lunes, 2 de julio de 2018

1968 (2018), DE RICHARD VINEN. EL AÑO EN EL QUE EL MUNDO PUDO CAMBIAR.

A comienzos de 1968, nada hacía presagiar que aquel año iba a estar tan repleto de acontecimientos singulares y que, cincuenta años después, sería recordado por muchos - de manera nostálgica e idealizada - como la última oportunidad que tuvieron las masas de cambiar el rumbo del capitalismo neoliberal. En realidad en 1968 las políticas económicas socialdemócratas vivían su momento culminante, logrando que el llamado Estado del bienestar llegara a cada vez más ciudadanos en occidente. A la vez, los gobiernos invertían en educación y la creación de centros universitarios se multiplicaba. Las nuevas generaciones, que no habían conocido los horrores de la Segunda Guerra Mundial, miraban con desconfianza a sus mayores y, dando el bienestar actual por sentado, como algo que se había conseguido sin esfuerzo, pretendieron reivindicar un cambio social radical, aunque fuera de manera confusa, un cambio más idealizado que realista. Esta división generacional se daba entre unos hijos estudiantes y unos padres obreros que, si bien en principio marcharon juntos en contra del poder establecido, pronto rompieron, por la diferencia de intereses entre ambos grupos y el pragmatismo a la hora de negociar de obreros y sindicatos.

Lo cierto es que en Francia, durante un par de semanas del mes de mayo, el país pareció estar al borde de una revolución, aunque nadie supiera definir exactamente de qué tipo. Con la misma rapidez con la que todo tipo de colectivos sociales se iban adhiriendo a las protestas, aquello se desinfló, sobre todo después de la arrolladora victoria de la derecha de De Gaulle en las elecciones de finales de junio. Todas esas protestas, todos esos enfrentamientos con adoquines contra la policía y todos esos ocurrentes eslóganes quedaron como un momento único y especial en el imaginario colectivo, aunque debajo de todo ello no existiera una organización fuerte ni unos objetivos comunes. Muchos estudiantes europeos y estadounidenses que empezaron viendo el movimiento con simpatía, como una especie de vendaval de aire fresco contra la burocracia, retrocieron espantados cuando las protestas violentas se generalizaron. Para muchos que las vivieron desde dentro, la insurrección tuvo mucho de irracional e intolerante.

El legado del 68 no es solo el de sus manifestaciones. Es evidente que produjo un enorme cambio social: educativo, sexual y político. Minorías como las feministas o los afroamericanos pudieron levantar la voz para exponer sus reivindicaciones, aunque muchos jóvenes acogieron aquellos días caóticos como una fiesta (no hay que olvidar que uno de los detonantes del conflicto era la prohibición universitaria de que los chicos visitaran los dormitorios de las chicas):

"Sexo, emoción y política estrecharon a menudo sus vínculos durante las protestas estudiantiles. Las ocupaciones de edificios universitarios eran sinónimo de juventud apiñada en espacios pequeños sin supervisión externa. En estas circunstancias, las mujeres podían sentirse intimidadas: algunas recordaron verse acosadas o incitadas a quitarse la ropa. Sin embargo, Laura Derossi - una de las mujeres que desempeñó un papel destacado en las ocupaciones de la Universidad de Turín - insistió en el hecho de que la falta de intimidad en los espacios ocupados vino acompañada de una sensación de liberación. (...) El hecho de que las mujeres habían tenido, en general, unas vidas más coartadas que los hombres significó que la "emancipación" pudiera consistir, simplemente, en hacer aquello que los hombres daban por sentado para sí mismos, como pasar una noche entera en una ocupación, decir tacos en público o apagar cigarrillos en el suelo. Las mujeres podían ver en la novedad de tales actos una experiencia intensamente emocional, y los hombres, convencidos de que su enfoque se basaba en una especie de compromiso político más intenso, a veces insinuaban que esa respuesta emocional era "irracional".

