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sábado, 20 de diciembre de 2025

MELANCOLÍA DE LA RESISTENCIA (1989) DE LÁSZLÓ KRASZAHORKAI Y ARMONÍAS DE WECKMEISTER (2000), DE BÉLA TARR Y ÁGNES HRANIZKY. LA PAVOROSA REVOLUCIÓN.

Ya el prólogo de Melancolía de la resistencia, la escena del tren, condensa el espíritu de la novela: una de las habitantes de la ciudad viaja hacia ella en un ambiente terriblemente decadente, lleno de personas resignadas al mal funcionamiento de la vía férrea. Además, la mujer percibe cierta hostilidad en el ambiente que va a materializarse en una escena muy desagradable cuando acuda a los baños del vagón. Todo esto nos prepara para el verdadero corazón del libro, cuyo personaje central va a ser Valuska, el hijo de esta mujer. 

Valuska ante todo tiene el rol de testigo de unos hechos terribles que van a ser el eje de la narración. Se trata de un muchacho muy sensible que posee la inocencia de un niño, alguien que cuenta todavía con una gran capacidad de asombro, pero también alguien muy pasivo, sin ambiciones y sin capacidad alguna de cambiar las cosas. La llegada de un circo a la ciudad, cuya principal atracción es el enorme cadáver de una ballena va a convertirse en la semilla de una revolución tan violenta como falta de sentido, una revolución que va a culminar con la terrible escena del asalto a un hospital. Frente a esto, la única voz lúcida parece ser la del señor Eszter, un intelectual que vive solo para la reflexión y que se aisla voluntariamente del resto rodeado de sus libros. Si alguien intuye lo que está pasando, es él, pero se trata de la persona menos adecuada para actuar, pues parece interesarle el resto del mundo solo como análisis intelectual, no como realidad que deba ser mejorada, ya que su extrema lucidez le hace descartar la acción:

"Hemos fracasado plenamente en la acción, en el pensamiento y la imaginación, pero también en el lamentable afán por comprender las causas; hemos vendido a precio de saldo a Dios nuestro Señor, hemos perdido, jugando, el respeto al rango y a la dignidad, y hemos decidido no mantener la noble superstición de la eterna medida, que siempre había determinado nuestro peso a través de la distancia respecto a los ancestrales diez mandamientos... podemos afirmar, pues, que hemos salido malparados, miserablemente malparados en un universo en que, con toda probabilidad, pintaremos cada vez menos. Los hombres (...) hablan de terremotos y del juicio universal, porque no saben que no habrá ni terromoto ni juicio universal... Estos son absolutamente superfluos, porque todo se vendrá abajo por si solo, se vendrá abajo para que todo empiece de nuevo, y la cosa seguirá así sin parar, porque es así, sin duda (...) es como nuestra inútil rotación en el espacio: una vez empezada, no hay manera de pararla."

Un discurso coherente, pero contemplativo. Los que sí actúan son los oportunistas, como su exmujer, que aprovehan el desorden, que quizá han provocado ellos mismos, para instaurar un régimen nuevo que promete orden sin libertades, puesto que las libertades son peligrosas para el mismo. Sin duda Melancolía de la resistencia está influido por los acontecimientos que estaban sucediendo en Hungría en la época en la que fue escrito. Aquí lo presuntamente revolucionario deviene en un vacío producto de una descomposición tan enorme como el cadáver de la ballena. 

La versión cinematográfica respeta absolutamente el espíritu de la novela mostrando el ambiente decadente y terrorífico que es característica de la misma, aunque lo dota de un singular lirismo en algunas escenas, que es acentuado por la música. Armonías de Weckmeister parece querer trasladar a la pantalla esas frases interminables de Kraszahorkai, que constituyen todo un reto para cualquier lector. En ambas, novela y película, se acentúa la estupidez primordial del ser humano, su incapacidad, precisamente, para establecer una sociedad armónica que equilibre los intereses de todos sus habitantes, quizá también porque la naturaleza, no solo la humana, va a oponer siempre obstáculos insalvables para ello. Es el fin de la era de las utopías y la adaptación obligada a la fría realidad.

