Admiren la imagen del cartel adjunto: la pareja de criminales se abraza bajo el ojo escrutador de Edward G. Robinson. Una perfecta metáfora de la situación de los protagonistas,
que ejecutan el "crimen perfecto", sin tener en cuenta los desvelos detectivescos del amigo y compañero de trabajo del vendedor de seguros McMurray.
Walter Neff, el agente de seguros, narra la historia, en un largo flashback, con su voz en off. Su tono es el de la desesperación de quien se ve ya perdido, de quien está arrepentido de unos actos que realizó motivado por una mezcla de lujuria codicia. Todo comienza cuando conoce a la mujer de un cliente, una auténtica femme fatale interpretada magistralmente por Barbara Stanwyck. Seducido por ella y cegado por sus encantos, urde un plan para que el marido firme una póliza de accidentes para posteriormente asesinarlo. El plan no parece tener fisuras. Pero no existe el asesinato perfecto. Ahí está Keyes (interpretado por uno de mis actores favoritos, Edward G. Robinson), el encargado de investigar la viabilidad del pago de las pólizas, para intentar descubrir los elementos que no encajan en este suceso.
Billy Wilder da el toque perfecto que la dirección de la trama necesita. Todo en esta película funciona como un perfecto mecanismo de relojería. El suspense va creciendo minuto a minuto hasta hacerse realmente angustioso para el espectador, que no sabe si otorgar sus simpatías a Keyes o a Neff. Lo único cierto es que, tal como dice Keyes, los cómplices de un asesinato se suben a un mismo tranvía del que no pueden apearse. La tarea de Neff, arrepentido de haberse dejado arrastrar a una situación tan terrible, va a ser precisamente bajar del tranvía. No será fácil.
Ni que decir tiene que esta es una de mis películas favoritas, como varias de este mismo director. Se trata de una de esas tramas en las que uno sufre igualmente el destino de los protagonistas aunque se visione repetidamente e incluso espera a veces que el final sea distinto... Me quedo con las miradas de Edward G. Robinson. Pocos actores pueden decir tanto con sus ojos.
En estos días he preguntado a algunas personas acerca de su preferencia por Dostoyevski o Tolstoi. Para algunos es como elegir entre papá y mamá, pero supongo que hay opiniones para todos los gustos. Yo, si tengo que elegir, me decantaría más bien por Tolstoi, un autor mucho más completo en la creación de mundos complejos y manejo de personajes. Dostoyevski es un excelente escritor psicológico, creador de ambientes tormentosos, tanto interiores como exteriores. Tolstoi es mucho más espiritual. Si Dostoyevski es el tormento de la existencia, Tolstoi representa la esperanza.
"El doble" me ha recordado demasiado a otra extraña novela que leí del mismo autor hace año y medio "Memorias del subsuelo". Los protagonistas de ambas son pequeños funcionarios que están locos o, al menos, parecen estarlo. En el caso del de la novela que nos ocupa, su tortura va a venir nada menos que por la aparición de otro ser con idéntica apariencia a la de él mismo, aunque de personalidad mucho más carismática y dotado del éxito social que a él se le niega. Aunque en principio sienta cierta afinidad por su doble, las constantes traiciones de éste van a hacer inevitable su enemistad.
No obstante, asistimos al testimonio de un perturbado. No sabemos hasta donde llega la realidad de lo que cuenta, si es protagonista de una novela realista que narra un esquizofrénico o de una novela fantástica con toques de terror. Como lectores podemos elegir lo que nos plazca. Mi interpretación es que Goliadkin, en su delirio, se contempla a sí mismo como le gustaría ser, como debería ser y encauza su odio hacia su doble es decir, hacia su propia personalidad.
Ciertamente, no se trata de la mejor de las novelas de Dostoyevski. "Crimen y castigo", sin ir más lejos, es notoriamente superior. En todo caso, una lectura interesante, con unas descripciones muy logradas de los distintos ambientes de San Petersburgo por los que se mueve el protagonista.
