José Mauro de Vasconcelos y sobre todo Mi planta de naranja lima, su obra más conocida, han tomado nuevo impulso en España gracias al éxito de la edición de la misma que ha realizado recientemente Libros del Asteroide. La vida del protanista de la novela y la del escritor brasileño tienen muchos puntos en común. Una infancia pobre es algo que deja marcado para toda la vida, pero Vasconcelos no escribe, ni mucho menos, para ajustar cuentas con el pasado, sino que lo evoca de una manera casi poética, aunque dejando atisbar al lector las zonas más umbrías de la miseria.
Porque hay mucho de idealización de la pobreza en Mi planta de naranja lima, una pobreza vivida por gente noble y trabajadora, muy alejada de la idea que tenemos hoy día de la vida en las favelas brasileñas, marcada por el tráfico de drogas y la violencia. Zezé lo pasa mal, asume responsabilidades que no corresponden a un niño de cinco años, pero asiste a la escuela y puede soñar con una mejora futura de su situación, ya que quienes le rodean son en general gente honesta y que intenta salir adelante con su trabajo. La de Vasconcelos es una visión muy digna de la pobreza, a veces casi paternalista. Nunca habla de injusticias sociales, porque tampoco casarían con el punto de vista un chiquillo.
Y es que es Zezé y su visión del mundo los que asumen el peso del relato. Zezé es un chiquillo muy vivo, noble y de buen corazón, pero que no puede evitar que a veces se le meta dentro el demonio, como él mismo dice y organizar travesuras que suelen terminar peor para él (por las tremendas palizas que recibe) que para sus víctimas. Pero la principal característica del protagonista es la dulzura de su discurso, derivada de su inocencia incorruptible. Porque Zezé no es más que un niño al que le falta una pizca de cariño para ser feliz, algo que va a encontrar en su amigo el Portugués, un adulto que hará durante un tiempo de sustituto de su padre.
Así pues, añadiendo algunas pinceladas de sordidez, Mi planta de naranja lima es un relato muy edulcorado, que no llega a los límites de lo empalagoso gracias al oficio literario de Vasconcelos. Un retrato amable de la pobreza en el que no hace falta escarbar mucho para encontrar dosis de crueldad. A mí me parece que lo más triste de todo es que hoy día sería muy difícil escribir una novela así ambientada en las favelas.
sábado, 30 de noviembre de 2013
CIEN AÑOS DE SOLEDAD (1967), DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. LOS PECADOS DE MACONDO.
Hay libros que son como pequeñas montañas que tiene que escalar al menos una vez en su vida lectora. Cien años de soledad no es una novela particularmente extensa, ni de lectura difícil, pero posee una trama tan enrevesada en algunas de sus páginas que se hace casi imprescindible leerla consultando de vez en cuando el árbol genealógico de la familia Buendía. Para mí esta segunda lectura de la obra magna de García Márquez ha tenido un carácter muy especial, porque ha sido el libro con el que hemos inaugurado el club de lectura de Más Libros Libres.
Lo primero que tengo que decir acerca de Cien años de soledad es que no se trata de mi libro favorito de García Márquez. Con el autor colombiano me sucede que disfruto muchísimo de su estilo de escritura, quizá el más depurado que se puede encontrar en español en las últimas décadas, pero la temática de novelas como esta o El amor en los tiempos del cólera me parece un tanto reiterativa, con demasiada densidad de personajes y de historias. Como lector quedo deslumbrado por el talento indudable de García Márquez, que consigue el prodigio, vedado a muchos otros escritores, de construir un universo propio y reconocible (y en el que se han inspirado posteriormente otros novelistas). Deslumbrado, pero también un poco perdido, como un explorador que se adentra en una tierras hermosas pero con una concentración de vegetación tan agobiante que debe mirar su mapa a cada paso para no perderse irremediablemente. Disfruto más de sus relatos o novelas cortas, como El coronel no tiene quien le escriba o con su faceta periodística, de la que pude disfrutar hace un año Relato de un naúfrago.
Pero entre toda esta vegetación hay hallazgos únicos, como la utilización magistral del realismo mágico, esa manera de insertar elementos fantásticos en la novela de una manera tan natural que el lector los acepta en la lógica interna del relato o la riqueza del lenguaje del escritor colombiano, que parece conocer más palabras que el mismo diccionario. Uno de los aspectos más destacables de la novela son los paralelismos de la historia de Macondo con diversos pasajes de la Biblia: el pueblo tiene su génesis, su éxodo, su diluvio, sus plagas, su ascensión de la Virgen y, finalmente, su apocalipsis. La entera historia del mundo condensada en un pueblecito administrado por una familia con tendencia a los pecados relacionados con el incesto. Cueste más o cueste menos (y yo recomiendo que se haga de la manera más continuada posible, en pocos días, para no perderse), la historia de los Buendía es una de esas novelas que marcan el siglo XX y, por tanto, su lectura es imprescindible.
Lo primero que tengo que decir acerca de Cien años de soledad es que no se trata de mi libro favorito de García Márquez. Con el autor colombiano me sucede que disfruto muchísimo de su estilo de escritura, quizá el más depurado que se puede encontrar en español en las últimas décadas, pero la temática de novelas como esta o El amor en los tiempos del cólera me parece un tanto reiterativa, con demasiada densidad de personajes y de historias. Como lector quedo deslumbrado por el talento indudable de García Márquez, que consigue el prodigio, vedado a muchos otros escritores, de construir un universo propio y reconocible (y en el que se han inspirado posteriormente otros novelistas). Deslumbrado, pero también un poco perdido, como un explorador que se adentra en una tierras hermosas pero con una concentración de vegetación tan agobiante que debe mirar su mapa a cada paso para no perderse irremediablemente. Disfruto más de sus relatos o novelas cortas, como El coronel no tiene quien le escriba o con su faceta periodística, de la que pude disfrutar hace un año Relato de un naúfrago.
