jueves, 9 de junio de 2016

LA MAGIA DE LOS DÍAS (2016), DE ANTONIO BÁEZ. EL MAESTRO DE LOS GESTOS INÚTILES.

Los perros son los seres más nobles de la creación. Y existe una relación especial entre el escritor Antonio Báez y estos animales, al igual que le sucede a su última criatura literaria, un Adán que, a pesar de su tendencia a evadirse de la realidad o, más bien de crear la suya propia, es un personaje que sabe ganarse al lector desde las primeras páginas. A Adán cabría definirlo como uno de esos seres que pasa por la existencia de manera discreta, sin pretender dejar huella alguna, porque sabe que la vida es un fragmento insignificante que transcurre entre la nada infinita. 

Quizá por todo eso Adán es un personaje perezoso y a la vez inquieto, capaz de ser repulsivo y adorable a la vez. Es un sabio irrreverente que conoce el gran secreto de la vida: su absoluto absurdo y por eso hace con ella lo que le da la gana, sin pasar por el aro de los usos sociales convencionales. Él se queda en su habitación, sale fuera a caminar o se sienta a esperar acontecimientos. Y el milagro es que siempre pasa algo, la vida evoluciona y él sigue su carrera de superviviente, de maestro socrático levemente traumatizado por una mala experiencia infantil. Adán es un chucho manso que a veces se deja acariciar por la vida y en otras ocasiones asume con absoluta naturalidad su papel de perro vagabundo.

Este párrafo, que me gusta mucho, lo define de manera mucho más memorable que mis palabras:

"Algunas veces él mismo, puesto que no era imbécil, pensaba en sus manías, en sus extravagancias de desocupado, en aquellos caprichos que lo aproximaban al comportamiento de los hombres con temperamento artístico (y neurótico), llegando a la conclusión, con una indulgencia inaudita, pero muy en consonancia con cierta faceta de su personalidad,  de que quizás era uno de los últimos ejemplares de bohemio vivo sobre la faz de la tierra, uno de los últimos hombres con curiosidad por los gestos inútiles."

Como en su libro de cuentos anterior, Griego para perros, Antonio Báez sigue practicando una escritura gamberra, un estilo que es compatible con una indudable calidad literaria. Báez continúa teniendo cierto gusto por lo sórdido, por los mundos ocultos que anidan preferentemente en la periferia de nuestras ciudades, aunque a veces también podamos contemplarlos en los centros históricos de las mismas, en un tono que a veces recuerda a las obsesiones del autor de cómic Daniel Clowes. Además es destacable su inusitada habilidad para pasar de un tema a otro, al hilo de la inestabilidad de la que suelen hacer gala sus personajes. La magia de los días se complementa con varios relatos cortos, de tono nostálgico e imbuidos de realismo sucio, entre los que destacaría Cumpleaños, que contiene, entre otras muchas cosas, un homenaje al voyeurismo, esa afición cuya práctica es obligada por cualquier novelista de talento:

"Desde allí observaba una ventana en la que en cierta ocasión había visto la sombra de alguien. Cualquier variación en la altura de la persiana o en el hueco de las cortinas me parecía sugerente y si por casualidad descubría el fugaz paso de un cuerpo al otro lado, el corazón me pegaba un salto en el pecho y sentía como si me fuese a empezar a latir de nuevo."

La magia de los días es un paso adelante en la carrera de Antonio Báez, al que conocí hace pocas semanas de una manera un tanto azarosa y literaria, como se conocerían dos personajes de sus cuentos. Me quedo con esta definición de la existencia, lúcida, filosófica y a la vez terrible:

"Siempre me pareció evidente que la vida era un trasiego de ir y venir entre no ser y volver a la nada. "

domingo, 5 de junio de 2016

CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN JUNIO. LA LECTURA NOS ATRAPA.

