La escritura de Imre Kertész es altamente
representativa de la tragedia que vivió Centroeuropa durante el siglo
XX. El lugar fronterizo entre nazismo y comunismo sufrió la pugna entre
uno y otro a través de dictaduras de diferente signo.
Para
los judíos húngaros el año 1944 fue especialmente trágico, pues este
fue el año en el que los nazis aplicaron la "solución final" de manera
decidida contra ellos, deportándolos a Auschwitz en numerosos vagones de
ganado que recorrían día y noche la distancia entre Hungría y Polonia.
La concesión del Premio Nobel en 2002
"por una obra que conserva la frágil experiencia del individuo frente a la bárbara arbitrariedad de la historia",
popularizó a un escritor que ya era apreciado desde antes por los
lectores más exigentes con la calidad. Desde entonces el prestigio de
Kertész, lejos de la experiencia de otros Nobel que parecen ser flor de
un día, no ha hecho sino crecer.
El
autor comienza su relato (ni que decir tiene que basado en sus propias
experiencias), cuando su padre ha de partir hacia un campo de trabajo
obligatorio. Las cosas están poniéndose cada vez más feas para los
judíos húngaros, pero pocos pueden imaginarse el destino final que les
espera a millones de ellos. En este momento solo se limitan a tratar de
esconder sus posesiones en espera de tiempos mejores y aguardar
acontecimientos.
Dichos acontecimientos no tardarán en
manifestarse: el adolescente será detenido y deportado a Auschwitz. Por
suerte para él solo pasará tres días en ese campo. Al mentir sobre su
edad y ser declarado apto para trabajar le es sentenciada una muerte
lenta en el campo de Buchenwald y finalmente en el cercano y más pequeño
Zeitz:
"Sólo en Zeitz comprendí que la vida de un preso
también tiene días laborales, mejor dicho, que la vida de un preso sólo
tiene días laborales, todos iguales.(...) En primer lugar, todo lo nuevo
hay que empezarlo con buena voluntad, incluso en un campo de
concentración, ésa fue mi experiencia - de momento, bastaba con
convertirme en un buen preso, lo demás vendría después -, ésa mi
convicción, en eso se basaba mi comportamiento, al igual que el de todos
los demás".
El relato de Kertész tiene la peculiaridad de acercarse al
Holocausto
de una manera poco común: desde la perspectiva de un adolescente que
nada entiende de política, ni de la guerra, que ni siquiera se plantea
las razones por las que el pueblo judío ha sido condenado a esa
pesadilla. Por decirlo de una manera más directa: se trata de un
adolescente que no ve más allá de sus narices y eso es lo que narra al
lector.
Si en la que es considerada la gran obra sobre el Holocausto
"Si esto es un hombre",
de Primo Levi, el autor italiano reflexiona constantemente acerca del
significado de lo que le sucedió y su escritura está imbuida por el
inefable deseo de narrar su experiencia, de explicársela, de conocer las
razones de sus verdugos y de describir todo lo que pasaba a su
alrededor con el fin de esclarecer los detalles del
universo concentracionario nazi,
la obra de Kertész tiene un significado muy distinto. Él no quiere
hablar de infiernos, sino de una obra humana, demasiado humana.
En una
entrevista
realizada por Juan Cruz, publicada por el diario El País el 23 de
diciembre de 2007, el escritor húngaro, después de proclamar la
necesidad de seguir viviendo después de Auschwitz, pronunciaba estas
interesantes palabras:
"No estoy diciendo que estos sistemas,
como el comunismo o como el nazismo, estén codificados en los genes. No
es lo que quiero decir, pero lo cierto es que los sistemas existieron y a
raíz de aquello la gente los lleva consigo. Se ha desarrollado un
patrón, y ese patrón existe en las mentes de la gente. Puede ocurrir de
nuevo porque ya existe un modelo, un patrón. Antes de la [última]
guerra, si a alguien se le hubiese ocurrido decir: vamos a construir un
campamento de exterminio de judíos, la gente habría pensado de esa
persona que era un enfermo mental. Antes de la guerra, esas cosas no
habrían sido posibles. Pero hoy sí, hoy puede ocurrir, porque existe un
precedente.
Quiero usar la palabra escándalo para lo que
siento. Escándalo porque ocurrió en una cultura cristiana. Tanto el
Holocausto como el nazismo ocurrieron en una cultura cristiana cuyos
valores se colapsaron. El que los valores se hubieran colapsado, como
bien predijo Nietzsche hace tiempo, ¿es algo que ya viene predeterminado
por la humanidad? ¿O tiene que ver con la incompatibilidad de los
alemanes y los judíos?"
Sabias reflexiones de quien sabe de
lo que está hablando por haberlo padecido en carne propia. Y
advertencias para el futuro, advertencias contra las repeticiones y el
revisionismo de la historia. Ahí queda la voz de este escritor que, a
pesar de todo, se mantiene humilde en su denuncia, dando un testimonio
muy personal en "Sin destino", prestando su voz a tantos otros que no
pudieron volver para contarlo.