Una nueva novela de Stefan Zweig, el autor más comentado por ahora en "El hogar de las palabras". Y con toda justicia, porque se trata ciertamente de uno de los grandes, aborde el género que aborde.
La novela nos ha encantado a todos los que la hemos leído en el club de lectura, en esta ocasión ha habido prácticamente unanimidad. Y es que el estilo de Zweig y la sencillez con la que aborda los asuntos más profundos hacen de él un autor único.
Aquí el enlace hacia el artículo:
http://literatura.suite101.net/article.cfm/la-impaciencia-del-corazon-de-stefan-zweig
El testamento de un gran director como Sergio Leone, recordado sobre todo por sus películas del oeste, fue monumental. Después de una planificación de diez años y de diez horas rodadas de material, su montaje final llega casi a las cuatro. Aunque posteriormente mutilada en diversas ocasiones, la versión que puede verse en dvd es la original, por lo que el espectador puede apreciar toda la grandeza de la historia concebida por Leone.
La historia de Noodles abarca varios decenios del siglo XX, desde los años veinte a los ochenta. Hay quien opina que esta es la mejor película de mafiosos rodada nunca. Yo discrepo, la trilogía de El Padrino me parece netamente superior y mucho más redonda. La obra de Leone está llena de grandes momentos, como el asesinato del niño Dominic y la reacción de Noodles, un magnífico Robert de Niro en la época de sus mayores triunfos interpretativos, pero deja demasiados cabos sueltos y personajes apenas dibujados que no aportan nada a la trama general.
Hay que decir en favor del director que, siendo una película de cuatro horas, no se hace larga en ningún momento, uno de los mejores elogios que se le puede hacer a una producción de tal metraje. El uso del tiempo es una de las grandes bazas del film: Noodles recuerda desde la ancianidad su fracasada vida, su falta de grandes ambiciones, su conformismo en contraste con su amigo del alma Max, que pretende organizar un imperio criminal para amasar una fortuna. Algunos episodios importantes, como su paso por la cárcel, son obviados mediante grandes elipsis.
El espectador asiste a un gran fresco, a la historia de la evolución de una banda criminal a través de los años, asomándose más a su vida íntima y ordinaria que a sus grandes golpes. La perfecta ambientación de la ciudad de Nueva York le hace ser un personaje más, que evoluciona a la par que los protagonistas. Y es que la historia de Nueva York, como nos enseñó Scorsese, no puede ser entendida sin conocer la historia de sus bandas criminales.
La protagonista de esta breve novela pasa casi toda su infancia y adolescencia en un internado femenino suizo, el mismo en el que, según cuenta "Robert Walser había dado muchos paseos cuando estaba en el manicomio. (...) Murió en la nieve". Un poco de esta locura va a impregnar su estancia en el internado: las tensiones sexuales entre las alumnas están presentes en todo momento. Ella misma va a caer perdidamente enamorada (o cabría decir mejor fascinada) por su compañera Frédérique, una muchacha con la entabla una extraña relación dominada por la incomunicación y los silencios.
Como bien me informaron en el club de lectura, la autora tenía escrito material para una novela diez veces más larga, pero su sentido de la precisión la fue menguando hasta dejarla en esta pequeña obra. Para mi gusto, armada sobre un discurso demasiado disperso, donde se le exige al lector completar demasiadas zonas brumosas. Eso no es algo malo en sí mismo, hay autores que consiguen verdaderas proezas a base de elipsis. Para mi gusto Jaeggy no se cuenta en este selecto grupo, y sin desmerecer de sus indudables cualidades literarias, sí que tengo que decir que al igual que para su protagonista "desde el día en que entramos en el Bausler Institut no hicimos más que pensar en el día en que saldríamos", en mi caso, desde que empecé la lectura no dejaba de pensar en el momento en el que por fín llegaría a su última página.
Con todo esto no quiero decir que desaconseje vivamente su lectura, ni mucho menos. En el club de lectura en el que se debatió el libro, era amplia mayoría el sector al que le había maravillado el estilo de esta autora. Y hay que reconocer que la voz perturbadora, a la vez que inocente y perversa de la protagonista es un elemento bien conseguido, aunque no es suficiente para armar una experiencia literaria sólida. Como es una novela que se lee en una tarde, quien quiera puede arriesgarse sin gastar mucho tiempo.
