lunes, 15 de agosto de 2016

ESCUADRÓN SUICIDA (2016), DE DAVID AYER. LOS SUPERVILLANOS SOMOS GENTE HONRADA.

En los tiempos en los que yo empecé a comprar comics, allá por los ochenta y los primeros noventa, ser fan de DC era una tarea complicada. En España se conocían desde hacía mucho las colecciones de Marvel (X-Men, Vengadores, Spiderman), pero la distribución de DC - a pesar de los loables esfuerzos de editoriales como la añorada Zinco - era muy irregular y no llegaba a todos los kioskos de la época. Así que, independientemente de la popularidad a toda prueba de personajes como Superman y Batman, el resto del Universo DC era un gran desconocido para mí. Bastante más tarde descubrí muchas de sus joyas destinadas a un público más adulto, como el Batman de Frank Miller, el Watchmen de Alan Moore o el Sandman de Neil Gaiman, pero de grupos como este Escuadrón Suicida apenas tenía noticia y nunca leí nada de ellos, así que me enfrenté el sábado a su versión cinematográfica sin referencia previa alguna.

Después de la gran decepción que supuso la reciente Batman v Superman, una película cargada de dramatismo y grandilocuencia mal entendida, lo lógico es que los responsables de la franqucia cinematográfica de DC virasen un poco hacia una manera más lúdica y divertida de entender el género, quizá influenciados por el éxito de Deadpool, una película que triunfó precisamente por saber cómo no tomarse en serio a sí misma. El encargado de revitalizar - a medias - el decaido Universo DC ha sido David Ayer, director que el año pasado nos regaló una lúcida visión de los últimos combates de la Segunda Guerra Mundial en Europa con Corazones de acero.

Escuadrón Suicida empieza muy bien, con una impecable presentación de cada uno de los personajes, con una efímera presencia de Batman como invitado especial. La clara inspiración de Ayer ha sido el clásico de Robert Aldrich Doce del patíbulo, cambiando soldados condenados a muerte por supervillanos: también en esta ocasión el gobierno tiene que reclutar a lo peor de lo peor para salvar una situación complicada. El punto más fuerte de Escuadrón Suicida es la evidente química que trasluce entre todos sus personajes, aunque hay dos en los que se profundiza bastante más que el resto: Deadshot (con una solvente interpretación de Will Smith, que se ve que se ha tomado el proyecto en serio) y Harley Quinn (a la que da vida una Margot Robbie que sabe convertirse por momentos en la estrella de la función). Se ve que los responsables de la película, como ya ocurriera con la celebrada Guardianes de la Galaxia, de James Gunn, han trabajado en la compenetración del grupo, para disfrute del espectador.

Pero, a diferencia de la última película nombrada, en la que prácticamente todos sus aspectos estaban equilibrados, Escuadrón Suicida cuenta con un gran problema en la segunda mitad: el villano, puesto que en este aspecto se ha optado por transitar por caminos demasiado conocidos. Se trata de una entidad ultrapoderosa, que lanza rayos y relámpagos y que tiene una debilidad demasiado obvia: no hay personalidad ni motivaciones claras, por lo que la película cojea demasiado en este aspecto. Otro punto polémico es la presencia del Joker de Jared Leto. Se trata de una versión tan radicalmente alejada del espectáculo que nos ofreció Heath Ledger en El caballero oscuro, de Christopher Nolan, que ha causado mucha división entre los fans. A falta de poder escucharla en versión original, a mí me ha parecido una interpretación muy interesante, pero que ofrece muchísimas más posibilidades que, supongo, se desarrollarán en el futuro, sobre todo respecto a sus pasados enfrentamientos con Batman. Frente al psicópata retorcido de Ledger, este Joker es más una especie de estrella criminal a la que le gusta la popularidad. La historia de amor con Harley Quinn está apenas entrevista. Todavía no sabemos si esta relación será un punto a favor o en contra en el progreso del personaje.

Mientras tanto nos quedamos con la diversión que genera Escuadrón Suicida, una película dotada de un buen ritmo cinematográfico, que nos hace recuperar las esperanzas en el futuro de un Universo que todavía transita varios pasos por detrás del de Marvel. 

miércoles, 10 de agosto de 2016

SANGRE, SUDOR Y LÁGRIMAS (2008), DE JOHN LUKACS. CHURCHILL Y EL DISCURSO QUE GANÓ UNA GUERRA.