La trilogía original de "La guerra de las galaxias" es la que ha producido más frikis por metro cuadrado de la historia. Hay quien piensa que "Star Wars" es la película más importante jamás realizada, ya que revolucionó la forma de hacer cine, que pasó a transformarse de arte y entretenimiento a merchandising y efectos especiales. Lo cierto es que la trilogía original (sobre todo y muy por encima de las otras dos esa joya llamada "El imperio contraataca") se compone de tres películas que mezclan sabiamente los ingredientes de aventuras, ciencia ficción, romance e incluso humor y sus protagonistas alcanzan un carisma que no van a alcanzar los de la trilogía más moderna.
Lo cierto es que cuando fui a ver "La amenaza fantasma" al cine hace diez años, me sucedió lo mismo que a la mayoría de los aficionados: salí tremendamente frustrado y decepcionado. Como la mayoría yo esperaba unos personajes más atractivos para el espectador y mucha aventura, pero me encontré con una serie de intrigas políticas y a unos protagonistas excesivamente serios y solemnes, a un enemigo con pinta carnavalesca y a un Darth Vader convertido en niño sabelotodo, poco creible como esclavo, por su desparpajo.
La segunda visión, de hace unos días, ha matizado algo mis apreciaciones, ya que cuento con la perspectiva de las dos películas siguientes. Me sigue pareciendo la peor película de la saga junto con "El retorno del Jedi", pero no está exenta de buenos valores cuando se visiona sin prejuicios. En primer lugar, la intriga política está bien llevada, a pesar de la confusión del principio. Se empieza a apreciar aquí la pugna entre el bien (la democracia) y el mal (la dictadura, el lado oscuro) y comprendemos algo de la compleja organización de la galaxia, compuesta fundamentalmente por un Senado presidido por un Canciller, situado en el alucinante planeta Coruscant, cuya entera superficie es una inmensa ciudad. La organización de los Jedis, los guardianes de la paz en la galaxia, goza de cierta independencia y de un gran prestigio.
Todo este equilibrio va a empezar a desmoronarse debido a una vasta conspiración orquestada por un personaje que se va a mantener en la sombra hasta que su triunfo se haga inevitable. La idea de Lucas, de mostrar el viaje a la oscuridad de Skywalker desde que es un tierno infante es excelente. Durante esta y las siguientes entregas el espectador se va a sentir identificado con Anakin e intuyendo poco a poco que el Darth Vader que todos conocemos es un ser mucho más complejo de lo que sospechábamos, pues su origen es pura tragedia.
Hay varios errores de bulto en esta primera entrega: el primero de ellos es el insoportable personaje de Jar Jar Binks, que pretendió ser el contrapunto gracioso de los graves héroes y fue relegado a pequeñísimas apariciones en las dos películas siguientes. El segundo es la falta de ritmo en muchas secuencias, el abuso de los efectos especiales generados por ordenador y que la mejor escena, con diferencia, esté localizada a mediación del metraje, un homenaje a la carrera de cuádrigas de "Ben Hur".
En cualquier caso, el film funciona perfectamente como plataforma de lanzamiento de los dos siguientes, mucho más elaborados y por qué no decirlo, más siniestros.
Hacía ya mucho tiempo que no leía literatura de ciencia ficción. Apuestas seguras de este género suelen ser los clásicos de los años cincuenta y sesenta (qué casualidad, como en el cine). La novela de Stewart, sin ser un alarde literario, resulta altamente entretenida e insospechadamente filosófica, pues el lector no puede dejar de hacerse preguntas acerca del verdadero significado de la civilización humana y su fragilidad. Aquí el enlace al artículo:
http://libroscienciaficcion.suite101.net/article.cfm/la-tierra-permanece-una-novela-de-george-r-stewart
Pregúntenle a personas de cualquier edad. Seguro que han crecido viendo distintas guerras en el telediario y se han habituado (como un servidor) a que las matanzas, en sus distintas modalidades, sean una sección fija en las noticias de mediodía. Para mí que a la primera guerra que asistí en directo con pleno uso de razón fue la del Golfo (la primera, la de Bush padre), que se ajustó plenamente al guión concebido meses antes y de cuyas manipulaciones nos enteramos meses después, no como la de Bush hijo, una auténtica chapuza en todos los sentidos.