P: 7

jueves, 7 de abril de 2016

UN INSTANTE DE SILENCIO EN EL PAREDÓN (1998), DE IMRE KERTÉSZ. EL HOLOCAUSTO COMO CULTURA.

Poco a poco van desapareciendo los testigos del Holocausto. Los pocos que quedan son ya octogenarios, que vivieron la pesadilla siendo niños. A pesar de haberse realizado una labor muy importante de recogida de testimonios, a través de diversas fuentes, la muerte de los protagonistas siempre es un hecho lamentable, porque son historia viva que pueden enseñar muchas cosas a las nuevas generaciones, sobre todo en el caso de un escritor como Imre Kertész, ganador del premio Nobel y narrador insobornable de la experiencia íntima del infierno, sobre todo a través de su novela más emblemática, Sin destino, una narración autobiográfica que expone los hechos de manera muy cruda, sin apenas insertar opiniones personales ni elementos de juicio, puesto que adopta su punto de vista de la época: el de un adolescente que se ve arrastrado por la Historia sin comprender muy bien lo que está sucediendo.

Un instante de silencio en el paredón es un libro muy distinto, una reflexión profunda de lo que ha significado el Holocausto para la conciencia europea. Y lo hace desde el punto de vista de un testigo ya maduro y que ha tenido mucho tiempo para dedicarse a la introspección, para aprovechar, como él mismo dice, un exilio voluntario a su mundo singular y sacar sus propias conclusiones acerca de un pasado que es capaz de enlazar con un presente que todavía no se ha reconciliado del todo con aquel. Si bien para muchos europeos Auschwitz es más una especie de símbolo que una espantosa realidad que funcionaba a pleno rendimiento hace algunas décadas. Por mucho que la literatura y el cine nos lo hayan mostrado, su representación nada tiene que ver con la realidad de quien tuvo que soportar una estancia en el campo de exterminio. La palabra no basta. La imagen tampoco. Solo la experiencia de quienes tienen que arrastrar este trauma por el resto de sus vidas. Y lo peor de todo es que Auschwitz no es una anomalía, sino una perfecta materialización de una parte del espíritu humano:

"Nuestra mitología moderna empieza con un gigantesco punto negativo: Dios creó el mundo y el ser humano creó Auschwitz."

Y lo peor que podemos hacer es olvidarlo. La cicatriz sobre Europa fue demasiado profunda y todavía es capaz de supurar:

"Y veremos, analizando si el holocausto es una cuestión vital para la civilización europea, para la conciencia europea, que lo es, en efecto, porque la misma civilización dentro de cuyo marco fue llevado a cabo debe también reflexionar sobre él: de no ser así, se convertiría en una civilización averiada, en un inválido en estado terminal que se dirige, impotente, hacia la desaparición."

Pero Kertész no se conforma con denunciar el nazismo. A pesar de haber podido huir a los Estados Unidos - cuando fue liberado, contaba con solo dieciseis años, la vida por delante - un impulso le obligó a volver a la devastada Budapest. Allí se convirtió en un paciente observador del día a día de un régimen totalitario, de los intentos de algunos de sus conciudadanos por combatirlo, de la sumisión de muchos y de la pasividad de la mayoría. Para sobrevivir había que convertirse en un engranaje del sistema, llamar poco la atención. Una vez derrotados los regímenes comunistas (el autor dicta estas conferencias en los años noventa), Kertész desconfía, sobre todo cuando la pasión política se convierte en movimientos de masas. Ni siquiera es capaz de esperar algo de los intelectuales: en demasiadas ocasiones se acercan al pesebre del poder o son capaces de adaptarse a la conveniencia del momento. La tentación de entregarse a una ideología puede llegar a ser la tumba de la libertad individual.

Para el premio Nobel húngaro, la única esperanza reside en el saber, en el estudio individual y en formas de memoria colectiva que sean estrictamente respetuosas con la verdad, aunque ésta sea doliente. Un instante de silencio en el paredón recoge las reflexiones de un ser que se siente desarraigado, pero que a la vez es incapaz de dejar de tener esperanza en el hombre.

sábado, 6 de septiembre de 2014

LA MUJER JUSTA (1980), DE SÁNDOR MÁRAI. LOS DISCRETOS AMORES DE LA BURGUESÍA.