El calor se ha instalado ya entre nosotros. Las altas temperaturas son a la vez amigas y enemigas del lector. Por un lado, las largas tardes invitan a pasar buena parte de ellas con un libro entre las manos. Pero también existe la tentación de aprovechar el buen tiempo para salir, pasear y tomar algo. Este conflicto imaginario lo resolvemos decantándonos por la primera de las opciones cuando un libro nos atrapa. Y es que hay volúmenes -igual sucede con películas y series- que no pueden abandonarse hasta que no llegamos a la última página. En ocasiones sucede con el libro más inesperado. Otras veces, sabemos que vamos a quedar cautivos irresversiblemente cuando nos acercamos a ciertos autores, algo que sucede con dos grandes maestros (Kafka y Kapuscinski) que serán protagonistas de un mes en el que inevitablemente algunos clubes de lectura van perdiendo fuelle, pero las ganas de leer permanecen intactas.

Respecto a los clubes de lectura que celebramos en Más Libros Libres, pueden obtener información detallada pinchando en este enlace:


En el club de lectura de la Biblioteca Provincial se acercarán a una novela icónica que, personalmente, siempre he tenido muchas ganas de leer: Alguien voló sobre el nido del cuco, de Ken Kesey, adaptada brillantemente al cine hace algunas décadas por Milos Forman.

En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, todo un clásico americano, redescubierto recientemente en España: Stoner, de John Williams.

En los clubes de lectura del Centro Andaluz de las Letras, por un lado El caso Collini, la primera novela que escribió Ferdinand Von Schirach, un especialista en desentrañar las interioridades de la administración de justicia y por otro El malogrado, del difícil, pero altamente estimulante Thomas Bernhard.

En el club de lectura de la Casa del Libro de Málaga, una sesión dedicada a un magnífico libro de cuentos, acerca del cual hemos hablado ya en esta página: La chica de los ojos manga, de José Antonio Sau.  

En el club de lectura del Ateneo de Málaga, una de las primeras novelas de la recientemente ganadora del Premio Málaga de novela: Herminia Luque con Al sur de la nada.

Y en el club de lectura de la Librería Luces (que ha sido noticia en estos últimos días por estar amenazada de cierre, esperemos que esto no suceda nunca), recurren a una apuesta segura: un clásico del japonés Yukio Mishima: El rumor del oleaje.

Déjense atrapar por buenos libros como los que componen la selección de los clubes de lectura de este mes. Pero dejen tiempo también para pasear, para disfrutar del buen tiempo y de los paisajes todavía primaverales que podemos encontrar en muchos puntos de la provincia. ¡Felices lecturas!

Ilustración de Björn Griesbach.

LA NOCHE DEL CAZADOR (1955), DE CHARLES LAUGHTON. UN MONSTRUO VIENE A VERME.

Los cuentos infantiles clásicos, en su versión original, suelen ser mucho más crueles que las versiones edulcoradas que nos contaban a nosotros de niños. En cualquier caso los temas que se trataban eran aleccionadores: lo único seguro para que nada te pase es obedecer a tus padres y permanecer en casa, jamás te vayas con extraños, no hagas caso a tus impulsos primarios. Pero ¿qué sucede cuando el monstruo, el ogro de los cuentos que devora a los niños, aparece vestido con piel de cordero? ¿Con qué señales podemos identificarlo, cómo protegernos de quien es capaz de engañar fácilmente a los adultos? 

Porque el falso predicador Harry Powell se viste con un traje capaz de aturdir a casi todos, sobre todo en tiempos más ingenuos que los actuales, los años treinta. Quien se proclamaba a sí mismo hombre de Dios y supiera hilvanar un discurso medianamente agresivo adornado con frases de la Biblia, podía contar con el respeto de la comunidad a la que se acercase. Powell (un aterrador Robert Mitchum), lo sabe y utiliza su disfraz para perpetrar los crímenes más salvajes allá por donde pasa. Pero lo peor de todo es que es un perturbado, que cree estar en contacto directo con un creador que le ordena asesinar y robar a través de sus designios inexcrutables. Harry Powell es uno de esos personajes que solo pueden ser retratados a través de una poderosa fotografía en blanco y negro, pues la oscuridad es su elemento. Uno de los momentos más inquietantes, en una cinta repleta de ellos, es la escena de la noche de bodas, en la que se acaba de definir la personalidad del protagonista y cómo es capaz de utilizar a su antojo la autoridad que le otorga la religión.

