Nos encontramos en pleno siglo XIX, en una época de relativa paz, dominada por un orden burgués que se enriquece explotando a su mano de obra barata. No todos son grandes señores. También existen pequeños propietarios, modestamente prósperos, que pueden permitirse algún pequeño lujo de vez en cuando, como pasar una jornada en el campo una vez al año. Ya en aquella época se hablaba de la contaminación en la ciudad y de los beneficios de respirar el aire puro campestre:
"Habían cruzado luego el Sena por segunda vez y, en el puente, se había producido el encantamiento. El río resplandecía de luz; absorbida por el sol, se alzaba del agua una neblina, y se sentía una dulce quietud, un benéfico frescor al respirar por fin un aire más puro, no corrompido por el humo negro de las fábricas o los miasmas de los vertedero."
Según dice George Steiner en En el castillo de Barba Azul, después de la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas, se instaló en Europa una especie de gran aburrimiento protagonizado por el triunfo de la burguesía. Bajo una sólida de capa de solemnidad se esconde la frustración de quienes viven en una cárcel dorada, de quienes han de seguir los convencionalismos sin hacer preguntas. Algo especialmente acentuado en la vida de las mujeres. La muchacha protagonista va a ser víctima de un matrimonio concertado pequeño-burgués. En su inocencia, ella no se cuestiona nada, ni siquiera conoce las terroríficas sensaciones de la pasión hasta que no se produce ese breve encuentro con Henri, habitante del campo, no carente de buenos modales, pero capaz de acciones mucho más primitivas y básicas que quienes suelen rodearla:
"La muchacha seguía llorando, embargada de muy dulces sensaciones, con
la piel ardorosa y unos cosquilleos desconocidos por todo el cuerpo. La
cabeza de Henri reposaba en uno de sus hombros; y, bruscamente, la besó
en los labios. Ella se rebeló furiosa y, para evitarle, se echó hacia
atrás. Entonces él se le arrojó encima, cubriéndola con todo su cuerpo.
Buscó largo rato la boca que se le hurtaba y, tras encontrarla, pegó la
suya en la de ella. Entonces, loca de un intensísimo deseo ella le
devolvió el beso apretándole contra sí y toda su resistencia se vino
abajo, como aplastada por un peso demasiado fuerte."
La pasión y posteriormente el amor puro provienen de lo que hoy
calificariamos como agresión sexual: de pronto el orden burgués de las
cosas queda suspendido en medio del ambiente campestre. La muchacha se
relaja, abandona momentáneamente su papel social y se deja
llevar por un instinto desconocido. Como es lógico, esta es una experiencia que la deja marcada, quizá el momento en el que se ha sentido más viva.
La adaptación cinematográfica de Renoir, que dicen inacabada, es un prodigio de sencillez, donde el director homenajea los cuadros de su padre, el impresionista Auguste Renoir, aunque también pueden apreciarse algunos esbozos picassianos, si transformamos a los dos muchachos en dos faunos del bosque. En esta película es primordial el retrato del paisaje, que se convierte en algo sensual que envuelve a la protagonista, siendo la única música el canto del ruiseñor. Pocas adaptaciones son tan fieles al original literario hasta el punto de devenir en un complemento imprescindible a la lectura del cuento de Maupassant que, como en todas las buenas narraciones, su mensaje va mucho más allá de las meras palabras escritas.
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sábado, 6 de septiembre de 2014
viernes, 14 de mayo de 2010
NUESTRO CORAZÓN (1890), DE GUY DE MAUPASSANT. LA MUJER MODERNA.

Muy apasionante el debate de ayer en el club de lectura, de una novela de apariencia un poco frívola, pero que tiene más sustancia de lo que puede parecer. Hubo opiniones contrarias y muy diversas, tanto en la valoración literaria como estrictamente en la interpretación de las intenciones del autor. Aquí el artículo:
La gran novela del siglo XIX podría ser definida como la cumbre de la narrativa, sin desmerecer obras posteriores. Suele distinguirse por ciertas características que pueden resumirse en la pretensión de reflejar la realidad de la manera más fiel posible, ya sea en las descripciones urbanas o paisajísticas o en el discurso interior de los personajes. Suele ser narrada desde un punto de vista omnisciente, el de aquel que conoce hasta el más mínimo detalle de sus criaturas y su entorno.
