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lunes, 24 de marzo de 2025

FAUSTO (1832), DE JOHAN WOLFGANG VON GOETHE Y DE FRIEDRICH WILHELM MURNAU (1926). PACTAR CON EL DIABLO.

La leyenda de Fausto remonta sus orígenes hasta el siglo XVI, basándose en un misterioso personaje que existió de verdad, del que se decía que era alquimista y mago, capaz de ejecutar todo tipo de prodigios gracias a su pacto con el diablo. La idea de pactar con el diablo es mucho más antigua y la encontramos por ejemplo en la crónica de San Cipriano, uno de los padres de la Iglesia. La idea que aparece al principio del libro, la apuesta entre Dios y el diablo respecto a la posibilidad de corromper a un hombre recto como Fausto ya aparece en el bíblico libro de Job. Pero en este caso no se va a atormentar al protagonista con todo tipo de males, sino que Mefistófeles va a tentarlo (tal y como Jesucristo fue tentado en el desierto) con los bienes más estimados por el hombre: conocimiento, amor y eterna juventud.

El Fausto que se nos representa al principio es un ser dual, aferrado a la existencia terrenal pero a la vez anhelante de conocer los secretos del más allá:

"Dos almas residen ¡ay! en mi pecho. Una de ellas pugna por separarse de la otra, la una, mediante órganos tenaces, se aferra al mundo en un rudo deleite amoroso, la otra se eleva violenta del polvo hacia las regiones de sublimes antepasados. ¡Oh! Si hay en el aire espíritus que se mueven reinando entre la tierra y el cielo, descended de las áureas nubes y conducidme lejos, a una nueva y variada vida. ¡Ah, si yo poseyera tan solo un manto mágico que me transportara a extrañas regiones, no lo cedería por las vestiduras más preciosas, ni por un manto real!"

Pero paradójicamente, después de una breve prueba es el amor el sentimiento que hace que Fausto caiga en la tentación. La plenitud física y de conocimiento que consigue gracias a los poderes oscuros le consiguen los bienes que todos anhelamos, lo cual no va a impedir que su breve historia amorosa con Margarita acabe en una inmensa tragedia, porque en cualquier caso la existencia del protagonista sigue sucediendo en un mundo en el que el mal se mueve a sus anchas. Pero la tragedia de Goethe es mucho más. Se trata de una obra inabarcable en la que se funden los mitos clásicos con las creencias religiosas y su desmesurada segunda parte asistimos a toda clase de acontecimientos grandiosos que ponen a prueba constantemente a unos lectores que siempre leen con mucho más agrado la primera parte de la obra, la más famosa y representable teatralmente. Según Cansinos Assens, uno de sus grandes lectores españoles, se trata de una obra literaria inconmensurable:

"Tiene su punto de partida en los Cielos y a ellos vuelve su curva gigantesca, después de abarcar toda la amplitud de la tierra y profundidad de la subtierra, medir la altitud de las montañas y sondear la hondura de los mares y cargarse de todo el légamo de la cultura y del mito que los hombres y el tiempo fueron acumulando."

La versión cinematográfica de Murnau es una adaptación realmente impresionante, una obra que lleva hasta el límite las posibilidades técnicas del cine de la época. Fausto contiene escenas míticas, como la de Mefistófeles envolviendo una ciudad con su oscuro manto para desencadenar la peste o la aparición de los cuatro jinetes del Apocalípsis. Imágenes inquietantes que han influido en obras posteriores. Pero el alma de la película es la actuación de Emil Jannings que se encuentra en su salsa interpretando al diabólico personaje, un rol en el que ofrece una gran variedad de recursos interpretativos.

P: 9

martes, 27 de octubre de 2020

EL PROFESOR UNRAT (1905), DE HEINRICH MANN Y EL ÁNGEL AZUL (1930), DE JOSEF VON STERNBERG. SUPREMA HUMILLACIÓN.

El profesor Unrat es uno de esos profesores ya maduros - lleva décadas enseñando en el mismo instituto a varias generaciones de alumnos - cuya presencia en la ciudad portuaria en la que enseña constituye ya toda una institución. Eso no quiere decir que Unrat (cuyo apodo, Basura, va pasando también de generación en generación), se sienta integrado en la sociedad en la que vive, ni siquiera en el microcosmos del centro de enseñanza. Para los demás es considerado una persona excéntrica y solitaria y él se ocupa de alimentar esa imagen, no relacionándose con sus compañeros profesores más de lo estrictamente necesario. La verdadera pasión de Unrat es la enseñanza, pero en un sentido muy retorcido: disfruta sabiéndose superior intelectualmente a sus alumnos y convierte sus clases en festines autoritarios en los que siembra un terror despótico en clase. Pero Unrat no se conforma con el dominio que ejerce en clase sobre sus alumnos: cuando se entera de las inmorales actividades nocturnas de algunos, su moral lo impulsa a actuar. Sus investigaciones lo llevan al cabaret El ángel azul.

Al entrar allí se va a encontrar de bruces con un mundo que no controla. Su presunta autoridad queda disipada en un ambiente festivo en el corre el alcohol y en el que todas las miradas están puestas en la actuación de Rosa Fröhlich, la principal artista del espectáculo. Incluso nuestro protagonista queda hechizado por su encanto, pero él le otorga un sentido distinto al de la plebe, para él Rosa es una artista sublime cuyo arte está muy por encima de su público. Venciendo su extrema timidez, entabla contacto con ella y empieza a visitarla todas las noches, ante el desconcierto de sus alumnos. Si bien al principio Rosa se toma dichas visitas como una anécdota divertida, poco a poco irá sintiendo algo de cariño por el profesor, hasta terminar casándose con él, quizá también hechizada por el prestigio de la profesión de su nuevo e inofensivo amante. Así Unrat entra en un mundo que no es el suyo y renuncia a su vida anterior, renunciando también, sin ser muy consciente de ello, a su otro gran amor: su autoridad despótica, porque controlar a Rosa no va a ser tan fácil como a sus alumnos. Uno de ellos, ya en su madurez, va a definir a su manera la psicología del profesor y lo acertado de un apodo tan popular que llega a sustituir a su nombre:

"Es el tirano que prefiere sucumbir a tolerar la más mínima restricción de su poder. Un apodo, sólo un apodo, llena de cardenales su piel, deslizándose nocturnamente por entre las cortinas purpúreas de su lecho, hasta sus sueños, y para curarse aquellas contusiones necesita bañarse en sangre. Es el inventor del delito de lesa majestad. Lo inventaría si aún fuese posible. Todo individuo es para él un rebelde. Su misantropía le devora entre tormentos indecibles. El hecho de que a su alrededor aspiren y expiren los pulmones un aliento que él no rige y regula le infunde un loco anhelo de venganza y tensa sus nervios hasta desgarrarlos. Basta ya un ligerísimo choque, una coincidencia casual de circunstancias adversas, y el tirano, presa de terror, abre al populacho las puertas del palacio, le estimula al saqueo y proclama la anarquía."

