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miércoles, 6 de octubre de 2021

EL JEQUE BLANCO (1952), DE FEDERICO FELLINI.

Maravilloso debut cinematográfico de Fellini con una película en la que ya está presente gran parte de su estilo inimitable. La historia de esta pareja de recién casados - él con los pies en la tierra y ella con una vida oculta construida entre sueños de ficción - sirve al director italiano para contar una historia que, al principio, parece moverse entre lo fantástico y lo extravagante, para después darse de bruces con la realidad. El jeque blanco de las fotonovelas que lee la ingenua Wanda (magnífico Alberto Sordi) es solo una hermosa fachada que pronto se desmorona para mostrarnos a un ser vulgar y poco delicado. La película, que transcurre en un par de días en una Roma un tanto tenebrosa, es como un círculo que acaba en el mismo punto en el comenzó.

P: 8

lunes, 20 de abril de 2020

LA STRADA (1954), DE FEDERICO FELLINI. EL EXTRAÑO AMOR DE GELSOMINA DI COSTANZO.

Pocas imágenes más icónicas en el cine italiano que la del forzudo Zampanó (Anthony Quinn), partiendo unas cadenas con la fuerza de su pecho, en un espectáculo que repite todos los días, ya sea en solitario, ya sea formando parte de algún circo ambulante. La Strada es la calle, la vida errante de los que se ganan de la vida de manera incierta, pobres entre los pobres que intentan llevar un poco de alegría a los desheredados. Pero, a pesar de las alegrías ocasionales, la vida que se retrata aquí es, ante todo, sórdida. La supervivencia diaria debe basarse en sacrificios constantes, entre los que se encuentran mostrar una permanente sonrisa ante el público, aunque luego las estrellas de la función tengan que dormir en un carromato destartalado, del que tira una motocicleta vieja.

Zampanó es un ser primitivo, que cuando se le muere la mujer con la que comparte su vida, no duda en, literalmente, comprar a su hermana para sustituirla. Gelsomina, que vive en la miseria más absoluta, acepta su destino con la esperanza secreta de ser feliz. Pasar de una vida tan vacía como la playa en la que habita a formarse como artista. Para ello debe adaptarse a su nueva existencia junto a un Zampanó que la trata como a un animal de compañía. La mujer no es una persona con sentimientos, sino un objeto más, que sirve para complementar su actuación y para aderezarle las noches con un poco de sexo. Vivir con Zampanó significa que la comida es escasa, el vino abundante y el aprendizaje se realiza a base de palos. Gelsomina asume con naturalidad su papel sumiso, asiste impasible a los episodios derivados del carácter pendenciero de su dueño e incluso tiene que ser testigo de cómo éste se emborracha y se va con una prostituta delante de sus narices, dejándola abandonada en la puerta de una taberna. La única defensa de Gelsomina es el llanto, un llanto más parecido al de una perrita asustada que al de una mujer que quiere expresar su frustración.

En contraste con todo lo anterior, conocerá a otro artista, apodado El Loco, que es la antítesis de Zampanó, un equilibrista alegre y bromista y que no evita la confrontación directa con el bruto, lo que traerá graves consecuencias. A pesar de las oportunidades que tiene de abandonar a Zampanó, Gelsomina desarrolla una especie de dependencia o fidelidad a ese hombre que la maltrata, quizá porque es capaz de ver en él una posibilidad de redención que quizá solo pueda manifestarse en circunstancias dramáticas. Cine neorrealista con un Fellini magistral, en una etapa que para mí es bastante superior al barroquismo exagerado de posteriores filmes. Un retrato preciso de la miseria en la Italia periférica, la de los excluidos que viven en tierra de nadie, adornado por la preciosa banda sonora de Nino Rota, complemento perfecto a la expresividad de Guiuletta Masina.

jueves, 31 de agosto de 2017

SATIRICÓN (s. I), DE PETRONIO Y DE FEDERICO FELLINI (1969). ROMA FESTIVA.