Las fábulas de Frank Capra siempre levantan el ánimo del espectador, aunque apenas tengan cabida en el mundo real. James Stewart interpreta a un joven senador que es nombrado por el gobernador de su estado para ser utilizado en una votación corrupta. Confiados en su ingenuidad, sus valedores no van a contar con que se trata de una persona más inteligente y mucho más íntegra de lo que parece.
Capra construye una película entretenida y emocionante donde los políticos de su país no salen bien parados. Bajo la apariencia de solemnidad y educación de los senadores, algo huele a podrido. Aquí sucede un poco lo mismo, solo que en nuestro país los políticos ni siquiera son capaces de guardar las apariencias y a poco que se olviden de cerrar un micrófono se escuchará salir alguna palabra soez de sus labios o algún gesto feo cuando están siendo abucheados.
Hay una escena que me gusta particularmente de esta película: la llegada del Sr. Smith a Washington y la consiguiente excitación que sufre al llegar a un lugar soñado, en el que no puede dejar de asombrarse ante los monumentos que tantas veces habrá visto en el cine, en cuadros o en fotografías. La visita al monumento de Lincoln será parodiada en un episodio de Los Simpsons, cuando Lisa gana un premio por el que viaja a Washington con toda su familia. Posteriormente tendrá que enfrentarse a una trama de corrupción, como el Sr. Smith. Sin salir de la genial serie de dibujos animados, hay que recordar otro homenaje a esta película, en el episodio en el que Mel Gibson realiza un remake. Ayudado por Homer, le añadirá unas escenas al final en la que masacrará al senado y le cortará la cabeza al presidente de los Estados Unidos.
La película de Capra es muy digna de ser revisada en estos tiempos en los que los políticos son justamente vilipendiados todos los días. Aunque bien es cierto que si en nuestros días surgiera un político tan ingenuo como Jefferson Smith no se le daría ni siquiera la oportunidad de sentarse en la Cámara de Representantes.
El año pasado leí el magnífico libro de Cormac McCarthy en el que se basa esta película. No lo comenté por aquí, porque por aquellas fechas aún era un humilde muchacho sin blog, pero puedo decir que pocas lecturas son tan desasosegantes como el retrato apocalíptico que traza el autor norteamericano. A lo largo de sus páginas asistimos a la descripción de un mundo arruinado, de color gris ceniza por el que deambulan un padre y su hijo que ponen todas sus esperanzas de salvación en conseguir llegar al mar.
John Hillcoat, director hasta ahora desconocido para mí, ha realizado una perfecta adaptación del texto en imágenes. Para empezar ha escogido a dos actores solventes para interpretar a estos dos locos esperanzados en un mundo sin esperanzas. Viggo Mortensen, actor de probada solvencia, interpreta soberbiamente a un padre que sigue buscando la quimera de la salvación (más la de su hijo que la suya propia), pero que se encuentra a punto de dar el último paso que le falta hacia su total deshumanización. El hijo, el niño Kodi Smit-McPee, es un personaje que ha nacido con la llegada del desastre, por lo que solo conoce el mundo preapocalíptico por los relatos de su padre. Es un niño dominado por el terror, al que solo le sostiene la creencia en las palabras de esperanza de su progenitor.
Nada más comenzar la historia, los dos personajes rebuscan entre las ruinas de lo que antaño fue una próspera ciudad. La imagen del dinero, tirado en la calle y al que nadie presta atención, nos da idea del derrumbe social al que vamos a asistir: ya solo importa la supervivencia. La sociedad se ha adherido al darwinismo más cruel: solo van a sobrevivir los que sean capaces de adaptarse a la cruda realidad y, si es necesario, adoptando el canibalismo como forma de vida. El padre intenta que él y su hijo no tengan que llegar nunca a esos extremos y por eso divide ante su retoño a la humanidad entre buenos y malos. Una división absurda en un mundo en el que la moral simplemente ya no existe y los hombres se asemejan cada vez más al resto de animales irracionales, pero que sirve al personaje para aferrarse a los recuerdos del pasado, alimentarse de ellos y seguir adelante llevando a su hijo de la mano hacia un futuro oscuro.
