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martes, 20 de julio de 2021

DIARIOS (1976), DE STEFAN ZWEIG. LA INTIMIDAD DE UN EUROPEO.

Dejo aquí enlace al último artículo que he escrito para El placer de la lectura. Un libro muy recomendable para los abundantes aficionados a la obra del escritor austriaco y que funciona muy bien como complemento a El mundo de ayer:

https://elplacerdelalectura.com/2021/07/diarios-de-stefan-zweig.html

jueves, 11 de febrero de 2021

MIEDO (1913), DE STEFAN ZWEIG Y YA NO CREO EN EL AMOR (1954), DE ROBERTO ROSSELLINI. RETRATO DE UNA MUJER EN LLAMAS.

Si tenemos que definir a doña Irene, personaje principal de esta novela corta de Zweig, con una sola palabra, tendríamos que decir que ante todo es una mujer burguesa. Casada muy joven con un prestigioso abogado y madre de dos hijos, Irene dedica sus días a visitar a gente tan privilegiada como ella misma, viviendo en la ociosidad más absoluta, hasta el punto de que ni siquiera se dedica a la crianza de sus vástagos, pues cuenta con personal para ello. Cierto es que una vida tan disipada puede conllevar ciertos problemas a la hora de encontrarle sentido a la misma: en la primera escena del relato encontramos a Irene saliendo de casa de un amante. No está con él por amor, ni siquiera por necesidades afectivas, sino más bien como una especie de distracción emocionante que ponga un poco de sal en su vida. En el fondo, ella siente angustias y remordimientos por su actitud y solo se calma cuando vuelve al tranquilo mundo burgués en el que habita.

El conflicto va a surgir con el encuentro con una antigua novia de su amante, que empezará a hacerle chantaje. Desde ese instante Irene penetra en una espiral de angustia y miedo. Se queda paralizada ante el descaro de su nueva enemiga, que con una sola palabra puede llegar a desmoronar esa existencia privilegiada que tan poco había valorado hasta entonces. Irene jamás se ha sentido tan sola. No puede desahogarse ante nadie y debe disimular ante su familia la angustia que la devora por dentro, sobre todo ante las miradas, cada vez más escrutadoras, de su marido.

Miedo es una narración que desarrolla los temas típicos de Stefan Zweig: la vida burguesa, la tentación de lo prohibido y, ante todo constituye otro estudio psicológico profundo de una protagonista femenina. Irene es una nueva Eva que ha probado del fruto prohibido y que, por primera vez en su vida debe enfrentarse a las consecuencias de sus actos. La novela cuenta con un giro final muy melodramático que es más obvio en su adaptación cinematográfica, donde nos presentan a una protagonista mucho menos ocioso, ya que trabaja como encargada de la administración de la empresa de su marido. Ya no creo en el amor no es de las mejores películas de Rossellini, pero sí que resulta un vehículo perfecto para que Ingrid Bergman nos obsequie con otra de sus memorables interpretaciones. El de Irene es un papel hecho a su medida, pues pocas actrices eran capaces de mostrar sutilmente la tormenta de emociones internas que abruman a su personaje. 

miércoles, 16 de noviembre de 2016

RELATO SOÑADO (1925), DE ARTHUR SCHNITZLER Y EYES WIDE SHUT (1999), DE STANLEY KUBRICK. DESEOS BAJO LA MÁSCARA.

A la literatura de Arthur Schnitzler se la ha relacionado siempre con Sigmund Freud. No en vano, ambos vivieron en Viena en la misma época. Casi se podría decir que Schnitzler fue el gran literato del psicoanálisis, cuya temática deriva en Relato soñado en los deseos sexuales ocultos. En la novela se nos presenta a un matrimonio ejemplar, perteneciente a la alta burguesía. Los dos son jóvenes, guapos y adinerados, pero esa presunta posesión de todo lo deseable en la existencia no hace más que derivar en la canalización de nuevos deseos, que en la vida cotidiana de ambos se considerarían escabrosos y enfermizos. La conversación entre ambos, cuando empiezan a confesarse algunos episodios ocultos (bastante inocentes, por otra parte) de su biografía, no deja lugar a dudas: la perfección de su comportamiento cotidiano frente a los ojos de los demás no es más que una fina capa que oculta a seres de dos caras:

"Porque, por muy completamente que se pertenecieran el uno al otro en sentimientos y sentidos, sabían que el día anterior no había sido la primera vez que un soplo de aventura, libertad y peligro los había rozado; temerosa y atormentadamente, con sucia curiosidad, trataban de extraerse mutuamente confesiones y, acercándose más tímidamente, cada uno buscaba algún hecho, por indiferente que fuera, alguna experiencia, aunque fuera insignificante, que pudiera ser expresión de lo inefable y cuya confesión sincera pudiera librarlo quizá de una tensión y una desconfianza que, paulatinamente, comenzaban a hacerse insoportables."