Pero entre toda esta vegetación hay hallazgos únicos, como la utilización magistral del realismo mágico, esa manera de insertar elementos fantásticos en la novela de una manera tan natural que el lector los acepta en la lógica interna del relato o la riqueza del lenguaje del escritor colombiano, que parece conocer más palabras que el mismo diccionario. Uno de los aspectos más destacables de la novela son los paralelismos de la historia de Macondo con diversos pasajes de la Biblia: el pueblo tiene su génesis, su éxodo, su diluvio, sus plagas, su ascensión de la Virgen y, finalmente, su apocalipsis. La entera historia del mundo condensada en un pueblecito administrado por una familia con tendencia a los pecados relacionados con el incesto. Cueste más o cueste menos (y yo recomiendo que se haga de la manera más continuada posible, en pocos días, para no perderse), la historia de los Buendía es una de esas novelas que marcan el siglo XX y, por tanto, su lectura es imprescindible.
lunes, 25 de noviembre de 2013
UNA SOLEDAD DEMASIADO RUIDOSA (1980), DE BOHUMIL HRABAL. EL DON QUIJOTE DEL INFINITO Y DE LA ETERNIDAD.
Aunque con el temperatura algo fresca propia de esta época del año, la tarde del viernes que se presentó clara y despejada, reunía las condiciones ideales para una buena velada literaria, que en este caso me llevó a dos lugares muy poco distantes. El primero de ellos fue el Colegio de Graduados Sociales, donde algunos clubes de lectura malagueños celebramos un encuentro con Zoé Valdés en torno a su libro La mujer que llora, que leí hace un par de meses. Si bien la novela no me gustó mucho, la conversación que mantuvo con el biógrafo de Picasso Rafael Inglada resultó muy interesante y apasionante a ratos, descubriéndome algunos aspectos del artista malagueño que desconocía, como su filantropía, lo que lleva a pensar en una especie de equilibrio moral en su vida: cada mala acción que realizó puede ser compensada con una buena. Como Picasso fue algo más que un pintor (y además, un hombre que vivió muchos años) que tuvo una educación decimonónica, pueden perdonársele muchas cosas. Además, pocas existencias habrán sido estudiadas con tanto nivel de detalle como la suya. Creo que de la vida de casi cualquier hombre, observada con una lupa de aumento, también ofrecería episodios poco edificantes, aunque endulzados con un poco más de humildad, propia de quien no ha nacido genio.
Después, en la cercana tetería Zouk, quedó inaugurado un nuevo club de lectura, cuya caracterísitica más insólita es que existe una paridad casi absoluta entre hombres y mujeres, un hecho del que yo todavía no había sido testigo. En el calor de un reservado, pudimos degustar nuestras bebidas a la vez que diseccionábamos la que es seguramente la mejor narración de Bohumil Hrabal, Una soledad demasiado ruidosa.
Si la profesión literaria estuviera sometida a reglas fijas, podría decirse que Hrabal fue un escritor atípico. Comenzó a publicar cuando ya tenía los cincuenta años y la represión posterior a la primavera de Praga de 1968 hizo que tuviera que comenzar a publicar en el formato samizdat, una forma de literatura semiclandestina típica de los paises comunistas, en la que las obras, divididas por capítulos, circulaban en un circuito muy restringido. Así que la primera publicación de Una soledad demasiado ruidosa se produjo en samizdat en 1977 y hasta 1980 no pudo ser editada en forma de libro, pero fuera de Checoslovaquia. En cualquier caso, Hrabal fue siempre un novelista totalmente alejado de los circuitos oficiales, que prefería gastar su tiempo en sus cervecerías favoritas de Praga. Quizá por ello sus retratos humanos resultan tan portentosos: estar cerca de la vida cotidiana, trabajando como un obrero más y bebiendo con ellos le permitía obtener una visión muy lúcida de la existencia.
De hecho, Una soledad demasiado ruidosa, puede leerse como una denuncia de los totalitarismos. El protagonista, Hant´a, desde el primer momento nos recalca que lleva treinta y cinco años haciendo lo mismo: se dedica a prensar manualmente papel metido en un pequeño y sucio agujero. Para él su vida es su trabajo y su trabajo es su vida: no concibe que algún día tenga que dejar de realizar una labor que él concibe casi como una tarea artesanal: decora los bloques de papel prensado con reproducciones de pinturas antiguas que va coleccionando al efecto. Hant´a es un buscador de la belleza de lo efímero, un ser que se siente seguro en la soledad de su guarida, a pesar de las ocasionales y molestas visitas de su jefe.
Pero hay algo más importante en la existencia del protagonista. Algo que ha ido descubriendo en el día a día de su trabajo y que le ha perturbado de una manera insospechada. Entre las toneladas de papel que caen a su agujero para ser prensadas suele haber libros. Libros de todas clases, antiguos y modernos, algunos de gran valor económico, pero todos dignos de ser salvados por este héroe improbable que los guarda en su propia casa, en unas estanterías tan cargadas que corre peligro de que se desmoronen sobre su cabeza. Además, siempre pululan alrededor de él coleccionistas de libros y periódicos viejos para los que representa el último recurso de conseguir ciertos ejemplares. Este "Don Quitote del infinito y de la eternidad" vive en una sociedad en la que el libro solo representa algo útil cuando no entra en contradicción con los postulados del Estado. El resto pueden ser destruidos, porque no dicen nada útil y pueden llegar a ser perniciosos. Aunque él, que ha ido adquiriendo poco a poco una extraña sabiduría, tiene sus propios pensamientos al respecto:
"(...) todos los inquisidores del mundo queman los libros en vano, porque cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo."
