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lunes, 12 de agosto de 2024

"TÚ ERES LA TAREA". AFORISMOS (1953), DE FRANZ KAFKA. CONSIDERACIONES SOBRE EL PECADO, EL SUFRIMIENTO, LA ESPERANZA Y EL CAMINO VERDADERO.

Los aforismos de Kafka son la parte más oscura de su obra. Sujetos a múltiples interpretaciones, en la edición de Acantilado, el especialista en la obra del autor checo, Reiner Stach se encarga de analizar todos y cada uno de estos escritos para iluminar al lector relacionándolos con el resto de la obra y biografía del autor. Su origen está en 1917, con el comienzo de su famosa enfermedad, una tuberculosis que fue recibida por él como una especie de liberación, puesto que le iba a permitir librarse de ese empleo administrativo que tantas horas preciosas le robaba a su dedicación literaria. Además, el viaje a casa de su hermana, en la población de Zürau daría comienzo a una de las etapas más felices de su existencia.

Estos escritos, no concebidos para ser publicados, son un resumen de las obsesiones de Kafka, al menos de las obsesiones de aquel tiempo. Los conceptos que utiliza no siempre coinciden con las definiciones usuales de estos términos. Uno de los temas más utilizados es el del pecado original, una lectura que debía de haber sido reciente para el escritor, de ahí su obsesión con el concepto de árbol de la vida. Lo que deja claro en todo momento es su concepción de la literatura como una dedicación absoluta, más importante que la propia vida. Como asegura Reiner Stach:

"(...) para Kafka la vocación literaria exige dar la espalda al mundo de los sentidos ("Toda la literatura es asalto a la frontera"). Durante toda su vida, Kafka se representó como "lucha" el conflicto entre las aspiraciones vitales del mundo y las aspiraciones de la literatura, que apuntaban mucho más alto."

En cierto modo, aquí tenemos a un Kafka en su máxima expresión, un ser orientado hacia sí mismo, a extraer la literatura que habita en su interior, para lo que necesitaba mucho tiempo consigo mismo, visitando ese particular mundo espiritual y auténtico, que se opone al mundo sensible y ordinario.

lunes, 22 de marzo de 2021

EL PROCESO (1925), DE FRANZ KAFKA Y DE ORSON WELLES (1962). LA PUERTA ESTRECHA.

Si nos asomamos a los Diarios de Kafka en la época en la que estaba escribiendo El proceso - la segunda mitad del año 1914 - podemos advertir el tortuoso proceso que le hacía avanzar con gran inseguridad en la concepción de esta obra maestra. Porque la angustia de Josef K. es la angustia del propio Kafka, motivada en aquellos días en el escritor por su indecisión matrimonial respecto a Felice Bauer. Aunque desde su misma detención a primera hora de la mañana, sin aviso previo, el personaje proclama su absoluta inocencia, el mero hecho de la obsesión que a partir de entones va a experimentar por el proceso al que está sometido, hacen intuir que existen corrientes subterráneas de culpabilidad en su alma: la misma sensación de culpa que puede sentir cualquiera si indaga con profundidad en sí mismo. La novela ofrece pistas al respecto:

"Finalmente subió la escalera y en sus pensamientos jugaba con el recuerdo de la frase del guardián Willem, según la cual el tribunal es atraído por la culpa, de donde en realidad se deducía que la sala de interrogatorios tenía que hallarse en la escalera que K. había elegido casualmente." 

Lo más curioso del procedimiento judicial extraordinario que se inicia contra Josef K. es que se le insta a seguir haciendo vida normal, celebrándose sus interrogatorios los domingos, con tal de no dificultar el desempeño de su carrera profesional. En realidad, atender a los requerimientos del tribunal supone un angustioso esfuerzo, sobre todo mental, puesto que el funcionamiento del mismo es oscuro, ya que no pertenece a la justicia ordinaria y sus normas de funcionamiento son oscuras. Quizá lo más sensato sea elaborar un memorial acerca de la propia existencia con destino al Tribunal, aunque tampoco es seguro si es mejor encargar ese trabajo a un abogado o hacerlo uno mismo. Lo cierto es que la vida de K. se va convirtiendo paulatinamente en una angustiosa pesadilla en la que hay que aparentar cierta normalidad. Sentirse constantemente señalado debe parecerse mucho a la sensación que describía Orwell en 1984: estar oprimido todo el tiempo por una bota militar que pisotea el propio rostro, aunque también, de una manera ciertamente extraña, el acusado parece despertar los instintos más bajos de las mujeres con las que se va cruzando.