A pesar de lo que decía Tolstoi, hay ocasiones en las que el devenir de la historia depende de las decisiones de un solo hombre. Y en pocos momentos esto fue tan obvio como en mayo de 1940, en el instante en el que Francia estaba siendo apaleada por el Tercer Reich y el nuevo Primer Ministro británico decidió, contra toda lógica (o eso parecía en el aquel momento), que su país debía seguir la guerra costase lo que costase. Enseguida se dedicó a la tarea de organizar la defensa del país y galvanizar la resistencia de sus ciudadanos. Eran días extraños, en los que los acontecimientos se sucedían rápidamente y parecían prever un pronto desastre absoluto para los Alíados. Solo un hombre con la sangre fría y la visión de futuro de Churchill - que también sabía medir los riesgos y calcular probabilidades - podía asomarse más allá de los acontecimientos inmediatos y prometer una victoria que parecía quimérica.

Bien es cierto que a nosotros nos ha llegado una versión un tanto distorsionada de lo que sucedió aquellos días. Mientras Francia sucumbía, las noticas llegaban a los ciudadanos ingleses con cuentagotas. Nadie podía imaginar que el país aliado podía caer en menos de un mes y menos aún que su propia nación estuviera en peligro. La vida seguía con cierta normalidad y Churchill debía ser el que despertara a sus compatriotas, el que les explicara el sentido de la lucha que iban a emprender y los enormes sacrificios que conllevaba:

""Los británicos resistieron". Esto es lo que la mayoría de los norteamericanos pensó en 1940, esto es lo que piensa sobre 1940 (...) la mayoría de los ciudadanos en los países de Europa Occidental conquistados por los alemanes. (...) juzgamos los acontecimientos en función de sus consecuencias. Los historiadores, sin embargo, a la vez que persiguen la verdad, deben abrirse paso a través de una jungla de mentiras. (...) En mayo de 1940, los británicos no pensaban (...) que Hitler estuviera ganando la guerra. Quizá estuviera ganando su guerra contra Francia, pero no contra Inglaterra."

El premier británico siempre creyó que Estados Unidos no toleraría el bombardeo de Inglaterra sin intervenir. En realidad costó mucho convencer a los estadounidenses y - no lo olvidemos - finalmente fue el propio Hitler el que les declaró la guerra. El otro puntal de la victoria, la Unión Soviética, se tambaleó peligrosamente cuando fue embestido de manera sorpresiva por los alemanes, pero finalmente se transformó en el actor decisivo de la victoria.

El libro de John Lukacs retrata a un Churchill bastante alejado de la imagen que se tiene de él. Un ser inseguro en la intimidad, depresivo y bebedor, pero que supo tomar las decisiones acertadas en el momento justo, que se alzó como un guía imprescindible cuando las tinieblas empezaban a cercar Londres. Quizá porque comprendía mejor que nadie el carácter y las motivaciones del diablo, encarnado en esta ocasión por Adolf Hitler, un dirigente, que, tampoco hay que olvidarlo nunca, tuvo en su mano ganar la guerra.

martes, 2 de agosto de 2016

SUAVE ES LA NOCHE (1934), DE FRANCIS SCOTT FITZGERALD. DOLOR Y DINERO.

Los años que siguieron a la catástrofe que supuso la Primera Guerra Mundial fueron alegres, como si la gente quisiera pasar página lo antes posible. Los muertos y los heridos seguían presentes, pero la vida seguía y el carácter lúdico de la misma se puso de moda, al menos para quien podía permitírselo. El escritor Francis Scott Fitzgerald es el autor paradigmático de esta época, cuyo espíritu está recogido en sus novelas y cuentos. Su vida fue tan interesante como sus narraciones y pocas tan autobiográficas como Suave en la noche, en la que la conciencia del escritor se transfiere al carismático y algo misterioso Dick Diver, un personaje que, como veremos, mantiene una lucha interior de la que no saldrá bien parado.