Casi se podría hablar de vida hipócrita, cuando advertimos que el doctor Fridolin solo se siente verdaderamente liberado cuando se coloca la máscara para asistir a una extraña ceremonia de carácter sexual a la que no ha sido invitado. No importa que en determinado momento sea evidente que su vida podría correr peligro si es descubierto: una malsana curiosidad recorre el interior del protagonista, para que el placer de mirar, de descubrir que lo prohibido se oculta detrás de los muros de una lujosa mansión, está momentáneamente por encima de su plácida vida junto a su familia perfecta. Es lo que muchos llamarían perdición, pero que el siente como una verdadera revelación. Pronto sus pensamientos derivan en la posibilidad de consolidar esos deseos, de llevarlos a cabo sin remordimientos, de pasar de la mera curiosidad a los hechos:

"(...) llevar una especie de doble vida, ser el médico competente, digno de confianza y de prometedor futuro, el buen esposo y padre de familia… y al mismo tiempo un libertino, un seductor, un cínico que jugara con la gente, con hombres y mujeres, siguiendo su capricho… eso le pareció en aquel instante algo absolutamente delicioso."

La metáfora de la máscara es bastante evidente, pero no por eso deja de ser efectiva, sobre todo cuando está filmada por un genio como Stanley Kubrick, que realizó con su testamento cinematográfico una de las obras más fascinantes de su carrera. Eyes wide shut es una de esas películas milimétricamente planificadas, que ganan con cada nuevo visionado. Uno puede centrarse en los movimientos de cámara, en la posición de la misma o en la increíble fotografía y utilización de los colores. Todo está expresando algo, aunque sea a nivel subconsciente. Hasta Tom Cruise realiza una interpretación memorable, sin excesos. Aquí Viena es cambiada por la nueva metrópolis mundial, Nueva York y Kubrick aprovecha para ofrecer un magnífico retrato nocturno de la ciudad, que sigue ofreciendo miles de posibilidades al viandante cuando se supone que es hora de dormir, incluyendo una ceremonia prohibida - los burgueses adoptan su ¿verdadera? personalidad y dan rienda suelta a todas sus fantasías sexuales, castigando severamente a quien rompe las estrictas reglas de juego. Según parece, el director neoyorkino se inspiró en la Iglesia de Satán, una secta que tenía como normativa "la autosatisfacción de los sentidos, la vida eterna en el infierno, lugar de placer absoluto, aniquilación de los débiles y enfermos y victoria de los sanos y fuertes".

Claro que tanto placer desatado puede derivar en que se produzcan víctimas colaterales. O quizá todo tenga una explicación, es posible que lo observado tenga más de juego que de realidad. Ni Fridolin ni el lector-espectador vamos a saberlo con certeza. Pero sí estaremos seguros de que este viaje nocturno parecido a un sueño va a cambiar su visión del mundo, su idea burguesa del orden, tarea en la que su mujer quizá le siga con entusiasmo. Todos sabemos que lo prohibido suele ser lo más tentador, pero el arte cuenta con recursos para expresar esa afirmación de manera sublime. 

domingo, 19 de junio de 2016

LA TARDE DE UN ESCRITOR (1987), DE PETER HANDKE. LAS ENSOÑACIONES DEL PASEANTE SOLITARIO.

Es indudable que un buen paseo, cuando dicha actividad se practica por el mero placer de caminar, tiene un efecto terapeútico. La realidad se muestra ante nuestros ojos repleta de detalles que jamás advertimos cuando nos dirigimos apresuradamente a nuestras ocupaciones.  Y entonces se activa nuestra atrofiada capacidad de asombro. Una flor, el vuelo de un insecto o las complejas construcciones humanas de pronto son enigmas incomprensibles, dignos de una reflexión profunda. El paseo se transforma, inopinadamente, en una actividad filosófica. El mundo al atardeceder se ha convertido en un lugar extraño, fascinante y un poco aterrador. 

