miércoles, 26 de enero de 2022
¿QUÉ OCURRIÓ ENTRE MI PADRE Y TU MADRE? (1972), DE BILLY WILDER.
lunes, 1 de marzo de 2021
CONVERSACIONES CON BILLY WILDER (1999), DE CAMERON CROWE. EL CREPÚSCULO DEL GENIO.
Además, las conversaciones no se limitan a repasar las películas realizadas por él, sino que se comenta la obra de otros directores y proyectos frustrados del propio Wilder, algunos tan sorprendentes como una película de los hermanos Marx ambientada en la Asamblea General de la ONU - ojalá se hubiera filmado esa maravilla - o La lista de Schindler, cuyos derechos disputó con Spielberg, quedándoselos este último. Hay que decir que Wilder se comportó con suma elegancia cuando pudo ver el film de Spielberg: le pareció una auténtica obra maestra, aunque también declaró que él lo hubiera realizado de otra manera. Hubiera sido sumamente interesante poder comparar ambas visiones de la misma historia. Quizá en un universo paralelo existan ambas películas.
Leyendo Conversaciones con Billy Wilder, uno se da cuenta, entre otras muchas cosas, de una humildad no impostada que está siempre presente en las palabras del director. Sabe que a muchos le fascinan sus filmes, la gente le para por la calle, su teléfono no para de sonar, pero todo esto jamás le ha hecho bajarse del carro de la modestia y no le impide ser el mayor crítico de sí mismo. Wilder es uno de los máximos estandartes de una época irrepetible en Hollywood, pero él parece restarle importancia a este hecho, solo se describe como un hombre que tuvo la suerte de poder dirigir una serie de películas realizando su trabajo lo mejor posible, aunque los resultados no fueran siempre lo que él pretendía (y ahí están las desgraciadas circunstancias del montaje de La vida privada de Sherlock Holmes). En resumen, solo fue un trabajador incansable cuyo nombre aparecía en los títulos de crédito de sus trabajos, pero que supo rodearse de un equipo de gente valiosa para que el resultado final valiera la pena:
"Yo me limito a hacer una película y espero que sea buena, que entretenga a la gente y que les muestre algo que todavía no han visto. Pero pensar que "va a ser el mejor film negro" o "la mejor comedia o "en la perspectiva mundial", ¿qué importancia tiene?... Está bien, es agradable que alguien diga esas cosas de nosotros, los viejos directores... los directores resignados, los que ya no vamos a decir "¡Acción!" nunca más. Pero sólo es posible juzgar una cosa cuando ya está hecha. Y un director no puede vivir a base de nobles conceptos; tiene que filmar ideas concretas y mostrarlas con sutileza."
miércoles, 30 de septiembre de 2015
EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES (1950), DE BILLY WILDER Y DE SAM STAGGS (2002). NORMA DESMOND Y EL SUEÑO OSCURO DE HOLLYWOOD.
Lo primero que llama la atención nada más comenzar El crepúsculo de los dioses, es que la historia nos la cuenta un cadáver. Joe Gillis acaba de ser asesinado por la antigua estrella de Hollywood Norma Desmond en la mansión de ésta. Y quiere contarnos su historia. Una narración sórdida como pocas, relatada por un hombre atrapado por sus deudas que acaba siendo prisionero de los delirios de una diva del cine mudo que pretende volver al mundo del cine por la puerta grande.
Gillis, un guionista fracasado, podría ser el santo patrón del enorme colectivo de personas para los que la experiencia de Hollywood tuvo mucho más de pesadilla que de sueño. Aquellos con sueños de triunfo que se encontraron con la dura realidad de una competencia feroz, en la que el triunfo solo está reservado a unos pocos. Como Norma Desmond, que lo fue todo en la década de los veinte, pero a la que no sentó nada bien la llegada del cine sonoro. Ahora el ego oscuro y demente de Desmond, ya con cincuenta años, lame sus heridas proclamando en su pequeño mundo, que se reduce a Max, un hombre imperturbable que a la vez es su mayordomo y su ex-marido. La definición que ofreció Glenn Close, que interpretó a Desmond en un musical, de su relación con Max, es muy acertada:
"Los que la rodeaban alimentaron su demencia. Max era un esclavo de su mentira. También creo que ella era una auténtica paranoica. Finalmente alcanzó el punto sin regreso. La realidad hubiera sido un golpe muy violento. Nadie le dijo nunca a Norma: "Cariño, el mundo está cambiando, hagámoslo de otra forma".