En los años veinte no era raro encontrar grupos de americanos adinerados exiliados en las costas del sur de Francia. La fascinación por la vieja Europa, que algunos ya habían conocido como soldados y la calidad de vida que podían obtener por un precio razonable, se unían para conformar estas pequeñas comunidades. La novela empieza presentándonos la vida cotidiana de una de ellas, una existencia aparentemente perfecta, repleta de jornadas en la playa, hoteles caros y buenas bebidas alcohólicas. En este contexto, la figura de Dick Diver destaca como una especie de guía espiritual, aunque él no se haya postulado para este papel. Pero la aparente perfección de Dick - guapo, con esposa rica, de carácter mesurado y con estudios - guarda un secreto: la antigua enfermedad mental de su mujer, una circunstancia que cree controlada, pero de la que sabe en secreto que es una bomba de relojería que puede estallar en cualquier momento.

La aparente felicidad de los Diver, su perfección física y moral, no es más que una fachada que el lector va viendo desmoronarse ladrillo a ladrillo, desde las infidelidades de la pareja hasta una especie de angustia vital que embarga a ambos, como si su existencia se conformara a través de intervalos vacíos, como si estuviera repleta de pequeñas prisiones, de las que se pueden escapar solo para caer en otra más desasosegante aún. Una muestra de su tormento cotidiano:

"A Dick le invadió una sensación de angustia. Era terrible que una torre tan hermosa no se mantuviera firme en el suelo, sino sólo suspendida, suspendida de él. Hasta cierto punto aquello era justo. Para eso estaban los hombres, para ser puntal e idea, viga maestra y logaritmo. Pero en cierto modo Dick y Nicole habían pasado a ser uno y el mismo, no seres opuestos y complementarios; ella era también Dick, era la médula de sus huesos. Él no podía ver cómo Nicole se desintegraba sin ser parte de esa desintegración. Su intuición se desbordó en ternura y compasión."

Aunque sabe mantener el interés del lector casi en todo momento, Suave es la noche no es una narración perfecta. Se nota que el autor tenía que pulirla todavía, pues muchos de sus pasajes están literariamente muy descompensados (famosa es la polémica, creada por el propio autor, acerca de si los capítulos debían seguir una línea temporal firme o viajar al pasado en un determinado momento). Hay que decir que gran parte del valor de esta ficción proviene precisamente porque parte de un elemento autobiográfico muy acusado, por lo que los alicientes para su lectura se ven muy acentuados.

viernes, 15 de julio de 2016

HARRY EL SUCIO (1971), DE DON SIEGEL. YO SOY LA JUSTICIA.

A principios de los años setenta, muchos norteamericanos sentían como las bases que habían regido la sociedad estadounidense hasta ese momento empezaban a ceder. A la importante crisis económica que comenzó en aquellos años se sumó un aumento espectacular de la delincuencia, la sangría de la Guerra de Vietnam y, lo que para muchos era lo peor de todo, una relajación general de las costumbres, que tuvo su reflejo en el cine de esta época, mucho más adulto y menos enconsertado en sus temáticas. Ahora que atravesamos una situación de crisis profunda en muchos conceptos, podemos entender mejor cómo se sentían los ciudadanos de esta época, desorientados y bastante asustados, porque estaban perdiendo las seguridades básicas que creían garantizadas en sus vidas.

En esta tesitura, un personaje como Harry el sucio provocó un impacto profundo. Como suele suceder en las épocas de crisis, una buena parte de la ciudadanía opta por el conservadurismo, por la mano dura. Y el policía interpretado por Clint Eastwood era la respuesta cinematográfica a estos anhelos. Harry es un agente de la ley desencantado después de la muerte de su mujer, que vive por y para su trabajo, hasta el punto de que es capaz de sacrificar sus horas de descanso acosando a un sospechoso. A Harry se le podría definir como alguien que disfruta cazando, solo hay que contemplar su expresión placentera cuando algún delincuente le ofrece una excusa para empuñar su impresionante Magnum, el gran símbolo (algunos lo definirán como fálico), de esta película.

No hay que olvidar en este punto que Harry el sucio es una obra concebida para manipular las emociones del espectador, presentando a un delincuente sádico y deleznable y a un sistema que no es capaz de hacerle frente con las armas convencionales del sistema judial. En esta tesitura, la presencia de un hombre como Harry Callahan, que no teme hacer lo necesario para parar los pies al asesino Scorpio, es acogida con simpatía por cualquier espectador, que se siente identificado con su posición. Para eso hace falta también presentar a la policía como un Cuerpo prácticamente inoperante, enconsertado por unas leyes excesivamente garantistas con los delincuentes y a un fiscal especialmente antipático, capaz de dejar en libertad a un sospechoso por algo tan incomprensible (para aquellos que no han estudiado Derecho) como una pruebas conseguidas por medios ilícitos.

