en ficción en cualquier instante:

"Desde muy joven he vivido fascinado con la ficción, porque mi vocación me ha hecho muy sensible a ese fenómeno. Y hace tiempo que he ido advirtiendo cómo el reino de la ficción desborda largamente la literatura, el cine y las artes, géneros en los que se la cree confinada. Tal vez porque es una necesidad irresistible que la especie humana trata de aplacar de cualquier modo y aun por conductos inimaginables, la ficción aparece por doquier, despunta en la religión y en la ciencia y en las actividades más aparentemente vacunadas contra ella. La política, sobre todo en países donde la ignorancia y las pasiones juegan un papel tan importante en ella como el Perú, es uno de esos campos abonados para que lo ficticio, lo imaginario echen raíces."

Lo verdaderamente sorprendente es que un candidato de la solidez y la cultura de Vargas Llosa fuera vencido finalmente por un populista como Alberto Fujimori, un político oportunista que apenas era conocido pocos meses antes de su victoria. La derrota es de la que escuecen, pero para el autor también se convierte en la oportunidad, muchas veces soñada de retomar la vida anterior, la vida del intelectual que se dedica a sus libros y a sus conferencias, dejando atrás la agotadora vorágine política. 

Respecto a los capítulos que narran su infancia y juventud, resultan una lectura deliciosa, pues retratan a un Vargas Llosa en permanente enfrentamiento con un padre que había abandonado a su madre con motivo de su nacimiento. Se trata de un joven que desea ser independiente a toda costa, que compagina trabajos y estudios en pos de una vocación literaria que resuena en su espíritu desde bien temprano. Conocemos sus primeros amores, su relación y boda con la tía Julia y el sueño cumplido de visitar París. Una vida intensa protagonizada por un hombre inquieto que va a tomar su mejor material literario de la misma. Nada más humanista que la descripción tan íntima y sincera de la vida de un ser humano.

sábado, 30 de julio de 2022

LA MIRADA QUIETA (DE PÉREZ GALDÓS) (2022), MARIO VARGAS LLOSA. LA ESENCIA DEL ESCRITOR.

Cuenta Vargas Llosa en el prólogo que él aprovechó el confinamiento provocado por la pandemia de coronavirus para leer, prácticamente entera, la obra de Benito Pérez Galdós, un escritor que sigue suscitando polémicas acerca de su calidad literaria, pero que sin duda es uno de los grandes de nuestra literatura y no solo por ser el autor de Fortunata y Jacinta, sino por haberse elevado como el gran cronista de la historia, vida y costumbres de los españoles en el siglo XIX. Porque Galdós posaba su mirada sobre todas las clases sociales y era capaz de retratar con la misma maestría a ricos y a pobres, a funcionarios cesantes, a prestamistas, a presidentes del gobierno y a los mendigos que piden a la puerta de las iglesias. Su extensísima obra es una crónica fascinante de nuestra agitada historia y de quienes lo padecen, un río que fluye muy caudaloso, pero del que solo podemos contemplar la superficie:

"Todo novelista ha sentido escribiendo una novela que, si desarrollara los cabos sueltos de la historia que está contando, ésta se prolongaría sin término: sería la novela de las novelas, todas las historias estarían imbricadas unas en otras hasta el infinito. Porque en una novela que concluye hay una supresión brutal de algo que, continuado hasta la extenuación, sería la novela de las novelas, una historia que abarcaría todas las historias. Balzac es el escritor del siglo XIX que más se acercó a la tentación de esa locura sin término, y, en España, sin ninguna duda, Benito Pérez Galdós."

Bien es cierto que, después de un brillante prólogo en el que Vargas Llosa fija, según su criterio, el verdadero valor de Galdós como escritor, el resto del ensayo se compone del análisis de la entera producción de novelas y obras de teatro del autor canario. Esto puede hacerse pesado para algunos lectores, sobre todo a los que no se hayan acercado todavía a la narrativa de Galdós, puesto que Vargas Llosa no tiene reparo en destripar el argumento de cada una de ellas a la hora de valorarlas. Resulta interesante, eso sí, que tenga reparos a la hora de emitir sus juicios: cuando una obra no le gusta expone sus razonamientos de experto para justificarse. Mejor es la parte dedicada al análisis de los Episodios Nacionales, ya que que aquí habla de ellos como un conjunto bien planificado de narraciones que estudian el devenir histórico de la España contemporánea a Galdós.

Después de leer La mirada quieta, a uno se le queda un regusto amargo, pues esperaba encontrar algo parecido a lo que el autor de La ciudad y los perros hizo con Flaubert en La orgía perpetua, pero se queda en un mero resumen bien escrito de la vida y obra de Pérez Galdós, pero muy descafeinado, quizá porque su publicación ha podido ser algo precipitada. 

lunes, 4 de noviembre de 2019

TIEMPOS RECIOS (2019), DE MARIO VARGAS LLOSA. FAKE NEWS EN GUATEMALA.

El siglo XX fue una época terrible para la mayoría de los países de América Latina. Atrapados entre dictaduras inhumanas, revoluciones sangrientas, guerras civiles, terrorismo, guerrilla e intervenciones extranjeras, para países como Guatemala la llegada de una democracia plena fue casi una utopía hasta llegada la mitad de los años ochenta. No obstante, el intento más sólido lo protagonizaron a mitad de siglo dos presidentes sucesivos, que trataron de de reflejar a Guatemala en el espejo de la democracia estadounidense: Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz. Este último fue despojado trágicamente de la presidencia a través de un vil golpe de Estado auspiciado por la CIA.