Guy de Maupassant no es tan buen novelista como maestro del cuento. Esto puede comprobarse con la lectura de su estupenda antología de relatos de horror liderados por "El horla",
una auténtica obra maestra del terror psicológico. Él mismo propone una
preciosa definición de la utilidad de la escritura en esta misma
novela:
"(...)la escritura es siempre la mejor forma de calar en las personas. La palabra deslumbra y engaña, porque el rostro la interpreta, porque la vemos salir de los labios; y los labios agradan y los ojos seducen. Pero las palabras negras sobre el papel blanco son el alma al desnudo".
"Nuestro corazón" cuenta la historia de un enamoramiento, el que padece el protagonista cuando conoce a una de las mujeres de moda parisinas, una bella, acaudalada y joven viuda que organiza constantemente veladas en su casa donde acuden los personajes del momento. André Mariolle es también un hombre tocado por la fortuna, sin dificultades económicas, que hasta el momento ha llevado una vida gris y monótona, sin destacar en nada especial. Al enamorarse de la señora Burne parece sentirse más vivo que nunca, pero a la vez se convierte en un ser desdichado, en busca de una quimera.
En realidad la señora Burne corresponde a su amado, hasta de una manera demasiado decidida para su gusto, pero su manera de querer no es suficiente para él, que busca algo más tradicional y profundo. Ella utiliza su poder sobre él para manejarlo a su antojo, no con mala intención, pero sin querer nunca romper la promesa que se hizo a sí misma de no volver a casarse, después de haber tenido una mala experiencia con su primer marido.
La señora Burne no sigue la tradición de personajes decimonónicos como Madame Bovary o la Regenta, personajes pasivos que esperan la iniciativa de su correspondiente galán y que acaban entregándose por completo y de manera inconsciente a la pasión. Ella es una mujer mucho más racional y mundana, que pone límites a su capacidad de amar. Y no es que deje de informar de ello a Mariolle, pero éste sigue sufriendo e intentando llegar más lejos.
La principal novedad de esta novela frente a la tradición de años anteriores no es tanto su estilo, donde sigue imperando la descripción realista y la penetración psicológica, sino las circunstancias y comportamientos de su protagonista femenina, una mujer liberada. Liberada no por convicciones feministas ni nada parecido, sino por su desmesurada egolatría, lo que le hace desear constantemente ser el centro de atención del París más galante y frívolo. No es esta una novela que se ocupe de temas sociales, sino de una determinada sociedad, la que gozaba de un mejor nivel de vida en la Francia de la época.
Poco tienen que ver las reuniones que organiza la señora Burne con los famosos salones de los ilustrados del siglo XVIII. De las discusiones científicas y literarias, aquí pasamos más bien a los pequeños duelos de ingenio y, sobre todo, a los chismes de sociedad, algo que Mariolle odia con toda su alma:
"Se le despertó de pronto a Mariolle en el corazón un arrebato de ira, algo así como un sentimiento de odio, y también una repentina irritación contra toda aquella gente, contra la vida de todas aquellas personas, su forma de pensar, sus aficiones, sus fútiles gustos, sus diversiones de muñecos."
La novela, última que publicó Maupassant antes de morir de locura, está sujeta a diversas interpretaciones. La mujer protagonista, dotada de un espíritu que pocas lectoras reconocen como femenino, puede ser un trasunto del propio autor, pues Maupassant fue un seductor en los salones parisinos.
Para otros lectores puede tratarse de una venganza del propio Maupassant contra alguna mujer que no cayó en sus redes o incluso de un caso de misoginia patológica por parte del autor reflejada en la caracterización de su personaje.
"(...)la escritura es siempre la mejor forma de calar en las personas. La palabra deslumbra y engaña, porque el rostro la interpreta, porque la vemos salir de los labios; y los labios agradan y los ojos seducen. Pero las palabras negras sobre el papel blanco son el alma al desnudo".
"Nuestro corazón" cuenta la historia de un enamoramiento, el que padece el protagonista cuando conoce a una de las mujeres de moda parisinas, una bella, acaudalada y joven viuda que organiza constantemente veladas en su casa donde acuden los personajes del momento. André Mariolle es también un hombre tocado por la fortuna, sin dificultades económicas, que hasta el momento ha llevado una vida gris y monótona, sin destacar en nada especial. Al enamorarse de la señora Burne parece sentirse más vivo que nunca, pero a la vez se convierte en un ser desdichado, en busca de una quimera.
En realidad la señora Burne corresponde a su amado, hasta de una manera demasiado decidida para su gusto, pero su manera de querer no es suficiente para él, que busca algo más tradicional y profundo. Ella utiliza su poder sobre él para manejarlo a su antojo, no con mala intención, pero sin querer nunca romper la promesa que se hizo a sí misma de no volver a casarse, después de haber tenido una mala experiencia con su primer marido.
