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sábado, 25 de noviembre de 2023
EL RESPLANDOR (1980), DE STANLEY KUBRICK.
sábado, 18 de junio de 2022
ATRACO PERFECTO (1956), DE STANLEY KUBRICK.
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sábado, 22 de mayo de 2021
LA NARANJA MECÁNICA (1962), DE ANTHONY BURGESS Y DE STANLEY KUBRICK (1971). ULTRAVIOLENCIA Y LIBRE ALBEDRÍO.
El tema principal de la novela es el libre albedrío, la elección fundamental entre el bien y el mal de la que tanto se han ocupado las religiones y la filosofía. Alex ha encontrado un ambiente propicio para llevar a cabo sus nihilistas acciones en la decadente Inglaterra que retrata Burgess, pero también podía haber elegido lo contrario, o al menos un comportamiento más ambiguo. Esto es lo que expone el autor en el prólogo:
"(...) el ser humano está dotado de libre albedrío, y puede elegir entre el bien y el mal. Si sólo puede actuar bien o sólo puede actuar mal, no será más que una naranja mecánica, lo que quiere decir que en apariencia será un hermoso organismo con color y zumo, pero de hecho no será más que un juguete mecánico al que Dios o el Diablo (o el Todopoderoso Estado, ya que está sustituyéndolos a los dos) le darán cuerda. Es tan inhumano ser totalmente bueno como totalmente malvado. Lo importante es la elección moral. La maldad tiene que existir junto a la bondad para que pueda darse esa elección moral. La vida se sostiene gracias a la enconada oposición de entidades morales."
La opinión pública pide soluciones contra la inseguridad ciudadana y el gobierno autoriza experimentar con la técnica de Ludovico, un agresivo proyecto de condicionamiento que le es aplicado a Alex: un arma que usa el Estado en nombre de la sociedad para destruir el libre albedrío de sus peores elementos. Desde ese momento el protagonista no puede siquiera pensar en violencia sin verse afectado por un profundo malestar. Como efecto colateral del tratamiento, la música clásica va a tener el mismo efecto sobre él, puesto que las imágenes de violencia a las que ha sido sometido durante quince días incluían banda sonora de Beethoven. De pronto Alex ya no es un ser libre, es un ser manso porque no puede ser otra cosa, lo que vuelve a convertirlo en un desecho social sin iniciativa y del que tienen oportunidad de vengarse sus antiguas víctimas. Las palabras que le ha dedicado el capellán de la prisión poco antes de someterse al experimento son casi proféticas:
"Algunas veces no es grato ser bueno, pequeño 6655321. Ser bueno puede llegar a ser algo horrible. Y te lo digo sabiendo que quizá te parezca una afirmación muy contradictoria. Sé que esto me costará muchas noches de insomnio. ¿Qué quiere Dios? ¿El bien o que uno elija el camino del bien? Quizás el hombre que elige el mal es en cierto modo mejor que aquel a quien se le impone el bien. Son problemas profundos y difíciles, pequeño 6655321."
¿Es moral la actuación del Estado ejercitando esa brutal privación de libertad en uno de sus súbditos más agresivos? Por mucho que al lector le caiga mal Alex y se alegre íntimamente del karma que recibe, la manipulación mental de la que sido objeto resulta completamente inhumana. Siempre queda espacio para la redención libre, que puede estar estimulada por una determinada filosofía o religión, pero con esta elección no determinista Alex - al que ya se había deshumanizado en prisión al cambiar su nombre por un número - seguiría siendo un ser humano completo. En este sentido la interpretación de Kubrick (que parece ser que leyó la versión de la novela a la que le falta el capítulo final) es mucho más pesimista, porque al final de la película el protagonista sigue siendo el mismo, algo que no sucede en la obra de Burgess, un detalle que amargó al novelista.