La Guerra de los Balcanes tomó pronto el relevo de la del Golfo, durando en antena varias temporadas, una guerra con escenas más explícitas y brutales que la anterior. Es innegable que las guerras civiles están dotadas de un encanto especial para los periodistas, ya que a los contendientes les han debido lavar el cerebro a base de bien para ponerlos a disparar contra el vecino de toda la vida.
Yugoeslavia fue un ejemplo canónico de como la voluntad férrea de un solo hombre (Tito) es capaz de mantener unida a una nación heterogénea. Una vez muerto el padre, las disputas soterradas de los hijos salen a la luz y los nacionalismos campan a sus anchas vertiendo sobre la población todos sus excesos y manipulaciones. Es la guerra de todos contra todos. Sarajevo se convierte en gran plató desde el que se retransmite un gran espectáculo televisivo sazonado de muertos que hacían cola para comprar el pan. Occidente interviene tarde y mal. Los soldados de Naciones Unidas deambulan penosamente por las carreteras tratando de no meterse en muchos líos.
Es este el escenario de la gran película de Tanovic, galardona justamente con el Oscar a la mejor película extranjera de 2002, quizá en un intento de Hollywood de desmarcarse de las flamantes (en aquel momento) aventuras bélicas de su presidente. Aquí asistimos a una situación que podriamos calificar de kafkiana. Dos soldados, uno serbio y bisoño en las artes de la guerra, el otro bosnio y mucho más fogueado, que por circunstancias del destino se encuentran atrapados en una trinchera en medio de los dos ejércitos. Para más inri un compañero del segundo está herido encima de una mina que estallará si se levanta.
En esta tesitura, un casco azul francés decide, contra las órdenes de sus superiores, salir de su inactividad y tratar de echar una mano para resolver la situación. Una periodista en busca de carnaza, que recuerda mucho al inolvidable Chuck Tatum interpretado por Kirk Douglas en "El gran carnaval" (Billy Wilder, 1951), cree encontrar en esta historia un filón para alimentar a una audiencia televisiva ávida de "historias humanas" como ésta.
Con estos elementos y con gran economía de medios, Tanovic construye una tragicomedia impresionante. Lo que menos importa es la triste realidad de unos soldados que, a falta de motivaciones reales para luchar, se limitan a acusar al enemigo de "haber iniciado la guerra", sin saber muy bien lo que se disputa en la misma. Lo realmente importante para la periodista es captar imágenes impactantes y hacer actuar a una UNPROFOR que no tiene más remedio que implicarse en la situación si no quiere cosechar críticas negativas. Y es que eso es lo que prima en el mundo de las redes de información: no importan los resultados, lo que interesa es que el público valore positivamente tus acciones y sienta cierto descargo de conciencia a través de las mismas.
Hace ya tiempo que el cine que produce la gran industria dejó de ser sinónimo de originalidad y emoción y pasó a convertirse en una máquina de hacer dinero a través de la reinterpretación moderna de cualquier éxito del pasado,
ya sea utilizando el mismo nombre u otro. Dorian Gray (utilizado con poca fortuna recientemente en "La liga de los hombres extraordinarios", de Stephen Norrington),
no podía ser la excepción.