Para un escritor, cuya labor fundamental es explicar ese mundo, puede ser terrorífico sentir que la realidad no puede ser explicada con palabras, especialmente en el caso del protagonista, que perdió el uso de las mismas durante algunos meses. Lo que es cierto - y esto también se reflexiona durante este delicioso deambular sin rumbo - es que el hecho de que se haya convertido en un ser solitario puede ser una consecuencia inevitable de su constate colonización de otras realidades, pero también constituye un fracaso existencial sin paliativos:

"Y estando así las cosas, ¿quién podía remitirse al hecho de ser artista y llevar dentro un universo interior? A ese tropel de preguntas hizo frente con la siguiente respuesta: Ya en el hecho de aislarme y hacer mi vida aparte para poder escribir —¿cuántos años hacía ya de ello?—, reconocí mi derrota como persona adscrita a una sociedad; yo mismo me excluí de los demás para el resto de mis días. Y aunque siga aquí sentado hasta el final entre la gente, y me saluden, me abracen y me hagan partícipe de sus secretos, yo nunca seré uno de ellos."

Las contradicciones de este escritor: estar condenado a ser un cronista veraz de la vida social sin formar realmente parte de ella. ¿Es esta una condición necesaria para ser objetivo o más bien un lastre a la hora de crear historias fidedignas? Cuestiones difíciles para alguien que ha triunfado en su profesión, pero que en el fondo arrastra un pozo de inseguridades que se agita en su interior a la vez que camina. Quizá la condición del intelectual sea fascinante, pero también es indudablemente tormentosa. Todas las preguntas acuden al mismo tiempo, preguntas que necesitarían una eternidad dedicada a la reflexión para ser respondidas. Incluso el fruto de su trabajo le suscita dudas:

"Pero ¿qué quería decir «obra»? Una obra era algo en que el material casi no era nada y el ensamblaje casi todo; algo que, estando parado y sin una inercia especial, estaba en movimiento, cuyos elementos se mantenían mutuamente en el aire, algo abierto, abordable a cualquiera y no desgastable con el uso."

Para el escritor creado por el escritor Handke la gran pregunta es si al estar viviendo la tarde asimilando tantos hechos nimios que se desarrollan delante de sus ojos (o imaginándolos), está experimentando el presente o en realidad se está apartando del mismo. ¿Qué es el presente? ¿cómo debe interpretarse lo que sucede en este mismo instante, con un análisis profundo y que puede llegar a ser casi infinito o asimilándolo sin más? Lo mejor que puede hacerse en estos casos es volver a la cotidianidad más prosaica, es decir, seguir viviendo, después de un día en el que no ha sucedido nada especial, pero se ha experimentado todo:

"A pesar de que no había sucedido nada extraordinario, él se sentía como si ese día ya hubiera vivido lo suficiente y tuviera asegurado el mañana. Hoy no le era menester ningún accesorio: ni una mirada ni una conversación y menos aún una novedad. Sólo descansar, cerrar los ojos y no escuchar; no hacer otra cosa que respirar."

martes, 5 de noviembre de 2013

EL CABALLERO SUECO (1936), DE LEO PERUTZ. LA FORJA DE UN LADRÓN.

Aunque no demasiado conocido en España - pese a que se ha publicado buena parte de su obra - Leo Perutz es un bocado exquisito para todo amante de la literatura. En mi caso, aunque tenía previamente alguna referencia de él, lo leo estimulado por la recomendación que nos hicieron mis amigos Begoña y Francisco Javier, autores de Lluvia púrpura, cuando pasaron por la biblioteca Cristóbal Cuevas.

Perutz es uno de esos escritores centroeuropeos que nacieron a finales del siglo XIX y, por lo tanto, les tocó vivir lo mejor y lo peor de los acontecimientos de la primera mitad del siglo XX: la apoteosis de Viena como centro cultural europeo y las dos guerras mundiales, la segunda de las cuales partió su vida en dos, ya que la segunda parte de la misma transcurrió en Palestina. Es curioso observar que un punto de su biografía, en la primera década del siglo, trabajó en Trieste en la misma compañía en que lo hacía Franz Kafka en Viena. ¿La labor que se desempeñaba en la Compañía de Seguros Generales inspiraba a los genios literarios?

El caballero sueco tiene mucho de realismo mágico antes de que se inventara el realismo mágico. El lector va a seguir las andanzas de un ladrón que malvive en los caminos y que conoce a un oficial del ejército sueco que ha desertado a causa de un malentendido. El oficial, joven ingenuo, sigue creyendo en la nobleza de la causa del rey sueco y en la gloria que puede obtenerse en la guerra. El ladrón es un ser mucho más astuto y práctico y cuando se le presente la ocasión de adoptar la personalidad del oficial, va a aprovecharla en su beneficio. Antes liderará una banda de rebeldes que se esconde en el bosque y comenzará una campaña de robos hasta entonces inédita por sacrílega: el asalto de iglesias y conventos en busca del oro y la plata que acumulan desde tiempos inmemoriales.