Los flashbacks de pocos minutos a los que asiste el espectador de vez en cuando están muy bien traidos. Aportan más horror si cabe a la situación del protagonista: su mujer, quizá más lúcida ante la falta de esperanzas de la humanidad discute con él acerca de la imposible solución a su drama. Él es más testarudo y se aferra a la esperanza absurda de llegar al mar, como si allí hubiera sobrevivido algo del espíritu del viejo mundo. La ruta por la que transcurre el caminar de padre e hijo resulta francamente desoladora: bosques petrificados en los que los árboles se derrumban, incendios de proporciones bíblicas que devastan áreas extensas, perturbadores terremotos y bandas de humanoides buscando carne humana para sobrevivir: como si la madre tierra hubiera dado la espalda a su hijo díscolo, el hombre. Todo ambientado perfectamente, dando una sensación de realidad que incomoda al espectador en su confortable asiento.
Porque nuestro subconsciente nos avisa de que no somos totalmente ajenos a lo que vemos en la pantalla. Los avisos sobre el cambio climático, las catástrofes naturales, las guerras interminables, la amenaza nuclear, el hiperterrorismo o la depresión económica son hechos nombrados cotidianamente en el telediario y se han instalado en nuestras vidas para quedarse. Aunque no lo digamos abiertamente, un secreto temor a que un día todo se derrumbe se ha instalado en nuestras vidas y nos acompaña a cada paso. "The road" nos parece real porque no descartamos la posibilidad de que estos hechos puedan suceder. En la película no se nos aclara el motivo del apocalipsis. Pero a nosotros se nos ocurren tantos...
En la más pura tradición de la comedia británica que se rie de temas tabues como la muerte, la homosexualidad o las drogas, se situa esta realización de Frank Oz, recordado por los aficionados por la muy divertida "In & Out".
Tres años después de su estreno se vuelve a poner de actualidad esta película por el anuncio de la intención de alguna productora de realizar un remake. Así andan las cosas en Hollywood. La imaginación de muchos directivos anda bajo mínimos y, entre proyectos estimables, las más destacadas noticias se refieren a los ilusionantes futuros estrenos: una película sobre el juguete "Mr. Músculo", una ¿adaptación? del popular juego "Monopoly" (¿por qué no de "La ruta del tesoro") y nuevos comienzos para sagas como Spiderman o Los cuatro fantásticos. ¿No hay nadie con más talento entre gente tan bien pagada? Tampoco creo que haya que ponerse tan apocalíptico, pues el año no está siendo tan malo. "The road" es una maravillosa película. Y tengo pendiente por ver "Up in the air" y "En tierra hostil", de las que tengo magníficas referencias.
Ah, pero yo hablaba de "Un funeral de muerte". Una película simpática de la que apenas me van a quedar recuerdos, más allá de un par de escenas, durante los próximos años. Y es una lástima, porque no carece de un buen guión, aunque sí de unos actores más carismáticos que arriesguen un poco más a la hora de llevarlo a buen puerto. Así que creo que lo de el remake resulta doblemente absurdo. Chistes sobre muertos, personas serias alteradas por la droga y ceremonias frustradas los hemos visto a cientos. Aunque con un Peter Sellers que paseara por allí la cosa hubiera cambiado mucho.
Mi relación personal con el cine de Fellini es contradictoria. Siempre he pensado que está sobrevalorado y que es algo superficial, pero después me encuentro disfrutando de sus películas y me dejan un grato sabor de boca.
Ahora se cumplen cincuenta años de una de sus más famosas producciones, esta que es recordada sobre todo por la imagen de la hiperpechugona Anita Ekberg bañándose en la Fontana de Trevi, una imagen hermosa, pero tan banal como el personaje que lo representa: una actriz cuya principal virtud es su frivolidad, algo que se espera de ella como protagonista de la incipiente prensa del corazón.