El arquitecto del golpe fue Edward Bernays, un publicista, genio de la propaganda, que fue contratado por la United Fruit Company (una multinacional estadounidense que veía amenazados sus intereses en Guatemala con las medidas de reforma agraria auspiciadas por Árbenz), para hacer creer al gobierno de Estados Unidos que el país centroamericano vivía una revolución comunista que amenaba los intereses norteamericanos. Aunque parezca increíble, una mentira tan evidente - Árbenz más bien quería acercarse a su gran vecino del norte y tomar sus instituciones como modelo de la flamante democracia guatemalteca -, fue finalmente asumida los estadounidenses actuaron según la lógica de la Guerra Fría, para imponer como gobernante al mediocre Castillo Armas como dictador, un militar que fue sustituido varios años después por medio de su asesinato. 

Pero lo que más fascina a Vargas Llosa de todo este proceso y uno de los principales motivamente para lanzarse a la escritura de Tiempos recios, es esa idea de fake news, de esas mentiras obvias que son manipuladas a través de sofisticadas técnicas de propaganda para que sean creídas por el público para crear un estado de opinión pública favorable a ciertos intereses. Hasta la intervención de Bernays, apenas había estadounidenses que supieran ubicar Guatemala en el mapa. Al poco tiempo, el pequeño país centroamericano se había convertido en un foco constante de noticias que lo situaban como la principal amenaza comunista de la región. Como dice Vargas Llosa en una entrevista publicada por el suplemento cultural Babelia:

"Las fake news tienen un éxito absoluto. Bernays, ese sobrino de Sigmund Freud que tiene la idea de que la publicidad va a ser el principal instrumento de poder en el siglo XX, se inventó que Guatemala se estaba convirtiendo en un satélite soviético porque la URSS quería entrar en América Latina para apoderarse del canal de Panamá. Es una fantasía delirante que contradice el proyecto de Árbenz, que quería hacer de Guatemala un país moderno, una democracia capitalista. Cuando reparte las tierras a medio millón de campesinos guatemaltecos, busca la forma para que ellos fueran empresarios privados de esas tierras, para que no fueran descapitalizados otra vez por los latifundistas. Es una de las grandes injusticias históricas que este Gobierno democrático elegido en elecciones libres fuera derrocado por una conspiración que lo acusaba de comunista."

Pero Tiempos recios es mucho más que la historia de una mentira. Se trata de una magnífica novela, que remite por momentos a La fiesta del chivo, llena de personajes memorables, algunos muy enigmáticos, como Marta Borrero, que jugó un papel importante, pero brumoso en esta historia y muchos de ellos canallas que consagran su existencia a hacer realidad los deseos de sus gobiernos, como el embajador Peurifoy o el dominicano Johnny Abbes, que personalizó la ayuda del régimen de Trujillo a un golpe de Estado que desató todos los demonios sobre Guatemala, causó de miles de muertos, saqueó a los campesinos pobres que habían recibido tierras de la reforma agraria e influyó para mal en todos los países del entorno, empezando por Cuba, cuya revolución comprendió que tenía que acercarse a la Unión Soviética desde el primer instante para blindarse frente a una intervención similar de los estadounidenses. Al final tanto sufrimiento solo benefició realmente a la United Fruit Company, la multinacional que tanto daño hizo a Latinoamérica y que acabaría quebrando unos años después.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

LA CIVILIZACIÓN DEL ESPECTÁCULO (2012), DE MARIO VARGAS LLOSA. ¿EL FIN DE LA CULTURA?


El sábado pasado el suplemento cultural Babelia incluía como reportaje principal un pequeño recorrido por una nueva tendencia literaria, que tiene al escritor noruego Karl Ove Knausgard como su máximo exponente, consistente en libros autobiográficos que exhiben la más recóndita intimidad sin ningún pudor. Así, Knausgard se ha ganado varias denuncias por parte de familiares por describir con todo detalle los episodios más sórdidos de sus vidas. Ayer mismo en El País encuentro la noticia del lanzamiento del videojuego Destiny, cuya realización ha costado la friolera de 380 millones de euros y que es calificado como el producto cultural más caro de la historia.

Son solo dos ejemplos, muy representativos de los tiempos que estamos viviendo. Mario Vargas Llosa comienza su ensayo sin medias tintas: asegurando categóricamente que el fenómeno que hasta ahora hemos conocido como cultura está a punto de desaparecer. Hasta hace algunos años dentro de la valoración de cultura entraban solo las obras más excelsas de escritores, pintores o músicos. Existía la figura del crítico, especialista en valorar las distintas obras y calificarlas. Y sobre todo existía la figura del intelectual influyente, aquel que gozaba del prestigio suficiente como para escuchar su voz en momentos de crisis. Cualquiera podía acceder a la cultura, pero sabía que ese viaje le iba a requerir un esfuerzo, que la complejidad de las obras a las que pretendía acceder suponía concentrar todo su intelecto en las mismas. Actualmente, el concepto se ha degradado tanto que cualquier manifestación de masas es considerada dentro del ámbito cultural: los videojuegos, la música más vendida, la gastronomía, las pasarelas de moda e incluso, por qué no, los cotilleos de la prensa del corazón. Se trata de una banalización brutal:

"La diferencia esencial entre aquella cultura del pasado y el entretenimiento de hoy es que los productos de aquella pretendían trascender el tiempo presente, durar, seguir vivos en las generaciones futuras, en tanto que los productos de éste son fabricados para ser consumidos al instante y desaparecer, como los bizcochos o el popcorn. Tolstói, Thomas Mann, todavía Joyce y Faulkner escribían libros que pretendían derrotar a la muerte, sobrevivir a sus autores, seguir atrayendo y fascinando lectores en los tiempos futuros. Las telenovelas brasileñas y las películas de Bollywood, como los conciertos de Shakira, no pretenden durar más que el tiempo de su presentación, y desaparecer para dejar el espacio a otros productos igualmente exitosos y efímeros. La cultura es diversión y lo que no es divertido no es cultura.