"Los criminales son cobardes y supersticiosos", solía repetir un tal Bruce Wayne. Harry el sucio suscribiría plenamente esas palabras, puesto que opina que éstos se aprovechan de los resquicios de la ley para cometer sus crímenes impunemente. Harry se ve a sí mismo como una especie de último recurso, como un mal necesario al que hay que acudir cuando las cosas se ponen demasiado feas como para echar mano a los medios convencionales. En estos tiempos de estados de excepción, de temor permanente a un ataque de esos locos terroristas que anhelan morir en nombre de su religión, muchos otorgarían sin pensarlo el poder a individuos como Harry. O como Donald Trump, al que este estado permanente de inseguridad, de miedo al diferente, refuerza cada vez más. Quizá nuestras libertades, tan frágiles, están condenadas a este permanente movimiento oscilatorio, a este sacrificio a una idea de seguridad que, hoy lo sabemos más que nunca, jamás puede ser absoluta.

Aun así, la película de Don Siegel sigue siendo una obra maestra incontestable, uno de esos títulos que uno ve por primera vez de niño y al que sigue volviendo una y otra vez. Puede que la parte racional de nuestro cerebro nos alerte contra la actitudes de aquellos que se toman la justicia por su mano, pero la parte emocional prevalece durante todo el metraje de la cinta, lo que habla de lo bien planificada que está, de lo milimétrico de su guión. En todo momento nos identificamos con Harry, comprendemos sus motivaciones y queremos que aplaste a ese gusano de Scorpio (magistral interpretación de Andrew Robinson). Precisamente esto es lo que más pone los pelos de punta. Lo manipulables que somos, lo fácil que es convencernos de que es necesario sacrificar ésta o aquella libertad, o agredir a un determinado país o grupo para preservar nuestro presunto bienestar. O construir muros gigantescos que nos aislen de los habitantes de los países pobres, presentados como potenciales delincuentes, violadores o terroristas. Si algo nos están enseñando los últimos meses, es que no puede descartarse un escenario en el que los gobernantes estimen que ciertas libertades básicas dejen de tener sentido. Solo hace falta - y todo indica, desgraciadamente, que seguirá sucediendo - más atentados brutales y más dosis de miedo.

EL PABELLÓN DE LOS OFICIALES (1998), DE MARC DUGAIN. ADRIEN COGIÓ SU FUSIL.

Hace un siglo, la guerra se convirtió inesperadamente en una excitante realidad para millones de jóvenes franceses, que fueron movilizados para lo que se preveía iba a ser un conflicto corto. Esta excitación ante lo desconocido se transformó bien pronto en un sentimiento permanente de miedo: la realidad de la lucha en las trincheras superaba en horror a todo lo visto hasta el momento en el arte de la guerra. 

El destino ahorra esa experiencia al protagonista de la novela, pues es gravemente herido el primer día. En compensación, la bomba le ha dejado desfigurado, le ha arrancado toda la parte baja del rostro: Adrien inaugurará un pabellón en un hospital de París dedicado a casos como el suyo, a víctimas que tienen que sumar al dolor de sus heridas, la terrible realidad de perder la propia identidad, de convertirse en héroes monstruosos, que van a ser respetados por la comunidad (el protagonista terminará formando parte de la comitiva del Tratado de Versalles y recibiendo la Legión de Honor), pero marcados de por vida y, en cierta forma, marginados cuando la situación empiece a normalizarse en los años veinte. Ellos responderán de la mejor manera posible: con la unidad inquebrantable entre los miembros de la pequeña sociedad de los desfigurados de guerra.