Cuando Gillis llega a la propiedad de Desmond huyendo de sus acreedores, la antigua actriz está velando a su mascota, un enorme chimpancé, del que Billy Wilder aseguraba que mantenía relaciones sexuales con la diva. Habiendo sido testigo de esa escena esperpéntica, entre los muros de la mansión encuentra un universo enfermizo y decadente, una especie de burbuja en la que su futura amante vive aislada del mundo exterior y a la vez planea su regreso triunfal a éste. La llegada del joven guionista es como una señal para ella, porque Joe Gillis será quien revise el proyecto de película que ha estado escribiendo en los últimos años: la historia de Salomé, en la que ella será la protagonista. Un propósito insensato, pero que es secundado por él, ya que la inesperada amistad con Desmond se le presenta como su única tabla de salvación, aunque todavía no conoce el alto precio que va a tener que pagar por ello...
El crepúsculo de los dioses sigue siendo el retrato más inteligente y a la vez visceral del mundo de Hollywood jamás realizado. El libro de Sam Staggs recoge todo el proceso de elaboración del film, desde el guión que escribieron con su peculiar estilo de trabajo Wilder y Charles Brackett hasta la elección de sus protagonistas. A pesar de haber sido una gran estrella del cine mudo, "la más grande de todas", Gloria Swanson es recordada sobre todo por la fuerza que imprimió a un personaje que, teniendo muchos puntos en común con ella, se amoldaba a su carácter un tanto excéntrico, sabiendo añadirle la locura progresiva que se va adueñando de la actriz, hasta el memorable final. Porque la película de Wilder es sobre todo una historia de ambición (la ambición de volver a la cima por parte de Desmond) y de supervivencia (el humillante papel que tiene que asumir Gillis como amante de una mujer mucho mayor), pasando por el papel de Max, un servidor incondicional de los delirios de la antigua diva.
Una película inmortal, venerada por legiones de cinéfilos y de la que podemos transcribir el testimonio de uno de sus primeros espectadores, recogido por Staggs:
"Se me antojó como un cuento de hadas moderno y pensé que Norma Desmond era una bruja mala que vive en un extraño castillo aislada del mundo, y que captura al apuesto y joven príncipe."
martes, 14 de enero de 2014
EL GRAN CARNAVAL (1951), DE BILLY WILDER. CURSO DE ÉTICA PERIODÍSTICA.
http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2014/01/el-gran-carnaval.html
lunes, 24 de junio de 2013
DÍAS SIN HUELLA (1945), DE BILLY WILDER. HISTORIA DE UN BEBEDOR.
Birnam se encuentra ya en una fase avanzada de su enfermedad y Wilder ofrece un retrato crudo de un hombre que ha dejado de amar, de comer y de tener ilusiones, alguien cuyo único objetivo es la autodestrucción y que literalmente se esconde de la presencia de los seres que le aman, porque su único objeto de deseo es la botella. Precisamente La botella es el título de la novela que a Birnam le gustaría escribir, su autobiografía siempre pospuesta, un proyecto que podría ser la única salida al laberinto en el que ha convertido su existencia. Quizá su vicio provenga de ahí, de su miedo a afrontar los desafíos cotidianos que impone la realidad, de verse a sí mismo, a los treinta y tres años, como un fracasado al que se le ha hecho muy tarde para cumplir sus sueños.
En Días sin huella se hace un uso magistral del flashback. Aunque la historia transcurre durante un fin de semana, los recuerdos asaltan de vez en cuando al protagonista y al espectador se le muestran momentos clave de su vida de bebedor. Su amor a la botella le ha hecho perder tantas oportunidades... El tramo final de la película es el más duro, cuando Birnam cae en los abismos del delirium tremens, con el duro discurso que le dirige el enfermero cuando se despierta, retratándolo prácticamente como un muerto en vida. La de Wilder es una de esas películas que hay que volver a ver de vez en cuando, una de esas escasas joyas que describen con una insólita precisión los aspectos más sórdidos de la condición humana.
lunes, 6 de septiembre de 2010
EL APARTAMENTO: C.C. BAXTER COMO RECURSO HUMANO.

Desde hace unos meses, debido a una serie de circunstancias, estoy cumpliendo una vieja aspiración: realizar un Master en Recursos Humanos. Siempre me ha llamado la atención este término. Recursos Humanos. Es como aplicar un pequeño soplo de ciencias humanísticas a la vida de una empresa.