(...) Para esta nueva cultura son esenciales la producción industrial masiva y el éxito comercial. La distinción entre precio y valor se ha eclipsado y ambas cosas son ahora una sola, en la que el primero ha absorbido y anulado al segundo. Lo que tiene éxito y se vende es bueno y lo que fracasa y no conquista al público es malo. El único valor es el comercial. La desaparición de la vieja cultura implicó la desaparición del viejo concepto de valor. El único valor existente es ahora el que fija el mercado."

Quizá el del premio Nobel sea un discurso un tanto apocalíptico, aunque es indudable que muchas de sus afirmaciones dan en el clavo: ya no existen los grandes intelectuales que eran referente para mucha gente, el arte ha degenerado hasta el punto de que cualquier instalación (recordemos a Damien Hirst y su tiburón en formol), por muy aberrante que sea, puede ser vendida por millones de dólares si el artista cuenta con un buen equipo de marketing. Además, el nivel de la política es decididamente penoso, mientras que a los grandes escritores y científicos cada vez se les presta menos atención en este mundo tan comunicado y a la vez tan superficial.

Hoy día imperan las noticias que apelan a los instintos más bajos del espectador. Entre declaraciones vacías de políticas, los telediarios se llenan de pederastas y violadores, porque el miedo y la indignación que producen las acciones de estos individuos vende. No importa que las informaciones no estén contrastadas. Importan más la velocidad y el impacto de lo que vemos por televisión. El fútbol acaba anestesiando a la gente en un mundo que se mueve por decisiones que toman individuos a los que nadie ha elegido y que inyectan un miedo paralizante. Ante esto, la voz del intelectual o aplaude al poder o se queda clamando en el desierto. Estamos en un mundo dominado, además de por las de los agentes económicos, por las decisiones de las agencias de publicidad. Los ciudadanos son más estudiados que nunca, se evalúan sus necesidades y se les crean otras ficticias. Lo importante es que el pensamiento esté siempre distraido, divagando en busca de la siguiente diversión inmediata y efímera. Ya no hay tiempo para el pensamiento profundo.

Si hubiera que ponerle un pero a La civilización del espectáculo sería la gran variedad de temas que esboza y que darían para otros varios ensayos completos: las relaciones del Estado con la religión, las nuevas formas de lectura, la influencia de internet en nuestras vidas (valiéndose de una referencia a Superficiales, de Nicholas Carr)... Pero las palabras de un sabio como Mario Vargas Llosa son siempre dignas de ser escuchadas. Es curioso que en los distintos capítulos del libro se apoye en otros textos suyos publicados hace años en su magnífica serie periodística Piedra de toque, pertenecientes a una época en la que estaban desarrollándose los factores que iban a dar lugar a la apocalíptica realidad actual. 

Personalmente, habiéndo leído el texto con atención y debatido con los compañeros, creo que queda una rendija de esperanza, que puede agrandarse con facilidad: después de todo el acceso a la cultura (a la gran cultura, a la cultura de siempre) nunca ha sido más sencillo. Ahora encontrar cualquier libro, escuchar a cualquier compositor y visitar, aunque sea virtualmente, cualquier exposición, está al alcance de cualquiera. Solo falta que se estimule a la gente a aprovechar tan inmensas ventajas frente a los productos de mero entretenimento, que en todo caso son compatibles con la cultura de toda la vida. Aunque no sea una actividad tan divertida, el estímulo intelectual es infinitamente más provechoso.

viernes, 23 de septiembre de 2011

EL PARAÍSO EN LA OTRA ESQUINA (2003), DE MARIO VARGAS LLOSA. LA TENTACIÓN DE LA UTOPÍA.

Siempre me ha interesado el concepto de utopía, esas sociedades perfectas imaginadas y que en demasiadas ocasiones se transforman en pesadillas. El siglo XIX fue el momento culminante de estas formulaciones teóricas, que vinieron acompañadas de revoluciones y lucha obrera. El siglo XX fue el de su utilización en forma de totalitarismos. Desde mi humilde opinión, la mejor y más realista utopía es la socialdemócrata.

En "El Paraíso en la otra esquina", novela que me ha parecido maravillosa, Vargas Llosa disecciona estos conceptos social e individual de utopía a través de dos figuras históricas: la revolucionaria Flora Tristán y su nieto, el pintor Paul Gauguin. ¿Y quién mejor que el escritor peruano para asumir la tarea de instruir deleitando? Aquí el artículo:

Mario Vargas Llosa como novelista no posee únicamente una técnica narrativa primorosa, sino que además, cuando el asunto a tratar entronca con la historia, existe un trabajo minucioso de documentación previo. Así puede advertirse en obras como El sueño del Celta, La fiesta del Chivo o La guerra del fin del mundo, que van más allá del concepto estricto de novela para convertirse también en auténticos ensayos históricos en los que el autor reflexiona acerca de los hechos que se están narrando y penetra en las motivaciones de los personajes del pasado.