Después de haber releído el año pasado El último encuentro, esta novela me confirma que Sándor Márai fue uno de los grandes novelistas centroeuropeos del siglo pasado. Aunque bastante menos equilibrada que aquella, La mujer justa sigue siendo por méritos propios una lectura fascinante, una narración íntima sobre la caída de una clase social que quería ser eterna e inmutable. Aquí el artículo:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2014/09/la-mujer-justa-de-sandor-marai.html

miércoles, 26 de marzo de 2014

BREVE HISTORIA DE UN AMOR ETERNO (1963), DE SZILARD RUBIN. LA EXTRAÑA PASIÓN DE ATTILA Y ORSOLYA.

Afrontar una novela como Breve historia de un amor eterno no es tarea sencilla. Al tratarse de un autor húngaro traducido al español, yo esperaba encontrarme inconscientemente con una especie de Sándor Márai, pero, evidentemente, la literatura es algo que siempre sorprende, que no suele repetirse. El estilo de Szilárd Rubin, su forma de narrar, es desconcertante. Aunque Attila, su personaje, es quien cuenta la historia, es como si se tratara de un narrador omniscente que supone que el lector también lo es. Y esto es extremadamente incómodo. Uno tiene que volver de vez en cuando sobre lo leído para captar algún detalle que explique lo que está sucediendo en el capítulo que lee ahora. Además, se trata de una novela que,  debido a sus abundantes detalles localistas, solo pueden comprender plenamente los ciudadanos húngaros que hayan vivido en esa época.

La historia transcurre durante varias décadas, comenzando al final de la Segunda Guerra Mundial. Hungría se había aliado con los alemanes y había perdido la guerra con estos, siendo invadida por la Unión Soviética, que pronto conseguirán afianzar un gobierno comunista. Orsolya, según podemos deducir, pertenece a una familia que ha sido privilegiada por el régimen anterior, debido a su ascendencia alemana. Ha tenido que huir del país cuando las cosas se ponían feas y ha vuelto después de sobrevivir al terrible bombardeo de Dresde. A pesar de todo, su familia parece que también va a medrar bajo el nuevo status quo, ya que saben como adaptarse a la marea. El caso de Attila es distinto. Habiendo apoyado desde el principio al nuevo gobierno, parece que ha sido marginado por oscuros motivos. Pobre y sin demasiadas amistades, Attila comienza una carrera literaria exitosa y paralelamente vamos viendo algunos de los episodios de la relación, casi masoquista, que mantiene con Orsolya.

Es curioso leer una historia de amor y desamor entre dos personas pertenecientes a diferentes clases sociales precisamente en un país comunista. Para Attila el amor es obsesión. Necesita poseer a Orsolya y, cuando estima que esta no se entrega lo suficiente, la castiga, incluso ejerciendo la violencia física. Para Orsolya el amor no es más que un juego caprichoso al que se puede renunciar y volver a retomar sin consecuencias. Es una forma de pasión retorcida, pero que a ellos dos parece insuflarles vida, al menos durante algunos años. Pero ella sabe que consolidar su relación con Attila no le conviene. Es mejor medrar casándose con un diplomático comunista.

Así pues, Breve historia de un amor eterno, es una lectura desconcertante y curiosa (el título tan ridículo que se le ha puesto en nuestro país contribuye a ese desconcierto) escrita por un autor que fue censurado durante el régimen comunista y redescubierto solo hace una década. Literatura intensa y difícil, que requiere un esfuerzo al lector que, desgraciadamente, obtiene una magra recompensa a cambio del mismo.

jueves, 3 de octubre de 2013

EL ÚLTIMO ENCUENTRO (1942), DE SÁNDOR MÁRAI. HACE CUARENTA AÑOS.

Llevo ya tanto tiempo asistiendo a clubes de lectura que era inevitable que alguna vez el libro se repitiera. Eso es lo que me ha sucedido con El último encuentro, pero no me ha importado lo más mínimo, porque hay pocas novelas que sean más adecuadas para este tipo de debates, ya que es necesario el intercambio de opiniones entre numerosos lectores para penetrar a fondo en los diversos temas que se tocan en la misma. Hace cinco años yo hablaba sobre todo de la relación extraña entre estos dos personajes, Henrik y Kónrad, que están cuarenta años sin verse después de un hecho traumático que rompe físicamente su relación aunque, al parecer, no espiritualmente.