Con La noche del cazador, su única película como director, Charles Laughton logró crear una obra maestra inclasificable, incomprendida en su época y valorada mucho después como un ejemplo único de lo que puede lograrse a través de una sabia utilización del lenguaje cinematográfico. Todo en esta película está construido para resultar perturbador. La religión no es un instrumento de conciliación y paz para los hombres, sino una herramienta de opresión y engaño, el disfraz perfecto para un monstruo (y hemos conocido a lo largo de la historia a muchos monstruos que se han amparado en la religión para cometer sus crímenes) que quiere devorar a unos niños inocentes. El carácter de Powell es cambiante, según los intereses del momento. Puede mostrarse encantador, seductor incluso, pero su verdadera condición es la propia de un patriarca del antiguo testamento: severo e implacable. Toda la narración de La noche del cazador está salpicada por metáforas memorables, como la de los animales que van viéndose en primer plano cuando los niños huyen por el río o la lucha entre el bien y el mal, simbolizada en los famosos tatuajes que adornan las manos del falso predicador. Pero lo que más inquieta, incluso a un nivel subliminal, son las canciones infantiles que se insertan de manera magistral en momentos clave de la historia. 

La noche del cazador es un perfecto cóctel, donde podemos encontrar elementos que remiten a otras películas, ya realizadas en aquella época o que estaban por realizar, como El fuego y la palabra, de Richard Brooks, El cabo del miedo, de J. Lee Thompson y Martin Scorsese, Furia, de Fritz Lang o Matar a un ruiseñor, de Robert Mulligan. Es una lástima que en us tiempo no fuera valorada como merecía y su director no se animara a emprender nuevos proyectos detrás de las cámaras. Quizá Charles Laughton sea el único caso de realizador cuya filmografía consiste en una sola e irrepetible obra maestra.    

martes, 31 de mayo de 2016

UN DÍA EN LA VIDA DE IVÁN DENISOVICH (1962), DE ALEKSANDR SOLZHENITSYN. EN EL INFIERNO HELADO.

El comienzo del siglo XX fue un momento de gran optimismo en Occidente, pues muchos pensaban que empezaba un tiempo de progreso, que prolongaría los logros científicos y tecnológicos de la centuria precedente, profundizando en la igualdad y en la libertad de los individuos. Dichas ilusiones fueron frustradas en buena parte con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, que prendió una mecha de consecuencias indeseadas - totalitarismo, ultranacionalismo, racismo, regímenes comunistas o fascistas - cuyas consecuencias se prolongan hasta nuestros días. A partir de un determinado momento, Europa se transformó en un gran campo de concentración. Con la caída del nazismo, la Unión Soviética de Stalin siguió reprimiendo a su propia población y a la de los países ocupados. De hecho, la historia de Iván Denisovich es la de un hombre humilde, del pueblo, que tiene la mala suerte de ser capturado por el enemigo alemán, durante la invasión de la Unión Soviética y contar a sus propios mandos que ha podido escapar: un insólito crimen de alta traición que conlleva su inmediata condena al Gulag, la red de campos de trabajo y de castigo que, bajo la bota de Stalin, constituía una amenaza constante para cualquier ciudadano soviético, culpable o inocente, como bien se refleja en la magistral novela de Anatoli Ribakov, Los hijos del Arbat.  