En El Paraíso en la otra esquina, el Premio Nobel peruano no se conforma con retratar un solo personaje o periodo histórico, sino que lo hace con dos, alternando los capítulos dedicados a uno y a otro, estableciendo así un fascinante juego literario en el que entroncan los destinos de una abuela (la agitadora revolucionaria Flora Tristán) y su nieto (el pintor Paul Gauguín), que consagran su existencia en la búsqueda de sus particulares utopías, representando así a los hombres y mujeres que, durante el siglo XIX teorizaron acerca de cual podría ser el mejor modo de convivencia humana. En una entrevista publicada en El País en marzo de 2003, el propio Vargas Llosa lo expresa de esta forma:

"El XIX fue sobre todo el siglo de las utopías. Es el siglo donde progresa la idea de que la sociedad perfecta es posible, que la puedes diseñar, que la puedes incluso incrustar en la realidad o la puedes encontrar en el mundo en un lugar remoto. La idea de que es posible crear una sociedad perfecta en la tierra, que puedes traer el paraíso a la tierra, es una idea decimonónica. Y tanto Flora Tristán como Gauguin encarnan un poco esa búsqueda de la utopía en ámbitos diferentes."

Flora Tristán fue una mujer adelantada a su tiempo, un elemento extraño en la sociedad francesa del siglo XIX, pues su discurso redentor de la clase trabajadora e igualitarista entre hombres y mujeres era percibido con una mezcla de estupor y curiosidad. Durante su infancia vivió en el seno de una familia opulenta, pero pronto sobrevendría la desgracia con la muerte de su padre, que los sumió en la pobreza. Su matrimonio con un industrial le hizo experimentar el injusto sometimiento de la mujer al varón y su separación, ilegal en la época, le trajo constantes problemas durante el resto de su vida a ella y a sus hijos, hasta el punto de que su marido estuvo a punto de acabar con su vida de un tiro.

Su viaje a Perú, donde presenció una absurda guerra civil le hizo tomar conciencia del problema de la esclavitud y la necesidad de redimir al hombre de sus opresores. Flora dejó constancia de las experiencias de este viaje en su obra Peregrinaciones de una paria (1838). A su regreso a Francia ya había tomado la decisión de consagrarse a la agitación política, por lo que entró en contacto con algunos de los más destacados teóricos sociales y líderes políticos de la época. Así, se dedicó a estudiar a Saint Simon, a Ettiene Cabet (el fundador del movimiento icariano) o a Charles Fourier (el teórico de las comunidades utópicas llamadas falansterios).

En cualquier caso, el pensamiento de Flora Tristán era muy crítico con las ideas utópicas que pretendían fundar comunidades perfectas en países remotos. Ella quería ayudar a los obreros franceses, redimirlos de la esclavitud de trabajos malsanos de hasta veinte horas diarias, fundar los Palacios Obreros y dar a todos la posibilidad de instruirse y trabajar con dignidad. Sin embargo, la tarea de difundir sus ideas expresadas en el libro La Unión Obrera (1843) era muy difícil, debido al embrutecimiento de los obreros:

"Qué ignorantes, qué tontos, qué egoístas eran tantos de ellos. Lo descubrió cuando, después de responder a sus preguntas, comenzó a interrogarlos. No sabían nada, carecian de curiosidad y estaban conformes con su vida animal. Dedicar parte de su tiempo y energía a luchar por sus hermanas y hermanos se les hacía cuesta arriba. La explotación y la miseria les habían estupidizado."

A pesar de su inmensa fuerza de voluntad, Flora Tristán murió joven sin haber vistos recompensados sus esfuerzos, aunque hay que pensar que contribuyó con su granito de arena a concienciar a los obreros de que debían luchar por mejorar sus espantosas condiciones de trabajo, descritas de manera magistral en este párrafo:

"Ochenta desdichados se apiñaban, en tres hileras apretadas de telares, en una cueva asfixiante, donde era imposible estar de pie por lo bajo del techo, ni moverse debido al hacinamiento. (...) El vaho ardiente del horno, la pestilencia y el ruido ensordecedor de los ochenta telares operando simultáneamente, la marearon. Apenas podían formular preguntas a esos seres semidesnudos, sucios, esqueléticos, encorvados sobre los telares (...) Un mundo de fantasmas, de aparecidos, de muertos vivientes."

El nieto de Flora Tristán, el pintor Paul Gauguin, también tuvo una vida extraordinaria, que de cierta manera se emparenta con la de su abuela en cuanto a que los dos fueron buscadores de utopías, aunque en el caso de Gauguin se trataba más de redimirse a sí mismo que a los demás, una especie de utopía individual que le llevó a pasar sus últimos años en Tahití, en busca de una pureza natural y humana que se estaba ya perdiendo en esa época en favor de las costumbres de los colonizadores.

La trayectoria vital de Gauguin también parte de una situación acomodada, pues durante su juventud fue un agente de bolsa de éxito, integrado perfectamente en la burguesía francesa, por lo que resulta llamativo que se alegrara de abandonar esa vida (y de paso a su mujer y a sus hijos, todo sea dicho) para consagrar su existencia al arte de la pintura, una disciplina que aprendió ya en edad madura.
La vida bohemia de Gauguin, uno de cuyos principales episodios es su relación con Vicent Van Gogh, al que llama holandés loco, y su gusto animal por el sexo le dejó como herencia una sífilis que fue apoderándose progresivamente de su cuerpo hasta matarlo, lo cual no le impidió aprovechar la inocencia de los habitantes de las islas para conseguir convivir con niñas en sus últimos años.

