Mostrando entradas con la etiqueta cine carcelario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cine carcelario. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de marzo de 2026

HOMICIDIO EN PRIMER GRADO (1995), DE MARC ROCCO.

Homicidio en primer grado comienza informando al espectador de que se trata de una película basada en hechos reales, pero cuando uno accede a la información real acerca de Henri Young, el preso en el que se inspira la historia, advierte que el guión ha edulcadorado en exceso su historia. Young no fue encarcelado en Alcatraz por robar cinco dólares para dar de comer a su hermana, sino por ser un ladrón de bancos y haber asesinado a una persona. Tampoco se corresponde con la realidad que pasara tres años en una celda de aislamiento en condiciones medievales. Y el asesinato del compañero que lo delató en su intento de fuga fue mucho más premeditado que lo sugiere la película. Dicho esto, Homicidio en primer grado es un drama carcelario que se sostiene sobre todo por el trabajo de un inmenso Kevin Bacon, que hace creíble a un personaje totalmente roto por el trato recibido en prisión. El resto consiste en un trama convencional protagonizada por un joven abogado que pelea contra los abusos del sistema e intenta probar que, lejos contener un programa de rehabilitación, la cárcel de Alcatraz empeora la conducta de los criminales debido al trato que reciben en la misma. La descripción de este ambiente carcelario y estremece al espectador, pues la película consigue mostrar a sus presos como víctimas. En cualquier caso, Homicidio en primer grado podría haber sido mucho mejor si se hubiera amoldado más a la realidad de los hechos que cuenta.

P: 5

martes, 6 de julio de 2010

UN CONDENADO A MUERTE SE HA ESCAPADO (1956), DE ROBERT BRESSON. PRISON BREAK EN LA FRANCIA OCUPADA.


Los personajes literarios o cinematográficos que logran fugarse de prisiones me parecen de lo más admirable. Soy por naturaleza poco habilidoso con las manos, carezco de imaginación para fabricar herramientas inverosímiles, de paciencia para estudiar los movimientos de los guardias y la estructura de la prisión y nunca he tenido que probar, por suerte, mi valentía en circunstancias extremas, aunque sí que he de confesar que la única vez que he tenido que disparar un arma con fuego real un sudor frío me corría por la espalda. Me identifico más con el sacerdote, también preso, de esta película. Él es feliz cuando consigue un libro como compañía para pasar las largas jornadas en su solitaria celda, aunque ese libro sea la Biblia.

Refiriéndome, como he hecho en otras ocasiones, a mi escasa cultura en cine europeo, he de decir que esta es la primera película de Robert Bresson que veo y me ha parecido un cineasta deslumbrante y muy muy personal. El arte cinematográfico es tan grandioso que puede contar las historias más profundas sirviéndose de los elementos más livianos. Bresson compone su película sirviéndose durante la mayor parte del metraje del pequeño escenario de la celda de Fontaine, el protagonista, durante la interminable espera que precede a su ejecución por el ejército alemán. Las relaciones con el resto de presos tienen lugar durante su aseo en común en el patio, pero sus conversaciones han de ser breves y prudentes.

Estamos en 1943 y la liberación de Francia todavía no puede atisbarse en el horizonte, por lo que Fontaine es un personaje sin esperanzas. El espectador sufre su tedio, su miedo y la angustia de un encierro en un espacio tan pequeño. Bresson hace hincapié ante todo en que su personaje es un ser humano. La desesperación agudiza el ingenio y Fontaine va preparándose poco a poco para su fuga. La duda le carcome y la decisión de llevara cabo su acción va a ser fruto de un proceso muy penoso. Mientras tanto Fontaine escucha los sonidos de la prisión, los lamentos, los fusilamientos... El uso del sonido es uno de los puntos fuertes del cine de Bresson. A veces logra que el espectador vea con sus oídos lo que no puede observar con sus ojos.

Aunque el título desvele el desenlace de la trama (lo cual no es importante, porque aquí cuentan las acciones y los sentimientos del protagonista durante su encierro y no tanto el resultado de sus acciones), la visión final de Fontaine y su joven compañero corriendo hacia la niebla resulta tan turbadora como ilusionante.

lunes, 23 de noviembre de 2009

CELDA 211 (2009), DE DANIEL MONZÓN. HIJOS DE MALA MADRE.


El género carcelario suele basar la efectividad de sus propuestas en la creación de un particular clima penitenciario que a veces acaba asfixiando al espectador. Daniel Monzón no solo consigue esto, sino que por momentos ha hecho que me sienta tan angustiado y atrapado como el protagonista, un funcionario de prisiones que en su primer día se va a encontrar de bruces con la realidad del submundo en el que pensaba desarrollar su vida laboral.

La creación del ambiente idóneo para la narración no estaría completa sin unos buenos figurantes y todos los personajes de "Celda 211" transmiten grandes dosis de realidad por los cuatro costados, haciendo especial mención a Luis Tosar, que compone a un "Malamadre" con unas grandes dosis de humanidad. Eso sí, humanidad en el peor sentido del término, pues la película ofrece una visión desoladora de la naturaleza humana. Los presos son la escoria, seres asociales perdidos para siempre en el laberinto de su pasado, de sus errores y, seguramente, de su total falta de oportunidades pasadas, presentes y futuras. Los funcionarios aparecen como seres en guerra permanente con los internos, cuando no como sádicos torturadores (veáse el personaje de Antonio Resines) y los representantes del gobierno parecen exclusivamente preocupados por la apariencias, por minimizar los hechos ante la opinión pública. La constante presencia de trozos de telediarios y la cadena de consecuencias que acarrea el motín solo vuelve a confirmar como funciona el mundo de hoy: todo depende del grado de publicidad que seas capaz de conseguir para tu causa. Si no sales en televisión, simplemente no existes.

Si bien nos encontramos ante una realización muy sólida, sí que es cierto que el espectador se siente a veces desamparado ante la dureza de lo que se le muestra en pantalla. No hay ningún referente moral. Incluso al protagonista se le cae pronto la máscara y suelta a la bestia que lleva dentro. Este es, a mi parecer, uno de los puntos flacos de la película. Es poco creíble la actuación desmesurada de un muchacho que literalmente, pasaba por allí y se encontró en el lugar menos adecuado el día menos indicado.

Lo cierto es que siempre me ha parecido bastante risible la pretensión legal de que la cárcel sea un lugar de rehabilitación del delincuente. Más bien es una universidad del delito, cuando no un lugar de hundimiento para quien cometió un error.