Si recordamos el argumento de Rebelión en la granja, de George Orwell, es como si Hant´a hubiera pasado de ser un Boxer, el caballo que solo trabajaba más duro para la causa del comunismo sin plantearse por qué nunca llegaba el paraíso prometido, a convertirse en el burro Benjamín, alguien que ha adquirido conciencia de la opresión en la que vive leyendo a Séneca, Nietzsche o Hegel, pero que ni siquiera se plantea hacer nada al respecto. En este sentido Hant´a sigue siendo un proletario que acude a las más sórdidas tabernas para olvidar el trabajo por unas horas. También está el amor, o más bien la imposibilidad del amor, un sentimiento que el protagonista llega a sentir por una gitanita con la que establece una relación sin palabras (para él las únicas palabras importantes son las que están en los libros) hasta que ella un día, durante la dominación nazi, desaparece aunque él, fiel a su política de inacción, no indague al respecto.
Después de las pequeñas decepciones que me supusieron Trenes rigurosamente vigilados y Yo que serví al rey de Inglaterra, esta obra me hace definitivamente amar a Hrabal. Pocas veces se ha escrito una obra que destila tanto amor a los libros por un hombre tan contradictorio: Hrabal era un intelectual de las tabernas.
Después, en la cercana tetería Zouk, quedó inaugurado un nuevo club de lectura, cuya caracterísitica más insólita es que existe una paridad casi absoluta entre hombres y mujeres, un hecho del que yo todavía no había sido testigo. En el calor de un reservado, pudimos degustar nuestras bebidas a la vez que diseccionábamos la que es seguramente la mejor narración de Bohumil Hrabal, Una soledad demasiado ruidosa.
Si la profesión literaria estuviera sometida a reglas fijas, podría decirse que Hrabal fue un escritor atípico. Comenzó a publicar cuando ya tenía los cincuenta años y la represión posterior a la primavera de Praga de 1968 hizo que tuviera que comenzar a publicar en el formato samizdat, una forma de literatura semiclandestina típica de los paises comunistas, en la que las obras, divididas por capítulos, circulaban en un circuito muy restringido. Así que la primera publicación de Una soledad demasiado ruidosa se produjo en samizdat en 1977 y hasta 1980 no pudo ser editada en forma de libro, pero fuera de Checoslovaquia. En cualquier caso, Hrabal fue siempre un novelista totalmente alejado de los circuitos oficiales, que prefería gastar su tiempo en sus cervecerías favoritas de Praga. Quizá por ello sus retratos humanos resultan tan portentosos: estar cerca de la vida cotidiana, trabajando como un obrero más y bebiendo con ellos le permitía obtener una visión muy lúcida de la existencia.
De hecho, Una soledad demasiado ruidosa, puede leerse como una denuncia de los totalitarismos. El protagonista, Hant´a, desde el primer momento nos recalca que lleva treinta y cinco años haciendo lo mismo: se dedica a prensar manualmente papel metido en un pequeño y sucio agujero. Para él su vida es su trabajo y su trabajo es su vida: no concibe que algún día tenga que dejar de realizar una labor que él concibe casi como una tarea artesanal: decora los bloques de papel prensado con reproducciones de pinturas antiguas que va coleccionando al efecto. Hant´a es un buscador de la belleza de lo efímero, un ser que se siente seguro en la soledad de su guarida, a pesar de las ocasionales y molestas visitas de su jefe.
Pero hay algo más importante en la existencia del protagonista. Algo que ha ido descubriendo en el día a día de su trabajo y que le ha perturbado de una manera insospechada. Entre las toneladas de papel que caen a su agujero para ser prensadas suele haber libros. Libros de todas clases, antiguos y modernos, algunos de gran valor económico, pero todos dignos de ser salvados por este héroe improbable que los guarda en su propia casa, en unas estanterías tan cargadas que corre peligro de que se desmoronen sobre su cabeza. Además, siempre pululan alrededor de él coleccionistas de libros y periódicos viejos para los que representa el último recurso de conseguir ciertos ejemplares. Este "Don Quitote del infinito y de la eternidad" vive en una sociedad en la que el libro solo representa algo útil cuando no entra en contradicción con los postulados del Estado. El resto pueden ser destruidos, porque no dicen nada útil y pueden llegar a ser perniciosos. Aunque él, que ha ido adquiriendo poco a poco una extraña sabiduría, tiene sus propios pensamientos al respecto:
"(...) todos los inquisidores del mundo queman los libros en vano, porque cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo."
Si recordamos el argumento de Rebelión en la granja, de George Orwell, es como si Hant´a hubiera pasado de ser un Boxer, el caballo que solo trabajaba más duro para la causa del comunismo sin plantearse por qué nunca llegaba el paraíso prometido, a convertirse en el burro Benjamín, alguien que ha adquirido conciencia de la opresión en la que vive leyendo a Séneca, Nietzsche o Hegel, pero que ni siquiera se plantea hacer nada al respecto. En este sentido Hant´a sigue siendo un proletario que acude a las más sórdidas tabernas para olvidar el trabajo por unas horas. También está el amor, o más bien la imposibilidad del amor, un sentimiento que el protagonista llega a sentir por una gitanita con la que establece una relación sin palabras (para él las únicas palabras importantes son las que están en los libros) hasta que ella un día, durante la dominación nazi, desaparece aunque él, fiel a su política de inacción, no indague al respecto.
Después de las pequeñas decepciones que me supusieron Trenes rigurosamente vigilados y Yo que serví al rey de Inglaterra, esta obra me hace definitivamente amar a Hrabal. Pocas veces se ha escrito una obra que destila tanto amor a los libros por un hombre tan contradictorio: Hrabal era un intelectual de las tabernas.
viernes, 22 de noviembre de 2013
CASA SOSTOA.