El francés fue uno de esos pintores a los que únicamente se les reconoce su talento tras la muerte. Su amigo Daniel de Monfreid le escribía estas proféticas palabras poco antes de que el artista falleciera:

"Usted es actualmente un artista increíble, legendario, que desde el fondo legendario, desde el fondo de Oceanía envía sus obras definitivas, las de un gran hombre por decirlo de alguna manera, desaparecido del mundo. Sus enemigos no dicen nada, no se atreven a combatirlo, ni lo piensan: ¡usted está tan lejos! (...) En resumen, usted goza de la inmunidad de los grandes difuntos, ha pasado a la historia del arte."

La lectura de El Paraíso en la otra esquina resulta muy placentera y no fatiga en ningún momento, a pesar de la gran cantidad de información sobre la vida y el entorno de los personajes que ofrece el autor. El método de ir alternando los capítulos logra la impresión de estar leyendo dos novelas al mismo tiempo, pero conectadas por la fuerte personalidad de abuela y nieto, que tomaron decisiones más o menos acertadas, pero que fueron valientes y adelantados a su tiempo, cada uno a su modo.

sábado, 7 de mayo de 2011

EL SUEÑO DEL CELTA (2010), DE MARIO VARGAS LLOSA. EL FANTASMA DE ROGER CASEMENT.


Aunque la última novela de Vargas Llosa baja levemente su calidad literaria respecto a obras esplendorosas como "La fiesta del Chivo", la temática escogida por el escritor peruano es tan apasionante que el lector es absorbido desde el principio por la vida contradictoria de Roger Casement, ese irlandés tan excepcional y tan humano que no vivió una sola vida, sino varias. Aquí el artículo:
 

La concesión del Premio Nobel de literatura a Mario Vargas Llosa coincidió con la aparición de su última novela hasta la fecha, "El sueño del celta", que se ocupa de un tema por el que el escritor peruano ya había manifestado anteriormente mucho interés. Lo demostró hace diez años prologando el magnífico estudio de Adam Hochschild titulado "El fantasma del rey Leopoldo", donde ya advertía de la importancia de la figura de Roger Casement y aseguraba que era un personaje que merecía una novela para él solo.

Leopoldo II de Bélgica fue un monarca que debería estar en el cuadro de honor de la historia universal de la infamia. Pocos hombres puede exhibir una doblez moral semejante a la del monarca belga. Leopoldo creó la Asociación Internacional Africana con la presunta intención de favorecer el progreso y la civilización en aquel continente, logrando con ello que en la Conferencia de Berlín de 1885 se le cediera el territorio del Congo como posesión personal. Pero en realidad el único interés del monarca era su enriquecimiento a través de la explotación despiadada de unas tierras consideradas como una finca particular, donde la única ley imperante era la que imponían las Compañías autorizadas para recolectar caucho.

Roger Casement nació en Irlanda a mediados del siglo XIX y fue educado como protestante, por influencia de su padre. No obstante, su madre, ferviente católica, hizo que lo bautizaran en secreto, hecho que posteriormente tendría gran influencia en el pensamiento de Casement. El irlandés fue uno de esos personajes capaces de dividir su existencia en varias vidas diferentes y contradictorias.

La carrera de Casement comenzó en El Congo. Ferviente creyente en las bondades del colonialismo (resumidas en las tres C: cristianismo, civilización y comercio), trabajó primero para la Asociación Internacional Africana del rey Leopoldo, conociendo en estas primeras experiencias a personajes tan relevantes como el explorador Stanley, que había sido contratado por el monarca belga en una hábil maniobra publicitaria con la que pretendía hacer ver sus intenciones civilizadoras y al escritor Joseph Conrad, que años después plasmaría todo el horror del que fue testigo en la famosa novela "El corazón de las tinieblas".

Casement realizó su segundo viaje al Congo ya como diplomático de la corona británica. Habiendo observado de primera mano el trato inhumano al que eran sometidos los nativos (los látigos de piel de hipopótamo, llamados chicotes, se hicieron tristemente famosos) y la rapacidad de los europeos a la hora de esquilmar los recursos de aquellas tierras, se propuso denunciar el sistema de explotación patrocinado por el rey Leopoldo. Fruto de sus trabajos fue el primer informe, publicado en 1904, que denunciaba la situación de esclavitud en la que vivían las tribus congoleñas.

Un año después, el viajero irlandés pudo observar de primera mano como la situación de África se repetía e incluso era superior en horror en el Amazonas. Enviado por el gobierno británico para controlar la actuación de la Peruvian Amazon Company, su nuevo informe conseguido poniendo en juego su propia vida en múltiples ocasiones, fue implacable en su denuncia de estas atrocidades y le convirtió en un mito para las organizaciones filantrópicas de una época donde ya se empezaba a soñar con la universalización de los derechos humanos.

Pero el verdadero Roger Casement distaba de considerarse a sí mismo un héroe. Era un ser solitario, avergonzado de sus impulsos sexuales, que emprendía sus aventuras sin atender a los padecimientos continuos que sufría en su propio cuerpo, pues fue un hombre asediado continuamente por la enfermedad y la fatiga, tanto física como espiritual. En una carta dirigida a su prima Gertrude, escrita durante su misión en el Congo, sus palabras podrían haber sido firmadas por el Marlow conradiano:

"Estoy en las orillas de la locura. Un ser humano normal no puede sumergirse por tantos años en este infierno sin perder la sanidad, sin sucumbir a algún trastorno mental. Algunas noches, en mi desvelo, siento que me está ocurriendo. Algo se está desintegrando en mi mente. Vivo con una angustia constante. Si sigo codeándome con lo que ocurre aquí terminaré yo también impartiendo chicotazos, cortando manos y asesinando congolenses entre el almuerzo y la cena sin que ello me produzca el menor malestar de conciencia ni me quite el apetito. Porque eso es lo que les ocurre a los europeos en este condenado país."