Muchas de las protestas del 68 sí que tuvieron sentido: las incesantes noticias de aquel año extraordinario sumían al ciudadano en una sensación de vértigo, como si las seguridades que sostenían su vida hasta aquel momento se resquebrajasen bajo sus pies: la guerra de Vietnam, que empezaba a abisbarse como una catastrófica derrota estadounidense, los asesinatos de Robert Kennedy y Matin Luther King, que desmoronaron la esperanza de de regeneración política y social por vías pacíficas, la primavera de Praga, que a su vez acabó con los sueños de reformar el llamado socialismo real desde dentro, así como la incipiente creación de nuevos grupos terroristas que golpearían, sobre todo en Alemania e Italia, a lo largo de los años siguientes. 

1968 sigue ejerciendo una enorme influencia en el mundo actual. Muchos de los asuntos que hoy están en la agenda prioritaria de los políticos comenzaron a ser popularizados en aquella época. Luciana Castellina los resume en un artículo publicado en la revista La maleta de Portbou de mayo de este año:

"(...) los daños del consumismo sobre la sociedad y su ambiente; la alienación en el trabajo; las enfermedades sociales; la privatización del conocimiento; la meritocracia exasperada; la reducción de la democracia..."

El ensayo de Richard Vinen constituye un meritorio resumen de todas las tendencias y acontecimientos sucedidos en el caótico 68 y la influencia que han ejercido en nuestra realidad del siglo XXI y que nos sirve también para recordar que el llamado desorden del mundo, del que tanto se habla en la actualidad, es una realidad tan vieja como el mismo ser humano.

domingo, 24 de junio de 2018

POR QUÉ EL TIEMPO VUELA (2017), DE ALAN BURDICK. UNA INVESTIGACIÓN NO SOLO CIENTÍFICA.

Hace ya bastantes años viví una experiencia que quedó grabada en mi memoria: iba conduciendo cerca de mi ciudad cuando presencié como justo delante de mí, dos coches tenían un accidente. Todos mis sentidos se activaron de pronto y lo que era hasta aquel instante un ejercicio rutinario - quien lleva muchos kilómetros conducidos sabe que al final se activa una especie de piloto automático y que lo hacemos casi sin darnos cuenta, igual que el caminar - se convirtió en una tarea de la que podía depender mi propia supervivencia. De pronto lo racional se transformó en intuitivo y supe con qué presión debía tocar el pedal de freno y cómo esquivar los dos coches que se acababan de estrellar sin dar un volantazo que me sacara de la autovía. También supe que el espacio que me quedaba para pasar era el justo para mi vehículo. ¿Cómo pude saber y realizar tantas cosas con tanta precisión en solo unos segundos? Lo cierto es que la sensación fue como si el tiempo se ralentizara y uno pasara a ser gobernado por alguien totalmente distinto que evalúa y ejecuta acciones para la propia supervivencia en milésimas de segundo.

Lo que cuento no es ninguna hazaña. Cualquiera que haya pasado por una situación similar puede contar historias como ésta. Lo verdaderamente curioso es que sucesos como éste nos hacen experimentar la percepción subjetiva del tiempo , una de las ideas que más se repiten en el ensayo de Alan Burdick, recientemente publicado en nuestro país. Y es que su proposición de inicio es irresistible: se trata de un periodista de prestigio, especializado en ciencia, pero no científico, que emprende una investigación para contarnos qué tienen que decirnos las últimas investigaciones acerca del concepto del tiempo, un fenómeno - definido ya por San Agustín en una de las frases más memorables de la historia de la filosofía - que sigue intrigándonos y cuyos enigmas estamos todavía muy lejos de resolver en todas sus aristas.