Precisamente la novela de Perutz no ahorra críticas a la crueldad de la iglesia, personificada en un obispo del lugar que posee una inmensa fundición que todos llaman la Forja del Obispo y que es como una especie de infierno en la Tierra que sirve para redimir a los malhechores y para hacer a su dueño aún más rico. Los desventurados que acaban en la Forja del Obispo saben que morirán en pocos meses si el destino se apiada de ellos. Si no sucede así, el hombre que salga de allí después de unos años de trabajo infernal será muy distinto al que entró. Será un hombre sin miedo, pues ya ha vivido lo peor por lo que puede pasar un ser humano.

Así pues, el ladrón posee buenos argumentos para justificar sus crímenes contra la religión, argumentos muy avanzados e insólitos para la época:

"Todo lo que hay sobre la tierra es de Dios. El oro y la plata que tienen guardados los curas es de Dios, y seguirá siendo de Dios aunque los metamos en nuestros sacos. Creo que es una buena obra poner en circulación los tesoros que allí descansan. Y si es un pecado, como dices, debes saber que así como no se puede hacer un jubón sin una vara ni unas tijeras, ni una casa sin llamar a un carpintero o a un albañil, tampoco podrás tener mejores días sin haber cometido antes un pecado."

Además, tiene una opinión muy personal de la relación de los hombres con Dios:

"Es posible que Dios no quiera que ganen el cielo demasiados hombres. (...) Tengo para mí que Dios prefiere mantener a los hombres lejos de él, en los infiernos, antes que en el cielo. Porque ¿qué puede esperar de ellos? En cuanto hubo cuatro hombres en la Tierra se mataron a palos, y no creo que en el cielo vayan a hacer otra cosa."

El cielo y el infierno se dan cita en la vida del ladrón. Él sabe acoger a los dos, pero sabe que el destino es caprichoso, sobre todo con un hombre de su pasado. El ladrón es sabio y comprende que uno solo puede forjarse ese destino hasta cierto punto. Al final los pecados acaban pasando factura y hay que afrontarlos. El caballero sueco es una novela cruel y absorbente al mismo tiempo, una narración original que me deja con ganas de conocer más obras de Perutz.

jueves, 17 de octubre de 2013

EL AMOR DE ERIKA EWALD (1904), DE STEFAN ZWEIG. LA OSCURA TEMPESTAD DEL AMOR.

En 1904, cuando Zweig publicó esta obra, la tempestad de la guerra parecía algo muy lejano para Europa. Las ciudades como Viena parecían seguir un ritmo intemporal, con su división estricta entre clases sociales y sus tradiciones inamovibles, personificadas en el emperador Francisco José. Pero bajo aquella apariencia de normalidad latían otras pulsiones mucho más íntimas, las que empezó a estudiar Sigmund Freud en aquella misma ciudad varias décadas antes. Stefan Zweig fue admirador del doctor Freud y mantuvo una copiosa correspondencia con él (y también le dedicó parte de su ensayo La curación por el espíritu), por lo que estaba al tanto de los nuevos descubrimientos de la hoy tan denostada ciencia del psicoánalisis.

El personaje principal de El amor de Erika Ewald es una muchacha muy discreta, pianista sin apenas vida social, cuya existencia familiar es un pozo de incomunicación. Su vida da un vuelco cuando se enamora de un violinista con quien ensaya frecuentemente. Quizá es algo tan etéreo como la música lo que consigue despertar sus adormecidos sentidos. Esta emoción es algo insólito para Erika y su espíritu parece desbordarse por una tentación desconocida y constante, día y noche. Sin duda su educación no la ha preparado para esto y se siente desorientada y sola, bajo la influencia cada vez mayor del ser amado. Pero el amor no es algo tan puro como ella debía imaginarse. Provoca angustia, porque contiene zonas oscuras que atraen y repelen al mismo tiempo. Es sin duda algo muy tentador. Y por tanto pecaminoso. Y entonces Erika recuerda el caso de aquella compañera de colegio que acabó entregándose a un hombre:

"Erika siempre se estremecía cuando pensaba en aquella muchacha por cuya vida había pasado el amor como una oscura tempestad; y la violenta resistencia de su interior era algo más que la prístina vergüenza de una muchacha inmaculada, que recelaba de algo desconocido, era la hermosa debilidad de un alma tierna y débil y tímida, que teme la vida sin más y su brutal fealdad."