La novela de Solzhenitsyn es una de esas obras que trascienden lo meramente literario, para convertirse en uno de esos iconos que definen una época. En un tiempo en el que muchos intelectuales del occidente europeo todavía defendían el sistema soviético como la materialización de un Estado utópico, la narración desde dentro, de un preso común del Gulag fue recibido con un interés inusitado, tanto en la Unión Soviética (que gobernaba Kruschev cuando fue publicado), como en buena parte del resto del mundo. Según Mario Vargas Llosa, Un día en la vida de Iván Denisovich "es un libro que está más cerca de la historia que de la literatura", un libro altamente influyente, pues fue el primero que se atrevió a denunciar, con conocimiento de causa, la realidad de la URRS de Stalin. Como dice Vargas Llosa en La verdad en las mentiras:

"El efecto del libro fue explosivo. ¿Quién podía, ahora, negar la evidencia? El hombre que testimoniaba lo hacía en la propia Unión Soviética y a partir de la experiencia , pues el universo concentracionario que describía lo había padecido en persona y por causas tan crueles y estúpidas como las que sepultan en el Gulag al oscuro campesino Iván Denisovich Shujov de la novela"

Lo mejor de la narración de Solzhenitsyn es que sigue la jornada de un hombre común enfrentado a una situación límite. condenado por un hecho absurdo, pero que no puede permitirse el lujo de lamentarse, pues todos sus esfuerzos han de estar consagrados a la supervivencia, cada día, cada hora. Aunque existe un Reglamento, los presos del campo están sujetos a la arbitrariedad de sus guardianes y, como es lógico, la tarea de salir adelante incluye grandes dosis de suerte, ingenio y corrupción. Con el duro régimen de trabajo bajo cero y las escasas calorías que aportan las raciones del campo, es necesario procurarse energías adicionales trapicheando con lo que se puede, haciendo favores a los presos que reciben paquetes del exterior o sobornando a los guardianes y a las autoridades. Todo por llegar a las siguientes horas de sueño o a la siguiente comida, el ritual más importante del día, que debe ser celebrado metódicamente:
"Removió la, por tantos motivos, desvirtuada sopa y se aseguró con rapidez de lo que le habían echado en el plato. Regular. No le habían servido de los bordes de la marmita, pero tampoco del fondo. De Fetiukov era de suponer que mientras le había guardado los dos platos, le habría pescado una patata."

El alimento, por magro que sea, adquiere en estas condiciones vitales un sentido casi místico, la razón de ser del prisionero:

"A la segunda cuenta de la noche, cuando el preso vuelve a entrar por la puerta del campo, se siente más sacudido por el viento, helado y hambriento, que en todo el resto del día, y el cucharón de sopa de coles ardientes y acuosa no es para él sino una gota de agua sobre una piedra al rojo: absorbida en un segundo. Pero esa sopa es más valiosa para él que la libertad, más que toda la vida anterior y toda la vida por venir juntas."

Después de todo, el día de Iván Denisovich que se describe, no es el peor de todos. El preso logra tomar una ración extra, e incluso termina la jornada probando una loncha de salchichón. Pequeños triunfos que marcan la diferencia entre la vida y la muerte, junto a la esperanza de una pronta liberación, aunque pueda verse truncada. El personaje se convierte así en el símbolo de todos los aplastados por la arbitrariedad de un régimen tiránico que necesitaba mantener un terror constante en sus ciudadanos para conservar su poder absoluto. El mejor resumen de la novela es la pregunta que se hace el prisionero en un determinado momento de la jornada:

"¿Entenderá alguna vez, aquel que está sentado en un lugar caliente al que se hiela de frío?"

sábado, 28 de mayo de 2016

X-MEN: APOCALIPSIS (2016), DE BRYAN SINGER. LA DISTOPÍA MUTANTE.