¡Ah, la prensa del corazón! ¿Qué se puede decir de bueno de algo tan abominable? Si bien en la época en la que fue rodada esta película aún se encontraba en gestación y se puede advertir cierta inocencia en sus protagonistas, en la actualidad se trata de un circo concebido para manipular y atontar al telespectador, que es consciente de todo esto, pero que no puede evitar pedir más, indignarse ante los descarados montajes que se le preparan diariamente como menú y gozar con las zafiedades de los personajillos que se ganan la vida de esta manera indigna.
Esto es solo mi opinión, por cierto. Habrá quien sostenga que la prensa del corazón también es periodismo, que la gente necesita saber y tal y cual. A mí más bien me parece el antiperiodismo. Ciertamente, antes, cuando esta prensa se dedicaba a enseñar la nueva casa de Isabel Pantoja o la boda de la hija de la duquesa de Alba podía tener algún sentido para alguna gente, interesada en asomarse a una vida mejor que nunca va a poder gozar en carne propia. Ahora parece ser que todo eso ha ido dando paso a insultos continuos, peleas y profundización en las peores miserias humanas, todo bien mezclado y servido de la manera más hedionda, para que su fragancia envuelva al telespectador, éste quede fascinado ante la visión de la más pura basura y siga pidiendo más día tras día, hora tras hora, porque estos programas invaden ya cualquier franja horaria.
Pero alejémonos de la fetidez para hablar de lo que nos ocupa, la película de Fellini. Aquí se nos retrata una Roma alegre y despreocupada, cuyo epicentro se encuentra en la elegante Vía Véneto, cuyas terrazas son punto de encuentro entre famosos y periodistas del corazón (por cierto, las escenas no están rodadas en exteriores, sino en una reproducción de la avenida construida en Cinecittá). Lo mejor de esta historia es el personaje de Marcello, un experto relaciones públicas, insatisfecho del mundo banal en el que se mueve y sobre el que escribe, al que le gustaría dedicarse a temas más elevados a través de la escritura de una novela, pero que no puede hacerlo, pues en realidad no sabe vivir de otro modo, su forma de vida es su droga. Su búsqueda de la escritura pura, lo que se traduciría en una vida más auténtica está abocada al fracaso.
El tema de la incomunicación está presente en todo el metraje. Los personajes hablan entre sí, pero no se entienden, no son capaces de entender las intenciones del otro y apenas se conocen más allá de los gustos alcohólicos de cada cual. En este sentido resulta interesantísima la aparición de Steiner, hombre de vida a primera vista perfecta, con mujer, hijos y casa aparentemente perfectas, pero cuya existencia está marcada por el pensamiento en la irrupción de una fatalidad inminente que acabará provocando él mismo.
Hay otros episodios, que siguen la pauta de Fellini de tomar la vida como un gran circo, como un gran espectáculo digno de ser mostrado: el milagro del que dicen ser testigos dos niños y que provoca la llegada al lugar de masas de gentes esperanzadas que no son capaces de advertir que asisten al más burdo de los engaños, el padre de Marcello, que quiere mostrarse todavía como un hombre joven y dinámico pero fracasa miserablemente en su intento, el club nocturno instalado en las termas de Caracalla o las diversiones infantiles de la decadente nobleza. Un conjunto variado que siempre nos habla del error del ser humano de preferir mostrarse hacia el exterior con una sofisticada máscara con la que aparenta la felicidad más perfecta. Una pequeña mirada al interior puede revelarnos que los auténticos deseos se encuentran en las antípodas de lo que impuesto por las esclavitudes sociales.
No hay que leer a Albert Camus porque se cumplan cincuenta años de su muerte ni nada parecido, hay que leerlo porque es uno de los pocos autores que siguen dándonos continuamente las claves más lúcidas acerca de nuestra propia actualidad. En "Los justos" realiza una severa reflexión acerca del terrorismo y sus presuntos fines. Aquí el artículo de Suite 101:
http://historialiteratura.suite101.net/article.cfm/los-justos-de-albert-camus
Cuando se visiona una película inmediatamente después de haber leído el libro en el que se basa, los sentimientos pueden ser contradictorios. Por una parte, partimos con ventaja respecto a otros espectadores, pues sabemos más o menos lo que vamos a ver y podemos completar posibles lagunas del guión y comprender mejor que nadie las motivaciones de los personajes, ya que hemos profundizado previamente acerca de ellos.
