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sábado, 4 de junio de 2022
LA DAMA DE SHANGHAI (1947), DE ORSON WELLES.
lunes, 22 de marzo de 2021
EL PROCESO (1925), DE FRANZ KAFKA Y DE ORSON WELLES (1962). LA PUERTA ESTRECHA.
Si nos asomamos a los Diarios de Kafka en la época en la que estaba escribiendo El proceso - la segunda mitad del año 1914 - podemos advertir el tortuoso proceso que le hacía avanzar con gran inseguridad en la concepción de esta obra maestra. Porque la angustia de Josef K. es la angustia del propio Kafka, motivada en aquellos días en el escritor por su indecisión matrimonial respecto a Felice Bauer. Aunque desde su misma detención a primera hora de la mañana, sin aviso previo, el personaje proclama su absoluta inocencia, el mero hecho de la obsesión que a partir de entones va a experimentar por el proceso al que está sometido, hacen intuir que existen corrientes subterráneas de culpabilidad en su alma: la misma sensación de culpa que puede sentir cualquiera si indaga con profundidad en sí mismo. La novela ofrece pistas al respecto:
"Finalmente subió la escalera y en sus pensamientos jugaba con el recuerdo de la frase del guardián Willem, según la cual el tribunal es atraído por la culpa, de donde en realidad se deducía que la sala de interrogatorios tenía que hallarse en la escalera que K. había elegido casualmente."
Lo más curioso del procedimiento judicial extraordinario que se inicia contra Josef K. es que se le insta a seguir haciendo vida normal, celebrándose sus interrogatorios los domingos, con tal de no dificultar el desempeño de su carrera profesional. En realidad, atender a los requerimientos del tribunal supone un angustioso esfuerzo, sobre todo mental, puesto que el funcionamiento del mismo es oscuro, ya que no pertenece a la justicia ordinaria y sus normas de funcionamiento son oscuras. Quizá lo más sensato sea elaborar un memorial acerca de la propia existencia con destino al Tribunal, aunque tampoco es seguro si es mejor encargar ese trabajo a un abogado o hacerlo uno mismo. Lo cierto es que la vida de K. se va convirtiendo paulatinamente en una angustiosa pesadilla en la que hay que aparentar cierta normalidad. Sentirse constantemente señalado debe parecerse mucho a la sensación que describía Orwell en 1984: estar oprimido todo el tiempo por una bota militar que pisotea el propio rostro, aunque también, de una manera ciertamente extraña, el acusado parece despertar los instintos más bajos de las mujeres con las que se va cruzando.
En El proceso es muy importante la arquitectura de los espacios - generalmente oprimentes - por los que se mueve K. Los negociados de tan importante Tribunal se encuentran en buhardillas de casas de uno de los barrios más degradados de la ciudad. Los acusados se reúnen en silencio en una estrecha habitación esperando enterarse de algo concerniente a sus propios casos. Los abogados, que no son reconocidos por el Tribunal, pero su presencia es tolerada por el mismo, cuentan con una sala de reunión que no reúne las mínimas condiciones de habitabilidad. Todo parece organizado para que la existencia de K. se torne más angustiosa día a día y esta característica de la novela es aprovechada perfectamente por Orson Welles a la hora de abordar su adaptación cinematográfica. En pocas ocasiones uno tiene ocasión de contemplar a un genio adaptando a otro genio. Welles se las arregló para darle un toque personal a la narración de Kafka: aquí lo importante, además de enfrentarlo a arquitecturas imposibles, es despersonalizar al personaje, hacerlo sentir alguien insignificante cuya vida se va hundiendo poco a poco de manera absurda, devorado por una culpa que puede ser o no real. En un determinado momento, K. es informado de que la retirada de su acusación es algo casi imposible. A lo más que puede aspirar es a un aplazamiento o una postergación de la misma.