Una de las cuestiones que nos deja planteada la novela de Márai es cómo puede ser definida la amistad, ese concepto tan difuso y que tantos quebraderos de cabeza procura a los filósofos que intentan definirlo. ¿Es una relación superior al amor? ¿Hasta donde deben consentirse las acciones de un amigo? Lo cierto es que el general espera cuarenta años, prácticamente encerrado en su palacio a que vuelva su amigo para ajustar cuentas acerca de ese momento clave de su pasado común. No se han visto, no se han escrito y sin embargo Henrik está seguro de que Kónrad volverá. Y tiene preparado un extenso discurso - ha tenido cuatro décadas para hacerlo - en el que analiza cada detalle de la relación entre ambos y cómo fue posible tan abrupto final (o paréntesis) en la misma.

El general, el personaje que sostiene la novela a través de sus palabras, es un hijo del imperio austrohúngaro, es decir, una especie en peligro de extinción cuando está llegando al final de sus días. Al igual que la sólida realidad que era su amistad con Kónrad, la que él consideraba su patria se desmoronó, como si el orden natural de las cosas se hubiera extinguido de un día para otro, un sistema de valores decimonónicos, que a los ciudadanos de aquel imperio seguro que se les antojaba eterno:

"Su seguridad se apoyaba en esa base, como la de cincuenta millones de personas: sabía que el emperador se acostaría antes de medianoche y se levantaría con el alba, que se sentaría al lado de su escritorio, a la luz de una vela, en su butaca americana de mimbre, y que todos los que habían jurado fidelidad obedecerían siempre aquellas órdenes, aquellas leyes y aquellas costumbres que regían su vida. Naturalmente, esta obediencia era algo más profundo que el respeto a unas cuantas reglas. Había que llevar la obediencia en el corazón: esto era lo más importante. Había que tener la convicción de que todo estaba en su sitio. Tenían veintidós años por entonces, el hijo del guardia imperial y su amigo."

Lo que el general no ha perdido a través de las décadas es su sentido innato del honor, su sentimiento de superioridad, de pertenecer a una casta privilegiada, por lo que su presunta amistad con Kónrad, procedente de una clase social mucho más humilde, se ha visto seguramente resentida por ello, sobre todo cuando han crecido y han sido más conscientes de este hecho. Además, los caracteres de ambos son antagónicos: Henrik ha nacido para perpetuar la tradición militar de su familia y su entera existencia se funde con el uniforme. Kónrad es un ser mucho más espiritual, que parece comunicarse mejor a través de la música que con las palabras. Sin embargo, en el discurso del general, la amistad entre ambos perdura, como un vínculo inquebrantable:

"No hay un proceso anímico más triste, más desesperado que cuando se enfría una amistad entre dos hombres. Porque entre un hombre y una mujer todo tiene condiciones, como el regateo en el mercado. Porque el sentido profundo de la amistad entre hombres es justamente el altruismo: que no queremos un sacrificio del otro, que no queremos su ternura, que no queremos nada en absoluto, solamente mantener el acuerdo de una alianza sin palabras."

El encuentro entre estos dos hombres que tienen tanto que decirse y que a la vez ya se lo han dicho todo con sus acciones, mantiene la tensión del lector casi como si éste se hallara en el centro de la mesa, deseando saber qué sucedió exactamente, mientras se deleita con las palabras de Henrik, que se muestra a la vez duro y condescendiente con su amigo. La novela de Márai es uno de esos casos en los que tienen similar importancia lo que se cuenta y cómo se cuenta.

martes, 23 de julio de 2013

EL CERO Y EL INFINITO (1940), DE ARTHUR KOESTLER. LA CONFESIÓN Y EL PERDÓN.