Bajo el relato de Zweig late un constante tono amargo. Su protagonista no está programada para ser feliz, sino para cumplir la función asignada a las muchachas de su clase social: ser esposas sumisas y madres ejemplares. La pasión es algo reprobable, y ceder ante ella es una bajeza incalificable. Por eso termina cayendo en aquello que en su tiempo se denominaba histeria femenina y que Raquel Maines en La tecnología del orgasmo define como la simple expresión de una sexualidad femenina sujeta a represión y, por tanto insatisfecha. La única cura posible, por supuesto, es caer en la tentación, un Rubicón que la muchacha se decide a empezar a cruzar, aunque nunca sabremos si sería capaz de llegar a la otra orilla. Resulta curioso que en esa época ya estuvieran generalizados los vibradores femeninos (hay abundantes anuncios en la prensa de finales del XIX y principios del XX) y el tratamiento de la histeria mediante masajes vaginales. Pero eso es otra historia. Porque la de Erika Ewald es la de un amor frustrado por impuro.

miércoles, 24 de octubre de 2012

MENDEL EL DE LOS LIBROS (1929), DE STEFAN ZWEIG. EL MÁRTIR DE LA LETRA IMPRESA.


Nadie como Stefan Zweig, que narró magistralmente en su autobiografía el paso, que produjo la Primera Guerra Mundial, del plácido mundo burgués decimonónico al turbulento siglo XX. Mendel el de los libros cuenta la historia de un ser improbable y singular: un viejo judío que, aposentado en un café, pasa el día ensimismado en sus lecturas, sin apenas apreciar lo que sucede a su alrededor:

"Leía con un ensimismamiento tan impresionante que desde entonces cualquier otra persona a la que yo haya visto leyendo me ha parecido siempre un profano."

El apasionado lector sólo vuelve al mundo cuando alguien le visita para hacerle una consulta bibliográfica. Por complicada que sea el dictamen que se le encarga, Mendel responderá en pocos segundos exponiendo al asombrado interlocutor la relación completa de libros que pueden encontrarse acerca del tema y las librerías de todo el mundo donde pueden ser encontrados. Mendel es como el moderno google, pero aún más efectivo, porque sus respuestas están colmadas de pasión humana, y por qué no decirlo, de cierta complacencia producida al comprobar que su extraordinaria habilidad ayuda a otras personas.

Lo más conmovedor de la novela de Zweig es comprobar cuan trágicamente ausente de la realidad se encuentra el protagonista, hasta el punto de desconocer que su país está en guerra. Cuando Mendel escribe a libreros de países enemigos reclamándoles el envío de los habituales catálogos, la inteligencia militar sospecha que puede tratarse de un espía y lo saca de su hábitat natural para  internarlo en un siniestro campo de concentración. Así es la realidad del siglo XX, donde no hay sitio para soñadores como Mendel, que prefiere vivir en su propio mundo, mucho más rico que el que le rodea físicamente. Qué difícil es que surjan seres como Mendel, sabios generosos que ponen su erudición al servicio de cualquiera. Y qué fácil es destruirlos a base de estupidez y fuerza bruta. A Mendel los libros le ofrecían la comprensión de los secretos del Universo, de la conformación del mundo, pero no le prepararon para comprender su propio destino, pues este fue dictado por hombres irracionales.

Todavía existen seres como Mendel, capaces de relacionar cualquier hecho mundano con las lecturas realizadas en el pasado. Muchos dirán que ya no son tan necesarios como antes, puesto que la tecnología puede almacenar millones de datos y podemos tener acceso a ellos en un instante. Pero la tecnología es fría, nos distrae y nos hace descentrarnos de nuestro objetivo, algo que nunca haría un sabio humanista. Si tuviera que proponer a un santo laico para que presidiera las reuniones de los clubes de lectura, optaría sin duda por Mendel. Que sea un personaje literario y no real, no hace sino reforzar su candidatura.

No puedo sino transcribir las últimas palabras del personaje-narrador de Zweig, sintiéndose culpable por haber olvidado durante años a un ser tan singular como Mendel:

"Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido."

martes, 10 de mayo de 2011

EL MUNDO DE AYER. MEMORIAS DE UN EUROPEO (1942), DE STEFAN ZWEIG. EL MUNDO ANTIGUO Y EL NUEVO.


Es uno de los libros que más ganas tenía de leer, me lo habían recomendado varios amigos. A veces es fácil cumplir los deseos, cuando estos son sencillos. Se trata de la narración de un hombre que se sincera con el lector de forma cautivadora y le cuenta los principales episodios de su vida, obviando las intimidades familiares, ya que Zweig proviene de una época en la que la palabra "decoro" quería decir algo. La existencia del escritor vienés estuvo marcada por las dos guerras mundiales, episodios dolorosos cuyas consecuencias supo prever sin ser escuchado. Un gran escritor y un gran hombre:

Es el 22 de febrero de 1942. Son malos días para la libertad en el mundo. Aunque temporalmente detenidos a las puertas de Moscú, los ejércitos nazis preparan nuevas ofensivas para la primavera destinadas a aniquilar definitivamente la Unión Soviética. Mientras tanto, en Oriente, el ejército japonés acaba de conquistar Singapur y parece extenderse sin oposición por todo el Pacífico. En una habitación de hotel de la ciudad de Petrópolis (Brasil) el célebre escritor Stefan Zweig, que lleva meses huyendo de la barbarie de país en país, desesperado ante lo que intuye será la caída definitiva de la civilización que ha conocido, se suicida junto a su esposa.