Por otro lado, y en un alto porcentaje de las ocasiones, no solemos ver en pantalla lo que esperábamos ver, es decir, nuestra particular interpretación de la letra escrita. Esto es evidente y particularmente, como aficionado a leer cuando puedo los libros en los que se basan las películas que voy a ver, trato de no decepcionarme, pues es imposible que dos personas coincidan plenamente en este punto. Quienes asisten regularmente a clubes de lectura me darán la razón cuando, a veces, los demás participantes parecen haber leído un libro absolutamente diferente al nuestro.Digo esto porque, después de haber leído un libro-reportaje magnífico como "El factor humano", de John Carlin, esperaba otro tipo de aprovechamiento de tan buen material. Pero Clint Eastwood (un poco improvisadamente a mi humilde parecer) ha rodado una visión simplicadora del trabajo de Carlin.
La película es, ante todo, un vehículo para el lucimiento de Morgan Freeman, interpretando un papel para el que parece haberse estado preparando toda la vida. Ningún otro hubiera podido interpretar con esa convinción a un santo laico como Nelson Mandela, y no solo por su parecido casi clónico con el dirigente sudafricano, sino por la admiración que le profesa, aunque mi sentimiento en ocasiones era el de estar viendo en pantalla, no a Nelson Mandela, sino a Morgan Freeman interpretando a Nelson Mandela, algo un poco difícil de explicar y que seguramente hubiera corregido la versión original.
Y es que pocos dirigentes han sido tan venerados a nivel mundial como Mandela. Salir de prisión tras veintisiete duros años y mostrar cierta comprensión y tolerancia con tus verdugos con el fín de construir una nueva nación no está al alcance de cualquiera. En este sentido puede sorprender al espectador encontrarse ante un personaje tan puro y de sentimientos tan nobles pero, en este caso la película se está ajustando estrictamente a la realidad.
El principal fallo del guión, a mi entender, es presentar unos hechos históricos tan trascendentes desde una perspectiva minimalista y simplificadora, en la que se nos escapan muchos elementos importantes de los mismos. Hubiera sido necesario introducir algunos episodios del pasado de Mandela, narrarnos la desesperación de un hombre que es arrojado vergonzosamente a una diminuta celda mientras el resto del mundo clama por su libertad, lo que nos haría comprender mejor la grandeza del comportamiento del protagonista. La escena de la visita del equipo de rugby a la isla donde estuvo tantos años cautivo no es suficiente en este sentido. La visión por parte de Pienaar de un fantasmal Mandela picando piedra carece de la fuerza necesaria. Por cierto, la interpretación de Damon es plana y sin apenas matices. El capitán de la selección parece un desconcertado Bourne que pasaba por allí.
Dicho todo esto, hay que reconocer que también el film no está exento de aciertos: la escena primera que resume la división creada por el apartheid o las secuencias de rugby, bien rodadas y comprensibles incluso para los legos de este deporte, aunque hay que decir que resulta mucho más impresionante la danza maorí de los rivales de los Springboks visionándola en you tube que en su versión cinematográfica, lo cual nos dice mucho del peligro de rodar acerca de hechos perfectamente documentados previamente por las cámaras televisivas. A veces parece más una reiteración que otra cosa.
El acercamiento progresivo entre negros y blancos intenta resumirse en el microcosmos que forma la escolta de Mandela. No es mala idea, aunque un tanto elemental. Hubiera hecho falta mostrar un poco de la verdadera cara del apartheid, un régimen que trataba como al ganado a la mayoría de la población sudafricana, lo que haría más comprensibles los aspavientos iniciales de los colaboradores de Mandela ante las intenciones de éste, absolutamente delirantes a primera vista, aunque absolutamente acertadas en suma si se quería salvar al país de una tremenda guerra civil.