Lo mejor de la novela de Marc Dugain es que se trata de una narración plenamente humanista, muy respetuosa con la memoria de toda una generación a la que le tocó vivir el peor de los infiernos y que jamás cae en lo morboso, por mucho que el tema pudiera invitar a ello. Es interesante también acercarse a las difíciles relaciones entre médicos y pacientes, unos heridos que constituían todo un desafío para una ciencia médica que debía desarrollarse a pasos agigantados para atender unos casos tan singulares:  

"Todavía son ustedes muy pocos... Si viera las salas de la tropa; estamos al completo. La primera sala, la de cuarenta y ocho camas está llena. No se había visto nada parecido en la historia de la cirugía. Sobre todo, en cuanto a heridas en la cara. Por la artillería. Los boches no se andan con chiquitas... Eso sí, la medicina avanza a pasos agigantados. De aquí al final de la guerra dejaremos las caras como nuevas, como si nada hubiera pasado. La destrucción masiva ayuda a aumentar el nivel de nuestros conocimientos, qué paradoja... (...) Cuando se trata de piernas, de brazos, es sencillo, se cortan y ya está. Con las caras no hay amputación que valga, tenemos que recuperar y eso es precisamente lo apasionante. Más para nosotros que para ustedes, la verdad."

Para quienes terminaban en el pabellón de los desfigurados comenzaba una lentísima etapa de recuperación, jalonada por numerosas operaciones, de cuyas posibilidades de éxito jamás se estaba seguro. Los soldados entraban en una especie de limbo, en una realidad sin tiempo a la que llegaban confusas noticias de los frentes de guerra. Las relaciones con el exterior eran escasas, pues todos se hallaban marcados por el miedo a mostrar su rostro ante los demás. Además, estaba el dolor, compañero permanente de casi todos los convalecientes, el dolor y la sensación de extrañeza, de amputación de la propia personalidad, inevitable en quienes han sufrido un trauma semejante:

"Nuestra relación con el tiempo iba cambiando. La idea de futuro se difuminaba. Vivíamos en el presente inmediato. Y en el dolor, que entra sin llamar, en cualquier momento del día y de la noche, juega con nosotros, simula que se marcha definitivamente para acabar regresando, imponiéndose con una violencia que sorprende cada vez. (...) A cada una de las veces que esta guerra de posiciones retomaba el movimiento, le seguía tal oleada de muertos que ninguno de los que estábamos en la sala nos librábamos de las malas noticias acerca de un padre, un hermano o un amigo caído en la batalla. Era mucha la desdicha que se añadía a la propia de nuestro estado." 

El pabellón de los oficiales, novela poco conocida en España, resulta ser un respetuoso y humanista acercamiento a un asunto poco tratado de la Primera Guerra Mundial. En realidad el protagonista jamás se arrepiente de haber salido a defender su país, aunque en sus palabras siempre está presente el fondo de amargura de quien ha sacrificado demasiado. Escrita con un estilo sencillo y poco grandilocuente, en sus páginas está presente todo el horror del más absurdo de los conflictos, aquel que inauguró el siglo XX y sirvió de precedente para uno todavía peor que debía ocurrir dos décadas más tarde.  

lunes, 11 de julio de 2016

DICTADORAS (2013) DE ROSA MONTERO. LAS MUJERES DE LOS HOMBRES MÁS DESPIADADOS DE LA HISTORIA.

Es sabido que una de las caracteristicas más comunes de los dictadores es la fascinación que producen en muchas mujeres. Para éstas el jefe supremo del Estado representa al macho alfa, al padre de la nación que a la vez es el hombre más deseado, que tiene poder de vida y muerte sobre el resto de la población. Aunque no todos los dictadores fueron depredadores sexuales al estilo de Benito Mussolini, el gran modelo en este sentido, siempre tuvieron facilidad para acceder a todo tipo de mujeres, que se les ofrecían con mayor o menor descaro. Aunque hoy cueste creerlo, el mismo Hitler, de imagen tan ridícula desde el punto de vista actual, era un ídolo de masas y un símbolo sexual para millones de jovencitas.

Quizá este fenómeno se deba a una primitiva atracción por el varón más fuerte, aquel que ha conquistado las posiciones predominantes en la tribu y capaz de ofrecer un mayor grado de protección. Además, existe otro factor que queda perfectamente explicado en esta frase del capítulo dedicado a Stalin:

"(...) hay mujeres que sufren el espejismo de creer que, debajo de toda esa ferocidad, se halla escondido un ser tierno y, lo que es peor, incluso que ellas podrán rescatarlo."

A analizar esa atracción hacia el abismo y la influencia que estas mujeres ejercieron en Stalin, Hitler, Mussolini y Franco se dedica este libro coordinado por la novelista Rosa Montero, que surge de una serie de documentales realizados en formato televisivo. Quizá este sea el gran problema de este libro: no se trata de una obra original, sino de la adaptación de los guiones de la serie a un volumen meramente divulgativo, que en realidad no aporta gran cosa al debate historiográfico, porque la mayor parte de sus breves capítulos tratan temas que ya han sido ampliamente tratados en toda clase de reportajes, libros e incluso películas. Cierto es que siempre es interesante leer alguna anécdota nueva y en ensayos tan ligeros como éste, abundan las mismas.