En realidad lo que nuestro cerebro nos ofrece es una determinada percepción del tiempo, no el tiempo mismo. Bien es cierto que poseemos una especie de reloj interno que hace que sepamos con bastante precisión, aunque no miremos un reloj, cuanto dura un minuto o una hora. Pero para eso necesitamos referencias constantes: un minero que queda atrapado bajo tierra durante semanas tendrá una percepción muy diferente a la de sus rescatadores y seguramente, cuando vuelva a la superficie, estimará que ha transcurrido mucho menos tiempo del que en realidad ha pasado. Por qué el tiempo vuela está repleto de ejemplos de la vida cotidiana de cada uno de nosotros y de experimentos científicos que tratan de rastrear la verdadera naturaleza del tiempo, aunque lo que realmente nos importe es cuanto llevamos aquí, cuanto nos queda y por qué nuestro tiempo vital parece acelerarse cada año que pasa.

En realidad, según se explica en el libro, cuando somos jóvenes vivimos muchas más experiencias novedosas que cuando somos adultos, por lo que percibimos en nuestra memoria que ese periodo tenía mucha más duración que el actual. Quizá ya a partir de los treinta, con rutinas laborales establecidas, muchos días se repiten y son difícilmente separables unos de otros. Por supuesto, sigue habiendo sucesos memorables en gran cantidad, pero también más acontecimientos similares. Lo que sí se incrementan son nuestras obligaciones y, con ellas, la sensación de que no vamos a poder cumplir con todas ellas. Además, nuestra perspectiva cambia: de adultos ya podemos medir nuestra vida en décadas, no en años:

"En resumidas cuentas, parece que el tiempo no se acelera con la edad sino con la presión temporal, lo cual explica por qué la personas de todas las edades dicen que se acelera: el tiempo es eso de lo que prácticamente todo el mundo en la misma medida siente que carece."

sábado, 16 de junio de 2018

EL NOMBRE DEL MUNDO ES BOSQUE (1976), DE URSULA K. LE GUIN. COLONIALISMO PLANETARIO.

El hombre es un animal colonial. Una especie invasora que se apodera de los ecosistemas y los transforma en su propio beneficio (al menos, beneficio a corto plazo), desplazando o exterminando a otros pueblos y a otras especies. En eso no nos diferenciamos de otros animales, aunque nuestra capacidad es la más letal de la naturaleza: seríamos capaces, por ejemplo, de destruir el planeta en pocos minutos. 

El nombre del mundo es bosque es, ante todo una novela que toma partido por una ideología determinada y por una apreciación pesimista de la naturaleza humana. Cuando terminemos de explotar la Tierra, sin duda nuestra rapacidad se dirigirá a otros planetas. En este contexto, Le Guin presenta un pequeño planeta boscoso que ha sido colonizado por nuestra especie, en detrimento de las razas humanoides locales, prácticamente esclavizadas en beneficio de una industria maderera a gran escala que ha de nutrir a la madre Tierra, una vez que ya no quedan bosques en ella. El planteamiento recuerda a muchas de las empresas coloniales que conocemos a través de la historia: un status quo que se mantiene a través de una evidente superioridad militar y tecnológica. 

Los athstianos, la raza oprimida son una especie humanoide pacífica, que ha desarrollado una cultura basada en vivencias mezcladas entre la realidad y los sueños lúcidos que son capaces de tener mientras están aparentemente despiertos. Frente a la injusta situación de su pueblo, se va a alzar Server, un athsiano marcado por la violación y asesinato de su pareja, que va a terminar siendo considerado una especie de dios entre su gente, por haberles transmitido un conocimiento nuevo: el arte de matar.

Se nota que el contexto en el que se desarrolla El nombre del mundo es bosque está muy influido por el momento histórico en el que fue escrita: los todopoderosos Estados Unidos acababan de recibir la más humillante de las derrotas en Vietnam por los miembros de una cultura que muchos consideraban inferior, pero que había logrado usar las condiciones geográficas de su propio país en su beneficio. A pesar de ser una obra digna de la poderosa imaginación de la autora y merecedora de múltiples premios, leída hoy día molesta un poco la moralina que desprende y su maniqueísmo en la descripción de personajes. No obstante, es evidente que ha influido en obras posteriores de la ciencia ficción cinematográfica de vertiente ecologista, como Avatar.

viernes, 1 de junio de 2018

ORDESA (2018), DE MANUEL VILAS. LISTEN TO ME.