En estos tiempos en los que tan de moda está el hombre metrosexual, aquel que cuida extremadamente de su apariencia, (es posible que esto haya quedado ya desfasado y hayamos vuelto al hombre macho de los setenta, pero lo cierto es que soy incapaz de estar al tanto de las modas) el Dorian Gray de nuestra época es un santo y seña de la moda, tan pulcro y refinado como el de la novela de Wilde, siendo capaz en algunos momentos de la película de dejar caer una letra de su apellido y convertirse en gay sin ningún reparo. Supongo que el autor de la novela hubiera llegado hasta ahí sin problemas, de no encontrarse inmerso en una sociedad intolerante con ciertas prácticas, algo que tuvo que vivir en sus propias carnes.
Habiendo leído recientemente la novela, me acerco con suma curiosidad a la película de Parker, no teniendo oportunidad, por ahora, de visionar la obra maestra que firmó en 1945 Albert Lewin. Seguramente si la comparamos con ésta, la versión actual resultará penosa, pero yo no he dejado de reconocer algunas virtudes en la misma, sobre todo comparándola con el resto de producciones que ofrecen nuestros queridos cines 3D de centro comercial, a los que por cierto hay que acudir actualmente con abrigo, debido al nivel del aire acondicionado. Deberían escuchar los sabios consejos de los componentes de La Roja...
Ante todo Parker se esfuerza por crear una atmósfera. Para algunos cineastas el Londres victoriano, por el que pululaban personajes reales como Jack el destripador o ficticios como Mr. Hyde, debía ser particularmente siniestro, por lo que lo dotan permanentemente de tonos azulados y fríos, como propicios para engendrar cualquier maldad. El actor protagonista, Ben Barnes, hace un esfuerzo bastante afortunado para contrastar el Dorian del principio, un muchacho inocente, con el corrupto criminal en que se convierte después. Aún así, lo cierto es que las escenas de sexo que protagoniza tienen más parecido a un anuncio de colonia que otra cosa.
La historia cambia mucho respecto a lo que el libro nos cuenta. Las agudezas sociales, aunque tienen cabida a través de la voz de Lord Henry (Colin Firth), no son lo más importante. Lo esencial es impactar al espectador a través de algunos trucos baratos y digitalizados que estropean el espíritu de la novela, que muestra la corrupción de Dorian de una manera mucho menos efectista y a la vez más tremenda. A pesar de ello, no se trata de una película desdeñable, pues es de agradecer el esfuerzo del director por mantener el interés del espectador adaptando las partes más cinematográficas de la novela y añadiendo muchas otras de su propia cosecha (a mi entender presentar de una manera tan forzada a la hija de Lord Henry es un error), pero al final el sabor de boca que queda no es malo, si obviamos la escena final, un abuso de la moda del 3D. El cuadro no necesita de efectos especiales para ser diabólico.
Muy acertada la elección del título que nos ha acompañado en estas dos últimas semanas en el club de lectura, sobre todo teniendo en cuenta la actualidad que ha adquirido Carmen Laforet con la biografía que se ha puesto a la venta hace poco. Muchas gracias a los compañeros del club por los enlaces que me han proporcionado y por las gratas horas de discusión y polémica que me hacen disfrutar todas las semanas. Aquí el enlace:
http://historialiteratura.suite101.net/article.cfm/nada-una-novela-de-carmen-laforet
Ayer, cuando conducía de camino a la biblioteca, me sentí un poco extraño. Todas las calles por las que transitaba se encontraban engalanadas con decenas de banderas. Parecía que fuéramos a recibir a un dignatario extranjero a la manera de antaño o, lo que es peor, que nos encontrásemos en guerra.
Pero no, no eran esos los motivos. Obviamente es el mundial el que hace sacar las banderas a la calle en una extraña explosión de nacionalismo de las clases populares que solo se da con la selección de fútbol y cuya magnitud se mide por victorias en el campo de juego. El fútbol ha sustituido a la guerra como expresión del prestigio de un país y eso tiene de bueno. Será curioso ver si la gente mantiene sus banderas si España es eliminada en la primera fase. Seguramente desaparecerán de manera vergonzante.