El ecosistema de la vida cultural malagueña alternativa, aquella que se mueve al margen de los eventos oficiales, es mucho más amplio de lo que uno pudiera pensar. Ayer tuve la oportunidad de conocer Casa Sostoa, un proyecto de Pedro Alarcón, que ha transformado su propio hogar en un lugar sorprendente, a la vez acogedor y perturbador. Enclavada en una de las zonas más populosas de Málaga, da la impresión de ser un auténtico oasis, casi un espejismo. Quien entra allí por primera vez tiene la sensación de penetrar en una realidad totalmente ajena a la de la ciudad que se ve desde sus ventanas, pero a la vez totalmente integrada en ella.
Casa Sostoa es una galería de arte que comparte espacio de manera natural con una vivienda o una vivienda que coexiste con la exposición de obras de artistas tan prestigiosos como Felipe Ortega-Regalado o David Escalona. Pocas veces he visitado un espacio en el que el arte y la vida cotidiana convivan de una forma tan natural, ya sea en el salón, en el dormitorio o incluso en el cuarto de baño. Una de las obras que más sorprenden e inquietan a la vez, es la que ilustra este artículo, Lo pactado, de David Escalona. Un dormitorio irreal, tomado por el rojo sangre, por un espejo roto y una corona de espinas ¿o es otra cosa? sobre la almohada. Mientras contemplamos la escena intentando desentrañar su misterio, oímos un incesante compás, que me evoca el paso inexorable del tiempo. Un tiempo que, como iba a comprobar en el transcurso de la tarde, a veces es tan caprichoso que transcurre como una exhalación.
La primera visita la realicé con guía. Pero luego, como pasé allí toda la tarde-noche en la casa pude recrearme a gusto con las obras, porque lo que me llevó allí es un proyecto que cojuga el arte y la escritura, en el que al final uno consigue una relación muy íntima con la obra que ha escogido, a veces casi fundiéndose con ella. Y la exquisita forma de entender el arte de Felipe Ortega-Regalado era la excusa perfecta para dejar volar la imaginación hasta los territorios más recónditos de uno mismo. Pero lo que comenzó siendo un ejercicio íntimo e individual, bajo las instrucciones de la escritora Bárbara Gil, se fue transformando, sin que nos diéramos mucha cuenta, en un trabajo colectivo, quizá inspirados también en parte por algún ente espiritual que vagaba por aquellas habitaciones. Fue como si una sustancia vaporosa de creatividad pura flotaba sobre nuestras cabezas y fue tomando posesión de cada uno de nosotros, haciendo que al final el resultado fuera tan sorprendente como memorable.
Les dejo el enlace a su página web, para que conozcan mejor este lugar mágico:
http://www.casasostoa.es/
Casa Sostoa es una galería de arte que comparte espacio de manera natural con una vivienda o una vivienda que coexiste con la exposición de obras de artistas tan prestigiosos como Felipe Ortega-Regalado o David Escalona. Pocas veces he visitado un espacio en el que el arte y la vida cotidiana convivan de una forma tan natural, ya sea en el salón, en el dormitorio o incluso en el cuarto de baño. Una de las obras que más sorprenden e inquietan a la vez, es la que ilustra este artículo, Lo pactado, de David Escalona. Un dormitorio irreal, tomado por el rojo sangre, por un espejo roto y una corona de espinas ¿o es otra cosa? sobre la almohada. Mientras contemplamos la escena intentando desentrañar su misterio, oímos un incesante compás, que me evoca el paso inexorable del tiempo. Un tiempo que, como iba a comprobar en el transcurso de la tarde, a veces es tan caprichoso que transcurre como una exhalación.
La primera visita la realicé con guía. Pero luego, como pasé allí toda la tarde-noche en la casa pude recrearme a gusto con las obras, porque lo que me llevó allí es un proyecto que cojuga el arte y la escritura, en el que al final uno consigue una relación muy íntima con la obra que ha escogido, a veces casi fundiéndose con ella. Y la exquisita forma de entender el arte de Felipe Ortega-Regalado era la excusa perfecta para dejar volar la imaginación hasta los territorios más recónditos de uno mismo. Pero lo que comenzó siendo un ejercicio íntimo e individual, bajo las instrucciones de la escritora Bárbara Gil, se fue transformando, sin que nos diéramos mucha cuenta, en un trabajo colectivo, quizá inspirados también en parte por algún ente espiritual que vagaba por aquellas habitaciones. Fue como si una sustancia vaporosa de creatividad pura flotaba sobre nuestras cabezas y fue tomando posesión de cada uno de nosotros, haciendo que al final el resultado fuera tan sorprendente como memorable.
Les dejo el enlace a su página web, para que conozcan mejor este lugar mágico:
http://www.casasostoa.es/
martes, 19 de noviembre de 2013
LA BIBLIA EN ESPAÑA (1843), DE GEORGE BORROW. LA ÉTICA PROTESTANTE Y EL ESPÍRITU DEL CATOLICISMO.
Si queremos saber quienes somos los españoles y cómo hemos llegado hasta este punto, lo mejor es leer acerca de nuestra historia. Y es recomendable que esas visiones sean de gente de fuera, de visitantes que nos miran con otros ojos, que escriben sobre lo peor y lo mejor de nosotros mismos. Uno de los mejores ejemplos es George Borrow, un inglés que vino a España nada menos que a traernos la buena nueva del protestantismo a través de la difusión de la Biblia, cuando apenas hacía un año que se había abolido la Inquisición y estábamos en plena guerra Carlista. Borrow nos retrata desde la fascinación por nuestro país, tan distinto por aquella época al resto de Europa y la primorosa traducción de don Manuel Azaña hace que su lectura sea una delicia. Aquí el artículo:
Para conocer mejor el país donde se ha nacido no hay nada
mejor que leer historia. Y en el caso de España, los mejores historiadores han
sido tradicionalmente los extranjeros, destacando entre ellos a los hispanistas
británicos como J.H. Elliot, Hugh Thomas, Gerald Brenan o Paul Preston. Se
trata de intelectuales que nos han observado atentamente desde fuera y así se
convierten en cronistas objetivos de hechos que aquí siguen siendo objeto de
apasionadas discusiones, no siempre guiadas por la racionalidad.