En la novela de Mann, el matrimonio se traslada a otra ciudad y empieza una vida disoluta organizando fiestas y apuestas en su casa, a la vez que se van endeudando cada vez más. Lo que ofrece la versión cinematográfica, El ángel azul, es bastante más interesante, puesto que pone el acento en el proceso de degradación del profesor que, una vez que se acaba su dinero, tiene que empezar a actuar en el espectáculo como un artista más. Cuando tiene que volver a su ciudad, es publicitado como la gran atracción del espectáculo, arrastrando a Unrat a la más cruel de las humillaciones. Mann no se opuso nunca a que se cambiara de esa manera el argumento de su novela, sino que prestó su apoyo, ya que era totalmente coherente con el carácter de su protagonista. El ángel azul es algo más que una adaptación de la novela: le aporta un ambiente único y asfixiante a la historia de Unrat, encarnado de manera magistral por un Emil Jannings al que le venían como anillo al dedo este tipo de papeles. La película constituyó una inigualable plataforma para el lanzamiento internacional de la futura estrella Marlene Dietrich y vista hoy sigue siendo una obra maestra fascinante dotada de un lenguaje cinematográfico único.

jueves, 5 de octubre de 2017

POEMAS Y CANCIONES (1918-1953), DE BERTOLT BRECHT. LA VERDAD ES CONCRETA.

Como la mayoría de los alemanes de su generación, la vida de Bertolt Brecht estuvo marcada por dos terribles guerras mundiales. Aunque durante la primera, que aconteció cuando todavía era muy joven, se dejó llevar por la ola de patriotismo que asoló todo el país, bien pronto, con la llegada de los primeros soldados terriblemente mutilados y avergonzados por la derrota, Brecht advirtió la verdadera naturaleza de los conflictos y la de los canallas que los alientan. Una balada compuesta en 1919, acerca de un cadáver putrefacto de un soldado alemán, que los mandos desentierran para utilizarlo como carne de cañón, le valió una acusación de alta traición. Un poco más adelante, los nazis utilizaron sus escritos para declararlo enemigo del pueblo y retirarle la nacionalidad alemana. Para el escritor comenzaría un largo periplo que le llevó de exilio en exilio por las capitales de medio mundo. 

Quizá la premonición del catastrófico porvenir le llevó a escribir estos versos, que desarrollan la idea del carpe diem:

No os dejéis engañar
con que la vida es poco.
Bebedla a grandes tragos
porque no os bastará
cuando hayáis de perderla

La idea de escritor comprometido con su tiempo, que asume el deber de denunciar tremendas injusticias se encuentra en este manifiesto autobiográfico:

Soy un autor dramático. Muestro
lo que he visto. Y he visto mercados de hombres
donde se comercia con el hombre. Esto
es lo que yo, autor dramático, muestro.

Personalmente, me conmueven estos versos, que demuestran una tertura desmesurada por los objetos, por su utilidad más allá de su uso cotidiano, por el arraigo a instrumentos que otros encontrarían perfectamente inútiles:

De todos los objetos, los que más amo
son los usados.
Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,
los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera
han sido cogidos por muchas manos. Éstas son las formas
que me parecen más nobles. Esas losas en torno a viejas casas,
desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,
esas losas entre las que crece la hierba, me parecen
objetos felices.

Pero en lo que más destaca Brecht es en reflejar en sus escritos el terrible ambiente que impregnó Europa en la Segunda Guerra Mundial. Una realidad de terror, muerte y destrucción de la que no se libraban los más inocentes. Hay un poema durísimo acerca de una peregrinación de niños que trata de huir de la guerra y van muriendo poco a poco y otros que reflejan la conmoción de los alemanes al ver sus ciudades y pueblos - es decir, su alma - destruídas por los bombardeos. Se puede criticar su militancia comunista y su aceptación en 1955 del premio Lenin de la Paz, un equivalente al Nobel que otorgaba la Unión Soviética, pero sus Poemas y canciones quedan como una de las cumbres de la literatura de denuncia escrita en unos tiempos muy oscuros.

martes, 26 de abril de 2016

SOBRE LA HISTORIA NATURAL DE LA DESTRUCCIÓN (1999), DE WINFRIED GEORG SEBALD. UNA NACIÓN BAJO TIERRA.

El gran historiador Eric Hobsbawn definió el siglo XX como una centuria muy corta, que abarcaba el periodo 1914-1991, comenzando con la Primera Guerra Mundial y terminando con la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética. Y en el ojo del huracán de todos esos decisivos acontecimentos, Alemania, siempre Alemania. Fue el belicismo germano - secundado por el entusiasmo de otros muchos países europeos - el que hizo posible esa matanza inútil a la que se llamó Primera Guerra Mundial. Y fue de nuevo Alemania, resurgida de las cenizas de la derrota, la que provocó un conflicto más sanguinario que el anterior, una guerra que estuvo a punto de ganar, pero que acabó provocando una destrucción inaudita en su territorio: según nos informa Sebald, entre los años 1942 y 1945 fueron ciento treinta las ciudades alemanas bombardeadas desde el aire por los aliados. Muchas de ellas quedaron arrasadas y trescientos mil cadáveres yacieron entre sus ruinas.

Cuando Hitler se sucidió y Alemania firmó su rendición incondicional, llegó el momento del ajuste de cuentas. Los crímenes cometidos por el nazismo eran tan inmensos, tan radicalmente inclasificables, que parecía fuera de lugar hablar de los sufrimientos de la población civil alemana. En aquellos momentos hizo fortuna el libro de Karl Jaspers, El problema de la culpa, en el que el filósofo abogaba por una expiación colectiva. Los bombardeos sufridos y la ocupación del país no eran más que un justo castigo por la agresión a otros países y por haber organizado el Holocausto, cuestión de la que empezaban a conocerse sus detalles más macabros. El alemán de a pie no tenía más remedio que agachar la cabeza, apretar los dientes y afanarse en desescombrar las calles, pensando en una futura recuperación nacional que se veía muy incierta.

En este contexto, la población llegó a una especie de pacto de silencio tácito por el cual no debía hablarse del pasado inmediato, en cuanto al sufrimiento de la población civil alemana. Esto se constata en la literatura de la época y en la de décadas posteriores, que apenas hacen referencia a unos hechos que debieron quedar como un sello indeleble en la memoria de todo aquel que los hubiera vivido. No fue hasta principios de este siglo que, con la publicación de un libro como El incendio, del historiador alemán Jorg Friedrich, se reavivó el debate que hasta aquel momento había sido prácticamente un tabú. Unos pocos años antes, ya lo había hecho Sebald a través de las conferencias que se recogen en este libro. Por fin los alemanes podían verse a sí mismos, con todas las prevenciones, con el estatus de víctimas.

Porque, en muchos aspectos, la campaña de bombardeos contra la población civil fue un acto criminal. Bien es verdad que fue la propia Alemania la que empezó a alimentar este fuego con los ataques a Varsovia, Rotterdam, Londres o Coventry, pero la respuesta de los Aliados fue desmesurada, puesto que podrían haber elegido centrar sus ofensivas aéreas contra objetivos tácticos más definidos, tratando de evitar en lo posible las víctimas civiles. Pero la decisión fue la contraria. La lógica del conflicto fue adueñándose poco a poco de las mentes de dirigentes y altos mandos. Arrasar ciudades repletas de hombres, mujeres y niños no era tanto un imperativo militar como una represalia, un castigo. En cualquier caso, se trataba de imponer a cientos de miles de seres humanos, por el mero hecho de haber nacido en un determinado lugar, la más espantosa de las muertes. Así describe Sebald la tormenta de fuego que se abatió sobre Hamburgo en 1943:

"Y al cabo de otros cinco minutos, a la una y veinte, se levantó una tormenta de fuego de una intensidad como nadie hubiera creído posible hasta entonces. El fuego, que ahora se alzaba dos mil metros hacia el cielo, atrajo con tanta violencia el oxígeno que las corrientes de aire alcanzaron una fuerza de huracán y retumbaron como poderosos órganos en los que se hubieran accionado todos los registros a la vez. Ese fuego duró tres horas. En su punto culminante, la tormenta se llevó frontones y tejados, hizo girar vigas y vallas publicitarias por el aire, arrancó árboles de cuajo y arrastró a personas convertidas en antorchas vivientes. Tras las fachadas que se derrumbaban, las llamas se levantaban a la altura de las casas, recorrían las calles como una inundación, a una velocidad de más de 150 kilómetros por hora, y daban vueltas como apisonadoras de fuego, con extraños ritmos, en los lugares abiertos. En algunos canales el agua ardía. En los vagones del tranvía se fundieron los cristales de las ventanas, y las existencias de azúcar hirvieron en los sótanos de las panaderías. Los que huían de sus refugios subterráneos se hundían con grotescas contorsiones en el asfalto fundido, del que brotaban gruesas burbujas. Nadie sabe realmente cuántos perdieron la vida aquella noche ni cuántos se volvieron locos antes de que la muerte los alcanzara. Cuando despuntó el día, la luz de verano no pudo atravesar la oscuridad plomiza que reinaba sobre la ciudad. Hasta una altura de ocho mil metros había ascendido el humo, extendiéndose allí como un cumulonimbo en forma de yunque. Un calor centelleante, que según informaron los pilotos de los bombarderos ellos habían sentido a través de las paredes de sus aparatos, siguió ascendiendo durante mucho tiempo de los rescoldos humeantes de las montañas de cascotes."

Sobre la historia natural de la destrucción, no es un ensayo al uso. Es una indagación de carácter literario acerca del olvido deliverado de unos determinados hechos que deberían haber provocado muchas más reflexiones en su época. Bien es cierto que fueron muchos los alemanes que, ante el advenimiento de Hitler, miraron para otro lado y siguieron con sus vidas como si nada hubiera sucedido. Pero eso no les convierte automáticamente en culpables ni en merecedores de un castigo de proporciones bíblicas. Cuando uno contempla las fotos de urbes históricas como Colonia o Dresde, aplastadas, no puede sino estremecerse al pensar lo que debía ser vivir aquello, el terror absoluto que desencadenaría la posibilidad cierta de morir aplastado por los cascotes de los edificios o abrasado por las bombas incendiarias. 

A pesar de todo, aunque sea en ruinas humeantes, la vida debe seguir y los supervivientes tenían que superar pronto la conmoción sufrida si pretendían construir un futuro. Mientras gobernaron los nazis, lamentarse por los bombardeos era derrotismo. Después, simplemente, se consideró algo casi de mal gusto. Es bueno que en esta época se haya llegado por fin a una especie de normalización al respecto y puedan conocerse los testimonios de quienes se vieron obligados a soportar lo insoportable.

lunes, 20 de julio de 2015

HA VUELTO (2012), DE TIMUR VERMES. BIENVENIDO, MR. HITLER.

Es indudable que la figura histórica de Adolf Hitler sigue produciendo fascinación, una fascinación engendrada por el mal absoluto de su proyecto genocida, por el apoyo que consiguió de amplios sectores del pueblo alemán. Sin duda se trataba de un ser carismático, capaz de hechizar a los que le rodeaban, alguien que ansiaba ser obedecido, después de una juventud de privaciones y humillaciones. Hoy se compara a muchos dictadores con Hitler, pero él fue único en su especie, en el sentido de que estuvo muy cerca de cumplir sus tenebrosos objetivos de dominar Europa y buena parte de Asia en busca de ese espacio vital para Alemania del que ya había hablado ampliamente en uno de los libros más vendidos y menos leídos de la historia: Mi lucha. Las biografías dedicadas al Führer que cubren los más diversos aspectos de su existencia (su psicología, sus dotes estratégicas, su magnetismo personal, su legado de cenizas) siguen siendo libros muy vendidos y la película El hundimiento causó gran conmoción en Alemania al retratar a un Hitler desacostumbradamente humano.

Porque después de todo Hitler fue un ser humano y este aspecto tan obvio de su figura es uno de los que más nos inquietan. Nos gustaría más que hubiera sido alguien ajeno a la humanidad que, bajo la forma de un hombre, realizó su obra gracias a sus poderes malignos. Pero no es así, el dirigente alemán contó con las mismas limitaciones que cualquiera y llegó al poder gracias a unas elecciones democráticas, aunque después él considerara que la democracia se había vuelto innecesaria. Lo que sí es cierto es que se trataba de una persona peculiar que, hasta donde sabemos, no contaba con amigos íntimos ni apenas con relaciones familiares. Su única diversión consistía en organizar unas veladas, que se prolongaban hasta la madrugada en las que se veían películas y, sobre todo, se discutía de los más diversos asuntos, siendo su voz la casi absoluta protagonista de esos debates. Quien quiera conocer bien a un Hitler más cotidiano deberá acercarse a un volumen titulado Las conversaciones privadas de Hitler, editado en España por la editorial Crítica. Las palabras del Führer, aunque fueran pronunciadas en la intimidad, se consideraban tan sagradas que debían grabarse para edificación de las generaciones futuras y así se hizo a partir de 1941.

Se nota que Timur Vermes, además de contar con muy buen olfato a la hora de publicar su novela (y venderla en Alemania a 19,33 euros, aludiendo al año en el que llegó al poder), ha leído el libro citado, la mejor fuente para dotar de un discurso creíble a su Hitler de ficción. Se trata de un protagonista que despierta en el Berlín de 2011 después de haberse intentado suicidar en el bunker de la Cancillería. Tras un pequeño periodo de adaptación, el antiguo Führer asimila rápidamente cuáles son los mecanismos que hacen funcionar al mundo actual: se trata, sobre todo, de aparecer en televisión . Aunque la gente cree que se trata de una parodia perfectamente elaborada (muchos le preguntarán si es un seguidor del método del Actors Studio), los discursos que Hitler dedica a la audiencia son perfectamente coherentes con su trayectoria política y se escandalizan de la nutrida presencia de turcos y otros extranjeros en Berlín, a la vez que apela a la pureza de la raza como el gran activo de los alemanes. 

La irrupción de un personaje tan ambiguo en la vida pública, un presunto actor que se pasa la vida haciendo su papel, como un fantasma del pasado que aparece en el momento menos oportuno, hace resurgir en el país sentimientos que se creían enterrados. Como decía el autor en una entrevista concedida al diario El País:

"Se dice a menudo que si volviese un nuevo Hitler sería fácil pararle los pies. He intentado mostrar, por el contrario, que incluso hoy Hitler tendría una posibilidad de triunfar, solo que de otra manera"

Hitler habla en serio, la gente cree que se trata de una broma sublime y el Führer, como es su costumbre, interpreta la realidad a su manera y trata de sacar ventaja de cualquier eventualidad. Al final los partidos políticos se lo rifan. Quien sabe si al final acabará acariciando a su viejo objeto del deseo, el poder. 