Y es que el mundial lo impregna todo actualmente. En nuestro caso hemos cometido el error de acudir allí sobrados, como grandes favoritos, cuando nunca hemos llegado siquiera a una final y la última vez que alcanzamos las semifinales fue allá por los años cincuenta. Aún así los anuncios televisivos no paran de recordarnos las virtudes de la roja. Los niños aprenden la tabla de multiplicar con los nombres de sus componentes. Los jugadores (todos ricos) nos recomiendan ahorrar energía no abusando del aire acondicionado. Villa nos recomienda comer en McDonalds mientras juguetea en un precioso chalet con un trozo de papel y marca un gol en su propia cristalera. La pelota va a golpear humillantemente en un miembro de la servidumbre (un jardinero), que a punto está de saltarse un ojo con las tijeras de podar, en un gesto cuya comicidad se me escapa. Un cómic, realizado seguramente a toda velocidad aprovechando el tirón, nos muestra a la selección jugando un partido intergaláctico contra unos extraterrestres en el que se decide el destino del universo. Si llegan a jugar como contra Suiza ya estariamos todos muertos.
Banderas y más banderas mientras paseaba por las calles de mi ciudad. Ojalá el equipo remonte, pensaba, y no fastidie las ilusiones de toda esta gente, que olvida sus penas durante noventa minutos frente al televisor. En todo caso, me alegraba secretamente de la derrota frente a Suiza, una cura de humildad muy necesaria para el equipo.
Cuando llegué a mi destino, la biblioteca, ninguna bandera decoraba su fachada.
Pocas películas como ésta acumulan tanta magia que se transmite intacta de generación en generación.
Recuerdo que cuando la veía de niño sus imágenes me provocaban una mezcla de temor y fascinación. Extraordinaria es la escena en la que la casa voladora cae sobre el país de Oz. Cuando Dorothy abre la puerta, el blanco y negro imperante hasta ese momento se transforma en un magnífico technicolor, algo que no puede igualarse ni siquiera con nuestra actual tecnología.
Como puede suponerse, el rodaje de esta película fue muy complicado, sobre todo por la cuestión de los maquillajes, un verdadero tormento para los protagonistas. En una de sus espectaculares apariciones con fuego, la actriz que interpreta a la bruja mala estuvo a punto de morir, debido a que su maquillaje estaba hecho con cobre, que es conductor del calor.
Mención especial para una joven Judy Garland, muy inspirada transmitiendo candidez en su interpretación y alegría en sus números musicales y al perro Totó, un personaje imprescindible que rebosa ternura.
En realidad la historia de Oz tiene muchos puntos en común con la de Alicia en el País de las Maravillas: niñas que despiertan en un mundo de fantasía y han de superar una serie de pruebas para volver a casa. Solo que en el caso de Alicia hay un grado más de locura e incluso de crueldad.