A partir del enorme éxito que supuso, en plenos años ochenta, la saga Secret Wars, la editorial Marvel encontró la gallina de los huevos de oro en la idea de unir a los principales personajes de su universo en una gran aventura anual que se prolongara por varios números de diversas colecciones. Era todo un regalo para los seguidores, pero también un castigo para el bolsillo de quienes querían seguir las historias completas. Una de las que más éxito tuvo, ya en los noventa, fue La era del Apocalipsis, que nos transportaba a un futuro alternativo en el que el profesor Xavier había sido asesinado y el mundo había sido conquistado por el villano del mismo nombre, un mutante inmortal que tenía las manos libres para crear su utopía de un mundo sin humanos. Lo cierto es que recuerdo haber sido impactado en aquellos años por la originalidad del planteamiento y por las versiones alternativas de los personajes. Recientemente se ha editado un enorme tomo recopilatorio. Casi prefiero no volver a leerlo, para evitar llevarme una decepción frente a la grata memoria.

La saga X-Men siempre ha sido la más filosófica de los cómics Marvel. En realidad el eterno conflicto entre Xavier y Magneto es una lucha de ideas: por un lado la convivencia entre el hombre y su versión evolucionada, los mutantes, también llamados homo superior y por otro la idea de Magneto de someter a la Humanidad, de acuerdo a las leyes de la evolución, de la inexorable victoria de los más fuertes sobre los más débiles, que siempre ha imperado, implacablemente, en la naturaleza. La mejor virtud de la saga cinematográfica filmada por Bryan Singer ha sido preservar la esencia de este planteamiento y adaptarlo para el público en general, evitando las complejas tramas y subtramas que caracterizan la versión dibujada de los personajes. 

Después de la magnífica Días del futuro pasado, se produjo una especie de reinicio para la saga, una oportunidad para renovar a los actores que interpretan a los mutantes y rejuvenecerlos. Hay que decir que este aspecto de X-Men Apocalipsis, ha sido todo un acierto, pues los nuevos personajes ofrecen frescura y hay buena química entre ellos, aunque habrá que esperar a futuras películas para saber con más certeza qué pueden dar de sí. El que sí se consolida como uno de los grandes descubrimientos es Mercurio, que esta entrega vuelve a ofrecer humor y espectáculo a partes iguales y se lleva otra vez la mejor escena, aquella en la que salva a sus compañeros de morir en la explosión de la mansión de Xavier. Bien es cierto que dicha escena no resulta demasiado original, en comparación con la del Pentágono en la entrega anterior, pero en cualquier caso su contemplación es un goce, un ejemplo magnífico de cómo mostrar los poderes de un personaje emblemático en la gran pantalla.

Pero X-Men Apocalipsis no es ni mucho menos una película redonda. A pesar de sus dos horas y media, su técnica narrativa no está nada depurada, informándonos en exceso acerca de algunas de sus circunstancias y dejándonos casi en completa oscuridad respecto a otras muchas. Además, un elemento tan importante como los efectos especiales ha sido tan descuidado que resulta un hecho insólito en una película de estas características. Algunas escenas parecen haber sido concebidas por el programador de un mal videojuego, lo que les resta grandes dosis de verosimilitud, algo fundamental para que el espectador acepte la "realidad" de lo que está sucediendo en la pantalla. También hay grandes personajes desaprovechados, siendo el caso más sangrante el de Magneto. Michael Fassbender hace lo que puede para salvarlo del naufragio, pero su actuación está lastrada por un guión simplón, que necesitaba ser pulido. Pero lo peor, con mucho, de la película, es el villano. Apocalipsis, un Oscar Isaac bajo capas inmensas de maquillaje azul, aparece como una amenaza poco intimidante e inexpresiva, que en una escena muestra poderes propios de un dios, para verse derrotado en la siguiente de manera poco creíble. 