"Nunca decimos toda la verdad, porque si la dijéramos romperíamos el universo, que funciona a través de lo razonable, de lo soportable."

A pesar de esta frase lapidaria, el afán de Manuel Vilas es Ordesa, es precisamente el contrario, puesto que la novela está consagrada a hablar de lo que mejor conoce: de sí mismo, según una moda literaria actual cuyo máximo exponente es Karl Ove Knausgård, en una serie de libros publicados bajo el título de Mi lucha. Lo primero que hay que decir es que hablar de la propia existencia con ese nivel de intimidad es algo propio de valientes, un acontecimiento casi dramático, porque esta acción de desnudar el alma no puede ser sino fruto de una necesidad perentoria:
  
"Nos vendría muy bien escribir sobre nuestras familias, sin ficción alguna, sin novelas. Solo contando lo que pasó, o lo que creemos que pasó. La gente oculta la vida de sus progenitores. Cuando yo conozco a una persona, siempre le pregunto por sus padres, es decir, por la voluntad que trajo a esa persona al mundo."

Y la verdad es que los pequeños episodios en los que está estructura Ordesa cuentan con una notable calidad literaria, que consigue que el lector quiera seguir leyendo el siguiente con naturalidad, casi sin esfuerzo alguno. Vilas se muestra a sí mismo como un ser absolutamente imperfecto, un perdedor que ha intentado vivir de la escritura y ha fracasado (aunque paradójicamente, el relato de este fracaso es el que ha dado auténtica fama al escritor, puesto que Ordesa lleva semanas encaramado en la lista de libros más vendidos), mientras recuerda su infancia y adolescencia, evoca a sus padres, describiendo unas imperfecciones que los humanizan y los hace quererlos más cuando ya no puede abrazarlos y se culpabiliza de haber dejado de lado sistemáticamente a su familia. También hay un espacio para la descripción de un descenso - afortunadamente breve - a los abismos del alcoholismo:

"Todo alcohólico llega al momento en que debe elegir entre seguir bebiendo o seguir viviendo. Una especie de elección ortográfica: o te quedas con las bes o con las uves. Y resulta que acabas amando tu propia vida, por insípida y miserable que sea. Hay otros que no, que no salen, que mueren. Hay muerte en el sí al alcohol y en el no al alcohol. Quien ha bebido mucho sabe que el alcohol es una herramienta que rompe el candado del mundo. Acabas viéndolo todo mejor, si luego sabes salir de allí, claro."

No sería aventurado concluir que esta novela está destinada a todo ser humano que cuente ya con cierto bagaje de experiencia en la vida, para todo aquel que transporte una mochila repleta de errores y aciertos y que necesite reflexionar acerca de las relaciones entre la vida y la muerte, en nuestro paso por este mundo y en el de quienes nos rodean y son capaces de dejarnos huella.

viernes, 18 de mayo de 2018

SOLDADOS DE SALAMINA (2001), DE JAVIER CERCAS Y DE DAVID TRUEBA (2002). LOS AMIGOS DEL BOSQUE.

Las guerras están repletas de historias individuales de gente que mata, que muere o es mutilada de maneras horribles. También están - estos son los menos - los que sobreviven de manera inverosímil a situaciones límite. Paradójicamente - y esto es lo que quiere contar Cercas en su relato - uno de estos últimos fue uno de los fundadores del fascismo español. Rafael Sánchez Mazas, aunque acabó triunfando y formando parte del siniestro Régimen que siguió a nuestra Guerra Civil, fue también una víctima más del conflicto, un hombre perseguido y fusilado, que solo pudo sobrevivir con una combinación de suerte y sentido de la oportunidad. Mazas, un hombre de letras, amante de la conversación y la tertulia, sufrió en sus propias carnes el toque de la bestia que tanto había ayudado a hacer surgir.

