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lunes, 25 de noviembre de 2013

UNA SOLEDAD DEMASIADO RUIDOSA (1980), DE BOHUMIL HRABAL. EL DON QUIJOTE DEL INFINITO Y DE LA ETERNIDAD.

Aunque con el temperatura algo fresca propia de esta época del año, la tarde del viernes que se presentó clara y despejada, reunía las condiciones ideales para una buena velada literaria, que en este caso me llevó a dos lugares muy poco distantes. El primero de ellos fue el Colegio de Graduados Sociales, donde algunos clubes de lectura malagueños celebramos un encuentro con Zoé Valdés en torno a su libro La mujer que llora, que leí hace un par de meses. Si bien la novela no me gustó mucho, la conversación que mantuvo con el biógrafo de Picasso Rafael Inglada resultó muy interesante y apasionante a ratos, descubriéndome algunos aspectos del artista malagueño que desconocía, como su filantropía, lo que lleva a pensar en una especie de equilibrio moral en su vida: cada mala acción que realizó puede ser compensada con una buena. Como Picasso fue algo más que un pintor (y además, un hombre que vivió muchos años) que tuvo una educación decimonónica, pueden perdonársele muchas cosas. Además, pocas existencias habrán sido estudiadas con tanto nivel de detalle como la suya. Creo que de la vida de casi cualquier hombre, observada con una lupa de aumento, también ofrecería episodios poco edificantes, aunque endulzados con un poco más de humildad, propia de quien no ha nacido genio.

Después, en la cercana tetería Zouk, quedó inaugurado un nuevo club de lectura, cuya caracterísitica más insólita es que existe una paridad casi absoluta entre hombres y mujeres, un hecho del que yo todavía no había sido testigo. En el calor de un reservado, pudimos degustar nuestras bebidas a la vez que diseccionábamos la que es seguramente la mejor narración de Bohumil Hrabal, Una soledad demasiado ruidosa.

Si la profesión literaria estuviera sometida a reglas fijas, podría decirse que Hrabal fue un escritor atípico. Comenzó a publicar cuando ya tenía los cincuenta años y la represión posterior a la primavera de Praga de 1968 hizo que tuviera que comenzar a publicar en el formato samizdat, una forma de literatura semiclandestina típica de los paises comunistas, en la que las obras, divididas por capítulos, circulaban en un circuito muy restringido. Así que la primera publicación de Una soledad demasiado ruidosa se produjo en samizdat en 1977 y hasta 1980 no pudo ser editada en forma de libro, pero fuera de Checoslovaquia. En cualquier caso, Hrabal fue siempre un novelista totalmente alejado de los circuitos oficiales, que prefería gastar su tiempo en sus cervecerías favoritas de Praga. Quizá por ello sus retratos humanos resultan tan portentosos: estar cerca de la vida cotidiana, trabajando como un obrero más y bebiendo con ellos le permitía obtener una visión muy lúcida de la existencia.

De hecho, Una soledad demasiado ruidosa, puede leerse como una denuncia de los totalitarismos. El protagonista, Hant´a, desde el primer momento nos recalca que lleva treinta y cinco años haciendo lo mismo: se dedica a prensar manualmente papel metido en un pequeño y sucio agujero. Para él su vida es su trabajo y su trabajo es su vida: no concibe que algún día tenga que dejar de realizar una labor que él concibe casi como una tarea artesanal: decora los bloques de papel prensado con reproducciones de pinturas antiguas que va coleccionando al efecto. Hant´a es un buscador de la belleza de lo efímero, un ser que se siente seguro en la soledad de su guarida, a pesar de las ocasionales y molestas visitas de su jefe.

Pero hay algo más importante en la existencia del protagonista. Algo que ha ido descubriendo en el día a día de su trabajo y que le ha perturbado de una manera insospechada. Entre las toneladas de papel que caen a su agujero para ser prensadas suele haber libros. Libros de todas clases, antiguos y modernos, algunos de gran valor económico, pero todos dignos de ser salvados por este héroe improbable que los guarda en su propia casa, en unas estanterías tan cargadas que corre peligro de que se desmoronen sobre su cabeza. Además, siempre pululan alrededor de él coleccionistas de libros y periódicos viejos para los que representa el último recurso de conseguir ciertos ejemplares. Este "Don Quitote del infinito y de la eternidad" vive en una sociedad en la que el libro solo representa algo útil cuando no entra en contradicción con los postulados del Estado. El resto pueden ser destruidos, porque no dicen nada útil y pueden llegar a ser perniciosos. Aunque él, que ha ido adquiriendo poco a poco una extraña sabiduría, tiene sus propios pensamientos al respecto:

"(...) todos los inquisidores del mundo queman los libros en vano, porque cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo."