Quizá los precursores de esta generación de historiadores
hispanistas sean los viajeros románticos que nos visitaron durante el siglo XIX.
España era una especie de destino exótico que prometía nuevas experiencias y aventuras
a quien se aventuraba por sus caminos. George Borrow podría encuadrarse entre
ellos si no fuera porque viajó a nuestro país entre 1835 y 1840 con una misión
muy concreta: difundir la Biblia en nuestro país como agente de la Sociedad
Bíblica inglesa. Aunque parezca insólito recordarlo hoy, la lectura y posesión
individual del libro sagrado había estado prohibida por la Iglesia Católica
hasta ese momento. Como instrumento de poder, la religión católica prefería
conservar el misterio del rito y la obediencia ciega a sus dogmas antes de
difundir la palabra de Dios escrita, algo que podría hacer reflexionar a los
fieles y despertar su adormecido espíritu crítico. La lectura íntima de la
Biblia era cosa de luteranos, una herejía que tiempo atrás podía pagarse con la
muerte en la hoguera. Recordemos que,
aunque carente de la fiereza que mostró en la Edad Moderna, la Inquisición
estuvo vigente en España hasta una fecha tan tardía como 1834.
La España a la que llega Borrow es un país que todavía
mantiene el recuerdo de la Guerra de la Independencia, pero cuyo problema más
acuciante es el conflicto civil que representó el surgimiento del movimiento
Carlista, cuyas partidas asolaban distintos lugares de nuestra geografía,
mientras el gobierno fiel a la futura reina Isabel es inestable y cambiante
entre liberales y conservadores.
Si por algo se caracteriza el espíritu con el que Borrow
viajó a España es por la confianza en la utilidad de su misión – él estimaba
que solo pueden progresar las naciones que tienen libre acceso a las Sagradas
Escrituras – y por su valentía personal, que le hacía superar todos los
obstáculos que se interponían en su camino ayudándose en su fe en el
Todopoderoso. Pero sería erróneo concluir que ese era su único objetivo. El
inglés aprovechaba sus rutas para observar atentamente las costumbres de los
lugares por los que iba pasando y lo anotaba todo minuciosamente para que luego
todo tomara la forma de espléndido libro de viajes. Le gustaba relacionarse con
los estratos más bajos de la sociedad, para conocer al auténtico pueblo español
y sentía una gran simpatía por los gitanos, hasta el punto que aprendió sin
muchas dificultades el idioma caló. Todo esto conforma un valioso testimonio en
el que el español actual puede reconocer a sus antepasados. A decir de don
Manuel Azaña, su primer traductor:
“Borrow lucha a brazo
partido con la realidad española, la asedia, poco a poco la domina, y con la
lentitud peculiar de su procedimiento acaba por poner en pie una España
rebosante de vida. (…) Lo que le importaba era el carácter de los hombres, y no
de todos, sino los de la clase popular, donde los rasgos nacionales se
conservan más puros. Labradores, arrieros, posaderos, gitanos, curas de aldea,
monterillas, mendigos, pastores, pasan ante nosotros, y al verlos gesticular y
oírlos hablar, creemos encontrarnos con antiguos conocidos. Unos son pícaros,
otros santos; unos son listos, otros muy zotes; casi todos groseros, muchos con
sentimientos nobles, pero unidos en general por un aire de familia inconfundible;
y la verdad es que, con todas sus picardías o su zafiedad, no puede uno dejar
de quererlos.”
El lector que se zambulle en las páginas de La Biblia en España no puede sino
sorprenderse ante el retrato de un país tan distinto y, sin embargo con tantos
rasgos en común con el actual. Cierto es que ya hemos superado el terrible
índice de analfabetismo de la época o que no existen territorios aislados, como
los había en lugares como Galicia, pero nuestra realidad sigue conservando un
cierto aire picaresco que está muy presente en la obra de Borrow.
La gente con la que se encuentra el misionero inglés puede
ser tan feroz como caballeresca, tan mezquina como generosa. Las ciudades por
las que pasa conservan aún un cierto aire medieval, con sus recintos amurallados.
Las ejecuciones públicas son algo habitual y la gente acude a contemplarlas
como si de un espectáculo se tratara. Los alojamientos suelen ser de pésima
calidad y a veces el viajero debe hacerse su cama con la misma paja que comen
las bestias. Los caminos en demasiadas
ocasiones son impracticables y siempre existe el riesgo de ser asaltados por
bandidos o por partidas carlistas. A pesar de todo Borrow nunca pierde el buen
ánimo y según él mismo cuenta, su buena suerte le hace salir indemne de las
situaciones más apuradas.
La omnipresente
iglesia conserva casi intacto su poder espiritual, a pesar del golpe que le
supuso la reciente desamortización promovida por Mendizábal. Muchos de los
elementos del clero esperan la victoria del Carlismo para ver asegurados sus
privilegios tradicionales. En Córdoba, Borrow tiene la oportunidad de conversar
con un antiguo inquisidor. Al preguntarle el inglés acerca de la realidad del
delito de brujería, el eclesiástico contesta:
“¡Qué sé yo! (…) La
Iglesia tiene, o al menos tenía, el poder de castigar por algo, fuese real o
irreal, Don Jorge, y como fuese necesario castigar para demostrar que tenía el
poder de hacerlo, ¿qué importaba si el castigo se imponía por brujería o por
otro delito?”