La narración de Javier Cercas, en este libro que lo consolidó como uno de los autores más populares de nuestro pais, oscila entre la narración periodística, autobiográfica, histórica y literaria. Quizá lo mejor de Soldados de Salamina sea la excelente combinación entre todos estos estilos y la frescura de su estilo literario. No solo es capaz de describirnos los hechos que le interesan - la biografía de Sánchez Mazas y la de su probable salvador - sino que el proceso de investigación y las anécdotas que se desarrollan durante el mismo están al mismo nivel que la verdad histórica, que en este caso tiene mucho que ver con la intimidad de sus personajes, que se quiere fijar. Pero es el mismo autor el que mejor puede hablarnos de las intenciones con las que fue escrita la obra:

"La novela, básicamente, habla de los héroes, de la posibilidad del heroísmo; habla de los muertos, y del hecho de que los muertos no están muertos del todo mientras haya alguien que los recuerde; habla de la búsqueda del padre, de Telémaco buscando a Ulises; habla de la inutilidad de la virtud y de la literatura como única forma de salvación personal..."

Un año después de su publicación, el cineasta David Trueba rodaba una versión cinematográfica que realmente no hace justicia a la obra, no solo porque está afectada por un ritmo un tanto cansino, sino también por la elección de la protagonista, una inexpresiva Ariadna Gil que no consigue otorgar credibilidad a su papel. Aun así, la película cuenta con una escena inolvidable: el breve baile del soldado republicano bajo la lluvia que se despide, quizá para siempre, de su país mientras canta la canción más melancólica del mundo en esas circunstancias.

viernes, 4 de mayo de 2018

POEMARIO MÍNIMO (1858-1864), DE EMILY DICKINSON. UN ESPÍRITU PRISIONERO.

Aunque tuvo la suerte de nacer en una familia acomodada, la condición de mujer de Emily Dickinson pesó muchísimo a la hora de divulgar su obra literaria. Dickinson era una persona solitaria. Llegó a enamorarse de un clérigo protestante , pero sus amores tuvieron mucho más de espiritual que de físico. Parece ser que le gustaba estar sola, o que buscaba la soledad como elemento de inspiración principal en su obra, contenida en versos magistrales, en poemas que podemos calificar casi de literatura filosófica: los escritos de alguien muy lúcido que intenta comprender el mundo y describirlo. Y también la muerte, un absurdo inexplicable y la vez fascinante, descrita más que como una puerta a la eternidad como un vacío eterno:

"Tan poca cosa es llorar - 
Algo tan breve suspirar - 
¡Y sin embargo - por asuntos - de esta magnitud
Morimos los humanos!"

Y esta otra, tan impresionante. La muerte física es objeto de un análisis poético oscuro:

"Me gusta la apariencia de la Agonía,
Porque sé que es verdadera - 
El género humano no finge el Espasmo,
Ni simula un Estertor - 

Los Ojos quedan vidriados - y eso es la Muerte - 
Imposible falsear
Las perlas en la Fuente
Enhebradas por la Angustia interior."

Sin embargo la esperanza en las pequeñas alegrías que depara la existencia también está presente:

"Por sutilezas tan insignificantes
Como un Brote, o un Libro,
Se plantan las semillas de las sonrisas - 
Que florecen en los oscuro."

A pesar de pasar buena parte de su vida haciendo vida sedentaria, el deseo íntimo es escapar:

"Siempre que oigo la palabra "fuga"
Mi pulso se acelera,
Y en mí se produce una súbita expectación,
¡Un deseo de volar!

Siempre que me hablan de amplias prisiones
Abatidas por soldados,
No hago sino forzar mis barrotes, como un niño,
¡Sólo para fracasar otra vez!"