Si recordamos el argumento de Rebelión en la granja, de George Orwell, es como si Hant´a hubiera pasado de ser un Boxer, el caballo que solo trabajaba más duro para la causa del comunismo sin plantearse por qué nunca llegaba el paraíso prometido, a convertirse en el burro Benjamín, alguien que ha adquirido conciencia de la opresión en la que vive leyendo a Séneca, Nietzsche o Hegel, pero que ni siquiera se plantea hacer nada al respecto. En este sentido Hant´a sigue siendo un proletario que acude a las más sórdidas tabernas para olvidar el trabajo por unas horas. También está el amor, o más bien la imposibilidad del amor, un sentimiento que el protagonista llega a sentir por una gitanita con la que establece una relación sin palabras (para él las únicas palabras importantes son las que están en los libros) hasta que ella un día, durante la dominación nazi, desaparece aunque él, fiel a su política de inacción, no indague al respecto.

Después de las pequeñas decepciones que me supusieron Trenes rigurosamente vigilados y Yo que serví al rey de Inglaterra, esta obra me hace definitivamente amar a Hrabal. Pocas veces se ha escrito una obra que destila tanto amor a los libros por un hombre tan contradictorio: Hrabal era un intelectual de las tabernas.    

sábado, 28 de enero de 2012

YO QUE HE SERVIDO AL REY DE INGLATERRA (1971) DE BOHUMIL HRABAL. DE CÓMO LO INCREÍBLE SE HIZO REALIDAD.


Actualmente estoy leyendo un ensayo denso, bien escrito y fascinante, como sólo saben hacerlo los historiadores británicos: "Postguerra", del tristemente fallecido Tony Judt. Entre otros muchos asuntos, se trata el de Checoslovaquia, una tierra maltratada por la historia en el siglo XX, con una población cultural y económicamente equiparable a la de cualquier país próspero occidental fue ocupada sucesivamente por los alemanes y por los rusos, viéndose obligada a adoptar regímenes que coartaban los naturales deseos de libertad de la mayoría de la gente. El intento de llegar a un compromiso de "comunismo con rostro humano", de 1968, cuyo capítulo leí ayer, es relatado magistralmente por Judt como la tragedia de un pueblo que acabó traicionándose a sí mismo en gran medida. Recomiendo vivamente leer "La broma", de Milan Kundera, para comprender el espíritu de aquellos tiempos.

El estilo de Hbrabal tiene muchos ecos de Franz Kafka (autor, por cierto, que se intentó hacer olvidar durante el comunismo, quizá porque predijo asombrosamente sus contradicciones) en su modo particular de acercarse y narrar la realidad, desde el punto de vista entre asombrado e ingenuo de quien interpreta a su modo los hechos más insólitos.

Los grandes escritores son observadores meticulosos de la vida y Hbrabal es uno de ellos. "Yo que he servido al rey de Inglaterra" es narrada, recordando un poco la novela picaresca, por un joven que quiere abrirse camino en la vida desde abajo, por lo que comienza siendo camarero en grandes hoteles y absorbiendo con su mirada atenta la vida que sucede a su alrededor. No nos encontramos exactamente ante una novela de aprendizaje, las intenciones de Hbrabal son muy distintas. A través de la peripecia del protagonista, el lector va teniendo noticias de los avatares que suceden en el país.

El deseo de subir en la escala social, de reconocimiento, es una constante en el protagonista, que no duda en acercarse a los invasores nazis y someterse a sus pruebas raciales para contraer matrimonio con una mujer aria, aunque en realidad sus nuevos amos le desprecien. Cuando los alemanes pierden la guerra, sabe aprovechar las oportunidades que ofrece el final de la guerra y cumple sus sueños: monta uno de los hoteles más envidiados de Europa, que comienza a ser frecuentado por famosos. Es feliz, pero no por completo: necesita hacer mejoras constantemente en sus instalaciones: quiere llamar la atención, ser envidiado. Por ello no sorprende que cuando los comunistas empiecen a arrestar a los millonarios checos se entregue voluntariamente: ser un prisionero selecto es otra forma de destacar, de estar con las élites.

El episodio de la prisión es el más surrealista de la novela, porque no sabemos bien quienes son los prisioneros y quienes los guardianes, una metáfora perfecta de la situación de Checoslovaquia en la era comunista, donde los gobernantes del pueblo estaban a su vez tutelados desde Moscú. Al final resulta sorprendente que un personaje en busca de reconocimiento social se sienta feliz en soledad. El mirarse en un espejo, el encuentro consigo mismo, quizá sea el conocimiento más valioso de cuantos obtiene a lo largo de su existencia. Lo más interesante de Hrabal no es tanto lo que cuenta, sino cómo lo cuenta: su riqueza de lenguaje y de matices entre lo burlesco y lo real. Es la única manera de narrar con coherencia la absurda historia del siglo XX en su país.

Les dejo este hermoso fragmento:

"(...) yo siempre había verificado que el fundamento de la vida consiste en preguntarse sobre la muerte, cómo me iba a comportar cuando llegue mi hora, que en realidad la muerte, no, el preguntarse a uno mismo es un discurso enfocado a través del prisma del infinito y la eternidad, que el hecho de pensar en la muerte es el comienzo de un pensamiento hermoso y acerca de lo hermoso, pues saborear el sinsentido de ese camino propio, que de todas maneras termina con una marcha prematura, este deleite y vivencia de la propia aniquilación, eso llena al hombre de amargura y, en consecuencia, de belleza."