Como es lógico, la realidad dista mucho de mi visión ideal en esta disciplina. Según nos explican los profesores, en los años de bonanza intentó ser un nexo de unión entre los intereses de empresarios y trabajadores. Con la llegada de la crisis, la distancia entre ambos agentes sociales ha vuelto a ser abismal. La visión que se vuelve a tener de los departamentos de recursos humanos se parece más al trabajo del personaje de George Clooney en la magnífica "Up in the air", que a otra cosa.
En cualquier caso me he prometido a mí mismo utilizar el blog para escribir de vez en cuando acerca de mi particular visión de esta ciencia tan nombrada como desconocida. Como no me atrevo, al menos por el momento, a aportar sesudos artículos doctrinales, voy a intentar comenzar como mejor se me puede dar: realizando comentarios de películas o libros desde el punto de vista de los recursos humanos.
"El apartamento", que volví a visionar hace unos días, ha sido obviamente la primera elegida. Y es que la historia de la soledad de C.C. Baxter transcurre con la vida de una gran empresa como trasfondo. En los años sesenta, la época en la que transcurre la película, la concepción de los recursos humanos como departamento fundamental en la existencia de las empresas aún se encontraba en pañales. La aseguradora donde trabaja C.C. Baxter se nos muestra como un ente inhumano. Los trabajadores no son más que pequeñas piezas de un gran mecanismo. La siniestra disposición de las mesas en la gran oficina hace de nuestro héroe un ser anónimo, indiferenciado de otros cientos de almas en pena que pasan ocho horas cada día sin otro incentivo que el sueldo de final de mes.
Según se nos muestra en la cinta, promocionar a puestos superiores en Consolidated Life parece tarea imposible, a no ser que logres destacar entre tus jefes. Pero los métodos de estimación de la valía del empleado no se basan, como sería lógico, en la evaluación del desempeño, sino en algo mucho más mundano: la disposición de C.C. Baxter a facilitar a sus jefes un nidito de amor para sus rápidos desfogamientos con sus mezquinos ligues ocasionales.
Así pues, C.C. Baxter vive por y para el trabajo: cada día debe acudir a la oficina, hacer horas extras (para distraerse, según sus propias declaraciones) y volver a casa para comprobar que el jefe que hubiera pedido turno aquella noche se retrasa en abandonar su ocasional picadero. Cuando por fín puede entrar en su casa, su siguiente tarea consiste en limpiar los restos de la juerga de su superior. Baxter consigue su objetivo: ascender, pero a costa de su intimidad, de poner su ámbito privado a disposición de los que están arriba, como un tonto útil que puede volver a caer si no se comporta como debe, con la misma facilidad con la que ascendió.
Si tuvieramos que examinar el caso de Consolidated Life como técnicos de recursos humanos, diriamos que el sistema de promoción dentro de la empresa está mal diseñado, que no se tienen en cuenta los principios de mérito y capacidad, tan solo la capacidad de hacer feliz al superior en su ruin vida extraconyugal. Triste destino el de Baxter, que ha de sacrificar su privacidad por el bien de su carrera laboral, tan triste como el de sus jefes, que intentan compensar sus convencionales matrimonios viviendo anodinas aventuras con pelanduscas más jóvenes que ellos. Triste también el destino de Consolidated Life, cuyos directivos no son capaces de valorar el auténtico talento del bueno de C.C. Baxter, un hombre capaz de sacrificar su entera insistencia por el bien de su empresa. El pobre cree que cambiando de sombrero va a poder cambiar de vida...
sábado, 4 de septiembre de 2010
LA VIDA PRIVADA DE SHERLOCK HOLMES (1970), DE BILLY WILDER. ESCÁNDALO EN ESCOCIA.

Si el otro día celebrábamos el cincuenta aniversario de "El apartamento", hoy nos atrevemos a celebrar el cuarenta aniversario de esta joya, la mirada de Billy Wilder sobre el más famoso detective de todos los tiempos.
Es conocido que al director no le salió este proyecto como quería. Él pretendía que el metraje fuera de tres horas, pero el control del montaje final se le escapó. Hoy día las imágenes que faltan están perdidas. En todo caso, no sabemos si la visión de Wilder al emprender el proyecto era mejor o peor que el resultado. Yo solo puedo decir que el resultado es redondo y solo es posible mejorarlo añadiendo nuevas imágenes que hagan que el espectador disfrute en su asiento una hora más. De cualquier modo, estas dos horas son absolutamente prodigiosas.
En la actualidad estoy leyendo poco a poco todas las historias de Sherlock Holmes de Conan Doyle (también las hay escritas por otros autores) recopiladas en un magnífico volumen que editó hace pocos años ediciones Cátedra, por lo que he sentido una auténtica necesidad de ver esta película, la mejor versión cinematográfica del personaje del que se han rodado más versiones.