Timur Vermes a escrito una novela a ratos divertida, a ratos cargante, aprovechándose de la permanente actualidad de un personaje como Hitler, al que nunca se le acaban de analizar todas sus aristas, un nuevo Mr. Chance que causa la admiración del público a base de malentendidos. Quizá Vermes debía haber abusado menos de las reflexiones de su protagonista, cuyo monólogo interior es casi el único cimiento de la narración y haber analizado con más detenimiento el impacto social que causa el advenimiento del nuevo Führer. Además, para el lector español puede ser un poco fatigoso la reiterada mención de nombres de la actual política alemana, con muchos de los cuales apenas estamos familiarizados quienes no vivimos en aquel país, aunque seguramente para los germanos, el encuentro de Hitler con sus dirigentes será motivo de gran regocijo. Ha vuelto se lee rápido, no impacta tanto como pueda parecer en un primer momento (la sensación es la de una buena idea un poco echada a perder), pero nos recuerda que, setenta años después de su muerte, el personaje dista mucho de haber caído en el olvido. 

miércoles, 20 de mayo de 2015

DEMIAN (1919), DE HERMAN HESSE. EL ESTIGMA DE CAÍN.

Sinclair es un niño que ha nacido en una familia acomodada. Bajo la sombra del padre, habita en un mundo de luz, organizado en torno al hogar, a la escuela y a la religión. Pero también intuye que existe una realidad alternativa, un mundo sombrío y a la vez atractivo, en el que existen el sexo, el crimen y la perdición. Es el mundo de los sirvientes y el de algunos alumnos de su colegio, como Franz Kromer, que somete a Sinclair a chantaje después de que éste ha querido pavonearse ante sus amigos. Solo la intervención de Max Demian, otro alumno, de misteriosa sabiduría y cualidades casi divinas, salvará al protagonista de su enemigo. Pero ¿quién es en realidad Demián? ¿alguien que sigue un camino de luz o de oscuridad? Lo cierto es que Sinclair no puede evitar verse atraído por la personalidad del joven puesto que "la tranquilidad que emanaba de su persona fue inundándome lentamente". La admiración es recíproca, puesto que Sinclair lleva dentro de sí la simbólica marca de Caín, algo que le diferencia de la mayoría de sus semejantes, siempre teniendo en cuenta que cada hombre es único:

"Pero cada uno de los hombres no es tan sólo él mismo; es también el punto único, particularísimo, importante siempre y singular, en el que se cruzan los fenómenos del Mundo, sólo una vez de aquel modo y nunca más. Así la historia de cada hombre es esencial, eterna y divina, y cada hombre, mientras vive en alguna parte y cumple la voluntad de la Naturaleza, es algo maravilloso y digno de toda atención. En cada uno de los hombres se ha hecho forma el espíritu, en cada uno padece la criatura, en cada uno de ellos es crucificado un redentor."

Recién acabada la Primera Guerra Mundial con una espantosa derrota, la generación de jóvenes que había sufrido en las trincheras acogió con enorme interés esta historia que les hablaba de una existencia alternativa, entre lo espiritual y lo corporal. En realidad el Sinclair del principio es un ser tan desorientado como estos adolescentes burgueses de existencia más o menos apacible que un día fueron instigados a tomar las armas en nombre de la Patria (el bien) y se encontraron inmersos en el más inimaginable de los infiernos. Sinclair está a punto de perderse en más de una ocasión, pero siempre es capaz de reanudar su búsqueda, instigado no solo por Demian, sino por otros personajes como Pistorius, un ser solitario con ideas esotéricas que a veces remiten a postulados jungianos, Beatrice, una joven con la que jamás toma contacto, pero cuya sola visión basta para hacerle tomar conciencia de la idea de pureza o
Knauer, un joven que le hace ver que él mismo puede acabar convertido en maestro de otros.

Una de las particularidades más interesantes de Demian es la invocación de Abraxas, una especie de dios que invocaban las sectas gnósticas y que representaba a la vez al bien y al mal, un dios totalizador que abarcaba dentro de sí a las dos mitades del mundo. En este sentido, Demian rechaza las interpretaciones literales de la Biblia que se transmiten en la escuela oficial y prefiere buscar sus propias explicaciones a distintos episodios, como el de Caín y Abel. Si el mundo no es absolutamente bueno ni absolutamente malo, quizá dios se parezca al mundo. 

Otra de las piedras angulares de la doctrina a la que intentan acercarse los personajes de la novela es la de la importancia del mundo interior, mucho más real que el exterior:

"- Las cosas que vemos - dijo Pistorius con voz apagada - son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría."

En el fondo, el mensaje de Demian abunda en el eterno debate entre la visión del mundo de los apocalípticos (una minoría) y los integrados (la gran masa). Herman Hesse, en palabras de Thomas Mann, intenta una conciliación entre lo antiguo (la doctrina tradicional europea) y lo nuevo. Quizá esta novela no sea tan redonda como El lobo estepario, pero sigue siendo una lectura fascinante un siglo después.

miércoles, 12 de febrero de 2014

OPINIONES DE UN PAYASO (1963), DE HEINRICH BÖLL. LA ALEMANIA MILAGROSA.

A Heinrich Böll no se le puede entender sin conocer un poco de su biografía: peleó en la Segunda Guerra Mundial como soldado de la Wehrmacht, muy a su pesar, puesto que él era un joven católico verdaderamente creyente y ayudar a conquistar paises en nombre de una raza superior era poco compatible con lo que él entendía por cristianismo. Tampoco con la paz se sosegó su espíritu. Más bien se convirtió en la conciencia de la nueva Alemania (la del Oeste), cuya rápida prosperidad llegó después de una dura postguerra. Para él el "milagro económico" se asentaba sobre unos cimientos podridos. No pocos fueron los criminales de guerra que se acomodaron en posiciones importantes en el nuevo Estado, mientras maquillaban sus biografías y organizaban hipócritas ceremonias de reconciliación racial. Como todos habían sido culpables de un modo u otro en el desencadenamiento de la locura nazi, todos podían olvidar el pasado y mirar hacia delante, sobre todo cuando el enemigo comunista acechaba al otro lado del telón de acero. Böll tampoco simpatizó demasiado con la otra Alemania y fue uno de los intelectuales que denunció el Gulag y las violaciones de derechos humanos en el mundo comunista.

La Alemania de Opiniones de un payaso, la de principios de los años sesenta, parece haber conjurado sus fantasmas a través del bienestar económico. Para esa época el país empezaba a ser la locomotora de Europa (condición que sigue manteniendo hoy, a gran distancia del resto de países, quizá con la excepción de Reino Unido) y la Segunda Guerra Mundial era algo en lo que no había que profundizar en exceso. Muchos de sus actores seguían vivos y en activo y tenían mucho que ocultar. El protagonista de la novela, Hans Schnier, es hijo de una familia adinerada de industriales alemanes, que durante la guerra apoyó al régimen nazi, hasta el punto de inmolar a una de sus hijas a la bestia hitleriana en la defensa del país frente a los judíos americanos. La llegada de la paz no les ha supuesto ningún problema, pues son gentes acostumbradas a adaptarse a la marea y pronto aprovechan la prosperidad del nuevo Estado para enriquecerse como nunca. Hans se ha rebelado contra esta hipocresía desde muy temprana edad, sobre todo por la obsesión que siente por el inútil sacrificio de su hermana, algo que no parece haber afectado demasiado a sus padres, al menos en apariencia. A la menor oportunidad, se ha marchado de casa y ha iniciado una carrera como payaso, con la que ha llegado a gozar de las mieles del éxito, después de superar mil dificultades. Pero actualmente se encuentra en franca decadencia.