Poco antes, ha dejado un manuscrito, un libro muy diferente a las excelsas narraciones y biografías a las que tiene acostumbrados a sus lectores. Se trata del relato de su propia vida, una evocación de un mundo y una forma de vivir que, estima, se ha perdido para siempre, hundida entre dos guerras mundiales devastadoras, especialmente esta última, que ha asesinado o lanzado al exilio a millones de seres anónimos, almas desesperadas y errantes de país en país, tratando de hallar un sustituto del hogar perdido.

Si observamos el mundo en que nació Stefan Zweig y lo comparamos con el que estaba padeciendo en el momento de su muerte, parece como si malignas fuerzas de la oscuridad se hubieran apoderado de la realidad como si de una fatalidad inevitable se tratara. Su libro es una especie de homenaje a las personas inocentes que, como él, padecieron estas circunstancias:

"(...) toda una generación, la nuestra, la única que ha cargado con el peso del destino, como, seguramente, ninguna otra en la historia. Cada uno de nosotros, hasta el más pequeño e insignificante, ha visto su más íntima existencia sacudida por unas convulsiones volcánicas casi ininterrumpidas que han hecho temblar nuestra tierra europea; y en medio de esa multitud infinita, no puedo atribuirme más protagonismo que el de haberme encontrado como austriaco, judío, escritor, humanista y pacifista, precisamente allí donde los seísmos han causado daños más devastadores."

La Viena de finales del siglo XIX, la de la juventud de Zweig, era la capital de un imperio. Sus habitantes apenas habían conocido los horrores de la guerra y vivían en la seguridad de que los fundamentos de su existencia eran inamovibles. La paz conllevaba pujanza económica y un continuo progreso técnico que repercutía directamente en el bienestar de los ciudadanos, en una espiral de progreso que parecía no tener fin.

Claro está que la Viena de final de siglo no era la sociedad perfecta. Existían enormes desigualdades entre clases sociales y, sobre todo, una gran hipocresía en las costumbres. A las mujeres jóvenes no se les hablaba jamás de sexualidad y llegaban al matrimonio vírgenes en cuerpo y espíritu. Los muchachos tenían que conformarse mientras tanto haciendo uso de la próspera industria de la prostitución, o de las muchachas fáciles de las clases más bajas, lo cual solía traer problemas en relación a hijos no deseados o a todo tipo de enfermedades venéreas.

Zweig tuvo la típica educación de la escuela austriaca de la época: rígida, monótona y agotadora. La curiosidad intelectual del futuro escritor se rebeló contra este conservadurismo educativo y, junto a muchos de sus compañeros, se lanzó al descubrimiento de la verdadera cultura, la cultura alternativa de los escritores o artistas de vanguardia que no se enseñaba en las escuelas, sino en los cafés vieneses. Estos años están marcados por una auténtica fiebre de conocimientos que sentaría las bases de la curiosidad intelectual que marcó el resto de su existencia.

Los años anteriores a la Primera Guerra Mundial están marcados por sus viajes al extranjero y por sus primeros éxitos literarios, en una carrera que avanzaba despacio pero con firmeza y seguridad. En esa época comenzó a tratar con escritores famosos como Rilke o Romain Rolland, amistades que le durarían toda la vida. Fueron años placenteros, de constante aprendizaje, en los que todavía no podía sospechar el desmoronamiento que vendría después.

La Primera Guerra Mundial supuso un gran quebranto en su existencia. Se trató de un conflicto, como él mismo afirma, inútil y sin sentido:

"Si hoy, reflexionando con calma nos preguntamos por qué Europa fue a la guerra en 1914, no hallaremos ni un solo fundamento razonable, ni un solo motivo. No era una cuestión de ideas, y menos aún se trataba de los pequeños distritos fronterizos; no sabría explicarlo de otro modo sino por el exceso de fuerza, por las trágicas consecuencias de ese dinamismo interior que durante cuarenta años había ido acumulando la paz y quería descargarla violentamente."