Una vez de vuelta a la civilización, prestigiado por sus valientes informes escritos desde dos de las zonas más terribles del planeta, Casement bien podría haberse dedicado a descansar, a llevar una vida cómoda impartiendo conferencias. Pero no fue así, porque desde entonces sus esfuerzos se vieron encaminados al sueño de conseguir una Irlanda independiente. Desde joven Casement se había interesado por los mitos y la historia de su país, pero nunca había gozado del tiempo necesario para entregarse plenamente a esa causa. Estimó que lo que los ingleses llevaban a cabo en su país podía ser definido también como colonización. Y eso supuso su ruina.

Los británicos, que habían distinguido a Roger Casement con el título de caballero, podían pasar por alto sus veleidades nacionalistas, pero no toleraron lo que consideraron una traición en toda regla cuando viajó a Alemania en plena Primera Guerra Mundial para intentar coordinar una operación de apoyo del ejército alemán a la insurrección irlandesa, aprovechando la tesitura de la guerra.

Para los británicos este intento constituyó una vil puñalada por la espalda. Al ser enjuiciado Casement perdió casi todas sus amistades, incluida la de Joseph Conrad. Su condena a muerte fue aún más ignominiosa al salir a la luz, mientras esperaba subir al patíbulo, los diarios secretos del irlandés, llenos de explícitas y obscenas referencias a sus experiencias homosexuales, que el propio Vargas Llosa estima en buena parte imaginadas.

El mismo Vargas Llosa, en una entrevista publicada por El Cultural del diario El Mundo en septiembre de 2010 habla de Casement como de un héroe absolutamente realista:

"...para desmitificar a los héroes y describirlos en su dimensión real. Seres en los que encontramos actos heroícos y miserias propias de un hombre que vive en una permanente contradicción personal: diplomático británico trabajando para los nacionalistas radicales irlandeses y manteniendo una doble vida también en lo personal. Un hombre tremendamente generoso y, al mismo tiempo, supongo, profundamente desgraciado, porque en el mundo puritano británico de entonces ser homosexual era un riesgo muy grande, era vivir al borde de la condena criminal."

La novela de Vargas Llosa no emite juicios morales, ni es posible emitirlos acerca de un personaje tan polémico y contradictorio, aunque seguramente la valoración global debe ser positiva, pues se trató de un hombre desprendido de sí mismo, que se arriesgó siempre en favor de lo que consideraba causas nobles, aunque andara errado a la hora de intentar resolver el conflicto irlandés echando mano de las tropas del Kaiser. Casement fue uno de esos hombres engullidos por la historia, definida magistralmente por el escritor peruano en uno de los pasajes de la novela:

"Una fabricación más o menos idílica, racional y coherente de lo que en la realidad cruda y dura había sido una caótica y arbitraria mezcla de planes, azares, intrigas, hechos fortuitos, coincidencias, intereses múltiples, que habían ido provocando cambios, trastornos, avances y retrocesos, siempre inesperados y sorprendentes respecto a la que fue anticipado o vivido por sus protagonistas."

Y la historia es caprichosa. Y puede ensañarse con determinados personajes o territorios, como ha podido comprobar recientemente Vargas Llosa en su viaje al Congo cuando constantó que el país sigue asediado por enfermedades, guerras, pobreza y continuas violaciones de los derechos humanos. La labor realizada por Casement sigue hoy, tristemente, de plena actualidad.

lunes, 31 de enero de 2011

TRAVESURAS DE LA NIÑA MALA (2006), DE MARIO VARGAS LLOSA. EL LIBRO DE LOS AMORES RIDÍCULOS.


Muy interesante el debate que sostuvimos el martes pasado con los miembros (o mejor cabría decir "miembras") del club de lectura de Archidona. Hablamos sobre todo de las motivaciones del protagonista, Ricardo y de si su historia de amor había tenido algún sentido. Para mí tenía mucho de ridículo . Por leves momentos de felicidad, pierde toda una vida persiguiendo a un ser que parece burlarse de él. No muchas opinaban como yo. Aquí el enlace al artículo:

La reciente concesión del Premio Nobel al peruano Mario Vargas Llosa no ha hecho más que reavivar el interés de un escritor que, desde la publicación de sus primeros escritos, nunca ha dejado de estar de actualidad. Vargas Llosa ha ido ganándose su prestigio con trabajo y esfuerzo, a través de su pericia literaria y el aporte intelectual al debate público que suponen sus frecuentes artículos periodísticos, con cuyo fondo se puede estar o no de acuerdo, pero cuya lectura siempre supone un goce estético, a la par que reflexivo.

Los materiales con el que el autor de "La fiesta del Chivo" trabaja para construir esta novela resultan ser retazos de su propia existencia, que presta generosamente a la biografía de su ser ficticio, no estrictamente referidos a la aventura amorosa, sino a los lugares y circunstancias donde transcurre la historia. Ya lo dijo Flaubert cuando le preguntaron por su personaje más popular: "Madame Bovary soy yo".

Ricardo es un traductor de la Unesco que se enamoró en su adolescencia peruana de una joven que no va a lograr olvidar. La muchacha, la niña mala, consciente de su poder sobre el protagonista, entrará y saldrá de su vida a voluntad, utilizándolo cuando le conviene y abandonándolo sin previo aviso, haciendo sufrir a un Ricardo que, pese a todo, nunca va a poder resistir su hechizo. Una auténtica mujer fatal, que entra por derecho propio con esa condición en la historia de la literatura.