En casi todos los lugares de España por los que pasó Borrow
la curiosidad y el hambre de conocimientos eran grandes, por los que no solía
tener dificultad en vender su producto. Pero
los elementos más conservadores de la sociedad miraban con malos ojos la
actividad difusora de la Biblia por parte de un extranjero al que muchos
consideraban hereje e incluso consiguieron que pasara algún breve periodo en
prisión, algo que el inglés, siempre haciendo uso de su inmensa curiosidad,
aprovechó para estudiar de cerca la criminalidad española.
Habiéndonos retratado con rara precisión como país, no
podemos sino estar agradecidos por el amor,
penetración, compasión y empatía
que manifestó Borrow por nuestra forma de vida, pudiéndose resumir su
experiencia en estas hermosas palabras:
“En España pasé cinco años, que, si no los más
accidentados, fueron, no vacilo en decirlo, los más felices de mi existencia. Y
ahora que la ilusión se ha desvanecido ¡ay! para no volver jamás, siento por
España una admiración ardiente: es el país más espléndido del mundo,
probablemente el más fértil y con toda seguridad el de clima más hermoso. Si
sus hijos son dignos o no de tal madre, es una cuestión distinta que no
pretendo resolver; me contento con observar que, entre muchas cosas lamentables
y reprensibles, he encontrado también muchas nobles y admirables; muchas
virtudes heroicas, austeras y muchos crímenes de horrible salvajismo; pero muy
poco vicio de vulgar bajeza, al menos entre la gran masa de la nación española,
a la que concierne mi misión; porque bueno será notar aquí que no tengo la
pretensión de conocer íntimamente a la aristocracia española, de la que me
mantuve tan apartado como me lo permitieron las circunstancias; en revancha he
tenido el honor de vivir familiarmente con los campesinos, pastores y arrieros
de España, cuyo pan y bacalao he comido, que siempre me trataron con bondad y
cortesía, y a quienes con frecuencia he debido amparo y protección.”
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biografía,
george borrow,
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historia de españa,
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religión
BLUE JASMINE (2013), DE WOODY ALLEN. MADAME DE...
Cuando se casó con Hal (Alec Baldwin), un adinerado hombre de negocios, la protagonista de la nueva película de Woody Allen se cambió su nombre por el de Jasmine, por no parecerle el anterior lo suficientemente pijo. Jasmine (Cate Blanchett) se dedicó desde ese momento a ejercer de esposa rica y comenzó una estresante existencia repleta de fiestas, compras y clases de yoga. Pero el cuento de hadas, sostenido con las dudosas operaciones financieras de su marido, se desmoronó cuando el FBI lo detuvo por fraude. Jasmine se quedó casi literalmente con lo puesto (aunque lo puesto valía más de lo que cobra mucha gente en un año) y recurre a su hermana como último recurso: se marcha de Nueva York a San Francisco para iniciar una nueva vida en un ambiente que hasta entonces ha despreciado.
La Jasmine que conoce el espectador es un juguete roto que sobrevive a base de pastillas y tiene frecuentes ensueños en los que vuelve a los esplendores de la vida pasada, ya que dificilmente puede soportar la existencia vulgar de su hermana y su entorno. Se propone estudiar y resurgir de sus cenizas, pero no sabe muy bien por donde empezar. Lo único que le queda es su espléndido físico, su espléndida ropa y sus espléndidos modales aristocráticos, por lo que aún cuenta con oportunidades en el mercado de los solteros ricos. Esta va a ser casi su única apuesta, aunque tenga que disfrazar un poco su realidad actual...
El caso que Blue Jasmine nos presenta, aunque basado en parte en el de la esposa de Bernard Madoff, al espectador español le va a evocar sin duda el de la infanta Cristina, el de la esposa de Bárcenas o el de la actual ministra de Sanidad. Mujeres que vieron como la fortuna de sus maridos se multiplicaba como por arte de magia, pero luego declaran ante el juez que nada sabían de sus negocios. Mujeres que, como vemos hacer a la propia Jasmine, firman todos los papeles que su esposo le pone por delante, sin tener mucha idea de donde la están estampando y pensando que, si hay de ilegal en todo ello, su marido, que es muy inteligente, sabrá lo que hace. En realidad este tipo de mujeres viven en una burbuja de autosatisfacción, convencidas de que ellas se merecen todos los lujos que le llegan sin ningún esfuerzo: lo que a ella, que tanto vale, le favorece tiene que ser legal, o al menos justo. Cuando todo se viene abajo como un castillo de naipes este tipo de mujer jamás piensa en el mal causado, en el dinero defraudado a personas honradas, sino en salir lo mejor librada posible.
Blue Jasmine es una de las mejores películas de Woody Allen de los últimos años, un film de máxima actualidad que habla de la caída de ciertos amos del universo de escala intermedia (los que están arriba del todo son demasiado grandes para dejarlos caer) y de la onda expansiva que provocan. La mujer, a la vez cómplice y víctima colateral, desarrolla ante la desgracia una serie variada de sentimientos que van desde la incredulidad hasta los pensamientos suicidas. Ahí está una gran actriz como Cate Blanchett para expresarlos todos y ser con su interpretación la base principal de una historia en la que está muy bien secundada por el resto del elenco. Una tragicomedia pura, muy propia del tiempo que nos ha tocado vivir.
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miércoles, 13 de noviembre de 2013
EL EXTRANJERO (1942) DE ALBERT CAMUS. NARRACIÓN DE UN HOMBRE AUSENTE.
La celebración del centenario del nacimiento de Albert Camus es una ocasión perfecta para repasar la que quizá sea su obra más emblemática, la que le dio la fama y la que más comentarios ha suscitado. Leída hoy, El extranjero sigue conservando su inmenso poder hipnótico y perturbador.