La señora Burne no sigue la tradición de personajes decimonónicos como Madame Bovary o la Regenta, personajes pasivos que esperan la iniciativa de su correspondiente galán y que acaban entregándose por completo y de manera inconsciente a la pasión. Ella es una mujer mucho más racional y mundana, que pone límites a su capacidad de amar. Y no es que deje de informar de ello a Mariolle, pero éste sigue sufriendo e intentando llegar más lejos.
La principal novedad de esta novela frente a la tradición de años anteriores no es tanto su estilo, donde sigue imperando la descripción realista y la penetración psicológica, sino las circunstancias y comportamientos de su protagonista femenina, una mujer liberada. Liberada no por convicciones feministas ni nada parecido, sino por su desmesurada egolatría, lo que le hace desear constantemente ser el centro de atención del París más galante y frívolo. No es esta una novela que se ocupe de temas sociales, sino de una determinada sociedad, la que gozaba de un mejor nivel de vida en la Francia de la época.
Poco tienen que ver las reuniones que organiza la señora Burne con los famosos salones de los ilustrados del siglo XVIII. De las discusiones científicas y literarias, aquí pasamos más bien a los pequeños duelos de ingenio y, sobre todo, a los chismes de sociedad, algo que Mariolle odia con toda su alma:
"Se le despertó de pronto a Mariolle en el corazón un arrebato de ira, algo así como un sentimiento de odio, y también una repentina irritación contra toda aquella gente, contra la vida de todas aquellas personas, su forma de pensar, sus aficiones, sus fútiles gustos, sus diversiones de muñecos."
La novela, última que publicó Maupassant antes de morir de locura, está sujeta a diversas interpretaciones. La mujer protagonista, dotada de un espíritu que pocas lectoras reconocen como femenino, puede ser un trasunto del propio autor, pues Maupassant fue un seductor en los salones parisinos.
Para otros lectores puede tratarse de una venganza del propio Maupassant contra alguna mujer que no cayó en sus redes o incluso de un caso de misoginia patológica por parte del autor reflejada en la caracterización de su personaje.
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miércoles, 2 de diciembre de 2009
EL HORLA Y OTROS RELATOS (1887), DE GUY DE MAUPASSANT. LA ESENCIA DEL MIEDO.

Para quien no lo sepa, desde hace un par de semanas, el diario El País está ofreciendo por un euro una magnífica selección de relatos de los mejores maestros clásicos de terror. El lunes fue el turno de Maupassant. Hoy le ha tocado a M.R. James.
La editorial Mondadori publicó hace un año un exquisito volumen de cuentos de Maupassant con muy bellas ilustraciones. Debido a su elevado precio y a su tamaño, preferí no comprarlo, aunque ganas no me faltaron de hacerlo. Al menos esta semana he tenido el premio de consolación en forma de una muestra de la maestría de este autor en el terreno del relato breve.
Los cuentos de la selección constituyen una especie de tratado del miedo. No del miedo a lo que se ve, sino, y este es mucho más profundo, a lo que se intuye con una mezcla de certeza e imaginación de personajes solitarios:
"Necesitamos a nuestro alrededor hombres que piensen y que hablen. Cuando estamos solos largo tiempo, poblamos el vacío de fantasmas" (El Horla).
Maupassant juega con el lector a través de la ambigüedad de los hechos que nos va narrando: ¿es la locura del personaje lo que produce ciertas visiones o intuiciones? ¿fenómenos naturales desconocidos? ¿simples sugestiones producidas por un cerebro cansado? ¿o realmente se trata de sucesos sobrenaturales, es decir, sin explicación posible? Deliberadamente, el autor no nos da solución alguna. Es el lector el que debe sacar sus propias conclusiones, a veces con un inevitable escalofrío por los ambientes malsanos en los que hemos tenido que penetrar acompañando al protagonista en busca de respuestas.
De todos los cuentos que aquí se recogen, el más famoso, con toda justicia es "El horla", un prodigio narrativo en forma de estremecedor diario, en el que autor no escatima crueldades con el protagonista, jugando a su vez con su cordura. En él podemos encontrar perlas como esta (nunca está de más publicar una invectiva contra la religión), que coloca al miedo como creador de la idea de lo divino:
"(...)la leyenda de Dios, porque nuestra concepción del Sumo Hacedor, provenga de la religión que provenga, es la invención más mediocre, más estúpida e inadmisible nacida del cerebro asustado de los seres humanos"
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