Los primeros capítulos de la narración son una evocación de la juventud peruana, en ese barrio de Miraflores presente en buena parte de su obra. Tal y como recuerda en su discurso de recepción del Premio Nobel:

"(...)en el Miraflores limeño (...) donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendi a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas."

Como para el propio Vargas Llosa en su día, París constituye para Ricardo un objetivo vital, un paso adelante para salir del laberinto peruano y progresar en la gran metrópolis soñada del primer mundo. Su inteligencia y su facilidad para las lenguas le van a facilitar la tarea. Vargas Llosa también tiene un hueco para estos recuerdos en su discurso del Nobel:

"De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía de Perú sólo sería un pseudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia y a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad."

El periplo vital de Ricardo seguirá discurriendo por otras ciudades, como Londres, Tokio o Madrid, siempre con la sombra de la niña mala presente, en una relación de repulsión y necesidad, que tiene mucho de masoquista. El protagonista se insta a sí mismo en más de una ocasión a terminar con esa relación enfermiza, pero nunca es capaz de llevar sus planes a buen puerto.

¿Merece la pena vivir una historia amorosa como la protagonizada por Ricardo? El propio autor de la novela responde a esta pregunta, a la par que profundiza en su personaje en estas declaraciones de una entrevista publicada en el suplemento literario "Babelia", el 20 de mayo de 2006:

"Es una historia de amor, un amor moderno, condicionado por el mundo en que vivimos y que está mucho más cerca de la realidad que los amores románticos de la literatura. El amor se prolonga a lo largo de cuarenta años y me sirve también para hacer una especie de gran fresco de un universo que ha cambiado extraordinariamente.
(...) El personaje narrador es un ser pasivo y mediocre que no tiene en la vida grandes ambiciones. Su visión es individualista y egoísta, pero hay algo en su vida que es su propia aventura y su propia revolución: ese amor que vive a lo largo de toda su vida y por el que se convierte en protagonista de una gran aventura."

"Travesuras de una niña mala" quizá no se cuente entre las mejores narraciones de Vargas Llosa, pero eso no significa que no constituya un intenso goce para cualquier lector. Se nota en ella una escritura más apresurada que en otras obras del autor, como si los recuerdos de las experiencias vividas en tan distantes lugares se agolparan y pugnaran por salir en forma de escritura. A su vez, el lector va teniendo noticia de los acontecimientos mundiales que eran noticia en las distintas épocas en que transcurren los distintos episodios de la vida de Ricardo y Vargas Llosa no puede evitar introducir reflexiones personales acerca de los mismos.

También hay que decir que la novela cuenta con algunos episodios eróticos en los que la pluma de Vargas Llosa puede volver a demostrar su probada maestría para la descripción de escenas sensuales. Solo por esto y por leer las huachaferías que Ricardo dedica a la niña mala, merece la pena acercarse a este libro, no el que le ha dado más prestigio, pero sí uno de los más vendidos y populares del autor.

sábado, 1 de enero de 2011

LA FIESTA DEL CHIVO (2000), DE MARIO VARGAS LLOSA. YO, EL SUPREMO.


Aquí dejo la primera crítica del año, de un libro que terminé de leer ayer mismo. Ya lo hice hace diez años, cuando salió, y me dejó una honda impresión que he corroborado en esta segunda lectura. Esta novela es la mejor vacuna contra la tentación de las dictaduras. Se podría decir que el premio Nobel no ha prestigiado a Vargas Llosa, sino que Vargas Llosa ha prestigiado al Nobel. Aquí el enlace:

Rafael Leónidas Trujillo fue el dictador absoluto de la República Dominicana durante treinta años, gobernando el país como si de su finca privada se tratase, siendo el espejo perfecto en el que podían mirarse otros muchos gobernantes antidemocráticos que asolaron latinoamérica durante el siglo XX. El apoyo decidido de Estados Unidos, que lo sostenía como un baluarte anticomunista y sus buenas relaciones con la Iglesia Católica lograron que el régimen solo comenzara a tambalearse poco antes del asesinato de Trujillo, periodo que recoge la novela de Vargas Llosa.

La técnica que utiliza el escritor peruano, premio Nobel en 2010, para retratar la dictadura de Trujillo es la de situarse en el punto de vista de varios personajes en momentos temporales distintos. La visita, décadas después de la muerte del dictador, de la hija de uno de sus antiguos ministros a Santo Domingo va a ser la excusa para recordar las circunstancias de los últimos tiempos del régimen. El mismo autor habla sobre las intenciones de su novela en una entrevista realizada por Nicolas Hellers y Fabian Vázquez y publicada en Literaturas.com:

"La historia fue construida desde el principio con el objetivo de volcarla a la ficción. Por supuesto, hay un poco de invención y otro tanto de memoria histórica, algunos personajes creados y otros reales; pero me propuse no atribuir a ningún personaje nada que no hubiera podido ocurrir dentro de las coordenadas sociales, políticas, morales e históricas que vivió la República Dominicana entre los años 1930 y 1961. En mi novela he procurado mostrar que la realidad desmesurada de la que hablo no se debe tanto a la naturaleza personal de Trujillo sino a la acumulación de poder, puesto que la crueldad es una manifestación de ese poder absoluto.
Lo cierto es que la realidad con la que me encontré era tan desmesurada y tremenda, que me ví obligado a rebajarla para darle más credibilidad. Sin duda es uno de esos casos donde la realidad supera a la ficción."