En El proceso es muy importante la arquitectura de los espacios - generalmente oprimentes - por los que se mueve K. Los negociados de tan importante Tribunal se encuentran en buhardillas de casas de uno de los barrios más degradados de la ciudad. Los acusados se reúnen en silencio en una estrecha habitación esperando enterarse de algo concerniente a sus propios casos. Los abogados, que no son reconocidos por el Tribunal, pero su presencia es tolerada por el mismo, cuentan con una sala de reunión que no reúne las mínimas condiciones de habitabilidad. Todo parece organizado para que la existencia de K. se torne más angustiosa día a día y esta característica de la novela es aprovechada perfectamente por Orson Welles a la hora de abordar su adaptación cinematográfica. En pocas ocasiones uno tiene ocasión de contemplar a un genio adaptando a otro genio. Welles se las arregló para darle un toque personal a la narración de Kafka: aquí lo importante, además de enfrentarlo a arquitecturas imposibles, es despersonalizar al personaje, hacerlo sentir alguien insignificante cuya vida se va hundiendo poco a poco de manera absurda, devorado por una culpa que puede ser o no real. En un determinado momento, K. es informado de que la retirada de su acusación es algo casi imposible. A lo más que puede aspirar es a un aplazamiento o una postergación de la misma.

Pero lo más alucinante de la novela es esa narración inserta en la misma, la celebérrima Ante la ley, un cuento, que puede ser leído de forma independiente, sujeto a múltiples interpretaciones, que adopta ante el lector significados que van desde lo religioso hasta lo existencialista. Quizá la única salida de K. era la más sencilla, la de usar la puerta, amplia ya la vez estrecha, que estaba reservada para él en su anhelo de conocer a la auténtica justicia. Pero es casi imposible tomar esa decisión cuando uno se encuentra en estado de permanente angustia e indecisión. Quizá todo sea una gran parábola de nuestra propia existencia: intuimos que hay un camino reservado para nosotros, pero creemos que la puerta que conduce al mismo nos está vedada.

lunes, 12 de agosto de 2019

LA IDENTIDAD (1995), DE MILAN KUNDERA. LA FUGACIDAD DEL AMOR.

Para Chantal, la protagonista de la novela, amar es tan importante como sentirse amada y tanto como sentirse deseada. Quizá algo que le frustra es que los hombres no parecen mirarla tanto como antes. Aunque quiere a su pareja, también le gusta fantasear, pensar en posibles aventuras. Y estos juegos mentales la llevan curiosamente a mezclar su rechazo a tener hijos con sus circunstancias actuales:

"Chantal se dice: Los hombres se han papaisado. Ya no son padres, tan sólo papás, lo cual significa: padres sin la autoridad de un padre. Se imagina coqueteando con un papá que empuja el carrito con un bebé y lleva además otros dos, uno a la espalda y otro en el pecho; aprovechando un momento en que la mujer se hubiera detenido delante de un escaparate, le propondría al marido una cita al oído. ¿Qué haría? El hombre, convertido en árbol de niños, ¿podría todavía volverse para mirar a una desconocida? ¿Acaso los bebés colgados de su espalda y de su pecho no se pondrían a berrear protestando por aquel movimiento inoportuno? Esta idea le parece divertida y la pone de buen humor. Se dice: Vivo en un mundo en el que los hombres nunca más se volverán para mirarme."