La presentación de los personajes es excelente: Holmes (Robert Stephens) es un detective que trata de desligarse de los exagerados relatos que Watson (Colin Blakely) publica en la revista Strand Magazine sobre sus investigaciones. El Sherlock Holmes de Wilder es una criatura puramente británica, de humor ácido y lengua irónica, que sabe reirse de sí mismo hasta el punto que, en el espectacular arranque de la cinta, pone en duda su orientación sexual (y la de su compañero) con tal de librarse del capricho de una mujer que pretende tener un hijo con él para que le salga de inteligencia superior. Todo este tramo es de alta comedia, con un Holmes tratando de salir airoso de una situación desconcertante mientras Watson se divierte con un ballet de chicas rusas que, sin que él se de cuenta y advertidos por las palabras de Holmes, las mujeres dejen su puesto a bellos muchachos.
A partir de ahí la trama gira en torno a una mujer que ha llegado amnésica a Baker Street. Los protagonistas reciben una invitación de Mycroft Holmes, el hermano de Sherlock, aún más inteligente que él, para asistir a una reunión en el Club Diógenes. No quería explicarlo, pero la idea del club es tan excelente (tal y como se expone en los cuentos de Doyle) que no puedo dejarla pasar por alto: se trata de un club de caballeros en cuyos salones los miembros se dedican a leer la prensa en total silencio. Ni siquiera pueden toser. Un remanso de tranquilidad en pleno Londres.
La idea central de la película es humanizar el mito de Holmes, hacer ver al espectador que el detective también podía cometer errores si se dejaba llevar por sentimientos de los llamados amorosos. El personaje de la mujer recuerda poderosamente a la Irene Adler de "Escándalo en Bohemia". Un miembro del género femenino que es capaz de derrotar intelectualmente al misógino Holmes.
Cuando la película acaba el espectador no puede sino estar (otra vez) agradecido a Wilder por ofrecerle una delicia tal. Hemos asistido a dos horas de diálogos entre una pareja que destila una química insuperable, hemos entrado en los pensamientos más íntimos de la mente del detective, hemos contemplado sus divertidas investigaciones caseras, sus problemas con la cocaina y sus cambios de ánimo. Hemos contemplado a un hombre, cuya vida privada agiganta aún más al mito.
martes, 31 de agosto de 2010
EL APARTAMENTO (1960), DE BILLY WILDER. LA SOLEDAD EN LA GRAN CIUDAD.

No recuerdo cuantas veces he visto esta película. No son demasiadas, pero sí las suficientes como para no recordar la cifra exacta. Lo que es seguro es que es una de esas películas que me hipnotiza ante la pantalla y gana en cada visionado. Si la vida fuera justa, "El apartamento" se hubiera reestrenado en cines junto a "Psicosis", aprovechando el cincuenta aniversario de ambas y serían las primeras en taquilla.
Aquí el artículo de suite:
Cuando al recoger su Oscar por "Belle Époque", Fernando Trueba comparó a Billy Wilder con Dios, no estaba frivolizando. Si uno de los atributos por los que se distingue supuestamente a Dios es por su perfección, así podriamos calificar también al cine de Wilder.
El comienzo de la película resulta muy revelador: nos muestra un plano aéreo de Nueva York, mientras la voz en off del protagonista nos informa de que la población de la ciudad supera los ocho millones de habitantes. Seguidamente guía al espectador hasta su lugar de trabajo: una enorme compañía de seguros compuesta por más de treinta mil trabajadores. Él no es más que una pequeña pieza en una gran cadena, un trabajador del departamento de contabilidad que tiene su puesto en una gran sala junto a decenas de compañeros en un ambiente opresivo, con unos techos bajos permanentemente iluminados con luz artificial.
C.C. Baxter vive de alquiler en un pequeño apartamento, pero apenas puede disfrutar de él. Por una serie de azares del destino se ve obligado a cedérselo casi todas las noches a sus superiores para que lleven allí discretamente a sus amantes. Suele pactar unas horas razonables para que lo abandonen, pero las fiestas suelen prolongarse más de lo debido y el pobre Baxter ha de dedicar esos tiempos muertos a pasear por la acera como alma en pena. A cambio de sus servicios, los jefes le tienen prometido un ascenso que no acaba de llegar.