Cuando el lector conoce a Hans se encuentra viviendo, a sus veintiocho años, el peor momento de su existencia. A las malas críticas a sus últimas actuaciones profesionales, se suman el hecho de que su pareja, Marie, le ha abandonado para casarse con otro, su falta de dinero y una lesión en la rodilla que le impedirá actuar en los próximos meses. Opiniones de un payaso es un largo monólogo de su protagonista, que da la impresión de ser alguien de mucha más edad, por lo amargo de su discurso. Refugiado en su pequeña casa de Bonn, llama a sus conocidos - casi todos católicos practicantes - y a su familia para que se hagan cargo de su situación y le presten alguna ayuda económica. Para el círculo de amistades de su ex-pareja, que es fundamentalmente a quienes acude, él es un bicho raro, un agnóstico que vive a su aire y que ha corrompido a un ser puro como Marie para convivir en el pecado nefando del concubinato. Ahora ellos se alegran de que Marie haya vuelto al buen camino casándose por la Iglesia con un católico practicante. Para Hans la realidad es muy distinta: está obsesionado con Marie y considera que él es su verdadero esposo y que el concubinato lo está viviendo con su nueva pareja. Desde luego su forma de pensar en consecuente con sus acciones, a diferencia de esos católicos que solo practican aquellas partes de la doctrina que les intersa, obviando otras más incómodas. Como bien expresa Mario Vargas Llosa en su ensayo La verdad en las mentiras, en el capítulo dedicado a la novela de Böll:  

 "En verdad, lo que el infortunado payaso descubre es mucho más grave: la hipocresía de aquellos creyentes y de la Iglesia a la que pertenecen, y, en última instancia, de la sociedad en la que vive. Todos ellos, de manera consciente o inconsciente y con distintos grados de oportunismo, hacen trampas: son fariseos que se rasgan las vestiduras ante las faltas ajenas y ello les da una cómoda buena conciencia para cometer las propias. La religión y la política son herramientas que les permiten adquirir poder y prestigio, además de proporcionarles unas coartadas universalmente respetadas en su sociedad para prosperar en la vida sin sentirse lo que en verdad son: egoístas, ávidos y cínicos." 

Opiniones de un payaso cumple sobradamente con su función de novela incómoda en la que Hans Schnier es una especie de Diógenes que busca, sin muchas esperanzas de hallarlo, a un cristiano verdadero. Böll deja claro que no se puede prosperar en sociedad sin renunciar en mayor o menor grado a los principios sagrados que se dice defender y que dicha prosperidad en directamente proporcional a esas renuncias, que se esconden detrás de los más imaginativos eufemismos. Realizando una especie de función arqueológica en Más Libros Libres, he descubierto que el autor alemán fue bastante popular en nuestro país allá por los años setenta. Hoy día sigue editándose y reeditándose, pero estoy seguro de que es mucho menos leído que entonces y es una pena, puesto que es uno de esos autores que, como Camus, supieron casi siempre estar en el lado moralmente correcto en el laberinto de las ideologías del siglo XX.

lunes, 2 de diciembre de 2013

LA MUERTE EN VENECIA (1912), DE THOMAS MANN Y DE LUCHINO VISCONTI (1971). EL ARTE Y LA PASIÓN.

Aunque todavía nadie lo sospeche, la Europa de la época en la que fue escrito La muerte en Venecia se acerca con paso firme a la catástrofe de la Primera Guerra Mundial. Mientras tanto, los usos sociales son todavía decimonónicos y los aristócratas, intelectuales y rentistas de distintos países europeos pasan buena parte de su tiempo viajando a lugares turísticos, con hoteles bien acondicionados para tan insignes huéspedes, como Venecia. A uno de estos hoteles, situado en la playa del Lido, acude Gustav von Aschenbanch, un escritor alemán consagrado, que necesita poner distancia con Munich, para pasar un periodo de soledad necesario para garantizar la paz de su espíritu.

Aschenbanch es un representante perfecto de los usos burgueses de su tiempo. Artista de gran éxito y a la vez viudo, cuando el lector lo conoce parece haber renunciado para siempre a la idea del placer, para consagrarse a la búsqueda de la perfección creativa. Bajo su conducta externa perfectamente decorosa se esconde una rica vida interior en la que prevalece una visión racional de su propio arte, el instrumento que cree le va a llevar al encuentro de la perfección, de la belleza absoluta: su punto de vista es claramente apolíneo.

Cuando se piensa en el argumento de esta novela es difícil pensar en una ciudad más adecuada que Venecia para contar el tremendo mazazo pasional que recibe el protagonista cuando contempla por primera vez a Tadzio, el muchachito de aspecto angelical que parece haber puesto el diablo - o la muerte - en su camino para perderlo. De pronto todos los sentidos que estaban adormecidos parecen despertarse en Aschenbanch, doblegando su espíritu de una manera despiadada, transformando al anodino burgués que ha sido hasta entonces en un ferviente admirador de la belleza carnal del muchacho, hasta el punto de que en más de una ocasión está a punto de dejarse llevar por los deseos sin atender a las conveniencias sociales. Para Vargas Llosa, el civilizado Aschenganch ha sido conquistado por los deseos más primitivos, sin que sepa ni quiera volver al comedimiento que le caracteriza:

"Embridar los deseos y las pasiones de los individuos de modo que los apetitos particulares, azuzados por la imaginación, no pongan en peligro al cuerpo gregario, es la definición misma de la idea de civilización."

Venecia es una ciudad tan singular, tan bella, que es capaz de enfermar a sus visitantes. Una urbe que ha sabido hacer de la decadencia su marca de identidad, cuyos laberínticos callejones esconden rincones perturbadores por su misterio. Pero también es un lugar que puede resultar malsano, por sus olores, por su suciedad, por la concentración destructiva de turistas. A veces es una ciudad tan turbia como sus aguas y otras se presenta tan transparente como sus cielos primaverales. Aschenbanch ha caído irremediablemente presa del hechizo de la ciudad y no puede abandonarla aunque lo intente (de hecho, se alegra de inmediato cuando se tuercen sus planes de huir de allí). Está demasiado embelesado por el misterio de Tadzio, su ángel de la muerte, al que sigue por las tortuosas callejuelas de una Venecia que no puede ya ocultar la epidemia que se ceba con ella. Tadzio es la belleza, la perfección y el misterio de lo absoluto, todo ello encarnado en un ser al que nunca se atreverá siquiera a tocar, quizá para que no se rompa el sortilegio de esos días sublimes y terribles:

"Pues el hombre ama y respeta al hombre mientras no se halle en condiciones de juzgarlo, y el deseo vehemente es el resultado de un conocimiento imperfecto."

¿Quién es Tadzio? ¿Un joven inocente ajeno a los deseos de su admirador o alguien mucho más pícaro, que entra en el juego de seducción y miradas, más por curiosidad que por otra cosa? Eso no reviste gran importancia. Tadzio es simplemente el acicate que opera la gran transformación en el espíritu del protagonista, algo que le resultará fatal a la postre. Hasta ese momento la relación de Aschenbanch con el mundo ha sido la misma que el crítico teatral tiene con la obra que contempla: está allí para juzgar, no para participar. Cuando sus impulsos le instan a participar como protagonista en la obra, algo dentro de él se rompe: de pronto el mayor de sus temores, el de hacer el ridículo, queda atrás y es capaz de maquillarse y arreglarse con un coquetería desconocida hasta entonces con tal de seducir al joven. Pero es incapaz en todas las ocasiones de dar el último paso, el paso definitivo, el que sin duda lo perderá. Antes de eso prefiere salir del escenario que ha visitado tan breve como tímidamente, pues no puede resistir emociones tan intensas como desconocidas. El artista que creía saberlo todo acerca del mundo, se descubre de pronto desnudo.