En resumen, una película interesante, aunque carente de pulso en ocasiones, pensada sobre todo para Morgan Freeman, que desaprovecha el estupendo material en el que se basa, por simplificarlo en exceso y que ciertamente es mejor ver en su versión original. Quizá mi decepción haya venido porque tenía muchas expectativas puestas en esta película, que no ha sabido hacer buena mezcla de sus magníficos ingredientes.
La de la existencia de personas gafes, que causan la desgracia a su alrededor, es una creencia popularmente muy extendida en nuestro país. Hay quien opina que nuestro presidente del gobierno pertenece a este colectivo.
Sin querer entrar en política, yo voy a dedicar unas líneas a una película del periodo más denostado del cine español: el franquista. Bien es cierto que era un cine sometido a censura, lleno de costumbrismo y alejado de la penosa realidad cotidiana del ciudadano medio, pero no por ello es preciso renegar de él por completo, pues existen ejemplos de películas interesantes y bien hechas, incluso un poco subversivas a su manera.
En este caso a José Luis Ozores se le regala un papel a su medida: el de un gafe de primera categoría, al que todos rehuyen y del que su mejor amigo aprovecha sus superpoderes para sacar tajada. El humor que destila el film es negro, negrísimo, comparable a ratos con las producciones inglesas de la Ealing. Claro que en este caso la crítica social es prácticamente nula (Madrid aparece como un lugar paradisiaco para vivir y trabajar) y el final feliz es obligado, pero en medio de todo esto hay catástrofes e incluso alguna muerte provocada por el gafe en interés del negocio de su amigo.
Lo cierto es que se trata de una película de visión muy agradable. Quizá hubiera sido bueno que se ahondara más en la tragedia personal del protagonista, pero eso hubiera sido pedir demasiado.
Robert Siodmak fue el director de películas tan estupendas como "Forajidos"o "El abrazo de la muerte". Semiolvidado a día de hoy, como tantos directores clásicos, hay que reivindicarlo como un maestro en los juegos de luces y sombras.
Heredera directa de la estética expresionista es esta película de misterio, que en la más pura tradición de Hitchcock, juega con el espectador, lo enreda, le da falsas pistas llevándole hasta un final tan sorprendente como espectacular. Entre tanto se ha conseguido crear un ambiente de perfecta inquietud en la mansión donde transcurre la mayor parte del metraje, que casi es un personaje más de la trama. No es una película perfecta, pero está a años luz del noventa por ciento de lo que se estrena hoy día.
Febrero viene cargado de novedades en el pequeño mundo de los clubes de lectura malagueños. En la Biblioteca Provincial, después de haber leido y comentado "El lector", de Bernhard Schlink, comenzamos la semana que viene con Stefan Zweig y una de sus grandes novelas "La impaciencia del corazón", que trata acerca de los límites entre amor y compasión en una pareja. Y en esta misma biblioteca inicia su andadura los viernes un nuevo club. Van a comenzar (¡otra vez!) con "La soledad de los números primos", de Paolo Giordano.
En el club de lectura de Cincoechegaray, en su sección de literatura se va a comentar "Los hermosos años del castigo", de Fleur Jaeggy, acerca de un internado femenino en Suiza. En su sección de ensayo se discutirá acerca del libro "El lado oscuro de la democracia", del sociológo con nombre de director de cine Michael Mann. Se trata de un estudio sobre la limpieza étnica.
En el club de lectura de la Sociedad de Amigos de la Cultura de Vélez-Málaga llega el turno para el último premio Planeta, "Contra el viento", de Ángeles Caso.
Y el desaparecido hace unos meses club de lectura de la Fnac de Málaga resurge de sus cenizas en la Casa del Libro malagueña. Se reanudará con el libro que quedó pendiente antes de su desaparición, "El coloso de Nueva York", de Colson Whitehead.
Anímense y participen los que puedan. Los lugares y horarios están en la columna de la derecha.