Jean-Marc, su pareja, con el que ha conseguido una relación feliz, que casi los identifica como un solo ser, comete un error estúpido: al advertir que Chantal se encuentra levemente deprimida, se hace pasar por un admirador secreto y escribe cartas a Chantal. A ella solo le hace falta eso para que desbordante imaginación se active: cree ver a su enamorado por todas partes, se imagina quien puede ser y llega a identificarlo con un mendigo. Mientras tanto Jean-Marc asiste pasivamente a las imprevisibles consecuencias de una acción desencadenada por él mismo y que va a poner en peligro su relación o, lo que es lo mismo, su propia identidad que fundió en gran parte y de manera voluntaria con Chantal. 

La última parte de la narración tiene que ver con la reacción de ella y los esfuerzos de él por recuperar su identidad perdida, llegando a buscarla por un Londres onírico, en les sucede lo más inesperado. ¿Se disolverá la identidad común o sobrevivirá a su mayor prueba? Esta novela breve, inteligente y entretenida no ofrece todas las respuestas, pero deja en el aire muy interesantes preguntas.

domingo, 10 de julio de 2016

CUENTOS COMPLETOS (1908-1924), DE FRANZ KAFKA. LA LITERATURA DE LA ANGUSTIA.

Leer a Franz Kafka es acercarse a uno de los mundos creativos más fascinantes de la literatura. Quizá la clave de la adicción que produce acercarse a un escritor a la vez tan hermético y transparante esté en su magistral exploración de aquellos aspectos vitales que tendemos a ocultar en nuestra vida cotidiana, en nuestra relación con los demás. La idea de angustia, esa compañera que suele acompañar de manera más o menos oculta todos nuestros pasos en este mundo, está siempre presente en cualquier escrito de Kafka. La angustia de las relaciones familiares, la del trabajo diario, la del cumplimiento de la ley, la que rige las relaciones con las autoridades con capacidad de castigo... Poco optimismo podemos encontrar en la literatura de quien ha terminado como el símbolo de la inseguridad del individuo, dotado de una escritura tan fría y sepulcral como algunos de los más tristemente célebres avatares del siglo XX, del que fue su profeta máximo. No obstante, para él la literatura lindaba con la idea de inmortalidad:

"La misión del escritor es convertir la mortalidad aislada en vida eterna, conducir lo casual a lo forzoso. El escritor tiene una misión profética."

Además, es paradójico, que en una carta a Felice Bauer, se describa a sí mismo como un muerto cuando está practicando dicha inmortalidad:

"Para poder escribir, tengo necesidad de aislamiento, pero no como un ermitaño, algo que no sería suficiente, sino como un muerto. El escribir, en este sentido, es un sueño más profundo, o sea la muerte, y así como a un muerto no se le podrá sacar de la tumba, a mí tampoco se me podrá arrancar de mi mesa por la noche."

Lo que es indudable es que Kafka sentía la necesidad de escribir, era un impulso superior a sus fuerzas. Esto quiere decir que principalmente escribía para sí mismo, quizá para ahuyentar sus fantasmas, aunque con las palabras plasmadas en el papel llegaran otros nuevos, en ocasiones más terribles. La conclusión más obvia de todo ello es que para él, todo lo que no significara la dedicación a la literatura era poco menos que un estorbo. Su tragedia es que para escribir, debía atender al resto de las obligaciones de la existencia y en demasiadas ocasiones esta simple realidad cotidiana se traducía en una especie de tortura, en una especie de vida mutilada. Este texto, perteneciente al relato Decisiones, resume su actitud ante la vida:

"Así, el mejor consejo es soportarlo todo, comportarse como una masa pesada y sentirse desaparecido; no dejarse sonsacar ni un paso innecesario; mirar al otro con mirada animal; no sentir arrepentimiento alguno; en suma, aplastar con la propia mano lo que queda de la vida como espectro, es decir aumentar la última tranquilidad sepulcral y no dejar nada excepto eso."