Quizá la parte más conseguida del volumen sea la dedicada al general Franco, seguramente porque fue un dictador en cuanto a sus relaciones con las mujeres. Franco fue fiel durante toda su vida a su esposa y no manifestó, que sepa, interés alguno en ninguna otra mujer (tampoco parece que despertara grandes pasiones entre las jóvenes españolas). En este sentido, el caudillo se comportó con la estricta fidelidad que cabe esperar de un practicante del cristianismo, aunque no fuera tan fiel a los preceptos evangélicos en otros asuntos, como a la hora de firmar condenas a muerte. Pero el verdadero interés de estos capítulos lo suscita una Carmen Polo a la que se retrata como una dama ambiciosa, sedienta de poder y de riquezas, hasta el punto de practicar el vicio de la acumulación de objetos y de propiedades:

"Con el tiempo el aspecto físico de Doña Carmen fue reflejando su personalidad. Así aquella adolescente esbelta, atractiva, de ojos oscuros y soñadores, empezó a parecerse a lo que los críticos del régimen decían que era: una urraca. Acaparaba absolutamente todo: joyas, antigüedades, cuadros, dulces, flores, bombones… Los numerosos regalos que recibía eran clasificados. Atesoraba lo que le interesaba, incluso productos perecederos, que luego regalaba sin advertir que estaban deteriorados, como sus famosos bombones rancios. Otra muestra de su avidez fue que fundió las medallas, bandejas y placas que había ido recibiendo Franco como obsequio y homenaje y los convirtió en lingotes de plata u oro"

Mientras vivió su esposo fue alguien intocable. Después de la muerte de Franco, jamás se recuperó del todo de la pérdida radical de influencia política y social que sufrió. En cualquier caso, tanto ella como su familia, siguieron siendo intocables hasta hoy en día. Jamás se produjo una investigación seria acerca del origen de su fortuna (así como tampoco del origen de la fortuna de las familias cercanas al franquismo) y, siendo las cosas como son en este país, sería extraño que alguna vez se produjera.

domingo, 10 de julio de 2016

CUENTOS COMPLETOS (1908-1924), DE FRANZ KAFKA. LA LITERATURA DE LA ANGUSTIA.

Leer a Franz Kafka es acercarse a uno de los mundos creativos más fascinantes de la literatura. Quizá la clave de la adicción que produce acercarse a un escritor a la vez tan hermético y transparante esté en su magistral exploración de aquellos aspectos vitales que tendemos a ocultar en nuestra vida cotidiana, en nuestra relación con los demás. La idea de angustia, esa compañera que suele acompañar de manera más o menos oculta todos nuestros pasos en este mundo, está siempre presente en cualquier escrito de Kafka. La angustia de las relaciones familiares, la del trabajo diario, la del cumplimiento de la ley, la que rige las relaciones con las autoridades con capacidad de castigo... Poco optimismo podemos encontrar en la literatura de quien ha terminado como el símbolo de la inseguridad del individuo, dotado de una escritura tan fría y sepulcral como algunos de los más tristemente célebres avatares del siglo XX, del que fue su profeta máximo. No obstante, para él la literatura lindaba con la idea de inmortalidad:

"La misión del escritor es convertir la mortalidad aislada en vida eterna, conducir lo casual a lo forzoso. El escritor tiene una misión profética."

Además, es paradójico, que en una carta a Felice Bauer, se describa a sí mismo como un muerto cuando está practicando dicha inmortalidad:

"Para poder escribir, tengo necesidad de aislamiento, pero no como un ermitaño, algo que no sería suficiente, sino como un muerto. El escribir, en este sentido, es un sueño más profundo, o sea la muerte, y así como a un muerto no se le podrá sacar de la tumba, a mí tampoco se me podrá arrancar de mi mesa por la noche."