En cualquier caso, la película vuelve ser una obra magistral del director de Senderos de gloria. Con un ambiente futurista, pero muy inspirado en el ambiente de unos años setenta que empezaban a ser casi tan violentos como los de La naranja mecánica, el poder de la cámara de Kubrick capta la violencia extrema de una manera poderosa y a la vez un tanto teatral. En realidad los temibles pandilleros que hablan en esa extraña jerga que los separa aún más de sus mayores, actúan de una manera infantil, liberando sus impulsos más básicos sin atender a las consecuencias de sus actos. Uno de los hallazgos más geniales del film es esa música clásica interpretada con sintetizadores que nos acerca de un modo sorprendente al mundo de Alex. No solo es infantil y teatral el comportamiento de Alex y sus drugos, sino que los adultos también parecen condicionados por una especie de limitación en al habla y en sus actos. Nadie parece actuar con entera libertad en La naranja mecánica, a excepción del severo guardián que sabe que aplicar de manera estricta la legislación penitenciaria es su función en la vida. Todo esto nos produce una sensación de extrañeza y fascinación que consigue que siempre sea grato revisar este clásico del cine tan diferente y tan rompedor.
miércoles, 16 de noviembre de 2016
RELATO SOÑADO (1925), DE ARTHUR SCHNITZLER Y EYES WIDE SHUT (1999), DE STANLEY KUBRICK. DESEOS BAJO LA MÁSCARA.
lunes, 4 de febrero de 2013
STANLEY KUBRICK, BIOGRAFÍA. (1996), DE JOHN BAXTER. EL CINEASTA DE LA PERFECCIÓN.
Para cualquier aficionado al cine el nombre de Stanley Kubrick es sinónimo de calidad. Pero no una calidad cualquiera, sino la que nace del empeño de crear obras perfectas, aunque haya que dedicar años a la concepción de cada una de ellas. Para el espectador, cada una de sus películas constituye una experiencia única, pues Kubrick podía acercarse a cualquier género cinematográfico como un verdadero maestro. Como sucede con los clásicos, sus películas nunca acaban de decir todo lo que tienen que decir. En palabras de John Baxter:
"Cuando entregamos nuestro dinero para ver una película de Kubrick estamos comprando sus ojos. Su capacidad para entender la imagen en movimiento, su sentido de cómo ha de encuadrarse un plano, el modo en que ha de moverse la cámara, la perspectiva impuesta por una lente, esos son los equivalentes visuales del tono perfecto de un músico, el sentido que tiene un pintor del modo en que alguien verá una pincelada a diez metros."
El libro de John Baxter no es un repaso crítico por la filmografía de Kubrick, algo que han realizado ya muchos otros autores, sino una aproximación lo más íntima posible al personaje, labor bastante difícil, ya que el director era muy celoso en cuanto a su vida privada.
Como otros muchos genios, Kubrick no fue un alumno brillante y bien pronto dejó de interesarse por la vida académica para ejercer el resto de su vida como autodidacta. Ya de muy joven, y a base de insistir, consiguió un trabajo como fotógrafo en una de las más prestigiosas revistas de Nueva York. Su interés por la imagen y por los últimos avances de la técnica fotográfica vienen de aquí. También por esta época comienza otra pasión que no le abandonaría en toda su vida: el ajedrez, un juego muy acorde con su carácter, que aúna estrategia y precisión.
Pero lo más interesante de Kubrick es su modo de vida. A partir de sus primeros éxitos dejó Nueva York por la relativamente más segura ciudad de Londres. Se instaló con su familia en una mansión lo más aislada posible y trató de llevar una vida lo menos social posible: lo único que le interesaba era avanzar en sus proyectos cinematográficos, con paso lento pero seguro. Entre sus manías, como si de un nuevo Howard Hughes se tratara, estaba el miedo a contraer enfermedades o infecciones, una de las razones de su aislamiento, pero no la más importante. En realidad para Kubrick su hogar hacía las mismas funciones que la torre de Montaigne: un lugar apartado, tranquilo y seguro donde desarrollarse intelectualmente y, cuando él lo estimara conveniente, lanzarse al rodaje de un film después de una ardua preparación. Para los técnicos y actores que le acompañaban, sus rodajes eran pequeños infiernos. El anhelo de perfección de Kubrick le llevaba a repetir la misma toma decenas de veces (en ocasiones para acabar prefiriendo la primera de ellas) y a discutir constantemente con los técnicos la iluminación, el sonido y la fotografía de cada plano. Al final de todo ello surgían obras perfectas, pero muchos perdían los nervios en el camino, ya que Stanley Kubrick era un ser imperturbable y obstinado: él debía tener el control de todos los aspectos de la producción, hasta los más nimios y todo debía hacerse milimétricamente como ordenaba. Era lo más parecido a un general dirigiendo un ejército.