Obviando los ya clásicos debates sobre autoría y fechas de composición, el Satiricón, una de las primeras obras narrativas en forma de novela que se conocen, resulta ser una fuente inagotable de conocimientos acerca de la vida cotidiana en la antigua Roma. Pero no es solo eso. La obra de Petronio pretende ser una especie de novela picaresca en la que los protagonistas, más que fortuna, buscan vivir experiencias (sexuales, gastronómicas), que hagan de cada instante algo único. Bien es cierto que, según estudios, lo que nos ha llegado es más o menos una décima parte de la novela, por lo que en muchos fragmentos es difícil seguir la acción. 

No obstante, uno de los capítulos más completos es el de la comida en casa del rico Trimalción, un esclavo liberto que prosperó gracias al comercio. Tanto la vivienda como la comida que ofrece Trimalción son descritas con todo lujo de detalles. La desmesura de de todo lo que rodea al rico liberto - expuesta en tono claramente paródico - es propia de un nuevo rico, de un ser al que la fortuna favoreció y practica el carpe diem, no sabiendo lo que deparará el mañana. Es obvio, que un ser así vive rodeado de parásitos, que alaban continuamente su presunto bien gusto y sus agudezas a cambio de participar en los banquetes y la posibilidad de obtener algún regalo del rico propietario. Trimalción se las da también de poeta y es capaz de servir platos como éste:

"Tras ellos llegó un bandejón en el que se había colocado un jabalí de excepcional tamaño y, por cierto, con gorro, de cuyos dientes colgaban dos pequeñas espuertas, entretejidas de palma, llena la una de dátiles de Caria, la otra de dátiles egipcios. Además, a su alrededor, unos lechones fabricados de pasta dulce, como si estuvieran agarrados a las ubres, daban a entender que nos habían servido una marrana de vientre. Dichos lechones, por cierto, fueron objeto de regalos. (...) y echando mano al cuchillo de caza golpeó con coraje el flanco del jabalí, por cuya herida salieron volando unos tordos. Había pajareros preparados con sus cañas, y en un instante los trincaron mientras revoloteaban por el comedor"

Las aventuras de Encolpio (el narrador) y Ascilto les van a llevar por diversos escenarios, a pasar por situaciones comprometidas e insólitas (la idea de buena y mala fortuna siempre está presente). Lo erótico e incluso lo pornográfico, están siempre presentes entre las páginas del Satiricón, provocando una sensación de cierto asombro en el lector. Lo que sería inconcebible pocos siglos más tarde, parece moneda de cambio corriente en el esplendor del Imperio Romano (aunque aquí se describa como una sociedad decadente): las escenas de sexo explícito, descritas con todo detalle, son abundantes. Lo más curioso es que, leyendo con atención, también podemos advertir algunos fragmentos que contienen reflexiones de carácter humanista y filosófico:

"Amigos, los esclavos son personas también y han bebido la misma leche igualmente, si bien un destino aciago los ha hundido en la miseria. Pero, por mi salud, que pronto beberán el agua de la libertad."

"Sin lugar a dudas es así: si alguien, enemigo de todos los vicios, pretende seguir el camino recto de la vida, en primer lugar, obtiene el odio, debido a la diferencia de costumbres. Pues, ¿quién puede aprobar lo opuesto a él? En segundo lugar, quienes solo se preocupan de amasar riquezas, no quieren que nada tenga mejor consideración entre los hombres que lo que ellos mismos poseen. En consecuencia, persiguen por todos los medios a su alcance a quienes aman las letras, a fin de que éstos parezcan también estar situados bajo el poder del dinero."

La versión cinematográfica de Federico Fellini no está interesada en ofrecer una versión fidedigna de la Roma antigua, sino basarse en la novela para ofrecer una de las fantasías barrocas tan características del autor de La dolce vita. Fellini incide en la sensualidad de la historia y destaca sobre todo la esplendorosa puesta en escena que, basándose en la arquitectura y el arte de la Roma antigua (interpretados de manera muy libre) nos traslada a una especie de mundo paralelo en el que la existencia adquiere casi un aspecto teatral. Fellini-Satyricon resulta una película extraordinariamente entretenida, que siempre guarda nuevas sorpresas para el espectador y que sabe manejar muy bien las frecuentes lagunas del relato original y añadirles una arquitectura y una música sorprendentes. Es casi como si Petronio hubiera escrito su libro pensando en una futura adaptación del director italiano.

lunes, 14 de septiembre de 2015

LOS INÚTILES (1953), DE FEDERICO FELLINI. LA VIDA EN PROVINCIAS.

