Reina de corazones y su posterior remake francés, El último verano son prácticamente la misma película. Ambas hacen trizas las hipocresías del mundo burgués a través del peor de los escenarios posibles: la relación amorosa y sexual entre un adolescente y su madrastra. Y aquí la protagonista no puede aducir que es una mujer aburrida o frustrada, ya que se trata de una abogada exitosa y con una gran vida social. Pero se siente atraída por lo prohibido, por ese hijastro aparecido de la nada, con ese halo de rebeldía infinita que acaba volviéndola loca, hasta el punto de arriesgarlo todo por un poco de buen sexo. Esto no quiere decir que la abogada, con un historial impecable en cuanto a su vida familiar, se haya vuelto perversa de repente, sino que ha caído sin saber cómo en una tentación que parecía diseñada para ella y va a ser muy difícil ocultar las pruebas ante su marido, como bien conoce por su ejercicio profesional, precisamente como especialista en protección de menores. Pero lo mejor de ambas películas es que no ofrecen un discurso moral, sino que exhiben los hechos desnudos y es el propio espectador el que va a sentirse incómodo frente a unos hechos que muchos considerarán prohibidos e incluso depravados.
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