Pocos como el escritor checo han sabido explorar las contradicciones del poder ligado a la burocracia. Kafka conocía bien los mecanismos que rigen ese mundo a través de su propio trabajo en una compañía de seguros. Además, los viajes comerciales a los que se veía obligado provocarían una reflexión del concepto de poder desde un ángulo distinto, desde la perspectiva de los Estados imperiales y su relación con los rincones que forman la periferia. El Estado sería aquí un ente monstruoso e inabarcable, de cuyas disposiciones llegan noticias en ocasiones, tarde y mal. Un concepto que influiría posteriormente de manera decisiva en la obra de Jorge Luis Borges (La construcción de la muralla china es un relato que podría haber sido firmado perfectamente por el argentino), quien dejaría escrito al respecto: 

"Dos ideas —mejor dicho, dos obsesiones— rigen la obra de Franz Kafka. La subordinación es la primera de las dos; el infinito, la segunda. En casi todas sus ficciones hay jerarquías y esas jerarquías son infinitas."

Es indudable que en la colección de cuentos de Kafka existen algunos que son realmente emblemáticos, leídos y citados constantemente por cualquier amante de la literatura: Ante le ley, quizá su relato más enigmático (no el más terrible, pues en este apartado rivalizaría con algunos candidatos) y más contradictorio, del que se han extraído miles de conclusiones que jamás han podido llegar al fondo de su mensaje, Un artista del hambre o la obsesión por ejercitar una profesión, aunque dicho ejercicio carezca de sentido para el resto de la humanidad, o En la colonia penitenciaria, en el que Kafka no ahorra al lector la descripción pormenorizada de la más terrible de las torturas. Pero existen otros relatos mucho más desconocidos, como Fue en verano, cuyo breve texto resume extraordinariamente algunas de las obsesiones de Kafka: el acto inocente que resulta no serlo tanto, el ejercicio implacable de la ley contra un ser insignificante que ha infringido un precepto ignorado y que poco a poco va tomando conciencia de su terrible situación. Un tema que está desarrollado con mucha más amplitud en El proceso, pero que se expone con toda crudeza en este pequeño cuento.

¿Quién puede penetrar con absoluta certeza en las ideas de Kafka, en su conciencia? La mejor guía siguen siendo los textos del propio escritor, atreverse a acompañarlo como lector en sus tormentos, asomarnos como voyeurs literarios a su vida íntima, a sus angustias y al tormento y goce de su labor literaria. Todo esto puede sintetizarse en este fragmento de una carta que escribió a su gran amigo Max Brod:

"Hoy, durante una noche de insomnio, cuando todo iba para uno u otro lado en mis sienes doloridas, cobré de nuevo conciencia, algo que casi había olvidado en los últimos tiempos relativamente tranquilos, de la fragilidad o incluso de la inexistencia del suelo sobre el que vivo, de la oscuridad de la que emergen a su gusto oscuras fuerzas que, sin atender  a mi balbuceo, destruyen mi vida. Escribir me permite seguir viviendo, pero sería más apropiado decir que permite  que siga existiendo aquel tipo de vida frágil e inconsistente. Con ello no quiero decir, naturalmente, que mi vida sea mejor cuando no escribo. No, en ese caso es aún peor y absolutamente insoportable, y tiene que desembocar en la locura. Pero esto solo con la condición de que, como resulta ser en realidad, también soy escritor cuando no escribo; y en cualquier caso un escritor que no escribe es un absurdo que desafía a la locura."

viernes, 24 de junio de 2016

LA METAMORFOSIS (1915), DE FRANZ KAFKA. LA TRANSFORMACIÓN DE GREGOR SAMSA.

Para Kafka la peor de las pesadillas que uno pueda imaginarse podía trasladarse al mundo real. Este es el secreto de que La metamorfosis sea una de las mejores novelas de horror - sin que quepa clasificarla estrictamente en este género - jamás escritas. En una carta a Felice Bauer, su prometida de aquel tiempo, le hablaba del proceso de creación del relato:

"Mi amor, ¡pero qué extremadamente repulsiva es la historia que acabo de apartar a un lado para recuperarme pensando en ti! Ha avanzado ya hasta un poco más de la mitad y, en conjunto, no estoy descontento con ella, pero en cuanto a nauseabunda, lo es de un modo ilimitado, y cosas como esta, te das cuenta, provienen del mismo corazón en el tú habitas y toleras como morada."

