Entre otras cosas, el amor correspondido refuerza algo tan importante como la autoestima, siempre que la otra persona sea capaz de ofrecernos "una mirada apreciativa que nos muestre nuestros aspectos más agradables", una mirada que sea precisa y amable y que no exagere nuestras virtudes ni se ensañe con nuestros defectos. Entonces vemos recompensados nuestros esfuerzos al estar con la persona indicada, puesto que el ritual de acercamiento al otro - depende de las capacidades de cada cual - puede ser agotador psicológicamente, pues en el interior de quien toma la iniciativa de acercarse a otra persona luchan el anhelo por ser correspondido con la posibilidad del fracaso y la humillación. Lo verdaderamente fascinante de todo esto es que conquistar a alguien anhelado no garantiza la felicidad:
"Esta es la tragedia intrinseca del amor. Si triunfa, si nuestro amor se ve correspondido, y desemboca en una relación, la persona con la que estamos debe acabar siendo distinta de la que imaginábamos. El amor anhela la cercanía, pero la cercanía siempre nos enfrenta a algo distinto de lo esperado, y con el tiempo esa persona que al principio parecía tan segura y llena de vida resulta ser un saco de ansiedades y miedos ocultos. Además, la seguridad de la rutina puede pillarnos desprevenidos: cuando intentábamos ganarnos su afectos nos mostrábamos ingeniosos y atentos, pero ahora que lo hemos conseguido volvemos a comportarnos de otro modo. Cuando triunfa, el amor nos lleva a asumir retos: tener hijos, comprar una casa, compartir las responsabilidades domésticas..., y para afrontar incluso moderadamente bien estas situaciones necesitaremos un montón de cualidades distintas a las que su día avivaron ese mismo amor."
Es lo que se llama madurez en el amor, algo que no suele aparecer en las grandes novelas o relatos clásicos que muestran una relación ardiente entre dos amantes. El protagonista de El gatopardo decía cínicamente que el matrimonio era un año de fuego y treinta de cenizas. El reto de una pareja es que esta famosa máxima no se haga realidad, aunque es muy difícil pensar en la rutina cuando una pareja empieza a conocerse. En este sentido, Los requisitos del amor trata de ser desmitificador, aunque reconociendo la magia que supone el enamoramiento. Por eso, porque todos hemos vivido experiencias similares, Armstrong interpela constantemente al lector, sin que esto se convierta en un libro de autoayuda, sino en un manual de aprendizaje, ya que siempre resulta algo insólito analizar el amor desde un enfoque más filosófico que emocional.

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