Nada más comenzar el visionado de Los inútiles, el espectador que conoce la obra de Juan Antonio Bardem, no puede sino establecer muchos puntos en común con su obra maestra, Calle Mayor. Ambas películas nos muestran el aburrimiento cotidiano de un grupo de jóvenes ante la vida en una población pequeña, donde casi nunca sucede nada relevante y los mismos rostros pasean por las mismas calles de siempre. Los de Bardem reaccionan ante este nihilismo a través de la presunta superioridad que les concede hacer partícipes a otros de sus bromas pesadas. Las criaturas de Fellini responden de forma más heterogénea: unos soñando con un triunfo artístico que nunca llega, otros mediante conquistas amorosas efímeras y algún otro intentando mantener una especie de simulacro de honor en su familia. Lo cierto es que viven en una sociedad cerrada y muy conservadora, en la que los roles sociales están muy definidos, sobre todo en cuanto al papel que le toca jugar a varones y hembras. Para los componentes del grupo, hombres treinteañeros, es natural llevar una existencia inmadura y nada productiva, aunque nada inútil en el fondo, porque su actitud y sus ocurrencias dan color a la grisura de la vida cotidiana. Son adolescentes perpetuos y como tales son aceptados por sus vecinos.

Se ha hablado mucho de la influencia del neorrealismo en las primeras películas de Fellini, pero ya aquí, en su tercera realización, puede advertirse un estilo y temáticas totalmente personales, en gran parte basada en sus recuerdos de juventud. Como dijo en Entrevistas con directores de cine italianos:

"En mis películas, me he limitado simplemente a contar, a hablar de mis cosas y de hechos que conocía mejor porque me pertenecían; quizá por esto he sabido interpretarlos y contarlos con aquella autenticidad que logra convertir una realidad particular en algo más general, más profundamente común, en la que otros también pueden reconocerse."

Aunque en Los inútiles, hay espacio para desarrollar las distintas personalidades del grupo de amigos, destaca entre todas la historia de Fausto. Fausto es un seductor nato, uno de esos tipos que solo nacen en Italia, capaces de abandonar a la propia esposa en mitad de una proyección cinematográfica por acabar la tarea de seducción a otra mujer, comenzada en la propia sala y después volver con su mujer ofreciéndole una explicación perfectamente absurda de sus acciones. Su conciencia solo despertará cuando la mujer desaparezca, junto a su hijo, del hogar familiar, y tampoco sabemos con certeza si no volverá pronto a las andadas. Ni que decir tiene que su matrimonio fue forzado por la presión familiar, ejercida de forma bastante violenta, cuando su esposa se dio cuenta de que estaba embarazada. Y es que la moral tradicional ha de ser mantenida contra viento y marea, algo que también se aplica a la actitud de Moraldo con su hermana cuando advierte que está en relaciones con un hombre casado. Lo que puede valer para él o para sus amigos, está vetado para su hermana y, de saberse esta historia, el escándalo para la familia sería absolutamente humillante.

El espíritu festivo y burlesco de Fellini está presente en todo el metraje de la cinta, como resulta evidente ante escenas como la de la fiesta, a la que dos de los amigos acuden disfrazados, uno de una especie de trovador medieval y otro de mujer y bailan apasionadamente. Pero esta característica del director italiano está todavía domesticada, no se desborda como sucederá en realizaciones posteriores. Y desde mi punto de vista, este equilibrio favorece al cine de un realizador cuyo estilo llegaría a convertirse en demasiado barroco y asfixiante en ocasiones.     

domingo, 14 de febrero de 2010

LA DOLCE VITA (1960), DE FEDERICO FELLINI. LA FERIA DE LAS VANIDADES.

