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viernes, 8 de septiembre de 2017

LA PASIÓN SEGÚN G.H. (1964), DE CLARICE LISPECTOR. TRANSFORMACIÓN METAFÍSICA.

A veces se topa uno con obras realmente difíciles, que suponen un verdadero reto. En este sentido, hay algunas lecturas que resultan apasionantes, pues poco a poco uno entra en el mundo que quiere el escritor y es capaz de maravillarse con arquitecturas literarias verdaderamente sólidas. Por desgracia, este no ha sido el caso de La pasión según G.H., famosa novela de la brasileña Clarice Lispector, que en realidad me ha dejado bastante frío e indiferente. La novela cuenta, en primera persona, la transformación que sufre la protagonista cuando, una plácida mañana, encuentra una enorme cucaracha en el fondo de su armario. Esto podría remitir a Kafka, pero la novela de Lispector es muy diferente a cualquier narración del escritor checo. Aquí lo que interesa casi exclusivamente es la experiencia personal de la narradora, una experiencia que apenas puede contarse con los mecanismos convencionales del lenguaje:

"Poseo a medida que designo; y éste es el esplendor de tener un lenguaje. Pero poseo mucho más en la medida que no consigo designar. La realidad es la materia prima, el lenguaje es el modo como voy a buscarla, y como no la encuentro. Pero del buscar y no del hallar nace lo que yo no conocía., y que instantáneamente reconozco. El lenguaje es mi esfuerzo humano. Por destino tengo que ir a buscar y por destino regreso con las manos vacías. Mas regreso con lo indecible. Lo indecible me será dado solamente a través del lenguaje. Sólo cuando falla la construcción, obtengo lo que ella no logró."

El viaje de G.H. es difícilmente descriptible, pues pasa por una especie de unión metafísica con el universo, con todo lo existente, por dolores y placeres extremos, por visitas al infierno y al cielo y por el conocimiento de un ente al que cree identificar como Dios. Todo es un poco confuso en esta novela, que se limita a narrar, con lenguaje rebuscado, una serie de experiencias al límite, de las cuales la narradora expone continuamente conclusiones contradictorias. En cierto modo, La pasión según G.H. (que al final se emparenta con la pasión de Cristo), está realizada con el material con el que transcurren las pesadillas. Curiosamente, hace unos días me dio un enorme dolor de muelas. Pasé una jornada laboral infernal y al final de la misma pude acudir al dentista, que me recetó unas pastillas muy potentes. Mis sueños de esa noche, supongo que por efecto de la medicación y del cansancio acumulado de la noche precedente en vela, fueron casi tan extraños como lo que se cuenta en esta novela. Una especie de viaje casi psicodélico en el que mi ser se transmutaba en varias partes y yo debía pasar horas recomponiéndome, entre otras muchas cosas extrañas. Quizá, llevando la broma hasta el extremo, podríamos atrevernos a especular con que  La pasión según G.H. sea hija de un dolor de muelas. Nunca se sabe.

sábado, 30 de noviembre de 2013

MI PLANTA DE NARANJA LIMA (1968), DE JOSÉ MAURO DE VASCONCELOS. SANGRE, INOCENCIA Y LÁGRIMAS.

José Mauro de Vasconcelos y sobre todo Mi planta de naranja lima, su obra más conocida, han tomado nuevo impulso en España gracias al éxito de la edición de la misma que ha realizado recientemente Libros del Asteroide. La vida del protanista de la novela y la del escritor brasileño tienen muchos puntos en común. Una infancia pobre es algo que deja marcado para toda la vida, pero Vasconcelos no escribe, ni mucho menos, para ajustar cuentas con el pasado, sino que lo evoca de una manera casi poética, aunque dejando atisbar al lector las zonas más umbrías de la miseria.

Porque hay mucho de idealización de la pobreza en Mi planta de naranja lima, una pobreza vivida por gente noble y trabajadora, muy alejada de la idea que tenemos hoy día de la vida en las favelas brasileñas, marcada por el tráfico de drogas y la violencia. Zezé lo pasa mal, asume responsabilidades que no corresponden a un niño de cinco años, pero asiste a la escuela y puede soñar con una mejora futura de su situación, ya que quienes le rodean son en general gente honesta y que intenta salir adelante con su trabajo. La de Vasconcelos es una visión muy digna de la pobreza, a veces casi paternalista. Nunca habla de injusticias sociales, porque tampoco casarían con el punto de vista un chiquillo.

Y es que es Zezé y su visión del mundo los que asumen el peso del relato. Zezé es un chiquillo muy vivo, noble y de buen corazón, pero que no puede evitar que a veces se le meta dentro el demonio, como él mismo dice y organizar travesuras que suelen terminar peor para él (por las tremendas palizas que recibe) que para sus víctimas. Pero la principal característica del protagonista es la dulzura de su discurso, derivada de su inocencia incorruptible. Porque Zezé no es más que un niño al que le falta una pizca de cariño para ser feliz, algo que va a encontrar en su amigo el Portugués, un adulto que hará durante un tiempo de sustituto de su padre. 

Así pues, añadiendo algunas pinceladas de sordidez, Mi planta de naranja lima es un relato muy edulcorado, que no llega a los límites de lo empalagoso gracias al oficio literario de Vasconcelos. Un retrato amable de la pobreza en el que no hace falta escarbar mucho para encontrar dosis de crueldad. A mí me parece que lo más triste de todo es que hoy día sería muy difícil escribir una novela así ambientada en las favelas.