Acabo de enterarme de la muerte de José Saramago. Evidentemente, no le conocí personalmente y, aunque estaba bastante de acuerdo con muchas de sus ideas, nunca me pareció bien que apoyara a dictadores como Fidel Castro. No obstante, sus recientes palabras acerca de la crisis financiera y sus culpables son muy lúcidas:
http://blogs.publico.es/dominiopublico/category/jose-saramago/
Personalmente he de estar agradecido, porque he sido un gran lector de sus novelas y han logrado, como todos los grandes escritores, hacerme pensar mientras me sumergía en sus páginas. El mejor homenaje que podemos hacer al escritor es seguir leyendo y comentando sus libros. Incluyo aquí tres críticas a novelas suyas, que incluyen las dos últimas que publicó:
http://elhogardelaspalabras.blogspot.com/2009/03/ensayo-sobre-la-ceguera-de-jose.html
http://elhogardelaspalabras.blogspot.com/2009/06/el-viaje-del-elefante-2008-de-jose.html
http://novelaactual.suite101.net/article.cfm/cain_de_jose_saramago
Después de haber leído la obra de Joseph Conrad en el club de lectura, ¿qué mejor estímulo para seguir profundizando en el horror que visionar la obra maestra de Coppola? Una de mis películas favoritas, un clásico arriesgado e incontestable. Aquí el artículo:
http://clasicoscine.suite101.net/article.cfm/apocalypse-now-una-pelicula-de-francis-ford-coppola
A mi modo de ver, existen dos etapas en el cine de Berlanga: Berlanga con censura y Berlanga sin censura. Las realizaciones de la primera etapa son magistrales casi todas ellas, llenas de dobles sentidos y de crítica social muy irónica y sutil. El Berlanga de la segunda etapa, sin los corsés de la censura, parece que de desinfla y, en vez de desarrollar la imaginación, se mueven entre la exageración y la chabacanería, dominadas por el exceso de ruido en el que solo se suele escuchar el vacío, lo cual no quiere decir que no tengan momentos muy estimables."Tamaño natural" sigue los pasos de Michel, un dentista parisino que se obsesiona con una muñeca de goma hasta el punto de enamorarse, mantener conversaciones e incluso conflictos sentimentales con ella. El guión, que podría haber derivado hacia una trama de ocultamiento de una desviación sexual, toma exactamente el rumbo contrario, con un Michel presentando a su amante a su mujer y a sus amistades, intentando ser comprendido, pues su anormalidad es lo natural para él.
Sin decantarse por la comedia ni por la tragedia, la película naufraga en un mar de escenas de vida conyugal de un Miche Piccoli sobreactuando con una actriz de goma. Se me ocurre que actores como Fernando Rey o José Luis López Vázquez hubieran sido más idóneos para este difícil papel.
Parece por momentos que la película tenga algo de apología de la sencillez de las relaciones de pareja con una mujer lo más sumisa posible, tan sumisa como una muñeca de goma, pero realmente las escenas de sexo inquietan e incluso horrorizan mucho más de lo que puedan excitar. Además, la muñeca acaba siendo más promiscua de lo que se podría esperar...

Ante el estreno de una nueva versión cinematográfica de esta obra, firmada por Oliver Parker, es un buen momento para asomarse a la obra original.
Oscar Wilde fue ante todo un escritor estético. Sus obras de teatro mostraban personajes arquetípicos que pronunciaban frases muy ingeniosas, pero que mostraban poca profundidad psicológica. "El cuadro de Dorian Gray" resulta revolucionaria en este aspecto pues Wilde abunda en los pensamientos, sentimientos y miedos del protagonista.
Dorian Gray es un joven tocado por la fortuna, un querubín de la alta sociedad que tiene la facultad de caer bien a todo el mundo. Pero el día en que su amigo, el pintor Hallward, remate un magnífico retrato suyo va a conocer al tentador lord Wotton, que le instigará a seguir una vida de placeres refinados, dedicados únicamente a moldear a su persona. Para Wotton la vida de Gray ha de ser una obra maestra basada en los supremos valores que posee: belleza, juventud y fortuna.
Gray, un joven honesto y algo cándido cae embelesado en las palabras de su nuevo mentor y desea en ese momento que los estragos de la edad y de la vida con el paso de los años no recaigan sobre él, sino sobre el cuadro. Sus deseos van a verse cumplidos. A partir de ahí la existencia del protagonista va a parecerse a la del doctor Jeckyll de Stevenson: una apariencia intachable y angelical que esconde secretos cada vez más terribles. Su acciones desviadas van a ir dándole al cuadro una apariencia horrible.
Oscar Wilde refleja a la perfección a la alta sociedad británica de la época, que tan bien conocía. Nos encontramos a finales del siglo XIX, en el esplendor de la era victoriana y del imperio británico, esplendor que se refleja también en las artes y las letras. Sin saber como lector si es o no su intención, el autor nos muestra una raza de holgazanes herederos de grandes fortunas cuya única ocupación consiste en cuidar su aspecto físico y procurarse toda clase de placeres mundanos. En esta tesitura Dorian Gray es un completo triunfador, un hombre por el que los años no pasan, que conserva su aspecto juvenil, pero que poco a poco va recabando las más horribles sospechas acerca de su persona, sospechas que podrían ser corroboradas por cualquiera que le echara un vistazo a su retrato.