Y este juego de palabras, sutil, enigmático y burlesco:

"La excesiva Locura es la mejor Sensatez - 
Para el Ojo perspicaz - 
La excesiva Sensatez es - la más completa Locura - 
En esto - como en Todo, es la Mayoría
Lo que prevalece -
Consiente - y te considerarán cuerdo -
Objeta - te declararán peligroso - 
Y serás encadenado -"

He aquí una pequeña antología de una escritora que se definía a sí misma como nadie, con toda humildad y conocimiento de causa, puesto que apenas publicó nada en vida. En cualquier caso, hay que hacer caso al deseo que dejó escrito para el futuro: "Juzgadme con ternura".

martes, 1 de mayo de 2018

TEORÍA KING KONG (2007), DE VIRGINIE DESPENTES. DISCURSO CONTRA EL PURITANISMO.

En los últimos años el feminismo se ha transformado en un movimiento de masas, hasta el punto de que empieza a contar con capacidad de desestabilizar al poder. La sentencia de la Manada ha sido el último ejemplo: un caso absolutamente mediático, con unos acusados de actitud repugnante, para los que una buena parte de la opinión pública y mediática exigía la máxima pena posible. El hecho de que los jueces hayan hecho uso de su independencia y fundamenten su fallo (me he molestado en leer la sentencia) tratando de precisar jurídicamente los hechos en la fina línea que separa la viodencia y la intimidación del prevalimiento, no debe ser tomado como un desafío a la sociedad, creo yo. La lectura del Código Penal y de la doctrina del Tribunal Supremo hace que en ciertos casos la calificación de unos hechos como violencia o como abuso sea extremadamente complicada, aun teniendo acceso pleno a todas las pruebas. Y los jueces deben juzgar con los instrumentos con los que cuentan, no pueden inventarse otros. En cualquier caso no es más que una sentencia que merece ser recurrida ante una instancia superior. Otra cosa es el voto particular del juez disidente, propio de una mente enferma en algunos pasajes. 

En este contexto de denuncias de constantes violencias y discriminaciones contra la mujer el ensayo autobiográfico de Virgine Despentes se erige como uno de los textos fundamentales del nuevo feminismo. Es cierto que feministas las hay de todas las ideologías, aunque muchas se empeñen en dotar al movimiento fundamentalmente de una visibilidad - estética e ideológica - más propia de la izquierda, olvidando con demasiada facilidad que también los regímenes comunistas han discriminado sistemáticamente a la mujer. El de Despentes es un discurso valiente y descarnado, que utiliza un lenguaje muy crudo a la hora de calificar a la sociedad como profundamente machista. Y de esta calificación no se libran tampoco buena parte de las mujeres, sonrientes aliadas, según ella, del status quo imperante.

Dos son los ejes sobre los que gira la narración de Teoría King Kong y los dos surgen de experiencias personales de la autora: una violación y el ejercicio durante dos años como prostituta (esto último de manera totalmente libre, no forzada). Sobre el primer hecho, lógicamente se manifiesta rabia, pero también la posibilidad de dejar atrás el trauma y seguir con la propia vida. Acerca de lo segundo, lo pone como ejemplo del puritanismo y la hipocresía imperante en la sociedad, también en el feminismo, que parece estar de acuerdo con la iglesia católica en que ciertas maneras de practicar sexo sigan siendo sórdidas y culpables. 

En uno de los episodios de la tercera temporada de la serie Borgen, se aborda magistralmente el problema: el gobierno danés quiere prohibir la prostitución, aprovechando la conmoción social que ha provocado en la ciudadanía el descubrimiento de una red que esclavizaba sexualmente a ciudadanas rumanas (nuestro país no es el único en el que se legisla en caliente). En una reunión de expertos dedicada a abordar el problema, después de muchas vacilaciones, es admitida la presidenta de una asociación de prostitutas. Cuando la dejan hablar e intenta explicar que su oficio es ejercido libremente por casi todas ellas y que son felices ejerciéndolo, las expertas no dan crédito: para ellas es imposible la prostitución con dignidad. La voz disidente es acallada pronto con la autoridad que otorgan los estudios científicos y sociológicos que sentencian que una prostituta no puede ser feliz, ya su labor es indigna y la que afirma lo contrario se autoengaña.