Mi relación personal con el cine de Fellini es contradictoria. Siempre he pensado que está sobrevalorado y que es algo superficial, pero después me encuentro disfrutando de sus películas y me dejan un grato sabor de boca.

Ahora se cumplen cincuenta años de una de sus más famosas producciones, esta que es recordada sobre todo por la imagen de la hiperpechugona Anita Ekberg bañándose en la Fontana de Trevi, una imagen hermosa, pero tan banal como el personaje que lo representa: una actriz cuya principal virtud es su frivolidad, algo que se espera de ella como protagonista de la incipiente prensa del corazón.

¡Ah, la prensa del corazón! ¿Qué se puede decir de bueno de algo tan abominable? Si bien en la época en la que fue rodada esta película aún se encontraba en gestación y se puede advertir cierta inocencia en sus protagonistas, en la actualidad se trata de un circo concebido para manipular y atontar al telespectador, que es consciente de todo esto, pero que no puede evitar pedir más, indignarse ante los descarados montajes que se le preparan diariamente como menú y gozar con las zafiedades de los personajillos que se ganan la vida de esta manera indigna.

Esto es solo mi opinión, por cierto. Habrá quien sostenga que la prensa del corazón también es periodismo, que la gente necesita saber y tal y cual. A mí más bien me parece el antiperiodismo. Ciertamente, antes, cuando esta prensa se dedicaba a enseñar la nueva casa de Isabel Pantoja o la boda de la hija de la duquesa de Alba podía tener algún sentido para alguna gente, interesada en asomarse a una vida mejor que nunca va a poder gozar en carne propia. Ahora parece ser que todo eso ha ido dando paso a insultos continuos, peleas y profundización en las peores miserias humanas, todo bien mezclado y servido de la manera más hedionda, para que su fragancia envuelva al telespectador, éste quede fascinado ante la visión de la más pura basura y siga pidiendo más día tras día, hora tras hora, porque estos programas invaden ya cualquier franja horaria.

Pero alejémonos de la fetidez para hablar de lo que nos ocupa, la película de Fellini. Aquí se nos retrata una Roma alegre y despreocupada, cuyo epicentro se encuentra en la elegante Vía Véneto, cuyas terrazas son punto de encuentro entre famosos y periodistas del corazón (por cierto, las escenas no están rodadas en exteriores, sino en una reproducción de la avenida construida en Cinecittá). Lo mejor de esta historia es el personaje de Marcello, un experto relaciones públicas, insatisfecho del mundo banal en el que se mueve y sobre el que escribe, al que le gustaría dedicarse a temas más elevados a través de la escritura de una novela, pero que no puede hacerlo, pues en realidad no sabe vivir de otro modo, su forma de vida es su droga. Su búsqueda de la escritura pura, lo que se traduciría en una vida más auténtica está abocada al fracaso.

El tema de la incomunicación está presente en todo el metraje. Los personajes hablan entre sí, pero no se entienden, no son capaces de entender las intenciones del otro y apenas se conocen más allá de los gustos alcohólicos de cada cual. En este sentido resulta interesantísima la aparición de Steiner, hombre de vida a primera vista perfecta, con mujer, hijos y casa aparentemente perfectas, pero cuya existencia está marcada por el pensamiento en la irrupción de una fatalidad inminente que acabará provocando él mismo.

Hay otros episodios, que siguen la pauta de Fellini de tomar la vida como un gran circo, como un gran espectáculo digno de ser mostrado: el milagro del que dicen ser testigos dos niños y que provoca la llegada al lugar de masas de gentes esperanzadas que no son capaces de advertir que asisten al más burdo de los engaños, el padre de Marcello, que quiere mostrarse todavía como un hombre joven y dinámico pero fracasa miserablemente en su intento, el club nocturno instalado en las termas de Caracalla o las diversiones infantiles de la decadente nobleza. Un conjunto variado que siempre nos habla del error del ser humano de preferir mostrarse hacia el exterior con una sofisticada máscara con la que aparenta la felicidad más perfecta. Una pequeña mirada al interior puede revelarnos que los auténticos deseos se encuentran en las antípodas de lo que impuesto por las esclavitudes sociales.