En cualquier caso, lo bueno es que esta película sienta las bases de un nuevo universo mutante que puede desarrollarse de manera muy interesante en el futuro. No estaría mal que se terminara llegando a un acuerdo y pudiéramos ver a los X-Men junto a los Vengadores y Spiderman en próximas entregas. Por el momento, esta ha sido una de las entregas más flojas de una saga que ha sido capaz de entregar pequeñas joyas como X-Men 2, First Class y Días del futuro pasado. Esperemos que próximamente se rectifiquen los evidentes fallos de que adolece X-Men Apocalipsis y se mantengan sus virtudes.

martes, 24 de mayo de 2016

EL ARTE DE LA VIDA (2008), DE ZYGMUNT BAUMAN. SOBRE VIVIR EN UN MUNDO LÍQUIDO.

El témino mundo líquido ha hecho fortuna como descripción de nuestro mundo y nuestra sociedad como algo en permanente cambio, sin demasiadas bases sólidas. Lo que antes eran certezas absolutas, ahora pueden ser discutidas. Incluso el sentido de permanencia a una nación o a una religión determinadas pierde importancia a pasos agigantados. Las fronteras, al menos las virtuales, han desaparecido gracias a la omnipresencia de la red de redes, que regula cada vez más aspectos de la existencia. Los aparatos que nos conectan a internet ya no representan solo algo tremendamente útil, sino una especie de amuleto que siempre ha de estar junto a su usuario, llegando a consultarse cientos de veces al día, en la mayoría de las ocasiones para asuntos banales o de manera inconsciente.

El ciudadano es tratado cada vez más como un consumidor. Las grandes empresas, las verdaderas diseñadoras del mundo líquido, refinan cada vez más sus técnicas de venta, incluso llegando a personalizar su oferta, esperando que cada individuo se sienta como alguien especial, como receptor de un estatus diferenciado, aunque al final todos queramos más o menos lo mismo. Uno de los últimos inventos son los productos exclusivos, aquellos que solo pueden llegar a ciertas personas con un nivel adquisitivo alto. Los productores, en el colmo del cinismo, organizan listas de espera para acceder a dichos productos, para que la fidelización del cliente sea absoluta, por la satisfacción de sentirse especial y agradecido a quien le distingue con la confianza de venderle un vehículo, una ropa o un ordenador con características únicas, aunque en el fondo su utilidad sea la misma que la de los productos más convencionales. El concepto de love marks, puesto de moda hace algunos años, acerca a las multinacionales a una especie de devoción religiosa por parte de unos consumidores fieles que necesitan nuevas dosis del efímero placer que proporciona pasar la tarjeta para ser poseedor de un producto Apple, BMW o Lacoste.

Frente a este panorama, ser libre se vuelve una tarea más difícil que nunca. Aunque las tendencias sociales del momento aboguen por el individualismo, por la idea de personas hechas a sí mismas y autosuficientes, al final, si se rasca un poco la superficie, nos daremos cuenta de que la mayoría de la gente tiene unos gustos y una forma de pensar bastante similares. Si uno es diferente, lo advertirá en el hecho de que se sentirá bastante perdido en ciertas reuniones sociales:

"Como anotó en su diario Max Frisch, el gran novelista y no menor filósofo de la vida, el arte de «ser tú mismo», con seguridad una de las artes más exigentes, consiste en rechazar y repeler con decisión definiciones e «identidades» impuestas o insinuadas por otros; en resistirse a lo actual, escapar a la sujeción incapacitadora del impersonal das Man de Heidegger, nacido de la multitud y poderoso a través de ella,(...); en resumen, en «ser alguien distinto» y no lo que las presiones externas obligan a todo el mundo a ser."

En cualquier caso - ¡estamos en un mundo líquido! - encontrar puntos de referencia verdaderamente fiable es tarea harto complicada. Habría que reformular los conceptos de términos como individualismo y cooperación, para hacerlos compatibles. Como bien dice Bauman, es hora de que el mundo se vuelva menos economicista, que el PIB no solo mida una serie de cifras que apenas dan idea del bienestar y la felicidad de la gente. La creación de cierta solidez empieza por abandonar paulatinamente el culto a la satisfacción inmediata y efímera y empezar a valorar y sacar todo su jugo a un consumo mucho más responsable.

lunes, 16 de mayo de 2016

EL LIBRO DE LA SELVA (1894), DE RUDYARD KIPLING Y DE JON FAVREAU (2016). EL PEQUEÑO SALVAJE.