La película de Visconti plasmó de manera sublime el espíritu de la novela, una tarea que puede antojarse titánica. El Aschenbanch de Visconti cambia su profesión literaria por la musical, pero sigue siendo el mismo ser introvertido y taciturno que se escuda del mundo bajo un grueso barniz de intelectualidad. La playa del Lido y la Venecia de la película parecen pinturas impresionistas tocadas por una muerte acechante y escondida en un Tadzio enormemente perturbador. Quizá fue un personaje tan icónico y poderoso lo que acabó destruyendo la vida de quien lo encarnó, Bjorn Andresen.

domingo, 16 de octubre de 2011

EL PASEO (1917), DE ROBERT WALSER. UN LUGAR EN EL MUNDO.


La escritura siempre tiene algo de locura, pues explicar el mundo a través de algo tan limitado como las palabras se antoja algo imposible. Robert Walser fue un hombre extraño y solitario que llevó una vida errante entre Suiza y Alemania sin encontrar su lugar en el mundo, aunque alcanzó cierta relevancia literaria, hasta que recaló en el sanatorio mental de Herisau, donde quizá encontró algo parecido a la felicidad dando largos paseos, como el que da el protagonista de esta novela, cuya lectura me ha proporcionado una rara serenidad, como si la vida se redujera a eso, a disfrutar de los placeres sencillos, a mirar con asombro todo lo que nos vamos encontrando en nuestro caminar. Lo cotidiano, lo que ni siquera vemos ya porque consideramos vulgar, es narrado por Walser con gran sensibilidad, la del hombre humilde que no tiene más ambición que posar su atenta mirada sobre el mundo. Walser murió mientras paseaba sobre la nieve. Que mejor manera de dejar este mundo y alcanzar la mitología literaria que con esa muerte tan sencilla.

Pero lo expresa mucho mejor que yo el poeta mexicano Luigi Amara, en un artículo publicado en la revista Letras Libres:

"Walser se interesa por las cosas sencillas, ordinarias, fugaces; por esa concatenación imprevista de minucias que a causa de su fluir y evanescencia invocan una mirada igualmente inestable y contraria a toda pedantería; una mirada que las haga brillar por unos segundos para dejarlas después perderse, irremediablemente, abismadas en su futilidad, hundiéndose en la corriente del hábito que todo lo enmohece y degrada."

Y yo me retiro discretamente y dejo que hable el propio Walser:

"Pero basta por completo con que yo mismo sepa lo que soy, y con que sea yo mismo el que mejor informado esté sobre mi persona. A menudo las apariencias engañan, señor mío y lo mejor es dejar el juicio sobre una persona a esa misma persona. Nadie puede conocer tan bien como él mismo a un hombre que ha visto y vivido tanto."

"Amaba en realidad la mayoría de lo que iba viendo de manera fogosa e instantánea."

"Yo me detenía y escuchaba, de repente se apoderó de mí un inefable sentimiento del mundo y una sensación de gratitud, unida a él, que brotaba del alma con violencia."

"Pasear (...) me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa. Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada. Sin pasear y recibir informes no podría tampoco rendir informe alguno ni redactar el más mínimo artículo, y no digamos toda una novela corta. Sin pasear no podría hacer observaciones ni estudios."

domingo, 23 de enero de 2011

EL LOBO ESTEPARIO (1928), DE HERMAN HESSE. CUANDO HARRY ENCONTRÓ A ARMANDA.


Me reencuentro después de casi veinte años con un viejo conocido, este lobo estepario que leen todos los adolescentes con inquietudes, y que tantos ánimos exalta. Esta segunda lectura, cuando uno ya no es tan joven, resulta de menos frescura, pero mucho más aprovechable, por el bagaje anterior de experiencias vitales que inevitablemente va adquiriendo todo ser humano. El debate en el club de lectura de la biblioteca de mi barrio fue apasionante, pues nos reunimos personas de distintas generaciones:

La época de entreguerras en Alemania, espantosa en el ámbito económico, resultó floreciente en las artes. El cine, la pintura, la literatura y el pensamiento se desarrollaron al calor del régimen de libertades que representaba la República de Weimar. Como sucedería más tarde con la Segunda República en España, la llegada de un régimen autoritario al poder supondría una auténtica diáspora de intelectuales, cuya visión de la existencia era reprimida en favor del pensamiento único del Estado.

Herman Hesse tuvo en sus primeros años una rígida educación religiosa que posteriormente rechazaría por completo, pues no toleraba ningún corsé a su libertad creativa. Con la llegada de la Primera Guerra Mundial fue declarado inútil para el combate, lo cual no le impidió vivir de cerca el conflicto y tomar conciencia de la peligrosidad de las ideas nacionalistas, separadoras de los hombres. Fue uno de los mayores opositores a los nazis desde primera hora, a través de la publicación de artículos en la prensa. Junto a escritores como Thomas Mann o Bertolt Brecht fue considerado un apestado en su propio país, por lo que tomó el camino del exilio.

"El lobo estepario" es una obra que ha cautivado a diferentes generaciones de lectores y cada una de ellas ha sabido extraerle distintas ideas aplicables a los problemas de su tiempo. Se trata de una obra con múltiples lecturas, que solo se puede interpretar correctamente conociendo la vida e ideas de su autor. Además, se trata de la típica obra que los aficionados a la literatura leen de jóvenes, cuando todavía se posee una personalidad sumamente impresionable. Muy distinta es la lectura (como sucede con casi todos los libros, dicho sea de paso) que se realiza en la madurez, que suele ser mucho más serena y menos idealista.

La novela tiene una estructura compleja, de relatos dentro de relatos. Comienza con la narración de un testigo secundario, que nos presenta las anotaciones de Harry Haller, que a su vez contienen un pequeño ensayo el "Tractat del lobo estepario", un retrato anónimo del propio Haller. El protagonista es un ser voluntariamente solitario, no antipático, pero sí antisocial. Haller busca la soledad, pero su alma está torturada por una especie de dualismo (aunque pronto le llegará la revelación de que los hombres poseen almas casi infinitas), una lucha entre su parte racional y la irracional, que quisiera huir de todo y poner fín a su vida:

"Por lo que se refería a los demás, a cuantos lo rodeaban, no dejaba de hacer constantemente los intentos más heroicos y serios para quererlos, para hacerles justicia, para no hacerles daño, pues el "ama a tu prójimo" lo tenía tan hondamente inculcado como el odio a sí mismo. Y de este modo, fue toda su vida una prueba de que sin amor a la propia persona es también imposible el amor al prójimo, de que el odio de uno mismo es exactamente igual y, en fín de cuentas produce el mismo horrible aislamiento y la misma desesperación que el egoísmo más rabioso."