Al igual que Los hijos del Arbat, novela magistral de Anatoli Ribakov que tuve oportunidad de leer a principios de año, El cero y el infinito es un libro fundamental para entender en qué acabó la utopía comunista, como se pasó de la ilusión de la liberación individual a la cárcel colectiva de la URSS. Una lectura estremecedora - una más - sobre los horrores del siglo pasado. Aquí el artículo:



El año 1940, en el que se publicó El cero y el infinito, fue particularmente siniestro para Europa. Después de firmar un inesperado pacto entre totalitarismos rivales, Alemania y la Unión Soviética se habían repartido ignominiosamente Polonia el año anterior. Sin amenazas por el Este, Hitler venció en pocas semanas a Francia en este terrible 1940. La suerte del continente parecía echada y solo una debilitada Gran Bretaña plantaba cara al gigante nazi.

Pocos escritores reflejan tan bien en su biografía las contradicciones del siglo XX como Arthur Koestler. Militante de causas como el sionismo o el comunismo, salió desencantado de ellas. Participó como corresponsal en la Guerra Civil Española y fue detenido por los nacionales poco después de la caída de Málaga. Prisionero en Sevilla, solo pudo evitar su ejecución al ser intercambiado por el piloto Carlos de Haya, que había sido capturado por los Republicanos. Posteriormente, después de siete años de militancia, abandonó el Partido Comunista, horrorizado por la política de Stalin y por los procesos que patrocinó en Moscú, en los que liquidó a buena parte de la vieja guardia del Partido, lo que le inspiraría la escritura de El cero y el infinito. En cualquier caso, por lo que cuenta en su Autobiografía, no fue una decisión fácil ya que renunciaba a algo más que una ideología:

“Nunca antes ni después fue la vida tan plena de significado como en aquellos siete años. Tuvieron la grandeza de un hermoso error por encima de la podrida verdad.”

El cero y el infinito nos presenta a su protagonista, Rubachof (personaje seguramente inspirado en Bujarin), un veterano dirigente soviético, que participó en su día en la Guerra Civil Rusa y que ha caído en desgracia ante el llamado Número Uno. Encerrado en una siniestra celda, rememora su pasado y espera pacientemente a ser interrogado. Rubachof ha protagonizado varias misiones en el extranjero y ha sido encarcelado más de una vez, por lo que conoce a la perfección las rutinas de la prisión, los mecanismos psicológicos que alivian la soledad y la manera de comunicarse con otros presos. Pero esta vez es diferente. Son sus propios compañeros quienes le acusan. Su primer interrogador, como descubrirá no sin sorpresa, es su antiguo amigo Ivanof que, como un confesor religioso, intenta que Rubachof admita sus pecados contra el Partido. Los interrogatorios de Ivanof quizá resulten demasiado tibios, debido a la relación previa entre ambos (solo hay que recordar la pregunta terrible de Rubachof a su viejo compañero al presentarle las acusaciones, a todas luces falsas: “¿Crees tú realmente eso o haces como si lo creyeras?”).

Pronto Ivanof va a ser sustituido por Gletkin, un inquisidor más joven y mucho más implacable, representante de los nuevos tiempos, un hombre brutal y sin sentido moral, sometido únicamente a la lógica de la obediencia, lo que le da fuerzas para dirigir maratonianas sesiones de interrogatorios. A Gletkin, evidentemente, no le interesa saber la verdad, sino que Rubachof confiese y firme las acusaciones que le son presentadas, presentándole esta acción como el último servicio que puede prestarle al Partido, definido como una organización infinitamente más importante que el mero individuo: 

 “- El Partido no se equivoca jamás- dijo Rubachof – Tú y yo podemos equivocarnos. Pero el Partido, no. El Partido, camarada, es algo mucho más grande que tú y que yo y que otros mil como tú y como yo. El Partido es la encarnación de la idea revolucionaria en la Historia. La Historia no tiene escrúpulos ni vacilaciones. Inerte e infalible, corre hacia su fin. A cada curva de su carrera deposita el fango que arrastra y los cadáveres de los ahogados. La Historia conoce su camino. Nunca se equivoca. El que no tiene una fe absoluta en la Historia no debe estar en las filas del Partido.” 