Al final, una vida sin moral termina pasando factura. Ese es el diálogo fundamental de Wilde con el lector. ¿Una metáfora de su propia situación cuando se encontraba inmerso en un proceso por sodomía? La sociedad británica podía tolerar las más escandalosas desigualdades sociales o a los niños trabajadores, pero no las relaciones entre personas del mismo sexo. No era cosa de caballeros.
Llevaba años queriendo leer esta novela y al fín he encontrado el tiempo necesario para disfrutarla. Se trata de una de esas obras que dejan huella permanente en el lector que, eso sí, debe acercarse a ella con serenidad y dispuesto a entrar en un mundo más dominado por las ideas que por la acción. Quien lea con atención estas páginas saldrá de ellas con nuevas perspectivas acerca del mundo e incluso transformado.
El universo del sanatorio de Davos es una representación del mundo en miniatura, con sus grandezas y miserias, pero se asemeja también en algunos aspectos a una especie de mundo de las ideas, donde los personajes gozan de las condiciones ideales para la reflexión acerca del distante mundo de abajo.
Aquí el enlace:
http://historialiteratura.suite101.net/article.cfm/la-montana-mgica-una-novela-de-thomas-mann
John Huston es sin lugar a dudas, uno de los grandes, a pesar de algunos tropiezos al final de su carrera, y no solo por sus obras más conocidas como "El halcón maltés" o "El hombre que pudo reinar", sino también por pequeñas joyas más ocultas como ésta.
"Los que no perdonan" cuenta una historia de familia y racismo, enmarcada en los tiempos de los pioneros del oeste americano. Audrey Hepburn interpreta a una muchacha que se ha criado en una familia de colonos blancos sin conocer sus auténticos orígenes. La revelación de su procedencia india va a desatar una auténtica orgía de violencia y pasiones desatadas. En este caso una persona querida se transforma de la noche a la mañana en el enemigo, sin importar la educación que ha recibido.
Una buena fotografía y realización, magníficos actores, sobre todo un Burt Lancaster atormentado durante todo el metraje por sentimientos contradictorios que transmite muy bien en pantalla y una hermosa reflexión acerca del racismo. Los colonos no tienen suficiente con arrebatarle su tierra a los indios, sino que también se dedican a odiarles por haber intentado defender lo que es suyo. El entendimiento entre dos culturas tan diferentes es imposible y se ve claramente en la escena en la que, tras haber confirmado su origen, dos indios en son de paz visitan a la familia Zachary para intentar comprar a su hija.
Curioso el hecho de que la familia cristiana rechace con tanta facilidad a alguien que se ha criado entre ellos por el mero hecho de un nacimiento equivocado, como si por ello la muchacha llevara inscrita en la frente desde ese momento la señal de Caín.
Los comics-books de superhéroes constituyeron durante la segunda mitad del siglo XX una especie de mitología para los adolescentes, un espejo de virtudes, constituido por seres perfectos a los que guiaba únicamente el altruismo. Poco a poco esta imagen se fue difuminando y los superhéroes se convirtieron en individuos mucho más complejos e imperfectos,
que a veces eran capaces de traspasar la fina línea entre el bien y el mal. Algunos, como Batman, aparecían en algunas historias tan psicóticos como los villanos a los que combatían.