Aunque no sabemos demasiado de su pasado, sí que conocemos que en otro tiempo Harry formó una familia convencional burguesa, pero una serie de circunstancias le hicieron quedar solo. Desde entonces abomina de la sociedad y sus costumbres. Entre otros asuntos, se escandaliza de lo fácilmente manipulable que es el ser humano, que no es capaz de esfuerzo alguno en pos de un pensamiento crítico e independiente respecto al poder, lo cual aprovecha Hesse para denunciar el rápido crecimiento de la ideología nazi entre sus compatriotas (la novela fue publicada en 1928) a través de este texto profético:

"(...) son trabajados, exhortados, excitados, los van haciendo descontentos y malvados, y el objetivo y fin de todo esto es la guerra otra vez, la guerra próxima que se acerca, que será aún más horrorosa de lo que ha sido esta última. Todo esto es claro y sencillo; todo hombre podría comprenderlo, podría llegar a la misma conclusión con una sola hora de meditación. Pero ninguno quiere eso, ninguno quiere evitar la guerra próxima, ninguno quiere ahorrarse a sí mismo y a sus hijos la próxima matanza de millones de seres, si no puede tenerlo más barato. Meditar una hora, entrar un rato dentro de sí e inquirir hasta que punto tiene uno parte y es correponsable en el desorden y en la maldad del mundo; mira, eso no lo quiere nadie. (...) para dos o tres hombres que hacen esto, hay día por día miles de periódicos, revistas, discursos, sesiones públicas y secretas que aspiran a lo contrario y lo consiguen."

La actualidad de Hesse es tan absoluta que el texto podría aplicarse perfectamente a la sociedad de nuestros días, demasiado ocupada por el fútbol y las noticias del corazón como para meditar con profundidad acerca del esquilmamiento al que se está sometiendo a sus derechos más básicos.

Para Heller la cultura es algo puro, que no debe ser contaminado por la vulgaridad imperante. El conocimiento de una seductora y misteriosa mujer, llamada Armanda, que parece conocer demasiado bien su interior, va a trastocar por completo su existencia, pues será incitado a experimentar los placeres más mundanos que siempre había despreciado. Si el comienzo de la novela es absolutamente realista, rebosante de introspección psicológica, poco a poco va derivando hacia un delirante final en llamado "Teatro mágico", donde el lector puede atisbar la influencia de la filosofía y religiones orientales en el pensamiento de Hesse.

¿Cómo debe interpretarse esta famosa novela? Muchos la han visto como una exaltación del hombre superior, del que está por encima de la vulgaridad imperante, del superhombre. En realidad, Harry Haller es un personaje que tiene bastante de patético, de misántropo que necesita ser rescatado de su propio interior, que es un pozo insondable que le hace devorarse a sí mismo día a día. Tal y como apunta Mario Vargas Llosa en su ensayo "La verdad en las mentiras", en el capítulo dedicado a esta novela:

"Hesse creó un prototipo al que se pliegan innumerables individuos de nuestro tiempo: solitarios acérrimos, confinados en alguna forma de neurastenia que dificulta o anula su posibilidad de comunicarse con los demás, su vida es un exilio en el que rumian su amargura y su cólera contra un mundo que no aceptan y del que se sienten también rechazados."

En conclusión, Harry Haller está cargado de razones cuando arremete contra la ceguera y vulgaridad de la mayoría de los hombres, pero no es capaz de reparar en su propia falta de humorismo: su seriedad le ciega a él también y le provoca intensos sufrimientos que podría evitarse si mirara a la vida con otros ojos y fuera capaz de no tomársela tan en serio, relajarse y disfrutar de vez en cuando de forma frívola. Todos los sabios de la historia han practicado este inofensivo pasatiempo. Y han comprendido que la existencia tiene una parte nada desdeñable de absurdo y comedia.

viernes, 20 de agosto de 2010

LA HISTORIA INTERMINABLE (1979), DE MICHAEL ENDE. REGRESO A FANTASÍA.


Leí esta novela hace veinticinco años y se convirtió en mi favorita por aquella época. Después, Wolfgang Petersen realizó una versión cinematográfica incompleta que ha quedado bastante desfasada, aunque estaba bien para un niño.

Ahora he vuelto a leerla, con miedo a que me decepcionara, pero, afortunadamente, no ha sido así. Aunque evidentemente no por completo, he podido recuperar algunas sensaciones de entonces e incluso recordar los lugares donde leí algunos de sus capítulos, tal sensación de intensidad me dejó la novela. Creo que fue Fernando Fernán Gómez quien dijo que leer servía sobre todo para gozar posteriormente de las relecturas. Creo que tenía bastante razón. Aquí el enlace al artículo:


Hay escritores que sufren crisis de creatividad, que son incapaces durante un tiempo de enfrentarse a una página en blanco. A Michael Ende parecía sucederle lo contrario. Hubiera necesitado más de una vida para plasmar en palabras escritas todas las ocurrencias que le dictaba su fecunda creatividad. Su libro "Carpeta de apuntes" es una buena muestra de ello. Simples esbozos, ideas o aforismos que el escritor anotaba con intención de desarrollarlos más adelante y a los que el lector curioso puede asomarse como inmejorable ejemplo de los mecanismos internos de la escritura.

El caso de "La historia interminable" es un caso paradigmático de lo que comentamos. Se trataba, en principio, de un argumento un tanto sencillo ("Un niño toma un libro, se encuentra literalmente dentro de la historia y tiene problemas para salir") que poco a poco se le fue yendo de las manos al autor, hasta el punto de que los personajes parecían tomar autonomía propia y Ende no era capaz de acabar la historia, porque su imaginación se desbordaba y le pedía nuevos capítulos que encajaban con una rara lógica en lo que pretendía contar.

Al final la novela se convirtió en un éxito inmediato. La "historia dentro de la historia" que Ende propone fascinó desde el principio a niños y adultos, ya que se trata de uno de esos relatos universales que tienen múltiples lecturas, todas ellas válidas, aunque podría decirse que ninguna de ellas provoca más fascinación que la realizada por un niño, que va a quedar inmediatamente hechizado por una narración de fantasía pura y aventuras y nunca podrá olvidar las horas pasadas junto a unos personajes imperecederos.

Como es lógico, la lectura de este libro puede ser muy diferente a distintas edades. Quien lo ha leído de niño quizá tenga miedo de volver a hacerlo, por miedo a decepcionarse. Lo cierto es que la segunda lectura le hará comprobar que el Reino de Fantasía sigue gozando de una excelente salud y su visita es óptima a cualquier edad, aunque la primera que se realiza es la más imborrable.

Bastián es un muchacho gordito, el blanco de las bromas pesadas de sus compañeros de clase. Él apenas tiene amigos, pero lo compensa con su desmesurada afición a la lectura, lo que le hace evadirse de su triste realidad. Huyendo de sus acosadores, se refugia en una librería y, en un descuido del librero, se lleva el libro que estaba leyendo este, para refugiarse con él en el desván de su colegio.
Hasta ahora el lector ha leído con letra roja la historia de Bastián. Cuando este abre "La historia interminable", tomamos su perspectiva y nuestra lectura es la misma. La escritura pasa del rojo al verde y así tenemos noticia del Reino de Fantasía, de la gran amenaza de la Nada que está devorándolo, de la enfermedad de la Emperatriz Infantil, la misma esencia del Reino y del héroe elegido para para salvar a Fantasía: el joven Atreyu, ayudado por Fújur, un dragón blanco de la suerte.

Poco a poco, Bastián va involucrándose en la historia. Solo aprecia la realidad circundante cuando el reloj del colegio da las campanadas. El niño lector sospecha capítulo tras capítulo que, de algún modo, él es uno de los protagonistas de la historia y que puede acabar participando en la misma si tiene voluntad para ello. Como en "Alicia a través del espejo", el libro sirve de vehículo a Bastián para pasar a un mundo paralelo al nuestro, pero con otras leyes físicas, basadas en la desmesurada fantasía de los hombres. Porque la existencia de los seres del Reino de Fantasía depende de la imaginación humana. Su escasez es lo que está provocando que la Nada lo devore.