Trujillo es retratado como un ser adicto al culto a la personalidad, como Stalin lo fue en su día. Controlando las empresas estatales del país, y favoreciendo a su familia y allegados a través de nombramientos políticos y dispendios económicos, haciendo que su madre fuera llamada "Excelsa matrona" o su esposa "Prestante dama". En cambio, los sobrenombres que impuso a algunos de sus colaboradores resultaban mucho más humillantes: el "Constitucionalista beodo" o la "Inmundicia viviente".

Sus dos hijos, Ramfis y Rhadamés pronto se convirtieron en dos desechos humanos, adictos al alcohol y a las fiestas y a las mujeres, motivo de decepción para su padre y creadores de quebrantos para las finanzas del país. Por otra parte, el padre también era un depravado sexual que usaba su poder para mantener relaciones con chicas muy jóvenes, seleccionadas por sus colaboradores.

Trujillo era un ser temible en las distancias cortas. Vargas Llosa describe magistralmente en varias ocasiones como el llamado benefactor era capaz de dominar psicológicamente a cualquier interlocutor, que quedaba rendido por el poder de su mirada. Los más cercanos colaboradores de Trujillo no podían trabajar en completa tranquilidad, pues el tirano podía hacerles caer en desgracia en cualquier momento sin razón alguna, por lo que vivían en perpetua inseguridad.

Al dirigente dominicano le divertían sobremanera las mezquinas disputas entre sus subordinados para sentirse más cercanos al Jefe. Ser llamados para una breve charla durante los habituales paseos al atardecer que acostumbraba a realizar Trujillo era lo más parecido al éxtasis que podían experimentar. Era como si un solo hombre pudiera tener sometido a través de una especie de hipnosis colectiva a un país entero con la sola fuerza de su voluntad:

"(...) millones de personas, machacadas por la propaganda, por la falta de información, embrutecidas por el adoctrinamiento, el aislamiento, despojadas del libre albedrío, de voluntad y hasta de curiosidad por el miedo y la práctica del servilismo y la obsecuencia, llegaran a divinizar a Trujillo. No sólo a temerlo, sino a quererlo, como llegan a querer los hijos a los padres autoritarios, a convencerse de que azotes y castigos son por su bien."

La espina dorsal de la novela está conformada por la explicación pormenorizada de las motivaciones de los conspiradores que van a atentar contra la vida de Trujillo. Mientras afrontan una larga espera emboscados en un automóvil, cada uno recuerda episodios del pasado, en los que el lector se asoma a las intimidades del régimen trujillista, al funcionamiento de una dictadura perfecta, en la que el caudillo, a pesar de su edad y de la infección de próstata por la que padece frecuentes pérdidas de orina, mantiene una gran seguridad en sí mismo y en la viabilidad de un régimen del que él es único soporte.

Entre todos los personajes de "La fiesta del Chivo" hay uno realmente sorprendente, cuya historia es tan inverosímil que solo puede ser cierta. Se trata de Joaquín Balaguer, un personaje de apariencia insignificante, pero tan inteligente y sibilino que logró ser el verdadero triunfador tras la crisis abierta con la muerte de Trujillo, dejando a Ramfis Trujillo el poder militar (que torturó salvajemente a los conspiradores capturados, lo cual se retrata en uno de los capítulos más terribles de la novela), mientras él consolidaba su poder político.

Balaguer había colaborado con el dictador durante los treinta años de su mandato y, de hecho había calificado al dictador como un enviado de Dios en uno de sus más célebres discursos. En el momento del atentado era el presidente de la República. Presidente títere, por lo demás, pero él supo maniobrar para hacer valer su cargo y presentarse finalmente como el paladín de la transición a la democracia. Continuó en política prácticamente hasta su muerte, acaecida en 2002, alternando periodos en los que gozaba del poder con otros en la oposición o en el exilio. Un personaje sorprendente, un camaleón político capaz de adaptarse a cualquier circunstancia y enfrentar a cualquier opositor.

Mario Vargas Llosa firmó con ésta una de sus mejores obras, un estudio sobre el ejercicio del poder en sus vertientes política, sociológica y ética. Con esta novela el peruano continua la ilustre tradición de narraciones sobre dictaduras latinoamericanas que cuenta con precedentes como "El señor Presidente", de Miguel Ángel Asturias, "Yo, el supremo", de Augusto Roa Bastos o "El otoño del patriarca", de Gabriel García Márquez. Estirpe de dictadores enfermos de poder, incapaces de verdadera amistad, en los que la relación con sus colaboradores se basa en el miedo. Material, en suma, de grandes obras literarias.

jueves, 7 de octubre de 2010

MARIO VARGAS LLOSA: LA FIESTA DEL NOBEL.


Desde aquí mis humildes felicitaciones a uno de mis escritores favoritos: Mario Vargas Llosa, un autor que ha unido sabiamente lo mejor de la prosa del siglo XIX y del XX, cuyas novelas pueden definirse como auténtico placer por la lectura.

Vargas Llosa disecciona en cada una de sus páginas al ser humano y estudia su lugar en la historia. Pocos escritores me han seducido de forma tan inmediata y permanente. De él he leído: "Los jefes", "Los cachorros", "La ciudad y los perros", "La tía Julia y el escribidor", "La Casa Verde", "¿Quién mató a Palomino Moreno?", "La fiesta del Chivo" y "La tentación de lo imposible", además de numerosos artículos o prólogos de otras novelas. Siempre me ha parecido admirable sin fisuras. Muchas gracias por no haberme decepcionado nunca.