En 1954, a raíz de la publicación del libro de Fredric Wertham "La seducción de los inocentes", el Senado de los Estados Unidos creó el "Comic Code Authority", una especie de censura previa ante el presunto peligro que podían correr los jóvenes con la lectura de relatos de terror, superpoderes o ligeramente sexuales. La etiqueta del "Comic Code Authority" en portada era una garantía de que los contenidos del cómic en cuestión no eran perniciosos para las maleables mentes juveniles. Poco a poco dicha etiqueta fue quedando como un elemento más decorativo que otra cosa y, como sucedió en España con la censura franquista, los guionistas sabían a veces como rizar el rizo para aludir a temas adultos sin que el censor lo advirtiera.
Con el tiempo el cómic se fue diversificando y los superhéroes exploraron también nuevos caminos en los que llegaban a plantearse su lugar en el mundo (Watchmen, de Alan Moore) o a volver después de muchos años inactivos para despertar el apetito de sus enemigos y demostrar que seguían siendo los mejores, aún a costa de desatar una violencia desmesurada (El regreso del Caballero Oscuro, de Frank Miller)
"Kick Ass" bebe de todas estas fuentes y nos presenta al típico grupo de adolescentes frikis de instituto. El protagonista es un muchacho normal y anónimo, pero que está obsesionado con la cuestión de por qué no existen superhéroes en la vida real, por lo que decide probar a serlo él mismo. El debut de Kick Ass es francamente desastroso y da con sus huesos en el hospital. Ya se lo habían advertido sus amigos: un superhéroe en la vida real no duraría más que un par de noches. Y el amigo Fredric Wertham seguro que les daría la razón.
A pesar del fracaso inicial, el muchacho decide seguir intentándolo y se hace famoso gracias a internet. A partir de ahí va a conocer a dos auténticos superhéroes: Big Daddy e Hit Girl, que resultan un padre y su hija de once años, que no cuentan con superpoderes, sino que han entrenado duro para ejercitar una venganza...
La película cuenta con dos partes bien diferenciadas: la primera, en tono de comedia adolescente, pero bastante realista, cuenta las relaciones de Dave, el protagonista, con sus amigos y sus primeras andanzas como superhéroe. La segunda, a partir de la aparición de los otros dos, adquiere tintes de hiperviolencia tarantinesca. "Kick Ass" es buen entretenimiento si se consigue ver sin prejuicios de ningún tipo, pero dista mucho de tratarse la obra maestra que pregonan los carteles que inundan nuestras ciudades.
No he tenido el gusto de leeer el cómic, por lo que no puedo comparar, pero una ojeada que le eché el otro día me confirma que es aún más violento que la película.
En todo caso la violencia que se muestra en pantalla es poco realista, de un estilo paródico entre Matrix, las películas de John Woo y "Kill Bill", de Tarantino. En todo caso, hay que felicitar al director por haber conseguido a un Nicolas Cage tan contenido en un papel que invitaba al desmadre.
A pesar de la llegada de tremendos calores, los clubes de lectura malagueños siguen su andadura este mes de junio, y a pleno rendimiento.
En la Biblioteca Provincial, después del apasionante "El corazón de las tinieblas", de Joseph Conrad, llega el turno de "Nada", de Carmen Laforet, quizá la novela que mejor resume el sentimiento de los que vivieron los años posteriores a la Guerra Civil, puesto que fue escrita en esos mismos años.
En Cincoechegaray se recurre a un gran clásico indiscutible: Fiodor Dostoyevski, con una de sus mejores narraciones: "El doble" y en la sección de ensayo de esta misma librería se leerá "La mordaza", de Loretta Napoleoni, acerca de la apocalíptica situación económica mundial que nos ha tocado vivir.
Y, por fín, en la Casa del Libro será el turno de la largamente anunciada "Sin destino", una de las novelas que más tenía ganas de leer, para comprobar si se acerca a la calidad de "Si esto es un hombre", de Primo Levi.
Por otra parte, estoy organizando con unos compañeros fanáticos de los juegos de mesa entre otros vicios un club de lectura dedicado al magnífico género (y que yo tengo tan abandonado últimamente), de la ciencia-ficción. Seguiremos informando.