Lo que más le dolió a Zweig fue la fiebre patriótica que embargó a los ciudadanos ante el anuncio del conflicto, incluidos algunos amigos del escritor que hasta ese momento habían sido fervientes partidarios de la paz. El escritor vienés se encontró en ese momento solo, pues nadie quería escuchar en aquellos días sus negros vaticinios acerca de lo que estaba por venir al haberse desencadenado esa locura. De esta desesperación nació su obra teatral "Jeremías", dedicada al profeta bíblico que advirtió a su pueblo, sin éxito, de las desgracias que estaban por llegar.

Aún así, el autor de "Carta de una desconocida" se reunió en la neutral Suiza, con un reducido grupo de escritores para efectuar un llamamiento en favor de la paz y la cordura entre las naciones beligerantes. El vienés estaba plenamente convencido de que el camino de Europa debía ser la unión de sus pueblos en una comunidad basada en la libertad y el respeto mutuo. Sus palabras fueron ignoradas y la lucha continuó hasta la derrota de Alemania y Austria.

Los siguientes años fueron terribles para los vencidos, pues tuvieron que soportar las gravosas condiciones económicas impuestas por el Tratado de Versalles, lo cual derivó en una terrible inflación y en un descontento general que avivó la llama de los radicalismos y abrió la puerta a la expansión de las ideas nacionalsocialistas. La llegada de Hitler al poder fue uno de los acontecimientos más infaustos para Europa. Irónicamente, Zweig, que desde ese momento tomó conciencia de su condición de judío, podía observar desde su casa en una colina de Salzburgo la residencia de Hitler en Berchtesgaden.

Mientras la nueva tormenta, infinitamente más terrible que la anterior, se iba formando, El autor de "La impaciencia del corazón" se consolidaba como uno de los escritores más populares de su tiempo. Su obra era traducida a muchos idiomas y él viajaba constantemente para visitar a sus amigos escritores o por compromisos profesionales. Su éxito en Alemania se vio repentinamente oscurecido cuando los nazis prohibieron su obra y quemaron públicamente sus libros:

"De todos los miles e incluso millones de libros míos que ocupaban un lugar seguro en las librerías y en numerosos hogares, hoy, en Alemania, no es posible encontrar ni uno solo.; quien conserva todavía alguno, lo guarda celosamente escondido y en las bibliotecas públicas los tienen encerrados en el llamado "armario de los venenos", sólo a disposición de los pocos que, con un permiso especial de las autoridades, los quieren utilizar "científicamente" (en la mayoría de los casos para insultar a los autores)".

A partir de aquí, la lucidez del escritor se impone y advierte que la barbarie que se está sembrando en Alemania pronto se expandirá por el resto de Europa en una guerra de proporciones apocalípticas y que Austria será de las primeras en caer. En consecuencia, paulatinamente va pasando más periodos en el extranjero hasta abandonar definitivamente su hogar poco antes de la anexión de Austria por Alemania. Lo más doloroso de todo será no poder asistir al fallecimiento y funeral de su propia madre.

Desde entonces Zweig, el exitoso escritor que gozaba de fama y una vida acomodada en Austria se convierte en un proscrito, en una pequeña gota en la ola de refugiados que inunda el mundo desde ese momento, en una huida de país en país donde unos papeles firmados por un consulado son más importantes que el procurarse comida diariamente:

"Antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el mundo iba adonde quería y permanecía allí el tiempo que quería. No existían permisos ni autorizaciones; me divierte la sorpresa de los jóvenes cada vez que les cuento que en 1914 viajé a la India y América sin pasaporte y que en realidad jamás en mi vida había visto uno. (...) No existían salvoconductos ni visados ni ninguno de estos fastidios; las mismas fronteras que hoy aduaneros, policías y gendarmes han convertido en una alambrada, a causa de la desconfianza patológica de todos hacia todos, no representaban más que líneas simbólicas que se cruzaban con la misma despreocupación que el meridiano de Greenwich."

En "El mundo de ayer", Stefan Zweig consigue establecer una conversación íntima con el lector, como si de un Montaigne moderno se tratara. Habla de sí mismo y de los avatares de su existencia, advirtiendo a las generaciones futuras acerca de los terribles errores que se cometieron en su tiempo, cuando una época pacífica y de progreso que duraba años fue interrumpida por ese "elemental instinto de destrucción inextirpable del alma humana" del que hablaba su amigo Freud. En todo caso, es admirable la vida de este gran escritor, que supo mantenerse siempre firme en sus nobles ideas de pacifismo y unidad de Europa.

lunes, 22 de febrero de 2010

LA IMPACIENCIA DEL CORAZÓN (1939), DE STEFAN ZWEIG. LA PIEDAD PELIGROSA.


Una nueva novela de Stefan Zweig, el autor más comentado por ahora en "El hogar de las palabras". Y con toda justicia, porque se trata ciertamente de uno de los grandes, aborde el género que aborde.