Así pues, la resistencia de Rubachof es puesta a prueba, no a través de torturas y amenazas físicas, sino apelando a su militancia en el Partido, que se presenta al lector casi como una religión que atrapa psicológicamente al militante hasta el punto de ofrecer su vida y su deshonra si éste se lo solicita. El Partido no necesita más pruebas que su voluntad de acusar, voluntad que debe coincidir matemáticamente con la del acusado. Lejos quedan ya los tiempos en los que era un instrumento utópico de liberación individual. Ahora su fuerza radica en la inhumanidad de lo colectivo. Rubachof, a pesar de algún conato de rebelión, cede tan fácilmente porque ha sido programado para ello. Negarse a transigir sería negar su propia naturaleza, perder la oportunidad que le ofrece el Partido de ejecutar una última misión: acusarse públicamente para servir de escarmiento al resto de ciudadanos.

Al igual que en otras grandes novelas del siglo XX, como Vida y destino de Vasili Grossman, Los hijos del Arbat, de Anatoli Ribakov, o Rebelión en la granja, de George Orwell, la literatura sirve de denuncia de las arbitrariedades de un régimen totalitario que se presenta como redentor de la humanidad a través de un mensaje retorcido muy bien expresado en la narración de Koestler:

“Pues en toda lucha hay que tener los pies firmemente plantados en el suelo. El Partido enseña cómo. El infinito es una cantidad políticamente sospechosa, el Yo, una cualidad sospechosa. El Partido no reconocía su existencia. La definición del individuo era: una multitud de un millón dividida por un millón.

El Partido negaba el libre albedrío del individuo, y al mismo tiempo exigía de él una abnegación voluntaria. Negaba que existiese la posibilidad de escoger entre dos soluciones, y al mismo tiempo exigía que se escogiera la buena. Negaba que tuviese el individuo la facultad de discernir entre el bien y el mal, y al mismo tiempo hablaba en tono patético de culpabilidad y traición.”

viernes, 8 de abril de 2011

CLAUS Y LUCAS (1992), DE AGOTA KRISTOF. LOS NIÑOS DE LA GUERRA.


Muy curiosa la historia de esta escritora, Agota Kristof, una de esas personalidades literarias que no buscan la gloria a través de sus libros. Hace tiempo que renunció a escribir y ahora es una mujer sencilla que lee y ve la televisión en su propio apartamento. He leído por ahí que incluso ha sido candidata al Nobel en alguna ocasión. Espero que no se lo concedan. Le fastidiaría mucho dejar su vida plácida. Aquí el artículo:

En la historia de la literatura existen casos de escritores muy peculiares que parecen no buscar la gloria, ni siquiera la fama, a través de un trabajo cuyo esfuerzo se supone obtendrá recompensa a través de la mayor difusión posible. Hay escritores a los que parece que se les agota la inspiración después de haber realizado una o dos obras maestras. Arthur Rimbaud dejó de escribir a los diecinueve años, Juan Rulfo, que solo escribió dos pequeñas novelas, cuando se le preguntaba por su falta de inspiración contestaba: "Es que se murió mi tío Celerino, que era el que me contaba las historias". Famoso es también el caso del escritor J.D. Salinger, muerto el año pasado, autor de la celebérrima "El guardián entre el centeno", que se procuró una existencia lo más solitaria y anónima posible. A otros escritores, como Saramago, el éxito les llega a una edad muy madura.

En este exclusivo club de escritores, Agota Kristof, nacida en 1935, podría tener su hueco por derecho propio. Empezó a ser conocida a edad muy madura, hace tiempo que dejó de escribir y su obra es tan escasa como valorada por crítica y público. Ella misma explica sus motivos en una entrevista, bajo el contundente titular "No me interesa la literatura", publicada el 24 de febrero de 2007 en el diario El País:

"No lo necesito. Para mí la escritura es demasiado importante como para hacer algo que no me guste. Y no creo que me salga ya nada mejor de lo que escribí. ¿Para qué empeñarse? Tuve tres hijos y estuve casada dos veces. Nada de eso me impidió escribir. Quizás la fábrica... Ahora tengo todo el tiempo del mundo y no lo hago".

Kristof, húngara de nacimiento, dejó su país después de la revuelta de 1956, para recalar en Suiza. Aunque ya había escrito algunos poemas en su idioma natal. Las siguientes dos décadas de su vida estuvieron dedicadas al trabajo en una fábrica y a aprender poco a poco la lengua francesa, en la que escribiría las novelas que le darían fama. Durante esa época Kristof se sintió absolutamente perdida en un país extraño, sin conocer el idioma y trabajando en una cadena de montaje al estilo de las descritas por Chaplin en"Tiempos modernos". Por las noches, Krisrof escribía los poemas que había imaginado mentalmente durante la jornada laboral, pero en húngaro. Todo esto lo cuenta la autora en su obra autobiográfica "La analfabeta".