Despentes no tiene pelos en la lengua al abordar el tema, comentando incluso que los clientes que ella conoció no suelen ser machistas retrógrados que quieren hacer uso de una mujer-objeto, sino pobres diablos que no tienen más remedio que usar de estos servicios para satisfacer una necesidad y que se sienten culpables de tener que recurrir a ellos. Además, define otras formas de prostitución que sí que son aceptadas socialmente:

"A la gente le gusta poner cara de incrédula cuando les dices que has trabajado como puta, lo mismo que ocurre con la violación: pura hipocresía. Si se pudiera realizar una encuesta, nos asombraríamos de la cantidad de chicas que han vendido sexo a un desconocido. Hipócritamente, porque el límite entre la seducción y la prostitución es borroso, aunque en el fondo todo el mundo sea consciente de ello.

(...) Porque aunque algunas no digan claramente cuáles son sus honorarios, tengo la impresión de haber conocido a muchas putas. Muchas mujeres a las que el sexo no les interesa pero que saben sacar beneficios de él. Que se acuestan con hombres viejos, feos, muermos, idiotas hasta la depresión, pero socialmente poderosos. Que se casan con ellos y que luchan por sacar un máximo de dinero en el momento del divorcio. Que les parece normal que una mujer sea una mantenida, que se la lleve de viaje, que se la mime. Que incluso piensan que eso es un éxito. Es triste escuchar hablar a algunas mujeres del amor como de un contrato económico implícito."

Y remata:

"Cuando impedimos que las putas trabajen en condiciones decentes, atacamos directamente a las mujeres, pero también buscamos controlar la sexualidad de los hombres. Echar un polvo cuando tienen ganas no debe ser algo agradable y fácil. Su sexualidad debe seguir siendo un problema. De nuevo doble imposición: en la ciudad todas las imágenes invitan al deseo, pero el alivio debe seguir siendo problemático, cargado de culpa."

Una de las contradicciones más evidentes que pueden detectarse en el actual discurso feminista se da en la dicotomía entre libertad y seguridad. Se dice que las mujeres quieren ser plenamente libres, pero también sentirse plenamente seguras, lo cual sencillamente es imposible, ya que por desgracia no habitamos un mundo perfecto y el mal seguirá existiendo por los siglos de los siglos. Bien es cierto que una educación en igualdad puede hacer mucho para rebajar ciertas actitudes prepotentes que todavía se dan en muchos hombres, pero también es cierto que a la hora de la verdad los resultados serán parecidos a los de las campañas de tráfico: podrán reducir los accidentes y las muertes provocadas por impruedencias o temeridades, pero jamás podrán poner el marcador a cero. En este contexto es interesante que Despentes apele a las palabras de la hoy muy vilipendiada Camille Paglia, que habla de la libertad como de un concepto inherente al riesgo, por lo que hay que elegir entre sentirnos protegidos o ejercer esa libertad que siempre implica arriesgarse a sufrir el peor de los males. Además, esta libertad puede ejercerse de muy diversas maneras: ni las mujeres ni los hombres deberían ser criticados ni por su forma de vestir, ya vayan maquillados o desaliñados ni por la forma de vida que decidan adoptar, mientras esta sea respetuosa con la libertad de los demás. Es evidente que en esta ecuación debe entrar también la palabra prudencia: ser libre no tiene por qué significar ser temerario. El sentido común y la racionalidad son los mejores aliados en una existencia equilibrada. Mientras tanto, es bueno que la lucha siga: que el mal no vaya a dejar nunca de manifestarse no quiere decir que no se le pueda combatir, que no se le pueda acorralar.