La novela nos ha encantado a todos los que la hemos leído en el club de lectura, en esta ocasión ha habido prácticamente unanimidad. Y es que el estilo de Zweig y la sencillez con la que aborda los asuntos más profundos hacen de él un autor único.

Aquí el artículo:


Stefan Zweig es uno de los grandes escritores europeos de todos los tiempos. Pacifista convencido, intuyó desde muy pronto el desastre que se avecinaba en Europa poco antes de que se iniciara la Primera Guerra Mundial y todo se torciera para el continente. En 1934 tuvo que salir de su Austria natal debido al clima favorable a los nazis en amplios sectores de la sociedad del país. Su condición de judío no le aconsejaba otro proceder.

Su sensibilidad no pudo resistir un nuevo conflicto, una guerra que parecían estar venciendo los enemigos de la civilización, cuando tuvo lugar su suicidio en Brasil, el país del futuro, como lo denominó en uno de sus últimos escritos.

En España, la fortuna de Stefan Zweig ha sido un poco extraña. Ampliamente difundido en los años sesenta y setenta gracias a los populares tomos de obras completas de la editorial Aguilar, fue olvidado durante casi treinta años hasta su triunfal regreso de la mano de la editorial Acantilado.
Su legado es imperecedero. Sus escritos son los de un sabio que gozaba de una rara combinación de saberes, sobre todo en el campo de la historia, mezclados con un don intuitivo que le hacía acertar casi siempre en las interpretaciones de los hechos históricos de los que se ocupara y una capacidad de conexión con el lector que no estaba reñida en ningún momento con su altísima calidad literaria.
Su vasta producción abarca tanto novelas -como "Carta de una desconocida" o "Novela de ajedrez"-, cuentos, ensayos históricos -como "María Antonieta"- o un famoso libro de memorias "El mundo de ayer", una de las mejores evocaciones del modo de vida en la Europa de hace un siglo.

"La impaciencia del corazón" es una de las grandes novelas de Zwieg. Y de las más gruesas también. Publicada cuando ya las sombras de guerra cubrían Europa, quizá el autor quiso subyugar estas preocupaciones a través de la escritura de una obra netamente literaria, en la que el concepto de piedad va a tener suma importancia:

"Hay dos clases de piedad. Una, débil y sentimental, que en realidad solo es impaciencia del corazón para liberarse lo antes posible de la penosa emoción ante una desgracia ajena, es una compasión que no es exactamente compasión, sino una defensa instintiva del alma frente al dolor ajeno. Y la otra, la única que cuenta, es la compasión desprovista de lo sentimental, pero creativa, que sabe lo que quiere y está dispuesta a aguantar con paciencia y resignación hasta sus últimas fuerzas e incluso más allá".

El teniente Anton Hofmiller es un joven de origen humilde, oficial de caballería del ejército austriaco. Por azares del destino, un día es invitado a una velada en la mansión de una de las familias más ricas de la ciudad. Allí conocerá a Edith, una muchacha, casi una niña, que podría tenerlo todo, si no fuera porque es inválida: no puede andar si no es con muletas y sufre por su falta de libertad.
El muchacho, noble e ingenuo, cegado por el esplendor de los Kekesfalva, va haciéndose imprescindible para esa familia: para la hija porque sus sentimientos hacia el teniente son cada vez más intensos y para el anciano padre porque las visitas de éste resultan milagrosas para el estado de ánimo de su Edith.

Poco a poco las relaciones entre los personajes van edificando un conjunto de mentiras piadosas, sostenidas precariamente. Anton se debate entre su piedad por la situación de la muchacha y el horror que le produce el compromiso al que quieren someterle a través de un auténtico chantaje emocional que le provoca un verdadero tormento durante casi toda la narración.

Uno de los puntos fuertes de la novela es la soberbia descripción de personajes y de sus emociones. Nada escapa al ojo clínico de Zweig que expresa a través de sus criaturas los puntos de vista que suscitan los acontecimientos a los que se ve sometido el protagonista. El doctor Condor, un hombre sacrificado que incita al sacrificio personal para salvar al prójimo, el viejo Kekesfalva, de brumoso pasado, obsesionado por la curación de su hija o la misma Edith, niña mimada y sufriente que se debate entre la desesperación por su situación de invalidez y la esperanza en un pronto restablecimiento.

Novela magistral, con una narración fluida que atrapa al lector y no le suelta hasta el final, Zweig consigue un elaborado estudio psicológico acerca de la piedad, la honradez y la desesperación. La conclusión a la que se puede llegar es que, como dice el refrán, el infierno está empedrado de buenas intenciones.