En el convulso año 1965 - año en el que Estados Unidos iba a comenzar su desastrosa participación en el conflicto de Vietnam - había otro punto caliente en el sudeste asiático, en el que también se movían piezas en plena Guerra Fría. Un joven periodista llega a Yakarta en plena dictadura de Sukarno, con la misión de descubrir si son ciertos los rumores de insurrección comunista. Allí va a encontrar un mundo tan exótico como peligroso. La pequeña comunidad occidental vive de espaldas a la miseria imperante en la capital, los periodistas que conoce llevan allí el suficiente tiempo como para haberse convertido en unos cínicos y se aprovechan de sus privilegios frente a la necesidad de los indonesios, acudiendo con frecuencia a los baratos servicios de prostitución, cuyo centro neurálgico se encuentra en el cementerio. En toda esta oscuridad aparece una luz, representada por Jill Bryant, agregada de la embajada británica, con quien Guy Hamilton va a vivir un breve e intenso romance, en el que va a tener que probar si es más fuerte su instinto periodístico o el amor que siente por ella. Pero frente a todo destaca el personaje de Billy Kwan (por cuya interpretación ganó el Oscar Linda Hunt), un indonesio tan pequeño como inteligente, que será un verdadero guia para Hamilton en el complejo mundo en el que se ha sumergido. Kwan se presenta como un verdadero amigo del periodista, pero hay algo en él muy inquietante, puesto que es un tipo que pasa muchas horas solo, reflexionando y escribiendo dosieres acerca de la gente que lo rodea. Además, su orientación sexual también es ambigua, así como la política. Podría ser un espía comunista o de cualquier otro bando, pero el protagonista no tiene más opción que confiar en él. El año que vivimos peligrosamente es una película ejemplar en cuanto a ambientación y a la hora de mostrar todos los prismas que conforman un conflicto muy complejo, enmarcado en una época tan peculiar como la Guerra Fría. No se abstiene de mostrar ampliamente la miseria de los perdedores de la historia y de retratar a los occidentales como gente que no ha perdido todavía el espíritu colonial, a pesar de habitar ya en una nación independiente.
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