La misión de Bastián no va a ser fácil. En su camino se va a encontrar con todo tipo de seres y, en algunos casos, la interpretación de sus palabras no es fácil. Para realizarla le va a ser otorgado un instrumento con el que puede materializar sus deseos. Pero este poder es corruptor y su utilización tiene sus consecuencias. Y Bastián es humano, no un ser noble y puro como Atreyu:

"Los caminos de Fantasía (...) solo puedes encontrarlos con tus deseos. Y solo puedes ir de un deseo a otro. Lo que no deseas, te resulta inalcanzable. Eso es lo que significan aquí las palabras "cerca" y "lejos". Y tampoco basta con querer marcharse de un lugar. Tienes que querer ir a otro. Tienes que dejarte llevar por tus deseos."

Al final, el lector sale casi tan transformado como el propio Bastián y comprende un poco mejor la magia de los libros, esa magia que le lleva a vivir historias situadas en otros lugares, en otros tiempos o incluso en otros universos, esa magia que le lleva durante horas a vivir las vidas de otros, a gozar de experiencias insospechadas y, en algunos casos, a crear sus propias historias. Estos son los cimientos del Reino de Fantasía, historias que deben ser contadas en otra ocasión.

miércoles, 9 de junio de 2010

LA MONTAÑA MÁGICA (1924), DE THOMAS MANN. LEJOS DEL MUNDANAL RUIDO.


Llevaba años queriendo leer esta novela y al fín he encontrado el tiempo necesario para disfrutarla. Se trata de una de esas obras que dejan huella permanente en el lector que, eso sí, debe acercarse a ella con serenidad y dispuesto a entrar en un mundo más dominado por las ideas que por la acción. Quien lea con atención estas páginas saldrá de ellas con nuevas perspectivas acerca del mundo e incluso transformado.

El universo del sanatorio de Davos es una representación del mundo en miniatura, con sus grandezas y miserias, pero se asemeja también en algunos aspectos a una especie de mundo de las ideas, donde los personajes gozan de las condiciones ideales para la reflexión acerca del distante mundo de abajo.

Aquí el artículo:


Thomas Mann es uno de los más grandes escritores del siglo XX y el mejor representante en lengua alemana de ese siglo. Desencantado del nacionalismo desde el desastroso fin de la Primera Guerra Mundial, Mann fue un opositor al nazismo desde primera hora y no se dejó seducir por Hitler como tantos otros intelectuales. Él escogió el camino del exilio.

"La montaña mágica" es quizá la obra más famosa de Mann y la más leída por varias generaciones de lectores. No es fácil acercarse a una novela como ésta. Sus 1.000 páginas pueden intimidar a más de un posible lector. Si a eso se suma su falta de acción, su ritmo pausado y las acciones de los personajes, más contemplativas que dinámicas, el lector puede tener la engañosa impresión de encontrarse ante una obra larga y aburrida. Nada más lejos de la realidad.

En cualquier caso, el lector de "La montaña mágica" debe acercarse a sus páginas sin ningún tipo de prejuicios, dispuesto a disfrutar de una de las grandes obras maestras de la literatura universal, una especie de síntesis del pensamiento de principios del siglo XX a través del discurso de unos personajes realmente inolvidables. El sanatorio para tuberculosos de Davos, un lugar aparte con sus propias reglas, al que apenas llegan ecos del mundo real, es el marco perfecto para que personajes que cuentan con todo el tiempo del mundo intercambien sus ideas.

La novela comienza con el viaje del protagonista, Hans Castorp, al sanatorio para visitar a su primo Joachim, que se encuentra allí ingresado desde hace unos meses. Lo que no sospecha Hans es que su estancia, programada en principio para tres semanas, se va a alargar mucho más de lo previsto. A diferencia de Hans, un muchacho pacífico y reflexivo, Joachim, un perfecto caballero por otra parte, es un militar puro, que anhela la vida disciplinada del cuartel y cuya máxima aspiración es servir y morir por la patria. Su estancia en el Berghof es para él una pérdida de tiempo.

Si en un principio al protagonista le fastidia tener que quedarse como habitante involuntario del sanatorio, bien pronto se adaptará a la vida allí, a las cuatro abundantes comidas diarias, a la cura de reposo y, sobre todo, a las disquisiciones filosóficas con otros enfermos. Hans, que iba a comenzar a ejercer como ingeniero, le toma gusto a la vida contemplativa y sin las preocupaciones diarias de la vida cotidiana que le ofrece el Berghof.

El joven Castorp decide emplear buena parte de su abundante tiempo a su formación intelectual, moral y espiritual. Y así podría definirse "La montaña mágica", como la novela de formación de Hans Castorp, un "joven mimado por la vida", según el principal de sus maestros, Settembrini: "Hans Castorp tomaba buena nota de lo que oía y, en aquella particular etapa de formación que había emprendido se mostraba abierto, lo cual demuestra lo mucho que el hombre despierto aventaja al soñador entontecido"

Los días de Hans transcurren lentamente, pero no así su apreciación del tiempo a más largo plazo, que parece acelerarse durante la estancia en las montañas, un extraño fenómeno provocado por la monotonía de tantas jornadas iguales. El protagonista va a tener tiempo de enamorarse, de mostrarse compasivo con los pacientes terminales, de aprender algo de medicina o botánica, pero lo que verdaderamente le dejará huella será el conocimiento de dos personajes tan opuestos como Settembrini y Naphta.

Settembrini es un librepensador, un hijo de la ilustración y la revolución francesa que aboga por la racionalidad en la resolución de los conflictos, por el avance científico en la evolución de la historia y por el desarrollo de los derechos humanos. Es enemigo de cualquier forma de fanatismo, aunque a veces lo es él mismo cuando defiende sus ideas. Naphta es un jesuita fanático, un representante del Antiguo Régimen que añora el dominio de la Iglesia sobre la sociedad y aboga por una armonía entre fe y razón al estilo del papa actual, Benedicto XVI:

"La fe es el órgano del conocimiento. El intelecto es secundario. La ciencia sin prejuicios es un mito. Siempre hay una fe, una concepción del mundo, una idea; en resumen: siempre hay una voluntad, y lo que tiene que hacer la razón es interpretarla y demostrarla".

Las discusiones entre estos dos personajes van a estar presentes durante toda la narración, como si se disputaran el alma de Hans Castorp. Un tercer personaje va a hacer una aparición más tardía, el señor Peeperkorn, un hombre alejado totalmente del estilo de vida intelectual, pero con un halo de superioridad y carisma que impresionan vivamente al protagonista.

Aunque se trate de personajes aislados del mundo, uno de los temas constantes de la novela, aunque por alusiones muchas veces indirectas, es la amenaza siempre presente de la llegada de la Primera Guerra Mundial, cuya proximidad se vislumbra a través del aumento de las disputas por parte de los internos del sanatorio. Al final el aislamiento que ofrece el sanatorio, ofreciendo la ilusión de un mundo aparte, resulta ser permeable a los acontecimientos del mundo real. A pesar de todo, nos quedan las palabras de Hans Castorp:

"He aprendido mucho entre esas gentes de aquí arriba, he llegado a estar muy por encima del mundo de allá abajo, hasta el punto de haber perdido casi el aliento; y lo veo todo bastante bien desde la base de mi columna..."