Pero lo más alucinante de la novela es esa narración inserta en la misma, la celebérrima Ante la ley, un cuento, que puede ser leído de forma independiente, sujeto a múltiples interpretaciones, que adopta ante el lector significados que van desde lo religioso hasta lo existencialista. Quizá la única salida de K. era la más sencilla, la de usar la puerta, amplia ya la vez estrecha, que estaba reservada para él en su anhelo de conocer a la auténtica justicia. Pero es casi imposible tomar esa decisión cuando uno se encuentra en estado de permanente angustia e indecisión. Quizá todo sea una gran parábola de nuestra propia existencia: intuimos que hay un camino reservado para nosotros, pero creemos que la puerta que conduce al mismo nos está vedada.
viernes, 31 de julio de 2015
CIUDADANO KANE (1941), DE ORSON WELLES. POBRE NIÑO RICO.
A mí lo que más me fascina cuando veo Ciudadano Kane es precisamente la historia de su protagonista, ese niño al que su padre le dice: "un día serás el hombre más rico y poderoso del mundo". Porque Kane no es más que el hijo de la fortuna, alguien que estaba destinado a una vida gris, que de pronto hereda riquezas inimaginables y se convierte en uno de esos magnates cuyas biografías fascinan a los norteamericanos. Pero resulta curioso que el auténtico interés del protagonista se encuentre en el periodismo, en su vertiente sensacionalista. El New York Inquirer se va a convertir en el juguete favorito de Kane, el que sustituye a su querido Rosebund. Pero si Rosebund era un instrumento de diversión, de los placeres sencillos de la infancia, el periódico es un instrumento de poder, hasta el punto de que puede usarse incluso para instigar una guerra. Los juegos con el New York Inquirer también provocan enemistades peligrosas, hasta el punto de que le atacan en su único punto débil: su matrimonio.
Kane es un hombre acostumbrado a imponer su voluntad, por lo que su decadencia comienza desde el mismo instante en el que pierde sus elecciones para gobernador del Estado de Nueva York, primer escalón de su auténtico objetivo: la presidencia de los Estados Unidos. A partir de aquí, las escenas más absorbentes son las que transcurren en Xanadú, el palacio imperial que hemos entrevisto ya en el vociferante noticiario News on the march, que resume la historia de Kane, precisamente en un tono sensacionalista muy propio del personaje. Xanadú es la villa del hombre que lo tenía todo, todo, todo. Un lugar que quiere ser un aleph de todos los estilos, compendio de todas las maravillas del mundo y que al final deviene en un infierno, donde un Kane envejecido y demacrado rumia su amargura en unos descomunales salones que, lejos de su función original de engrandecer al hombre, hacen de él un pigmeo, alguien perdido en el laberinto de sus inmensas riquezas, que se acompaña solo de las imágenes que le devuelven los abundantes espejos de la mansión. Su segunda mujer, la cantante que perdió su carrera política, no es más que una caricatura, un ser enfermo, que no ha podido asimilar el cambio de vida proporcionado por un marido tan rico como despótico.
Al final resulta que el mayor de los tesoros de Kane estaba en su infancia, es decir en esa inocencia que se interrumpió tan bruscamente con la llegada inesperada de su fortuna, algo que no logran descubrir los periodistas, quizá porque la verdad a veces se encuentra en los hechos más sencillos e insospechados. Ciudadano Kane es una obra inmortal que puede visionarse a muchos niveles, pero yo siempre me he fijado ante todo en la historia del gran hombre, ese Charles Foster Kane que se pelea con la realidad porque ésta no se adapta siempre a sus deseos.
miércoles, 22 de julio de 2015
ORSON WELLES (1978), DE ANDRÉ BAZIN. EL CINEASTA DEL RENACIMIENTO.
Lo que es indiscutible es que al cineasta de Wisconsin se le definió como genio desde muy temprana edad, no solo por la espectacularidad y originalidad de sus montajes teatrales, en los que explotaba todas las posibilidades que podían ofrecer autores como Shakespeare, sino por la popularidad que le otorgó la famosa emisión radiada, en 1938, de la novela de H.G. Wells, La guerra de los mundos, que provocó el pánico en buena parte de la población. Lo curioso del caso es que la decisión de elegir esta obra fue más bien improvisada y que el responsable de la emisión solo se enteró al día siguiente de la magnitud del impacto causado, que llegó a ser causa de algún fallecimiento. A partir de aquí tuvo acceso al mayor de sus deseos: filmar una película innovadora junto al elenco que siempre le había acompañado en su Mercury Theatre.
