Viendo las imágenes de los últimos días, con las multitudes de ciudadanos y políticos rendidos ante la figura del Papa, se podría decir que estamos asistiendo a un renacimiento religioso, si no fuera porque esto es algo que se ha anunciado muchas veces, pero apenas acaba calando en la vida cotidiana. Sobre todo en cuestión de sexo. Prácticamente nadie - salvo los muy cafeteros - sigue estrictamente la doctrina católica, porque eso supondría que solo está permitido el sexo entre hombre y mujer, sin anticonceptivos y solo en el ámbito del matrimonio. En unas comunidades más cerradas como pueden ser a veces las musulmanas, el hecho de que una adolescente despierte a su sexualidad y descubra que le gustan las mujeres, puede ser bastante más problemático. Y este es el conflicto que aborda La hija pequeña, en el que su protagonista se debate entre la fidelidad a su religión (algo que va indisolublemente vinculado a la fidelidad a su familia) y la tentación de materializar sus instintos sexuales. Lo cierto es que observamos que Fátima disfruta de una existencia cotidiana bastante libre, lo cual le permite bajarse la aplicación Tinder y tener encuentros esporádicos con otras mujeres. Como su familia parece ajena a todo esto, la verdadera batalla se libra en su conciencia y también frente a sus amigos, a los cuales también debe ocultar su doble vida. Con esta premisa se podría haber construido una película muy interesante, pero el resultado final de La hija pequeña resulta bastante insulso, puesto que no se desarrollan los conflictos hasta sus últimas consecuencias y el interés de su directora parece centrarse más bien en la extraña relación que la protagonista entabla con una muchacha coreana. Así pues, la película se deja ver, pero deja el regusto levemente amargo de las posibilidades desaprovechadas.
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