Recién comenzada la República, Buñuel pudo rodar este magnífico documental acerca de las duras condiciones de vida en la apartada región de Las Hurdes (Extremadura). Fue un amigo anarquista, Ramón Acín, quien financió el proyecto. Había prometido a Buñuel que si le tocaba la lotería le pagaría los gastos de financiación de una película. Pues resultó que ganó cien mil pesetas de la época y le dio a su amigo veinte mil.
El panorama que va a encontrar el director en Las Hurdes va a ser de pesadilla: los pueblos sufren un atraso medieval, apenas hay comida y las enfermedades campan a sus anchas. Las imágenes, ya deterioradas por el paso de los años, en blanco y negro acentuan aún más el horror de lo que estamos viendo: mujeres treintañeras que parecen viejas, niños que miran a la cámara con ojos de resignación y hordas de hombres afectados de cretinismo, enfermedad muy común en la región debido a la extensión de las relaciones sexuales entre miembros de una misma familia. La asistencia de los niños a la escuela parece muy poco en medio de tanta miseria, pero pone un rayo de esperanza para el futuro que en cualquier caso no va a ser generoso con Las Hurdes, como se sabrá más tarde.
Se le ha reprochado a Buñuel la manipulación de algunas imágenes, como la de la cabra que supuestamente cae por un barranco por accidente, cuando claramente se ve en la imagen el disparo que la abate, pero la idea del director era mostrar, denunciar y herir las sensibilidades y a tal fín sometió su trabajo. En cualquier caso los treinta minutos de documental contienen la cruda realidad de Las Hurdes y Buñuel consiguió que la sociedad de su tiempo pusiera la mirada en tan castigadas tierras, aunque la República poco pudo hacer para ayudar a las clases más desfavorecidas, a pesar de sus buenas intenciones.
En cualquier caso, a los ojos del espectador de hoy, "Las Hurdes, tierra sin pan" sigue constituyendo un formidable documento en el que Buñuel no ha de recurrir al surrealismo para conseguir imágenes de pesadilla. Esos hombres prácticamente animalizados son mucho más inquietantes que cualquier cuadro de su amigo Dalí.
Se pueden contar con los dedos de una mano los cómicos que son capaces de suscitar la carcajada con su sola presencia en pantalla. Peter Sellers es uno de ellos, un superdotado para la comedia que dejó una profunda huella en la historia del cine.
La película de Stephen Hopkins escarba en la auténtica personalidad de Sellers... Y encuentra el vacío. Peter Sellers era un hombre atormentado, totalmente subyugado por la figura de una omnipresente madre y que no interpretaba a sus personajes, sino que se apoderaba de ellos, les daba vida y los hacía suyos, es decir, que existía a través de ellos por un tiempo.
La vida familiar del actor fue un desastre. Necesitado de amor y cariño e incapaz de amar demasiado tiempo solo encontraba consuelo en su sentido del humor, retorcido y genial. Narcisista hasta la naúsea, el biopic lo define muy bien en la escena en la que se mira al espejo y no ve nada. Aún así, Peter Sellers fue un hombre que hizo reir, es decir, hizo felices, a millones de personas y lo seguirá haciendo a lo largo de los años. Eso es lo que dio auténtico sentido a su existencia. Poco antes de morir, intentando cambiar de registro, dejó un extraño regalo a los espectadores, ese inclasificable personaje, Mr. Chance, que causa el asombro de todos sin proponérselo y llega a los más altos cargos de la nación sin esfuerzo alguno.
La película de Hopkins, concebida para la televisión es un entretenidísmo espectáculo, realizada con gran libertad e imaginación, no en vano está producida por la HBO, responsable de maravillas como "A dos metros bajo tierra" o "Los Soprano". Geoffrey Rush interpreta a un personaje que es el sueño de cualquier actor, por lo camaleónico y lo imprevisible de su carácter o de su falta de él. Poco a poco el espíritu de Peter Sellers parece apoderarse del actor y el parecido entre ambos es asombroso. Por momentos parece que el personaje devora al actor, tal y como le pasaba al propio Sellers, aunque en este caso es bueno que así sea. Ha sido una grata sorpresa ver esta película, dedicada a un hombre que ha hecho disfrutar ya a varias generaciones.