Pocos escritores representan el espíritu - ideológico e histórico - de una época con tanta claridad como Rudyard Kipling. Ganador del Premio Nobel en 1907, la escritura de Kipling es la esencia del imperialismo británico, la justificación del paternalismo del hombre blanco que invade las tierras de las razas inferiores para gobernarlas sabiamente. No en vano, Christopher Hitchens lo calificó como un hombre de contradicciones permanentes, porque también en las novelas y relatos del autor de Kim encontramos una indudable simpatía por la gente humilde, por los que tienen que ganarse el pan honradamente con el sudor de su frente. Se acusa comúnmente a Kipling de escritor fascista, y es cierto que la ideología que se percibe en sus escritos inspiró a muchos fascistas. Sin ir más lejos, el famoso poema If, era el favorito de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange. 

Acerca de la fama que adquirió en su tiempo, que hizo del escritor casi una institución del Imperio Británico, escribió George Orwell en sus Ensayos:  

"Rudyard Kipling fue el único escritor inglés popular de su siglo que no era al mismo tiempo un escritor rematadamente malo. Su popularidad, por descontado, era básicamente de clase media. En la típica familia de clase media de antes de la guerra, en particular en las familias anglo-indias, tenía un prestigio al que ningún autor de nuestros días ni siquiera se acerca. Era una especie de divinidad familiar con la que uno crecía y que uno aceptaba sin cuestionársela, tanto si le gustaba como si no."

A revitalizar la popularidad de El libro de la selva contribuyó poderosamente la película de Disney de 1967, que aprovechó la abundancia de poemas que contienen los cuentos para componer una serie de canciones hoy día muy famosas. En realidad la versión recién estrenada es una versión de ésta, más que del libro. Lo que está edulcorado en sus versiones cinematográficas, para reducirlo a una historia más asequible para los más pequeños, es la constante lucha por la supervivencia y la permanente presencia de la muerte de los relatos de Kipling. Por mucho que en esta selva imaginada existan leyes que todos deben respetar, los animales siguen matándose unos a otros para sobrevivir. Mowgli, el bebé perdido y criado por lobos, se convierte en un ser superior, porque en su naturaleza coexiste lo mejor del instinto animal con la racionalidad propia del ser humano. No importa que otros animales, como su enemigo, el tigre Shere Khan sea más fuerte y más ágil que él. El humano podrá vencerlo gracias a su paciencia y su astucia. 

Bien pudiera ser Mowgli un representante de la raza superior que acaba gobernando a los habitantes de la tierra que lo acoge, por poseer un sentido común y una sabiduría a la que los animales no pueden aspirar. Pero Mowgli también representa el permanente conflicto entre sus dos naturalezas. Aunque se siente a gusto en la selva, que es un medio al que se ha adaptado a la perfección, no puede sino sentir curiosidad por la civilización en la que nació. También hay que apuntar que Kipling no pierde oportunidad de lanzar un ataque directo contra las costumbres de la India profunda, en el episodio en el que los padres de Mowgli están a punto de ser quemados en la hoguera, acusados de brujos. Y justifica la presencia imperial con estas palabras irónicas:

"Los ingleses (...) eran gente de tan poco seso que no querían permitir que honrados labradores mataran en paz a sus brujos."

Es mejor leer El libro de la selva sin prejuicios ideológicos, disfrutando tan solo de la prosa de Kipling y de la originalidad de sus historias. Respecto a la adaptación cinematográfica de Favreau, a pesar de su escasa originalidad, merece la pena por el buen espectáculo que ofrece, por su perfecta integración de una selva virtual alrededor de un actor real, un Neel Sethi que se convierte en la auténtica estrella de la función.