El despertar de Gregor Samsa, convertido en un enorme y repugnante insecto, es uno de los momentos icónicos de la literatura universal. Kafka no se plantea por qué ha sucedido tal cosa, tampoco lo hace la familia del protagonista. Lo que sucede en realidad es una especie de resignación, una penosa adaptación a la nueva situación por parte de Gregor y su familia, como si la transformación fuera un castigo bíblico, una desgracia que hay que aceptar, aunque sea a regañadientes. El autor de El castillo no obvia ningún detalle desagradable en la descripción del bicho monstruoso que la noche antes era un ser humano. Además del desconcierto inicial, el miedo es el sentimiento imperante en un Gregor que conserva todavía su humanidad, el cariño por su familia, pero se ve asediado por nuevos instintos propios de su recién estrenada condición. Además, su familia, que dependía económicamente de él, intenta obviar su existencia, delegándose en su hermana menor la responsabilidad de llevarle alimento. Poco a poco la situación se va deteriorando. El insecto ya no tiene lugar en el mundo, la existencia es una experiencia absurda, un infierno cotidiano que afecta a Gregor y a los que le rodean. Al final, ni siquiera la diligente hermana soporta enfrentarse a un ser cada día más enfermo y repulsivo.

La metamorfosis puede ser leída como la gran parábola del individuo diferente enfrentado a la imposibilidad de convivir en el seno de una sociedad a cuyos usos no es capaz de adaptarse. Ya antes de la transformación, la existencia de Gregor Samsa estaba presidida por la angustia propia de la profesión de viajante de comercio, la de un joven sometido a las exigencias cotidianas de un trabajo incómodo. También es una especie de alegoría en un momento - el comienzo de la Primera Guerra Mundial - en el que los ciudanos libres eran obligados a ingresar en el Ejército para protagonizar matanzas inauditas hasta la fecha, como si de pronto se hubieran transformado en insectos, cuyas vidas son perfectamente prescindibles. Y hablando de Franz Kafka, es imposible dejar de pensar en las matanzas de judíos que se iniciarían un par de décadas después: otros seres humanos que se vieron, casi de un día para otro, convertidos en seres repulsivos por obra y gracia de unas leyes criminales. Aunque su muerte prematura le evitó la experiencia, ¿qué hubiera podido decir el jurista Kafka si hubiera sobrevivido de alguna manera a la Segunda Guerra Mundial?

lunes, 25 de noviembre de 2013

UNA SOLEDAD DEMASIADO RUIDOSA (1980), DE BOHUMIL HRABAL. EL DON QUIJOTE DEL INFINITO Y DE LA ETERNIDAD.

Aunque con el temperatura algo fresca propia de esta época del año, la tarde del viernes que se presentó clara y despejada, reunía las condiciones ideales para una buena velada literaria, que en este caso me llevó a dos lugares muy poco distantes. El primero de ellos fue el Colegio de Graduados Sociales, donde algunos clubes de lectura malagueños celebramos un encuentro con Zoé Valdés en torno a su libro La mujer que llora, que leí hace un par de meses. Si bien la novela no me gustó mucho, la conversación que mantuvo con el biógrafo de Picasso Rafael Inglada resultó muy interesante y apasionante a ratos, descubriéndome algunos aspectos del artista malagueño que desconocía, como su filantropía, lo que lleva a pensar en una especie de equilibrio moral en su vida: cada mala acción que realizó puede ser compensada con una buena. Como Picasso fue algo más que un pintor (y además, un hombre que vivió muchos años) que tuvo una educación decimonónica, pueden perdonársele muchas cosas. Además, pocas existencias habrán sido estudiadas con tanto nivel de detalle como la suya. Creo que de la vida de casi cualquier hombre, observada con una lupa de aumento, también ofrecería episodios poco edificantes, aunque endulzados con un poco más de humildad, propia de quien no ha nacido genio.

Después, en la cercana tetería Zouk, quedó inaugurado un nuevo club de lectura, cuya caracterísitica más insólita es que existe una paridad casi absoluta entre hombres y mujeres, un hecho del que yo todavía no había sido testigo. En el calor de un reservado, pudimos degustar nuestras bebidas a la vez que diseccionábamos la que es seguramente la mejor narración de Bohumil Hrabal, Una soledad demasiado ruidosa.