Su primer éxito literario, escrito ya en lengua francesa, le llegó en 1986, con la publicación de "El gran cuaderno", la primera parte de la trilogía de Claus y Lucas. Gran parte de esta obra está basada en sus propias experiencias infantiles en la dura postguerra de Europa del Este, tal y como cuenta en la entrevista de El País:

"Hacía un frío terrible y no había comida. Además, llegaron los rusos y se llevaron lo poco que había. Hungría se convirtió en una colonia de la URSS. Tuvimos que aprender ruso, geografía rusa, historia rusa. ¿Que si hablo ruso? Qué va. Nadie aprendía nada. Si ni los profesores sabían. ¿Cómo va a aprender alguien que no quiere aprender de alguien que no quiere enseñar?"

Aunque publicada en España en un solo volumen, "Claus y Lucas" es una trilogía formada por "El gran cuaderno" (1986), "La prueba" (1988) y "La tercera mentira" (1992). Los gemelos Claus y Lucas son abandonados por su madre en manos de su abuela apodada "la bruja", en un país indeterminado que se encuentra en plena guerra. Aunque no lo nombra en ningún momento, el país es Hungría y la contienda es la Segunda Guerra Mundial. Desde el primer momento los hermanos habrán de buscarse la vida, ya que su abuela apenas atiende sus necesidades más básicas. Se procuran ellos mismos una educación y aprenden a dominar su propio cuerpo y sus pasiones, hasta transformarse en dos seres temibles, dotados de su propia moral implacable.
No hay que olvidar que Claus y Lucas son dos niños que crecen sin apenas autoridad. Más bien el ejemplo que extraen de sus mayores es el de la guerra y la violencia, por lo que pueden fabricarse una ética propia, basada en un concepto muy peculiar de la justicia. A veces sus actos son honrados, a veces crueles. La única patria que conocen es ellos mismos, y actuan en consecuencia, siempre inquietantes, como si fueran un solo ser.

Pero ¿son realmente un solo ser? Los otros dos libros de la trilogía ponen en cuestión lo narrado en "El gran cuaderno". ¿Es la realidad? ¿Es la narración de uno de los hermanos recogida en un cuaderno? Kristof logra confundir al lector a la vez que lo fascina con su complejo juego literario, en el que puede elegir que es lo real y que es lo inventado por alguno de los personajes. En cualquier caso, la situación de la Hungría del siglo pasado (aliada de Alemania, al perder esta la guerra pasó a formar parte de la órbita comunista), se refleja en el caracter de los protagonistas y del resto de secundiarios. Un hermoso país castigado por la historia que no acaba de encontrar su camino, como les sucede a los personajes.

viernes, 9 de julio de 2010

SIN DESTINO (1975), DE IMRE KERTÉSZ. EL RELATO DEL SUPERVIVIENTE.


Me pareció tan sencillo el relato de Imre Kertész en comparación con el de Primo Leví, que me ha costado dos semanas asimilarlo y escribir mis reflexiones. El horror está ahí igualmente, pero el húngaro, a diferencia del italiano, solo mira al frente, no mira a los lados y no intenta explicarse el propósito de todo aquello.

Mi artículo número cuarenta en Suite 101:


La escritura de Imre Kertész es altamente representativa de la tragedia que vivió Centroeuropa durante el siglo XX. El lugar fronterizo entre nazismo y comunismo sufrió la pugna entre uno y otro a través de dictaduras de diferente signo.

Para los judíos húngaros el año 1944 fue especialmente trágico, pues este fue el año en el que los nazis aplicaron la "solución final" de manera decidida contra ellos, deportándolos a Auschwitz en numerosos vagones de ganado que recorrían día y noche la distancia entre Hungría y Polonia.
La concesión del Premio Nobel en 2002 "por una obra que conserva la frágil experiencia del individuo frente a la bárbara arbitrariedad de la historia", popularizó a un escritor que ya era apreciado desde antes por los lectores más exigentes con la calidad. Desde entonces el prestigio de Kertész, lejos de la experiencia de otros Nobel que parecen ser flor de un día, no ha hecho sino crecer.