Lo que es indudable es que Kafka sentía la necesidad de escribir, era un impulso superior a sus fuerzas. Esto quiere decir que principalmente escribía para sí mismo, quizá para ahuyentar sus fantasmas, aunque con las palabras plasmadas en el papel llegaran otros nuevos, en ocasiones más terribles. La conclusión más obvia de todo ello es que para él, todo lo que no significara la dedicación a la literatura era poco menos que un estorbo. Su tragedia es que para escribir, debía atender al resto de las obligaciones de la existencia y en demasiadas ocasiones esta simple realidad cotidiana se traducía en una especie de tortura, en una especie de vida mutilada. Este texto, perteneciente al relato Decisiones, resume su actitud ante la vida:

"Así, el mejor consejo es soportarlo todo, comportarse como una masa pesada y sentirse desaparecido; no dejarse sonsacar ni un paso innecesario; mirar al otro con mirada animal; no sentir arrepentimiento alguno; en suma, aplastar con la propia mano lo que queda de la vida como espectro, es decir aumentar la última tranquilidad sepulcral y no dejar nada excepto eso."

Pocos como el escritor checo han sabido explorar las contradicciones del poder ligado a la burocracia. Kafka conocía bien los mecanismos que rigen ese mundo a través de su propio trabajo en una compañía de seguros. Además, los viajes comerciales a los que se veía obligado provocarían una reflexión del concepto de poder desde un ángulo distinto, desde la perspectiva de los Estados imperiales y su relación con los rincones que forman la periferia. El Estado sería aquí un ente monstruoso e inabarcable, de cuyas disposiciones llegan noticias en ocasiones, tarde y mal. Un concepto que influiría posteriormente de manera decisiva en la obra de Jorge Luis Borges (La construcción de la muralla china es un relato que podría haber sido firmado perfectamente por el argentino), quien dejaría escrito al respecto: 

"Dos ideas —mejor dicho, dos obsesiones— rigen la obra de Franz Kafka. La subordinación es la primera de las dos; el infinito, la segunda. En casi todas sus ficciones hay jerarquías y esas jerarquías son infinitas."

Es indudable que en la colección de cuentos de Kafka existen algunos que son realmente emblemáticos, leídos y citados constantemente por cualquier amante de la literatura: Ante le ley, quizá su relato más enigmático (no el más terrible, pues en este apartado rivalizaría con algunos candidatos) y más contradictorio, del que se han extraído miles de conclusiones que jamás han podido llegar al fondo de su mensaje, Un artista del hambre o la obsesión por ejercitar una profesión, aunque dicho ejercicio carezca de sentido para el resto de la humanidad, o En la colonia penitenciaria, en el que Kafka no ahorra al lector la descripción pormenorizada de la más terrible de las torturas. Pero existen otros relatos mucho más desconocidos, como Fue en verano, cuyo breve texto resume extraordinariamente algunas de las obsesiones de Kafka: el acto inocente que resulta no serlo tanto, el ejercicio implacable de la ley contra un ser insignificante que ha infringido un precepto ignorado y que poco a poco va tomando conciencia de su terrible situación. Un tema que está desarrollado con mucha más amplitud en El proceso, pero que se expone con toda crudeza en este pequeño cuento.

¿Quién puede penetrar con absoluta certeza en las ideas de Kafka, en su conciencia? La mejor guía siguen siendo los textos del propio escritor, atreverse a acompañarlo como lector en sus tormentos, asomarnos como voyeurs literarios a su vida íntima, a sus angustias y al tormento y goce de su labor literaria. Todo esto puede sintetizarse en este fragmento de una carta que escribió a su gran amigo Max Brod:

"Hoy, durante una noche de insomnio, cuando todo iba para uno u otro lado en mis sienes doloridas, cobré de nuevo conciencia, algo que casi había olvidado en los últimos tiempos relativamente tranquilos, de la fragilidad o incluso de la inexistencia del suelo sobre el que vivo, de la oscuridad de la que emergen a su gusto oscuras fuerzas que, sin atender  a mi balbuceo, destruyen mi vida. Escribir me permite seguir viviendo, pero sería más apropiado decir que permite  que siga existiendo aquel tipo de vida frágil e inconsistente. Con ello no quiero decir, naturalmente, que mi vida sea mejor cuando no escribo. No, en ese caso es aún peor y absolutamente insoportable, y tiene que desembocar en la locura. Pero esto solo con la condición de que, como resulta ser en realidad, también soy escritor cuando no escribo; y en cualquier caso un escritor que no escribe es un absurdo que desafía a la locura."