La vida de Baxter transcurre en blanco y negro, sin esperanzas. No es un hombre capaz de establecer relaciones humanas más allá de la mera cortesía y sus intentos en este sentido resultan patéticos, al igual que sus pretensiones de enamorar a la ascensorista, que vive una relación adúltera con uno de sus jefes en su propio apartamento sin que él lo sepa. Baxter es un alma solitaria, perdida en la gran ciudad. Si bien con la vecindad de ocho millones de personas no puede estar físicamente solo, sí lo está espiritualmente, a pesar de no ser hombre de grandes pretensiones. Su necesidad evidente de calor humano le es negada una y otra vez.
En un memorable artículo publicado con motivo del cincuenta aniversario de la película, el pasado día 18 de junio, el crítico de cine Carlos Boyero escribía en "El País":
"Es el retrato más penetrante, duro y compasivo que se ha hecho nunca de un trepa patético e indigno al que un amor no correspondido transforma en un hombre digno, capaz de despreciar su escalera hacia el éxito si esta le exige el envilecimiento moral. Billy Wilder nos habla con lenguaje inmejorable de las eternas relaciones de poder, de un degradado y astuto ratón que presta su casa para los juegos sexuales de los gatos con la esperanza de que estos le devuelvan el favor admitiéndole en su gremio."
"El apartamento" funciona gracias a un prodigioso guión que agarra al espectador y lo mantiene sujeto más allá de sus últimas escenas. Y es que la combinación de genios que participaron en esta producción es insuperable: a la dirección de Wilder se une el guión de I.A.L. Diamond, secundado por el propio director y las interpretaciones de Jack Lemmon, que consigue dar vida a uno de sus personajes más inolvidables, aportándole ternura e inocencia y Shirley MacLaine, en el papel más recordado de su carrera.
Es difícil establecer una clasificación dentro de los géneros cinematográficos para esta película. ¿Tiene más de comedia o de tragedia? Como en todas las grandes obras maestras, depende de como se lo tome el espectador. En la superficie encontramos la historia de un arribista que, al ofrecer a sus jefes un refugio para sus patéticos ligues, intenta ascender en el trabajo y de ahí surge la comicidad de un hombre con modestos sueños de grandeza que ni siquiera es dueño de entrar cuando le apetece a su casa. Pero bajo esta situación tan cómica, no hay que escarbar mucho para advertir el drama de un hombre que debe humillarse de la peor manera y decidir finalmente si apuesta por su dignidad o por la presunta seguridad que le proporciona su esclavitud.
miércoles, 30 de junio de 2010
PERDICIÓN (1944), DE BILLY WILDER. UN TRANVÍA LLAMADO ASESINATO.

Admiren la imagen del cartel adjunto: la pareja de criminales se abraza bajo el ojo escrutador de Edward G. Robinson. Una perfecta metáfora de la situación de los protagonistas, que ejecutan el "crimen perfecto", sin tener en cuenta los desvelos detectivescos del amigo y compañero de trabajo del vendedor de seguros McMurray.
Walter Neff, el agente de seguros, narra la historia, en un largo flashback, con su voz en off. Su tono es el de la desesperación de quien se ve ya perdido, de quien está arrepentido de unos actos que realizó motivado por una mezcla de lujuria codicia. Todo comienza cuando conoce a la mujer de un cliente, una auténtica femme fatale interpretada magistralmente por Barbara Stanwyck. Seducido por ella y cegado por sus encantos, urde un plan para que el marido firme una póliza de accidentes para posteriormente asesinarlo. El plan no parece tener fisuras. Pero no existe el asesinato perfecto. Ahí está Keyes (interpretado por uno de mis actores favoritos, Edward G. Robinson), el encargado de investigar la viabilidad del pago de las pólizas, para intentar descubrir los elementos que no encajan en este suceso.
Billy Wilder da el toque perfecto que la dirección de la trama necesita. Todo en esta película funciona como un perfecto mecanismo de relojería. El suspense va creciendo minuto a minuto hasta hacerse realmente angustioso para el espectador, que no sabe si otorgar sus simpatías a Keyes o a Neff. Lo único cierto es que, tal como dice Keyes, los cómplices de un asesinato se suben a un mismo tranvía del que no pueden apearse. La tarea de Neff, arrepentido de haberse dejado arrastrar a una situación tan terrible, va a ser precisamente bajar del tranvía. No será fácil.
Ni que decir tiene que esta es una de mis películas favoritas, como varias de este mismo director. Se trata de una de esas tramas en las que uno sufre igualmente el destino de los protagonistas aunque se visione repetidamente e incluso espera a veces que el final sea distinto... Me quedo con las miradas de Edward G. Robinson. Pocos actores pueden decir tanto con sus ojos.