El protagonista, Meursault, es una especie de ser aislado, ausente, que vive en sociedad pero se comporta como si necesitara estar a espaldas de ellas. Es una especie de animal humano, que se relaciona con los demás con el fin de cubrir sus necesidades básicas: comer, vestirse, hacer el amor... pero todo lo demás le es indiferente. Su código moral, si es que puede llamarse así, es personal e intransferible. Al principio de la narración recibe la noticia del fallecimiento de su madre con una perfecta frialdad, comportamiento que va a seguir manteniendo durante su velatorio y funeral. En cualquier caso, Meursalult tiene derecho a comportarse así, pues la sociedad también admite en su seno a seres asociales. No importa que carezca de ambiciones, que nunca adopte la iniciativa en las relaciones con otros seres humanos o que para él la existencia sea algo anodino y sin importancia; el contrato que le une al resto de la sociedad va a ser quebrantado irreversiblemente cuando cometa la acción más ignominiosa: el asesinato.
La segunda parte de la novela está dedicada casi por entero a la descripción de la detención y proceso de Meursault. Hay quien la emparenta con El proceso, de Franz Kafka, por lo absurdo de algunas situaciones, pero yo encuentro una diferencia fundamental entre Josep K y Meursault: mientras el primero desconoce su culpa, el segundo ha cometido un asesinato y asume casi con indiferencia las consecuencias de su acto. Es curiosa la actitud del protagonista, enfrentado a una posible sentencia de muerte en la guillotina: si bien se manifiesta a sí mismo que no le importa morir, puesto que todos hemos de morir tarde o temprano, no puede evitar anhelar la libertad perdida, cuando la atisba a través de los sonidos o los olores que le llegan del exterior. Esto nos pone sobre la pista de que aun no siendo del todo un ser humano corriente, el protagonista sabe diferenciar lo que es placentero y lo que no lo es. Solo que parece darse cuenta cuando ya ha perdido para siempre su libertad de elegir:
"Se levantó la sesión. Al salir del Palacio de Justicia para subir al coche, reconocí por un breve momento el olor y el color de la tarde de verano. En la oscuridad de mi prisión móvil, volví a encontrar uno a uno, como desde el fondo de mi cansancio, todos los ruidos familiares de una ciudad que amaba y de una cierta hora en la que solía sentirme contento."
Dicho todo esto, si analizamos el juicio al que se enfrenta Meursault parece prestarse mucha más atención durante el transcurso del mismo a su conducta precedente (sobre todo en relación con el funeral de su madre) que al mismo hecho del asesinato: no parece juzgarse el acto, sino al hombre. Como si la sociedad quisiera purificarse describiendo a Meursault como un ser ajeno a la misma. El acusado tampoco parece tener la más mínima intención de defenderse. Tratar de justificar su acto sería hipócrita. Él es incapaz de mentir, de fingir, algo imprescindible para convivir en sociedad. Por eso cuando declara lo que sucedió de verdad, que el exceso de Sol le llevó a cometer el asesinato, el público ríe. Meursault sabe que ha quitado una vida humana, tan absurda y tan digna de ser vivida como la suya propia, por lo que acepta el veredicto. Luego la religión intentará aprovecharse de su situación para asaltar por última vez su alma, para redimir un crimen que se transforma en un pecado y que puede ser vencido a fuerza de arrepentimiento. Su instinto rechaza tal ofrecimiento de redención por parte del sacerdote porque "ninguna de sus certidumbres valía el cabello de una mujer".
El extranjero, como hijo del movimiento existencialista, ha inspirado diversas interpretaciones a la actitud de Meursault. Para muchos él representa al hombre libre, al que escapa de la convenciones sociales para vivir una existencia libre de hipocresías, lo que lo desplazaría del resto de la sociedad. Así Mario Vargas Llosa, comentando la novela en su ensayo Las verdad y las mentiras, habla del sentimiento fingido como un instrumento imprescindible para la cohesión social:
"El sentimiento fingido es indispensable para asegurar la coexistencia social, una forma que, aunque parezca hueca y forzada desde la perspectiva individual, se carga de sustancia y necesidad desde el punto de vista comunitario. Esos sentimientos ficticios son convenciones que sueldan el pacto colectivo, igual que las palabras, esas convenciones sonoras sin las cuales la comunicación humana no sería posible. Si los hombres fueran, a la manera de Meursault, puro instinto, no solo desaparecería la institución de la familia, sino la sociedad en general, y los hombres terminarían entrematándose de la misma manera banal y absurda en que Meursault mata al árabe en la playa."
Así pues, más que un héroe rebelde, un ser que es capaz de vivir de espaldas a la sociedad, Meursault es un hombre cuya visión del mundo excluye la empatía hasta el punto de que asesinar a otro ser humano no es para él sino algo anodino, sin consecuencias en el propio yo, aunque las vaya a tener en su vida externa. La hazaña de Camus (recordemos que no tenía todavía treinta años cuando escribió El extranjero) es que el lector se sienta irresistiblemente atraído por la visión del mundo de Meursault, hasta el punto de que el personaje nos despierta ciertas simpatías, hasta que recordamos que es un asesino. La escritura simple y precisa del autor de La caída consigue que el lector saboree en todo momento la narración de manera pausada y reflexiva. Además Camus regala párrafos tan asombrosos como los que transcurren en la playa donde va a cometerse el asesinato, cuyo ambiente se vincula de una manera extrañamente natural con el estado de ánimo del protagonista. Se trata de una descripción tan precisa del ambiente, de la luz, del calor, que casi hay que leerla con las gafas de Sol puestas. Cada libro de Camus nos sigue demostrando que, contrariamente a otros de su época, es un autor que sigue estando de plena actualidad.