Si la profesión literaria estuviera sometida a reglas fijas, podría decirse que Hrabal fue un escritor atípico. Comenzó a publicar cuando ya tenía los cincuenta años y la represión posterior a la primavera de Praga de 1968 hizo que tuviera que comenzar a publicar en el formato samizdat, una forma de literatura semiclandestina típica de los paises comunistas, en la que las obras, divididas por capítulos, circulaban en un circuito muy restringido. Así que la primera publicación de Una soledad demasiado ruidosa se produjo en samizdat en 1977 y hasta 1980 no pudo ser editada en forma de libro, pero fuera de Checoslovaquia. En cualquier caso, Hrabal fue siempre un novelista totalmente alejado de los circuitos oficiales, que prefería gastar su tiempo en sus cervecerías favoritas de Praga. Quizá por ello sus retratos humanos resultan tan portentosos: estar cerca de la vida cotidiana, trabajando como un obrero más y bebiendo con ellos le permitía obtener una visión muy lúcida de la existencia.

De hecho, Una soledad demasiado ruidosa, puede leerse como una denuncia de los totalitarismos. El protagonista, Hant´a, desde el primer momento nos recalca que lleva treinta y cinco años haciendo lo mismo: se dedica a prensar manualmente papel metido en un pequeño y sucio agujero. Para él su vida es su trabajo y su trabajo es su vida: no concibe que algún día tenga que dejar de realizar una labor que él concibe casi como una tarea artesanal: decora los bloques de papel prensado con reproducciones de pinturas antiguas que va coleccionando al efecto. Hant´a es un buscador de la belleza de lo efímero, un ser que se siente seguro en la soledad de su guarida, a pesar de las ocasionales y molestas visitas de su jefe.

Pero hay algo más importante en la existencia del protagonista. Algo que ha ido descubriendo en el día a día de su trabajo y que le ha perturbado de una manera insospechada. Entre las toneladas de papel que caen a su agujero para ser prensadas suele haber libros. Libros de todas clases, antiguos y modernos, algunos de gran valor económico, pero todos dignos de ser salvados por este héroe improbable que los guarda en su propia casa, en unas estanterías tan cargadas que corre peligro de que se desmoronen sobre su cabeza. Además, siempre pululan alrededor de él coleccionistas de libros y periódicos viejos para los que representa el último recurso de conseguir ciertos ejemplares. Este "Don Quitote del infinito y de la eternidad" vive en una sociedad en la que el libro solo representa algo útil cuando no entra en contradicción con los postulados del Estado. El resto pueden ser destruidos, porque no dicen nada útil y pueden llegar a ser perniciosos. Aunque él, que ha ido adquiriendo poco a poco una extraña sabiduría, tiene sus propios pensamientos al respecto:

"(...) todos los inquisidores del mundo queman los libros en vano, porque cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo."

Si recordamos el argumento de Rebelión en la granja, de George Orwell, es como si Hant´a hubiera pasado de ser un Boxer, el caballo que solo trabajaba más duro para la causa del comunismo sin plantearse por qué nunca llegaba el paraíso prometido, a convertirse en el burro Benjamín, alguien que ha adquirido conciencia de la opresión en la que vive leyendo a Séneca, Nietzsche o Hegel, pero que ni siquiera se plantea hacer nada al respecto. En este sentido Hant´a sigue siendo un proletario que acude a las más sórdidas tabernas para olvidar el trabajo por unas horas. También está el amor, o más bien la imposibilidad del amor, un sentimiento que el protagonista llega a sentir por una gitanita con la que establece una relación sin palabras (para él las únicas palabras importantes son las que están en los libros) hasta que ella un día, durante la dominación nazi, desaparece aunque él, fiel a su política de inacción, no indague al respecto.

Después de las pequeñas decepciones que me supusieron Trenes rigurosamente vigilados y Yo que serví al rey de Inglaterra, esta obra me hace definitivamente amar a Hrabal. Pocas veces se ha escrito una obra que destila tanto amor a los libros por un hombre tan contradictorio: Hrabal era un intelectual de las tabernas.    

martes, 5 de noviembre de 2013

EL CABALLERO SUECO (1936), DE LEO PERUTZ. LA FORJA DE UN LADRÓN.