El resultado de Ciudadano Kane marcaría en cierto modo la pauta del tortuoso trabajo de Welles en los años posteriores. Recepcionada con asombro por la crítica y parte del público, la película no fue el éxito que se esperaba y aunque su obra posterior, El cuarto mandamiento hizo más dinero, tampoco llegó a un nivel que pudiera satisfacer a los productores. A partir de aquí el cineasta debía emplear buena parte de sus energías en buscar financiación para sus proyectos, unos proyectos siempre grandiosos y originales. ¿Cómo hubiera sido su soñada adaptación de El corazón de las tinieblas, de Conrad, rodada con cámara subjetiva? ¿Y la de Moby Dick, de Melville? Lo cierto es que en muchas ocasiones debía trabajar como actor en producciones mediocres para ganar dinero con el que continuar obras que se iban rodando poco a poco, en los periodos en los que podía reunir a su elenco interpretativo, como Otelo o Mr. Arkadin. Welles, un amante de los planos largos (no hay más que recordar el asombroso comienzo de Sed de mal), debía renunciar a esta técnica por falta de medios económicos. Además, tampoco pudo acceder al montaje definitivo de muchas de sus obras. Las únicas que consideraba totalmente suyas, ya que para él era en el montaje donde el director se convierte verdaderamente en un artista, eran Ciudadano Kane, Otelo y Macbeth. Hubo casos sangrantes, como el de El cuarto mandamiento, que se montó a sus espaldas, mientras él rodaba un documental en Sudamérica.
Welles es un caso único de autor total: actor, director de cine y de teatro, guionista, montador, mago aficionado... Nunca dejó de ser del todo un niño prodigio, mimado y odiado a partes iguales. Buena parte de su obra quedó sin terminar, como esas esculturas de Miguel Ángel en las que una figura humana parece luchar contra la piedra con el objetivo de tomar forma definitiva. André Bazin, que representó para la crítica prácticamente lo que Welles para el cine, escribió un estudio ejemplar de la figura del cineasta, centrado más en la obra que en el hombre. La vida privada de Welles le interesa poco, excepto los episodios que tuvieron repercusión en su arte cinematográfico, un arte que define como centrado en la búsqueda de la identidad. Nos quedamos con las palabras del propio cineasta, definiendo en qué consiste su oficio:
"No me interesan las obras de arte, la posteridad, la fama, únicamente el placer de la experimentación en sí misma, es sólo en este terreno donde me encuentro verdaderamente honesto y sincero. No siento devoción alguna por lo que hago: no tiene ningún valor para mí. Soy profundamente cínico con respecto a mi trabajo y a la mayor parte de las obras que veo en el mundo, pero no soy cínico en cuanto al acto de trabajar sobre un material. Es difícil de explicar. Nosotros, los que hacemos profesión de experimentadores, somos herederos de una antigua tradición; de entre nosotros han surgido importantísimos artistas, pero nunca hemos hecho de las musas nuestras amantes. Por ejemplo, Leonardo se consideraba un sabio que pintaba y no un pintor que fuera sabio. No quisiera haceros creer que me comparo a Leonardo, pero sí explicar que hay un antiquísimo linaje de gentes que consideran sus obras según una jerarquía diferente de valores, según unos valores morales. No me extasío pues ante el arte, pero sí ante el esfuerzo humano en el que incluyo todo lo que hacemos con nuestras manos, nuestros sentidos, etc. Nuestro trabajo, una vez terminado, no tiene tanta importancia para mí como para la mayor parte de los estetas; es el acto lo que me interesa, no el resultado y este resultado no me satisface si en él no puedo palpar el sudor humano o un pensamiento…"