Otro aspecto no menos jugoso de la biografía del director de 2001: los proyectos que no llegaron a buen puerto. El más conocido de todos es su biografía de Napoleón, en la que estuvo varios años trabajando, después de recopilar montañas de material al respecto (existe un lujoso libro de editorial Taschen dedicado a esta obsesión). Para Kubrick Napoleón era una proyección de sí mismo, el hombre que nunca descansa, siempre dedicado a mil tareas distintas y explorando nuevos caminos. Otros proyectos que se le ofrecieron, no menos interesantes, fueron una biografía del arquitecto de Hitler, Albert Speer (que rechazó por su condición de judío), El exorcista (aunque luego se desquitó de no haberla aceptada filmando una de las mejores películas de terror de todos los tiempos, El resplandor), el cuento de Brian Aldiss Inteligencia artificial y la novela de Thomas Keneally El arca de Schindler. Estas dos últimas finalmente las acabaría llevando a la pantalla Steven Spielberg.
Kubrick fue, entre otras muchas cosas, un lector voraz, preocupado por no tener tiempo de leer todo lo que pudiera interesarle:
"Es abrumador, especialmente en una época como esta - le dijo a Michel Ciment -, pensar en cuantos libros tendrías que leer y nunca lo harás. Por eso evito cualquier sistema para leer, siguiendo más bien un método de azar, uno que dependa tanto de la suerte como de los designios propios. Creo que ésta es también la única manera de enfrentarse a los periódicos y revistas que proliferan en grandes montones alrededor de la casa; algunos de los artículos más interesantes aparecen en la parte de atrás de hojas que he arrancado por alguna cosa."
Lo que no leía en los libros, lo absorbía, casi literalmente, de los cerebros de sus colaboradores, a los que sometía a auténticos interrogatorios acerca de cualquier tema que le interesara.
La biografía de John Baxter es altamente adictiva, repleta de anécdotas y es la mejor aproximación a un cineasta muy distinto a todos los demás, al que se le permitían caprichos impensables para la mayoría y que se tomaba su trabajo como una pasión que hacía que la vida fuera digna de ser vivida: "Decirme que me tome unas vacaciones de dirigir, es como decir a un niño que se tome unas vacaciones de jugar."
viernes, 13 de agosto de 2010
LA CHAQUETA METÁLICA (1987), DE STANLEY KUBRICK. EL CONDUCTISMO SEGÚN EL SARGENTO HARTMAN.

Una de esas películas a las que uno vuelve cada cierto tiempo. Kubrick y Vietnam eran, a priori una combinación que debía engendrar la película bélica perfecta. No fue así del todo. La perfección se quedó en la primera parte, en el entrenamiento deshumanizador dirigido por el sargento Hartman. La segunda resulta mucho más convencional, influenciada por la alargada sombra de Apocalypse Now. Aquí el análisis:
Stanley Kubrick es uno de esos raros directores que suscitan el unánime consenso de crítica y público. Suele decirse de él que logró una obra maestra con cada uno de los géneros que tocó: cine negro, histórico, comedia, bélico... Lo cierto es que Kubrick era un innovador, un perfeccionista capaz de repetir decenas de veces una misma toma, un genio que se documentaba profusamente antes de emprender un rodaje. Un hombre entregado al cine en cuerpo y alma.