El protagonista, Meursault, es una especie de ser aislado, ausente, que vive en sociedad pero se comporta como si necesitara estar a espaldas de ellas. Es una especie de animal humano, que se relaciona con los demás con el fin de cubrir sus necesidades básicas: comer, vestirse, hacer el amor... pero todo lo demás le es indiferente. Su código moral, si es que puede llamarse así, es personal e intransferible. Al principio de la narración recibe la noticia del fallecimiento de su madre con una perfecta frialdad, comportamiento que va a seguir manteniendo durante su velatorio y funeral. En cualquier caso, Meursalult tiene derecho a comportarse así, pues la sociedad también admite en su seno a seres asociales. No importa que carezca de ambiciones, que nunca adopte la iniciativa en las relaciones con otros seres humanos o que para él la existencia sea algo anodino y sin importancia; el contrato que le une al resto de la sociedad va a ser quebrantado irreversiblemente cuando cometa la acción más ignominiosa: el asesinato.
La segunda parte de la novela está dedicada casi por entero a la descripción de la detención y proceso de Meursault. Hay quien la emparenta con El proceso, de Franz Kafka, por lo absurdo de algunas situaciones, pero yo encuentro una diferencia fundamental entre Josep K y Meursault: mientras el primero desconoce su culpa, el segundo ha cometido un asesinato y asume casi con indiferencia las consecuencias de su acto. Es curiosa la actitud del protagonista, enfrentado a una posible sentencia de muerte en la guillotina: si bien se manifiesta a sí mismo que no le importa morir, puesto que todos hemos de morir tarde o temprano, no puede evitar anhelar la libertad perdida, cuando la atisba a través de los sonidos o los olores que le llegan del exterior. Esto nos pone sobre la pista de que aun no siendo del todo un ser humano corriente, el protagonista sabe diferenciar lo que es placentero y lo que no lo es. Solo que parece darse cuenta cuando ya ha perdido para siempre su libertad de elegir:
"Se levantó la sesión. Al salir del Palacio de Justicia para subir al coche, reconocí por un breve momento el olor y el color de la tarde de verano. En la oscuridad de mi prisión móvil, volví a encontrar uno a uno, como desde el fondo de mi cansancio, todos los ruidos familiares de una ciudad que amaba y de una cierta hora en la que solía sentirme contento."
Dicho todo esto, si analizamos el juicio al que se enfrenta Meursault parece prestarse mucha más atención durante el transcurso del mismo a su conducta precedente (sobre todo en relación con el funeral de su madre) que al mismo hecho del asesinato: no parece juzgarse el acto, sino al hombre. Como si la sociedad quisiera purificarse describiendo a Meursault como un ser ajeno a la misma. El acusado tampoco parece tener la más mínima intención de defenderse. Tratar de justificar su acto sería hipócrita. Él es incapaz de mentir, de fingir, algo imprescindible para convivir en sociedad. Por eso cuando declara lo que sucedió de verdad, que el exceso de Sol le llevó a cometer el asesinato, el público ríe. Meursault sabe que ha quitado una vida humana, tan absurda y tan digna de ser vivida como la suya propia, por lo que acepta el veredicto. Luego la religión intentará aprovecharse de su situación para asaltar por última vez su alma, para redimir un crimen que se transforma en un pecado y que puede ser vencido a fuerza de arrepentimiento. Su instinto rechaza tal ofrecimiento de redención por parte del sacerdote porque "ninguna de sus certidumbres valía el cabello de una mujer".
El extranjero, como hijo del movimiento existencialista, ha inspirado diversas interpretaciones a la actitud de Meursault. Para muchos él representa al hombre libre, al que escapa de la convenciones sociales para vivir una existencia libre de hipocresías, lo que lo desplazaría del resto de la sociedad. Así Mario Vargas Llosa, comentando la novela en su ensayo Las verdad y las mentiras, habla del sentimiento fingido como un instrumento imprescindible para la cohesión social:
"El sentimiento fingido es indispensable para asegurar la coexistencia social, una forma que, aunque parezca hueca y forzada desde la perspectiva individual, se carga de sustancia y necesidad desde el punto de vista comunitario. Esos sentimientos ficticios son convenciones que sueldan el pacto colectivo, igual que las palabras, esas convenciones sonoras sin las cuales la comunicación humana no sería posible. Si los hombres fueran, a la manera de Meursault, puro instinto, no solo desaparecería la institución de la familia, sino la sociedad en general, y los hombres terminarían entrematándose de la misma manera banal y absurda en que Meursault mata al árabe en la playa."
Así pues, más que un héroe rebelde, un ser que es capaz de vivir de espaldas a la sociedad, Meursault es un hombre cuya visión del mundo excluye la empatía hasta el punto de que asesinar a otro ser humano no es para él sino algo anodino, sin consecuencias en el propio yo, aunque las vaya a tener en su vida externa. La hazaña de Camus (recordemos que no tenía todavía treinta años cuando escribió El extranjero) es que el lector se sienta irresistiblemente atraído por la visión del mundo de Meursault, hasta el punto de que el personaje nos despierta ciertas simpatías, hasta que recordamos que es un asesino. La escritura simple y precisa del autor de La caída consigue que el lector saboree en todo momento la narración de manera pausada y reflexiva. Además Camus regala párrafos tan asombrosos como los que transcurren en la playa donde va a cometerse el asesinato, cuyo ambiente se vincula de una manera extrañamente natural con el estado de ánimo del protagonista. Se trata de una descripción tan precisa del ambiente, de la luz, del calor, que casi hay que leerla con las gafas de Sol puestas. Cada libro de Camus nos sigue demostrando que, contrariamente a otros de su época, es un autor que sigue estando de plena actualidad.
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