El autor comienza su relato (ni que decir tiene que basado en sus propias experiencias), cuando su padre ha de partir hacia un campo de trabajo obligatorio. Las cosas están poniéndose cada vez más feas para los judíos húngaros, pero pocos pueden imaginarse el destino final que les espera a millones de ellos. En este momento solo se limitan a tratar de esconder sus posesiones en espera de tiempos mejores y aguardar acontecimientos.

Dichos acontecimientos no tardarán en manifestarse: el adolescente será detenido y deportado a Auschwitz. Por suerte para él solo pasará tres días en ese campo. Al mentir sobre su edad y ser declarado apto para trabajar le es sentenciada una muerte lenta en el campo de Buchenwald y finalmente en el cercano y más pequeño Zeitz:

"Sólo en Zeitz comprendí que la vida de un preso también tiene días laborales, mejor dicho, que la vida de un preso sólo tiene días laborales, todos iguales.(...) En primer lugar, todo lo nuevo hay que empezarlo con buena voluntad, incluso en un campo de concentración, ésa fue mi experiencia - de momento, bastaba con convertirme en un buen preso, lo demás vendría después -, ésa mi convicción, en eso se basaba mi comportamiento, al igual que el de todos los demás".

El relato de Kertész tiene la peculiaridad de acercarse al Holocausto de una manera poco común: desde la perspectiva de un adolescente que nada entiende de política, ni de la guerra, que ni siquiera se plantea las razones por las que el pueblo judío ha sido condenado a esa pesadilla. Por decirlo de una manera más directa: se trata de un adolescente que no ve más allá de sus narices y eso es lo que narra al lector.

Si en la que es considerada la gran obra sobre el Holocausto "Si esto es un hombre", de Primo Levi, el autor italiano reflexiona constantemente acerca del significado de lo que le sucedió y su escritura está imbuida por el inefable deseo de narrar su experiencia, de explicársela, de conocer las razones de sus verdugos y de describir todo lo que pasaba a su alrededor con el fin de esclarecer los detalles del universo concentracionario nazi, la obra de Kertész tiene un significado muy distinto. Él no quiere hablar de infiernos, sino de una obra humana, demasiado humana.

En una entrevista realizada por Juan Cruz, publicada por el diario El País el 23 de diciembre de 2007, el escritor húngaro, después de proclamar la necesidad de seguir viviendo después de Auschwitz, pronunciaba estas interesantes palabras:

"No estoy diciendo que estos sistemas, como el comunismo o como el nazismo, estén codificados en los genes. No es lo que quiero decir, pero lo cierto es que los sistemas existieron y a raíz de aquello la gente los lleva consigo. Se ha desarrollado un patrón, y ese patrón existe en las mentes de la gente. Puede ocurrir de nuevo porque ya existe un modelo, un patrón. Antes de la [última] guerra, si a alguien se le hubiese ocurrido decir: vamos a construir un campamento de exterminio de judíos, la gente habría pensado de esa persona que era un enfermo mental. Antes de la guerra, esas cosas no habrían sido posibles. Pero hoy sí, hoy puede ocurrir, porque existe un precedente.

Quiero usar la palabra escándalo para lo que siento. Escándalo porque ocurrió en una cultura cristiana. Tanto el Holocausto como el nazismo ocurrieron en una cultura cristiana cuyos valores se colapsaron. El que los valores se hubieran colapsado, como bien predijo Nietzsche hace tiempo, ¿es algo que ya viene predeterminado por la humanidad? ¿O tiene que ver con la incompatibilidad de los alemanes y los judíos?"

Sabias reflexiones de quien sabe de lo que está hablando por haberlo padecido en carne propia. Y advertencias para el futuro, advertencias contra las repeticiones y el revisionismo de la historia. Ahí queda la voz de este escritor que, a pesar de todo, se mantiene humilde en su denuncia, dando un testimonio muy personal en "Sin destino", prestando su voz a tantos otros que no pudieron volver para contarlo.