La película puede dividirse en dos partes claramente diferenciadas: en la primera se nos muestra con toda su crudeza el durísimo entrenamiento a que es sometido un grupo de jóvenes reclutas antes de ser convertidos en marines. Aquí el protagonismo absoluto recae en el sargento instructor Hartman (un genial Lee Ermey), que trata a los futuros soldados como pura basura para que olviden toda condición individual y se transformen en parte integrante e indisoluble del Cuerpo de Marines.
En realidad Ermey no era el actor elegido por Kubrick para representar el papel, sino el asesor del actor elegido, pero cuando el director pudo verlo en acción, se quedó con él. Todo un acierto, era difícil que cualquier intérprete formado en al Actors Studio fuera capaz de encadenar la retahila de expresiones soeces que salían continuamente de la boca de Ermey, que había sido sargento instructor en la vida real. Para Kubrick fue una bendición, pues apenas tenía que repetir las escenas cuando él actuaba. Los rostros de los actores que le escuchan son elocuentes.
Hartman es un adalid del aprendizaje a través del conductismo, como si su cuartel fuese un inmenso laboratorio donde puede experimentar los límites del sufrimiento humano, hasta que los sujetos son estimulados en grado máximo para convertirse en auténticas máquinas de matar, el objetivo último del entrenamiento. Kubrick nos muestra de manera magistral como jóvenes normales son condicionados por el entorno y se dejan moldear hasta perder partes esenciales de su humanidad.
Ya desde la primera escena asistimos al proceso de que estamos hablando: la despersonalización comienza con el rapado del individuo, lo que iguala a todos para empezar a fabricar al hombre nuevo desde cero. Un ejemplo paradigmático de todo ello es el caso del recluta Patoso. Al principio no encaja y destaca por su torpeza. La brutal presión del sargento y del resto de compañeros consigue finalmente cambiar su personalidad, pero no hacia la integración con el resto del Cuerpo de Marines, sino hacia la destrucción más devastadora, incluido el asesinato de su nuevo padre.
En la segunda mitad de la película, una sombra de la brillantez de la primera, el espectador sigue las andanzas del recluta "Bufón" en medio del caos de Vietnam. Bufón es la otra cara de su compañero Patoso, un ejemplo de integración en el Ejército y de constante sacrificio. Además es un hombre valiente: el recluta ideal del sargento Hartman.
El punto de partida es muy interesante. Bufón es un periodista del Ejército, integrado en la revista "Barras y estrellas", un panfleto propagandístico acerca de la virtuosa actuación de Estados Unidos en el país asiático. Las escenas de las reuniones con su redactor jefe y el resto de sus compañeros dan idea de los malabarismos dialécticos que deben realizar día a día estos periodistas para encubrir las matanzas y los continuos reveses militares.
En todo caso, estas escenas son solo un espejismo, pues finalmente la película deriva hacia una trama bélica más convencional, con Bufón empotrado en un pelotón de marines que se hacen llamar los "salidos" y luchando hombro con hombro con ellos como uno más. Apenas le vemos ejercer el periodismo.
En el último tercio del film la originalidad brilla por su ausencia. La sombra de "Apocalypse Now" es alargada y su influencia se nota en todo este tramo, que está rodado sin la garra que es habitual en el director. Se nos quieren mostrar aquí las consecuencias del adiestramiento, la deshumanización de unos marines que no distinguen entre soldados y civiles en su guerra particular. Kubrick lo consigue a medias, dejándose llevar más de la cuenta por el efectismo en muchas escenas.
En cualquier caso, una gran película bélica, cuya primera parte resulta magistral, pero que después no consigue remontar el vuelo, perdiendo la oportunidad de profundizar en el periodismo bélico que se realiza en el seno del Ejército Americano. Al espectador finalmente el recuerdo que se le queda es el del sargento Hartman vociferando como un auténtico animal.