Aunque no demasiado conocido en España - pese a que se ha publicado buena parte de su obra - Leo Perutz es un bocado exquisito para todo amante de la literatura. En mi caso, aunque tenía previamente alguna referencia de él, lo leo estimulado por la recomendación que nos hicieron mis amigos Begoña y Francisco Javier, autores de Lluvia púrpura, cuando pasaron por la biblioteca Cristóbal Cuevas.

Perutz es uno de esos escritores centroeuropeos que nacieron a finales del siglo XIX y, por lo tanto, les tocó vivir lo mejor y lo peor de los acontecimientos de la primera mitad del siglo XX: la apoteosis de Viena como centro cultural europeo y las dos guerras mundiales, la segunda de las cuales partió su vida en dos, ya que la segunda parte de la misma transcurrió en Palestina. Es curioso observar que un punto de su biografía, en la primera década del siglo, trabajó en Trieste en la misma compañía en que lo hacía Franz Kafka en Viena. ¿La labor que se desempeñaba en la Compañía de Seguros Generales inspiraba a los genios literarios?

El caballero sueco tiene mucho de realismo mágico antes de que se inventara el realismo mágico. El lector va a seguir las andanzas de un ladrón que malvive en los caminos y que conoce a un oficial del ejército sueco que ha desertado a causa de un malentendido. El oficial, joven ingenuo, sigue creyendo en la nobleza de la causa del rey sueco y en la gloria que puede obtenerse en la guerra. El ladrón es un ser mucho más astuto y práctico y cuando se le presente la ocasión de adoptar la personalidad del oficial, va a aprovecharla en su beneficio. Antes liderará una banda de rebeldes que se esconde en el bosque y comenzará una campaña de robos hasta entonces inédita por sacrílega: el asalto de iglesias y conventos en busca del oro y la plata que acumulan desde tiempos inmemoriales.

Precisamente la novela de Perutz no ahorra críticas a la crueldad de la iglesia, personificada en un obispo del lugar que posee una inmensa fundición que todos llaman la Forja del Obispo y que es como una especie de infierno en la Tierra que sirve para redimir a los malhechores y para hacer a su dueño aún más rico. Los desventurados que acaban en la Forja del Obispo saben que morirán en pocos meses si el destino se apiada de ellos. Si no sucede así, el hombre que salga de allí después de unos años de trabajo infernal será muy distinto al que entró. Será un hombre sin miedo, pues ya ha vivido lo peor por lo que puede pasar un ser humano.

Así pues, el ladrón posee buenos argumentos para justificar sus crímenes contra la religión, argumentos muy avanzados e insólitos para la época:

"Todo lo que hay sobre la tierra es de Dios. El oro y la plata que tienen guardados los curas es de Dios, y seguirá siendo de Dios aunque los metamos en nuestros sacos. Creo que es una buena obra poner en circulación los tesoros que allí descansan. Y si es un pecado, como dices, debes saber que así como no se puede hacer un jubón sin una vara ni unas tijeras, ni una casa sin llamar a un carpintero o a un albañil, tampoco podrás tener mejores días sin haber cometido antes un pecado."

Además, tiene una opinión muy personal de la relación de los hombres con Dios:

"Es posible que Dios no quiera que ganen el cielo demasiados hombres. (...) Tengo para mí que Dios prefiere mantener a los hombres lejos de él, en los infiernos, antes que en el cielo. Porque ¿qué puede esperar de ellos? En cuanto hubo cuatro hombres en la Tierra se mataron a palos, y no creo que en el cielo vayan a hacer otra cosa."

El cielo y el infierno se dan cita en la vida del ladrón. Él sabe acoger a los dos, pero sabe que el destino es caprichoso, sobre todo con un hombre de su pasado. El ladrón es sabio y comprende que uno solo puede forjarse ese destino hasta cierto punto. Al final los pecados acaban pasando factura y hay que afrontarlos. El caballero sueco es una novela cruel y absorbente al mismo tiempo, una narración original que me deja con ganas de conocer más obras de Perutz.